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Daniel Verón

Daniel Verón

Daniel Verón, 

Argentina, autor de obras de ciencia ficción,

Jueves, 14 Enero 2021 05:46

EN LO PROFUNDO / DANIEL VERÓN /

 

 

EN  LO  PROFUNDO

DANIEL VERÓN

 

 

Continuamos en el siglo XXIV. Esta es la obra que prosigue la épica aventura de la Flota Intergaláctica con abismos estelares cada vez mayores entre sí. La sensación de inmensidad, de cosa desconocida, de grandeza, por momentos llega a abrumar. Si fantástica fue la epopeya de las diversas flotas de la Federación a lo largo y a lo ancho de la Vía Láctea, ni qué decir acerca del desafío que tiene ahora ante sus ojos al almirante Gedeón Solar.

Aquí se retoma la historia en el punto donde quedó. Con la ayuda del más moderno instrumental, ahora adaptado a las condiciones particulares de los lugares que recorren, los expertos cartografían la totalidad de la minigalaxia en que se encuentran. Pese a ser mucho menor que la nuestra, con todo, allí existen millones de estrellas y muchos otros objetos semi-estelares a cual más extraño. Desde luego, el objetivo sigue siendo los mundos habitables para el hombre. Por fin, en otro sector más distante hallan una serie de sistemas planetarios más jóvenes, con algunos mundos de interés. La Flota parte hacia allí para realizar la debida exploración. Temporalmente, Gedeón deja a Zenna Rhesis, una fiel comandante de gran capacidad, como líder de un grupo de científicos con asiento en Cielo-1- Por su parte, es Kevin Sorzyn quien queda a cargo de Thor-4 y sus alrededores.

Luego se produce la llegada al sistema de la estrella Monte, y los federales optan por descender en el planeta Tau-9. En esos momentos se encuentran a unos 100 años-luz de donde han dejado a sus compañeros. Las distancias parecen mayores en estas inmensidades que jamás han sido cruzadas por ningún ser vivo. Tau-9 se revela como un mundo vagamente parecido a Marte, pero sólo en su aspecto superficial ya que, como casi todos, carece de elementos pesados en su constitución. Aquí hay diversas descripciones de sus características y Gedeón decide instalar otro puesto de avanzada, esta vez a cargo de Schefin Eyless, otro comandante de gran experiencia que lo ha acompañado en numerosos viajes.

Entonces se realiza una asamblea general en el navío Omega, en donde los sabios terminan de trazarle al almirante, un panorama completo de lo que es la Nube Menor de Magallanes. Entonces, se dispone que un grupo de 50 sistemas planetarios sean visitados e integrados por cada una de las flotillas que dirigen los comandantes. Gedeón mismo es su supervisor general, por lo que en los siguientes meses el trabajo es intenso. De esta manera se va dando por completado la exploración inicial de la minigalaxia. Otros continuarán después, pero ellos deben poner su mira en el siguiente objetivo. Se establecen contactos con los organismos centrales de la Federación, adonde simplemente se limitan a aprobar todo lo hecho. En realidad, es él, Gedeón, quien va tomando las decisiones importantes cada día.

El almirante se asegura que cada uno de los diversos grupos esté trabajando sin dificultades, a la vez que se informa de los principales logros. Los biólogos están de parabienes con la enorme cantidad de criaturas extrañas que hallan en los lugares más extraños. El clima es bueno y todos sienten interés por arrancar sus secretos a la minigalaxia. Su esposa Cisna y sus principales colaboradores lo apoyan plenamente. Todo parece listo para dar el siguiente paso, esto es, la Nube Mayor de Magallanes, situada en esos momentos a unos 50.000 años-luz del lugar donde se encuentran. Antes de partir, el almirante designa a Zenna como comandante general en la minigalaxia menor y ella es la encargada de coordinar y completar la conquista de aquella inmensa región. Es así que en Cielo-1 se realiza una ceremonia de traspaso del mando.

Durante el nuevo viaje intergaláctico que emprenden, Gedeón, Cisna y otros colaboradores, reflexionan filosóficamente sobre la importancia de lo que están haciendo. Jamás otros hombres han tenido la oportunidad que tienen ellos. Su empresa figurará en todos los registros de historia de la exploración espacial, al menos en aquellas regiones. Se definen, además, nuevos objetivos y crece el interés por descubrir formas de vidas similares o superiores. Este parece ser el gran interrogante que está dejando la incursión del hombre en lo profundo del Universo.

Más tarde se produce la emocionante llegada a la zona más exterior de la Nube Mayor, otra minigalaxia satélite de la Vía Láctea, que también se encuentra a unos 200.000 años-luz de esta, como su compañera. Acostumbrado al mágico desfile de estrellas y más estrellas ante sus ojos, a Gedeón ya nada parece llamarle demasiado la atención. Rápidamente se sabe que las noticias que transmiten los instrumentos no son buenas. Es cierto que allí hay más cantidad de estrellas y de sistemas para recorrer que en la Nube Menor, pero lo cierto es que las condiciones son prácticamente las mismas que allá. La gran mayoría de las estrellas son viejas, carecen de metales y los mundos que alojan son pequeños y sin formas de vida importantes.

Es lo que Gedeón temía en su interior. Después de todo, esta minigalaxia tiene, evidentemente, el mismo origen que la otra. Habrá que investigar, claro, si existen algún tipo de seres como la raza de Asindar u otros parecidos, pero es evidente que allí no se puede esperar mucho más. Pese a ello, preside una pequeña comitiva que desciende en Sofía-6, uno de los mundos más interesantes que gira en torno a la estrella Vera. En esta ocasión, el almirante da un pequeño discurso en donde enfatiza un hecho muy importante: tanto esta como la otra minigalaxia están llenas de pequeños mundos habitables, adonde todas las razas humanas de la Vía Láctea podrán expandirse en los próximos milenios, formando así nuevos hogares en la inmensidad del espacio. En otras palabras, aquí hay lugar para todos.

Luego se realiza una expedición sistemática en una docena de sistemas planetarios, a los que luego se los añaden otros veinte sistemas. Relatar la cantidad de paisajes, de mundos exóticos, de criaturas extrañas, de exploraciones y aventuras que viven los diversos comandantes sería hasta agotador. Baste decir que en un lapso de apenas un año terrestre, lo que quedaba de la Flota (el 50%) recorrió, conquistó e integró a la Federación, una minigalaxia completa enriqueciendo así la experiencia del ser humano en este tipo de empresas.

Gedeón establece la nave insignia en torno al planeta Luces-3, consagrándolo casi enteramente como un centro de comunicaciones. Desde allí toma contacto con los comandantes que siguen explorando la región y, a la vez, aprovecha para comunicarse con los que ha dejado en la Nube Menor. En pequeñas pantallas puede observarse multitud de escenas de diferentes lugares. Además, se comunica nuevamente con la Federación. Aquí logra informarse adecuadamente de las últimas novedades. Una de las más sorprendentes es la noticia de que el bicentenario caudillo Janus Miqhvaar ha solicitado permiso para dirigirse directamente a la Nube Menor para completar las exploraciones. Gedeón aprovecha la oportunidad para pedir refuerzos. Su meta es seguir adelante pero necesita más gente y más naves.

Poco después tiene lugar un extraño incidente que llamará la atención a todos. Llegados al planeta Center-2, adonde el almirante piensa establecer algo así como una base general, tanto él como sus acompañantes son presa de un raro “ataque de felicidad”. Por largo rato, el grupo de diez personas, se revuelcan por el suelo, danzan de alegría y hasta gimen de felicidad. Con preocupación, Cisna sigue de cerca lo que está pasando con su esposo. Ella lo conoce bien y sabe que él nunca tendría una reacción así; además, no hay nada que lo justifique. Al intentar comunicarse con ellos, resulta que no escuchan nada o, más bien, parecen estar oyendo otra cosa, quizá alguna clase de música. El caso es que parecen haber perdido todo contacto con la realidad.

En el laboratorio de la nave-madre se logra descubrir que allí existe cierta clase de virus proveniente de una especie de musgo, que altera los sentidos de los que toman contacto con el mismo. Es todo muy extraño. Lo que allí debería funcionar como si se tratase de una enfermedad, en los humanos ha actuado generando un grado de felicidad tal, como parece imposible de alcanzar en la vida común. En otras palabras, lo que el hombre tanto ha buscado en una forma u otra, aquí es considerado una peligrosa enfermedad. Contrariando la opinión de los comandantes de mayor experiencia, Cisna se dirige al planeta Center con el propósito de rescatar a su esposo y a sus compañeros.

Así, rodeada por un fortísimo campo aislante, Cisna, acompañada por dos colaboradoras suyas, logra movilizarse por la superficie, sin recibir la influencia de aquel musgo. Así encuentra a los hombres tirados por el piso, diseminados por todas partes, riendo y gesticulando como si estuvieran en el Paraíso mismo. La mujer azul se encuentra con Gedeón y le habla, pero él no parece reaccionar. Su felicidad no parece tener límites. Por fin, luego que logra fabricar un posible antídoto, Cisna, sin demasiados miramientos, dispara una pistola contra Gedeón  y luego, sucesivamente, también contra los demás. Lentamente, los hombres se van recuperando. Gedeón explica, entonces, qué es lo que ha sentido. No se trata de un sentimiento de placer común sino que la felicidad está en relación a la libertad que ha conseguido. Con sus ojos ha visto ya dos galaxias completas y en ninguna ha hallado seres que puedan arrebatarle al hombre el privilegio de disfrutar en esa miríada de mundos. Cisna le responde que, para ella, la felicidad está en ser útil a su compañero, y se besan.

Los demás hombres afectados también se reponen y, básicamente, cuentan lo mismo. Todos cuentan que han tenido un sentimiento de libertad infinita, al saberse los únicos seres altamente civilizados en miles y miles de años-luz a la redonda. Sin embargo, esto ha sido influido por microorganismos que pueblan aquel planeta. Entonces sobreviene un largo debate en donde el sabio Orionis sostiene la tesis de que un ser no tiene por qué tener las características nuestras par considerarlo desarrollado. En cierto modo los hay y esto deberán tenerlo en cuenta. Simultáneamente reciben noticias de los comandos de la Federación y ya están en marcha los refuerzos que Gedeón ha solicitado. Pronto estarán en condiciones de internarse más en lo profundo.

Luego se realiza una nueva asamblea en la nave-madre, y Gedeón expone nuevos planes. Con los refuerzos piensa ir más lejos todavía y convertirse así en el primer explorador de la galaxia de Andrómeda, situada nada menos que a 2 millones de años-luz de la Vía Láctea, es decir, 10 veces más lejos que las Nubes de Magallanes. Con eso dará por terminada su misión. Otros se ocuparán de continuarlo. Sin embargo, los acontecimientos se precipitan. Por un lado, llegan noticias del extraño final del insigne Janus Miqhvaar en un lejano mundo  de la Nube Menor precisamente. De alguna extraña manera, un ser parece haberse fundido entre las nubes inteligentes de aquel planeta, sin que nadie pudiera evitarlo. Su viuda, Stefanía, y sus compañeros, proceden a realizar una serie de exploraciones en un grupo de estrellas de aquella región.

La otra noticia causa gran conmoción en la Flota. Un grupo de oficiales que, inicialmente, estaban a las órdenes de Rugger Smeith, se ha extraviado mientras exploraban un lejanísimo sistema planetario y todos los intentos para comunicarse con ellos han sido en vano. Luego de una intensa búsqueda, Smeith los ha dado definitivamente por perdidos. Esta es prácticamente la primera vez que sucede un caso semejante, ya que en la Vía Láctea era relativamente fácil orientarse en cualquier lugar que uno estuviera. Un suceso así sólo podía tener lugar en otra galaxia donde aún no han establecido parámetros seguros de medición. Gedeón y sus hombres deliberan por largo rato sobre qué hacer. En una escena final, el almirante mira por los ventanales la inmensidad estelar. Esto le ha servido para ver que el espacio no es algo tan seguro como parece.

Mientras tanto llega la Flota de refuerzo para constituir una sola y gran Flota de avanzada. Sobreviene un período de recomposición y el almirante transmite sus planes a los comandantes recién llegados. Son seleccionados aquellos que se encargarán de supervisar diversos sistemas planetarios instalando bases en docenas de mundos, y también se decide quiénes acompañarán a Gedeón en su travesía hacia Andrómeda. Reina un clima de gran expectativa pese a algunos incidentes menores. Antes de la partida, Gedeón y sus principales colaboradores se toman un tiempo de descanso en el planeta Floresta-4, otro típico mundo de las nubes magallánicas, poblado solamente por cierta clase de árboles. Entonces tiene lugar un hecho realmente increíble. Se detecta una nave y, poco después, hay una mujer procedente de allí que solicita verlo. Se trata de Stefanía Lockerson, la viuda del supremo Miqhvaar.

Gedeón la recibe acompañado de su esposa Cisna y de tres comandantes de su máxima confianza. Lo que escuchan no puede ser más sorprendente. La mujer le previene acerca de su viaje a Andrómeda. En esa galaxia sí existen formas de vida superiores a la raza humana. Es más; algunas de estas formas pueden ser sumamente peligrosas, hasta el punto de causar su desaparición. Miqhvaar lo sabía y por eso hizo lo que hizo. En realidad él no ha muerto sino que ha transmutado a una de las formas de vida existentes en la Nube Menor, una especie que llegará a ser dominante en esa región. Interrogada sobre cómo es que Miqhvaar sabe qué seres pueblan Andrómeda, resulta que le ha sido revelado por los habitantes de la Zona Fantasma, adonde subyacen todos los espíritus del Universo. De esto es lo que quería prevenirle.

Gedeón se siente honrado por este privilegio y reorganiza el viaje, pero sus planes continúan. Stefanía decide permanecer en uno de los mundos de la Nube Mayor y esto habrá de influir de manera importante para una creciente oleada migratoria en esa región. Finalmente, llega el día de la partida y la Flota desaparece literalmente de la vista para dirigirse, a una velocidad hiperlumínica, hacia el punto más distante que haya alcanzado el ser humano. Incluso el viaje es bastante más largo que hacia las mingalaxias, tiempo en el que, una y otra vez, se reúne con sus oficiales a examinar datos ya conocidos y otros informes nuevos que van llegando. Permanentemente se confeccionan nuevos mapas estelares y, finalmente, comienzan a ver las estrellas más lejanas al núcleo.

En forma similar a otros casos, la Flota ingresa dentro de lo que específicamente es la galaxia de Andrómeda. A su alrededor hay miles de millones de estrellas, de sistemas planetarios, de mundos de toda clase. Es un orbe lleno de luz y color que maravilla a los viajeros. Luego de una selección conveniente, el almirante encabeza un grupo de descenso en un planeta parecido a la Tierra, pero mucho más grande, lleno de especies y criaturas vivientes. El entierra un hito en el suelo y sus compañeros proceden a reverenciarlo como si fuera un dios. En cierto modo lo es. Unico hombre que ha descubierto tres galaxias, todo parece posible con él. Sobreviene un tiempo de instalación y exploración en todo aquel sistema planetario sin hallar formas superiores de vida.

Por último, tiene lugar un inesperado drama. En Fértil-9, los exploradores son repelidos por alguna fuerza extraña y las descargas son tan fuertes que les causan la muerte; incluso su cuerpo es desintegrado. Otros también sufren el mismo percance y Gedeón ordena un repliegue general en las naves. Las comunicaciones son interferidas y aquella fuerza inexplicable parece llegar a bordo también. Esta vez sí el hombre parece enfrentarse a un poder superior, algo desconocido que ha estado esperándoles allí, en Andrómeda, a 2 millones de años-luz de nuestra Galaxia.

Jueves, 13 Agosto 2020 04:59

EL INFIERNO, EL PARAISO / Daniel Verón /

 

 

EL INFIERNO, EL PARAISO

Daniel Verón

 

Silencio y oscuridad. Una larga espera. Blanquecinos fantasmas del pasado flotaban en la celda. Las horas se deslizaban por las playas de la Galaxia en un lento ensueño. No, no estaba impaciente. De todas formas, fuera cual fuese su destino, este ya nunca más podía depararle una satisfacción. La ley, implacable ley de Aynea lo había encontrado culpable del delito de destruir intencionadamente a un sirviente mecánico.

Despreció a todos, a todos los que habían intervenido en aquel absurdo y maldito juicio. Pero era cierto. La justicia había preferido condenar a un ser humano a la pena de muerte por provocar un cortocircuito en una máquina. Nunca había ocurrido nada parecido durante siglos y el robot juez creyó conveniente aplicar un severo castigo para evitar acciones similares y proteger así a las máquinas. 

Contuvo su desesperación, al mismo tiempo no dejó de sentir cierta lástima por aquellos engreídos individuos que se enorgullecían de vivir en una sociedad perfecta. No. Alguna vez lo había sido, pero ahora no, y menos cuando se había caído en semejante error. Así lo había gritado él durante su defensa, pero todo fue inútil, y ahora, en pocos minutos más, llegarían ellos, los guardias, y se lo llevarían de allí, rumbo a su destino.

En realidad, demoraron menos de lo que creyó. Entraron violentamente en la celda, iluminándose con unos objetos semejantes a linternas y, sin razón alguna, comenzaron a golpearlo para que se moviera. La luz le daba en los ojos que acostumbrados a la oscuridad lo enceguecía. Tropezó y cayó pero se reincorporó mientras era objeto de un duro castigo. Al salir al exterior de la prisión, Guncher vio que, unos metros más allá, lo esperaba una nave autónoma para exiliados. Una multitud de gente se agolpaba en doble fila para insultarlo y arrojarle pesados objetos. A punto de desmayarse, Guncher comprendió que así se trataba en Aynea a los que no encajaban en aquella pieza de relojería que era su inhumana sociedad.

Los guardias lo condujeron a la nave. Esta era de forma circular, con una serie de ventanillas a lo largo de toda su circunferencia. La estructura estaba apoyada sobre tres firmes patas.

Luego de recibir una dura golpiza por parte del público, que se veía indignado, ascendieron por una escalerilla y allí se detuvieron unos instantes para abrir la escotilla de la nave. Guncher alzó la vista y miró la ciudad. A lo lejos, se recortaban contra el cielo gris de la noche de Aynea una serie de monumentales edificios cuyas cúspides no era posible distinguir ya que las mismas se perdían en las nebulosidades de la atmósfera. El horizonte de edificios se extendía en todas direcciones. Sí, aquel era el signo distintivo de su mundo. Toda maquinaria, todas construcciones colosales, calles de metal, que habían ocultado para siempre todo lo natural; hacía un siglo que nadie veía una flor o un arroyo.

En la biblioteca lo había sabido. Durante meses de lectura comprendió que las cosas, por algún motivo, ya no marchaban como se había planeado en un comienzo, pero sólo él lo advirtió, ya que la biblioteca permanecía en un casi completo abandono desde mucho tiempo atrás. Por la sencilla razón de que ya nadie leía.

Ensimismado con estas ideas, apenas advirtió que la escotilla se había cerrado tras él dejándolo solo en la nave, para siempre. Muy pronto comenzaría el largo viaje estelar. De pronto, una brutal voz surgió de un aparato de radio situado a su espalda.

  • ¡Atención prisionero estatal Nº 208.411! ¡Se le comunica que en un minuto su nave-prisión habrá de comenzar su vuelo con destino a la Zona de Deportación N! A su llegada, calculada en 1.327 años-luz, será libre de abandonar la nave y radicarse allí, pero se le recuerda que sus habitantes, guerreros por naturaleza, no toleran la presencia de extraños!

La voz calló y Guncher intentó recordar lo que había leído de la Zona de Deportación. Fue lo peor que pudo hacer. Al instante se sintió desfallecer al imaginar las características del planeta central de la zona: noches perpetuas, fieras aullantes en los bosques, hombres despiadados en estado semisalvaje, hogar de los seres de las tinieblas cuyas carcajadas resonaban en los pestilentes pantanos… Sí, era el Infierno, aquél del que hablaban las antiguas leyendas de los mundos primitivos.

Pero no puedo pensar mucho más, lentamente la resaca del sueño lo fue cubriendo… cubriendo. Una insignificante figura embutida en una cápsula criogénica atravesó en un pensamiento las inmensas soledades, junto a las cuales velaban las estrellas…

 

Ella lo esperaba aquella tarde, junto al arroyo que llevaba el agua fresca a la tribu. Había visto al amanecer la señal y sabía que el dios Sol le enviaba a su nuevo instructor. Y este llegaría a través del sendero de la vida, que cubría el verde valle a la hora en que las aves de la floresta reanudaban su griterío desde las capas de los árboles en busca de nueva comida.

Primero fue una vaga figura perdida a lo lejos, bañada por la luz del Sol, más luego apuró el paso siguiendo la dirección del arroyo.

Guncher creía estar soñando aún en su lecho helado. Sol, árboles, pájaros, vida… ¿Dónde estaba? ¿Realmente había llegado a su destino? ¿Era posible que aquello fuese real? Se arrodilló y hundió la punta de los dedos en el fresco pasto, y, aproximándose al arroyo sumergió su mano para recoger un poco de agua. Lentamente, como temiendo romper un hechizo, dejó que el cristalino líquido resbalara sobre sus labios y le acariciara la garganta. Sintió deseos de llorar. ¡Sí, de llorar! Algo, no sabía qué, lo había rescatado de su mortal destino. Sí, era cierto. ¡Se había salvado! Pero, ¿quién era aquella persona que se acercaba a él con pasos pequeños a través de la vegetación?

Se incorporó. Era una joven mujer y muy hermosa; estaba ataviada con alguna clase de piel de animal. De pronto, bajo la luz del Sol, ella se postró ante él y exclamó:

  • ¡Oh, gran señor, mi corazón y el de toda la tribu se regocijan de que hayas llegado! He sido enviada por mi pueblo, que es también el tuyo, para obedecerte en todo lo que ordenes.

Guncher quedóse con la boca abierta por el asombro.

  • Tú… Tú hablas como yo – balbuceó.

Como ella quedase en igual posición, el viajero le dijo:

  • ¡Oh, por favor! Levántate. No tienes por qué dirigirte a mí en esa forma.

Ella se levantó de inmediato y le sonrió.

  • Te ha enviado el dios-Sol y nosotros vivimos para ti. Has llegado muy a tiempo. Nuestro brujo está por ingresar a la oscuridad Eterna.
  • ¿El también fue enviado por el dios-Sol?
  • Por supuesto.

Algo en la mente de Guncher forcejeaba contra un telón de ideas.

  • ¿Cuál… cuál es tu nombre?
  • Soy Ada-Marni, la hija mayor del brujo.
  • Por favor, Ada-Marni, llévame ante él – pidió
  • Por supuesto. Sígueme.

Avanzaron abriéndose paso entre el espeso follaje, al tiempo que los envolvía un suave aroma de pinos. Guncher observaba todo con los ojos muy abiertos respirando profundamente para dejar que el delicioso perfume lo envolviera.

Pronto llegaron a un pequeño poblado. Una serie de casitas hechas con troncos y ramas aparecían esparcidas en un claro bosque, y todos sus pobladores, hombres, mujeres y niños de aspecto saludable y expresión confiada, se inclinaron a su paso; al igual que Ada-Marni vestían pieles de animales.

Junto a la entrada de una choza algo mayor que las otras, el viajero vio a un hombre de avanzada edad que reposaba, con los ojos semicerrados, sobre una improvisada litera.

  • Tú también eres un extraño – murmuró – Vienes de allí, ¿verdad?
  • ¿Es posible?... ¿Es posible? – Guncher se pasó una mano sobre el rostro, mareado. ¿Aquel hombre realmente era de su mundo?
  • Eres del Infierno – continuó el viejo – lo veo en tu mirada.
  • Sí… pero, no entiendo. ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo estamos aquí?

El anciano suspiró, entrecerrando los ojos.

  • Las máquinas… Las máquinas no son los dioses que debemos venerar… Ellas actúan bien o mal, pero no por sí mismas… sino por los dioses que las dirigen… Mil años de viaje es mucho tiempo, suficiente para transformar un planeta… La máquina… es decir, tu nave te trajo tal como fue programada, mas sus orgullosos constructores de Allí, olvidaron que ellos tampoco podían modificar el tiempo… Olvidaron que sólo eran instrumentos de un poder mayor… la fuerza que rige el Universo. Y yo los desprecio porque ignoraron eso, pero aquí… aquí ellos, mis amigos, saben que son las máquinas de la creación, contra las que no se pueden rebelar.
  • De modo… que este planeta es la Zona de Deportación – balbuceó Guncher atónito, mirando a su alrededor.
  • Así es, amigo. Este es el Paraíso del que hablaban las antiquísimas leyendas que leí alguna vez en la biblioteca de Allí, igual que tú. Es el Paraíso, donde todo está establecido armoniosamente – El viejo vaciló, cansado por el esfuerzo y murmuró – Ya soy muy viejo y pronto moriré.

Guncher le tomó el pulso y comprobó que, en efecto, la vida se escapaba de aquel otro viajero, que alguna vez había llegado al planeta siglos atrás.

  • Pero antes de que me vaya, quisiera que tú, amigo, continúes haciendo aquí lo que yo hice. Vivirás mucho más que yo y harás florecer los campos que cubren este hermoso mundo. Mi hija será tu esposa y te dará hijos sanos y fuertes que, tal vez, lleguen a ser inmortales…

El viejo abrió por última vez los ojos y tomó una mano de Ada-Marni que, arrodillada a su lado, lo miraba serenamente.

  • Ahora debo irme. La Oscuridad me llama pero ya la he vencido. Ahora sé que en ustedes permaneceré.

Guncher quiso decir algo pero tan sólo atinó a apoyar su mano sobre la del anciano, rozando los largos dedos de Ada-Marni.

Suavemente, sin prisa, el viejo paseó su dulce mirada sobre el poblado y, tranquilo, murió.

Las aves de la floresta lanzaron su más hermoso trino.

 

 

Atraccion para turistas

Daniel Verón

 

Las extensiones del campo y las casas lejanas desfilaban sin cesar por la ventanilla del tren. Allí había calles de tierra, alambrados...; el ganado que parecía estar pastando durante toda la eternidad y allí había también algunos pueblos como oasis en el desierto. Las nubes competían con perdidas bandadas de aves que escapaban hacia el horizonte, persiguiendo al Sol. Y cuando el tren atravesaba un pueblo, uno podía ver a los campesinos, tomando el mate en silencio a la puerta de sus casas; se podía ver a las jóvenes que iban al encuentro de sus novios en alguna soñadora esquina; y se podía ver algún auto levantando nubecillas de polvo por los caminos que torcían entre los cultivos.

Pero pronto oscureció y Eduardo y Guillermo dejaron atrás todo eso. Ahora sólo había pálidas luces, muy distantes en la noche, velando la tierra dormida. El cielo era como el techo de un enorme teatro, fuera del cual sólo estaba el abismo.

Sin embargo, más tarde surgieron poco a poco otras luces, muchas luces, multicolores, intermitentes, y los galpones oscuros y (más allá) los edificios se perfilaron a sus ojos, entre la escarcha que cubría el vidrio de las ventanillas. Estaban llegando y ahora la gente se levantaba de sus asientos, a lo largo del vagón y en todos los vagones, y tomaba las valijas ordenando por última vez todas sus cosas.

El tren se detuvo. Podría haber sido Roma, París o cualquier ciudad, aún de otro planeta,  pues sólo entreveían un movimiento confuso, el latido de una ciudad que no conocían.

Salieron a la estación y el frío los aguijoneó despiadadamente. ¡Adentro estaba tan caliente! Pero este frío, casi polar, resultaba intolerable.

En cuanto pudieron tomaron un taxi y así se lanzaron a recorrer sendas nocturnas, calles luminosas pero gélidas, donde la gente iba y venía. No podían ir a otro lado que no fueran sus casas, seguramente. A ellos también los esperaba una casa, aunque vacía.

Una visión fugaz del mar, la costa, las boîtes y, al fin, llegaron. Ahí debía ser. No conocían el edificio pero sí la dirección. El pasillo de entrada, quizá a una temperatura bajo cero, estaba suavemente iluminado por tubos fluorescentes  ocultos entre  unas plantas de plástico, lo que llenaba el lugar de tonalidades verdes. Una vieja alfombra invitaba hasta los ascensores.

  • Sí, esto es Mar del Plata, no cabe duda –comentó Eduardo.
  • Sí –dijo su compañero distraídamente– ¿Por qué lo dices?
  • No sé, nunca traté de imaginarme cómo sería Mar del Plata, pero debe ser así. Este pasillo habla verdaderamente de los turistas que han pasado por aquí, de los que han vivido en el edificio.

Apretaron el botón y la luz roja comenzó a bajar de numeración hasta detenerse en la planta baja. Abrieron la sombría puerta del ascensor y subieron. Dos pisos más arriba salieron a un nuevo pasillo. Buscaron el departamento. Una bombilla desnuda hería la vista desde la pared de la escalera, pero frente a ella estaba la puerta con letra “C”. Volvieron a revisar las llaves y entraron, encendiendo la luz.

Había muebles desconocidos, luces desconocidas, un piso desconocido, todo era nuevo. El departamento era más o menos la mitad en tamaño del de Eduardo en Buenos Aires, pero eso no importaba; lo que sí importaba era que, a pesar de su modernidad, era un poco húmedo y hacía casi tanto frío como afuera, no obstante ser interno. El aire helado lastimaba la nariz y los pulmones al respirar.

Del techo del dormitorio pendía una curiosa lámpara en forma de canasta que proporcionaba una iluminación al cuarto más bien íntima. Las mantas de colores oscuros, parecían delatar antiguas presencias.

  • Voy a encender una estufa, todas las que hagan falta para calentar esto.
  • Como quieras. Yo voy a preparar algo.

Cenaron unas hamburguesas humeantes cambiando algunas impresiones sobre el viaje y su llegada. Era una linda aventura.

Al fin, poco después, hacia la medianoche, se dirigieron a sus respectivas camas. La de Eduardo, el dueño de la casa – aunque se empeñara en compartirla, – era la del dormitorio, y estaba cerca de la ventana que daba a un patio y al contrafrente de los otros departamentos, todos vacíos, del mismo piso. Guillermo, en cambio, dormiría en el living, junto a la puerta de entrada, lo cual, por otra parte, prefería.

Temblequeando un poco aún, se fueron durmiendo imperceptiblemente mientras la suave voz de la radio de Eduardo dejaba oír alguna melodía de ensueño.

 

La mañana estaba llena de proyectos y vitalidad. Antes del mediodía salieron a conocer la calle y el centro y, especialmente, la rambla. Esta verdaderamente hacía honor a la canción, porque caminando por allí, sobre la arena, junto a las olas del mar, la ciudad tiritaba. Estaba también el edificio de los deportes, cerca de la playa, y adonde a todas horas se jugaba. Pero a Eduardo, una de las cosas que más le gustaban era cenar allí, en el Bowling Club porque, además, se parecía a los viejos restaurantes de Buenos Aires; claro que este era muy moderno y familiar y, al fondo, tenía las hermosas canchas de bowling electrónico,  en las que todos ansiaban competir. Ahora bien; como ellos sólo podían estar unos días, en esta ocasión, era preciso saber aprovecharlo todo, por lo que decidieron separarse. Guillermo conocía algunas personas y optó por ir a visitarlas, en tanto Eduardo continuaría explorando lo que hubiera de interesante.

Así conoció a Elizabeth, al regresar al departamento una noche y varias noches, en que siempre se encontraban casualmente al entrar y al salir. Fue una de esas simpatías que tan fácilmente surgen entre los jóvenes, sin que hagan nada por ocultarla, y pronto comenzaron a verse más seguido y conversaban de muchas cosas, hasta que un día Eduardo la invito y desde entonces siempre salieron juntos para ir a sus lugares preferidos.

Desde luego que a los quince años cualquier enamoramiento parece la cosa más hermosa del mundo y a él le pareció que Elizabeth, en verdad, estaba hecha a su medida; tenía un encanto muy especial al hablar y dejaba traslucir entonces una gran ternura. Al igual que él vivía en Buenos Aires pero estaba pasando unos meses de vacaciones.

Un día en que Eduardo regresaba de comprar algunas cosas, encontró a la muchacha con su madre.

  • Eduardo, ¿no es cierto? –dijo con una sonrisa.

El se mostró sorprendido pero no tuvo tiempo de decir nada porque ella continuó:

  • Elizabeth me ha hablado mucho de ti. Creo que te hubiera reconocido en cualquier parte.
  • Bueno, es que no tengo nada de anormal como para llamar la atención– replicó de buen humor.

La mujer tenía unos cuarenta años y era sumamente elegante y atractiva; no era de extrañar que fuese la madre de Elizabeth. Tenía la misma alegría en el rostro y también la misma inteligencia en su mirada.

Todo sucedió muy rápidamente pero del modo que Eduardo consideró lo más correcto. Al día siguiente lo invitaron a recorrer la ciudad en el auto del padre de ella. Pasaron una tarde espléndida. El y Elizabeth iban cambiando de impresiones en el asiento trasero, en tanto los padres de ella iban adelante, escuchando muy satisfechos e interviniendo de vez en cuando en la conversación. ¡Qué linda familia que había conocido! El señor Acosta – tal su nombre – era uno de esos hombres simultáneamente juveniles, instruidos y comprensivos que Eduardo consideraba como esencial en un padre. Salía mucho pero no era vanidoso, hablaba sin llegar a cansar nunca.

En realidad, los Acosta eran gente muy semejante a él mismo, en particular, debido a las posibilidades que les daba una ventajosa situación económica. Su residencia permanente en Buenos Aires estaba en plena avenida Santa Fe – no muy lejos de su propia casa – y también poseían una casa de verano en Olivos, de la que parecían tener muy agradables recuerdos. Eduardo se dijo que sería hermoso poder visitarlos, tanto en un sitio como en otro, a su regreso. No es que le diera verdaderamente valor al dinero pero sí apreciaba el confort que sólo él brindaba y al que, por suerte, estaba acostumbrado.

Además... bueno, algunas veces había salido con chicas que no conocían ningún lujo y no eran como él, porque estaban acostumbradas a otra vida, y estas habían sido, para Eduardo, experiencias tristes en las que la imaginación no podía realizarse. Pero ahora, al fin, conocía a otros iguales a él. Y dado que sus relaciones con Elizabeth fueron cada vez mejores, la señora Acosta lo invitó un día a cenar con ellos en su casa, a la noche siguiente.

Eduardo estaba muy feliz; sentía como si finalmente hubiese hallado su destino. Guillermo volvió esa misma noche al departamento a quedarse otra vez; era una buena ocasión para comentarle lo ocurrido, pues él también lo había pasado muy bien. Mientras terminaban de cenar en el living, su compañero le relató lo sucedido desde su alejamiento unos días atrás.

  • ¿Y cuántos años tiene? –le preguntó interesado.
  • Hum, es un poco menor que yo pero la verdad es que no se le nota.
  • ¿Enserio te invitaron a la casa? –dijo Guillermo entre incrédulo y admirado a la vez.
  • Por supuesto, no te iba a mentir en eso.
  • ¡Qué suerte que tuviste!
  • Es una lástima que tengamos que regresar tan pronto pues ellos lo harán más tarde. Pero de todas formas creo que nos podremos encontrar en Buenos Aires.
  • Sí, mañana tengo que ir a sacar los pasajes. ¿En qué volvemos? ¿En tren o en micro?
  • ¿Qué te parece hacerlo en micro? Nunca viajé en uno para un viaje así.

 

Eduardo terminó de vestirse pero estaba un poco nervioso. Había dormido mal esa noche pensando en el compromiso que se le presentaba. El hecho de que todo fuera tan formal  no importaba porque tenía algo de encantador el practicar con mentalidad moderna algunas de las viejas costumbres. Y era que nadie lo había dicho, pero esta noche se consolidaría cuanto hubiese entre él y Elizabeth. Se querían, desde luego que se querían, y a los padres les había gustado, no había ningún inconveniente para confirmar un buen noviazgo. Pero Eduardo tenía sus habituales temores: decir algo inconveniente, no actuar como se esperaba de él, resultar cansador para los demás... Pero en el fondo estaba feliz de tener que pasar por todo eso.

Se vistió con algunas de sus ropas más elegantes y que no fuesen muy llamativas –no le gustaba lo exagerado – mientras se hablaba a sí mismo entre dientes dándose ánimo. Cuando ya estaba oscureciendo decidió, a último momento, comprar bombones para llevar de regalo, estimando que sería lo más correcto. Caminó dos cuadras, hasta la esquina de la estación terminal de ómnibus, para realizar su compra. Se sentía mejor que nunca aunque un poco impaciente. Ya iba a regresar cuando lo encontró por casualidad a su amigo que realizaba lo propio.

  • Ya está, ya saqué los pasajes –le dijo.
  • ¿Adónde ibas ahora?
  • Al departamento. Voy a guardar todas mis cosas. ¿Ya están listas tus valijas?
  • Sí, esta tarde las cerré. ¿A qué hora salimos?
  • Esta madrugada, a las dos –y le dio su pasaje– ¿Te espero en el andén?
  • Sí, en cuanto salga iré para allá.

Llegaron a la entrada del edificio.

  • Okey, te dejo –dijo Guillermo– tengo que hacer algunas cosas. ¡Qué tengas suerte!
  • ¡Gracias! Hasta luego.

Eduardo oprimió el botón del ascensor pensando en la hora de partida. Estaba muy bien, porque suponía que la reunión habría de prolongarse un poco más allá de la medianoche. “Siete horas de viaje”, se  dijo. “Llegaré a Buenos Aires a las nueve y entonces iré a casa a dormir otro rato. Será bueno despertar allá con tantos recuerdos ya avanzado el día”. Y a la noche seguramente iría con Guillermo al Bar Americano a festejar lo bien que les había ido en el viaje.

Una vez dentro del elevador se sorprendió a sí mismo apretando el número 4 en lugar del 2 de su piso. En los pasillos llenos de frío se escuchaba un tenue pero incesante zumbido de algunas maquinarias.

Lo recibieron en el departamento “B”, que daba a la calle y era mayor que el otro – el “C” – idéntico al suyo propio, y que también pertenecía a ellos. La casa estaba llena de cordialidad y simpatía, como sus residentes; la cocina y cada una de las habitaciones dejaban oír muchas voces que se atenuaron al llegar él. Elizabeth lo presentó a toda su familia y le hizo conocer su habitación, donde había muebles muy modernos y confortables, una pequeña biblioteca y una bien seleccionada pila de discos junto a un lujoso combinado. Por cierto que estos detalles le hicieron recordar su propia casa de Buenos Aires, pero no dijo nada.

La madre – al igual que su hija – quedó encantada con los bombones, tanto por la gentileza del regalo como por lo mucho que le gustaban.

Poco después, ya de regreso en el living, apareció el señor Acosta muy sonriente y amable y Eduardo se encontró sumamente tranquilo conversando con él, en tanto una tía y una hermana de Elizabeth preparaban la mesa.

De pronto todos parecieron muy interesados en conocer las actividades del muchacho y así se lo preguntaron. Era lo que más le preocupaba. No tenía ninguna ocupación, no al menos una que fuese común, pero precisamente en ello podía tener ventaja sobre otros, por cuanto la singularidad de sus temas preferidos podía dar tema de conversación para rato.

  • Tal vez le llame la atención, señor Acosta, pero mi interés son los objetos voladores no identificados –todos los miraban en silencio– y también suelo escribir ciencia-ficción –concluyó rogando porque no les pareciera muy extraño.

Y entonces todos estallaron en una exclamación de genuino asombro.

  • ¡Pero cómo! ¡Tenemos a un científico entre nosotros! ¡Y a un escritor! –exclamó el padre.

Eduardo sonrió como queriendo significar que no tenía importancia aunque por dentro estaba orgulloso de su éxito. Pero después toda la familia quería preguntarle un sinnúmero de cosas sobre los extraterrestres y los libros y las diversas teorías, e incluso la misma Elizabeth demostró sentir un gran interés por lo que él pudiera saber, así que se puso a contestar una y otra vez, intentando mencionar aquello que más les pudiera interesar, y les relató algunas de sus experiencias con los testigos de algunas apariciones misteriosas, y les habló de literatura y del papel que la ciencia-ficción cumplía dentro de ella, hasta que llegó la hora de comer. Entonces se atenuó un poco el bombardeo de preguntas, en tanto cambiaban entre ellos, las impresiones sobre lo escuchado. Eduardo, sentado junto a Elizabeth y frente a sus padres, estaba radiante de alegría y ya consideraba a cuantos lo rodeaban como verdaderos amigos. Sería maravilloso seguir viéndolos a su respectivo regreso.

Más tarde, a los postres, el señor Acosta volvió a comentar y a indagarle sobre los mismos temas, demostrando que estaba muy satisfecho del novio de su hija, de modo que la conversación se alargó más y más, hasta que acabó confesando que él y, en parte, también su familia, se interesaban por cuestiones muy similares que no era posible comentar libremente. Según parecía, desde muy joven, había leído y practicado la magia, el ocultismo, la alquimia, etc. Eduardo escuchó todo esto como en un sueño, pues ya había tomado bastante vino y tenía miedo de ponerse a decir tonterías, pero el señor Acosta habló y habló sobre los extraños conocimientos que obtuviera de sus exploraciones por libros prohibidos, y pronunció nombres de macabra sonoridad y fórmulas para atraer a ciertos seres malignos que habían poblado la Tierra milenios atrás. Y añadió, inclinándose hacia él en tono confidencial con una sonrisa:

  • Sabemos que te vas a ir esta noche. Me agradaría poder mostrarte algunas de las cosas que tengo, te agradarán.

Eduardo balbuceó algo por compromiso pero, instantes después, el hombre se marchó al otro departamento. El y Elizabeth quedaron solos, ya que los demás también se habían ido, pero no importaba adónde; la muchacha lo tomó familiarmente de un brazo sonriéndole, como si esperase su opinión sobre la velada.

  • ¿Hace falta que te lo diga? –replicó Eduardo intentando aclarar su mente–. Lo he pasado mejor aún de lo que suponía.
  • Me alegro.
  • Sólo que no quisiera molestar a tu padre, ni a los demás, ya que es un poco tarde.
  • Al contrario, para él será un gusto hacerte conocer sus cosas; por mí no te preocupes, pues me duermo siempre alrededor de las dos. Muchas veces me quedo leyendo largo rato. A mí también me interesan los mismos libros que a mi padre.
  • ¿Sí? Pero en tu habitación no casi ninguno. ¿Dónde están?
  • Los tenemos guardados.
  • ¡Qué raro! ¡Nunca me imaginé que ustedes se interesaran también por estas cosas extrañas! ¡Parece increíble!
  • ¿Conoces realmente algo sobre magia?
  • No, creo que no mucho. ¿Qué es exactamente? –inquirió tomando otro trago de vino.
  • Ven, te lo mostraré.

Inútilmente Eduardo trató de despejarse; todo aquello le parecía irreal, extravagante, no era posible que le estuviera ocurriendo de veras. ¡Oh, no, no era eso! Quería recordar pero no podía. ¿Realmente en una hora tenía que ir a la estación terminal a tomar el micro o era al día siguiente? Le dolía la cabeza. Ese vino estaba ejerciendo un poderoso efecto sobre él. ¿Por qué le resultaba ahora tan fuerte?

Se dejó conducir por Elizabeth como si fuera un niño a través del pasillo, hasta el otro departamento. ¿Qué habría allí? ¿Dónde estaban los demás? Cuando entraron todo estaba oscuro. La puerta se cerró bruscamente tras ellos.

  • ¿Qué pasó? –dijo Eduardo estirando los brazos para encontrar a Elizabeth que debía estar al lado suyo.

Permaneció en silencio aguzando el oído por si se escuchaba algo, y entonces su cuerpo se cubrió de un sudor frío y tuvo temor de lo que pasaba. En esa profunda oscuridad nada se distinguía pero... ¡se oía!, ¡se sentía... la presencia de alguien, una persona o varias en la oscuridad!

  • ¿Quién hay ahí? –dijo temblándole la voz.

Entonces, un par de vetustos candelabros que colgaban de las paredes, se encendieron con una luz mortecina que cayó brutalmente sobre una escena de pesadilla. A todo lo largo de la habitación había una serie de grotescas figuras encapuchadas que vestían hábitos negros y lo observaban con ojos brillantes desde el fondo de sus máscaras.

  • Bienvenido, Eduardo –dijo una voz gutural pero que poseía un timbre vagamente familiar– Llegas justo para nuestra reunión semanal.

El muchacho quiso hablar algo pero no pudo, el terror lo tenía paralizado. Al fin, haciendo un esfuerzo sobrehumano, logró darse vuelta buscando la puerta. ¿Adónde estaba? Detrás suyo había un abismo sin fin.

  • Es inútil –atajó la misma voz en tanto efectuaba unos extraños pases ante un misterios altar.

Eduardo se volvió con desesperación tratando de encontrar a Elizabeth, y fue entonces que, del grupo de encapuchados, se acercó a él una figura más pequeña con algunos bultos entre las manos.

  • Aquí tienes tu ropa, querido –le indicó con una familiaridad que resultaba aberrante.

Eduardo quiso retroceder al ver frente a sí el horrible hábito.

  • ¡No! ¡No! ¡No me vestiré así! –gritó dándole vueltas la cabeza.
  • ¿Por qué pones esa cara? ¡Oh, papá se enojará contigo, él que estaba orgulloso de tu inteligencia! No debes afligirte por nada. ¿Es que acaso no te gustaba nuestra familia? Tu vida va a cambiar, ahora serás una más de nosotros.
  • ¡Nooo....! ¡Nooo...!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Viernes, 06 Marzo 2020 01:25

paradoja temporal / Daniel Verón /

 

 

paradoja temporal

Daniel Verón

 

Eriksson y sus  principales oficiales pasaron bastante tiempo con los “tempos”, como empezó a llamárselos  comúnmente. El sol era anaranjado y se ubicaba en una región densamente poblada de estrellas importantes, apenas a unos  100 años-luz del borde del núcleo de Andrómeda. Se trataba de un sistema planetario de unos 15 mundos, de los cuales el cuarto era el que estaba poblado por esta raza. Tal como comprobaron los sabios que acompañaban a Eriksson, en aquellos momentos no había más que de unos 50.000 individuos, como mucho, en todo el planeta y, si bien existían poblaciones urbanas, no pasaban de media docena y eran bastante pequeñas en comparación a otras grandes metrópolis galácticas.

Desde luego, los tempos eran de contextura humana y de gran belleza. Eran altos, de piel dorada y cabellera azul y ambos sexos se vestían muy parecido. Su mundo poseía un clima benigno, con pocas variaciones climáticas y esto les permitía llevar una vida parcialmente al aire libre; la vivienda sólo la utilizaban para su vida privada o íntima. A Eriksson le llamó mucho la atención que allí no existía ninguna clase de gobierno sino que todos ellos parecían tener básicamente los mismos objetivos, como si hubiesen sido enseñados de antemano en cuanto a qué hacer con su vida. Apenas sí diferían en cuanto a cómo obtener esos objetivos. Además, en cierto modo, no tenían una individualidad sino que todos se empeñaban en aquello que creían mejor para la raza en sí. En otras palabras, para los tempos estaba primero la raza y luego, alguna vez, su vida privada.

Los tempos eran amables y demostraron más interés en Eriksson y el hombre solar en general que lo que este había visto en otros lugares del Grupo Local. Como si los conocieran de mucho antes, desde un principio aceptaron que los federales establecieran una embajada allí. La primera persona que los trató fue Aydor, un hombre que aparentaba no más de 30 años y que tenía una extraña vivienda en las afueras de Vaylorsan, la ciudad principal del planeta Aguma. En ese tiempo, Aydor estaba unido con una bella mujer llamada Synlorin y tenía dos hijos que no parecían ser mayores de 10 años. Sin embargo, luego de diversas explicaciones, Kanter, el oficial científico de Eriksson, comprendió que, en términos de tiempo solar, esto no era así. Resulta ser que los tempos llegaban a la adultez bastante rápido. Entre ellos casi no existía la infancia ni la adolescencia, así que un  individuo nacido apenas diez años atrás ya tenía toda la experiencia de un adulto. De hecho, sus hijos habían nacido  apenas unas semanas antes.

Más allá de algunas extrañas costumbres (por ejemplo, se alimentaban en privado y nunca delante de otra persona, no existían entretenimientos, no usaban reloj o algo parecido, etc.), los federales les interrogaron primeramente sobre la falta de un gobierno. Para ellos no era así porque todos sabían qué hacer. ¿En qué consistía esto? La palabra más parecida a las nuestras era “desarrollarse”, algo así como un ejercicio de la libertad individual pero para un bien común. Por más habilidades que tuvieran, medios a su alcance, capacidad y demás, la racial estaba por encima de todo. Si algo individual iba en contra de lo racial, eso era desechado inmediatamente y nadie lamentaba su ausencia. En su breve historia, existían muchas costumbres que habían ido modificando a causa de esto.

Vagamente, podría decirse que sus ideales giraban sobre lo siguiente: Si este Ambito Cósmico (AC) era limitado, ellos debían progresar de tal modo, que fueran capaces de salir de este AC para crear otros nuevos en donde la vida fuera progresivamente cada vez mejor. A Kanter esta idea le resultaba familiar. Ya la había escuchado en diferentes sectores del Grupo Local y algunos estudiosos lo llamaban “filosofía de la creación mejorada”. Es decir, se partía de la tesis de que la condición de vida podían ser indefinidamente mejorados, ya no únicamente en su mundo natal sino más allá de este, a nivel cósmico. En estos individuos, el tenerlo todo y no verse obligados a luchar para sobrevivir, no había creado un conformismo o apatía sino un deseo de extender o mejorar esa prosperidad a otros Ambitos Cósmicos.

Este anhelo había surgido a partir del momento en que tomaron, por primera vez, contacto con otras razas más o menos cercanas, en especial el inmenso núcleo de Andrómeda. El ver que otros seres inteligentes no vivían bien o que se empeñaban en objetivos inútiles, fue lo que amplió esta visión. No es que desearan exactamente  cambiar a los demás sino, más bien, crear un orbe en donde las reglas fueran distintas, más parecidas a las suyas. Eriksson, Kanter y otros, hablaron bastante con Aydor acerca de esto. Más claramente, los tempos daban por sentado, como principio inamovible, que siempre se puede vivir mejor y que esto, a su vez, contribuye a que el Ambito Cósmico mismo sea mejor también. No se parecía tanto a un sentimiento de nobleza sino a una especie de “principio vital” que los impulsaba en todas sus acciones. De acuerdo a ello, el devenir mismo de cada día pasaba a ser un medio para lograr esta clase de objetivos. Esa era la causa por la que los tempos conformaba en ellos una personalidad rica y distintiva.

Desde luego, lo sobresaliente de los tempos eran sus capacidades cognitivas en lo concerniente al tiempo, conformando un verdadero sentido temporal, único. Claro que para ellos no constituía algo especial. La percepción de dos edades diferentes al mismo tiempo era como para el hombre solar intentar distinguir voces que provinieran de dos lugares diferentes. La traslación temporal estaba dividida en personal y general. En la traslación personal (TP) el individuo volvía realmente a otro momento de su vida; en la general podía trasladarse tanto al remoto pasado o al futuro, cuando no existe como individuo, con la misma facilidad con que un arqueólogo contemplaría las ruinas de civilizaciones desaparecidas. Lógicamente, esto no lo practicaban  en cualquier momento. Al igual que una persona común puede apartarse a leer, los tempos también se retiraban a meditar, antes de trasladarse a una época cualquiera, sin que su cuerpo físico se moviera en absoluto. Ni siquiera llegaban a perder totalmente la conciencia de lo que pasaba a su alrededor. En cierto modo, es como cuando una persona se pone a meditar abstrayéndose de lo que le rodea.

Los tempos no se trasladaban a ninguna parte si no había un buen motivo. No solían hacerlo por curiosidad sino por un propósito. Ir a su propio pasado a revivir tal o cual momento no estaba prohibido en absoluto y, al contrario, podía constituirse en una fuente de placer. En cambio, la traslación general (TG) sólo era realizada por aquel que sabía, positivamente, que podía hacer algo importante por el bien general. De acuerdo a estos preceptos, podría decirse que los tempos eran la única sociedad cuya historia era modificada continuamente. No se sabía cuál pudo haber sido el modelo original, ya que éste había sido mejorado y perfeccionado miles de veces hasta lograr una situación óptima. Si en alguna época los tempos habían tenido un nivel más bajo que el actual, ya no existían pruebas al respecto en el pasado. En lo que tiene que ver con el futuro, los tempos realmente planificaban su destino dentro de lo que ellos consideraban como óptimo.

Naturalmente, era difícil estudiar a una raza cambiante. ¿Qué habría sido del hombre terrestre si hubiera podido borrar de su historia las guerras y catástrofes producidas por él mismo? ¿Alguien habría descubierto alguna vez su verdadera historia? Ahora bien; esto no significa que los tempos hubiesen cambiado tantos  hechos de su historia, por cuanto ellos tenían características genéticas  así como se las veía actualmente. En este punto, el sabio Ekhuseyras, un rigeliano que acompañaba a Eriksson, los desafió como una especie de “perfeccionadores del Universo”. Su actitud frente al hombre solar no era cambiarlo ahora, sino que en el futuro el Universo contara con formas de vida mucho mejores. Para otros, en cambio, esto era elegir caminos alternativos. Eran los partidarios de que el Universo Total posee una historia única y que si esta es modificada  ya no será el mismo Universo sino que habrá dos de ellos, y así indefinidamente. De hecho, existían razas que en cierto modo habían demostrado que la historia nunca puede ser borrada hasta el punto de hacerla desaparecer.

Afortunadamente, los tempos habían inventado, hace mucho, una tecnología semejante a la televisión,  que servía para mostrarles a otros sus traslaciones temporales. De otro modo, habría sido muy difícil saber con precisión cómo era aquello. Fue así que simplemente a los efectos de una demostración, una de estas pantallas fue adherida a Synlorin, la mujer de Aydor. Esta experiencia fue llevada a cabo sólo delante de Eriksson y sus principales oficiales. En términos convencionales, dicha experiencia duró algo así como 40’, pero fue de enorme interés para los federales. En las escenas, en ningún momento pudo verse a Synlorin sino que en la pantalla aparecía lo que ella misma había observado en cierta fecha ubicada unos dos años atrás. Aunque se trataba de escenas familiares y hasta íntimas, Aydor les hizo notar que ella estaba cambiando la historia. En aquel día ella no había salido realmente de su casa, mientras que ahora sí lo estaba haciendo. Abría la puerta y el sol anaranjado de Aguma llenaba la casa de luz.

Remblozat era un embajador del sistema solar al que pertenecía la Tierra y que habitualmente acompañaba a Eriksson en sus viajes. Justamente a él era a quien le costaba más entender lo que veían. Para él, una vez que se admitía un cambio en la historia ya no había una completa seguridad de que el modelo original fuese tal.

  • ¿Qué prueba hay –decía– que esto no ha sido hecho infinidad de veces ya? ¿Cuál es el modelo auténtico?

Aquí se suscitó una interesante discusión con Kanter. El rigeliano le recordó los viajes en el tiempo logrados por Varonn y otros, a lo que Remblozat  retrucaba  que allí sí se dio por sentado que existía un Universo original en el que algunas cosas fueron modificadas. Aquí, en cambio, al tratarse de vidas individuales, ¿cómo entrever al modelo original? A continuación, y mientras Aydor los miraba con interés, tuvo lugar otra experiencia de traslación, pero esta vez no al pasado personal de Synlorin sino a un pasado remoto, en donde el planeta parecía muy diferente.

Aydor les explicó que estaban viendo cierta época en donde su raza apenas estaba surgiendo por la feliz coincidencia de diversos factores bioquímicos. El sol parecía más cercano, no existía ninguna población y los tempos que se veían parecían un tanto primitivos. Lo que quedó perfectamente claro es que no podían trasladarse temporalmente más allá de su propia existencia como raza; o sea, que ellos no podían remontarse al inicio del Universo. Lo mismo sucedía en cuanto al futuro. Podían trasladarse hasta donde hubiera otros congéneres suyos vivos; ese era el límite.

Desde luego, la experiencia de modificar algo de su historia fue repetida, esta vez a nivel general y únicamente por tratarse de esta magna reunión entre dos de las razas líderes. Sin embargo, nuevamente quedó planteado el mismo enigma. ¿Cómo saber que la experiencia de abrir o cerrar la ventana, por ejemplo, no había sido ejecutada muchas otras veces, tanto en un sentido como en otro? ¿Cómo saber que algo realmente era cambiado y no que simplemente volvían al modelo original, por ejemplo? En cierto punto, en donde la situación parecía plantear más dudas que otra cosa, Aydor tomó la palabra.

  • Ignoro a qué se refieren con lo del modelo original. –dijo– ¿Está establecido en alguna parte que ustedes vistan una ropa y no otra, acaso? ¿Cómo puede asegurar si hoy, aparte de venir aquí, no hizo también otras cosas?

Eriksson lo miró con cierta incredulidad  y ya iba a responder algo cuando su interlocutor continuó:

  • Usted tiene una forma de pensamiento lineal: primero viene A, luego B y así sucesivamente. Cuando conozca mejor los secretos del tiempo se dará cuenta que solamente A ofrece una infinita posibilidad de variantes. No hay un solo camino. No existe un encadenamiento de cosas, fuera del cual usted no se puede apartar, una ruta que no le permite pasar a otras. No es así como funciona el tiempo. Hasta donde nosotros sabemos, el tiempo es circular y esto permite cambiar de sendero continuamente. Si lo A no me parece óptimo puedo pasar a lo B y, sino, a lo C. Esto es lo que nos permite superarnos. No estamos atados al pasado ni tampoco al error o al fracaso. Es a esto a lo que deben llegar ustedes también. –Y diciendo esto, añadió– Almirante, ha sido para nosotros una experiencia muy grata su visita. Espero que le sirva.
  • .. –balbuceó Eriksson– entonces...
  • Usted ya lo sabe.

Y diciendo esto, todo lo que veían se esfumó por completo ante la vista de los federales.

Fue como un viento fuerte que soplara llevándose alguna neblina. De pronto, los federales se vieron a sí mismos en un páramo desierto de aquel planeta, sin que hubiera la más mínima señal de vida. Tampoco  hizo falta que los buscaran. Por largos minutos nadie dijo nada, hasta que el almirante tomó la palabra.

  • Era de imaginar. Ellos vienen modificando su historia desde hace siglos. No son de aquí, tal vez, pero eligieron este sitio para manifestarse.
  • Almirante –dijo Kanter– en nosotros encontraron algo que les interesó; por eso se manifestaron mostrándonos todo lo que habían logrado.

Eriksson se sentó en silencio a meditar y añadió:

  • Esto simplemente nos demuestra cuánto que nos falta todavía a nosotros, para dominar el tiempo... Es extraño lo que siento. Por un lado, estamos aquí nosotros solos y, por otro, imagino que podemos seguir estando con ellos.
  • En cierto modo –dijo Kanter– así es.

En esos momentos, el sol anaranjado de Aguma comenzaba a descender hacia el horizonte, el cielo se cubría de un tinte verdoso y comenzaban a verse las primeras estrellas. En aquel sector de Andrómeda eran incontables las estrellas de primera magnitud que se observaban a simple vista. Todo el personal realizaba los preparativos  para irse. Antes de partir, Eriksson levantó la vista al cielo estrellado y musitó estas palabras:

  • Los volveremos a ver, estoy seguro

Minutos después, ni ellos ni los tempos estaban más sobre la superficie de Aguma.

Martes, 10 Diciembre 2019 03:19

En el principio fue miqhvaar / Daniel Verón /

 

En el principio fue miqhvaar

Daniel Verón

 

 

La nave proyectó un haz de luz y segundos después la figura humana se materializó cerca de una inmensa estructura. Era de noche aquel hombre miró a su alrededor. A un costado había una gran catarata, pero no de agua u otros líquidos, sino de imágenes de distintos mundos, que se sucedían unos a otros. En torno suyo el suelo parecía metálico y, en lo alto, había una danza de lunas artificiales girando en torno a Sede-1, tal el nombre dado a aquel planeta igualmente artificial.

Delante suyo, había un pasillo de luces de colores por donde avanzaban dos majestades  con aspecto tan humano como él, con sus clásicos ropajes que los identificaba con la Federación. Lo saludaron cortésmente y lo llevaron de nuevo por el pasillo al interior del inmenso edificio. A su alrededor se escuchaba suavemente una extraña música. Las luces y sombras se sucedían unas a otras. Por fin, se detuvieron los tres y casi casualmente apareció por un costado otra figura más, de aspecto imponente.

Sin poder evitarlo, nuestro visitante habló primero y dijo:

  • ¿El supremo Ultra-Divinis Janus Miqhvaar, supongo?

Este lo miró un momento como analizándolo y dijo:

  • Y usted es el Mega-Tempus Ziddor Varer, ¿no es cierto?

A lo que Varer se inclinó saludándolo al modo de la Federación. En medio del protocolo, Miqhvaar lo interrumpió diciendo:

  • Puede decirme Almirante simplemente.

Tras lo cual hizo un gesto para que los dejaran solos.

  • Estaba informado que usted vendría, así que no me sorprende.

A lo que Varer  con cierta sorpresa replicó:

  • Entonces debe saber que hay simplemente un explorador del tiempo y que hace mucho deseaba verle personalmente.
  • Bien, no es usted el primero, en tanto tiempo hay muchos que han venido a verme. La mayoría de los Pantocratores y Ultra-Divinis, los embajadores de Sagitario y los Supremos de Super-Cúmulos y varios más.

Varer y Miqhvaar se sentaron y, al instante, se abrieron unas ventanas permitiendo la observación del cielo estrellado como si estuvieran en algún mirador.

  • Es fantástico – murmuró Varer.
  • Cuando mandé construir este mundo quise que fuera en base a mis gustos personales – dijo Miqhvaar orgulloso.
  • ¿Y por qué en el sistema de Centauro?
  • Eso es fácil de suponer, mi amigo. Es porque en Centauro comenzó realmente la Federación. Y no quise utilizar ninguno de sus mundos porque si hay algo que me fascina aún, luego de tanto tiempo, es esto: las estrellas...

Ambos personajes se contaron algunas cosas más. Incluso Varer contó de su mundo y de todo lo que él sintió al convertirse  en un explorador del tiempo, asomarse a la cuarta dimensión que es el tiempo, estaba lleno de sorpresas, de extrañezas, en donde no siempre las cosas eran como uno suponía, el tiempo era como una nave en continuo movimiento. El tiempo...

Pero aquí esta noche, el personaje era Miqhvaar, al que Varer deseaba consultar puntualmente algunas cosas.

  • Almirante, aunque es un tema que ya lo hemos estudiado otras veces, ¿qué tenía en mente al crear la Federación?

El Almirante sorbió un trago de un refresco que se les había dado y, mirando a las estrellas, dijo:

  • En aquel tiempo ya teníamos la certeza de que existían otras razas en la Vía Láctea. Así que mi idea fue la de unificar a todas las razas humanas y explorar la Galaxia para descubrir otros como nosotros y así “enfrentar” a los no humanos que resultaron ser una cantidad más o menos igual.

Varer meditó un momento y preguntó:

  • ¿Por qué unificar? ¿Es que no estaban unidos?
  • Recuerde que en ese tiempo existían los hombres solares, los eridanos, los crespenses, los denebianos y aún los primitivos géniros que habíamos descubierto nosotros.

Como quien en una videoteca, Varer dijo:

  • Quisiera oír de usted mismo, ¿qué era en ese tiempo el Hombre-Solar?
  • El Hombre-Solar era todo lo proveniente de la Tierra, la Luna, Marte y los mundos helados, en donde se estaban formando repúblicas y hasta reinos locales. Y también eran los colonos de los mundos de Alfa Centauro. Y todos estos coexistían con los demás humanos que no provenían de la Tierra o del Sol.
  • ¿Alguna vez se creyó que podía haber razas no-humanas más importantes que la nuestra?
  • Sí, claro que sí. Es por eso mismo que decidí crear la Federación.
  • Más allá de que nosotros pertenecemos al Modelo Humano (el M.H.), ¿por qué ese interés en destacarlo a nivel galáctico?
  • Mire, ahí hay algo importante que debe quedar claro en todos. El M.H. surgió en Altair cuando la Vía Láctea tenía unos pocos millones de años (M.A). Ellos fueron los primeros humanos que hubo, cuando la Galaxia era muy diferente y aún el Cosmos poseía condiciones que ya no tuvo después. Si quiere llamarlo así, el M.H. fue un experimento de la naturaleza.
  • Un experimento de la naturaleza –meditó Varer– ¿Usted piensa que luego la Vía Láctea no produjo otros humanos?
  • Seguramente que sí, pero nuestra semilla fue la primera. El interés en que perdure es que luego la Vía Láctea cambió y sigue cambiando. Las razas surgidas ahora ya no son como aquella.

Varer estuvo en silencio unos momentos y luego reflexionó_

  • Lo notable es que los mismos altairenses no sobrevivieron para verlo.
  • Pero dejaron sus hijos, por así decirlo, o sea nosotros, y la Federación es quien lleva la antorcha del Modelo Humano.
  • Eso significaba la antorcha, entonces –dijo Varer entendiendo.
  • Ese fue uno de los primeros símbolos de la Federación –completó Miqhvaar–. Los primeros kosmokratores la mostraban cada vez que llegaban a una nueva galaxia.
  • Almirante –dijo Varer luego de unos momentos– sin embargo la Federación siempre incluyó a todo tipo de razas, como los no-humanos y semi-humanos.
  • Bien, primeramente fue natural que otros nos vieran más desarrollados a nosotros o un grupo invadiendo a otro grupo, así que aceptaban integrarse a la Federación. Además, de esa manera se evitaba caer en el “síndrome rerum”.

Varer puso un gesto de extrañeza y dijo:

  • ¿Qué fue eso?
  • El motivo por el cual desaparecieron los altairenses –le recordó Miqhvaar.
  • Creo que este es un punto que no es bien conocido –reconoció el Mega-Tempus.
  • Los altairenses estaban muy adelantados en lo científico y por eso practicaron los viajes espaciales. Sin embargo, ellos nunca fueron muchos. No sucedió como con el Hombre Solar (H.S.) que, si la población de la Tierra hubiese muerto, ya había colonias permanentes de humanos en casi todo el Sistema Solar.

Varer lo miraba como fascinado, imaginando la situación.

  • Se cree que un virus contraído en algún lugar los fueron diezmando de a poco –continuó Miqhvaar– y que los colonos de un lugar, librados a su suerte, ya no podían ayudar a otros.
  • Creo que ahí tengo un objetivo para mi próxima exploración.
  • Además, hay que tener en cuenta otra cosa. Imagine cómo era el Cosmos primitivo, la Galaxia primitiva. En la Vía Láctea había muchas nubes proto-planetarias pero pocas estrellas desarrolladas. El Sol era de esas. Fue allí que surgieron planetas capaces de desarrollar el Modelo Humano.
  • ¿El M.H. es, entonces, una forma de vida más desarrollada que otras?
  • Es más desarrollada que las semi-humanas, y, entre las no-humanas existen muchas variantes que, según el caso, pueden ser mejores que nosotros.
  • ¿Y qué me dice de otros modelos humanos que también subsistieron, aparte del H.S.?
  • Cronológicamente son posteriores al H.S. en varios ciento de millones de años.

Permanecieron unos segundos en silencio hasta que Varer dijo:

  • ¿Sabe una cosa? Oyéndolo a usted parecería que la naturaleza experimentó con el H.S. y que el Modelo Humano ha ido evolucionando. Los eridanos y algunos otros no necesitaron tanto tiempo como el H.S. para adelantar en conocimientos.
  • Bueno, ahí está una de las grandes causas de todo lo que venimos hablando. Y es que la Galaxia evoluciona. No es lo mismo que era antes ni es ahora lo que será después.
  • Algo de eso es lo que he visto en mis viajes. El supremo Garyker fue el primero en comprobarlo.
  • Y usted sabe –replicó Miqhvaar– que distintos exploradores de los Poli-Cosmos y de los Neo-Universos han comprobado la evolución de las galaxias en general y del Universo total (U.T.).
  • ¿Entonces?
  • Esto nos llevaría a que el U.T. está en permanente evolución, igual que el primer ser vivo.
  • ¿Auto creado o no?
  • Todavía es algo por descubrir porque las distintas conciencias galácticas que hemos descubierto desde los viajes del supremo Gedeón Solar, a su vez derivan de otras y así indefinidamente. O sea que, aparte de la materia, el U.T. está lleno de entes cósmicos que no dirigen los sucesos sino que también evolucionan.
  • O sea que no puede haber un único Dios.
  • Yo creo que sí lo hay. Lo difícil será explicar a su vez cómo surgió. Mire –dijo Miqhvaar mirándolo fijamente–, si yo estuviera en su lugar, más que explorar en el lejano futuro en donde uno se sumerge en ese mar de Poli-Cosmos, me dirigiría más bien a los primeros tiempos de la Galaxia, cuando esta, el Super-Cúmulo y el Cosmos aún no estaban tan desarrollados. Creo que allí hay más cosas por explorar todavía.

Aquellas palabras pegaron fuerte en Varer. Se quedó sin decir nada, mirando fijamente en la pantalla las estrellas que parecían llamarlo.

  • Allí usted tendrá la posibilidad de ver el surgimiento de muchas cosas –insistió Miqhvaar.

Miqhvaar se incorporó, destacándose su imponente figura y se acercó a la pantalla.

  • Este mirador estelar no es algo casual –dijo–. Mire. Según la visión de los astros a veces puede verse el Sol y hasta algunos de sus planetas. Otras se ve claramente Alfa Centauro y sus acompañantes. Pero en otras ocasiones puede distinguirse 61 Cisne, Tau Ballena, Epsilon Indio, o aún Altair y Epsilon Eridano con algunos de sus planetas. Todo depende de la posición. Y más allá, en la profundidad estelar, usted sabe que hay más, mucho más. Pero lo que está claro es que siempre hay una frontera por traspasar, siempre hay algo nuevo por descubrir.

Al ponerse frente a él nuevamente, Varer hizo una reverencia y, levantando la mano al estilo de la Federación, respondió:

  • Lo he entendido perfectamente, Almirante.

La entrevista había finalizado. Era el final, era el principio.

Martes, 13 Agosto 2019 03:46

En algún lugar Daniel Verón

 

 

En algún lugar

Daniel Verón

 

 

El tiempo resultó ser, también, una estructura mucho más compleja de lo que parecía. Si bien hasta la 17º dimensión parecía ser circular y poder unir sus extremos, tal como hemos visto, más allá aparentaba tener otras formas. Para algunos sabios de esos milenios, el Tiempo, como un todo, poseía una estructura parecida a la de un 8 tridimensional, adonde se podía “subir” y “bajar” escalones de tiempo que representaban edades enteras. Para otros, en cambio, representaba alguna extraña estructura laberíntica pero “vertical” que permitía el ida y vuelta. Pero esto no era tan simple. Sus características parecían depender del punto de referencia que uno tomara. En otras palabras, el tiempo no parecía ser el mismo en las escaleras, en los túneles o en las galerías. En realidad, el tiempo se comportaba de acuerdo al medio, como si se tratara de algún elemento químico.

A esta altura es necesario decir que las galerías representaban unas macro-estructuras cósmicas que tenían la singularidad de englobar inmensidades de tiempo con ciertos objetos llamados Masas, cada uno de los cuales equivalía a miles y miles de universos. En base a ciertas observaciones, los sabios estimaban que las galerías conducían a sectores nuevos o diferentes de la Casa. Demás está decir que la polémica era grande sobre objetos tan increíblemente lejanos, pero resultaba apasionante. Aún en este tiempo estaban los partidarios de la existencia de una Habitación única y los que sostenían que había varias Habitaciones, llamando Casa a la totalidad. En este sentido también hay que decir que los apkon y los humanos colaboraron estrechamente en nuevas investigaciones.

Los viajes o traslaciones realizados a esas regiones fantásticamente lejanas fueron verdaderas aventuras en lo desconocido, ya que no había forma de saber algo como no fuera yendo personalmente. Es así que, luego de los viajes del comandante Sarrer, aparecen los del Supremo Irvins al mando de nuevas flotas de la Federación para acceder a esos lugares. Pensemos que, para entonces, se había convenido en medir las distancias por UL (Universos Locales); 1 UL era nada menos que unos 40.000 millones de años-luz. Pues bien; se creía que el acceso a las galerías estaba más allá de los 200.000 millones de UL. Sólo un dominio muy completo del mundo multidimensional posibilitaba traslados más o menos seguros y rápidos a esos lugares. El “salto” representaba, por lo tanto, ir mucho más allá de donde estaban los Señores de la Luz, por ejemplo.

La primera vez que la Flota llegó, pues, a una Masa de las primeras galerías que encontraron, Irvins y los demás se encontraron con algo que no esperaban. Ellos podían contemplar ese objeto que, potencialmente, era un Universo completo con trillones de formas vagamente equivalentes a galaxias y estrellas. Pero la gran novedad era que el tiempo no transcurría en absoluto. No se trataba, por lo visto, de un mero fenómeno local sino que, literalmente, estaban situados “afuera” de la corriente del tiempo. Desde luego, algo tan importante fue necesario comprobarlo una y otra vez en distintos viajes. La conclusión fue que, al parecer, en las galerías, el tiempo simplemente no existía. Lo que había era eternos ahora (EA, como fueron llamados para designarlos como unidad de medida). De modo que las galerías tenían bien puesto su nombre: era como corredores o pasillos para observar diferentes cuadros en un museo. Como es lógico, la realidad de cada pasillo nada tenía que ver con la de los cuadros expuestos. Estos cuadros eran, efectivamente, las Masas.

En las galerías, pues, las incontables Masas podían ser apreciadas en detalle sin que interviniera en lo más mínimo el paso del tiempo. Eran como “instantáneas”, como una foto sacada al paso de una escena cualquiera. Irvins se interesó particularmente en el por qué de estas galerías, cuál era su verdadera función y demás. Pare eso se realizaron diversas investigaciones en cada una de las Masas que iban encontrando. Para eso, también el instrumental debió ser muchas veces mejorado para que fuese útil. Las primeras observaciones dieron como resultado que, de alguna manera aún poco clara, las Masas mantenía alguna clase de interrelación con el resto de las estructuras de la Casa. Era difícil explicarlo, pero las Masas eran algo así como la cúpula de una habitación del lado de adentro, reflejando gran parte de todo lo que sucedía “abajo”.

Cuando los sabios de la flota se reunieron en pleno, la emoción era grande. Aparentemente habían descubierto, en ese tipo de objetos, algo que podía estar señalando uno de los límites de la Casa, algo así como el techo. Sobrevienen entonces interesantes debates cosmológicos sobre la naturaleza de tales estructuras, aunque los datos aún eran pocos. ¿Será que realmente estaban en el techo de la Casa o se trataba de una simple ilusión por el hecho de encontrarse tan distantes de todo? La acción continúa ahora con nuevas investigaciones. Los resultados siguen siendo sorprendentes. Al parecer, las Masas constituyen en sí mismas, unidades de tiempo estático (EAS) de cadenas de universos, como fotografías de la Totalidad, en un momento determinado, que luego hubiesen quedado allí para su exhibición. Por disposición de Irvins se investigó aún más. El sabio Agur, de los apkon, dio tal vez con la mejor definición: se trataba de universos de tiempo con fragmentos espaciales de ese único momento.

Lo más interesante vino cuando se empezó a estudiar el contenido de las Masas. Tal como sugerían los teóricos, estas contenían fragmentos temporales de cada región de nuestro Universo Local y, por supuesto, del de muchos otros, vaya a saber en qué cantidad. Como no se trataba de momentos elegidos al azar, lentamente fue quedando claro que había una Masa completa para un momento A de cadenas de universos, otra Masa para el momento B y así indefinidamente. Por lo tanto, intrínsecamente, las Masas conservaban todo lo que había sucedido en cada universo, incluyendo el nuestro. De algún modo misterioso, en una Masa se conservaba una escena determinada y luego, en otra Masa, venía su continuación.

Esto planteó nuevas posibilidades. Irvins se reunió de nuevo con los sabios para definir mejor qué era lo que tenían delante. Más allá de cuál fuera su mecanismo, las Masas de aquellas galerías conservaban el tiempo, algo que al hombre siempre le pareció tan fugaz. Daba la impresión que en aquellos parajes, ellos u otros podían volver a ver y recuperar cualquier momento en particular de la Historia Universal y del lugar que fuera. Era como la posibilidad de “manipular” el tiempo, no ya simplemente trasladarse por él. Pero no era todo. Las galerías eran muchas, incontables. Cierto censo realizado  más o menos al azar reveló, sin embargo, algo que parecía ser un ordenamiento inteligente, como todo lo que venían encontrando en la Casa. Las galerías, en cierto modo, también semejaban ser pisos, escalones o niveles en donde la ubicación dependía del pedazo de tiempo que contuvieran las Masas. Agur, una vez más, lo planteó de otra forma: las galerías eran como estantes de una biblioteca.

Irvins apenas lo podía creer. ¿Acaso estaban en frente de una colosal Biblioteca del Tiempo? Agur le asegura que esa es una buena analogía. Evidentemente allí el tiempo se conserva intacto y así lo demuestra una serie de sondeos realizados en las Masas. Una de ellas, específicamente, les mostró una “foto” de cómo era el Universo Local unos 3.000 M.A. después de su creación. Fácilmente se podían reconocer galaxias primitivas y condensaciones desiguales de materia que darían lugar, mucho después, a las Burbujas. En otro momento diferente, otra Masa les mostró nada menos que la Vía Láctea aproximadamente, en la época en que fue formado el Sol, hace ya 5.000 M.A. Al recoger estos datos, la visión que obtienen es muy curiosa. Todo se ve tan pequeño que necesita ser ampliado, y la única sensación de movimiento la dan las cámaras que recorren la imagen de una galaxia a otra. Todo lo demás permanece absolutamente estático.

Aquí se plantea de nuevo un importante debate. Si en el Universo Local la historia ha sido modificada, ¿cuál será la que se conserva aquí? ¿Persistirá el mal o no? Esto lleva a hacer nuevas investigaciones pero los métodos de que disponen son aún muy primitivos. De hecho, están en lugares que nadie sabía ni que existieran. Ahora bien; lo que sí descubren a través de ciertas mediciones es que, de alguna manera inexplicable, las Masas interactúan con los universos que reflejan. Este intercambio se produce a través de un elemento extremadamente sutil que apenas puede ser medido. Cierta vez que Irvins medita ante una imagen de un grupo de Masas de una galería en particular, Agur se acerca con las últimas noticias.

  • No sé cómo explicárselo, pero haré lo posible –asegura– Supremo Irvins, las Masas son “Filtros”.
  • ¿De qué? –interroga éste.
  • Algo que los humanos designan como almas, aquello que da conciencia a cada ser viviente, no sólo los humanos.

Irvins queda perplejo. Al igual que ellos contemplan las Masas, las almas se corporizan en los universos insertándose en las Masas para “caer” o aparecer o nacer en alguna parte. Esa es la interacción que hay entre las Masas y los universos. Ahora bien; ¿cómo se lleva a cabo este proceso? Por lo pronto, parece evidente que el origen de las almas se encuentra en otro lado y que las galerías son únicamente los lugares en donde se lleva a cabo la “selección” de adónde irán. Es algo así como si una persona que mirara un cuadro, de pronto se pudiera insertar  realmente en lo que el cuadro está mostrando. Además, Agur le comenta que tal vez ellos mismos estén en condiciones de “sumergirse” en cualquiera de las unidades de tiempo de las Masas.

Aunque para Irvins no es algo tan importante, Agur procede a demostrárselo. Una vez que es localizada una Masa con la “foto” del Universo Local, el apkon elige uno de los mundos clásicos de Tau Ballena. A través del haz que los conecta visualmente le demuestra, experimentalmente, que se puede enviar cualquier objeto allí, en el año 3500, sin que nadie lo note ni eso altere nada importante. Un alma, en cambio, no quedaría librada al azar sino que lo lógico es, que se inserte en el cuerpo en formación del vientre de una madre. Teóricamente, le demuestra que esa alma no puede recordar nada de dónde viene, porque es un espíritu sin memoria física; simplemente anhelará volver al lugar de donde supone que viene. Irvins lo interrumpe. Para él, eso también demuestra que las almas no hacen una elección voluntaria, sino que son instrumentos de la voluntad de otro. Lo que dice Agur es exacto, pero no sería ese el final de la cadena sino que las almas dependen, a su vez, de un poder superior. Tal vez de quien ha creado todo este andamiaje portentoso que constituye la Casa.

A continuación, Agur le demuestra que no todas las almas son iguales sino que poseen distintas categorías. Hay que averiguar cuáles son las que usan las Mentes Galácticas, por ejemplo, para compararlas con otras. Pero, además, es menester saber cuál es el motivo exacto por el que hay almas que parecen ser “escogidas” y otras no. Tema difícil si los hay. Por eso, Irvins decide asignar un cierto tiempo a estas y otras investigaciones. Están apenas en una parte de su misión. La idea es que, luego de explorar las galerías, deben seguir adelante rumbo a las nuevas estructuras que puedan encontrar en la Casa. La posibilidad de haber encontrado lo que podría ser uno de los límites es extremadamente interesante, ya que ahora parece más cercano el momento de establecer si se puede trazar un plano de la Casa o si fuera de esta existen todavía más cosas. A esta altura, los cosmólogos ya no estaban muy seguros. Todo lo encontrado hasta ahora no sólo revelaba una inteligencia infinita, sino una organización realmente admirable pero cuya finalidad y propósito estaban muy lejos de ser conocidos y entendidos. Nadie se explicaba realmente a qué obedecía la existencia de un Cosmos millones y millones de veces mayor de lo que se había creído por siglos o milenios de historia. Pero también quedaba claro que, efectivamente, alguna finalidad debía tener. Semejante ordenamiento de estructuras no podía existir sin que hubiera alguna razón verdaderamente importante.

Así es. Pensemos que, para entonces, la Federación y demás civilizaciones e Imperios aliados, sabían que nuestro Universo es sólo uno entre miles de millones, cada uno de un tamaño y complejidad equivalentes o mayor todavía. Por donde fueran siempre había algo más, de modo que cualquier conclusión a la que hubieran llegado hasta entonces siempre tenía que ser modificada por los nuevos descubrimientos. Pero he aquí, que iba a suceder algo importante que les iba a llevar a conocer misterios que, de otra manera, nunca habrían podido determinar por el simple hecho de viajar de un universo a otro. Sucedió que, después de un tiempo, Agur y sus colaboradores lograron explorar franjas del espectro electromagnético prácticamente ignoradas. De pronto, a bordo comenzó a sonar una especie de alarma proveniente del mismo instrumental. Irvins se presentó en el puente a ver qué era lo que sucedía. En varias generaciones de exploradores nunca se había dado un caso así. Lo increíble es que, a partir de ahí, una parte del instrumental comenzó a funcionar solo y las luces de a bordo comenzaron a apagarse. Lentamente, empezó a distinguirse una especie de figura delante de ellos, tremendamente luminosa, hasta resultar enceguecedora. Es allí entonces cuando se escucha claramente una peculiar voz que, les dice:

  • Bienvenidos. Sean ustedes muy bienvenidos.

Irvins no comprende y replica que en realidad ellos le dan la bienvenida, sea quien sea. Curiosamente, el otro replica que no es así.

  • Nos han encontrado –dice– Dígannos qué es lo que desean.
  • Nosotros no deseamos nada en particular, hace mucho tiempo que tenemos lo que queremos. Sólo me interesa saber quién o qué es usted.
  • Yo soy un alma superior. Nadie más ha llegado nunca hasta aquí. Es un honor recibirles.

La figura terminó de formarse delante suyo, con un aspecto vagamente humano. Los federales parecen haber descubierto algo completamente insospechado.