Sábado, 15 Abril 2017 04:45

Impronta a Eusebio / Arturo Alvar /

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Impronta a Eusebio

Arturo Alvar

 

Ya no pudimos echarnos ese trago, pero sé que muchos, al momento de tu muerte, poco antes o tiempo breve después, brindaron por ti. Estaba devastado. Recuerdo que, en algún poema, manufactura de por medio, me preguntaste por una palabra: "cauterio". Porque hay heridas abiertas por el mundo, aparentan cicatrices, pero sangran, fluyen por un tajo que nos arrebata la existencia, donde al final "todo se lo lleva el carajo". Tú me enseñaste tus propias heridas, con la seguridad de que la poesía surge del mismo dolor. La noticia de tu deceso iba acompañada de otros testimonios: el hospital, la gangrena cerebral, el golpe contundente del abismo. Preguntaba por ti, Eusebio, según esto te encontrabas mejor. Dijeron: "ya respira por sí solo". Fue lo único que pude escuchar, que ibas a recuperarte. Y justo el día que te moriste, traía encima otra desdicha. Abandono del amor. Para eso son los amigos. Sin saberlo te mantienen con vida, a pesar de sus historias.

Caminé rumbo al velatorio. Dispuse del traje oscuro. Esperaba encontrar amistades en común. Pero la embriaguez me llevó por otros lares. Siempre sucede así, en esta ciudad perdidiza. Deambular al centro dé y encontrarse entre las orillas del vértigo. Cultivamos las uvas de la discordia. Me acordé de los bastardos, de la franca compañía donde solitarios aprendemos a beber. ¿Dónde ubicar el primer sitio de la memoria? Salida a Correo Mayor, estación del Zócalo, qué más cementerio que ver a una anciana confrontar a los custodios del Palacio Nacional. Diletantes cuicapikas haciendo de las suyas. Entrar a la vecindad, subir las escaleras lejos del bullicio ancestro. Que te abran la puerta del infierno gritando: ¡bienvenido! Sabemos de las horas pico y del derrumbe de los eclipses venideros. Mas nada como esta otredad beligerante ante la herrumbre de nuestros pasos, Eusebio.

En qué parte levantar la catedral del llanto pétreo, en dónde subrayar el lugar del traspié. Desnuda la planta de las cuentas de vidrio. Supe platicar de tu presencia, de aquellos lugares donde tomar de la pachita es un asunto de fe. No tengo fe, pero creo en tu literatura. En una escuela de Ecatepec, las maestras les pidieron a los muchachos que leyeran un chorrito de novela tuya. Cuando llegaste al salón, sorprendidos, nos dimos cuenta de que ese hilo puede tejer la madeja de los años, a través de generaciones. Que unas palabras pueden ser suficientemente prosaicas —"no estudien, fajen"— con tu soplo de corazón maledicente, en el alcohol que descifra los insomnios, con la cruda venidera, lúcida, que corrige el más dionisiaco poema. Ahí te conocí, te hablé del rumor de las alcantarillas. Sigo fraguando esa música. Aunque ya no me pertenece, la disfruto.

¿Qué no eras la profunda caricia en el bemol de los arrojos? Sí la sí. Fa sostenido sobre la pústula deshora. El re menor que surge en la hondonada del esqueleto pentagrama. El sol mayor que desconoce las precipitaciones oxímoras de la luna. Trazar las llagas fue la impronta de tu porvenir, entregado a Beethoven, acólito de la música, creada con los besos de aquella a la que llamas luz bel. Coral entre hojas caídas. Mariana con lujuria por amuleto. Higinio como higuera que trama su manar de leche, en los acordes horizontes del delirio. Esa es tu descendencia. Sentado a la vista del averno, Rulfo despidiéndose y Brahms para entregarse a los amigos.

Todo por tu maldita falta de responsabilidad, Eusebio. "Yo no quiero ser Bukowski", afirmabas. Pero nunca te imaginaste, completamente enamorado, que una robapoemas en el Bronx, declamara desde su bella purulencia. Dispuesto a darle unas monedas, aquella mujer de tus sueños sólo te costó decirle que tenías esposa y escapaste muy lejos de un semáforo en rojo. Requiero de tu presencia, colaborador de mi alimento, miembro perdulario de los cuerpos abisales. Mi escritor ceñudo, mi girasol errante. Nunca he cerrado la ventanilla hacia un viaje desconocido, ni he apretado el freno ante la curva del acantilado. Querido Eusebio, aún fantasma, no te despidas.

Arturo Alvar

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Arturo Alvar

Arturo Alvar (Ciudad de México, 18 de septiembre de 1982). Es maestro en literatura mexicana contemporánea por la UAM-Azcapotzalco, universidad donde actualmente se desempeña como editor de la revista Sapiencia. Fue becario en estudios culturales por parte de la Fundación José Ortega y Gasset en Toledo, España. Ha publicado poesía y ensayo en las revistas Verso DestierroI poeti nomadi; Los bastardos de la uvaTertium Datur; Tema y Variaciones de Literatura. Tiene publicado un único libro de poemas: Obituario (Anónimo Drama, 2004). Está incluido en las antologías de poesía: 24 años, 24 poetas del Tianguis Cultural del Chopo; 40 Barcos de Guerra; Poemas para un poeta que dejó la poesía; Tenho tanta palavra meiga. Alguns poetas mexicanos. Se mantiene al frente de dos espacios culturales independientes: Clavería 22 y Casa "Max Rojas".

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