Miércoles, 10 Mayo 2017 06:40

Políticas de la traducción / Marianela Santoveña Rodríguez /

Escrito por
Valora este artículo
(0 votos)

 

 

Políticas de la traducción

Marianela Santoveña Rodríguez

 

 

... no one has given a thought to the books except perhaps Aunt Annie herself, the books that no one will ever read; and now Aunt Annie is lying in the rain waiting for someone to find the time to bury her. He alone is left to do the thinking. How will he keep them all in his head, all the books, all the people, all the stories? And if he does not remember them, who will?

J.M. Coetzee, Boyhood

 

 

Había una vez una estrella –se imaginaba Friedrich Nietzsche allá en el verano de 1873– donde unos animales inteligentes descubrieron el conocimiento. No hace falta una sensibilidad muy aguda para darse cuenta de que hablaba de nosotros. En aquella estrella, aquel momento en que descubrimos el conocimiento “fue el minuto más arrogante –decía el filósofo alemán– [el] más falaz de la ‘historia universal’ [entre comillas]”.[1] “Tras unas pocas aspiraciones de la naturaleza, la estrella se enfrió y los animales inteligentes tuvieron que morir”,[2] concluía su fábula. Breve presente del conocimiento. Vida vana, sobrevalorada, inútil y arbitraria. En aquel verano de 1873 Nietzsche no estaba en buenos términos con nosotros, ni con el conocimiento.

            Y es que el filósofo preparaba ya desde entonces su feroz crítica a la “verdad” (también entre comillas) que, para él, se reducía a “una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria”.[3] En algún remoto momento del pasado, pensaba, los seres humanos fundaron un pacto social para albergar en su seno a quienes utilizaran las designaciones o las palabras válidas para representar lo real. El mentiroso sería excluido. La paz reinaría entre los hombres.

            Pero, ¿es que acaso las designaciones coinciden con las cosas? El creador del lenguaje, anotaba Nietzsche, denomina la relación de las cosas para con los seres humanos y, para hacerlo, acude a metáforas. Una percepción se convierte en una imagen. Una imagen se convierte en un sonido. Un sonido es transmitido como idea. Y, así, el lenguaje –y, con él, la verdad– no es sino “una multitud en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos; en una palabra, un conjunto de relaciones humanas que, elevadas, traspuestas y adornadas poética y retóricamente, tras largo uso el pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes...”.[4]

            La historia de nuestra estrella no es sólo breve. Es triste, por cuanto lo real no es sino un grupo de palabras que no coincide con las cosas pero que nos hemos habituado a escuchar. Los seres humanos, decía Nietzsche, en lugar de garras o colmillos, tienen disimulo. Una mentira repetida cien veces: he ahí la verdad y la paz humanas. Y, frente a ese paisaje triste, el silencio del espacio sideral.

            Resulta curioso que, para recalcar la catástrofe de nuestra empresa, Nietzsche ofreciera entonces lo que él consideraba una prueba irrefutable: “Comparados entre sí, los diversos lenguajes demuestran que con las palabras nunca jamás se llega a la verdad, a una expresión adecuada, pues si no, no existirían tantos idiomas”.[5] Alberguemos una sospecha: que esta prueba tan convincente no es sino otra verdad entrecomillada, es decir, una mentira repetida cien veces. Babel y su castigo, la debilidad de la lengua humana, de las lenguas humanas, en plural. ¿De ahí se sigue que no hay verdad? ¿De ahí se sigue que la historia universal no es más que pura vanidad?

            Volvamos al principio. Había una vez una estrella, dice otro relato. Esta otra estrella se posaba tranquila en un lugar del universo muy lejano de aquí, cuenta Primo Levi, su autor. Era muy grande, muy caliente y de un peso enorme. “Hemos escrito «muy lejano», «grande», «caliente» y «enorme» –continúa el relato–: Australia es muy lejana, un elefante es grande y una casa todavía más grande, esta mañana me he dado un baño caliente, el Everest es enorme. Está claro  que en nuestro léxico hay algo que no funciona...”,[6] al menos no para hablar de estrellas, al parecer.

            Casi cincuenta años después de Nietzsche, en un texto de juventud, el también filósofo y también alemán Walter Benjamin se preguntaba cómo hablar sobre el lenguaje. Benjamin tenía una idea, y ésta era que “ciertos conceptos correlativos conservan su sentido exacto, y tal vez el mejor, si no se aplican exclusivamente al hombre desde el comienzo”.[7] Para Benjamin, nosotros no hemos creado el lenguaje a posta, hemos nacido a él. Es él el que nos hace sentir y el que nos hace actuar, es él nuestra capacidad de percepción y la forma de nuestra voluntad, es él el que convoca lo real, lo agrupa, lo envuelve, se aproxima. El lenguaje es a nosotros lo que el agua al pez. Un medio a la vez independiente e inevitable. Quizá por eso, para el pensador judeoalemán, la única forma de hablar de este medio es por su fluidez: para hablar del lenguaje habría, pues, que hablar de su paso, su paso de las cosas a los humanos, su paso de una lengua a otra. Decía Benjamin: “El lenguaje cuenta con su propia palabra, tanto para la recepción como para la espontaneidad, únicamente ligados en el ámbito excepcional del lenguaje, y esa palabra sirve también para captar lo innombrado en el nombre. Se trata de la traducción [...] Es preciso fundamentar el concepto de traducción en el estrato más profundo de la teoría del lenguaje, porque es de demasiado e imponente alcance como para ser tratado a posteriori, tal como se lo concibe habitualmente.”[8]

            Está claro que esto nos lleva a elucidar lo que Benjamin concebía como traducción y a hacerlo desde la premisa de lo a priori. ¿Qué quiere decir traducir antes del acto de traducir? El ejemplo es célebre. Benjamin toma las palabras Brot y painpan, en alemán y en francés– y nos dice que lo entendido en ambos vocablos es idéntico, pero el modo de entenderlo no lo es. Ambas palabras son inconfundibles y agrega que hasta se esfuerzan por excluirse. Y, no obstante, se complementan. La forma de pensar, en relación con lo pensado, sólo se aproxima a las cosas en tanto las rodea con sus diferencias. Brot roza la superficie de la corteza horneada y toma de la mano a pain, que se posa sobre la harina, junto a pan, que se extiende por el costado. Todas estas palabras nos aproximan al pan. Juntas, nos dan el atisbo de un lenguaje que podría estar pleno de realidad, nos colocan por un momento en el ángulo preciso de la verdad, en su tangente. “Tomadas aisladamente –dice Benjamin–, las lenguas son incompletas y sus significados nunca aparecen en ellas en una independencia relativa, [...] sino que se encuentran más bien en una continua transformación, a la espera de aflorar como la pura lengua de la armonía de todos esos modos de significar.”[9] La traducción es, pues, una forma de representación “embrionaria e intensiva”, o bien, “previa y alusiva”, es decir, en potencia, de la semejanza a priori entre las lenguas.

            Por eso es que para hablar de nuestra otra estrella podemos decir que estaba en un lugar muy lejano, que era muy grande, muy caliente y de un peso enorme. Pero para comprender mejor es preciso saber que hemos traducido: piu lontano, molto calda, molto grande, enorme, y que en el fondo, lontano no quiere decir exactamente lo mismo que lejano. Sólo así nos aproximamos a la dimensión estelar verdadera.

            Pero hay más. Cuenta Primo Levi que la estrella, grande, caliente y pesada, en un principio tranquila, se llenó de inquietud tras unos milenios. Tan inquieta se volvió que los astrónomos árabes y chinos, sin telescopios y tan lejanos ellos, se dieron cuenta. Un árabe llegó incluso a bautizarla como Al-Ludra, “la caprichosa”. Y tanto tiempo estuvo inquieta que ya para 1950 estaba en crisis. Cuenta Primo Levi que un observador que hubiera tenido la fortuna de estar en uno de los tranquilos planetas de Al-Ludra a las 10 de la mañana del 19 de octubre de aquel año, habría visto una conmoción como ninguna, y no habría sobrevivido para contarlo. Pero años después, en el lejano desierto de Chile, el astrónomo Ramón Escojido sí notó una posible mota de polvo en sus fotografías. Ese día, Ramón Escojido tuvo que cancelar sus planes familiares para revisar lo ocurrido.

            Y es que la traducción no tiene sólo una dimensión espacial, sino también temporal. Al hablar de traducción, según Benjamin, no se trata de una copia cuanto de una maduración. Es preciso considerar que la traducción es siempre, incluso a priori, un momento nuevo que nace de un momento pretérito. Para Benjamin, la traducibilidad es un predicado que conviene al original. Esto quiere decir que el original no sólo puede, sino que exige ser traducido, sin importar que humanamente pueda parecer imposible. Pues, ¿qué tan lejos es piu lontano? ¿Y cómo se distingue una mota de polvo de la explosión de una estrella? La traducción es un reclamo del pasado, una suerte de brote póstumo del original, una sobre-vida que nace de lo ya dicho. La traducción es lo nuevo de la memoria. A diferencia del pacto social de la verdad que imaginaba Nietzsche, el pacto social que corresponde al lenguaje según lo concibe Benjamin es un pacto con el pasado. Lo nuevo únicamente surge de la sobre-vivencia. No por nada el concepto de vida del original, en palabras de Benjamin, “se justifica mejor cuando se atribuye a aquello que ha hecho historia y no ha sido únicamente escenario de ella”.[10] 

            La diferencia entre la estrella de Nietzsche y la estrella de Primo Levi es que la primera muere en silencio. La segunda no. De ella surge la mancha en la fotografía, algo nuevo, una infancia. “La traducción –dice Benjamin– está tan lejos de ser la ecuación inflexible de dos idiomas muertos que [debe] experimentar de manera especial la maduración de la palabra extranjera, siguiendo los dolores del alumbramiento en la propia lengua”.[11] Y éste es uno de los “procesos históricos más grandiosos y fecundos de la fuerza primaria del pensamiento” afirma.[12] En su exigencia de traducibilidad el pasado explota inquietamente y nos debe tener atentos incluso a una mota de polvo. Las traducciones dependen de la vida del original, y éste “alcanza en ellas su expansión póstuma más vasta y siempre renovada”.[13] Larga vida, recurso invaluable. La traducción es un pacto con el tiempo. Un pacto político mediante el cual nuestra historia se aproxima a la universalidad. Porque la historia universal debería estar hecha de diferencias aproximativas. La historia universal no debería enseñarse, sino escribirse. Fundamentalmente traducirse. La traducción nace y, desde su forma embrionaria, recuerda. He ahí el sino de Al-Ludra, su memoria. Pues de otra forma, muerta la estrella, ¿quién recordaría todos los libros, toda la gente, todas las historias? Si no hubiera Ramones Escojidos cancelando sus planes familiares, ¿quién sería, quiénes seremos?

 

 

 

[1] Friedrich Nietzsche, “Introducción teorética sobre la verdad y la mentira en el sentido extramoral”, en El libro del filósofo, sin datos del traductor (Taurus: Madrid, 2000), p. 85.

[2] F. Nietzsche, “Introducción teorética...”, p. 85.

[3] F. Nietzsche, “Introducción teorética...”, p. 88.

[4] F. Nietzsche, “Introducción teorética...”, p. 91.

[5] F. Nietzsche, “Introducción teorética...”, p. 89.

[6] Primo Levi, “Una stella tranquilla”, http://incontrotesto.files.wordpress.com/2011/09/una-stella-tranquilla_primo-levi.pdf.

[7] Walter Benjamin, “La tarea del traductor”, en Ensayos escogidos, traducción de H. A. Murena (México: Ediciones Coyoacán, 1999), p. 78.

[8] Walter Benjamin, “Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los humanos”, traducción de Roberto Blatt (Madrid: Taurus,1998), pp. 68-69.

[9] W. Benjamin, “La tarea...”, p. 81.

[10] W. Benjamin, “La tarea...”, p. 79.

[11] W. Benjamin, “La tarea...”, p. 81.

[12] W. Benjamin, “La tarea...”, p. 80.

[13] W. Benjamin, “La tarea...”, p. 79.

Visto 13003 veces Modificado por última vez en Sábado, 20 Mayo 2017 23:13
Marianela Santoveña

Marianela Santoveña es Licenciada en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y completó sus estudios de Maestría en Filosofía en la misma institución. Sus oficios son la traducción y la docencia. Sus temas de estudio, trabajo y curiosidad son las relaciones entre estética, lenguaje y política, el problema de la representación en la historia, así como la pregunta por las distintas formas en que nos concebimos como humanos y las derivaciones políticas que éstas tienen

Deja un comentario

Asegúrese de introducir toda la información requerida, indicada por un asterisco (*). No se permite código HTML.

Invitados en línea

Hay 5003 invitados y ningún miembro en línea