Tinta

del libro La rabia y sus días

Oliver Guevara

 

 

Ya no puedo decir que nada existe

repoblamos el sueño y en la boca creció

de repente un pájaro el exiguo espacio

de un país”.

Alberto Raposo Pidwell Tavares

 

 

 

De la casa, recuerdo la luz tenue de una lámpara en la esquina, en una de las mesas donde debiera haber un teléfono. Un aromatizante de plástico con forma de hongo, expele de su superficie rugosa, como el interior de la jícama, un olor dulce, un tiempo elástico que hace mella cuando te sientas en la oscuridad y enciendes un cigarro. La mezcla es un aliciente para el paladar y el olfato. Mientras, Hiroshima, tu gato negro, pasea sensual entre mis piernas y ronronea. El mundo ha perdido sentido con la caída de la ceniza que dejas consumir. Me siento ansioso al ver que la televisión que está detrás de mí se enciende.

 

Quiero decir que somos otros. Ya no establecen reglas para premiar la derrota. El frío es un chico que te ofrece asear tu limpiaparabrisas, abres la ventana y listo, entra la corriente de aire que te regresa a dudar si en verdad mereces lo que tienes por lo que haces. Te preguntas en cuánto tiempo terminarían por olvidarte si de manera repentina, desapareces, quiero decir, no estar más. De inmediato. Respondes automáticamente.

 

La semana pasada llevé a Hiroshima a la casa de mis padres. Ellos viven solos desde que me casé. Amanda ha quedado embarazada y no quiere animales en la casa. La muda de pelo y esas situaciones. Mi hermana me regaló ese gato pardo con un ojo verde amarillento y otro azul. Cuando entro a la casa, mi padre duerme en el sillón individual y la televisión está encendida. Mi madre está recostada y se despierta cuando me oye entrar. Hiroshima salta al piso de mis brazos e inmediatamente va al balcón de la casa. Mis padres son desde hace dos años como los pasos silentes de ese gato con heterocromía. Desde que mi hermana desapareció pareciera como si el sueño hubiera inundado la casa y no pudieran sacudirse el sopor de la desesperanza y el dolor. Yo hace mucho tiempo que decidí no sufrir, siempre pensé que la voluntad es maleable. Por lo tanto, hoy decido no sufrir.

 

 

Después de instalar la caja de arena de Hiroshima y servirle pequeños trozos de carne que vienen en una pequeña bolsa, trato de hacer conversación con mis padres. Tras cuatro o cinco monosílabos que intercambiamos, me despido y prometo volver con más raciones y por noticias de ese gato que ahora se lame. Al bajar las escaleras, me topo con mi abuela.

-¡Hijo! ¿Cómo estás?

-Bien abuela, ¿cómo siguió de su pie?

Tarda en responder, se pone seria y luego de unos segundos sonríe pero con la mirada en otra parte.

-Ay hijo.

Cuando me doy cuenta que de esa boca que ríe y trata de hilvanar una frase ya no va a salir nada más comprensible, me agachó a la silla de ruedas y le doy un abrazo.

-Adios abuela.

-¡Que Dios te bendiga! -se despide mientras trata de aguantarse la risa. Yo salgo con prisa, el olor a orines es penetrante en la parte baja de la casa. El salitre ha acabado con el verde de la pintura en las paredes.

 

 

Cuando llegó a casa le cuento todo a Amanda, de la abuela y la sospecha que tengo que ya no se ha tomado su medicamento. De mis padres, que cada día parecen más muebles. Le digo que tal vez Hiroshima les de trabajo y algo en qué entretenerse. Luego de hacer café y regresar a la recámara, Amanda duerme abrazando su incipiente vientre. A su lado hay diversos folletos de maternidad y revistas con madres que sostienen niños rubios con relucientes ojos azules. Salgo de la habitación y voy al cuarto nuevo del bebé. La cuna vacía con los peluches y sus ojos vacíos dan un aspecto desolado, pareciera la habitación de alguien que acaba de abandonar el hogar.

En tan sólo tres meses habían encontrado los cadáveres de doce jóvenes en distintos puntos de la ciudad. Pareciera que se repoblaba el país entero. Sembraban mujeres, niñas. Todo era inútil, la tierra es infértil. Perdimos la esperanza cuando vinieron policías con una seriedad fingida y con la insinuación de que Angie se había ido con un novio. Lo que nos destrozó fue ya no tener noticia de ella.

 

 

Una noche soñé con ella. Subía una escalera. La casa estaba en penumbras,  vestía de negro y subía lentamente cada escalón. Yo la trataba de llamar pero no salía nada de mi boca. La clásica pesadilla. Pero cuando se me ocurrió seguirla, mis pies no fallaron. La alcancé y cuando toqué su hombro, ella volteó y sonrió, pero no era Angie sino mi abuela. Ahí estaba su retorcida sonrisa. Me desperté en sudor cuando empezaba a carcajearse.

 

Al paso de los días regresé a casa de mis padres para ver cómo seguía Hiroshima. Luego del pesado ritual de permanecer sentado en los sillones varios minutos sin decir nada, observando el televisor de pantalla plana que les había regalado el gobierno. Dejé un costal de comida para el gato que casualmente no se encontraba.

-Ya sabes. Sale por las noches y dormirá por ahí en los techos de día. –dijo mi madre sin despegar los ojos del televisor.

 

Cuando bajé las escaleras, pude ver que mi abuela caminaba con su bastón para llegar al baño. Esta vez se le veía más calmada y mientras la ayudaba para llegara al sanitario, me contó había dejado de tomar el medicamento porque en la noche escuchaba ruidos. Dijo que nunca los había escuchado antes. Habló de arañazos en la puerta de su cuarto y golpes secos, intermitentes, pausados. Le mentí para calmarla, le dije con los medicamentos sería mejor, que se sentiría con más energía y podría dormir mejor. Traté de explicarle que tal vez ahora necesitaba más dosis. Luego de dejarla en la puerta del baño. Me apretó la mano antes de soltarme y me sonrío como dándose cuenta que le mentía. Después di la media vuelta y me fui.

Al regresar a casa, Amanda estaba dormida en la silla de mecer del cuarto del bebé. Cerca de una mano colgante estaba un muestrario de ropa para recién nacido. Cuando la traté de mover para decirle que se fuera a acostar, se quejó amargamente y se volteó para evitarme. Fui a nuestra habitación por una cobija y se la acomodé. La lluvia comenzó luego de la humedad que asfixiaba. Tuve que insistirle para que fuera a la cama pero no pude despertarla del sueño profundo.

 

 

Lo vimos y nos pareció simpático. Aquél gato pardo temblaba a cada paso y cuando nos dimos cuenta de su peculiar característica, Angie no dudó en llevarse ese felino apretujado entre otros tantos en una caja de cartón tirada en el baldío cercano a la casa. Después de traerlo, nos enteramos que a los gatitos restantes les habían prendido fuego. Sólo por diversión. Como todo lo que ocurre últimamente en este país. Luego de imaginar las llamas, a mi hermana se le ocurrió nombrarlo Hiroshima. Angie tenía 21 años cuando entró a trabajar a la fábrica. Hace mucho que no la veíamos tan contenta. Aquella noche, cuando no regresó, mis padres recibieron una llamada telefónica. La voz al otro lado del teléfono no decía nada. Sólo escucharon una respiración. De mujer afirma mi madre. Después nada. Guardaron el número de teléfono e informaron a la policía. Nada, siempre nada. En ocasiones sorprendo a mi madre con el teléfono en el regazo y el número telefónico anotado en un papel. Sobra decir que manda a buzón de voz.

 

 

No sé si nombrar pesadilla a esa sensación. Cuando percibes un peso que se expande en el sueño poco  a poco. Como si la gravedad fuera motivo de terror. Como el volumen de un sonido grave perfecto. Sueño con un tatuaje. La aguja entra suave. Es un lápiz de punta fina que barrena milimétricamente la carne, el tejido. No hay mucha sangre. El tatuaje comienza a tomar forma. Un ave más grande, una más pequeña. Es una parvada.  En un descanso, me recuestó sobre el sillón y cierro los ojos por un momento. Después siento un peso en el pecho, me entra el pánico y pienso que me va a dar un infarto. Cuando abro los ojos me doy cuenta que Hiroshima está recostado en mi pecho y tiene plumas oscuras en el hocico. Despierto. Amanda está parada a un lado de la cama y oigo que dice mi nombre. Me levantó adormilado y mis pies dan con el líquido hemático que escurre de sus piernas. Como puedo me visto y la llevo al coche, todo parece ir en cámara lenta por más que me apuro. Al llegar a emergencias y  verla partir asistida por dos enfermeras inmutables, espero la respuesta que pronto se me da.

 

 

La rutina envilece. La cama nunca está hecha y Amanda siempre acostada, dándome la espalda. La habitación que sería el cuarto del bebé se ha convertido en la bodega de la casa. Ahora acumula las cosas inútiles, como cuerpos desmembrados que nadie reconoce y que esperan pudrirse hasta apestar y ser enterrados, descartables, olvidados. Yo también he dejado de ser lo que era, o mejor dicho, he salido realmente a flote. He vuelto a fumar y a contar compulsivamente números pares, todo lo trato de hacer par, las líneas de mis calcetines, las palabras que aparecen a la vista mientras voy manejando, las gotas de agua que resbalan por el limpiaparabrisas cuando el chico lanza el agua de su botella de plástico. -todo es plástico- me digo mientras retardo avanzar ante la luz verde del semáforo.

 

 

 

El gato no aparece. Mis padres me lo dicen como si me hubieran dejado un anuncio debajo de la puerta. Antes de ir a la casa materna, me asomó a la recámara del bebé. Amanda está recostada en la mecedora con la mirada perdida. Ya no me despido. Cierro la puerta lento en espera de que me diga algo. Sabe que estoy ahí. Comienza a mecerse más rápido entre los escombros de ropa, artilugios de crianza y regalos sin abrir con moños color rosa.

 

La televisión está encendida y hay un cigarro que se consume en el cenicero de latón en el centro de la mesa de la sala. Mis padres no fuman. Tras apagar el televisor buscó en las habitaciones rastro del felino para darles la noticia a los viejos para cuando lleguen. Luego de hacer sonar su plato de comida y esperar en el balcón por si lo veo atrás de otros gatos, nada. Vuelvo a la sala y un olor a orines envuelve el ambiente, se combina con el olor a cigarro.

-¿Estas pendejo o qué? –la anciana madre de mi padre está sentada en la oscuridad mientras sostiene un cigarro. Mueve su cabeza como queriendo ver detrás de mío. Hiroshima aparece con un pájaro que aún aletea en su hocico y después de rozar mis piernas, se dirige de un salto al regazo de mi abuela. El televisor se enciende nuevamente y la vieja queda con la cabeza de lado, esboza lentamente una sonrisa con la mirada fija en la pantalla. Antes de bajar las escaleras miró otra vez a la anciana, no se ha movido, el gato masculla con dificultad el ave que se retuerce para librarse.

Ya en casa me dirijo a la habitación del bebé. Me acuesto en la cama. No quiero ver a Amanda. La imagino recostada todavía, impasible en nuestra recámara hojeando revistas de hijos y padres. Recibo una llamada.

Bueno.

¿Señor Rodríguez? Tiene que venir, encontramos… Hay un tatuaje que queremos que vea. No contesto. Digo que sí luego de un silencio que parece disculpar la voz al otro lado del auricular.

Está bien. Lo esperamos.

 

Ya no la sigo. A pesar de que sé que esa cabellera rizada es de Angie, a pesar de que reconozco el color verde de su blusa favorita, ya no voy detrás de ella a pesar de que me llama y voltea con esa sonrisa cándida como cuando éramos niños. En el sueño me detengo, temo despertar o darme cuenta de que es otra persona. Ella corre con su falda del colegio, no la veo adulta, la veo como se manifiesta en mis tiempos de felicidad. Cuando se pierde en un punto luminoso, siento la garganta terrosa, inflamada, me duele pasar saliva y toco mi frente para medir mi temperatura. Lo que pareciera flema busca salida y comienza a moverse, siento unas extremidades que empujan las paredes de mi carne hasta sobresalir, no tengo más que abrir la boca, pero no lo hago, un aleteo que busca brotar es estrujado por mis dientes y lengua hasta que despierto. Amanda está parada frente a mí al lado de la cama y llora. Esta vez llora.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Viernes, 18 Octubre 2019 15:09

El manchado / Said Ramírez /

 

El manchado

Said Ramírez

 

Editorial La Tinta del Silencio

Ciudad de México, 2019

Cómo cazar al tigre

 Colección La nave insólita,

 

Era muy noche cuando llegó una patrulla del ejército a El Responso preguntando por el alcalde. Resonaban disparos de fusil y el aire de aromas naturales se llenó de olores extraños traídos de otras tierras. Los uniformes de la tropa se adherían a sus cuerpos despidiendo un vaho acre de sudores de caballo. La selva se sumió en un silencio inquietante como esperando la lluvia y hasta el viento se refugió en lo más recóndito de la quebrada. Los habitantes, sorprendidos en su sueño,comenzaron a prender antorchas y bajaron hacia el camino como un intermitente enjambre de luciérnagas.

 

—No queremos lastimar a nadie —habló un sargento—. Tenemos la orden de recoger todas las armas de la región. Al que después se le encuentre con un arma… ¡Se le fusila y listo!

 

Había desasosiego en las miradas soñolientas de los campesinos que observaban con temor a los uniformados. Don Manuel Quiñonez, el alcalde, se comprometió con la tropa a que todas las armas serían entregadas.Por toda explicación le dijeron que era para prevenir una asonada socialista en aquella región. Junto a él caminaría la patrulla, casa por casa de los habitantes, decomisando las retrocargas y escopetas viejísimas con que cazaban. No sólo fueron armas lo que se llevaron, sino que hicieron matar a una ternera para llevársela por pedazos a su guarnición, además de cargar con gallinas y cerdos ante la impotencia de sus propietarios.Fue así como El Responso se quedó sin armas de fuego.El único que se salvó del decomiso fue Gabino Torres, el dueño de la cantina de la zona. Enterró su carabina bajo la tierra húmeda antes que la columna llegará, y no por intuición, sino por aviso de un comerciante errante que se emborrachaba en su negocio. Una nueva costumbre se haría crónica desde aquella fatídica visita de los militares: ir a pedirle prestada el arma a Torres.

 

—Don Gabinito, présteme su carabina pa´ tumbar

un cerdo del monte.

—Don Gabino, el tigrillo se está comiendo las gallinas, présteme su arma.

Pronto comenzaría a arrendar el arma a precios cada

vez más elevados. Fue por aquellos días que hizo su aparición un manchado que se convertiría en el azote de El

Responso. El escaso ganado doméstico de los pobladores

aparecía destrozado y sin una gota de sangre cada mañana.

—Como sabe el animal cuando no hay escopeta,

carajo…

Comentaba Don Víctor Sánchez, hombre de respeto, con los vecinos que narraban entre sollozos la

muerte de los vacunos.

—No se sabe qué azote es peor… Primero los militares y después el tigre.

El félido hacía alarde de su fuerza arrastrando toretes que lo triplicaban en peso a lo largo de varias cuadras. Silenciaba cerdos triturándoles el cogote entre sus fauces. Su mayor placer era triturar el cuello al ganado y beberse la sangre fresca del animal todavía vivo. El cuerpo, casi completo, quedaba para los carroñeros en algún lugar de la selva. Varios lo habían visto y jurarían, como Don Víctor, que nunca hubo otro tan grande y tan hermoso. Pero con los machetes y lanzas era imposible frenar al animal. La gente se limitaba a ver con impotencia los restos de sus mejores terneras y cerdos desperdigados por sus chacras.Montaron rondas de diez colonos armados con lanzas y machete al cinto, pero la astucia del felino siempre era mayor. Impusieron el sistema de los silbatos y el colono que sintiera el gemido de uno de sus animales, debería dar la alarma a sus vecinos más próximos para que acudieran a perseguirle. Todo fue en vano. El manchado se ponía a salvo en la selva virgen, desde donde acechaba los pasos de las rondas desconcertadas.

 

—Debemos de ir a Quito pa´ comprar escopetas —

sugirió Don Víctor a la autoridad de Manuel Quiñonez.

—No deseamos a la tropa por acá de nuevo —respondió.

—¿Y qué hacemos con el manchado?

—Pídanle su arma a Torres… Que se las alquile…

Pero cada vez que el manchado era cercado y acudían al negocio de Torres, más tardaba en llegar el

arma que el tigre en romper el cerco y huir al monte.

—Hay que fabricar trampas —comentaba la gente.

 

Una mañana, Don Víctor Sánchez pidió ayuda a tres de sus vecinos más cercanos para cavar un hoyo profundo, casi un pozo. Demoraron hasta el atardecer sacando lampadas de tierra húmeda, creando una fosa de cuatro metros. La ocultaron con hojas de plátano y de una alfombrilla. Improvisaron al siguiente día una reja de madera rudimentaria. Entrelazaron ramas resistentes y dejaron descansar el armazón al lado del pozo cubierto. La ubicación era la ideal: al pie de la cerca del corral donde encerraba al ganado.

 

—Ahora sí va a caer el muy desalmado —se dijo.

 

Iniciaría para él una serie de noches de insomnio y de vigilia con el rejón calzado entre sus toscas manos de labriego. Consumió considerables cantidades de café para no dormirse y fumó más de la cuenta. Luego de ocho días de esfuerzo inútil, decidió que su ganado no era del gusto de la fiera y durmió normalmente. Se esfumaría otra semana sin novedad. No volvió a preocuparse del manchado.Una noche en que la cosecha de la uña de gato había agotado sus fuerzas y la lluvia transformaba en lodazales las tierras de descanso, escuchó ruidos extraños en el establo. Las terneras se embestían tratando de salir contra la mohosa cerca de troncos en un desesperado intento de huir. Avanzó en la oscuridad con el machete en la diestra hacia la trampa y empujó sobre ella la armazón de maderos entrelazados que había preparado. Su mujer le lanzó una antorcha. Ante la luz irregular de la tea, resplandecían los ojos amarillos y el lomo brillante del predador. Sonó desesperado el silbato varias veces hasta que le contestaron de los predios vecinos. Para reforzar la trampilla de madera, colocó una enorme piedra encima. A la media hora se veían hileras de antorchas dirigiéndose a las tierras de Don Víctor. El manchado se encontraba en una sola posición, taciturno y con la mirada hacia su posible salida. Pronto cambio de actitud fisgoneando las paredes del cráter profundo. Quiso escapar embistiendo la reja a saltos, pero se lo impedían los hombres parados sobre el armatoste y la enorme piedra.

 

—¡Hay que matarlo de una vez! —gritó uno de los

hombres.

—¡Tito!... ¡Anda tráy la carabina de Torres! —le indicaron al niño.

—¿Y si él negocio ya está cerrado?

—Tócale la puerta con piedra, pues, sonso… ¡Corre!

 

La algarabía era general. El azote de El Responso había caído. Severo y majestuoso, optaba por fingirse indiferente ante la muchedumbre que lo iluminaba con teas. Trajeron guitarras y tambores para matizar la espera del arma. Bebieron y fumaron durante casi dos horas y el rifle no llegaba. Por fin regresó el niño jadeando.

 

—Dice que no presta, sino alquila… No quiere saber nada si nuay plata.

—Velo pues al maldito ese…

—Hay que usar lanzas.

—Con rejón nomas hay que matarlo…

—¡Clávenlo! —gritaba la gente.

 

Pero se darían cuenta que la longitud de las lanzas no era suficiente y el animal esquivaba con facilidad las estocadas. Realizó vanos intentos de empujar la armazón de palos y consiguió hacerles perder el equilibrio por un instante a los captores que se encontraban allí parados. Fue inútil.

 

—No se deja el manchado. Nuay como clavarlo.

—Pendejo, carajo…

—Dale pué…

 

Hasta que Don Víctor se acordó del techo que había estado calafateando con brea esa tarde. Recordó cuando en Quito vio a un crío meter la mano, por accidente, en la brea caliente; se la sacaron en esqueleto. “No quedo absolutamente nada”, pensó.

—¡Ya sé, burros!... ¡Lo mataremos con brea!... — exclamó.

 

Fueron en busca del cilindro aún tibio y lo trajeron cargado en un palo. Encendieron fuego suficiente para un último hervor. El tigre, mientras tanto, miraba calmado hacia el exterior.

 

—Ya está… ¡Ábranse de ahí!

 

Muchas manos con trapos transportaron el cilindro hirviente para derramar el denso líquido sobre la reja que cubría la trampa. Pero en el preciso instante en el que él líquido abrazador estaba por brotar, se oyó un aullido poderoso, casi humano, y la fiera escapó con reja y todo de un salto. La proximidad a la muerte había creado fuerzas descomunales en el animal. La efímera sombra desapareció en la oscuridad de la noche y la selva se puso tan quieta y silenciosa como aquella vez que llegó la patrulla.

 

—No ha muerto… ¡Está vivo!

—Es el Mandila…

—El mismo demonio será…

—Anden cojudos… ¡Qué demonios ni que carajos!

¡Busquen su rastro! —gritó Don Víctor Sánchez.

 

Confirmarían después de una larga búsqueda lo que todos temían: no había rastro alguno del manchado.Solo sombras en el camino; sombras como tentáculos de pulpo que acechaban junto a los árboles. Quedaba el grito del búho agorero y cruel, grito que asusta como el trágico fulgor de una puñalada. El silencio se apoderó del pueblo nuevamente. Solo el viento tosía de vez en cuando con su toz de tísico…

El azote había comenzado.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

El mundo en tus manos

Ramiro Padilla Atondo

 

Eso pensaste a los 18 años. Que tenías el mundo en sus manos. Saliste del rancho   con mentiras, dijiste que ibas a Tijuana a trabajar en la maquila. Pero era mentira. Lo tuyo  era el desmadre. Te gustaba lo de ser pesado. Ya te imaginabas la troconona, las fiestas interminables con viejas bien buenas y las pacas de billetes. Pero nunca te dijeron que también había una alta posibilidad de que te murieras.

El policía que examinó tu cadáver se acordó de ti. Y no porque tuvieses algún rasgo extraordinario, sino porque aquel día que tu cartel hizo una demostración de fuerza en la revu se tuvo que esconder. Se acuerda clarito porque les hablaron por el radio. Les dijeron que se abrieran porque ustedes no se andaban con mamadas. Que se cubrieran porque eran un chingo.

 Te bajaste  emocionado porque fueron esos instantes  los que te hicieron sentirte poderoso. Eras parte de algo, de un grupo importante al que hasta las autoridades le tenían miedo. Ya habías practicado un poco con el AR15. Todavía no te acostumbrabas a su peso pero fingías que pesaba lo que pesaba una pluma para que no dijeran, mira el plebe, no sabe limpiarse el culo y ya trae cohete. El policía sabía que lo podían rafaguear. Se quitó la pistola y la camisa del uniforme, dejó todo en la patrulla y corrió a refugiarse  a una casa de cambio. Ustedes llegaron como en treinta camionetas. Ni siquiera ocultaban el rostro. Eran tan poderosos que se podían dar el lujo de mirar a la gente a la cara con toda la desfachatez del mundo. Y ese era tu rostro. El de alguien que prueba por primera vez el poder. Aunque este fuera limitado; te sentiste vivo, con el mundo en tus manos.

Y el policía te miró porque cuando saltaste de la caja del pick up no traías siquiera zapatos. Andabas en huaraches. Los sicarios en Tijuana siempre han presumido de sus gustos estrafalarios, botas de piel de avestruz, de cocodrilo. Enormes cadenas de oro. Les valía madre. Querían que se enteraran que andar en la maña es redituable.  Tú eras tan inocente que ni siquiera habías reparado en ese detalle. Tus pies estaban prietos del sol del rancho. Por eso ahora, un par de semanas después el mismo policía te reconoció. Traes los mismos huaraches.

Estás lleno de plomo. El policía salta según él entre los casquillos. En la mano izquierda traes el AR15. El brazo derecho reposa contra el  pavimento. Estás tirado en la misma posición que un cristo sangrante, con los brazos extendidos. Y mientras el policía marca el contorno de tu cuerpo con gis, la gente se acerca de a poco al lugar de la balacera. No eres el único cadáver. Otros chicos de tu edad yacen desparramados sobre la calle. Algunos más han quedado en situaciones imposibles dentro de los carros.

En la tarde te llevarán a ese lugar maloliente, el Semefo. Como no tienes ninguna identificación vas a terminar en la fosa común. Y en pocos días, alguien muy parecido a ti, tomará el camión a Tijuana, para convertirse en estadística.

Publicado en NORTEC
Miércoles, 25 Septiembre 2019 05:49

LA VENTANA. / Viviana Carvajal. /

 

 

LA VENTANA.

Viviana Carvajal.

 

 

¡Siempre he estado aquí! Vacío llenando vacíos… espacio al recibo de espacios. Flanqueada en la inercia de los tiempos por cuatro poderosos brazos. Testigo activo de todo cuanto ocurre dentro y fuera de los muros que me contienen. Siempre he estado aquí, Ellos no. Sólo hemos coincidido en los instantes en que mi oquedad ha podido llenar la guarida de sus ansias y penas. Sus afectos han cambiado, se han dormido siendo amables y despertaron siendo ajenos.

Mi primer encuentro con Ellos fue queriendo llenar su corazón. Más habiendo concebido un hijo, los encontré ocupados. El único hueco que descubro está en ellos mismos, cuando recargan en mí su mirada gris y sus ojos como peces alargan la vista más allá de lo que el don de mi oblicuidad me permite alcanzar. Él, su índice y su medio van del cenicero a sus labios y de sus labios hasta el centro de sus suspiros. Ella, su vientre y sus rodillas pueblan de rocío la almohada y sus espacios interiores.

¡Cuántas veces en la transparencia de mi espacio han buscado el plateado resplandor de estrellas sobre el adoquín! ¡Lagos de luna y ríos en las calles húmedas de escarcha y llanto! El cristal de mi vestido se confunde con el ropaje de su tristeza y el total abandono. La pared que me sostiene: gruesos muros remendados y pintados tantas veces que ocultan por decoro las historias. Ella de pie, yo, depositada en la ausencia que de ella misma hace ella misma, me convierto en mensajera y la veo morir a cada instante. En su rictus de dolor descubro mi puesto de vigía. Contempla caer la tarde. La languidez de su mirada serpentea y se detiene en las figuras que al amparo de las sombras se prometen eternas. Con la llegada del anochecer, llega también el anonimato. Desde su acomodo, la calle se alarga hasta perderse.

Fuera de casa, una enredadera cubre partes del deterioro que ensombrece la fachada. Sus hojas tienen los tonos del limón y la pradera, y son sus puntas semejantes a las de una bailarina. En las formas caprichosas con que se sostiene altiva asoman, albas y pequeñas, las flores que inocentes anhelan completar el eterno ciclo de la vida. Él aguarda en su propia oscuridad. Yo puedo encontrar mi camino en el hueco que ha dejado el licor dentro de la botella. Todo se distorsiona desde aquí y el rostro que antes parecía bello, ahora tiene el metal de su mirada perdido en la distancia que hay desde su sitial hasta la cama donde Ella posa. El horizonte se dibuja entre sus dedos en el ir y venir del cigarrillo.

Los pliegues del cortinaje se deslizan con la brisa del amanecer invitándome a suplir con mis cuencas, sus lunas pasajeras. Vibran las notas del deseo y dentro de sí, destinan mi morada. Como si el sol quisiera participar en la danza del arrebato, resplandece; y junto a ellos, soy juguete del amor entre sus rayos. Se repite, se desdobla, multiplica y vuelve a casa, al rincón de los alivios, al traspatio del mañana, a las voces del sollozo que desgarra los recuerdos. Los amantes destierran el adiós continuo y eterno. Ya no hay brincos, y un descanso inesperado hace un alto manifiesto entre las sábanas. Observo de soslayo las figuras que se esfuman entre la pintura y sus capas. Me sorprenden ojos y tristes alas, ¡largas alas fugaces que se pierden entre los caprichos de otras formas!

Siempre he estado aquí. Son las sombras las que se han marchado. Es el viento que ha movido las íntimas honduras de mi yo aferrado al espejo de otros seres. ¡No habrá más camisas de fuerza en cada espacio, en cada amor que reúna, en cada amante que castre o en cada diluvio

que beba! Demandaré mi sitio al atardecer de mis mañanas y al amanecer de mis recuerdos: ¡todo! Mientras tanto… ¡sigo aquí!

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

UNA EXTRAÑA PETICIÓN EN UN PIANO BAR.

M.G. Olvera.

 

 

Te costó más de cuatro décadas deshacerte, o acaso todavía no, de los prejuicios heredados por tu madre; porque cuando estabas cruzando el portal y te recibía una chica de breve falda y profundo escote, recordabas que el pecado es un invento redituable, que allá donde estaba tu madre, se repetía día a día. Sólo veía al altísimo y escuchaba al mismísimo Handel dirigiendo la orquesta de ángeles y querubines interpretando El Mesías.

Ella, entrenada como estaba para detectar mojigatos de cartera abultada, cogió tu brazo. Imposible evitar el calosfrío que recorrió tu cuerpo al sentir la carne firme y cálida de su pecho izquierdo junto a tu brazo mientras te conducía en la semioscuridad del bar. Te ofreció la diminuta mesa que quedaba oculta tras el cubertero de los meseros, te sentó a contraluz y frente a ti apoyó los codos en la mesa al tiempo que juntaba sus manos provocando alevosamente levantar sus pechos.

Mientras intentabas desviar la mirada de su hipnótico escote, con voz juvenil llamó al mesero. Él te reconoció de inmediato, y ofreció una disculpa al tiempo que con un ademán le indicaba a Ella que se retirara. Bajo el efecto de su par de prominencias y en un intento de seguirla, con torpe movimiento tumbaste la mesa. El ruido atrajo las miradas que te llenaron de pánico; tropezaste con una de las patas y poco faltó para que cayeras encima de una mujer de considerable volumen que te miraba con desprecio; los rápidos reflejos del mesero los salvó a ambos. Acomodaste tus gafas y, vacilante, te dejaste conducir por él hasta la lustrosa barra donde te recargaste sintiendo de pronto un agudo dolor en el tobillo. El sonido de los hielos en el vaso que acercó el barman despejó tu mente. Levantaste la cara y en el reflejo de la vitrina del bar buscaste a Ella. La misma treta que hacías de niño en la sala de la casa donde vivías con tu madre y tu abuela, para mirar el carnaval. Aquella casa en Manuel Velazco 803, de grandes ventanales y gruesas cortinas grises. Te estaba prohibido siquiera asomarte a la ventana. La música tropical, el pecado, los carros alegóricos, el pecado, la gente paseando, el pecado, Juan Carnaval, el Rey Feo, los vendedores ambulantes, los turistas bebiendo, el pecado, las comparsas, los hombres y las mujeres semidesnudos bailando, el pecado, las mujeres de suaves curvas, el sudor sobre sus cuerpos bronceados, el pecado, tu madre y tu abuela horrorizadas alejándote de la ventana.

Se juntaron tu mirada y la de Ella al tiempo que el administrador te indicaba por dónde subir al reducido escenario. Sentado frente al piano sentiste el hormigueo en tus dedos, y al alma regresar al cuerpo. Te olvidaste de Ella y tocaste, tocaste para ti, tocaste hasta que el abucheo fue tal que el administrador tuvo que subir al escenario para pedirte que intentaras con otra canción.

—¿Otra canción?. Preguntaste asombrado. Solo traje las partituras del concierto Número 21 de Mozart.

—¿Las partiqué..?— Preguntó al tiempo que fruncía el entrecejo y levantaba su ancha nariz. La rapidez con la que cambió su rostro, cual si se hubiese puesto una máscara para voltear hacia los clientes que esperaban que bajaras del escenario, te heló la sangre. La cara de odio de tu abuela al acercarse a ti, y de completa adoración al instante siguiente para contemplar a tu madre. Tu instinto de conservación te ordenó correr escaleras abajo, pero tu adolorido tobillo no obedeció; quedó torcido de tal manera que el astrágalo casi rompe tu calcetín de vicuña.

Fue Ella quien reconoció en tu mirada el dolor intenso; subió al escenario y te entregó un viejo violín. De pie junto a ti atrajo las miradas del público. Cuando el silencio se hizo fue Ella la que, primero tímidamente y después dominando el piano bar, cantó. Como víctima de un hechizo sentiste el hormigueo en tus dedos y una corriente recorrer tu médula espinal.

El efecto del Requiem aeternam dona eis, Domine et lux perpetua luceat eis siempre te ha hecho levitar; levitar y olvidar al resto del mundo. Olvidar a tu abuela, a tu madre, a tu abuela embelesada frente a tu madre desnuda, y tocaste, tocaste para ti. Ésta vez no hubo abucheo, el asombro dominó al público y cuando, exhaustos tú y Ella, dejaron flotando en el escenario la última nota, fue la mujer de enorme volumen la que, de pie sobre la mesa los vitoreaba. Como salido de un letargo, poco a poco fuiste consciente de lo sucedido. Ésta vez pudiste levantarte y sin soltar el violín bajar del escenario para contemplar a Ella desde abajo. Fue ese gesto tuyo el de darle todo el crédito a Ella el que hizo que las demás mujeres que lo presenciaron te cercaran hipnotizadas. Poseso como estabas, de la figura de Ella en el escenario, no sentiste la humedad de los labios ni las manos impúdicas que tocaron tu cuerpo. Fue solo hasta que el administrador con voz de maestro de ceremonia, pidiendo una ovación para el recién descubierto dueto, rompió el hechizo. De nuevo fuiste el blanco de las miradas. Te faltó aire y te flaquearon las piernas, y otra vez la oportuna intervención del mesero te salvó. Ya en la barra y con un torito en la mano pudiste soportar la cercanía de Ella. El estremecimiento que provocó su aliento cálido cercano a tu oreja se convirtió en rigidez completa que sólo pudo vencer el asombro que te provocó la más extraña petición que alguien te hubiera hecho.

Con un fino y estudiado movimiento de su mano, fue la mujer obesa la que levantó tu quijada para cerrar tu boca; con delicado tacto te retiró las gafas empañadas. Por reflejo natural parpadeaste repetidamente y, girando levemente tu cara en movimiento zigzagueante, contemplaste alternadamente los rostros de las dos. Una mirada de complicidad había en ellas. Tu desamparo y el alcohol se combinaron. Volviste a no existir entre las dos presencias. Tu madre en éxtasis reposando en el chaise longue; tú sentado con los pies de tu madre sobre tus piernas y tu abuela hincada sobre la alfombra de chenilla lamiendo los pezones erectos de aquella.

No fuiste capaz de negarte, te resignaste al destino de la insignificancia; las seguiste al fondo del piano bar. Entraron por una puerta que conducía a una bodega oscura, ibas detrás de ellas. En el umbral dudaste. Con un movimiento grácil de su hombro Ella te animó a seguirlas; hipnotizado por su mirada avanzaste. Con su enorme cuerpo la mujer te impedía retroceder, Ella se acercó a ti y pasó sus manos por detrás de tu nuca; el filo de sus uñas en tu cuero cabelludo te provocó una corriente eléctrica que recorrió tu cuerpo desde el lóbulo parental hasta el calcáneo. Tu adolorido cuerpo, presa del deseo no satisfecho y prensado entre los cuerpos, creció hasta no caber en tus Hermes. Fue Ella la primera en notarlo. Con cara de fingida inocencia se apartó de ti para soltar la cinta que sujetaba su abundante cabello, con apretado nudo la sujetó a tu nuca; se aseguró también de que tus ojos estuvieran cerrados bajo la cinta. La sangre bombeaba dentro de ti; parecía reventar tus oídos y no te fue posible escuchar los pasos a tu alrededor ni identificar de dónde procedía la voz de Ella cuando te pidió que la besaras; sentiste unos cálidos labios sobre los tuyos y un líquido caliente bajar por tus piernas. Tu abuela encolerizada obligándote a permanecer de pie sobre el charco de orín que dejabas en su amplia habitación cuando con su lengua recorría la entrepierna de tu madre, y tú debías repetir sin parar el Ave María.

—¡Qué asco! Escuchaste decir al tiempo que de un empujón te tiraron al piso.

 

 

 

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

MICRORRELATOS PARA LEER UNA NOCHE LLUVIOSA

 José N. Méndez

 

ANIVERSARIO

 

- Esto es una soberana estupidez, bailar el día de tu aniversario de bodas es lo más normal del mundo – Protestó Doña Eloísa mientras el policía la esposaba.

- Pero no a mediodía sobre la tumba de su esposo, señora – Le aclaró el agente.

 

REMAKE

 

Era demasiado tarde ¿Cómo explicarle al mundo que Santa Claus se había convertido en el almuerzo del “Coco”? Y todo por anhelar una festividad distinta a la más importante de su reino.

 

No había tiempo para lamentos, afuera las hordas de Jack Skellington fracasaban en la distribución de regalos, pero daban crisis nerviosas e infartos a granel.

 

EMPRENDIMIENTO

 

Poco importaba el aporreo que se estaba llevando por parte de los elementos de seguridad; nunca lanzó un escupitajo de manera tan gustosa como aquél que se estrelló en el rostro del que durante 10 años fuera su jefe y al que hoy presentaba su renuncia.

 

Según sus cálculos, el insomnio que desarrolló debido al estrés laboral y el inmisericorde estado de ansiedad que ya llevaba consigo desde la adolescencia; le había dado suficiente materia prima como para vivir de la venta de las ovejas que estuvo contando para combatirlo.

 

SEXENIOS

 

Entre los más adeptos a teorías de conspiración se corría el rumor de que los moradores con el paladar menos refinado de la nación NOPASANADA, le eran suministrados nanoborradores de memoria que se alojaban en su sistema nervioso gracias a que podían confundirse fácilmente con el sabor del queso de puerco en una de esas tortas típicas de evento político; estos estaban programados para activarse cada seis años y orillarlos a repetir sus errores, elección tras elección.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

 

La Ciudad Efímera y ese raro Espejismo que es Auror.

Waldo Contreras López

 

 

"Es soledad antigua,
soledad de mí, de la mitad que soy siempre.
Pasando sin quedarme.
Soledad de niño que crece.
Soledad de adulto.
Una furiosa soledad de vino tinto
que se hace viejo, diariamente"

AE Quintero.

 

Las ciudades nunca le gustaron tanto como para sostener la idea de que se podía vivir mucho tiempo dentro de alguna. Esa niñez. Lo mas que estuvo habitando en alguna calle ciudadana fueron escasos nueve dias en una urbe fronteriza, en la parte mas septentrional del pais. Auror siempre se recuerda mas bien sobre la vieja chevrolet vans de su padre, devorando kilometros y kilometros; siempre dejando nada atrás; siempre huyendo quien sabe de qué. Bella ignorancia. Un niño que nunca hizo preguntas pues sus padres tenían mas tensas preocupaciones que tiempo para dedicarle al menos una caricia, mucho menos unas palabra y menos aun, una respuesta. No era necesario preguntar siquiera. Se acostumbró a jamás tener amigos, a nunca conocer las empatías y jamás elucubrar una certeza. Auror miraba pasar el tiempo a través del zumbido de los coches, la acuosa reverberación del sol reflejándose en el asfalto, el adiós de las luces de una ciudad anónima y la bienvenida de la otra. "You say goodbye, i say hello; hello hello". Le gusta mucho esa canción. Recuerda a su padre cantando siempre con la vista en el camino, sosteniendo el mundo por medio del volante, la parte trasera de su cabeza; su nuca y ese cuello delgado y tierno, pálido y de piel como gallina desplumada. Los beatles y su padre en intentos enajenados para paliar esa inocente soledad de las pocas certezas de la noche. El canto de su padre era triste, distante y aún más solitario que la intemperie. A Auror por eso le daba un poco de desconsuelo y mejor miraba por las ventanillas. Se preguntaba porqué siempre corrían de noche. Esperaba encontrar respuesta en las luces lejanas que atisbaba a traves de los vidrios de la vieja camioneta: "adiós", decía al darse cuenta que aquella lejana luciérnaga se llevaba su interrogante a través de la velocidad. Adiós, decía; y se sobreponía al desengaño buscando mas luces pasajeras. Un dia se puso a imaginar mundos, hogares y personas tras la helada pantalla de la noche y con esto encontró consuelo. "dentro aquella luz hay un hogar; un papá y una mamá. Hay un niño por allí esperando un postre, un abrazo o un largo cuento para dormir. esos papás son buenos. Quisiera tener un par de señores así, conmigo". A esa edad temprana creyó de verdad que el camino un dia se acabaría en un bonito y populoso lugar o, al menos, en una buena casa con un patio enorme para jugar con sus familias imaginadas. Eso nunca sucedió al lado de esas personas tan distantes. Auror no estaba harto de su vida pero aquellas ensoñaciones al menos le daban la respuesta que sus padres le venían debiendo acerca de los devenires en esa carretera. Podía decirse que le gustaba el camino y con el tiempo esto se hizo amor y a las ciudades les tomó recelo. Su madre siempre decía que entre esas calles habitan bestias dispuestos a aplastarlos. -"Algo de sabias tienen las madres" -se dijo años después -"ellas saben todo sobre los hábitats puesto que nos incubaron durante meses dentro de ellas"

Un día, esa mujer de piel blanca y ojos marrón se murió. Su padre dijo que de un mal susto. Le dijo que se murió de miedo. Desde ese día, ya no se detuvieron en ningún lugar en donde hubiera más de diez casas. Tomaron los caminos del desierto y ya nunca regresaron a las ciudades. El día de la muerte, entre las últimas horas de sosegada agonía, su padre le contó que en algún lugar cerca del mar había un tesoro enterrado. Le dejó un legajo de papeles y entre estos habia un mapa graficando de forma grosera e infantil el lugar donde estaba esperándole la riqueza. Estaba también, escrita con tinta azul de bolígrafo corriente, la explicación de sus orígenes. Sus padres eran hermanos entre sí y fueron perseguidos desde su procreación por el repudio familiar, las amistades y la moral de una sociedad amante de los tabúes, los pecados y esos castigos éticos de la buena vecindad. Desde entonces huyeron avergonzados y convencidos de que el peso de su sangre no los dejaría en paz ni con el fin del mundo, ni aun cuando el mismísimo Dios bajara del trono para redimirlos pues, sabido es de la errónea concepción que la gente le viene otorgando a ese ente quesque creador de todo lo visto e invisible, lo que es y lo que tiene que ser. Veían y trataban con recelo al producto del agravio y no lo veían como un hijo sino mas bien como una luz inocultable que tenían que explicar. Intentaron evitar la explicación poniéndole un nombre adecuado para la argucia. Fue su madre, a quien en un largo viaje de asfalto y mariguana se le ocurrió el nombre: Auror. Fue bautizado con arena de la Reserva Del Pinacate y al ritmo de My Wild Love, de Jim Morrison. "agnus deus, quitolli Peccata Mundi" dijo su madre, y lo bañó con esa ardiente lefa dorada y vitrea.


Auror conocía mucho, por boca de su madre, de la índole falsa y traidora conque mucha gente suele conducirse. A su padre le escuchaba muchas historias inventadas. Creyó que esta era otra de esas cosas de ficción. Creyó siempre que todo eso en los papeles y esa relación prohibida era una mentira tejida sin mucha aguja para que siguiera rodando por el mundo buscando una fantasía y vagando sin amigos, padres y hermanos. Una venganza parental contra él por no permitirles vivir a este hombre y esa loca mujer a modo: sin urgencias, idas, venidas y sobresaltos nocturnos. "lo peor del incesto fraterno es procrear un hijo. Pero del incesto se debe esperar poca cosa buena y larga" -le oyó decir a su padre en un soliloquio de sobre cama. ¿para qué detenerme? -se preguntó al sepultar a su padre bajo el desierto. Nunca los extrañó pues no sé puede extrañar a los extraños. Nunca le hicieron falta y lo mejor: Auror nunca se dió cuenta de esto. Vagó durante algunos años viendo como el tiempo se desgranaba hasta que esté le dejó el corazón como una piedra pelada: al ras del pellejo. Ahora, hecho ya un hombre de treintaidós años en su cabeza, al fin había decidido detener las manecillas de su brújula sin norte. Lo del tesoro era cierto: tres costales de monedas de oro que estuvieron ocultos bajo tierra durante la larga travesia a bordo de coches desvencijados. Dinero robado a sus abuelos. Levantó una vasta edificación a setentaisiete kilómetros de una gran urbe. Construyó aquella enorme casa en la parte más alta de la vertiente montañosa que da cara al infierno amarillo oro. Desde ahí se dedicó a extender su circunscrito imperio de pacotilla para empezar a imaginar gente feliz. En el día extraviaba sus ojos en el deslumbrante espejo de la Laguna Salada que en las noches se transforma en un enorme lienzo blanco, acogiendo la luz de la luna. Más allá, está la mole hecha de luciérnagas haciendo volar sus anhelos más emotivos. Una hermosa via láctea hecha de niebla, polvo y smog. Le gusta ver cuando de ese dentro salen y entran los ojos vivaces de los coches y esto le hace recordar los viajes silenciosos con sus padres huyendo del agravio, el pecado y el castigo. Ellos una gente exiliada como los antiguos hijos de Abraham o de Sodoma y Gomorra. Estatuas de Sal hechos de la arena del desierto. "soy como Lot, observando el caer y resurgir de las ciudades" le decía a su sirvienta, una indígena de sangre cucapá muy condescendiente hasta con los grillos. Rosalía le contestaba entonces que asemeja más bien al milenario Centinela que resguarda la cordillera de rocas más que una estatua bíblica; un monolito humanoide atisbando el horizonte llano y amarillo con esa nostálgica seriedad. Ella, con un afán de falso interés le secundaba con historias de ancestros que atravesaron la inmemorial presencia de la laguna en sus pleitos con los apaches, soldados y otras enemistades antiquísimas, todas estas escaldadas por la rumia de la extinción inminente. Auror le contaba entonces sobre las miles, millones de historias que habitaban dentro de tantas luces. Le describía hombres y mujeres, hermosos y llenos de calidez. Niños y niñas felices dentro de hogares olorosos a pan y leche. Allá no existen las culpas. Pensaba. Allá no hay porqué huir. La extrañó poco cuando ella se fue. Supo que ya no estaba aquella oscura tarde de vientos de Santa Ana: la arena invadia la casa y el helar del aire besaba las paredes interiores. Rosalía tenía la costumbre de no cerrar las puertas, indígena y ajena a las manías ciudadanas de encerrarse tras pestillos y llaves. No se ocupó de ella pues sabía que al igual que él, jamás iría a buscar la ciudad. Por eso le interesó nada su camino. Pensaba en lo simple que sería tener un amigo que se ocupara de llegar-ir-volver de la mole ciclopea que tenía enfrente y le contara todo sobre esta para seguir enriqueciendo su delirio agorafóbico y plenarlo de cosas paradisíacas. La tierra prometida. Le urgía una persona que fuera lo contrario a la sopenca de Rosalía y sus historias maníacas y odiantes sobre extinciones de pueblos. Un hombre o mujer que le trajera noticias frescas para ir armando su ciudadela utópica. Así que se puso a esperar a tal persona. Veía como una luz se desprendía de aquella galaxia y la vigilaba hasta que la escuchaba zumbar bajo su ventana. Veía descender los enormes camiones de carga con sus tristes luces laterales, lentos y mugiendo como demonios que nunca le dedicaron una sílaba certera. Los ecos de esos gritos retumbaban en toda la montaña rompiendo el rumor exasperante de aquella masa gigante y señorial de rocas blancas; pero esos mugidos mecánicos nunca se detuvieron un instante a rebotar en los muros para hacerle sentir que algo había más allá que valiera la pena atravesar la puerta y bajar de la montaña sin volver la vista. No llegaba esa persona y de verdad comenzó a creer que la gente no existía ya; se le encogía el alma de pensar que se habían extinguido y nunca se dió cuenta cabal de aquello. Un día el esperado visitante llegó. Lo escuchó sobre la gravilla de la entrada: de un fulgurante Volkswagen sedán 67 color azul plomizo descendió un viejo flaco y alto, muy parecido al Quijote de Cervantes. Sus pasos eran los de un hombre que aún no se encontraba. Su piel era un desgaste despreciado por miles de personas: "me llamo Óscar y necesito me ayudes pues mi coche falla y no podrá ascender más por ahora" -le dijo. Auror lo notó trémulo, nervioso y con una urgencia de muerte en el hablar. Lo dejó pasar sin mucha esperanza. Óscar le habló durante días y noches sobre las mujeres: sus aromas diferidos, sus miradas de soslayo y satanistas, el abismo de sus muslos, el pérfido monte de sus senos y la llanura desértica de sus espaldas. Era un hombre recién abandonado por alguna mujer. Se fue al cabo de una semana dejándolo con la creencia de que las ciudades no son para hombres; con la idea de que esos puñados de luces son como aquella mítica y remota isla gobernada por amazonas: un lugar donde los hombres no deben entrar y salir ilesos.

Se le estaba agotando la utopía y le comenzaba a escozer la idea de que un lugar como ese ha de ser lo más aburrido del mundo. Comenzaba a ganarle de nuevo la costumbre de mirar las luces de los coches y a retomar la infantil tarea de atisbar una luz única en la oscuridad y divagar acerca de tridentes familiares perfectos cuando otro coche llegó: Un Mustang concept 69' color rosa metálico con tres mujeres muy jóvenes a bordo. Blancas corporaciones olorosas a hierba y humo. Con sus cabellos dorados, negros y barcinos. Con sus senos jóvenes, piernas sin piedad y el arco de la pelvis palpitando para lanzar un flechazo. Razón tenía Óscar para huir: un trío de cosas del demonio lejano a lo bueno, certero y sin algo que esperar. Las miró deambular desnudas por toda la casa. Las sorprendió retozando sobre su propia lumbre. Las vio florecer y rociar sus pieles. Las oyó carcajear y sus gritos en las noches le erizaban los cabellos. Ellas por su parte, no le tuvieron asomo de respeto y solo pretendieron antojarlo con sus hedorosos duraznos para jamás permitirle morder el postre almibarado de sus entrepiernas. Auror no sufrió nunca por ello pues no relacionaba las erecciones del pene con la humedad de esas bocas desdentadas y peludas. Un día, llegaron tres hombres bronceados como las piedras y se las llevaron aullando como lobos. Solo quedaron los ecos de sus estridencias eróticas. Iban felices, ajenas a sus horizontes cruzados por tormentas ocre y cactus acá y allá. Frente a la ventana sonreía y todavía los vio a todos decirle adiós cuando tomaron la última curva del descenso; levantó su mano y respondió sin saber bien de qué se trató todo eso. Caía la noche y siguió los ojos rojos del coche hasta ver que la ciudad los devoraba. Tardó mucho en reponerse bien del sobresalto. La sensación de vacío y enfermedad le duró nueve días, pero la tristeza se alargaba junto con las sombras de los picos más altos de aquella sierra, durante muchas tardes.

En la ciudad pasaban cosas que él no podía vivir. Jamás antes sintió lo que solo hubo escuchado de su padre cuando mamá murió. En esos días Auror conoció la soledad. Una primicia que le costaba trabajo conmutar, preferir y desechar. Al borde del derrumbe, vio llegar un fulgurante Coronet superbee. De este descendió un joven con chamarra de piel, botas negras, camisa blanca y pelo con corte militar. Se presentó y entro a su casa como si se hubieran conocido de toda la vida. Rigoberto tiene un carácter explosivo y llenó de ruidos la casa. Abría las puertas del coche y ambos se desvelaron escuchando a The Doors, Beatles, Creedence, Grateful Dead, Canned heat, Jefferson Airplane y The budos band durante muchas noches. Rigoberto estuvo casi dos meses acompañándolo. Auror empezó a conocer la amistad. Un día, ese loco compañero le ofreció algo sacado de una pequeña bolsa de polietileno. Le dijo: "inhala fuerte" -y auror inhaló. Sintió una euforia. Sintió deseos de gritar por primera vez en su vida. Deseos de correr, de volar. Estuvieron semanas drogándose y bebiendo alcohol. Auror se sintió junto al padre que nunca tuvo, cantando hasta el amanecer "Hello, goodbye". Un día le contó de aquellas mujeres y Rigoberto solo le contesto; "así son ellas: llegan y se van siempre; si regresan, jamás lo hacen igual y solo te echan un poco de lo mucho mal que vienen cargando". Así de triste es la vida -pensó- como el pasar fantasmagórico de los coches sobre el asfalto, veloces y sin dejar algo más que la vaga sensacion de esa fugaz presencia con su ruido, calor y ese aroma, esa estela que se va difuminando mientras uno suspira como para contenerlos un poco más debajo de la piel. Rigoberto hubo de irse un día. Se fue dejándole un poco más de esa certidumbre vivida antes. Hubiera preferido que no se despidiera como lo hiciera Rosalía aquel día de vientos de Santana. Conoció otro escalón de la soledad. Más infame y duradera esta. Más insoportable, inconmutable e inaplazable. Estuvo a punto de ir tras él pero Rigoberto remontó la cadena montañosa, del lado contrario al enjambre de luciérnagas: "voy a la esquina del mundo y quizás jamás descienda". Le dejó cincuenta bolsas de cocaína la cual, con cada inhalada, le hizo sentirse cada dia peor de esa cosa anudada en el cuerpo. No iría tras el aunque lo extrañara pues tomó un rumbo fuera de su mapa miserable. Un día vio llegar a un hombre a pie. Este no le dijo su nombre. Estuvo encerrado y expectante durante varias noches. Supo que se llama Pedro cuando la policía pasó preguntando por un fulano pintado en una foto. Pedro resultó ser un prófugo de la justicia: Un ex-pistolero de un gobernador del Estado. Había sido acusado de acopio de armas y lo vinculan con el asesinato de un periodista. Pedro le resultó agradable no obstante su manía de espiar todo el tiempo por las ventanas mientras le hablaba de la infinita variedad de mujeres que había en el mundo. Un día le dijo: "estás muy solo" y luego le mostró un álbum lleno de mujeres desnudas muy jóvenes. Hubo una que le recordó su niñez pues se parecía mucho a una niña que vivía de vender chicles en una estación de gasolina. Le dijo: "puedes quedarte con algunas. Yo ya las usé. Tengo que recurrir a estas engañifas pues poco tiempo tengo de parar y cortejar alguna. Mis enemigos me pisan los talones día y noche". De ahí en fuera le pareció un hombre de hábitos aburridos. Ahora que sabía lo que decían de él le pareció un hombre tan solitario como venía siendo el mismo desde hacía años: su manía de espiar el mundo por las ventanas y vivir de asuntos que no se pueden tocar con las manos y no existen más allá de las narices. Hasta le provocó ternura pensar en Pedro como un hombre que tenía que estar huyendo siempre con su álbum de fotos escondido en la chaqueta. Recordó a su padre. Lo extrañó un poquito; mucho comparado con la nada que siempre fue aquel hombre borroso que un día de noviembre lo engendró. Así que esto es a lo que se puede aspirar en las ciudades? Así que todo esto se trata de huir por siempre y las mujeres? Es que el mundo de los hombres no existe y debemos ser para siempre los errantes? -se preguntaba Auror. Mucha gente siguió pasando por su casa después de Rigoberto: lo visitó un evangelizador adicto y luego unos traficantes de armas; un asesino de esposas; un suicida fallido, un poeta nunca leído y una mujer abandonada; un hombre traicionado y un mancornador buscado a muerte por un marido ofendido; Un mormón canadiense sin siete mujeres pero con un pareja guatemalteco; un albañil muerto de hambre y una prostituta venida a menos a causa de un amor esquivo. Lo costo trabajo creer que esta fauna maldita pudiera existir y pervivir de formas tan al pairo. Así era imposible creer en una buena ciudad. Su difunta madre tenía razón: las ciudades no son lugares seguros. Las madres tienen razón pues tienen útero; esa cosa galáctica. Pero un día vio llegar el mismo coche donde llegaron aquellas mujeres de aroma aduraznado. Era la de cabello barcino. Se veía triste y desmadejada. Sus ojos mostraban el cansancio de vivir luces y sonidos de la ciudad. Parecía no haber dormido desde el día que partió con sus amigas húmedas y aquellos morenos como piedras. Ella no le dijo nada. Solo se desnudó ante su vista. Lo miró de forma rara. Auror comenzó a temblar como la flama de una vela atacada por la ligereza del viento. No supo nunca de que forma terminó con la falta del aliento, bañado en un sudor pegajoso, de aroma raro. No supo como llegó a ese estado de reflexión profunda y esa sensación de acabo del mundo. Se sintió borracho por un aroma que se le quedó enganchado en lo más profundo del corazón y la carne. Algo lo azotaba por dentro. Tuvo conocimiento de sí mismo hasta que escuchó la voz de aquella madeja de sensaciones:

-qué placer encuentras mirando siempre el desierto y estas rocas?

-encuentro siempre un lugar donde habitar. Veo la llegada y la ida de tantas cosas y entre esas ideas y llegadas siempre hay un mundo esperando para hablarme.

-por Dios, muchacho! Qué conoces del mundo si veo que tus manos son torpes y no encuentras ni mis labios ni mis dentros?

-Eres como una ciudad, mujer. En ti he visto luces que jamás imaginé existieran. Si se puede volar, esto es lo más cerca que he estado. Sentí en tu cuerpo como cuando sacaba el rostro por la ventanilla de la camioneta y enfrentaba el viento húmedo de la noche y este me asfixiaba de forma placentera.

-me doy cuenta que acabo de convertirte en hombre. Soy la primera mujer que abraza tu carne.

-eso pasó.

-cuantas veces quieras.

Ella se levantó de un salto y caminó hacia la ventana que daba a la ciudad. La luz tenue iluminaba su rostro y recortaba perfecto su figura espléndida. "Si es cierta la poesía, estoy muy cerca. Si se puede alcanzar el cielo con un suspiro ahora lo he tocado" -se dijo Auror, aún tratando de sobreponerse a ese cataclismo en el corazón con resabio a mujer. Se llamaba Nubia. Se quedó casi para siempre junto a Auror no obstante la lejanía conque sus ojos habitaban aquella palpitante enjambre de luciérnagas. No obstante el punto ordinario de las maneras de este hombre con nombre de mago. No obstante que ella necesitaba un buen fuelle para su maquinaria hecha de huesos, carne y humedales. Se quedó a pesar de que Auror era un perplejo y con una vocación muy arraigada por la soledad. Se quedó lo suficiente a pesar de que algo se quedó allá, lejos, donde habitan las luces. Nubia hizo todo lo posible con su corazón para que aquella relación no fuera un bodrio más en sus larga lista de desastres construida con una nómina que sin querer seguía cargando. Hizo lo posible para que el nombre de Auror no se le revolviera con los nombres de su lista inacabada. Un día Nubia se dió cuenta que le costaba medir sus sentimientos y la perspectiva de las cosas sin la presencia de este hombre. Una paz le invadió y al fin se sintió apropiada y propietaria de algo. Auror se veía feliz y sonreía cada vez más. Ambos habían descubierto esa rara afinidad sexual que todos buscan en el otro: mientras él encontraba habilidad en el descubrimiento, ella encontraba la maestría que le hizo falta en la cándida respuesta libidinal de él. No podían estar ya el uno sin el otro y cuando menos pensaron ya habían comido juntos durante cinco largos años que se fueron suspirando vertiginosos como el más largo de los orgasmos o los pasajes oníricos.

Pero la ciudad seguía torturando a Auror. Tenía una deuda con su pregunta de antaño y ahora tenía una compañera para ir a buscar la respuesta. Nubia se vio preocupada al principio. No quería volver jamás a la urbe que la malparió dejándola con el ánimo roñoso, escaldado y marcado por esas laceraciones que suelen provocarse algunas personas. Redobló su vocación para el amor y el sexo tratando de nublar el empecinamiento de aquel hombre pero a poco se dió cuenta que no lo lograría. Entonces, trató por todos los medios del discurso el convencer a aquel delirio infantil que en las ciudades no hay nada que sea más importante que el amor. Él solo guardó silencio y empezó otra vez a atisbar la ciudad por las noches y a buscar luces solitarias entre las hebras oscuras de la distancia.

-que no es suficiente? un día me dijiste que soy con mi cuerpo y mi vaho como una ciudad con la luz más intensa.

-lo eres. Pero te hace falta esa complejidad que suelo construir desde niño. Te hace falta completar aquello que no conozco. Eres también así como aquello en la distancia: Una cosa luminosa e imaginada.

Nubia se le fue encima poniendo su sexo aduraznado en aquellos labios que le clamaban. Ese pobre hombre terminó bañado en llanto.

-La ciudad real te hará llorar de formas peores.

-No creo que algo superé esto.

-como vas a saberlo si veo también que es la primera ves que lloras? No tienes nada para comparar.

-ayúdame a descubrirlo.

-Lo haré.


Nubia desapareció a los pocos días. Se quedó completamente desolado y con algo atorado en la garganta. Recordó algo de las últimas palabras de aquella mujer mojada: El nunca antes había llorado. Este recuerdo lo llevó a otro escondido bajo los relojes de arena que hubo dejado atrás. Recordó que su madre un día le dijo que había llorado mucho en su vientre. Le dolió no recordarlo y esto significó que el llanto que Nubia le provocará aquel último día del durazno en sus labios había sido el más grande de su vida. Extrañó entonces cada pliegue en la carne de aquella mujer; cada calosfrio; cada suspiro y cada sensación de ahogo que aquella flaca de piernas recias, senos duros, pequeños y vulva petrificada le prodigara. Extrañó su voz y la forma en que ella le miraba cada que la hacía caer en el abismo poderoso de la novedad, la necesidad, el apremio, la necedad y el aprendizaje. Se dió cuenta que estaba en los umbrales del enamoramiento y la dependencia de algo tan grande como el amor y las mujeres. Auror se estaba empezando a descubrir cómo un hombre. Un hombre como su padre quien sostuvo durante kilómetros el vientre famélico de su madre, partiendo el mundo en dos con el filoso cuchillo de granito que es la carretera y la seguridad pasmosa del volante. Un hombre como aquel gañán que nunca se rindió hasta que aquella hippie rubia se murió. Auror se perdió durante días con la vista sobre la ciudad: día o noche, no importaba. Aquella mole ciclopea se le volvió un abismo oscuro en vez de una parvada de luces. Necesitaba caer en aquello. La nostalgia se volvió desespero, el desespero se volvió necesidad, la necesidad se volvió ansia, la ansiedad se le transformó en enfermedad y la enfermedad se supervino en vértigo. El vértigo lo jalaba con su mano larga: caer en el abismo de una búsqueda sin lugar ni pista alguna.

Desempolvó la vieja Chevrolet Vans y una noche en la que los fantasmas cucapás que Rosalía describía estuvieron muy animosos provocando tolvaneras en la Laguna Salada, Auror partió rumbo a aquella ciudad de tabicretos en pos de su mujer. Dejó la casa encargada a Rigoberto quien hubo regresado a su órbita de planeta solitario después de haber cerrado chuecos y jugosos trueques en Tijuana. Le dió indicaciones que siempre mantuviera las luces encendidas por si acaso se perdía esta le sirviera de faro en este bello mar de arena.

Se sintió perdido al llegar a Mexicali, no por ser la primera vez que la pisaba y respiraba, sino más bien porque tanto resplandor le borró para siempre el rumbo de su casa la cual no podía atisbar desde esa distancia enceguecida por más que se esforzaba. No nomás estaba solo y desorientado sino que aún peor, estaba lejos de su fortaleza de concreto y ladrillos; peor aún, del aroma aduraznado de Nubia, el cual siempre creyó que era único, estaba embarrado por todos lados.Toda la ciudad tenía ese olor. Todas las calles están llenas de mujer, de mujeres como ella. Suspiró largamente mientras pensaba que no era él quien estaba en otro dirección entre tanta calle sino que era su casa la que había salido huyendo de él; que su casa había cambiado de domicilio a otro país y que él, era pues, la casa más solitaria del mundo, sin nada que le calentara.

Al principio se sintió abrumado por el ruido, la peste a cloaca, humo agasolinado y la nauseabunda soledad de los callejones hediondos a orina y excremento humanos. Tuvieron que pasar pocos días para darse cuenta del porqué de las ciudades. Se dió cuenta que le sería difícil encontrar al motivo de su peregrina aventura pues a poco encontró que el aroma de Nubia no era un rastro sino más bien la característica de las mujeres ciudadanas del desierto. Todas tenían ese olor invasivo a sudor y azúcar, un almíbar que se cocía a cuarentaiocho grados de temperatura. Rentó un cuartucho soporifero muy cerca del centro desde el cual no se podía ver el cielo. Se puso pues a vivir la ciudad llena de gente.

Camino la primera caída de la tarde en aquel cemento. Un expendio de burritos, un restaurante de comida china de la sexta generación de inmigrantes fundadores de las cadenas Chong-Delice. Hamburguesas americanas aroma a plástico. Pizzerías con horno de piedra como si no fuera suficiente reposar la masa en los mediodía que cargaban en sus vientos fuego a 52 grados de temperatura seca como las peñas superpuestas parecidas a los carbones de braseros, en la cadena montañosa de la Rumorosa. Los sobre ruedas vendiendo ropa traída desde las fábricas de Zapotlanejo exhibidas como marcas americanas importadas de San Diego o Huntington Park, L.A. Música Nortec y un idolo local borracho y metanfetaminoso llamado Juan Cirerol; Tacos de vapor (el único vapor real en el desierto además de las entrepiernas sudorosas femeninas que le dan a la urbe un ambiente marino) al ritmo de Chalino Sánchez, "El Gallo" Elizalde, los tigres del norte y el reguetón de Maluma, Daddy Yanquee y Pit-bull. Hombres tatuados y perforados, mujeres en micro-shorts y micropunto sonriendo como pendejas electrificadas del cerebro, pocos viejos y mucho niño armado; anhelos, sueños, mentiras a la americana y realidades crudas; negros cantando salmos afroantillanos sobre éxodos, rechazos, racismo a la mexicana; haitianos y hondureños víctimas de la puta Tijuana gay-gringo-xenofóbica y entre todo este maremágnum está persistiendo siempre Nubia, la perdida y recordada; la buscable, la del ahora aroma incierto.

"Dónde estás Nubia, caray?" Suena
"Olvídela compa", desde un taxi al pasar. En la acera de enfrente un viejo gringo baby boomer suena desde su tienda de acetatos "girl of The North country" Un vagabundo jadea con el gesto desencajado y tez pálida sentado en la acera mientras murmura entrecorto para sí: "no. No es nada. Solo es un poco de café con alcohol. No me estoy muriendo"; una mujer flaca como una rana disecada al rayo del demonio grita: "Dios! Apaga este horno del infierno, me siento como un bollito que nadie quiere comer"; Luego, vio a una loca prostituta sentada sobre la acera más mugrosa, tan mugrosa como ella al grado que parecían ser una sola cosa con un peso poderoso en aquel rincón del mundo. La mujer vociferaba con dolor: "por favor! Ayuda! Una moneda para ir con un médico y me desentierre este picahielo que traigo ensartado desde meses en mi pobre corazón", Un papá y una hija pasaron bajándose con asco de la acera y padre murmuró: 'Debes cuidarte desde hoy. No me gusta nada tu novio narcojunior que se ve ha de ser de la misma estofa que esta piltrafa. Mira bien, porque en esto puedes terminar al lado de ese traficante". Auror caminó y caminó embelesado ante tanto poema digno de Dante. Entró a una zona menos astrosa y vio a una jovencita fuera de una tienda departamental, posando sobre una improvisada pasarela, vestida con ropa muy entallada y corta estampada con flores multicolor. Dos hombres la comian:

-mírala. Tan bella y fresca. Jamás la tocaría con uno de mis dedos siquiera. Solo me masturbaría ante esos ojos superfluos para que viera el poco poder que tiene ese bello cuerpo de muñeca.

-Vámonos. Esa muchacha no nos saludaría nunca ni aunque nos conociera. Es vergonzoso ese empleo. Ya me deprimí.
Se encontró con un dandy payasesco y mugroso que bailaba con una bombilla de vidrio en sus manos, feliz y locuaz. Cuando estuvo frente a él, el tipo dió un giro teatral, le apuntó con la bombilla y le dijo: hey, dame una moneda. Vengo desde Tijuana y acabo de ver el fin de la humanidad; el hongo, esa cárcel de perros está tan vacía medio de la noche con sus luces encendidas. Dentro de poco, quienes gobiernan el mundo ya no nos meterán en esas bolas de cristal-laboratorios del Estado. Nos matarán pues sería darnos demasiada importancia a los rebeldes del país al encarcelarnos. Bienvenido a la era moderna. Estos perros del mal ya comenzaron. Hay mucho por temer pues la limpia ha iniciado por el norte. Las escaleras se barren de arriba hacia abajo"

Más delante se encontró con una fila de limpia botas que juraron amar el dinero y el mezcal, mientras contaban leyendas pochas, como juglares al son de los claxon y el zumbido de las narco-motos.
Auror caminó y caminó hasta llegar a una cantina al lado de la carretera: Bar Rancho Grande. Sonaba música de los ochenta. Entró y lo primero que vio fue a dos hombres bailando canciones de The Cure. Sonaba: "close to me" Un hombre lo vio desde lejos. Un viejo. Le hizo una seña de convite. Lo invitó a jugar baraja. Don Chuy traía en sus ojos todas las medidas de mundos habidos y por haber. Supo que ese viejo con nombre de gurú le ayudaría a magnetizar su brújula atrofiada por el miedo y la exigencia de la soledad más desesperada.

-necesito me ayude a buscar una mujer.

-la vida es un juego de azar. Las mujeres son lo mismo. Parte la baraja. Este documento nos dirá que hacer.
Jesús repartió el juego. "Destapa tu carta" -le ordenó con una sonrisa de misterio. Apareció la reina de corazones. "Brujo! Mañana nos vamos a buscar eso que perdiste" -le increpó con un manotazo en la espalda.


Ese viejo era un papelazo: A veces era un Tiresías llevándolo a los más hondos infiernos; a veces era un Salomón: experto en mujeres y conocedor de los siglos; un Nabuconosor, rey del desierto y constructor de prostíbulos lejanos a Dios; un Lot perseguidor de perversidades sexuales; un Odiseo, experto en aventuras valientes, astutas y amante de las diosas; un Homero contador de historias y pocas veces, un hombre común y corriente cuando se le acababa la cocaína. Con el conoció todas las mujeres paridas por la frontera; gracias a Jesús fue armando poco a poco y sin agotarse el ingente rompecabezas que era Nubia. Pero al paso de los años, le faltó la última pieza para completar la hermosa pintura que es su amada. Faltaba ese olor que ahora sabía, siempre fue único. Faltaba el beso y todo aquello que no le permitía arrancarse para siempre de la mollera a aquella cosa de pelo barcino. Las aventuras sexuales le fueron cansando al no encontrar el gancho para quedarse colgado en un lugar como el que siempre anheló y un día se encontró de nuevo pensando en las luces. Estuvo vagando en la ciudad buscando hogares felices olorosos a pan y leche. Rodaba de calle en calle, entre la bruma insidiosa de la soledad, los vapores del alcohol y los pulsos de la coca. Así fue Auror con el corazón durante un par de meses hasta que una noche en que las nostalgias lo estaban ahorcando con un nudo que le impedía hasta respirar sorprendió a un niño a través de una ventana. Sus miradas se encontraron durante unos segundos. Auror busco un reflejo de si mismo en aquel rostro, el pequeño estaba boquiabierto y pálido; no pudo más, le hizo un saludo trémulo y le sonrió de forma grotesca. El niño se puso igual a temblar y gritó con toda la fuerza de sus pulmones: "papá". Todo el barrio salió alarmado y luego fúrico. Tuvo que correr con todas las fuerzas del terror para escapar de la muchedumbre; se metió por callejones, saltó bardas y cercas, se arrastró entre coches y desagües pluviales hasta que su carrera se detuvo frente a una enorme barda rayoneada con palabras bravuconas en espanglish. Se recargó sobre esta respirando como toreo de lidia, transpirando adrenalina pura y hedionda a miedo; escuchó el murmullo y los pasos silenciosos de sus perseguidores. Volteó para enfrentarlos; ellos lo vieron con ojos de consideración pero aún así lo golpearon hasta el desmayo. La policía llegó para evitar lo mataran. Estuvo preso un par de años hasta que se comprobó que no era ni robachicos, ni ladrón y mucho menos un degenerado amante de los niños. Solo estaba buscando el anhelo que años atrás hubo perdido entre las piernas de las mujeres y las utopías infernales de su viejo compañero Jesús. Fue el quién pagó la fianza y lo recibió de nuevo en su casa. Le consiguió trabajo en aquella cantina de carretera donde se escucha música de los ochenta y las prostitutas se marchitan como flores por los besos del viento ardiente, la arena, los cada vez más escasos clientes y sus vicios; mujeres paseándose hasta el fin de los tiempos bajo la luz blanca de las lámparas tubulares, como gatas pegadas a las paredes esperando que alguien les arroje aunque sea para un mal taco.


Ya no podía soportar el dolor. Entre la cerveza, la cocaína y las prostitutas, la carne que le envolvía la poca alma que hubo formado en los días de la carretera se estaba pudriendo en un sarcoma insoportable. Un día intentó platicar sobre su padecimiento con Don Pancho Felix, el bar-man, y este le comentó con un discurso poco motivador mientras picaba hielo para helar las cervezas: "Así es mi querido Auror, a veces el cargo de una ausencia es tan jodido que se parece mucho a...tener un...picahielo ensartado en el fundillo el cual no te permite ni estar acostado, ni parado, ni sentado y mucho menos caminando. Así es de culero eso de perder una mujer. Un picahielo en el culo el cual te cobra dolor hasta por suspirar un recuerdo. Sí señor"
Se derrumbó a llorar al imaginar que al parecer ni la coca, ni las cervezas y las muchachas tendrían el poder de desenterrarle el dichoso picahielo.

"Te lo sacarán cuando mueras", le reveló don Pancho dándole una palmada en la espalda.

Rigoberto lo encontró al borde del colapso. Jesús tuvo que llamarle pues creyó que iba a morir. Cuando salían de la ciudad, Auror le preguntó por el destino -vamos a casa- le dijo Rigoberto -pensé que íbamos a mí entierro- le contestó con acento desalentado. Cuando estaban sobre la carretera, Auror se sintió sobrecogido en medio de la oscuridad. Rigoberto puso música en su Coronet superbee. Un hombre cantaba: "fíjate Juan, las noches en buenos aires no llevan estrellas" Sacó la cabeza por la ventana y sonrió al volver a vivir el ahogo que experimentó cuando niño. Miró el cielo. Se sintió feliz al ver de nuevo el firmamento cuajado de luciérnagas. Entonces vio una luz en la lejanía y lloró entonces de felicidad. Todas sus nostalgias le cayeron encima como una suave sábana. Luego se quedó dormido.


Rigoberto lo observó durante varios intervalos hasta llegar a casa. Auror siempre fue un niño, pensó. Mal le hizo todo mundo al despertarlo de ese sueño que es vivir dentro de un corazón inocente y nada sabio. Don Jesús, Nubia y él solo habían destruido mucho de lo que este infante hubo construido para sobrevivir con el alma intacta. Fue como liberar un ave para que las tormentas, los soles, las aguas y hasta las suaves ventiscas le desplumaran las alas y le postraran para morir sobre el desierto. Creyó de verdad que su amigo estaba agonizando y sintió vergüenza al ser invadido por una extraña alegría: al fin Auror descansaría rodeado de aquello que siempre careció.Cuando él abrió los ojos con ese estar pálido y la mirada brillante puesta en un reanudo del camino, Rigoberto supo que aún faltaba mucho que escuchar: Su amigo había renacido para seguir reinando su imperio niño.A los pocos días recobró el ánimo de otear por las ventanas con rumbo a la ciudad.

-que es lo que esperas ahora?

-no lo sé. Solo sé que es inevitable que algo llegue.

Y aquella gente se encontró sin querer con la familia que nunca pudo encontrar en las ciudades. Rigoberto, Rosalía y las visitas cada fin de semana de don Jesús le daban al ambiente un calor muy parecido al hogar que todos añoraban. Auror se había perdido años buscando esto y ellos lo encontraron sin querer, queriendo poner a vivir a un hombre que buscaba utopías escondidas tras las luces. Rosalía y Rigoberto terminaron maridados por un amor más allá que la carne, un amor reconcentrado y dirigido hacia aquel niño de cincuentaidós años de edad. Don Jesús era la figura abuelesca que contaba las historias al nieto mientras sus hijos aromaban la casa a pan y leche. Ese tridente paternal comenzó a comprender a Auror cuando divisaban la casona desde la laguna salada y sentían una paz inmensa acompañada de deseos de llegar más rápido antes de que las luces brujas de la ciudad reclamaran su presencia. Auror parecía envejecer en sentido contrario. Cada día parecía ser más un niño.


Un día veinticuatro de diciembre, las estrellas brillaban como nunca después de que una insidiosa tolvanera de Santa Ana estuvo barriendo el desierto toda la tarde. Rosalía le dijo a Auror que iba a nevar. Cenaron juntos para celebrar la navidad. Don Jesús había llevado unos pavos cocinados en la cantina y Rigoberto había comprado dulces y conservas de papaya y camote. Rosalía sacó una botella de whiskey de la alacena. En punto de las doce todos se sentaron frente al ventanal para escuchar la tronadera de cohetones, rifles, metralletas y pistolas; para deslumbrarse al ver los juegos pirotécnicos tocar el cielo. Fue una velada grandiosa.Después de las dos de la mañana, Auror al fin estaba callado. No había parado de reír y confirmar las epopeyas personales y propias de don Jesús. Callado y con una fascinación en la mirada dirigida a la ciudad. Se puso de pie y dando la espalda al horizonte cuajado de luces y humo les dijo con una mano en el corazón: "Nubia acaba de morir" y se puso entonces a llorar. Luego les dió la espalda y recargado en el postigo de la ventana su puso a cantar aquella canción de la niñez: "you Say goodbye, i Say hello. Hello, hello". Se veía feliz a pesar del pesar.Su amada había muerto, lo sabía. No le pesaba no haberla visto de nuevo con esos ojos viejos. Se puso a buscarla en cada una de las luces de la ciudad. Se angustió un poco al caer en la cuenta que estaba de nuevo queriendo partir allá, pero se recobró cuando, una a una, las luces se fueron apagando. Una a una y despacio, tan despacio que hasta pudo contarlas. Las contaba hasta que solo una quedó. Una luz hermosa y fuerte que de repente se expandió por todo el firmamento en una maravilla multicolor. Auror sintió entonces viajar de nuevo a toda velocidad por una carretera. Sacó la cabeza por la ventana para sentir con todo su ser esa dulce asfixia que le hizo tan feliz en los años de su niñez. Cuando se recuperó de tal ensoñación, todo estaba en silencio. Sus amigos ya no estaban, la ciudad había desaparecido. Solo él y aquella casa en las alturas y esa suave brisa que lo abrazaba haciéndole creer que podía volar. Levantó los ojos para buscar estrellas pero no las encontró. Sintió miedo. Quiso llamar a sus amigos. Quiso llamar a Rigoberto pero no pudo recordar su nombre; intentó llamar a don Jesús pero no pudo recordar siquiera ese rostro de Tiresías. En ese minuto ni la sopenca cucapá existía ya; ni la laguna salada, ni la carretera que pasa frente a su casa ni las rocas gigantescas que forman esa montaña. Solo él y ese vivir. Un sopor lo estaba invadiendo. Intentó cerrar los ojos para que lo oscuro le ayudara a recordar y no pudo siquiera dar un pestañazo. Antes que dejar de poder hacer cualquier cosa clamó con todas la fuerzas de su pensamiento hasta que una existencia explotó, dijo con lo que le quedaba de aliento: "Nubia" Entonces ella apareció: "vamos a buscar aquello que tenemos pendiente. Acá el tiempo nos sobra", le dijo con una sonrisa.

Don Jesús dice que ese hombre ha cambiado mucho desde aquella navidad. Se siguen desvelando pero ahora Auror ya no nubla la mirada ni busca luces. Solo lamenta lo lejos que está del pulso que tuvo en esos años de búsqueda en el desierto.Rigoberto dice que su hermano al fin se encuentra en un lugar que si bien nos es aquello oloroso a pan y leche, es algo así como lo más cercano al cielo y no está solo pues Auror jura que al fin encontró a su amada Nubia.La Cucapá nada les cree con sus ínfulas de indígena. Pero dice de un fantasma que a veces se ve a través de las ventanas si pones atención cuando empiezas el ascenso a la casona. Incluso asegura lo ha encontrado charlando con los fantasmas que noche a noche atraviesan la laguna salada en sus pleitos antiquísimos contra apaches, soldados y otras enemistades escaldadas por la rumia de la extinción.

Rosalía lo encontró muerto aquella madrugada de navidad, con la vista fija en el amanecer, una sonrisa inolvidable y cubierta la cabeza de una fina capa de nieve. No lo pudieron sepultar hasta seis días después, ya que dejó de caer esa tormenta invernal y se pudo al fin salir de aquella mole de piedras superpuestas. Poco a poco, los integrantes de esta familia fraterna han dejado de resistirse al adiós de Auror, ese hombre que fue un espejo de todos a la vez que un espejismo raro que nunca terminó de existir completamente.
Todo aquel que remonta la rumorosa en medio de la noche puede ver esa casona pues sus luces jamás se apagan y dicen, que a este lugar puedes llegar y sentirte como nunca en ningún lugar del mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Jueves, 05 Septiembre 2019 04:25

La pelota. Edgar A. Rivera.

 

 

 

La pelota.

Edgar A. Rivera.

 

La pelota voló en curva y entró por una de las ventanas del segundo piso. Apenas dio el puntapié, al pobre niño le comenzaron a llover insultos y abucheos. La ventanita por la que el esférico se coló limpiamente no medía más de un metro y hacía tiempo que le habían quebrado los vidrios. Si alguna vez Miguel se hubiera propuesto hacer un tiro como ése, jamás lo habría logrado; intentaba meter el balón en la portería delimitada por dos piedras en la calle y no en la casa abandonada. La proeza era de una vergüenza enorme.

— ¡Ves por el balón Mantecas, rapidito! ¿Qué te quedas ahí parado? —lo presionaban sus compañeros de juego. —¡Muévete gordo!, el balón no se va a traer solo.

Miguel se acercó a la casa y permaneció unos instantes entre dos columnas de concreto que marcaban el límite entre la banqueta y aquel recinto. Era una casona tipo americana, de madera y techo alto de tejas que había quedado abandonada, y al cuidado único del tiempo durante años. Había sido la casa más hermosa del vecindario, con paredes rojas brillantes, un bello ante jardín de rosas y tulipanes, y un pórtico alto con columnas blancas donde todas las mañanas el aire se empapaba del canto de periquitos que revoloteaban dentro de sus jaulas. Eso fue años, antes de que Miguel naciera. Al día de hoy, las paredes apenas lucían un rosa muy pálido y eran poco a poco consumidas por el verde de enredaderas que crecían desde uno de los costados. Pocas de sus ventanas mantenían algún resto de vidrio empolvado. Era el tipo de casa de las que se inventan historias. Se decía que por las noches se escuchaban gritos y llantos provenientes de sus habitaciones, que era hogar de brujas horribles que se transfiguraban en lechuzas y salían volando de entre el tejado maltrecho; que había muerto un niño, que la habitaba la llorona, muchos cuentos.

Los padres prohibían a sus hijos entrar a esa casa. No les gustaba que jugaran cerca de ella, porque una casa abandonada suele atraer malos huéspedes. El papá de Miguel no hablaba mucho con su hijo y nunca le había explicado estas cosas, aun así, el chico sabía que no debía entrar.

Dudó y estuvo a punto de regresarse, pensó en lo mucho que le había rogado a su papá para que le comprara ese balón. Solo por eso los otros niños de la cuadra lo habían dejado jugar, ahora lo miraban y presionaban desde la calle. Gritaban los muchos apodos que le irritaban: dale Mantecas, apúrate Gorda, muévete Porky, te estás tardando. No podría aguantar que ahora le llamaran cobarde, no lo iba a permitir.

Atravesó la hierba que le llegaba por encima de los hombros y se le metía en los oídos. Llegó al pórtico, subió los cuatro escalones y se agachó para no golpear su frente con una parte del techo caído, sostenido apenas por la única columna que no había cedido a la gravedad. La puerta estaba entreabierta. Era muy pesada y le costó abrirla lo suficiente. Dio un paso dentro de la casa y agitó las manos bruscamente frente a su rostro tratando de quitarse las telarañas de la cara. Recordó, que, jugando con sus muñecos en el patio trasero de su casa, encontró uno de sus suéteres, tirado entre cajas, fierros y plásticos que acumulaba su papá. La prenda debió permanecer ahí durante meses y ni siquiera recordaba haberla perdido. Cuando la levantó estaba tiesa en la parte de arriba y mojada en la parte de abajo, cubierta de hongos y caca de pájaro, el olor lo había hecho arrojarlo lejos. Así apestaba la casa.

Observó las escaleras a su izquierda, metros adelante, y sin pensarlo dos veces se dirigió a ellas. La luz de la tarde filtraba entre las ventanas y agujeros en las paredes roídas; era muy poca

para iluminar el área, y no tardó en tropezar y golpear de cara al suelo. El cachete le ardió por el duro golpe y ahí tirado, sintió una pequeña corriente de aire que soplaba desde abajo. La casa tenía un sótano. Miró entre las comisuras y agujeros de las tablas, bajo sus manos había vacío negro que le pareció infinito. El miedo se apoderó de él y se levantó veloz. La rodilla le dolía un poco por el golpe, pero apresuró el paso y subió las escaleras, sosteniéndose fuerte del barandal y cuidando de pisar bien cada rechinante escalón.

En el segundo piso se sintió un poco más tranquilo, la luz del sol se colaba por las ventanas, paredes y tejado. La ventana por donde entró el balón estaba justo detrás de él. Caminó por un estrecho pasillo que conectaba tres habitaciones, todas sin puertas, abrigadas por el calor de la tarde. Supuso que su pelota debió rodar dentro de alguna. Se asomó en la primera. Encontró la pequeña base de una cama de metal oxidado, colgadas de las paredes (no supo decir si fueron verdes o azules), fotografías en las que podía distinguirse algunas siluetas. El techo tenía una gran abertura por donde caían las enredaderas. Observó bien cada rincón, su balón no estaba ahí.

Estaba a punto de entrar en la segunda recámara cuando escuchó un ruido en la habitación al final del pasillo. Tac, tac, tac. Algo golpeaba contra la madera. Tac, tac tac. Miguel permaneció inmóvil, tratando de borrar las muchas ideas que aparecían en su cabeza sobre lo que podría ser el ruido, y tratando de encontrar valor para ir a averiguarlo. Tac, tac, tac. El ruido se hizo más fuerte. Vio cruzar el umbral de la tercera habitación su pelota, rebotando una y otra vez. Tac, tac, tac, se hacía el eco cada vez que el balón bajaba. Tac, tac, tac. El balón botó otras tres veces frente a él, en el mismo sitio, antes de avanzar nuevamente hacia donde él se encontraba paralizado.

Quiso gritar, pero no salió nada de su boca. En un choque de adrenalina giró sobre sí mismo e intentó correr hacia las escaleras; pero era torpe y no presto atención al lugar donde pisaba. Una vez más, tropezó y cayó. Esta vez le pareció que se golpeó contra el suelo al menos dos veces. Cuando se levantó, ya era de noche. Se sentía confundido, pero no le dolía nada.

—Pensé que no te ibas a levantar.

Vio a un niño, más o menos de su edad, de ojos verdes y tristes, con uno de aquellos peinados de hongo con el que las mamás torturan a sus hijos; vestía con un overol y era bastante barrigón, como él.

—Es mi balón. Entré aquí buscándolo.

—No pensaba robártelo. Solo quería verlo. —le entregó el balón—Tus amigos ya se fueron.

—No son mis amigos.

—Yo tampoco tengo muchos amigos. De hecho, no creo que tenga uno.

Miguel sintió la tristeza en su voz. Le arrojó el balón y el otro niño lo atrapó.

—Si quieres podemos jugar un rato.

—Me gustaría.

El chico le regresó el balón arrojándolo por encima de su cabeza y Miguel apenas si lo atrapó. Se alejó un poco en aquel oscuro sótano y se lo regresó con fuerza.

—Soy Miguel, por cierto.

—Me llamo Rubén.

Ahí permanecieron los dos jugando durante horas, días, años. Nunca más se separaron.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Sábado, 31 Agosto 2019 05:33

HUMANOS DE MENTIRAS. J. R. Spinoza.

 

 

HUMANOS DE MENTIRAS.

J. R. Spinoza.

 

 

Los budistas creen en la reencarnación, le llaman la rueda del Samsara, un ciclo de vida, muerte y encarnación, que estamos destinados a repetir hasta alcanzar la unión con Dios. Hace algunos años, durante su visita a Francia, un joven le preguntó al Dálai Lama:

—Si es real la rueda del Samsara, y los humanos reencarnamos, ¿por qué hay ahora más habitantes en el planeta que hace mil o dos mil años?, ¿de dónde salen esas personas?

El hombre santo respondió:

—Hay humanos de verdad y también humanos de mentiras.

El ambiente se puso serio por unos momentos; hasta que el viejo monje soltó una carcajada. Todos los presentes lo entendieron como un chiste y rieron también. Yo igual creí que fue una broma, hasta la semana pasada.

Tenía dolor en la garganta, estaba afectando mi tiempo de sueño, por lo que decidí sacar cita con el médico. La programé después de mi turno de trabajo. Luego de explicarle lo que me aquejaba, aquel sacó su bloc y comenzó a prescribir medicinas. Mientras esto ocurría, una persona entró al consultorio. Yo me encontraba de espaldas a la puerta, sólo pude ver la cara de molestia del doctor quien le dijo al hombre que si por favor podía esperar en la sala hasta que llegara su turno.

Lo que ocurrió aún no he podido sacármelo de la cabeza. Con el rabillo del ojo, me di cuenta de que era un hombre alto. A pesar de que el doctor le dijo que se marchara, se quedó quieto en la puerta. Viré y le observé, para saber por qué no se movía. Noté algo raro en su cara, como si estuviera borrosa, no podía distinguir sus facciones. Esto me confundió. Aparté la mirada, pero la curiosidad me llevó a volverlo a observar. E difícil ponerlo en palabras, pero era como si fuese un error o un glitch, una imagen corrupta de vídeo. La cara del hombre se mostraba con distintos colores y errores, como si estuviera pixelada. Esto ocurría de manera intermitente, podía ver su cara normal, con las cejas gruesas y el bigote negro, y por fracciones de segundo la distorsión se presentaba. No entendía, pero dejé de mirarle por miedo a que el hombre preguntara porque le veía. Quizás era una alucinación provocada por mi falta de sueño.

El hombre salió, cerrando la puerta tras él. Hubo un silencio largo, no me atreví a decirle nada al doctor, y este sólo veía su computadora. El médico miró sus apuntes, soltó el bolígrafo y me preguntó:

—¿Vio su cara?

Respondí que sí.

El doctor continúo contemplando sus apuntes y me dio las prescripciones. Comprendí que sea lo que sea que hayamos visto, el doctor no estuvo dispuesto a discutirlo, simplemente cambió el tema, me entregó los papeles y me pidió que me marchara.

Salí del consultorio y vi al hombre esperando en la sala, no era sólo él. La niña en brazos de una señora de diadema floreada. La enfermera que tomaba el pulso a un anciano. La mitad de las personas en la sala de espera tenían aquel glitch en la cara. A partir de ese día puedo ver a los humanos de mentiras.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Martes, 13 Agosto 2019 04:46

No conozco a Paullete. / Zambra /

 

 

No conozco a Paullete.

Zambra

 

- Le juro señor que nunca la he visto, no la conozco. Le juro por mi madrecita santa que nunca la había visto.

 

- Mírala bien, tal vez la recuerdes.

 

- ¿Porque me obliga a hacerlo? no es agradable, ya le dije mil veces ¡no la conozco!

 

- ¿Por qué lloras? ¿Te da miedo el frío? ¿Qué no eres hombrecito?

 

- Es el frío de sus ojos lo que me da miedo, eso y nada más. Pero le juro que nunca la había visto. ¿Qué dios no me oye cada vez que digo lo mismo? ¿Cuántas veces le voy a repetir que no la conozco? Nunca la he visto.

 

- ¿A poco no la conocías cuando la seguías hasta la escuela?

 

 - ¡No la seguía! estudiábamos juntos pero nunca la seguía desde su casa. Nunca esperaba escondido tras la cerca a que saliera con su reluciente vestido blanco, le juro que no la conozco, señor.

 

- ¿Y por eso no la ves?

 

- ¿Cómo voy a verla, señor? Si ahora sus ojos están tristes, tan fríos, terroríficos. Antes brillaban más que el sol, iluminaban todo lo que se pusiera frente a ellos. ¿Cómo voy a verlos ahora, señor? Antes rogaba que me vieran y lloraba cuando no lo hacían. ¿Cómo voy a verlos si hoy están fríos y oscuros como la noche, señor?

 

- Ahora te pusiste romántico ¿Por qué no me dices la verdad de una vez por todas?

 

- La verdad, señor, es que no la conozco. La verdad está en sus labios, está en todo lo que dicen. Aun morados, sus labios solo reflejan verdad, ahí está la verdad en la forma que ella hablaba. Pero no me hablaba a mí. Y ahora menos que pueda.

 

- Deja de darle vueltas al asunto, cabrón, habla claro.

 

- ¿Qué más quiere que le diga, señor? no la conozco, nunca la he visto. Así como ella nunca lo hizo. Ni ayer que fui a buscarla a la escuela me vio. Ni cuando un día antes agarré a golpes a quien la hizo llorar. Me expulsaron, señor y nunca me extrañó pero yo si. Por eso regresé a buscarla pero nunca me vio y nunca la había visto, señor.

 

- ¿Te estás haciendo el gracioso o qué chingados?

 

- No señor, le juro que nunca la había visto, no la conozco. Así como ella tampoco me ha visto y tampoco me conoce. Ni cuando la seguí a su casa ese día, ni cuando la tomé de la mano sin que me notara.

 

-…

 

- No la conozco, señor y ella no me conoce. Ni me vio cuando la tomé por la fuerza ni me conoció cuando la obligué a verme y le arranque a mordidas su precioso vestido blanco. No la conozco, señor.

 

- No entiendo…

 

- ¿Qué es lo que no entiende? No entiende que no la he visto, que no pude verla a los ojos cuando grite su nombre y arranqué su deliciosa piel. No pude verla ni puedo verla hoy porque no la conozco, porque ella nunca me vio. Ni cuando le lloré sobre sus ojos de terror ni cuando le juré que la amaba. No puedo compartirla señor, si no es mía no es de nadie, porque no la conozco, nunca la he visto.

 

- ...

 

- Le juro por mi madre, señor, que no la he conozco, nunca la he visto. Le juro que no conozco a Paullete.

 

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