Un amortiguador llamado propina y redondeos no solicitados.

Elizabeth Ocampo Salgado

 

 

Ciudad de México, sol abrasador mediodía y el intenso tráfico. Por los rumbos de la Merced se amotinaron tres veces para lavar el parabrisas del auto; botella con agua jabonosa, trapos y jaladores. Nuestra jornada terminó con vidrios rechinando de limpios porque en total nos abordaron 4 veces si a eso le sumamos el servicio del despachador de gasolina. Hicimos cuentas y en total damos de propinas un aproximado de 2500 pesos al mes tratando de subsanar a un gobierno fallido e inexistente que no genera empleos bien remunerados y a una iniciativa privada incompetente. Llega a mis oídos la rola de la Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio: " gran circo es esta ciudad " porque también seguimos contando con séquitos de tragafuegos, payasos, vendedores ambulantes, personas que usan su propia discapacidad o la de sus familiares, cilindreros y los que me falten. La mal llamada clase media hace una labor que resulta cómoda para empresarios y gobierno al mantener cierta tranquilidad amortiguando estallidos sociales gracias no solo al redondeo sino a las monedas que se reparten todos los días. El INEGI no muestra cifras reales porque a los que viven de propinas o alguna actividad de comercio informal no los catalogan como desempleados. En junio de 2017, el 59.3% de la población de 15 años y más en el país se ubicó como económicamente activa (Tasa de Participación). Esta tasa es superior a la registrada en el mes inmediato anterior cuando se ubicó en 59.2%, también con cifras desestacionalizadas. * Nuestro destino sigue entre smog, ruido, claxonazos; los limpiaparabrisas siempre abordan al del auto austero jamás al blindado, con vidrios polarizados, deportivo o lujoso ( aplica también para corralones donde empresarios hacen uso de instancias públicas para llevar dinero a sus arcas ). Lo irónico es que mientras algunos sectores de políticos hacen mal uso del erario público los de a pie somos asaltados todos los días comenzando por cajeros automáticos donde el redondeo, becas o los apoyos " no solicitados " se extienden también a las tiendas que uno encuentra en casi cada esquina; gravamen no solicitado después de las 10 de la noche, redondeos que no sabemos a ciencia cierta a donde van a parar y si a esto le sumamos los seguros o servicios no solicitados que te cargan al recibo telefónico así como " saldos congelados de telefonía móvil " los cuales deberían ser un delito porque no les basta jinetear con las AFORES sino con dinero que no les pertenece. El uso del automóvil en la mayoría de las ciudades mexicanas implica vivir no sólo enganchado al tráfico y todos sus bemoles sino a un ejército de franeleros, limpiaparabrisas, valet parking , pago de estacionamiento, parquímetros, pensiones y fotomultas donde al igual que los redondeos se desconoce el destino así como los montos totales ( ¿ Corporativos extranjeros o redondeos que son usados como donaciones deducibles de impuestos ? ) De todos es sabido que reclamamos más en materia de fútbol soccer; mientras mi individualismo no sea trastocado o mi falsa comodidad, el uso del auto particular no debe ser nuestro ideal no solo por cuestiones ecológicas; exigir resultados visibles y a nivel de políticas públicas deberían ser una tarea obligada para cualquier mexicano.

 

* Fuente INEGI 2017.

Miércoles, 24 Enero 2018 18:52

La lira de Santana / Víctor Manuel Pazarín /

 

 

 

La lira de Santana

Víctor Manuel Pazarín

 

 

Luz siempre es luz, oscuridad siempre es oscuridad. Yo lo llamo fragmentos de miedo.

La luz tiene un objetivo: iluminar. No mentir, ni separar, ni dividir, ni comparar, ni competir;

solamente complementar y elevar.

CARLOS SANTANA

 

 

 

Sólo una vez he visto y escuchado —en vivo— a Carlos Santana.

Santana, quien en mil novecientos sesenta y nueve —a los veintidós años— se dio conocer como solista en el mundo de la música con el álbum Santana, y actualmente (y desde hace varias décadas) es considerado uno de los más grandes guitarristas del orbe musical, este año cumple sus primeros setenta años.

Pero Carlos Santana no siempre fue Carlos Santana —uno de los veinte guitarristas más grandes de todos los tiempos de acuerdo con la revista Rolling Stone—, sino que antes, mucho antes, corrió —como muchos de los niños que ahora tienen su edad— por las calles de Autlán (de la Grana, y luego de Navarro, Jalisco), su pueblo natal.

De acuerdo con un documento oficial del ayuntamiento (emitido el catorce de septiembre de dos mil dieciséis, para declarar el veinte de julio como Día de Carlos Santana en Autlán de Navarro), Carlos es hijo de José Santana Meza y Josefina Barragán Corona y pasó sus primeros años en el barrio de la Sirena.

Su padre fue integrante de un mariachi. Fue él quien inició a Carlos (y a sus hermanos) en el aprendizaje de los instrumentos

musicales y el gusto por la música tradicional mexicana. Primero fue el violín, pero a los ocho años, cuando su familia se muda a la frontera, encuentra que es la guitarra.

A Tijuana llega en mil novecientos cincuenta y cinco, con ocho años de edad. El encuentro con el músico Javier Bátiz le cambió la vida. Y bajo su tutela aprendió los acordes esenciales imitando a los grandes músicos como de B. B. King, T-Bone Walker y John Lee Hooker, influencias que aún se notan cuando uno lo escucha tocar la lira.

En Tijuana, siguiendo las líneas de su leyenda, Carlos tocó en clubes de música locales con el grupo Los T.J.’s, en el que era bajista; luego, en mil novecientos sesenta y uno, su familia se mudó a San Francisco de California, donde el ambiente hippie fue propicio para que surgiera Carlos Santana, el músico, con su banda la Santana Blues Band, en 1966, un año después de haber obtenido su nacionalidad norteamericana.

Su carrera en ascenso logró que del Filmore West de Bill Grahams fuera luego al legendario festival de Woodstock, donde, el dieciséis de agosto de mil novecientos sesenta y nueve, abrió su participación con “Black Magic Woman”.

Antes, mucho antes había escuchado a su padre tocar en un mariachi (en dosmil catorce, en una entrevista con el periodista de El Mundo de Madrid, Santana respondería a una pregunta sobre sus orígenes musicales):

—Usted nace a la música en los 50, justo en el momento en que acaba la era del mambo y llegan el rock and roll y las guitarras eléctricas. ¿Qué música recibe por primera vez, la que le da el latigazo, la conmoción? ¿Es la de mariachi de su padre?

—No, antes de tocar música de mariachi mi padre tocaba la música de 'Vereda tropical' [Santana entona quedo y bonito]. La música de Agustín Lara, Toña La Negra, Pedro Vargas. Música cubana hecha en México, Pérez Prado... Luego, de aquel mambo surgió el 'Zoot suite', los 'pachucos' que copiaban a Cab Calloway [que en los años 40 crearon en California una forma mestiza de vestir y de bailar a medio camino entre el mambo y el jazz]. En Tijuana empecé a meterme al blues, a la guitarra eléctrica de Chuck Berry. Para mí era lo mismo,

como cuando recibes algo divino y te da escalofríos o cuando descubres tu primer orgasmo espiritual o físico. Eso es la música de Pérez Prado o Chuck Berry. Eres chiquito pero ya tienes esa frecuencia. No sabes ni cómo ni por qué hacerlo, pero, como dice John Lee Hooker, “lo tienes dentro y tienes que darlo”.

Desde su salida del pueblo en mil novecientos cincuenta y cinco, Carlos Santana no volvería sino en el año dos mil uno —cuarenta y seis años después—, cuando lo declararon hijo predilecto del pueblo.

 

 

El hijo pródigo volvió al pueblo

Sólo una vez he escuchado en vivo a Carlos Santana.

Campos de agave azul por el camino. Los miro como ráfagas desde la ventanilla del auto que nos llevará hasta Autlán, donde Santana será declarado hijo predilecto de su tierra nativa, a la que nunca había vuelto desde su pronta salida hacia, primero, Tijuana, y luego a San Francisco, donde creció y se hizo el músico que es. Yo lo había visto y escuchado si no recuerdo mal en mil novecientos setenta y cuatro, en uno de los primeros conciertos donde él, en definitiva, era la estrella y me había fascinado, al igual que a mis primos quienes conformaban hoy un trío romántico y otros días una banda de rock en Zapotlán.

Viajamos en un auto rentado por un camino de frecuentes curvas que van, irremediablemente, hacia los desfiladeros. Somos tres reporteros y el chofer quien, en este instante —y de manera súbita—, hunde hasta el fondo el freno y tuerce el volante para evitar el golpe contra un atrabancado que se cruza en nuestro camino. Son las once de la mañana de ¿qué día? ¿De qué año?

Salí entonces levantado en vilo por tres guardias del palacio municipal del poblado, porque había entrado al recinto donde, en ese momento, le entregaban las llaves a Carlos Santana; mis piernas se elevaban y de pronto escuché una voz que reconocí. Ordenaba a los guardaespaldas que me dejaran, que él era mi amigo y que podía entrar, que yo era su invitado. Bajé hasta el piso y entré. Me coloqué justo a unos centímetros de Carlitos y él me sonrío. Me dijo algo que no entendí, pero sí pude saber que su mirada me tocó. Ofreció unas

palabras en un mal español y yo miré el oro falso de las llaves. En seguida fuimos hacia una calle donde se levantaba una figura parecida a Santana. Tocaba una guitarra. Luego se hizo de noche y en un baldío, donde se había dispuesto un escenario, me coloqué justo en una esquina. Fui allí, al pie del espacio escuché la lira de Santana, quien de pronto volvió a interpretar “Black Magic Woman”, “Europa” y, finalmente, “Samba pa ti”. Había esperado yo veinticinco años para que ocurriera, y sin haberlo imaginado, en una distancia de un metro Santana rasgaba las cuerdas para lograr que yo volviera a sentir otra vez la misma emoción de la primera vez. Retornó entonces a mí aquel año de mil novecientos setenta y cuatro y una especie de sueño se había cumplido… Luego el músico se retiró del escenario y ya no lo volví a ver.

Son las once de la mañana ¿de qué día? ¿De qué año? El automóvil se detuvo a unos milímetros del coche que se cruzó, intempestivo, ante nosotros. Entonces supe: hoy es veinte de julio de dos mil uno. Ahora escucho a Santana tocar “Black Magic Woman”, “Europa” y, finalmente, “Samba pa ti”...

 

Lo tienes dentro y tienes que darlo

Lo pensé entonces —lo sentí— cuando escuché tocar a Carlos Santana en aquel improvisado templete de Autlán; lo pienso y siento ahora: para el guitarrista ese breve concierto fue tan importante como cuando fue al memorable Woodstock Peace, Love, Music festival y abrió con “Black Magic Woman” su concierto.

En realidad las líneas musicales de Carlos Santana son —y serán por siempre— “Black Magic Woman”, “Samba pa ti” y “Europa”.

La primera tiende sus redes hacia la música negra (latina y norteamericana), la segunda va hacia sus orígenes latinos y la tercera abre su universo al orbe.

Tres líneas de la mano de Santana que son las vías hacia toda su obra que es amplia, esas fuentes que han permitido al guitarrista mexicano darle sentido a su ser musical y, al mismo tiempo, rendirle un homenaje a sus orígenes.

Ahora que gira el disco vuelvo a escucharlo como aquella vez, la única en que lo he escuchado y visto en vivo. Esa primera vez que lo vi

supe que Carlos Santana no necesitaba hacer sino tocar, no hubo aspavientos, movimientos desequilibrados, carreras por el escenario de aquí para allá, de allá para acá, solamente se paró en la orillita del entablado y cerró los ojos: hizo entonces que el universo todo se centrara en sus manos y logró hacer que todos, absolutamente todos los que allí estuvimos encontráramos nuestro centro musical. Supimos —quiero imaginar— que el universo es musical. Y que ese cielo soleado que nos amparó esa tarde, era éste y todos los cielos del mundo. El aire fue, entonces, música: fuimos con ella y en mi caso logré sentir lo que había dentro de él, porque lo dejé entrar en mi ser y su espíritu fue como un rocío de luz: inundó todo, fue el absoluto. Paró todo su movimiento el universo.

Escuché —como sucede ahora— que en las tres canciones había una gramática.

En unas más que en las otras, es posible percibir no solamente la gramática sino también una sintaxis muy clara, una narrativa y una poética.

Es en la canción “Europa” donde mejor se siente —y al sentirla se ve, se palpa—, su escritura que es obviamente, musical. Hay, pues, una historia sin historia: su narrativa de algún modo invisible. Pero está, como el viento que nos toca el rostro…

Ahora mismo voy hacia ese aire.

 

 

Sólo una vez he visto y escuchado —en vivo— a Carlos Santana.

Pero una vez, en el año de mil novecientos ochenta y nueve, del radio despertador que me levantaba a las seis de la mañana, de pronto surgieron las notas de “Europa”: fue entonces que alcancé a percibir la íntima escritura de la melodía. De entre sus ramificaciones logré encontrar una veta que es a la vez visible e invisible: la melodía tiene una profunda raíz erótica que se hace sentir.

Esa mañana, entonces, me desperté con una erección provocada no por un cuerpo de mujer, sino por el corpus erótico de una melodía tan cadenciosa que va en crescendo y, luego, parte a otro lugar, para luego reencontrarse para lograr la concentración necesaria que debe tener toda obra sensual, sexual y, es claro, erótica.

Nunca antes o después, con una canción tuvo mi cuerpo tal revelación, pero ocurrió —y seguramente volverá a suceder con “Europa” —quizás la Europa de Santana tiene la referencia de la mitología griega, aquella de la que Zeus quedó prendado cuando recogía flores en el campo y éste, como un dios libidinoso se tornó en hermoso toro que ella montó para viajar en sus lomos hacia Creta…

Podría ser, pero es una suposición; lo único cierto fue que “Europa” me erotizó una mañana.

 

Nosotros agarramos y lo hacemos universal

El veinte de julio de dos mil uno vi por primera vez y única —hasta ahora— a Carlos Santana en su pueblo natal. Ofreció en agradecimiento un breve concierto en un tablado alzado sobre un pequeño campo. Había vuelto después de cuarenta y seis años y fue como ver a un dios.

En El Mundo de Madrid, le preguntó José Manuel Gómez:

—La música latina de California y la de Nueva York tienen tradiciones musicales separadas. Cuando hace su versión del “Oye como va” de Tito Puente consigue unir agua y aceite. No sé hasta qué punto fueron conscientes en Nueva York.

—Nosotros agarramos y lo hacemos universal, y en Nueva York tocan música no más que para Cuba o Puerto Rico. Tienen una devoción increíble a la clave, si no tocas en clave [clap-clap-clap-pausa- clap clap] no vales nada. Bateristas como Buddy Rich o Tony Williams no saben nada de clave, pero es imposible pararlos. Y también hay muchos músicos que vienen de Cuba y no saben tocar James Brown, ni Sly Stone, porque, si no hay clave, se pierden. El lenguaje de EEUU es multidimensional. Si vienes y no quieres aprender algo y compartir, mejor ni vengas. Necesitas oír con otro oído. Ni Billie Holiday, ni Coltrane tenían clave. ¿Cómo vas a medir a la gente su forma de respirar? Mucha gente viene a EEUU a imponer su cosa y no a aprender. Yo vine a aprender.

El veinte de julio vi tocar a Carlos Santana, faltaba un mes y medio para la tragedia del 11 de Septiembre en Nueva York.

 

 

Lector, oyente, orador

Cristina Arribas González

 

(Me pregunto si en la actualidad existen más oyentes que lectores

a partir del fenómeno de la Jam y Slam Poetry de poesía)

 

 

 

¿Por qué hemos dejado de leer poesía para escuchar poesía?

Es curioso que nuestro fin solo sea escuchar y que afirmemos que un gran porcentaje de los poemas que oímos en público no alcancen nuestras pretensiones. Me pregunto con eso qué esperamos de la poesía. Si nuestra necesidad de salvarla no es más que una manera de oprimirla. ¿Qué debemos mantener? ¿Por qué hemos instrumentalizado la poesía? Dotarla de funcionalidad, solamente de escucha, dificulta enormemente nuestro trato con la palabra y su intención comunicativa... esta visión, este estado de inmaterialidad está muy relacionada con la memoria. Desmemoriados queremos ser. Desde mi punto de vista la poesía no es inmediata juega un papel importante en la raíz, en la esencia misma de significado. Cambios en las estructuras mentales. Interpretaciones. Lo que requiere un estado de estar con el texto en comunicación y comunión se obvia por la interpretación, es más importante la interpretación que las propias palabras. El oyente ya espera un cómo, el cómo que el lector no encuentra en el prólogo.

Puede que lo más próximo al poeta sea el actor, y que vayamos a disfrutar de un espectáculo, digo puede, siempre y cuando, se tome posesión de lo que estamos haciendo. Si queremos que nos oigan y no nos lean. Si deseamos que el personaje sobresalga por encima de la palabra y todo sea una misión de nuestro ego, puede. Si hay una intención más allá de nosotros mismo puede que sobreviva la palabra, y quizá consigamos entendernos en ella. Las pretensiones siempre dañan la intención, y puede que nosotros ya seamos esa intención.

Hay que buscar un acto revelador de comunicación en vez de obrar como receptores pasivos. La poesía es también un acto de contención, una simulación de lo que podemos dar, de lo que podemos ofrecer. Me pregunto qué podemos esperar del solo hecho de ser escuchados. ¿Hay tanta necesidad de ser escuchados? ¿El fin de la comunicación es ser escuchados? Me imagino un lugar donde no se vaya a leer, se acuda con una intención de revelar lo que la palabra no acaba de determinar, no un estado de compartir emociones, sino un estado de pensar, crear y dar al mismo tiempo, sin pretensiones domésticas, el hecho en sí de ejercer nuestra pura voluntad como seres humanos.

 

 

 

 

Miércoles, 29 Noviembre 2017 03:01

Predrag / Ramiro Padilla Atondo /

 

Predrag

Ramiro Padilla Atondo

 

En la vida hay que atreverse. Se dice que por lo general el escritor tiende a supeditarse a la experiencia propia, un streaptease invertido en el cual el autor empieza desnudo, para terminar cubriéndose de ropajes que lo hacen irreconocible. También hay aquellos a los que la historia les interesa. Dibujar una novela sobre un acontecimiento histórico, explicarse ese acontecimiento, reconfigurarlo por medio de la ficción.

Tal es el caso de el libro Predrag, Angel del exterminio del escritor regio-tijuanense Daniel Salinas Basave. Una novela netamente balcánica de un mexicano.

 Los humanos somos gregarios, requerimos sentido de la identidad. Escogemos amigos, colores, ropa, empezamos a fumar muchas veces por imitación, dependemos de un contexto histórico que nos moldea.  Y ese es el ejemplo de Predrag. Está allí, intentando darle sentido al mundo. Y este mundo empieza y termina en Belgrado. Su religión es el Estrella Roja. Es un tipo mediocre sin otro afán en la vida, un hombre masa, sin mucha inteligencia que recuerda un poco al Eichmann de Arednt. Eichmann es un burócrata, sella papeles que deciden la suerte de miles sin cargo de conciencia. Es un eslabón más en una cadena de violencia.

Predrag se convierte a  su vez en otro tipo de eslabón en un mundo en el que la falta de religión transmuta en los colores de un equipo de futbol, colores que se pueden defender hasta con la vida. Un hombre al que la marea de la historia lo ha dejado del lado equivocado del mar sin tener plena conciencia:

“El botellazo reventó sobre tu cabeza, entre la mollera y la nuca, cuando ya habías dejado fuera de combate al perro sepulturero”.

Más que un inicio de novela es una declaración de principios. La velocidad de la narrativa no se detendrá. El narrador, cercano, cercanísimo, le respira en la nuca al personaje principal. Estudia sus gestos, actitudes, lo acompaña como un camarógrafo que lo graba desde ángulos imposibles:

“Te llamas Predrag, Predrag Jerkovic, y al momento de comenzar esta historia tienes 18 años, vives en Belgrado y suponiendo que alguien preguntara por tu ocupación o proyecto de vida, la respuesta sería que eres seguidor del Estrella Roja”

Eichmann es pasivo en su maldad, Predrag activo.  La novela hace que me pregunte por los mecanismos de la violencia. ¿Hay algún tipo de proclividad a ella? ¿El ser humano es violento de manera inherente? Quizá. Philip Zimbardo lo explica en su libro el Efecto Lucifer en su apartado sobre el lado oscuro:

“Los niños no nacen malos, sino con plantillas mentales para hacer cosas tanto buenas como malas, dependiendo de la influencia del entorno, de los contextos de comportamiento en los que viven juegan y trabajan”

No podemos juzgar a Predrag. Está allí buscando ser parte de algo. El mundo avanza a su autodestrucción mientras otro tipo de batallas se dirimen en un campo de futbol. Batallas ideológicas, raciales, que prefiguran un baño de sangre entre antiguos vecinos y familiares que de repente se descubren enemigos en base a la religión o el lugar de nacimiento.

Predrag no es un caso aislado. Predrag está presente en el deep south norteamericano. Ha transmutado en alguien con la necesidad de odiar, por eso es tan actual.

Predrag es de editorial Artificios. Vale la pena comprarla.

 

Publicado en NORTEC

 

 

 

 

POESÍA,

PAN DE LOS ELEGIDOS, OCTAVIO PAZ

ANTOLOGÍA POÉTICA A CIEN AÑOS DE SU NACIMIENTO

COORDINADOR: JOSÉ LUIS RIVAS

  

                                                              

   Eduardo Cerecedo

 

Es justo comentar una obra de suma importancia para la literatura mexicana, ya como acontecimiento, ya como una joya en las letras, no solo nacionales sino universales, ya que la poesía de el único Premio Nobel de Literatura mexicano, como es Octavio Paz, ha llegado a los rincones del mundo en general. José Luis Rivas, seleccionador de la obra, crítico de la obra, realiza una semblanza, que más bien es un estudio crítico titulado, Una vida plural, donde da fe de lo que le ha brindado la poesía del también, ganador del Cervantes de literatura. José Luis Rivas, poeta, traductor, editor, ha realizado un trabajo antológico que mucho se distingue de otras piezas de igual importancia, eso ha dado pie en el centenario de su natalicio del autor de Libertad bajo palabra y del Fuego de cada día. Esta antología encuentra una ruta distinta para que se conozca al poeta en sus diferentes facetas de creador, claro, hay textos que son fragmentos clave en esta selección y por ende surten a otros trabajos de clasificación en este centenario del nacido en la colonia Juárez, Distrito Federal. Pero queremos que sean los lectores quiénes descubran esas incursiones de textos ya universales.

   Hago un recorrido por los textos pacianos  -indica el maestro José Luis Rivas- desde Tu clara sombra, Calamidades y milagros 1937-1947, Semillas para un himno 1943.1955, Águila o sol, 1949-1950, La estación violenta 1948-1957, Días hábiles 1958-1961, Salamandra 1958-1961, Ladera este, 1962-1968, Hacia el comienzo, 1964- 1968, Vuelta 1969-1975, Pasado en claro 1974, Árbol adentro, 1976-1988, Poemas,1989- 1996. Esta última faceta de poemas, incluye los textos que de alguna manera  se denomina como poemas inéditos.

Siempre la novedad de escritos en Poesía, pan de los elegidos. Aunque los títulos de libros de Octavio paz se citan, no siempre son los mismos poemas, ya que José Luis Rivas, conocedor de la obra de nuestro autor, ha dado una frescura a la obra que ha seleccionado. Arropada de los comentarios de Sergio Pitol, hace enriquecedora esta antología poética. Escribe Pitol:

“La palabra libro está muy cercana a la palabra libre; sólo la letra final la distancia: la o de libro la e de libre. No sé si ambos vocablos vienen del latín liber (libro), pero lo cierto es que se complementan perfectamente; el libro es uno de los instrumentos creados por el hombre para hacernos libres. Libres de la ignorancia y libres de la ignominia, libres también de los demonios, de los tiranos, de fiebres milenaristas y turbios legionarios, del oprobio, de la trivialidad, de la pequeñez.

El pensamiento de Sergio Pitol nos llena de conocimiento, nos reconfortan sus comentarios, así pues, Pan de los elegidos, nos llena de asombro, de alegría, sabiendo que un poeta como José Luis Rivas pone en las librerías un gusto particular, con su selección de poemas. Por supuesto el prólogo  es también de él, enhorabuena por la aparición de estos libros antológicos. Quiérase o no, recorrer Pan de los elegidos; hoja tras hoja, página tras página, siempre los lectores tendremos un dejo de asombro, ya que el antologador, es libre de elección, de esa manera los que salen ganando en gozo, en placer, en esplendor de los poemas, es sin duda, el que lee. Aquí la muestra. Los estudiosos, los universitarios, los preparatorianos, el público en general ya tiene más de cerca al autor de Salamandra, entre otras obras de capital importancia para la literatura mundial que Octavio Paz ha dado con su pensamiento. Finalizo mis comentarios con un poema digno de ser leído en otras lenguas, por supuesto:

EPITAFIO SOBRE NINGUNA PIEDRA: Mixcoac fue mi pueblo: tres sílabas nocturnas/ un antifaz de sombra sobre un rostro solar./ Vino Nuestra Señora, la Tolvanera madre./ Vino y se lo comió. Yo andaba por el mundo./Mi casa fueron mis palabras, mi tumba el aire. Mayo de 1989.

 

 

Poesía, pan de los elegidos, Octavio paz, Antología poética a cien años de su nacimiento. Selección y prólogo de José Luis Rivas, Universidad Veracruzana, 2014. (Colec. Biblioteca del universitario, 52)

 

 

 

 

 

Publicado en Boca de río

 

 

ser un poeta joven mexicano en el siglo 2.1

José Ernesto Alonso

 

 

1. Un cuento positivista para niños, en cuatro actos 

 

Un día, según nos cuentan, lo que hoy llamamos poesía sirvió para mostrar el camino a los hombres, para darles un sentido de identidad en un mundo cerrado sobre sí mismo, homogéneo pero articulado y coherente con sus necesidades básicas. Por entonces, nos siguen contando, cada joven tenía un Aquiles y un Ulises en la mente, un ansia en la planta de los pies por pisar tierras lejanas y una codicia crepitante en las yemas de los dedos, ávidos de poseer artefactos maravillosos. La sintonía era perfecta, los relatos funcionaban para todos; los dioses, uno o varios según el sistema personal, con sus respectivos héroes, estaban ahí, para vigilarnos. poco a poco la burbuja se fue abriendo, el círculo delimitado en que se aglutinaban los hombres se convirtió en una línea por donde desfilaban solitarios. El mundo dejó de ser homogéneo y se convirtió en algo inabarcable; pero no había escape, marchar sobre la línea era todo lo que podía hacerse. No cabía ya siquiera encomendarse a los dioses, habían sido suplantados por máquinas, por el vapor y por el escrutinio de los microscopios. Sin embargo, hubo quienes comenzaron a distanciarse de ese mundo. La intuición, el éxtasis, el respeto por los ideales; el anhelo por lo infinito, por la imaginación desbordada, por lo místico y lo mágico fueron sus motores; hicieron de la ética, la estética y la metafísica las directrices de sus vidas, que se convirtieron en obras de arte. Con la poesía intentaron que el hombre volviera a la totalidad, que cerrara de nuevo la burbuja y que recorriera los abismos hasta alcanzar una espiritualidad idealizada que reemplazara aquella, perdida para siempre. No lo lograron; pero sus ecos, sus obras y un mote que hoy suena cursi perduran.

III

Había algo que era imparable, la pérdida inminente o la transformación incesante de las cosas. Aparecieron artefactos capaces de crear arte para las masas y de ensanchar y revolucionar los medios de producción artística; el precio, denunció Walter Benjamín, fue el aura de las obras, la pérdida de su esencia monolítica y divina. Los que formaron el batallón de Primera Línea en esa guerra de modificaciones, combatieron —manifiestos y poemas en mano— por devolver el arte a la experiencia de la vida cotidiana de un ser humano que estaba ya inmerso en un proceso de alienación imparable. Libraron una gran batalla contra la institución burguesa del arte a través de reformas radicales, antes de terminar institucionalizados, al mismo nivel de aquella otra que tanto pelearon por derrocar. Al mismo tiempo se libraron otras dos guerras, las Grandes Guerras, que desembocaron en el cambio del centro cultural y económico del viejo al nuevo continente, que absorbió en su sistema salvaje el espíritu innovador. Los soldados de Primera Línea y lo volatilizó, hasta hacernos entrar en un mundo de fantasías y diamantinas, un mundo light, liviano y cómodo. Un campo poco apto para impulsos líricos, pero ávido de relatos y narraciones que indagaran los mecanismos de la trampa en que se había convertido todo.

 

IV

 

Nuestros padres y abuelos, nos recuerdan cada que pueden, vivieron épocas duras, de privaciones y represiones. Nuestros padres y abuelos nos restriegan en la cara su revolución sexual, sus recuerdos miserables de asambleas y partidos abortados, nuestra libertad de expresión y los nombres de sus muertos que nos cargan sobre la espalda. Nuestros padres y abuelos nos miran orgullosos a la cara y aprietan nuestros cachetes al tiempo que nos llaman los frutos, regados con la sangre de sus ideales. Quieren mantener en nosotros vivo el recuerdo de sus utopías, de sus beligerancias contra Estados que ya no tienen el mismo rostro, que sigamos tiñendo de rojo el color de sus camisetas deslavadas por el tiempo y que tengamos en alto sus efigies: los rostros de sus héroes que ahora son marca registrada. Es natural, supongo. Pero el medio es diferente, tenemos videojuegos y muros invisibles. Nací poco antes del derrumbe de una estructura simbólica: el Muro. Esa pared que, ahora entiendo, dejaba de dividir para encerrar, que dejaba de ser diámetro para comenzar a ser una circunferencia opresiva e inasible. Era todavía un niño cuando, posteriormente, presencié a través de la magia de la TV el derrumbe de dos edificios idénticos. Y entonces comenzaron los gritos, pero por más que gritábamos parecía que nuestros gritos no eran gritos, que no se articulaban como debían, que al parecer, aunque compartíamos la edad y algunos intereses no sabíamos comunicarnos entre nosotros. Sordos a los demás queríamos ser escuchados, pero cada quien estaba sintonizado en una frecuencia diferente. Y aunque nos conectábamos en red, los muros invisibles que se cernían alrededor de cada uno de nosotros, —como trojanos malditos, virus en los sistemas de comunicación— impedían todo posible contacto. El tablero de juego había cambiado radicalmente, pero ahí seguían nuestros padres y abuelos con su eterna cantaleta sobre nuestra falta de acción. Únanse, parecían decir, sin darse cuenta de que sus tácticas, -que fueron fallidas, por cierto- no nos servirían de nada con las nuevas reglas del juego; en este siglo que nos dejaron con la cabeza adolorida y las tripas revueltas, presto a regurgitar lo de la noche anterior, la resaca y el desencanto es lo que nos dieron por herencia. 2. Equis equis uno Si ser joven en México en el siglo 21 es de por sí ya todo un reto, que requiere sortear obstáculos aparentemente infranqueables, y si ser poeta en un  mundo donde pareciera no haber cabida para la experiencia estética de lo poético es algo casi estéril, ser un poeta joven en México es hablar de palabras mayores. Somos un sector de la población atrapado en medio de dos épocas, tuvimos nuestra infancia en los últimos años del siglo pasado y nuestra adolescencia y despertar creativo en los primeros de este. Somos una generación de transición, hemos visto el declive y muerte de tecnologías que hasta hace algunos años habían sido imprescindibles, y su inminente sustitución (el rollo fotográfico, soportes físicos para la música y el video, la aparición y auge de internet y teléfonos móviles, por mencionar algunos, pero incluyendo toda la gama de transferencias de formatos analógicos a digitales, sin olvidar el que se perfila en los próximos años hacia el libro virtual), esto crea un amasijo más o menos polarizado de intereses, y posiciones hacia la actualidad; entre el muro y las torres, como han apuntado varios críticos, algunos estamos más de este lado, otros más de aquel. Así, pensemos por un momento lo que significa ser herederos de estos sucesos, la inminente caída de las utopías y el ascenso imparable del mercado volátil y las políticas-simulacro, que en nuestro país repercutieron también en el cierre de las fronteras y el rebote de la droga que nunca llegó a su destino y tuvo que ser comercializada aquí. A los que somos jóvenes, es decir menores de 30 años, nos tocó la época de estímulos sensoriales más agudos en la historia humana, nos encontramos sitiados por información, computadoras, aparatos eléctricos, pornografía, publicidad. En un mundo como éste, pareciera que la prosa es el único formato válido para expresar las preocupaciones sociales y,  con optimismo, espirituales de la actualidad; la única con la que el lector promedio puede hacer sinapsis inmediata, debido tal vez a su familiaridad con correlatos análogos en otros medios, como la televisión y el cine, en los que ha sido alfabetizado audiovisualmente. Quizá por eso sea la novela y no la poesía el género literario predilecto de estos tiempos. Pero a pesar de la pequeña parcela que le ha quedado a la poesía, en este huerto donde se han sembrado otros formatos, hay algo más. La columna vertebral del arte es lo que se ha llamado experiencia estética, o sea, cuando encontramos algo que consideramos bello porque eriza los sentidos y los conmueve de manera particular. A decir de Gadamer esta situación se caracteriza por darse en una comunidad de manera consensual, es decir, en una comunidad que goza de los mismos objetos u obras que causan sentimientos estéticos más o menos semejantes. Así, aunque algunos, como Jorge Esquinca a propósito de la publicación de la antología País de sombras y fuego, afirmen que la poesía nacional goza de una salud inmejorable, lo cierto es que este siglo ha sido, hasta ahora, muy desafortunado en cuanto a propuestas verdaderamente paradigmáticas. ¿Por qué? Hay un fallo, un error de comunicación, una imposibilidad de conexión entre la poesía y la comunidad. Los posibles lectores, —y esto excluye a los poetas, según el viejo tópico de que sólo nos leemos entre nosotros— son incapaces de articular sentimientos de lo bello con la mayoría de las expresiones líricas de estos años. ¿A quién echarle la culpa? ¿A los poetas, porque no estamos cumpliendo con nuestro deber creando objetos que ericen los sentidos como demanda nuestro oficio? ¿Al público, por perezoso, por flojo, por no tener hábito de lectura, por no querer abrir un libro? ¿A los mas media, a las noticieros y telenovelas, a los programas de concursos, a las series televisivas, a las novelas light que se venden a millones? ¿Al medio institucional o al sistema de educación? No sé, probablemente ninguno de estos apartados resultaría inocente. Lo cierto es que vivimos en una sociedad que no sólo no es capaz de llegar a un consenso sobre lo bello, sino que está incapacitada para consensuar casi cualquier cosa. Si actualmente no hay una poesía de amplio alcance, que mueva masas, que llene estadios, es porque no se están atendiendo las necesidades específicas de la comunidad en el sentido estético, que otras artes “menos nobles”, no sólo han detectado y atienden, sino que incluso explotan para bien o para mal. Sí, en México se hace mucha poesía, millones de jóvenes y no tan jóvenes escriben y hay una multiplicidad grandísima de estilos y tendencias, pero por cualquier razón no hay receptores, pocas personas leen poesía nacional y menos aún contemporánea. A la poesía actual le hace falta un poco más de sensibilidad y quizá de condescendencia ante un panorama como este. 3. De narcocorridos y hexámetros 0 El arte busca su camino, encuentra sus formas. Es bien cierto que la poesía es de por sí un género difícil de asimilar, de entender y, por tanto, de leer;  exige de su receptor un papel activo y poco complaciente, un bagaje cultural más o menos amplio, lo que es en sí mismo ya un problema. La poesía requiere cultura, ya sea para descifrar los hermetismos y juegos crípticos de algunos, las referencias intertextuales de otros o para descubrir los embustes líricos revestidos de cualquier ropaje y no tomar por poesía lo que no es. 1 En los últimos años se ha popularizado un término aparentemente contradictorio. Todos hemos escuchado de la llamada “narcocultura” esa mutación neofolclorista de características muy peculiares. Cabe preguntarnos a qué se debe el éxito de manifestaciones como los narcocorridos en la cultura popular, a qué se debe que un gran número de jóvenes mexicanos ya no sólo del norte, que desean más que nada engrosar las filas del narco, se sientan más cercanos a los Tigres del Norte que a López Velarde. A caso será que la experiencia estética que consensuan estos jóvenes está depositada en los valores de la moral dudosa que apologan esas narraciones; por la desazón ante de realidad idealizan otra, reflejada en las particularidades retóricas de esas canciones que les hablan de las hazañas de los “héroes” que les gustaría un día llegar a ser. Si estos jóvenes poco alfabetizados, que abandonan los estudios en pos del beneficio inmediato del crimen, no son capaces, debido a las obvias carencias de su educación y al ambiente mismo de la época, de consensuar nada con la poesía de las academias, encuentran los valores estéticos que necesitan en esas manifestaciones acordes al ancho de su cultura general. Manifestaciones simples, desde el punto de vista artístico aunque no por ello deleznables, de una épica criminal que idealizan en su civilización cerrada, esa neotribu que persigue valores pérfidos, pero en todo comparables a los que persiguieron en su tiempo los lectores de la Ilíada y la Odisea, que deseaban ser Aquiles y Ulises. Quizá estos jóvenes sueñan con ser el Chapo, pero el acto es análogo. 1.1 Si bien es cierto que en la mayoría de los casos los corridos no son poesía, también lo es que para un gran sector de la juventud mexicana estos relatos líricos son lo más cercano que tendrán a una experiencia estética poética. Lo que no es tan descabellado si recordamos otras expresiones similares de la lengua castellana. En la Edad Media los romances y cantares de gesta relataban las proezas de personajes que encarnaban las virtudes deseadas por la colectividad, curiosamente los aspectos formales de éstos son idénticos a los actuales corridos: marcas orales, sencillez léxica, forma narrativa y una composición métrica en octosílabos. También es interesante que en algunos estados del país los narcocorridos se hayan prohibido, siguiendo una lógica similar al pensamiento de Platón, turbado por que la poesía fuera una mala influencia para los jóvenes de su República. Para muestra están los tweets con que Alejandro Poiré, secretario Técnico del Consejo de Seguridad Nacional, celebraba la decisión del gobernador de Sinaloa, Mario López Valdez, de prohibir los narcocorridos: “Narco-corridos [sic] son apología del delito y promueven salidas falsas. Hay que enfrentarlos con cultura de la legalidad. Bien por @malova2010” y posteriormente añadía en un segundo tweet: “especialmente entre los jóvenes. @GobSinaloa #Sinaloa” 2 Tomemos en cuenta que nos encontramos en una época donde las fronteras entre la alta cultura y la cultura popular son cada vez más difusas, aunque no del todo inconfundibles; así las cosas, también las expresiones estéticas más refinadas han entrado al juego de la narcocultura, las más de las veces en forma de protesta artística, por medio de instalaciones o exposiciones plásticas que denuncian los horrores cometidos por el crimen organizado (formado en su mayoría por jóvenes menores de treinta años). La poesía, en esta modalidad es escasa y panfletaria, y prácticamente nula si ha sido creada por jóvenes de mi edad. Cosa que no denuncio ni condeno, sólo señalo. Y he de decir, lamentablemente, que en esta generación de mexicanos, los jóvenes que protagonizan este apartado, o sea los que se encuentran más cercanos a los Tigres del Norte que a cualquier poeta aprobado por los libros de texto de la SEP, son considerablemente superiores en número a los que siguen en lo restante de este ensayo. Viene de la palabra inglesa Chelem (torneo)    no del baile punk Es bien sabido que la prosperidad económica de una nación va acompañada también de un florecimiento cultural. México ha sido un país que se ha caracterizado por el talento para sobrellevar los problemas, casi siempre con un ingenio idiosincrático y la más de las veces humorístico. Es sabido también que desde que tenemos memoria México se halla en un estado de crisis continua, a diferentes niveles, no sólo económicamente. Así pues, al nivel que nos interesa, ¿cómo hace frente la poesía joven ante los problemas económicos y culturales? Una de las soluciones, —conscientes o inconscientes, no sé— que más han llamado mi atención es el auge que han tenido en años recientes los llamados slams de poesía y la poesía performance. Los slams son una especie de torneo entre poetas que echan mano de recursos como el hip hop, el humor, la oralidad, el teatro o el canto, para ornar y enriquecer sus poemas y hacerlos más amenos, con mayor estilo y contundencia. Se trata de una modalidad surgida en un club estadounidense a mediados de los ochentas como una manera de revitalizar los cansinos recitales tradicionales y de atraer públicos que originalmente no estaban muy relacionados con la poesía. Los enfrentamientos tradicionalmente duran tres minutos, no se utilizan objetos ni música y son juzgados por un jurado extraído del público. Al final quien se haya ganado el favor de los jueces se lleva el primer lugar. La poesía performance tiene su eco en los happenings y performances del siglo pasado, se trata de la recitación de un poema mientras se efectúan diversos actos que se articulan con lo expresado oralmente, es válido el uso de cualquier recurso material o musical. Estas dos modalidades se han convertido en un medio de supervivencia y espectáculo para cafés y bares literarios no institucionales, al menos en la capital, donde los asistentes pueden disfrutar de un espectáculo poético, —y en las ocasiones más audaces de cuerpos femeninos pintados, body paints, que adornan estos actos— mientras beben un café o una cerveza; es una forma atractiva de atraer clientela a los establecimientos, de acercar nuevas formas líricas a públicos que quizá no fueran muy afectos a la poesía, de experimentar otras vertientes expresivas y de crear y mantener foros para éstas. Así, a mi parecer, se mitigan un poco las crisis culturales y económicas de nuestro país a nivel poético. Pero estos fenómenos tienen también algunos puntos debatibles. Vistos desde una perspectiva más ortodoxa, fomentan la actitud-cliché y poses estereotípicas del poeta, favorecen el personajismo y son más benevolentes con las personalidades magnéticas, pues sobre el escenario importa tanto lo que se dice como la manera en que se dice. Lo que orilla en ocasiones a valorar rubros extralingüísticos y extraliterarios, cayendo a veces en el extremo de hacer del poeta un payaso. Además está el problema de que muchos trabajos slams y performance son difíciles de comprender de manera escrita, sin el acto histriónico que los complementan, y por lo tanto algunos son impublicables, pues son pensados en primera instancia para el entretenimiento y el espectáculo, no para la trascendencia. Sin embargo, como ya he dicho me parecen paliativos necesarios para generar foros y públicos interesados en las manifestaciones líricas. 5. Universidades, becarios, cárteles literarios y guerra de guerrillas Aunque una de las características de este siglo es la difuminación de las fronteras y no hay una separación tajante entre un sector y otro, sino más bien una tendencia más o menos identificable, podemos señalar también que hay una parcela de los poetas jóvenes que se mueve más hacia la búsqueda de una poética que apunta a lo académico o institucional. La mayoría de éstos son, como es de suponerse, estudiantes de literatura o tienen contacto directo con universidades e instancias similares.  La universidad, como todos sabemos, es una institución que preserva y transmite conocimientos e ideas; también es un epicentro enorme de sentencias dictatoriales sobre lo que debe ser o no valorado como literatura. Los jóvenes poetas universitarios tienen a su disposición un amplio bagaje cultural, teórico y formal; son hijos de la tradición, (al contrario de los no universitarios que, en su mayoría, la niegan, quizá porque no la conocen y así pueden justificar sus irresponsabilidades léxicas) y por tanto la honran la mayor parte de las veces, petrificándola y ninguneando las nuevas tendencias. Aunque no todo son extremos, mucha de la poesía de jóvenes universitarios irradia a ratos los conceptos cansinos de las universidades y tradiciones paralíticas y a ratos los fulgores más característicos e inclasificables de nuestra generación, pero la tendencia parece ser la del primer apartado. Están también quienes buscan becas y premios, apoyos monetarios institucionales que son al mismo tiempo esperanza y cáncer de las letras mexicanas. Hoy en día nadie espera vivir únicamente de ser poeta, se sabe de antemano que eso es casi imposible hasta para los autores más recurridos, ¿qué debe hacer entonces el poeta joven que quiere dedicase a la poesía de por vida? buscar incentivos monetarios para poder comer mientras crea, y formarse una carrera curricular al paso de los años. Una beca es un gran alivio, otorga una holgura más o menos cómoda que permite despreocuparse por un rato del mundo real para ocuparse del de las letras, es además una muestra de reconocimiento institucional que valida la labor del poeta que la percibe. Sin embargo el presupuesto de estos estímulos es reducido y no alcanza a cubrir la demanda de la cantidad de aspirantes a ellos. Para obtenerlos, muchas veces, los aspirantes deben hacer una serie de tretas que garanticen la inclusión de sus obras en los diferentes programas de manutención literaria; entre estas puede estar la preocupación por incluir en la obra lo que se intuye serán los rasgos a evaluar — que varían según la organización que convoque—, o sea intentar ser complaciente a los ojos de los jueces que —dicho sea de paso— premian comúnmente las obras parecidas a su propio estilo. Así, mucha de la poesía joven, que gira en torno a la obtención de un trozo de carne institucional, se acomide, como hija bien portada a la espera de una muestra de cariño paternal (por no poner un ejemplo canino), a diferentes rubros literarios que han sido establecidos de manera no escrita por organizaciones y jueces. Con el paso del tiempo estas particularidades, comienzan a petrificarse y a formar un sólido lastre que pende de las letras mexicanas impidiéndolas evolucionar, y estancando, debido a todos estos autores más ocupados en su manutención que en una poesía sincera, la renovación estética de nuestra literatura. Como sabemos, el sistema institucional nunca está exento de la posibilidad de corrupción, los rumores sobre los engranes sórdidos que accionan el funcionar de las becas y las entregas de premios han pululado desde siempre; el amiguismo, las palancas, las mafias literarias, entre otros, son sus protagonistas recurrentes. En efecto, ante un panorama de este tipo, para ser un poeta con éxito y apoyos, las más de las veces no es suficiente simplemente escribir, hace falta ser un experto en relaciones públicas, un excelente político, saber mentir, hablar y envolver; pues ahí estará la llave de las oportunidades, de las invitaciones, de las potenciales palancas, de las colaboraciones que enriquezcan el currículo que fundamentará nuestra petición de beca. En resumen, hará falta desenvolverse en una camarilla donde hay de todo menos poesía. Aún así, a pesar de que la competencia por los pocos resquicios institucionales otorgados a los poetas para la realización de su oficio haga surgir las pasiones más bajas del gremio, la realidad es que se trata de una mecánica muy comprensible (y lamentable, pero para nada reprochable, pues los creadores no se pueden nutrir, físicamente, de sus poemas) si tenemos en cuenta la situación de la poesía en el siglo 21 y la situación económica, cultural e institucional mexicana. Sin embargo este sector institucional no es el único, al mismo tiempo, muchos de los postulantes a becarios académicos o no y poetas con tendencia marginal forman colectivos y grupos, que son en su mayoría asociaciones de poetas que pueden compartir una tendencia más o menos identificable, aunque poco homogénea. Los colectivos organizan presentaciones y editan las obras de sus integrantes, a falta de estímulos externos, ya sea en publicaciones independientes, revistas o ediciones virtuales; buscan hacer ruido, se apoyan y comentan, analizan sus obras entre ellos y en casos afortunados obras de otros grupos, para hacerse de un nombre dentro del truculento mundo de las letras nacionales. Como en todo los hay honestos y comprometidos con la literatura y la promoción literaria, y grupos que pueden hacer uso de tácticas dudosas, que crean clanes más o menos cerrados o mafias en miniatura. Si es verdad aquel tópico de que los poetas sólo nos leemos entre nosotros debemos reconocer también la existencia del ego, la envidia, y la desidia de leer a otros colegas, en pro de uno mismo. De aquí el ninguneo, se trata de no agitar el panal, no hablar de los coetáneos para que su trabajo se quede en silencio, guardado y no se convierta en competencia potencial. En un contexto tan hostil como el terreno de la poesía mexicana no es ninguna novedad. . Gutenberg en la red En los últimos años, con el apogeo de la web, los poetas jóvenes han encontrado un buen escaparate para la publicación de sus poemas, al hacer uso de una plataforma que puede ser consultada desde cualquier parte del mundo. Y no es para menos, internet es quizá el paradigma tecnológico de nuestra generación, pero conlleva varios problemas. Según un censo del año 2008 había en ese entonces más de 70 millones de blogs en el mundo. Tengamos en cuenta que el grueso de los usuarios de internet son  jóvenes y que cualquier persona puede tener un blog o espacio similar. Primero está el problema de la cantidad, hay tantos blogs que es imposible que una persona los examine todos; luego el de la calidad, pues no hay ninguna clase de filtro que la garantice; después está el problema de la ignorancia de las generaciones anteriores, que en muchos casos no se atreven, por aversión o por desconocimiento, a hacer uso de los recursos cibernéticos; también la indiferencia, pues si la crítica literaria para la poesía actual es de por sí escasa (y amañada en muchas ocasiones), para las obras publicadas únicamente en internet, de autores nóveles, es totalmente inexistente, ya que la mayoría de los críticos literarios no consideran serio el corpus informático y virtual si las obras no tienen un análogo en papel y si no son de autores más o menos reconocidos. A esto hay que sumarle la apatía de los creadores jóvenes ante sus contemporáneos. Así, en internet hay una cantidad ingente e ignorada de autores que contribuyen a la saturación del campo poético, tantas voces se ahogan, todos gritan al mismo tiempo y la voz individual de cada uno se pierde en ese inmenso mar de palabras y bits. En México, y en muchos países, la publicación de libros de poesía no es un buen negocio, a menos, y aún así con reservas, de que se traten de obras consagradas. Hay pocos lectores serios de poesía y menos aún que se aventuren a los terrenos de las literaturas emergentes; se percibe una gran desconfianza ante la poesía actual con todas sus obras pequeñas y sin distribución, ediciones pagadas por los autores y tiradas al vacio, pues las grandes editoriales publican muy poca poesía de poetas contemporáneos. En la red hay un universo inexplorado lleno de sorpresas potenciales al que habría que asomarse; y que, en un entorno como el mexicano, ante los obstáculos económicos y culturales que dificultan la publicación y circulación de libros convencionales, debería ser atendido y explotado. 7. Parque temático Los cambios acelerados de los últimos años se han convertido en el encuadre que contiene a la poesía joven mexicana, varada entre su contexto local y la inminente globalización mundial con sus reformas audiovisuales y cibernéticas, que la han penetrado creando nuevos tópicos. Nuestro siglo 21 es como la versión 2.1 del siglo XX, después de las vanguardias, del boom y de los infrarrealistas que tanto eco hacen hoy en la poesía joven (con su par de paladines cuyos nombres no quiero mencionar), intentar escribir algo fresco es como intentar escribir una obra maestra después de una gran borrachera, con la resaca punzante todavía; es verdad, mucha de la poesía de hoy en día suena a refritos posmodernizados de autores del siglo pasado, no a un discurso orquestado desde la propia época y sus particularidades; más que comprensible si recordamos que se trata de una generación atrapada entre las dos épocas. También es verdad que la posición ante el mundo ha cambiado, al igual que los valores y las prioridades. La rebeldía juvenil está erosionada, todo está permitido y no hay más reglas que romper. La experimentación y el intento de ruptura con lo anterior después de tanto tiempo se ha vuelto tradición y no innovación. Cualquier afrenta o provocación se ha convertido en un medio obsoleto, la irreverencia ya no espanta a nadie. La energía de la ruptura, tan característica del siglo XX, se ha transformado en una broma.  En general, se perciben también sentimientos de desencanto, algo de cinismo y sarcasmo ya sea agudo o paródico, y la presencia de la cruz de las generaciones anteriores como un recuerdo al que hay que honrar o como un reproche infame y molesto. Son pocos los que entienden que ya no cabe esperar sublimidad en un poema, que eso es un error. Los tonos grandilocuentes han cedido lugar al humor e ironía y a la inclusión de referentes populares y de la cultura pop. Hay también un gran frenetismo verbal, abundan los poemas explosivos, como una especie de vómito palabril, a veces sorprendentes, a veces jitanjáforas puras. Se investiga acerca de los temas gays, del erotismo, de la cultura mediática y la cultura pop;  y se da una prioridad mayor a la parte visual del poema, correspondiendo a la educación audiovisual que esta generación ha tenido desde siempre. A decir del teórico, poeta y narrador Agustín Fernández Mallo, la poesía en español ha dejado ir una fase de la historia del arte que todas las otras disciplinas han advertido puntualmente: el referente estético de eso que llamamos posmodernidad. Esto es verdadero en una gran medida, la poesía en español y no sólo la mexicana no tiene correlatos paradigmáticos de las manifestaciones más audaces del arte contemporáneo, por diversos motivos que debido al espacio no me es posible explicar; sin embargo se perfila una cierta tendencia en la poesía joven más desprendida de los ámbitos institucionales a explorar los temas que competen al mundo que se está gestando y los problemas y particularidades de este nuevo siglo que tiene apenas poco más de una década de vida. Se echa mano de la inclusión y el apropiacionismo, de la multiculturalidad transterrenal, transtemporal y transdisciplinaria. Lamentablemente este es un sector muy reducido, quizá el más reducido de todos, las instituciones, las sentencias académicas y el fantasma de las vanguardias pesan mucho todavía. Se necesita una consciencia del presente, crítica y alerta a los cambios sociales y mediáticos. Sólo así surgirá una poesía nacional que le hable al hombre de hoy y establezca una relación estética con él, y no con los muertos del siglo pasado.

Martes, 26 Septiembre 2017 18:52

MARA    / Viridiana Medina Talamantes./

 

 

 

Mara   

Viridiana Medina Talamantes.

(Ensenada, Baja California).

 

Dicen los ministeriales que fue el chofer. Dicen las redes sociales que fue tu novio. Dicen las feministas que fueron todos los hombres. Dicen los misóginos que fue por tantas libertades. Dicen los mojigatos que fueron tus padres, por no enseñarte a preferir un museo a un bar.  Dicen que no debiste dormir en un taxi.    

Yo no sé si tenías un novio extranjero, yo no sé si el conduce un Porsche, yo no sé si es celoso; yo no sé si extraños te fotografiaron en The Bronx; yo no sé si Ricardo N., fue huachicolero y yo no sé si robarle a Pemex sea proemio de la depredación sexual.

No sé si tu cadáver estaba envuelto en una sábana, no sé si era blanca, no sé si es del motel y no sé si también estaba la toalla; no sé si tu agresor uso preservativo, no sé si te estranguló para sodomizarte o enmudecer. 

que tengo miedo de salir de casa, de ir por la calle; sé que tengo miedo de abordar el transporte público, sé que tengo miedo de usar minifalda, beber cerveza, ir a la universidad, trabajar; sé que tengo miedo de salir de fiesta, ser sexualmente atractiva. Sé que tengo miedo a ser mujer.

 

                                  

 

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

Nuevas perspectivas en torno a la figura del padre y la madre

en la poesía de José Watanabe

Edwards Vega Sánchez

 

Edwards Anthony Vega Sánchez

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

 

 

La obra poética de José Watanabe ha tenido gran importancia dentro de la literatura peruana que inició con su primer poemario Álbum de familia que fue publicado en 1971 con el cual ganó el premio “El poeta joven del Perú” en su natal Trujillo; y culminando con el poemario Banderas detrás de las nieblas el 2006, un año antes de su lamentable fallecimiento. En su poesía coinciden muchos críticos, hay cuatro principales aristas las cuales están muy interrelacionadas entre sí y son el pensamiento japonés, muy influenciado por el haiku y la filosofía Zen; las referencias artísticas tanto occidentales como japonesas; la cosmovisión mítica y regional dada por la representación de un habla coloquial, los espacios regionales como Laredo y el pensamiento mítico. La última arista es la familia, ya sea presentada a través de la madre, el padre, los hermanos e hijos, como también la descripción de lo cotidiano. La presente ponencia tiene la intención de realizar un acercamiento a esta última parte, específicamente en la construcción de la figura paterna y materna. Para ello nos veremos en la necesidad de reducir nuestro objeto de estudio a cinco poemas. Los dos primeros tendrán como sujeto principal la figura del padre y serán el poema “Las manos” que está dentro del poemario Álbum de familia, y “Este olor, su otro” del poemario Historia natural. Los poemas concernientes a la figura materna vendrán a ser “Mamá cumple 75 años” del poemario mencionado anteriormente y “El camisón (Magritte)” dentro de Banderas detrás de las nieblas. El último poema será “La impureza” dentro del poemario El huso de la palabra y en este observaremos cómo confluyen ambas figuras dentro de la perspectiva del yo lírico. Así a través de ello podremos desentrañar la configuración de la madre y el padre dentro de la poesía de Watanabe, tomando como muestra estos cinco poemas; para ello nos serviremos como principal referencia los dos libros de Silvia Tubert: La figura de la madre y La figura del padre.

En el poema “La manos” el sujeto de enunciación anuncia la relación con el sujeto representado “mi padre” y por lo tanto también está presente como personaje dentro de la enunciación, Li Ning[2] hace referencia al poema y señala el proceso de migración del padre. La imagen de las manos se articula a través de las figuras de la sinécdoque y la metáfora. Estas son mencionadas como elemento de conexión del padre con su descendencia (el yo lírico y sus hermanos), se observa una tensión entre el yo lírico (hijo) y el sujeto representado (el padre) pues las manos tienen una doble pertenencia que genera la identidad de este y la de sus hermanos; asimismo el padre representa a la generación pasada, mientras que los hijos a la presente. Se observa que surge la dicotomía vida y muerte, pues se enuncia un tiempo presente en donde el padre se encuentra fallecido por medio de la sinécdoque  “su pecho silenciado”, mientras que las manos aún viven en sus hijos. De acuerdo a Li Ning las manos simbolizan la capacidad artística que es heredada; pero esto no restringe el carácter polisémico que tiene; en primer lugar funciona como sinécdoque tanto del padre, como la de los hijos, representando el cuerpo de cada uno de ellos.  Se puede señalar que implícitamente el padre tiene el poder de crear pues es capaz de engendrar y multiplicar sus manos. Esto se observa a través del símil en donde las manos son comparadas con frutos los cuales pueden ser sembrados. De esto se puede señalar la relación simbólica con respecto a la actividad agrícola. Las manos constituyen un elemento ligado a la creación, pues si bien se menciona la capacidad artística ligada al mundo japonés (Utamaro); estas también constituyen la capacidad de realizar diferentes actividades ya sean cultivar, comer o trabajar. Además se añade que en el poema las manos sirven para realizar los ritos funerarios, ya que son dadas por el padre a sus hijos para que lo puedan enterrar y despedirse. Esto está mostrado explícitamente  en el poema: “o porque no quiso que otras manos/ posasen su pecho silenciado” y “que con estas manos / también enterrarán un poco a mi padre”. Eso se puede atribuir a la idea de reciprocidad pues el padre otorga el don de las manos, como potencia para realizar cualquier actividad, a los hijos que luego lo retribuirán a través del acto de enterrarlo.

En “Este olor, su otro” se presenta de nuevo el espacio familiar que compone la cocina y el comedor. Si analizamos el título del poema, se instaura el predominio del sentido del olfato que sirve para identificar un sujeto representado y se evidencia que este el padre. Este poema muestra un yo lírico representado y ofrece el carácter de acercar más la mirada del lector hacia una experiencia vivencial. El proceso de identificación se da entre el padre y la percepción del olor del perejil. Si planteamos la correspondencia entre estos dos elementos padre / perejil, aparece otro personaje más dentro de la enunciación que cumple el papel de mediador entre ambos y este resulta ser la hermana quien es la que alista el perejil. De igual manera la hermana suple un rol muy comúnmente ligado al de la madre que es de la actividad de cocina, lo cual se traduce en la capacidad de procesar los alimentos.

Se van elaborando paralelismos entre el padre y el olor del perejil, mientras el padre es denominado como “el japonés”; el perejil viene a ser “el secreto local de cocina”. La confluencia de ambos elementos se da en el hogar a pesar de la distancia representada.

A partir del verso 15 se observa un cambio de voz, pues si bien el yo lírico va hablando hacia un sujeto impersonal, el padre ahora se vuelve el alocutario y esto coincide con la transición en torno al tiempo. El sujeto lírico se dirige al padre y lo constituye como un sujeto del saber, pues este es capaz de aprehender los elementos del lugar al que fue a vivir  como lo son la cocina representada por el perejil y la familia: “creo que usted adentraba ese secreto en otro más grande para componer la belleza de su orden casero que ligaba familia y usos y trucos de esta tierra”.

Al culminar el poema observamos que ya mostrándonos el presente la familia que una vez el padre podía reunir se encuentra dispersa. Esta ausencia se encuentra representada por “la cena en el día de los muertos” que da a entender la condición de fallecido y como su contraparte el perejil (ahora) y en la percepción del sujeto lírico perdió intensidad en tanto a su olor siendo un elemento banal.

A partir de este punto analizaremos los poemas centrados más en la figura materna, iniciando con el poema “Mamá cumple 75 años”. El título de este apertura una escena familiar como lo es el cumpleaños de la madre, además ofrece la edad de la madre “75 años” el cual sitúa a este sujeto dentro la etapa de la ancianidad. De igual manera el término “mamá” vuelve a mostrar al yo poético dentro del enunciado, pues este término indica la relación consanguínea con el personaje.

En los primeros versos se observa la escena ritual del sacrificio y la ofrenda lo representan “los cinco cuyes” que serán dados a la madre la cual es mencionada como “reina vieja”, Li ning nos hace referencia a la idea de sacrificio referente a la cultura moche con respecto a las degollaciones. Podemos referir la imagen de la madre como monarca que por tradición se comprende su autoridad por designio tanto mortal como divino, esto hace también referencia al matriarcado donde ella cumple el rol de lideresa, mientras que los hijos son los súbditos o dominados.

A pesar de ello la madre es mostrada desde un elemento más cristiano pues es mostrada como identificación con la divinidad que al mismo tiempo se desacraliza al ser identificado con un elemento mundano como lo es “la bombilla de luz”. La vista del yo lírico se centra en los ojos de la madre que conectan hacia un tiempo pasado y se observa el carácter dual de la madre por medio de una metáfora y oxímoron “un animal de ternura demasiado severa” que remite a la ternura como elemento propio de lo sentimental  y lo severo que puede implicar la ausencia de este más ligado al control y la disciplina. Esta dualidad se va inclinando más hacia lo severo pues más adelante es descrita como alguien “alta e enhiesta” postura que se condice con la actitud severa, tomemos por ejemplo el caso del sargento para con sus soldados. Luego el yo lírico se dirige hacia la madre a la cual se le atribuyen estas cualidades de dominación  en dos frases “tu, señora eras el miedo” y la que cierra el poema “tú eras nuestra más antigua dolencia”

En el poema “El camisón (Magritte)” se repite la alternancia entre madre e hijo. Hay una referencia a la pintura de Magritte “Filosofía en el camarín” que el yo poético se encarga de describir; “el camisón de mi madre tenía tetas, tetas inagotables”. Podemos señalar en tanto la figura de la madre dos momentos  tal como señala Li Ning. El primer momento se da  en tanto la madre está desprovista del camisón, el cual es metáfora del rol materno de la lactancia. En los tres primeros versos se observa a la madre relacionándose con sus semejantes las “vecinas” en un ambiente típico como lo es el mercado. Así la madre no constituye un sujeto el cual solo va a interactuar con el hijo, sino que está al librarse de su rol puede interactuar con sujetos externos al ámbito familiar. La madre al volver a casa se incorpora de nuevo el rol materno en la interacción con el yo lírico representado y este rol va a estar muy relacionado con la el carácter natural, a pesar de lo artificioso del camisón pues esta ahora es “como los animales milagrosos” y es capaz de sintetizar la leche (capacidad de dar vida) a partir de elementos naturales como lo son la hierba, la miel y la tierra. Si bien se menciona la vida reflejada en los senos y la leche, esta es capaz de representar la muerte al señalar que los senos producen leche tóxica. Al continuar con el poemas se observa la presencia de más concreta de lo muerto al mencionar este un hecho muy común en los poblados alejados de la ciudad por lo cual “las madres perdían muchos niños en el fondo de esas casas lúgubres”. El razonamiento mítico se hace presente al mencionar la creencia de que la leche que las madres derraman para limpiar los conductos mamarios está destinada a los niños fallecidos. El yo poético cambia la temporalidad donde este ya es mayor, y huesos son la sinécdoque del cuerpo humano y a través de la figura del epíteto en el color blanco indicarán la salud del mismo y por ende que la madre cumplió con el rol de amamantarlo adecuadamente.

En el poema impureza se observa la presencia del sujeto lírico al igual que en los otros poemas en el enunciado como personaje. Luego de haber observado las marcas textuales anteriores nos damos cuenta de que los dos sujetos mencionados: “el japonés” y “la serrana” son el padre y la madre respectivamente, Li Ning observa que estos dos gentilicios señalan la procedencia y formas de vida del mundo japonés y el andino.

Una frase muy importante dentro del poema es “ser hijo de” que mezcla o alterna las figuras retóricas de la repetición y la elipsis. La repetición se da al mencionar constantemente esta frase a lo largo del poema y va a identificar al yo lírico (hijo). La elipsis se da al no completar la frase “hijo de…”; pero es la palabra misma “hijo” que  conlleva la presencia padres. Lo que no se menciona resulta ser medular dentro del poema pues “ser hijo de...” es decir sus padres, es lo que logra definir al yo lírico que representa esa necesidad de identificarse en ellos, pues el miedo resulta negativo en él y necesita recordar quien es para hacerle frente. De igual manera se señala que hay dos tiempo, un ahora dentro de la habitación del hospital donde este enfrenta al miedo; y otro pasado donde van a estar la figura paterna y materna por separado.

Al mencionar a la figura paterna, más allá de las referencias al mundo japonés (kotó, la estación de radio) resalta en el padre la capacidad de aguante que fue “picado por el cáncer más bravo que las águilas”, referencia a Prometeo y es capaz de apreciar la música, de nuevo aparece la figura de la repetición en la palabra elegancia para dar intensidad al hecho de no mostrar agonía.

Como complemento aparece el otro sujeto “la serrana” que en este caso va a luchar en contra la vejez. En comparación con el padre en su acto contemplativo de la música, esta va a ser un sujeto con la facultad de enunciación en dos ocasiones dentro del poema. En primer lugar ante la vista de quienes perciben su vejez ella expresa “más arrugas hay en tus compañones que en mi majoma carajo”  donde podemos referenciar el lenguaje coloquial y regional, y también un tono agresivo. Por último dos versos más adelante esta vuelve a enunciar, pero ya no para confrontar al otro, sino para otorgar una reflexión “deja el tiesto sobre las brasas, hijo, para que coja más temple”. Es esta última frase la que la vuelve un sujeto no solo capaz de enunciar, sino que es portador de sabiduría ligada a lo popular.

La última parte constituye una reconciliación de estas dos formas de afrontar a la muerte, la contemplativa y silenciosa del padre; y la desafiante y sabía de la madre. Es por ello que al final del poema la descubre que no hay que extirpar el miedo, sino acogerlo, ser consciente de su existencia. En este proceso se mezclan las dos actitudes tanto del padre como de la madre pues por un lado se señala que se tiene que experimentar, y por otro hay que ser conscientes de su existencia, es decir en un plano sensible y cognitivo.

Los dos libros de Silvia Tubert constituyen una fuente indispensable para poder situar las la configuración tanto del padre como de la madre, lo que resulta muy interesante de la lectura de ambos textos es que están muy ligados el uno con el otro, por ello se puede señalar que la cada uno referencia al otro en tanto que la figura del padre y de la madre siempre han estado correlacionados. Por ello podemos señalar que en su obra se observa un proceso de transformación de ambas figuras a través de la historia, partiendo de una época primordial en donde había un relativo equilibrio de fuerzas, hasta la época contemporánea en donde aún se intenta restituir la figura materna de las consecuencias que tuvo en empoderamiento de la simbolización del padre. Es importante mencionar apoyo de fuentes históricas, sociopolíticas  y psicoanalíticas para el desarrollo de las figuras del padre y de la madre sin dejar de ser crítica con respecto a estas. Además la autora se sirve tanto de ejemplos históricos como representados en la literatura para desarrollar su influencia.

Al reconocer la figura paterna en los tres poemas se puede señalar lo siguiente:

El padre está ligado a cuestiones sensibles: las manos mencionadas refieren al tacto, en el verso final estas también sirven para mostrar ternura hacia los hijos; en el segundo poema el perejil está ligado a olfato en mayor grado y luego al gusto (para dar sabor a la sopa). En el poema impureza el instrumento del koto y la estación de radio son escuchadas por el padre. Pero este sentir no es simplemente un percibir, sino el poder apreciar las sensaciones.

En el poema las manos el padre obtiene la capacidad de engendrar (manos hacia los hijos), esto hace alusión de una capacidad muy ligada a la configuración de la madre (embarazo, parto). Lo interesante es que si bien esta capacidad se presenta, no se hace presente la figura materna, es más bien su ausencia lo que otorga al padre la autosuficiencia como para engendrar hijos. Tubert señala que  la figura paterna intentó apoderarse de la capacidad de engendrar imbólica, esto da cuenta el nacimiento de la diosa atenea a partir de la cabeza de Zeus, o también al mostrar cómo las leyes romanas daban mayor potestad a los padres que a las madres sobre el derecho de los hijos.

En los tres poemas observamos que la imagen del padre es traída al recuerdo del yo lírico ya que siempre hay dos tiempos uno el de la añoranza y otro de un presente en donde este ha fallecido. El padre a pesar de proveer el referente japonés, también es representado por medio de la figura de Prometeo en el poema la impureza, pero a su vez también es representado de igual manera el poema “poema trágico con dudosos cómicos”[3] en los versos: mi padre por ejemplo el lamentable Prometeo /silenciosamente picado por el cáncer más bravo que las águilas. La figura de Prometeo corresponde a la de un trágico que al otorgar el don del fuego a los hombres es castigado por los dioses. El fuego también corresponde al igual que las manos un elemento polisémico tanto de protección, iluminación (ligado a la sabiduría), y la cocina.

La madre resulta ser un sujeto más multifacético que el padre y tiene un papel más activo y dominante. En primer lugar la relación de la madre con los hijos en el poema “Mamá cumple 75 años” viene a ser vertical, pues a pesar de ser alguien que ofrece ternura también es alguién que provee miedo. Vida y muerte se encuentran reflejados dentro de ella, los cuyes son sacrificados a su nombre, pero también sirven de alimento para la familia. Tubert nos habla habla acerca del padre tiránico en el teatro del Cid donde el rey impone su voluntad por encima del padre real, supliendo sus funciones. En la tradición judeo cristiana la figura absoluta paterna está representada por dios el cual por tradición se muestra dual en tanto sea dios como sujeto de amor y dios como sujeto de miedo.

A diferencia del padre, la madre puede deshacerse de su rol como tal como apreciamos en el poema “El camisón (Magritte)” ya que al volver prenda a la maternidad se observa que esta se encuentra reservada para el ámbito del hogar. De igual manera la lactancia se encuentra muy relacionada con la configuración de la madre. Tubert en su libro Figuras de la madre señala que La lactancia materna constituye un elemento filial entre madre e hijo.

Embarazo, parto y lactancia son constituyentes de la madre. Con la aparición de las nodrizas se intenta desligar esta facultad de la madre pues volvía al niño débil y le resultaba más difícil integrarse a la sociedad. Por otro lado con el avance científico se observa que la lactancia es fundamental para el desarrollo de los niños, y este adquiere un valor moral, pues era bien vista la mujer que daba de lactar a los niños. En ambos casos se observa que la lactancia era siempre eliminada o impuesta por el patriarcado más que una decisión de la madre. La madre constituye un sujeto de enunciación, no solo es alguien que actúa, de manera muy dinámica pues en poemas como impureza se señala la capacidad para matar a los animales de corral, sino que la enunciación es una de sus cualidades y esto conlleva el poder para repartir sabiduría que es más con respecto al saber popular, pero aun así no deja de marcar al yo lírico.

Podemos concluir que en estos poemas mencionados la figura paterna y materna van a adquirir singularidades que escapan del molde tradicional. La madre va a constituir el la figura con mayor dinamismo dentro del poema en tanto que esta tiene un carácter más activo con respecto al hacer y la variedad de roles de que desempeña. Por otro lado el padre va a tener un campo más reducido en tanto que es alguien que hace o contempla siempre en silencio. Li Ning en su libro Cosas de Familia hace un recuento la aparición de los padres en la poesía de Watanabe siendo 21 en los que  aparece la madre, mientras que solo  en 7 aparece el padre.  A pesar de ello ambas figuras resultan determinantes para la configuración del sujeto lírico y yendo un  poco más allá en tanto influencias pues cada parte representa la influencia mítica-regional y japonesa que están muy entrelazadas en la obra poética de Watanabe.


[1] Ponencia presentada en el Primer Congreso Internacional de Literatura y Género: Identidades genéricas latinoamericanas en Conflicto, universidad de san marcos, Lima, Perú, julio 2017.

[2] En su libro Cosas de Familia. Metáfora de la identidad en la poética de José Watanabe.

[3] En el poemario Álbum de familia.

 

Ayotzinapa y el dolor

Ramiro Padilla Atondo

 

En un país lleno de desaparecidos los duelos son largos. Quien no halla un familiar vive esa lenta agonía, la agonía de la incertidumbre. En los países sajones los funerales ocurren una semana después del fallecimiento. De manera pragmática, se prepara todo para que ese mismo funeral no interfiera con otras actividades. En nuestro país todo sucede en un parpadeo. Mueres hoy y mañana al medio día te entierran. Quien no te ha visto en una semana imaginará que estás en tus actividades normales si no se entera a tiempo.

¿Qué pasa por la mente de un familiar cuando ha recorrido cientos o miles de kilómetros buscando a alguien con la muy remota esperanza de encontrarlo? ¿Cuáles serían las etapas de ese duelo? La normalización de la desaparición en México tiene consecuencias a nivel social. Ya no sorprende que haya quienes justifiquen la desaparición de 43 estudiantes. Son parte de esa nueva vileza que ha adquirido carta de naturalización en nuestro país. Porque al final la violencia a todos los niveles, llámese violencia del narco, del ejército o de la policía, tiene como elemento común la objetivación del otro.

Tampoco sorprende la respuesta del gobierno, tardía y estúpida en todos sus niveles. La desaparición de los estudiantes fue el inicio de la tormenta perfecta para una camarilla expuesta hasta al cansancio en su corrupción. Políticos de palacios de mármol que han perdido toda conexión con la realidad.

Pregunto de nuevo ¿Habrá alguien que se preocupe por el dolor de los padres? Han sido ya treinta y seis meses de agonía y quizá falten muchos más. La corrupción en el país semeja una red neuronal, casi infinita en sus ramificaciones, hecha de apatía ciudadana y mentiras gubernamentales. El entramado político es tan elaborado que no se sabe a qué dosis de realidad podemos apelar.

Somos un país escindido por voluntad política. Una nación-tv que repite hasta la saciedad las mentiras gubernamentales y les da estatus de verdad. Columnistas que se juegan la credibilidad desde algún lugar en la condesa con tal de seguir ordeñando el presupuesto.

Ayotzinapa es una herida abierta. El ejemplo más acabado de la degradación de eso que llamamos mexicanidad. De nuestra apatía que solo se diluye ante la presencia de desastres naturales. La desnudez de los padres de los estudiantes es nuestra propia desnudez. Ocupemos su lugar por un momento. Pensemos en la impotencia que produce la pobreza, los oídos sordos, las amenazas anónimas para que dejen de buscar,  incluso el arreglo económico por parte del gobierno. ¿Cuánto cuesta en dinero la vida de tu hijo?

La dilación es un arma fortísima. Es una carrera maratónica. La dilación es el instrumento de los poderosos, que pueden sentarse a esperar por la eternidad. Usted si no trabaja hoy no come mañana ¿cierto? Su hijo era un revoltoso, se lo merece. Somos un país profundamente racista. Los estudiantes de la normal rural de Ayotzinapa no se parecen a los de la Ibero, menos a los de la Anáhuac. Los estudiantes de Ayotzinapa no son mirreyes.

Y mientras tanto nos debatimos entre la verdad histérica y el olvido. Porque la tragedia mexicana es un circo de varias pistas. El surgimiento de nuevos distractores (escándalos) abulta los expedientes sin resolver de un puño de burócratas que piensan en ascender, no en hacer bien su trabajo, porque de hacerlo bien no depende ese ascenso.

Y al último, rebasadas las instancias gubernamentales, expulsados los expertos extranjeros, solo queda la soledad que produce la pobreza. La solidaridad virtual que no conduce a nada. Queda esperar, porque en el esperar está escondida la esperanza. Esperar a que uno de los peores gobiernos de la historia se vaya y llegue un relevo capaz de desatar el nudo gordiano llamado Ayotzinapa. Un nudo gordiano creado ex profeso para nunca resolverse.

Ni perdón ni olvido.

 

 

 

Tajos de palabras

Víctor García Vázquez

 

Nos ha tocado vivir una época que rinde culto al exceso. Nuestra megalomanía es producto de la cultura ególatra. Todos quieren ser diferentes, importantes e irrepetibles. Los siete mil millones de habitantes del planeta compartimos el sueño de cambiar el mundo, pero sólo lo intentamos desde nuestros medios personales de comunicación. Tenemos la plena certeza de que lo que hacemos es importante para la humanidad y exigimos que así sea valorado. Este es el caso de algunos poetas. Seres comunes y corrientes que se consideran semidioses y creen en su poesía como en el arca de Noé. La poesía no es más necesaria hoy que hace dos mil años. Dicho de otro modo: la necesidad por la poesía es la misma en la época de la globalización que en la Atenas de Diógenes. Sólo unos cuantos pueden y necesitan acercarse y gozar de este fenómeno. Sin embargo, los poetas actuales no dejan de repetir que los lectores se están alejando de la poesía. Cuando en realidad sucede lo contrario, los poetas viven en globos aerostáticos o tienen alas de Ícaro para no vivir a ras de suelo. Prueba de ello es que nadie quiere escribir poesía para ser leído por niños de primaria, amas de casa o conductores del transporte público, sino que escriben poemas para sorprender a sus colegas, para obtener premios, becas y demás estímulos que otorga el Estado. Redactan manifiestos para atacar a quienes no son de su círculo y para asumirse como la generación poética más trascendental. Todo lo exageran de su lado y, al mismo tiempo, todo lo minimizan en sus contrarios. A semejanza de lo que sucede con los cárteles de la droga, hay una lucha enconada entre los poetas. La disputa no es por los lectores sino por los incentivos. Las estrategias de ataque consisten en hacer antologías, selecciones, encuentros, premiaciones, etc. donde se excluye a los bandos enemigos; o bien, en un acto de soberbia mayúsculo, seleccionan poemas de sus adversarios y los etiquetan como lo peor. Han cambiado el análisis por la burla mordaz y la crítica por la franca amenaza. Son maniqueos a más no poder: sus amigos son los mejores poetas, poseen las mejores obras, los premios más importantes y son número uno en ventas; sus rivales son los peores poetas, sus poemas son ridículos y los premios obtenidos son regalos de segunda. Es una actitud tan petulante y superflua como los discursos de las campañas políticas. Es como si un panadero, en lugar de ocuparse en hacer buenos panes, se ocupara de mostrar los panes más defectuosos de sus cofrades. Imaginemos a un campesino destacando los surcos mal trazados de su vecino de parcela, no sólo es ridículo sino que además no es ético ni contribuye a la perfección de su oficio. Estas actitudes demuestran que vivimos en una sociedad de ególatras que ignoran los principios del humanismo. Sólo pensamos en nosotros mismos, en nuestros intereses, en nuestra fortuna y como consecuencia hemos creado una sociedad de profundo odio, de una violencia inhumana. No hay tanta diferencia entre la forma de acribillar de los sicarios y la pluma feroz de los poetas que atacan a los otros en su intento por “legitimar” su obra. El fin es el mismo: llenarse de poder y mostrar que existen los dominados y los dominadores. En estos tiempos, pues, ser poeta no es distinto de ser gobernante: ambos practican la corrupción y el abuso de poder.  En muchos aspectos la poesía mexicana no ha logrado despojarse del colonialismo. Muchos poetas en verdad creen que la  única poesía que existe en nuestro país es la escrita en español; se niegan a reconocer que aquí la poesía se escribe en mexicano. Nuestra diversidad lingüística y nuestra riqueza multiétnica nos permiten poseer uno de los dialectos del español más importantes y complejos; de ahí la originalidad, la diversidad y riqueza de nuestra poesía castellana; pero además existe una vasta producción en lenguas originarias: náhuatl, zapoteco, maya, mixteco, tzotzil, totonaco, etc. que en muchos casos supera a la poesía mestiza. Nuestro sistema de pensamiento es distinto de cualquier otro pueblo por el hecho de que la lengua en la que pensamos no es el español, sino una variante que no responde a la gramática convencional ni se apega a los contextos de comunicación formal. Aunque no lo reconozcamos, el verdadero diálogo de la interculturalidad se establece por medio de la poesía. En otros ámbitos, el respeto por lo intercultural  ha fracasado, pero en el aspecto literario podemos decir que sí existen los canales suficientes para reconocernos como un país que es muchos países. Sin embargo lo que piden las instituciones es una poesía monolingüe, a semejanza de los programas educativos; pero no sólo las instituciones sino también los poetas convencionales; por poetas convencionales no quiero decir académicos, sino aquéllos que se proponen que la poesía siga siendo un ejercicio retórico, malabarismo verbal, música sin sentido, lenguaje sin cultura, sin flora ni fauna, sin olor ni sabor. Estos poetas descalifican la auténtica poesía mexicana usando frases como “poesía provinciana”, “poesía rural”; para muchos de estos poetas su gran sueño es que los publiquen en España, no que los lean en San Juan Chamula.  Celebramos con mucho ímpetu el Bicentenario de la independencia, pero muchos mexicanos siguen sintiéndose españoles. El colonialismo es un asunto mental que sigue imperando en la psicología nacional; por el contrario, los pueblos originarios, y con ellos sus artistas, viven una plena época del postcolonialismo; por lo tanto, están más cerca del renacimiento que los mestizos. Los poetas “consagrados” que imparten talleres a los nuevos creadores cumplen la misma función que los misioneros del siglo XVI: no difunden una fe, imponen una sola forma de ver el mundo, descalifican lo otro, erradican la herejía e incendian el legado más antiguo de nuestras culturas. La mayoría de los poetas mexicanos actuales no sólo son más conservadores que los del siglo XIX, sino que tienen más complejos. Quieren ser cosmopolitas aun cuando no reconocen su identidad local. Es necesario descolonizar la poesía mexicana, liberarnos del yugo que ejercen los modelos extranjeros. En la medida que construyamos una genuina poesía autóctona, alcanzaremos una verdadera poesía universal. La descolonización se logrará en la medida en que dejemos de ver la poesía como un producto comercial o un producto lucrativo; es cierto que los premios han incrementado la actividad creativa en las últimas décadas, pero también es evidente que muchos poetas actuales sólo escriben para obtener premios; no tienen ningún compromiso con la poesía y menos con el lector. ¿Descolonizar la poesía mexica? Sí, aunque suene absurdo o irrelevante. Debemos crear conciencia de que la poesía es un bien común; es parte del patrimonio que nos otorga la lengua y la cultura; no debe ser, por tanto, propiedad de unos cuantos, sino que debe estar al alcance de todos. Con esto me refiero a que deben existir mejores oportunidades para que más gente pueda publicar y tener espacios para leer en público. Es frecuente ver a poetas de menos de treinta años con más de diez libros publicados, pero sin un verdadero poema; también poetas que viven de los estímulos a la creación, pero que nunca han tenido la iniciativa de ir a leer a una escuela pública. El poeta tiene, aunque no lo quiera, un compromiso social; ello no sólo porque su materia prima, la lengua, es propiedad de todos, sino porque gracias a la oralidad y al coloquialismo, la poesía sigue siendo posible en nuestros días. La originalidad no la alcanza el poeta cuando plasma en su cuaderno un poema, sino cuando recoge del sentir común los giros expresivos que con la ayuda de la retórica se convierten en literatura. Estoy convencido de que lo que necesitamos en nuestro país es suprimir las becas a los creadores y dárselas a los lectores. Esta sería una buena iniciativa para descolonizar nuestra poesía. El imperialismo de la poesía es un aspecto que se está incrementando gracias a que el Estado reparte becas y premios económicos que están en manos de ciertos cotos de poder, que no conocen la ética ni les interesa en lo más mínimo la literatura. Los imperios de la poesía son diversos grupos que operan desde distintos estados del país con estrategias mañosas y, en sentido estricto, delictivas; con el pretexto de conformar un taller, una revista electrónica, un círculo o una editorial, los seudopoetas integran auténticas mafias que se apropian de todos los recursos que las universidades públicas o las secretarías de cultura destinan para la promoción de la lectura. Por lo tanto, es urgente devolver al lector su auténtica ciudadanía poética. Descolonizar también significa erradicar los imperios de la poesía. Así como existe un instinto del lenguaje, también hay un instinto de la poesía; por eso en la diaria conversación las personas enuncian frases que son insuperables; los niños, en sus juegos, crean versos de una creatividad asombrosa; el piropo y el albur son dos expresiones no exentas de auténtica poesía. Me atrevo a aseverar que la competencia poética no requiere de la competencia comunicativa ni de la competencia lingüística. Es decir, no es necesario ser elocuente ni saber las normas de la gramática para escribir o disfrutar un buen poema. La poesía es un vestigio precivilizatorio que preservamos como un gen recesivo y a menudo lo usamos cuando queremos oponernos a la modernidad o el progreso científico. Así como no hay sociedad sin lenguaje, tampoco existe una sociedad sin poesía. Aún las tribus que viven aisladas de la civilización, poseen el don de la poesía. Más que un vehículo para la comunicación, el lenguaje lo utilizamos como un instrumento para la interpretación. Ahí donde las palabras son insuficientes para nombrar al mundo, surge la poesía para revelarnos la realidad de las cosas y los seres. El alumbramiento del poema siempre nos regresa a un estado salvaje, ya que no organizamos la experiencia de acuerdo con la lógica del pensamiento, sino a partir de la intuición que es hermana del instinto. Todo poema es glosolalia, puro significante que no quiere decir nada. El acto de poematizar una imagen o una experiencia equivale a exorcizar nuestras pasiones. De Catulo a Humberto Ak’abal, de Juan de Yepes a Derek Walcott, los poetas cumplen la misma función que el brujo: sanan con su propia enfermedad. El concepto de libro es muy posterior al surgimiento del poema; por eso es difícil aceptar como poesía los ejercicios creativos que primero diseñan un esquema y después lo rellenan con palabras. La mayoría de los poetas actuales primero sienten la necesidad de publicar un libro y después piensan en el poema. Esto, otra vez, es producto de los estímulos, que sólo sirven para prostituir a los creadores que podrían lograr mucho más escribiendo desde la mendicidad y el abandono. ¿Qué es lo que necesitamos para regresar el valor que la poesía tenía? Desde mi experiencia como lector, es urgente que le devolvamos el valor al poema y se lo arrebatemos al libro. Los mejores poetas de diversas lenguas son recordados por un buen poema, no por un buen libro de poemas. No importa qué libros hayan escrito Francisco de Quevedo, Federico García Lorca, José Asunción Silva, Antonin Artaud, Guido Cavalcanti, Walt Whitman, Georg Trakl, etc. lo importante es que son autores de algunos pocos poemas memorables que son y seguirán siendo parte de la memoria colectiva. Lo que permanece siempre es la poesía; en ese pequeño vehículo infinito que es el poema. ¿No es una exageración que los concursos de poesía exijan un libro de poemas a un autor joven? Por supuesto, pero también a un autor maduro. El poeta, si lo es de verdad, a lo largo de toda su vida podrá escribir algunas pocas decenas de poemas. No digo buenos o malos, sólo poemas. Lo demás será escritura fallida, pura verborrea, currículo de vida para mantener un puesto en la academia o en la burocracia. Creer que el poeta puede escribir varios libros de poemas a lo largo de su vida es megalomanía. La memoria a corto plazo es suficiente para enumerar los poemas de Sor Juana o Fernando Pessoa. El poema es apenas un tajo de la poesía, un trozo que se le puede arrancar al lenguaje mayor de vez en cuando si se cuenta con el estilo o el estilete y la furia suficiente. El poema no es la poesía, pero es uno de los vehículos más certeros para llegar a ella.  Muchos poetas maduros tienen la actitud de las actrices decrépitas: cuando la belleza ha cumplido su ciclo, recurren a la cirugía plástica; el resultado es nefasto, porque sólo pueden provocar dos sentimientos: burla o lástima; pero esto no es un síntoma que sólo se presente en la madurez: también hay bótox para todas las edades. Hay una expresión que se refiere a la cirugía que en verdad me fascina: “echar cuchillo”; cuando una persona ya no se siente a gusto con su cuerpo o con su rostro va al médico para que le meta cuchillo. Cuando el poeta está en pleno dominio de sus facultades poéticas, echa cuchillo a la poesía y logra,  algunas veces, cortar un tajo perfecto que se convierte en un hermoso poema; sin embargo, cuando la musa lo ha abandonado, lo mejor sería que el poeta ya no arremeta a cuchilladas contra la poesía, sino que ponga su mano sobre la página en blanco, tome con firmeza la fina hoja de metal y se corte los dedos de un solo tajo...

De vez en cuando camino al revés:

es mi modo de recordar.

Si caminara sólo hacia adelante,

te podría contar

cómo es el olvido.    

Humberto Ak´abal 

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