Martes, 18 Junio 2019 04:37

Amparo Dávila: la imposibilidad de abrazar la juventud Rocío García Rey

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Amparo Dávila: la imposibilidad de abrazar la juventud

Rocío García Rey

 

Parecía la sombra, el recuerdo

de una hermosa y sana mujer.”

 

Amparo Dávila, El espejo.

 

Para muchos es harto conocido que la gran escritora Amparo Dávila (Pinos, Zacatecas, 1928) forma parte de la llamada generación de medio siglo, en lo referente a la literatura mexicana. Es precisamente a finales de la década de 1950, cuando Dávila publica Tiempo destrozado. Es con este libro con el que la literatura mexicana hallará senderos renovados. Los arbustos y la hojarasca que el lector halla en estos nuevos caminos de escritura son lo fantástico y el horror. Serán estos el leitmotiv que a lo largo de su obra.

En esta ocasión para hablar del “arte de ser joven”, hemos tomado tres cuentos de la escritora zacatecana: “El espejo”, “La señorita Julia” y “Griselda”. Los hemos tomado porque propio al horror y a lo fantástico de los cuentos de nuestra autora, su propuesta tácita con respecto a esa etapa llamada juventud, pensada y asumida como la de gozo y energía caleidoscópica, es que aun cuando se crea que hay o que hubo juventud esta se verá atrapada y destrozada en el laberinto de lo onírico y terrible.

Nuestras edades son las mismas en la propuesta de Dávila porque las hermana ese tentáculo que es lo oculto, ora en un espejo y que hará que aun cuando el hijo sea joven y desee proteger a la madre, estos serán atrapados por la muerte perenne, precisamente, de los espejos. Nuestras vidas son reflejos de la muerte adherida al cuerpo y a los actos. A veces ese tratamiento epocal de “señorita”, “señorita madura”, “señorita decente”, no bastan para guarecernos de esa mutilación de la vida, como en el caso de “La señorita Julia”, quien de ser la señorita decente pasa a ser señalada como la que ha pisado su herencia de juventud recatada. Ese pisoteo se da, en efecto, pero no para aplastar el llamado recato, sino para defender y salvaguardar lo que es intrínseco a la vida: la tranquilidad.   

Huéspedes inesperados, pensamientos cuasi paranoicos, muertes que se deslizan aun en lo que en la razón creemos pertenece a Eros. Esos elementos son algunas de las anagnórisis que nos enfrentan en la literatura de Dávila a darnos cuenta que nuestra vida o la de los otros ha quedado dentro de la pared, cualquier forma que esta tenga (hacemos una reminiscencia de “El gato negro” de Poe).

Cuando el lector se acerque a los cuentos de Dávila podrá aquilatar muy bien las palabras del cuento “Griselda”: “-Pobrecita!, es muy pesado a su edad pasar por esas situaciones. Cuando se es viejo, uno ya vive solo para sus recuerdos, los persigue queriendo recuperarlos, como si fueran los pedazos de un objeto roto que se quisiera reconstruir”.

Es así que aun cuando Griselda, la señorita Julia, Tina Reyes, el hijo del cuento “El espejo” quieran abrazar la vida, la juventud choque con la gran muralla de Tánatos y es así que la vida aquí también como con Manrique “son los ríos que van a dar a la mar que es el morir”.

 

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Rocío García Rey

 Doctora en Letras por la UNAM. Es autora de los libros "La otra mujer zurda" , Mapa del cielo en ruinas y La Caverna.

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