Blog El descarnamiento del Arte

Ángel Carlos Sánchez

Ángel Carlos Sánchez

Ángel Carlos Sánchez (Acapulco, Gro., 1967). Poeta, narrador y pintor. Figuran entre sus poemarios publicados El fin del silencio (Antinomia, 1995), Luz ultraviolenta (2001), Sueños de bajo presupuesto (Antinomia, 2008; La trucha y la tarántula, 2010), Pasión por la indiferencia (Instituto Mexiquense de Cultura, 2012), Casa de páginas abiertas (Versodestierro, 2013) y Canción del bárbaro (Ediciones Trinchera y Editorial La Boruca, 2018). De narrativa tiene cuatro libros editados: Hidrofilia (Antinomia, 1997), Emboscada (Casa vieja, 2001), 101 (Siento uno) (Editorial Ábrara, 2005) y Parvadas (Fridaura, 2012). Textos suyos han sido traducidos al francés y al inglés. Como artista plástico ha realizado algunas exposiciones individuales y ha participado en varias colectivas. Imágenes de su autoría han sido utilizadas para ilustrar libros y plaquettes. Se ha desempeñado también como corrector de estilo, editor y coordinador de talleres de poesía.

Viernes, 05 Febrero 2021 05:01

RU-WA (LLUVIA) / Ángel Carlos Sánchez /

RU-WA (LLUVIA)

Ángel Carlos Sánchez 

 

Niña de noche y agua, estrella sola,

voy con todos los hombres a la guerra;

¿recordarás mi nombre

si un águila me lleva o si me ahogo?

Si el señor Akuniya está conmigo,

¿qué podemos temer?

Voy a medirme el hueso para que no estés triste:

verás que nuestra patria es fuerte.

¿Soy llanto por defender mi tierra?

Mariposa tornasol, si muero algo florece.

Es diestro el enemigo, pero yo también soy sangre,

soy un cauce de fuego, soy un río de espinas.

Cuando vuelva traeré una piel de tigre;

pero si muero o si me llevan cautivo al sacrificio,

¿recordarás mi nombre en la tormenta,

o cuando en la montaña cruja el filo de la tarde?

 

 

 

Ya suena el atabal del atacante,

los aullidos de un coyote en medio de la niebla

me recuerdan el llanto de los niños.

¡Que no sean esclavos los fuertes tlapanecas!

Señor del fuego como tigre en la montaña,

no permitas que tus hijos se conviertan en sirvientes,

no se vuelvan meretrices tus princesas.

Mi brazo no se canse y sepa hallar mi mano

el camino hasta la piel del invasor.

Que sea mi corazón un dardo hecho de lumbre.

Pero si no es posible que venzamos,

si caemos en batalla,

tú, señor del manantial y de la sombra como flor,

toca al enemigo:

en su pensamiento pon frescura

para que no deshonre el corazón de las mujeres,

hazle sentir los niños como suyos, no los mate;

y ella, la dueña de mi carne hecha pedazos,

sepa reconocerme en cada nube.

 

 

••

 

Vi caer, atravesados por un rayo de frialdad,

a los hijos de estas tierras,

vi morir a mis amigos

como si el día se derrumbara hasta aplastarlos.

No he de negar que son valientes los aztecas

(son diestros manejando sus macanas,

sus dardos son filosos como el miedo),

pero sólo quien vio la guerra en tierra propia

puede saber el peso exacto de las manos.

¿De qué manera puedo hacerte comprender

que yo también quedé entre los cadáveres

y que ahora estoy como si fuera sólo mi corteza?

Allá, en la arruinada Tlapa, quedaron nuestros ojos,

nuestra sangre llenó de moscas las calzadas,

y la luz se ha vuelto más oscura que la noche.

¿Qué lluvia ha de borrar

el eco de las voces?

¿Dónde podré esconderme del silencio,

dónde hallaré mi sombra

para que el alma no se seque?

 

 

•••

 

Son cinco mil los casi muertos, los cautivos,

pero parecen

una sola sombra, una misma lágrima

bajando de los montes

para llegar casi seca al sacrificio.

Han de llevar amarrados los brazos del espíritu

a la espalda.

Hermanos de este sueño que se rompe,

¿qué podré hacer para no sentirme desgraciado

cuando en mis venas queda sangre todavía?

La de trenzas como estrellas amarradas,

me dice que la ayude,

que importa más salvar los niños y llevarlos al futuro.

Asegura que alguien debe hablar por siempre

nuestra lengua de sollozos.

Aunque voy hacia otras tierras,

hermanos, primos, tíos de mi nombre y de mi carne,

mi corazón va con ustedes

como un pájaro apedreado

que no sabe cómo rescatarlos de este día,

y sólo pía y llora y vuela

hasta que las plumas comienzan a caérsele.

 

 

 

Han pasado muchas lluvias

desde que en Tlapa murió nuestra grandeza;

un río de meses

arrastró poco a poco los colores de mi cuerpo.

Aquí, en estos montes fríos y lejanos,

es el horizonte el filo de un cuchillo

con que se corta el cuerpo de la tarde.

Pero tú, mujer de agua despierta,

parece que aún tuvieras esperanza

de no se sabe qué mundo distinto,

como si la leña de otro tiempo

continuara quemándose en tus noches.

Los niños han crecido y no recuerdan

la sangre derramada de sus padres.

¿Qué podemos decir

para que no sean en vano aquellas muertes?

Ayúdame:

sobre mi voz llueve tu risa

y, antes del sueño,

ponme tu canción como una almohada.

 

 

 .

 

¡Han sido derrotados los aztecas!

Que no se alegre nadie porque muera el enemigo,

que nadie injurie a los caídos en batalla.

Los más fieros capitanes

se defendieron hasta con los filos de sus sombras.

Los que de Tlapa fueron a ayudarlos

dicen que hombres, niños y mujeres

eran bravos guerreros, tigres acosados.

Señora, colibrí de alas soñadas,

¿qué será de los hijos y los nietos

ahora que murió de parto la crueldad

para que naciera su hija la perfidia?

 

..

 

Cuando vengan estaremos preparados

para darles batalla;

en el monte, en la cañada, en los sueños

estaremos armados de paciencia,

nuestro atabal de guerra sonará

hasta que se vayan o nos maten.

Ya lo sabes, si somos derrotados,

tomaremos a los niños para llevarlos a otro día.

Y cantaremos como lluvia nuestra historia

para que no se olviden de los nombres,

de los nuestros y los suyos,

que aunque sigan siendo los mismos serán nuevos.

Y si los esclavizan,

tampoco temas, ya sabemos que todo es pasajero;

algunos, señora de mis manos,

han de tener valor para romper la oscuridad

como a un espejo de obsidiana

y harán flechas para agujerar cualquier prisión.

Algunos también sabrán juntar las gentes

para que vayan de una vez por todas

a mandar a la injusticia a la chingada.

 

                                                                      De Caminar el miedo

(Casa vieja, 2001)