Neogaznápiros

Neogaznápiros

banda de Bajacaliforniasur

 

 

 

Neogaznápiros ilustrados. De izquierda a derecha:

Calafia, Mercedes, Salvador y Marcos (imagen tomada en Librería Macondo, algún viernes del 2016)

 

 

 

 

Apología del ensueño provinciano:

Crónica del paso de La Caravana Nacional de Poesía Autogestiva por Los Cabos.

 

 

Me llamó mi compadre a media tarde. Era sábado. Yo ya había empezado a beber y la idea de conocer al poeta errante venido en una larga caravana que atravesaría los 3,200 kilómetros que separan el extremo oriental mexicano de su contraparte, me pareció, en ese momento, emocionante. Me cambié, empiné el último trago de vino y me subí al Chevy.

Pasé por Chava y nos encaminamos a una conocida vinatería que hace las veces de restaurante en esta alejada y desértica provincia de Cabo San Lucas. Pidió unos mejillones mientras esperábamos a Andrés. La tarde se disponía a entrar a otra dimensión: el final del día. Quizás aquí cabe señalar que Chava, junto con mi compadre, habían acuñado en una de nuestras presentaciones del escritor en turno, el gracioso apelativo neogaznapirismo ilustrado para referirse a nuestras infructíferas reuniones literarias, conformadas por nosotros tres y Mercedes.

Aparece Andrés vestido de negro, con mi compadre. Su atuendo, esa personificación del poeta visceral, por mero recelo, me aleja un poco más de él. Platicamos, comentamos lo necesario, lo prudente, porque solo yo, ebria e ingenua, y Andrés, envuelto en su chalina negra, entendíamos los abismos de la poesía. Lo sé por la hondura de sus ojeras, por su cabello enmarañado, y cierta sonrisa amable.  Voy por más vino. Seguimos hablando de su viaje, de lo cansado que estaba, de los días que había pasado sin ducharse, de la locura que había sido lanzarse al encuentro de la poesía.  Inesperadamente saca una cámara de video y empieza a hacer preguntas. Hablamos de algunas cosas que a poca gente interesan: de los sistemas que validan la literatura regional, de las publicaciones independientes, de quiénes creíamos ser como escritores. Dice que este lugar le recuerda lo que está pasando en Cancún. Nunca he estado en Cancún. Me pregunto si es el mar el que nos otorga, citando a Gamoneda, “cierta salud intelectual […] de imprecisa pureza”, hablando pues de los poetas provincianos.  Y mi compadre insistentemente saca a luz el neogaznapirismo ilustrado y, secundando ese guiño, yo hago una especie de performance poético vergonzoso.

Después cada quien se va por su lado, porque admitámoslo, sólo los poetas se quedan hasta el final. Voy con Andrés a la librería Macondo, después nos vamos a buscar a Mercedes, la gaznápira menor. La encontramos en su casa, con un par de amigas, y la rareza de la vigilia que Andrés perpetua se expande con las risueñas parábolas y ademanes de un mundo completamente femenino. Nos vamos.

Andrés está cansado y mientras lo veo entrar en aquel sencillo cuarto de hotel, para después armar el inusual poemario que me regalara, pienso en su inesperada visita, en los arrebatos que acomete la poesía. Y quisiera decirle ciertas cosas, cosas importantes, poéticamente pertinentes, mensajes encriptados para esa gente que él conoció y que quizá nunca veremos,  decirle que sí, que hemos leído a Huerta y a Lizalde, a los poetas franceses, y que preferimos a los gringos por la plenitud de su lenguaje (que yo los prefiero), y que no, que no todos los días intentamos cruzar a San Diego, como si estuviéramos en Tijuana, y que no podemos, aunque quisiéramos, ir a buscar a los amigos de Bernstein  para que vinieran a leer su novísima poesía; que no, que no somos tan flojos como se dice (que sí hay oficio para la poesía), y que no nos dormimos a medio día bajo la sombra de nuestros sombreros de paja. Algo así quisiera decirle, pero por alguna razón no digo nada. Sólo lo veo, ojeroso, acomodando hojas, ensimismado con tanta poesía.

Salvador Alvarado Laveaga nace en Mazatlán Sinaloa el 16 de enero de 1977.  
Durante su paso por la Universidad de Occidente, donde cursó la Licenciatura de Administración y Finanzas, participó en los Juegos Florales Universitarios
obteniendo el primer lugar en la categoría de Cuento en 1994, primer lugar en Poesía y primer lugar en Cuento en los años 1995 y 1996, y primer lugar en Cuento en el año de 1997.
En el año 2011 obtuvo mención honorífica en los Juegos Florales de la Ciudad de San José. 
En el 2014 obtuvo el primer lugar de ese mismo certamen y fue en ese año que recibió una mención honorífica en Paris Francia por su poemario La Mano de Jauza, y medalla de plata en Toutry Francia por la misma obra.
Sus pasiones son el cine y la fotografía.

“Había un año nuevo en cada palabra de aquella mujer.
Una función de estreno con las gradas repletas
en la orilla de sus manifiestos.
Mis ojos eran entonces un prado desnudo de llovizna
que ella danzaba con una orquesta de anonimato.
Había un telón musical en aquella mujer, y el sol
del quinto mes en la curvatura de su canto.
Cuando mis manos eran gorgonas que le brotaban 
de sus caderas, yo le lamía toda la veracidad 
de sus secretos para que la mente de los cielos
le siguiera deshojando las estrellas de nuestra guerra.”

Calafia Pozo (Ciudad Constitución, Baja California Sur, 1973). Cursó el Diplomado en Creación Literaria del Centro Cultural Xavier Villaurrutia en la Ciudad de México. Fue incluida en las compilaciones A sus libertades alas. Antología de escritoras sudcalifornianas (Instituto Sudcaliforniano de Cultura, 2006), Letras del Finisterra. Revisión de escritores de Los Cabos (Instituto Sudcaliforniano de Cultura, 2012) y Queda la palabra. Antología de escritores comundeños (Instituto Sudcaliforniano de Cultura, 2014). En 2014 publica su primer poemario, Cinco peces raros, bajo el sello de la Casa Editorial Abismos.

Cantos para llamar al miedo 

II

Yo deshago los hilares de una araña que zigzaguea el dorso interno de mi costilla, y los vuelvo a hilar.

Y temer es no saber cuándo se romperá el cristal mientras camino sobre la noche completamente silenciada.

—El mar es un espejo, el mar es un espejo—

 Ahora ensayo el regreso inevitable a la otra orilla mientras repito algo en voz alta. Y nada se refleja sobre el cementerio del tiempo.

Poemínimos

I

Un aleteo a kilómetros
levanta la brisa
que respira mi piel.

II

El barullo de tu beso
no regresa,
se queda para siempre 
cantando al otro lado del mar.

III

Desde acá la noche 
es distinta,
quema sola,
hierve sola
y la apago sola.



Tu brisa ya no llega.

 

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