Miércoles, 26 Febrero 2020 06:17

YO, EL DISCORDANTE Por, J. M. Lecumberri

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YO, EL DISCORDANTE

Por, J. M. Lecumberri

 

La mierda hace crecer las flores y eso es hermoso.

Malaclypse EL JOVEN –Principia Discordia

 

 

 

Las 5 Nobles Revelaciones. -

 

Mi primer texto lo escribí cuando apenas contaba con poco más de un año de edad. Lo ejecuté con mi propio excremente sobre las paredes de mi cuna, algunos infortunados juguetes y mi propia piel. Sólo fue leído o experimentado por tres lectoras: mi madre, mi abuela y mi nana, Grego. Después de eso fue borrado para siempre de los anales de la Historia de la Literatura, como debiera pasar con todo texto después de haber llegad a quienes debe llegar.

Esta fue, tan sólo, mi primera experiencia, de las cinco grandes experiencias que me han llevado por el camino de Discordia. Pese a no recordarla sino por borrosos esquemas de la memoria y la imaginación y por la tradición oral de mi familia, este suceso resulta clave para mi posterior desarrollo de lo que considero el trabajo poético discordante.

Muchos años después de mi primera revelación de la Diosa, mi camino me llevó hasta Oaxaca, donde en una Feria del Libro Independiente conocí a Leonardo Da Jandra por intervención de un amigo mutuo, Max Ramos, excelso escritor, bibliófilo y anticuario.

La tarde en que conocí a Da Jandra, de manera muy expedita, básicamente sólo me dio tiempo de obsequiarle un ejemplar de mi Matemático negro y otro de mi Manual de neurocirugía para zombis.

Posteriormente, la amistad con él y con su mujer, Raga, se haría muy intensa, al grado que mi esposa y yo le editaríamos sus Diarios en tres tomos artesanalmente manufacturados, con un tiraje limitado y numerado de 100 ejemplares. Tesoro que fue muy bien recibido por la crítica y hasta llegó a ser considerado como una de las publicaciones de ése año. Los lazos siguieron estrechándose y Da Jandra, de manera obsequiosa se ofreció a participar en Lateralia y algunos otros eventos literarios y filosóficos en los que estaba inmiscuido por aquel entonces.

La segunda revelación de la Diosa vendría poco tiempo después de la voz de Da Jandra. Cuando le entregué para su lectura mi último manuscrito, lo que después se publicaría en Barbas Poéticas bajo el título de Filosofía Cuántica Vol. 1, Da Jandra me dijo sin rodeos algo como: “El libro tiene cosas buenas, pero ya necesitas dejar de lado los panfletos y escribir una obra en serio, filosofía de verdad…”

La tercera revelación, muy relacionada con la segundo, vino por boca de una figura a quien yo admiro por su falta de delicadeza ante las atrocidades del destino, su impertinente nostalgia y su disimulado ascetismo. Un artista en toda la extensión de la palabra, un genio arruinado e incomprendido, como el que más, pese a ser muy afortunado, un ser en plena desgracia cuya humanidad resultaba ingenua y cuya devoción hacia lo Bello, llegaba a asfixiarlo.

Un voraz lector y un pensador bestial, con una gran capacidad de abstracción (rara en los artistas gráficos).

Pues encontrándose el y su esposa alojados un fin de semana en nuestro departamento de Coyoacán, este artista (cuyo nombre prefiero omitir, por el momento) se acercó, sosteniendo una taza de café recién preparado, a eso de las 6:30 am, hacia la pared de la sala, donde cuelga tres grabados hechos por mí. Casi de forma devota y simultáneamente agnóstica, se quedó contemplando los grabados, inmerso al grado de no percatarse de mi cercanía en la mesa del comedor.

Comenzó a murmurar mientras depositaba la taza en una repisa y se rascaba la piocha: “… esto es un error, es tan discorde, no tiene sentido, está mal impreso…” logré escuchar, mientras yo daba sorbos a mi infusión de rooibos con vainilla.

Aquí, el poder de estas dos últimas revelaciones de la Diosa, me golpeó fuertemente la pineal y lubricó mi ojo reptil. Trajo a mi mente memorias de otras dimensiones, stills de planos astrales donde yo moría y reencarnaba sin cesar, en un angustiante y luminoso Samsara.

Así la Diosa, mi mostró el camino, por vez primera, en la forma de una serie de alucinaciones lúcidas y, por demás, caóticas, estridentes.

La cuarta revelación, quizás la más compleja para mi entender, se desató de palabras de mi pequeña hija, Amaia.

Para entenderla a cabalidad he de recurrir al principio de Mu, “ausencia” o “nadidad”, del chino tradicional: .

Para explicarlo, recurriré al kōan zen que se plantea desde una raíz herética o, cuando menos, trasgresora, de la aparentemente ingenua pregunta de parte de un monje anónimo al maestro Jōshū:

― ¿Tiene un perro la naturaleza de Buda o no?

A lo que el maestro respondió, tajante y sereno:

Mu.

Para la escuela Rinzai, esta respuesta denota delirio categórico, falacia sin respuesta correcta alguna.

En ese momento mi hija que tendría poco más de dos años, me estaba ayudando a cocinar un plato tailandés para la cena, separando las verduras y condimentándolas, mientras yo ponía a calentar la mantequilla y a sofreír el arroz.

En un tonto descuido de mi parte agarré la tapa metálica que cubría el wok sin usar un trapo, lo que me ocasionó una fuerte quemadura, en ese momento grité, con enojo, una expresión aparentemente coloquial y vacía:

― ¡Me cago en la leche! ¿Tenía que quemarme para despertar?

A lo que mi hija respondió, tajante y serena:

Mu.

 La Diosa, manifestándose a través de mi hija, me sonrío y comenzó a cantar, a todo pulmón, una de sus canciones favoritas: “Tengo una vaca lechera…”

La quinta y última revelación me ha sido dada a cuenta gotas en la carne y espíritu de mi mujer, quien comparte nombre que el príncipe de los dáimones: Lucero, la portadora de luz.

Lo más probable es que aún no me haya sido declarada del todo. Se trata, pues, de una revelación viva, en constante flujo, e incluso contradictorio devenir. Como una hacker afectiva, erótica e intelectual, que día a día me va reseteando la conciencia y me impide quedar en completo estado letárgico. Luz sin luz, flor del empíreo, que todo lo comprende y no abarca nada, piel de mí, todo lo mío que se desposee y trasciende, es por ella: καλλίστῃ.

Como dice Ovidio: “gutta cavat lapidem, non vi, sed saepe cadendo

Ella, manantial inexorable de agua, leche y miel, se deja venir sobre mí, gota a gota, como un apacible martirio para el santo, como una violenta ola para el surfista, como un código indescifrable para el programador, como orbital de conciencia en el que radican los arquetipos del amor, la libertad y el coraje. Ilegible y clara, la Diosa, en toda su sabiduría la eligió a ella, legible y oscura. Doble contradicción que se me revela con el ímpetu deseante de una máquina indómita, de una ninfa feral.

 

 

La poesía es un Espacio de Libertad Absoluta. -

 

            Como siempre había intuido, los mensajes más profundos de la Diosa, proviene de las personas más superficiales con las que nos topamos. En este caso fue un burócrata de la cultura de Morelos quien me obsequió tan brutal paradigma poético.

Ayer, siendo cuarto para la media noche, enfermo de la garganta, sostenía una infusión herbal, con leche y miel (alusión a Lucero), sentado en el mismo lugar en donde e senté al ocurrirme la cuarta nombre revelación de la Diosa, levanté mis ojos. Frente a mí, el contenido de aquellas palabras de Iván Gardea (entrañable amigo, taciturno arcángel y lúcido artista), uno de mis grabados que retrata de manera imperfecta, ingenua pero desgarradora, en colores negro y rojo, uno de mis ataques de migralepsia, compartiendo pared con un iridiscente reloj que contiene la leyenda: “Hoy es un gran día”.

A partir de esta imagen entendí que todo lo que he hecho a lo largo de mi vida no es más que un fallido poema. Que, como a todos los poetas, les atormenta y satisface por igual. Un poema inabarcable, inorgánico y viral. Un texto y un metatexto que se multiplica y duplica, se serializa y decodifica sin cesar, apareciendo tanto en la mierda como en la tienta o en el monitor de un teléfono móvil, en un estatus de Facebook o en una fotografía, en Los Brahms Stalkers y desde Malajim (los mensajeros dentro de mí), en un beso y en una lágrima, en una visita al cementerio, en el sexo, en el trabajo monótono de la oficina y en los juegos y cantos con mi hija. Es imparable, no se puede evitar. Soy en tanto poetizo mi realidad y ella, a su vez, me versifica a mí. Algoritmo encarnado, autárquico, discordante.

 

Todo en mí es un acto poético, una Meta-Patafísica extraída del más acuciado delirio de Alfred Jarry.

Espiritualidad aberrante, sensualidad patética que me destila en cada atisbo hacia la Nada en que soy una forma más, sin forma del encuentro fortuito entre un ángel sifilítico, una nube de lluvia y una laptop sobre el FNORD. Summa daemoniaca! El matrimonio de Fiona Mont y Lautréamont.

 

AVE ERIS!

 

 

Index Librorum Prohibitorum et Derogatorum.-

 

            Especialmente lo prohibido está permitido. Principio fundamental del autócrata. Pues no es el crimen, la miseria, la estupidez ni la degeneración lo que se prohíbe, sino lo que se estimula y lo que se premia, en esta sociedad profundamente enferma.

Las leyes, las reglas, los credos, las convicciones morales, son sólo textos y fábulas vacuos, carcasas a la medida de una cárcel sin barrotes ni paredes, exoesqueletos de un parásito sin contenidos: el Virus, origen de la cultura bipolar de la adaptación al miedo: Manía/Depresión e Inercia/Ansiedad.

Según el aberrante y facho lexicón de la RAE, Discordia es definida, aristotélica y cristianamente como: “Oposición, desavenencia de voluntades u opiniones” Esta definición se muestra patética para darnos un atisbo de la gloria de la Diosa.

Para Deleuze, la definición no es tan importante como lo definido, así como el pensamiento (filosofía) es menos importante que lo se da a pensar (poesía).

En física cuántica, las partículas elementales, el electrón, por ejemplo, no es una esfera material, ni un filamento, ni un caparazón de energía, es una nube, pero no cualquier tipo de nube, sino una nube de probabilidades (un devenir en estado puro) que, al ser sometida a la observación, adopta cuerpo, es decir, una particular sustancia y ubicación.

La localidad no es propia de la conciencia, que es expansiva, indeterminada, inconstante.

  

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José Miguel Lecumberri

J. M. LECUMBERRI

 

Mupeta, lúsico y poco, sí, muy poco. Nacido en la punta del millenialismo, escribe sobre el Caos, la discordia y la putrefacción. Canta al apocalipsis y a las perversiones sexuales. Chamán, sin poderes ni conocimientos sobrenaturales. Nigromante, vasallo de Lucifer. Hombre que piensa. Espíritu de una vía negativa hacia la liberación. Arterrorista, fundador y colaborador incansable de varias zonas temporalmente autónomas (ya casi todas destruidas) y actos de magia del caos: Los Brhams Stalkers, Monsieur Morrison, Los Filósofos Malditos (R.I.P.), los Furiósofos, Ediciones y Punto (R.I.P.), Maljim (R.I.P.), entre otras. Autor de varios tomos de letra muerta: Manual de Neurocirugía para Zombis (Inferno Ediciones), Esquizófrasis (Ediciones y Punto), Pirosofía [teoría de cuerpos delirantes] (Barbas Poéticas), El Matemático Negro (Mezcalero Brothers), H1 (Rojo Siena Editorial), Alter Satan (Versodestiero), Moncloe Piscis (Verso destierro), El libro Negro (1914) (Ediciones y Punto), Las Rojas Raíces del Insomnio (Barbas Poéticas), Monsieur Morrison (Barbas Poéticas-mardeojo), este último a estrenarse el 20 de octubre de 2018, si el Caos lo permite.

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