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Elementos filtrados por fecha: Marzo 2020

 

 

 

 Poesía Chilena Actual

DOBLES

 CUARTO SET 

Juan MalebránPaula Ilabaca Núñez

 

 

 

 

 

 

 

 

Juan Malebrán

 

 

A medida que avanza la tormenta

 

De todos modos
no hay
manera de evitar el riesgo
que suponen ciertos territorios 

 

—urticaria y necrosis—
los dominios del ciempiés o

el vello de la apasanca
(bol.-pollito, tarántula)

mañas aprendidas en terreno
prácticas imposibles 

sin holgura

porque no hay manera 

una vez que la boca se llena de mosquitos

quizás en eso consista hablar claro

 

igual que volver la vista
hacia un río tibio
pero infranqueable

 

y ver tan solo vaho
ante lo poco que se distingue

 

avanzar tras el rastro de la hierba

como único indicio:

las huellas de un galope
que el lodo cubre a mitad del sendero

 

 

A contraluz y a mitad del aire

 

como un suicida contoneándose en plena asfixia
o un puentista balanceando la tensión del elástico
ejecuta acrobática su movimiento la oruga


caso omiso el que hace a cualquier fatalismo
que sobre ella pese

 

absorta en el vértigo que la contiene
grácil como una suerte que muy bien conoce

 

algo en ella provoca recelo

 

preocupada tan solo por la brisa
ajena a todo tipo de lapsus

como si fuese cuestión de sincronía
soltar el respiro que descarga al cuerpo 


justo antes que el letargo agote su frescor

tuerce la voluntad del día 

desde el filo de una hoja mientras pendula

al compás de una danza discordante

y en espera de una adultez que sinuosa rechaza

 

 

 

Breve anotación sobre un reptil al caer la tarde

 

elgecko no es más que un lagarto

que atraviesa claros y cambures

una sombra entregada al ruido

que los grillos proyectan entre la hiedra

 

una silueta invertida

contrariando la gravedad o

un cuerpo inmóvil frente al cálculo
previo al impulso y la embestida

parecido a la imagen

que guardamos de él siendo niños
cuando el mundo se mostraba
ajeno debajo de las piedras


un pequeño reptil
transparente en su tibieza
                                              

mínimo en su quietud

como el viraje del girasol

bajo el que ahora mismo reposa.

 

Juan Malebrán (Iquique, Chile - 1979)

Ha publicado Reproducción en curso (Edit. YMC, 2008), Bozal (Edit. YMC, 2014 / Edit. Hebra, 2015), Entretenciones mecánicas (Edit. Cinosargo, 2016) y Trópico (Edit. Aparte, 2019). Ha sido compilador de f/22 Antología poética cochabambina (Edit. La Ubre Amarga, 2011) y, en colaboración con Gladys González, de Ulupica, trece poetas bolivianos actuales (Edit. Libros del cardo, 2016). Ha obtenido la beca de creación literaria del Fondo del Libro y la Lectura, Chile los años 2005, 2016 y 2018. 

 

 

  

 

Paula Ilabaca Núñez 

 

 

***

 

Tuve sueños, padre. Sueños que no me ayudaron en lo absoluto. La tierra y las hierbas eran nefastas. Sagrada fue el agua cuando calculé el espacio entre mi misma terquedad
y sus rostros. Caminé y caminé, padre. Iba de frente. Dejé atrás el patio. Hondas mañanas se pusieron de acuerdo para mí. La sensación triste no desaparecía. Inventé nombres, combatí con ansias. Cada noche murmuraba: padre, soy yo en medio de todas estas religiones.

 

***


Ellos me querían cazar. Ellos se venían en el dorso de mi mano, padre y no había cómo alimentarlos. Tenían cicatrices. Buscaban las maneras. Y siempre mi voz se erguía como una tormenta amplia batiente entre sus bosques. Vamos al bosque decía (era el perro negro) lleva el par de hachas decía (la voz escondida en mi clóset) que a esta bruta raíz del veneno la sacaremos entre ambos. Papá, soy yo en medio de todas estas religiones.

 

***



Desde el fondo cargante y negro emergió un ángelus, padre. Tenía el rostro escindido. Puso la miel y las armas a mi costado. Nos amamos todas las noches desde que nos conocimos. Teníamos el lumbre de una fogata y desde allí salía una lanza. Teníamos todo, padre: el mal la lluvia los
corderos deshilvanados la corteza el hambre gangrenas deseo plenitud ahogo respiración. Por las noches dormíamos muy juntos. Por las mañanas amanecíamos de la mano. Pasábamos por la tierra y la herrumbre. Teníamos un grito para llamarnos. Decíamos: todo se congela si es
que tú no estás. Decíamos: ven y trae la roca; golpéame, soy tuyo.


de su libro Penínsulas, RIL Editores, 2019.

 

 

Paula Ilabaca Núñez (Santiago, 1979) es escritora, editora y docente, Licenciada en Letras y Educación por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Recibió el Premio Pablo Neruda 2015 por su obra poética, el Premio Juegos Florales 2014 por su novela La regla de los nueve y el Premio de la Crítica de Prensa Literaria en Chile 2010 por su libro de poesía La perla suelta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)
Viernes, 06 Marzo 2020 03:23

PADRES / Rocío García Rey /

 

PADRES

Rocío García Rey

 

 

Tecleo para curarme
el miedo por su ausencia.
Hay un reloj que nos dejaron
para medir el tiempo con las
manecillas de nuestra noche memoria.

Tecleo humildemente esta noche.
para visualizarme niña entre sus nombres.
Adicta a sus nombres soy desde mi nacimiento.

Creí que bastaba invocar el grito ahogado después
de su partida.
Creí que bastaría deshacer la luna que me cobijaba
y desgarrar mi piel hasta medir mi sangre.
Pero avanzó el oleaje llamado incomprensión.

El luto también en los poemas.
Padre obrero, sé que tengo tu voz grabada
en una cinta.
Papá y memoria obrera.
Yo niña de cinco años
queriendo impedir tus lágrimas de obrero despedido.

Hay luto en las historias y en las noches

 y en los claveles
que huelen a  mi infancia.

Mamá adicta a la limpieza.
Lavar la estufa y cocinar el miedo.
No supe abrazar tu miedo, ni tu ansiedad
por ordenar el mundo.

 

II

Hay un cuerpo que durmió en el vientre del miedo
ahora lanza palabras contra los feminicidios.
Hay un cuerpo que se ahogó en la muerte,
pero hoy destejo una y otra vez su historia.
No me basta el ADN.
Quiero aquel recuerdo inventando para ustedes.
Quiero la noche tranquila para conversar de nuevo.
Luego, madre, volveré a usar el mismo gotero
de clonazepam como aquella noche.
Dormimos como hermanas y no quise alertarte
de los nuevos barcos.

 

III

Casi es navidad y soy adulta
y aun así necesito columpiarme
en sus nombres.
Exigirles que regresen en mis sueños.
Quisiera ser Tituba para volver a verlos.
Hablaré de ustedes cada día
me aferraré a cada palabra recordada.
Papa, Mamá, miren estoy en la cuerda floja,
pero no caigo porque hay epitafios que sostienen
y hay luces que aun rotas alumbran
su memoria.

 

Viernes, 06 Marzo 2020 01:40

HUELLAS DE GATO / José N. Méndez /

 

HUELLAS DE GATO

José N. Méndez

 

 

I

 

Aquél sitio no se parecía a ningún otro que hubiera visto.

 

A lo lejos sus padres lo esperaban, corrió lo más rápido que pudo hasta lograr abrazarlos para ya no separarse.

 

Los paramédicos han hecho todo lo posible, él ha muerto.

 

En casa, su gato continúa esperándolo.

 

II

 

Cuenta la leyenda que la ignorancia y el miedo de los humanos trae mala suerte a los gatos negros.

 

III

 

Los adoloridos maullidos que provenían del horno y el débil intento de lucha en la habitación, se extinguieron casi al mismo tiempo.

 

Lentamente retiró la almohada del rostro de su pequeño; Alondra le quitó hasta el último rastro de aliento antes de que aquél gato que rescató de la calle, lo hiciera tal y como dictaban las supersticiones con las que ella creció.

 

IV

 

El niño se aferra al gato como único medio de calor en esa tormenta de nieve.

 

Quiso advertirle al pueblo sobre el ataque enemigo que vio reflejado en los ojos del felino, pero nadie hizo caso, lo acusaron de brujería y como no tienen familia ambos han sido condenados al exilio.

 

El sopor de los grados bajo cero hace lo suyo y pronto habrá de vencerlos; a kilómetros de ahí todo el calor que están necesitando parece concentrarse en las casas que formaban la aldea.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Viernes, 06 Marzo 2020 01:25

paradoja temporal / Daniel Verón /

 

 

paradoja temporal

Daniel Verón

 

Eriksson y sus  principales oficiales pasaron bastante tiempo con los “tempos”, como empezó a llamárselos  comúnmente. El sol era anaranjado y se ubicaba en una región densamente poblada de estrellas importantes, apenas a unos  100 años-luz del borde del núcleo de Andrómeda. Se trataba de un sistema planetario de unos 15 mundos, de los cuales el cuarto era el que estaba poblado por esta raza. Tal como comprobaron los sabios que acompañaban a Eriksson, en aquellos momentos no había más que de unos 50.000 individuos, como mucho, en todo el planeta y, si bien existían poblaciones urbanas, no pasaban de media docena y eran bastante pequeñas en comparación a otras grandes metrópolis galácticas.

Desde luego, los tempos eran de contextura humana y de gran belleza. Eran altos, de piel dorada y cabellera azul y ambos sexos se vestían muy parecido. Su mundo poseía un clima benigno, con pocas variaciones climáticas y esto les permitía llevar una vida parcialmente al aire libre; la vivienda sólo la utilizaban para su vida privada o íntima. A Eriksson le llamó mucho la atención que allí no existía ninguna clase de gobierno sino que todos ellos parecían tener básicamente los mismos objetivos, como si hubiesen sido enseñados de antemano en cuanto a qué hacer con su vida. Apenas sí diferían en cuanto a cómo obtener esos objetivos. Además, en cierto modo, no tenían una individualidad sino que todos se empeñaban en aquello que creían mejor para la raza en sí. En otras palabras, para los tempos estaba primero la raza y luego, alguna vez, su vida privada.

Los tempos eran amables y demostraron más interés en Eriksson y el hombre solar en general que lo que este había visto en otros lugares del Grupo Local. Como si los conocieran de mucho antes, desde un principio aceptaron que los federales establecieran una embajada allí. La primera persona que los trató fue Aydor, un hombre que aparentaba no más de 30 años y que tenía una extraña vivienda en las afueras de Vaylorsan, la ciudad principal del planeta Aguma. En ese tiempo, Aydor estaba unido con una bella mujer llamada Synlorin y tenía dos hijos que no parecían ser mayores de 10 años. Sin embargo, luego de diversas explicaciones, Kanter, el oficial científico de Eriksson, comprendió que, en términos de tiempo solar, esto no era así. Resulta ser que los tempos llegaban a la adultez bastante rápido. Entre ellos casi no existía la infancia ni la adolescencia, así que un  individuo nacido apenas diez años atrás ya tenía toda la experiencia de un adulto. De hecho, sus hijos habían nacido  apenas unas semanas antes.

Más allá de algunas extrañas costumbres (por ejemplo, se alimentaban en privado y nunca delante de otra persona, no existían entretenimientos, no usaban reloj o algo parecido, etc.), los federales les interrogaron primeramente sobre la falta de un gobierno. Para ellos no era así porque todos sabían qué hacer. ¿En qué consistía esto? La palabra más parecida a las nuestras era “desarrollarse”, algo así como un ejercicio de la libertad individual pero para un bien común. Por más habilidades que tuvieran, medios a su alcance, capacidad y demás, la racial estaba por encima de todo. Si algo individual iba en contra de lo racial, eso era desechado inmediatamente y nadie lamentaba su ausencia. En su breve historia, existían muchas costumbres que habían ido modificando a causa de esto.

Vagamente, podría decirse que sus ideales giraban sobre lo siguiente: Si este Ambito Cósmico (AC) era limitado, ellos debían progresar de tal modo, que fueran capaces de salir de este AC para crear otros nuevos en donde la vida fuera progresivamente cada vez mejor. A Kanter esta idea le resultaba familiar. Ya la había escuchado en diferentes sectores del Grupo Local y algunos estudiosos lo llamaban “filosofía de la creación mejorada”. Es decir, se partía de la tesis de que la condición de vida podían ser indefinidamente mejorados, ya no únicamente en su mundo natal sino más allá de este, a nivel cósmico. En estos individuos, el tenerlo todo y no verse obligados a luchar para sobrevivir, no había creado un conformismo o apatía sino un deseo de extender o mejorar esa prosperidad a otros Ambitos Cósmicos.

Este anhelo había surgido a partir del momento en que tomaron, por primera vez, contacto con otras razas más o menos cercanas, en especial el inmenso núcleo de Andrómeda. El ver que otros seres inteligentes no vivían bien o que se empeñaban en objetivos inútiles, fue lo que amplió esta visión. No es que desearan exactamente  cambiar a los demás sino, más bien, crear un orbe en donde las reglas fueran distintas, más parecidas a las suyas. Eriksson, Kanter y otros, hablaron bastante con Aydor acerca de esto. Más claramente, los tempos daban por sentado, como principio inamovible, que siempre se puede vivir mejor y que esto, a su vez, contribuye a que el Ambito Cósmico mismo sea mejor también. No se parecía tanto a un sentimiento de nobleza sino a una especie de “principio vital” que los impulsaba en todas sus acciones. De acuerdo a ello, el devenir mismo de cada día pasaba a ser un medio para lograr esta clase de objetivos. Esa era la causa por la que los tempos conformaba en ellos una personalidad rica y distintiva.

Desde luego, lo sobresaliente de los tempos eran sus capacidades cognitivas en lo concerniente al tiempo, conformando un verdadero sentido temporal, único. Claro que para ellos no constituía algo especial. La percepción de dos edades diferentes al mismo tiempo era como para el hombre solar intentar distinguir voces que provinieran de dos lugares diferentes. La traslación temporal estaba dividida en personal y general. En la traslación personal (TP) el individuo volvía realmente a otro momento de su vida; en la general podía trasladarse tanto al remoto pasado o al futuro, cuando no existe como individuo, con la misma facilidad con que un arqueólogo contemplaría las ruinas de civilizaciones desaparecidas. Lógicamente, esto no lo practicaban  en cualquier momento. Al igual que una persona común puede apartarse a leer, los tempos también se retiraban a meditar, antes de trasladarse a una época cualquiera, sin que su cuerpo físico se moviera en absoluto. Ni siquiera llegaban a perder totalmente la conciencia de lo que pasaba a su alrededor. En cierto modo, es como cuando una persona se pone a meditar abstrayéndose de lo que le rodea.

Los tempos no se trasladaban a ninguna parte si no había un buen motivo. No solían hacerlo por curiosidad sino por un propósito. Ir a su propio pasado a revivir tal o cual momento no estaba prohibido en absoluto y, al contrario, podía constituirse en una fuente de placer. En cambio, la traslación general (TG) sólo era realizada por aquel que sabía, positivamente, que podía hacer algo importante por el bien general. De acuerdo a estos preceptos, podría decirse que los tempos eran la única sociedad cuya historia era modificada continuamente. No se sabía cuál pudo haber sido el modelo original, ya que éste había sido mejorado y perfeccionado miles de veces hasta lograr una situación óptima. Si en alguna época los tempos habían tenido un nivel más bajo que el actual, ya no existían pruebas al respecto en el pasado. En lo que tiene que ver con el futuro, los tempos realmente planificaban su destino dentro de lo que ellos consideraban como óptimo.

Naturalmente, era difícil estudiar a una raza cambiante. ¿Qué habría sido del hombre terrestre si hubiera podido borrar de su historia las guerras y catástrofes producidas por él mismo? ¿Alguien habría descubierto alguna vez su verdadera historia? Ahora bien; esto no significa que los tempos hubiesen cambiado tantos  hechos de su historia, por cuanto ellos tenían características genéticas  así como se las veía actualmente. En este punto, el sabio Ekhuseyras, un rigeliano que acompañaba a Eriksson, los desafió como una especie de “perfeccionadores del Universo”. Su actitud frente al hombre solar no era cambiarlo ahora, sino que en el futuro el Universo contara con formas de vida mucho mejores. Para otros, en cambio, esto era elegir caminos alternativos. Eran los partidarios de que el Universo Total posee una historia única y que si esta es modificada  ya no será el mismo Universo sino que habrá dos de ellos, y así indefinidamente. De hecho, existían razas que en cierto modo habían demostrado que la historia nunca puede ser borrada hasta el punto de hacerla desaparecer.

Afortunadamente, los tempos habían inventado, hace mucho, una tecnología semejante a la televisión,  que servía para mostrarles a otros sus traslaciones temporales. De otro modo, habría sido muy difícil saber con precisión cómo era aquello. Fue así que simplemente a los efectos de una demostración, una de estas pantallas fue adherida a Synlorin, la mujer de Aydor. Esta experiencia fue llevada a cabo sólo delante de Eriksson y sus principales oficiales. En términos convencionales, dicha experiencia duró algo así como 40’, pero fue de enorme interés para los federales. En las escenas, en ningún momento pudo verse a Synlorin sino que en la pantalla aparecía lo que ella misma había observado en cierta fecha ubicada unos dos años atrás. Aunque se trataba de escenas familiares y hasta íntimas, Aydor les hizo notar que ella estaba cambiando la historia. En aquel día ella no había salido realmente de su casa, mientras que ahora sí lo estaba haciendo. Abría la puerta y el sol anaranjado de Aguma llenaba la casa de luz.

Remblozat era un embajador del sistema solar al que pertenecía la Tierra y que habitualmente acompañaba a Eriksson en sus viajes. Justamente a él era a quien le costaba más entender lo que veían. Para él, una vez que se admitía un cambio en la historia ya no había una completa seguridad de que el modelo original fuese tal.

  • ¿Qué prueba hay –decía– que esto no ha sido hecho infinidad de veces ya? ¿Cuál es el modelo auténtico?

Aquí se suscitó una interesante discusión con Kanter. El rigeliano le recordó los viajes en el tiempo logrados por Varonn y otros, a lo que Remblozat  retrucaba  que allí sí se dio por sentado que existía un Universo original en el que algunas cosas fueron modificadas. Aquí, en cambio, al tratarse de vidas individuales, ¿cómo entrever al modelo original? A continuación, y mientras Aydor los miraba con interés, tuvo lugar otra experiencia de traslación, pero esta vez no al pasado personal de Synlorin sino a un pasado remoto, en donde el planeta parecía muy diferente.

Aydor les explicó que estaban viendo cierta época en donde su raza apenas estaba surgiendo por la feliz coincidencia de diversos factores bioquímicos. El sol parecía más cercano, no existía ninguna población y los tempos que se veían parecían un tanto primitivos. Lo que quedó perfectamente claro es que no podían trasladarse temporalmente más allá de su propia existencia como raza; o sea, que ellos no podían remontarse al inicio del Universo. Lo mismo sucedía en cuanto al futuro. Podían trasladarse hasta donde hubiera otros congéneres suyos vivos; ese era el límite.

Desde luego, la experiencia de modificar algo de su historia fue repetida, esta vez a nivel general y únicamente por tratarse de esta magna reunión entre dos de las razas líderes. Sin embargo, nuevamente quedó planteado el mismo enigma. ¿Cómo saber que la experiencia de abrir o cerrar la ventana, por ejemplo, no había sido ejecutada muchas otras veces, tanto en un sentido como en otro? ¿Cómo saber que algo realmente era cambiado y no que simplemente volvían al modelo original, por ejemplo? En cierto punto, en donde la situación parecía plantear más dudas que otra cosa, Aydor tomó la palabra.

  • Ignoro a qué se refieren con lo del modelo original. –dijo– ¿Está establecido en alguna parte que ustedes vistan una ropa y no otra, acaso? ¿Cómo puede asegurar si hoy, aparte de venir aquí, no hizo también otras cosas?

Eriksson lo miró con cierta incredulidad  y ya iba a responder algo cuando su interlocutor continuó:

  • Usted tiene una forma de pensamiento lineal: primero viene A, luego B y así sucesivamente. Cuando conozca mejor los secretos del tiempo se dará cuenta que solamente A ofrece una infinita posibilidad de variantes. No hay un solo camino. No existe un encadenamiento de cosas, fuera del cual usted no se puede apartar, una ruta que no le permite pasar a otras. No es así como funciona el tiempo. Hasta donde nosotros sabemos, el tiempo es circular y esto permite cambiar de sendero continuamente. Si lo A no me parece óptimo puedo pasar a lo B y, sino, a lo C. Esto es lo que nos permite superarnos. No estamos atados al pasado ni tampoco al error o al fracaso. Es a esto a lo que deben llegar ustedes también. –Y diciendo esto, añadió– Almirante, ha sido para nosotros una experiencia muy grata su visita. Espero que le sirva.
  • .. –balbuceó Eriksson– entonces...
  • Usted ya lo sabe.

Y diciendo esto, todo lo que veían se esfumó por completo ante la vista de los federales.

Fue como un viento fuerte que soplara llevándose alguna neblina. De pronto, los federales se vieron a sí mismos en un páramo desierto de aquel planeta, sin que hubiera la más mínima señal de vida. Tampoco  hizo falta que los buscaran. Por largos minutos nadie dijo nada, hasta que el almirante tomó la palabra.

  • Era de imaginar. Ellos vienen modificando su historia desde hace siglos. No son de aquí, tal vez, pero eligieron este sitio para manifestarse.
  • Almirante –dijo Kanter– en nosotros encontraron algo que les interesó; por eso se manifestaron mostrándonos todo lo que habían logrado.

Eriksson se sentó en silencio a meditar y añadió:

  • Esto simplemente nos demuestra cuánto que nos falta todavía a nosotros, para dominar el tiempo... Es extraño lo que siento. Por un lado, estamos aquí nosotros solos y, por otro, imagino que podemos seguir estando con ellos.
  • En cierto modo –dijo Kanter– así es.

En esos momentos, el sol anaranjado de Aguma comenzaba a descender hacia el horizonte, el cielo se cubría de un tinte verdoso y comenzaban a verse las primeras estrellas. En aquel sector de Andrómeda eran incontables las estrellas de primera magnitud que se observaban a simple vista. Todo el personal realizaba los preparativos  para irse. Antes de partir, Eriksson levantó la vista al cielo estrellado y musitó estas palabras:

  • Los volveremos a ver, estoy seguro

Minutos después, ni ellos ni los tempos estaban más sobre la superficie de Aguma.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

Con la quilla rota

César Rito Salinas

 

 

Supóngase que usted va cómodamente sentado,

y que, a su alrededor, como es costumbre,

la gente viaja de pie.

Eusebio Ruvalcaba, Primero la A

Empujo las batientes del bar,

la barra allá adentro se muestra

como un puerto que emerge entre la bruma.

 

Parado en la barra soy un Dios antiguo: puedo ver hacia adelante y hacia atrás. El pasado y el futuro a través del espejo. El enorme espejo de la barra refleja mi rostro entre botellas, y desconocidos. El cantinero sonríe como hermano menor, esta barra la forjó el tiempo de los hombres ebrios. Hay barras con cristal en su superficie como gimientes escritorios de oficina. En la cantina los bancos junto a la barra sólo van de adorno, son como mujeres u hombres que duermen solos. El diálogo de una esquina a otra esquina de la barra funciona como conversar en la cama puestos de espalda. Cuando entra la madrugada la barra semeja el laúd de un gigante. Los ebrios consuetudinarios acudimos al velorio de nuestro amado gigante. La barra, quilla fría que se abre paso en un mar de botellas, la luna comienza su recorrido, agita su cabellera de hojas secas a la puerta de la cantina, curiosa asoma entre botellas, desde el fondo del espejo me vigila.

El espejo de la barra me cuenta historias. Sabe de mi escritura; las líneas de mis manos

están escritas en el espejo de la barra.

El cielo que protege mi cuerpo busca en el espejo de la barra; cuando dormito, parado, hacia él me dirijo. En una esquina de la barra converso con mi reflejo, me dice del pueblo donde nacieron mis padres. En la otra esquina me esperan los amigos de la oficina. Las botellas de mezcal no hablan mucho, llevan los puños crispados, como de lagarto. La luna emerge en el espejo con su montón de estrellas, entre botellas de vodka.

Una mujer que reconozco sale del espejo de la barra, pone su mano sobre mi hombro, lleva los cabellos largos y cubre su rostro con un rebozo negro: oculta el rostro pero la reconozco.

Todas las voces que se suceden en la cantina se escuchan desde la barra. Si te detienes a observar bien, la barra otorga la mirada divinizada, panorámica. Acodarse en la barra será como conducir un Mustang 64, de potente motor, sólo basta con levantar la mirada, hundir el pie en el acelerador, dominar el camino.

En el espejo de la barra observo claramente el rostro de mi hermano Mario Jesús, muerto al nacer.

Un gato sale del espejo, me sonríe; la mantarraya azul vuela, se posa en mi hombro izquierdo, ordena un whisky. El diligente cantinero le sirve una copa, dotada con un largo popote. En el espejo de la barra aparecen unos garabatos, letras componen mi nombre. Pero nadie más las lee, llego a escribir a la barra esta bitácora de desaciertos.

El murciélago, el ratón, la mariposa, una paloma -buenas bestias- beben en el bar toda la noche; la barra es una vieja máquina de vapor que sale de esta terminal de tanto en

tanto. No todos los que están en la cantina pueden abordar porque, a veces, parte sin pasajeros, vacía.

El ferrocarril de la barra sólo se lleva a los que sufren desamor, los levanta sin que muestren boleto de abordaje.

Muertos, llegan docenas de muertos a esta cantina. Muertos de miedo, muertos de amor, muertos de sueños, muertos de la religión. Llegan y se instalan en la barra, gustan reflejar su cuerpo en el enorme espejo. Cuando pasa esto, cuando se acodan en la barra y piden tragos, empujan a los otros bebedores. Hasta allá vamos a dar el empujón los ue permanecemos con vida, pero ¿qué se le hace con el que sufre?, todos cabemos en esta cantina de cuarta.

Una vez se instaló junto a mi un muerto fresco, tierno, solicitó su trago. Exigió que Ángel, el cantinero, sirviera rápido porque no recuerdo de qué parte del infierno lo llamaban. Quería contar su vida, pero ya no tenía tiempo. El pobre se bebió su trago, pagó y se marchó corriendo.

La barra es medicina para mi cuerpo, calma el escozor en mi alma que dejaron ideas de revolución y libertad de otro tiempo. Acercarse a la barra y beber un trago será darñe paz a mi corazón. aquietar mi alma de viudo frente al mar.

Paso las horas acodado en la barra. Se escucha la música de las islas. Pasa el sol, las moscas, la lluvia, la gente, las voces que caminan en la calle. Llegan las sombras, suman más sombras sobre mi espalda.

Los criminales se acercan a la barra. No hay mejor lugar para esconder sus intenciones. Como el ladrón de tienda de autoservicio: se roba el producto en la caja. Donde no hay ojos que lo cuiden, que lo vigilen. Así los homicidas. Esconden sus intenciones en la

barra. Como cualquier parroquiano, como uno más que sufre y bebe y sufre y bebe y sufre y bebe. Y mira. Y bebe y elije a su víctima.

Hasta la barra de la cantina llegan los conspiradores, los que quieren cambiar el mundo. Los que no quieren que haya ricos ni pobres. Los que buscan salidas desesperadas. Llegan, beben en silencio, hablan con los ojos. Con las manos secretean. Luego se marchan sin dejar propina.

Una noche levanté la cabeza en la barra de la cantina y enfrente, en el espejo, pasó un cometa con su cauda enorme de luminoso polvo. Llegué a sentirme eterno. La barra de cantina es Babel, se escuchan todas las lenguas del mundo. En una ocasión en la barra de cantina escuché la lengua que se habla en la tierra donde nacieron mis padres.

En el espejo de la barra desaparecen los oficios. Cuando uno llega y posa su planta en el tubo que se extiende pegado a la base de la madera labrada entra a un territorio libre, democrático, donde los hombres se hermanan en un solo oficio: el de conversadores. La gente olvida cosas en la barra. Un libro, el periódico, la cartera, documentos personales, anteojos. Todo lo que se porte en las manos o en la ropa, en el cuerpo. Discos, una mujer, libros de poemas, de cuentos, novelas.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

DESTRUIR LAS UNIVERSIDADES.

Adán Echeverría.

No logro entender el pensamiento de aquellos personajes que, dentro de la estructura de una Universidad, (la mayoría de las veces en altos puestos: rectoría, alta dirección, consejo universitario, administración), buscan enriquecerse a costa de la realización de los Proyectos o Servicios que los Profesores Investigadores han desarrollado.

Aparecen las Convocatorias del Conacyt, o de cualquier otro Organismo que busque impulsar mediante licitaciones, el desarrollo de un Proyecto, o la Realización de un Servicio. Los Profesores Investigadores usan su intelecto, su experiencia, para poder desarrollar todo lo que requiera dicha Convocatoria, la Licitación; esfuerzo que no es poco, tiene que surgir de una idea, que se va desarrollando, cumplir con todos los requisitos para desarrollar una Propuesta Técnica y una Propuesta Económica.

Y todo para que el Director del Centro de Investigación, o de la Facultad de dicha Universidad detenga su pensamiento en: ¿Cuánto dinero va a recibir la Universidad? Y lo que es peor, para que comiencen a hacer las cuentas de: "En verdad dime, de lo que has presupuestado, cuánto es lo mínimo con lo que podrías hacerlo". Se trata de mochar los presupuestos de los Servicios o de los Proyectos. Dinero que al final se repartirán entre dichas autoridades, sus familiares, sus amigos con los que siempre buscan tranzar.

Los proyectos, que se vayan al diablo, los servicios que no sean de calidad. Nada importa para estos personajes que tan solo viven la vida en busca de “a dónde puedo irme a pasear con mi esposa”. Lo trágico, y lo hemos observado una y otra vez, es la cantidad de alimañas que viven pegados a dichos presupuestos: Esposa de los Directores, Suegras, Consuegros, Hijos, Tíos, Primos, e incluso amantes de dichos personajes. Todos sacando raja de los presupuestos que el Conacyt puede asignar para la realización de un proyecto.

“El pecado al alma es el pecado más grande”, dicen por ahí. Yo digo que el robar a un colegio, escuela, kínder, guardería, prepa, universidad, centro de investigación, es el peor robo que puedes hacerle a una sociedad, a la humanidad. Destruir el capital de un centro de conocimientos, formador de infancias, juventudes, profesionistas, es el peor robo que un ser humano puede hacer. Un robo en el que pretenden que no pasa nada, que no le roban a las personas, pero le roban al gobierno y entonces su robo es peor, le roban a todos; ésto termina afectando no solo el prestigio de los investigadores, sino a los propios centros de investigación, a las propios colegios.

El estigma de una Universidad o un Centro de Investigación que tiene los precios de sus servicios muy altos, fuera de mercado, o que no cumple con los tiempos que tiene establecidos, o que despide y contrata investigadores y profesores, pensando en tener cómplices y no trabajadores honrados, termina por pasarle factura a las mismas Universidades. Es penoso tener que conocer Directores de Centros de Investigación que la vida apenas se les va en fantasías y sueños respecto de los Millones que quieren ganar año con año, explotando el nombre de las Universidades. Es penoso, pero es muy real.

Ocurre con demasiada constancia. Mercenarios que se presentan a las Universidades con Ideas de Centros de Negocios que solamente funcionan en sus cabecitas locas, y con el que

pretenden engañar a la Comunidad Universitaria, hasta que deja de caer dinero, porque han bloqueado —por sus malos manejos— las oportunidades de los Centros de Investigación ante las Financiadoras Gubernamentales como el Conacyt. Una forma muy fácil de hacerlo, es evitar firmar cualquier documento que hable de dinero. Y esto lo logran haciendo que otros sean los que firmen.

Es una tragedia conocer a estos personajes, que forman parte de Esa Fauna de la Corrupción que se ha ido generando bajo las normas del Neoliberalismo: jode a todo quien puedes, enriquécete, se el cínico que necesitas ser, y jamás sientas remordimiento alguno. Tú eres lo máximo, tú eres el que lo merece todo, usa tu ingenio para engañar a todo el que puedas; si alguien es engañable, no merece que lo respetes, úsalo y destrúyelo cuando tengas la oportunidad; quédate hasta con sus despojos que pueden volverse lucrativos si logras reconocer el negocio y la oportunidad para venderlos también.

Bajo estos ideales es que se ha educado a estos personajes. Educación que las más de las veces ocurre en el ámbito de la política mexicana: brinca de un negocio a otro, miente sin remordimiento, hazte de todo el dinero que puedas, reparte con tus amistades, cállale el hocico a tus enemigos a billetazos.

Así son estos personajes, pintados de pie, y están ahí, en las oficinas administrativas de muchas universidades, en los colegios, sangrando a los profesores, sangrando a los alumnos. Por ello muchos alumnos se suicidan por eso en las universidades corre tanto el acoso sexual sin desenfreno, por eso se venden drogas en los Campus universitarios, preparatorias, secundarias, primarias; a los directivos no les interesan los alumnos, solo el negocio que su inscripción en el colegio representa. Muchos de esos directores solo pretenden obtener dinero y pocas veces se preocupan por el alumnado o la calidad de los Servicios que ofrecen los Centros de Investigación de dichas universidades.

Son una pena.

Publicado en La pluma sobre el ojo
Viernes, 06 Marzo 2020 00:06

OTRAS CARTAS / AT CAS /

 

 

OTRAS CARTAS 

AT CAS

 

 

Tengo una palabra aguda en la epidermis

y su significación acorazada,

indescifrable al tacto y a la vista.

 

Un ciento de pájaros ciegos

chocando en las paredes

y mi boca es tumba de sus cuerpos.

 

Tengo un silencio de agua,

lluvia piel adentro,

cautiva y sola,

esclavizada.

 

Una voz de engrane quebrantada

dominada por la hiedra y su veneno;

 

la vasta superficie

de testas asomadas en el lodo

es sinónimo de linfa

que separa su volumen de las venas

y abunda su textura

para alcanzar la redención.

 

Este silencio líquido y larvado,

es una habitación

donde se guarda la palabra

más sutil y vulnerable:

ojo de tormenta,

epicentro del colapso

que transforma la verdad

y la desnuda.

 

No existe dogma

capaz de definir

todo fenómeno dentro de la psique,

ni figura continente de la luz;

 

mi soma es una suma

de letargos y mutismos

que hierven y queman

cada vez más dentro.

 

 

Int.

Ciudad desierto,

"Otras cartas"

At Cas

 

 

 

 

 

Carta a Artaud.

 

Donde esté tu corazón

estará siempre mi trinchera

 

Artaud,

no me alcanza el humo en los pulmones

para reflejarme en tu pupila.

Te recuerdo con frecuencia,

escucho tu gravedad

raspando los dientes

uno

contra otro,

doliendo fuerte en cualquiera de tus flancos.

 

Te he escrito antes,

algo de ti siempre está implícito en la herida

que sana y pare a la siguiente

en la empresa de encontrar el justo instante

en que la locura comenzó.

 

Silva un espectro de pájaro

seguido muy de cerca por su carne sola

y todo el cielo se comprime

para alienar esa agonía

y conservar entero su recuerdo;

 

hablaste varias noches con sus días

de este fenómeno evidente

y del hondo impacto en la víscera del hombre.

 

No entendí entonces,

todavía no es tan claro,

pero esta tierra que lame nuestra huella agradecida,

escupe después otros homúnculos

más lentos y devotos.

 

Qué serenidad en la altura del nihilismo,

qué forma abstracta

de suturar la erosión de tus pasos en la tierra.

Quiero decir,

tu cuerpo está en pendiente

y yo mismo pendo junto a él,

pero algo de más dentro

sigue atado a lo inmundo

y lo profano,

 

Quise hablar de ti

con la lengua bífida de un golpe

y todo lo que flota invisible alrededor,

todo eso que existe y no se nombra

me atravesó la carne

y reposó en mi sombra,

entendimos en silencio

el tamaño de la muerte.

 

Artaud,

no pretendo condonar con esto nuestra hambre,

pero enunciarte en esta carta

abre la voz de la memoria.

 

 

 

Carta a María.

 

Sobre tu apéndice nacieron otras flores,

levantamos tu muerte en un jardín

y seguimos conteniendo

la respiración.

 

Cuánto tiempo,

mujer,

nos ha golpeado la máscara y la espalda,

cuánto tiempo.

 

Te escribo esta carta sobre el aire,

porque todo alrededor

es un campo de batalla

y las superficies huecas

son fosas donde el hombre

ha de arrojar su dignidad.

 

Nada ha cambiado dentro nuestro,

seguimos llorando a solas,

levantando el polvo

para no acabar mordiéndolo de bruces;

aún no nos salva nadie

y la sangre se nos rompe

cuando gritan las esquirlas

y los humos belicosos en la calle.

 

María,

si no te hubieras muerto

hace tantos años,

no me hubiera muerto a diario desde entonces;

 

quise apelar a la palabra de tus santos

antes de enredar la lengua en la violencia.

 

Un poco de tu rostro ocupa la tormenta

y puedo verte,

toda plata y vaselina

gota a gota

persignándome la frente...

pero es falso.

 

Antes de decir tu nombre

huyo a otros cuartos,

a otras sombras

para no perderte el paso,

me escondo luego

en medio de los gritos y las balas

que mascan la tierra

y después la carne,

me escondo también

bajo un cadáver

o a su lado;

 

María,

no puedes imaginarte el duelo

en que tus hijos se alimentan.

 

Hace tanto ruido fuera de tu cuerpo

que no consigo escuchar tus oraciones,

lejos vibra tu voz

de agua que se estanca y se suicida.

recostada igual que tú,

dormida.

 

Dentro de tu sangre martillada

tuve que dejar mi última plegaria.

 

Ahora tengo que volver

y buscar mi propia muerte bajo el lodo

para consagrarme en tu mirada

y estar seguro de que sabes

que jamás dejé de amar tu canto

de pájaro asfixiado.

 

 

 

Carta a Lena

 

Todo de tu voz sigue en mi memoria,

todo de tu herida

todavía es el origen de mi cuerpo.

 

Quiero decirte tantas cosas que me rompen,

hablarte de lo alto y lo profundo,

quiero hablar el idioma de la aguja

y el bordado

y zurcir contigo

un fragmento de este imperio

donde debo describirte

como si fueras un secreto.

 

Pienso en mi otredad llena de infancia,

en las últimas canicas sumergidas en el lodo

y un golpe de hielo se me enjuga en la mirada.

 

Te aprendí el matiz que doma el sismo,

la voluntad de respirar bajo la muerte.

 

Te aprendí mi voz

y la modulación dispuesta a la verdad.

 

Lena,

desde aquí parece haber un mundo a parte.

 

Hay estos días de temor y de venganza,

infantiles gritos,

de dolores que quedan archivados o pendientes;

 

no mires esta tierra de ruindad,

no hables con la gente,

Lena,

no des tu nombre

en su empresa de infamia y sobresalto:

 

el hombre ahora

corre un riesgo construido por el hombre.

 

Hay días en que quiero echarme en tu regazo y sonreír,

hay días en que quiero despertar bajo tu brazo

y no hacer nada.

 

Murmura la ciudad

su máxima expresión de libertad

y alguien perece,

cobija el asfalto su cadáver

y otros reencarnados

multiplican el dolor con su metralla...

así nos damos cuenta

de que aún estamos solos,

que no somos suficientes

y esta sangre que me diste

ya no me pertenece.

 

Todos tenemos miedo,

Lena,

levamos la cabeza

y clavamos nuestra fe en el frente

antes de la devastación,

 

Y allí,

lleno de lodo o sangre,

- no se sabe bien -

buscamos la libertad

de la que poco hablamos,

porque la creímos nuestra.

 

Temo también por ti,

por tu cuerpo que anda en medio de la ira sin saberlo,

tu boca abierta que respira el humo de una guerra

que se arrastra por la tierra

y todo enferma.

 

Te escribo sin saber exactamente qué decirte,

porque todo mi consejo me ha sumido en la ansiedad

y cada palabra que construyo es una mina

en donde alguien pronto morirá...

donde alguien ya ha muerto.

 

Basta asomar la testa

para intoxicarse de estas formas,

emular a otros héroes

y esperar el golpe en multitud.

 

Antes de decirte amor,

quiero decir ceniza,

porque debe haber un gesto en tus arrugas

que pueda salvarlo todo

o detonar todas las muertes,

para que podamos descansar.

 

Lena,

esto que soy

es semejante a uno de tus hijos

y te ama infinito como tal,

pero el frío me tomó desde la sombra

y me enseñó a partir la piel igual que el hierro.

 

Te veré muy pronto,

o pronto tendrás que verme

y comprenderlo al fin.

Que sepas,

sin mi voz,

lo que llena este desierto,

su silencio cálido y su luz

que todo rompe

y en todo se suspende.

 

Aquí tienes un colgajo,

pana,

suma de testa y tintas

que me labraron cuando joven

y hoy tiemblan conmigo

cuando la sangre se me ensucia;

 

Hace falta un dolor de vientre

para recordar el hambre

y la mera contracción:

quizá falte algo pétreo y seco

que friccione su paso en mi epidermis.

 

Dónde está la otra tierra tibia

que se hunde bajo el mar,

dónde el pueblo

acunado por mi lengua,

 

Busco una angustia

que pueda definir

para dejar de temer al alarido general

que viene y va,

que hace nido en todas las esquinas de mi seso.

 

Que sepas lo oscuro

de otra voz que no sea mía,

que me encuentres antes de partir

psique adentro

y cuerpo afuera.

 

 

 

 

Deconstrucción

 

Mi cuerpo es la marcha

y su corazón macera el rumbo...

 

Este índice desmesurado en mi espalda

abre la tierra y arroja a nacer

sin lengua aún

cada palabra de la hondura.

 

Como fetos moluscos

reptan y respiran los símbolos del mundo

lamen la sal aún intacta

y se levantan igual que sierpe amenazada

a reconocer lo vertido en sus oídos

y creer

o no

que todo está dispuesto.

 

Carta a Cas.

Parte 1

 

Quién es éste,

que habla bajo el mundo:

 

No puede nadie

sino yo

tu largo reflejo y tu pupila;

 

nada de ti entra en un espejo

y nada de lo tuyo tiene historia.

 

Hermano mío,

cuánta sangre corre

dentro y fuera de tus venas,

cuánto mártir ha golpeado tu garganta

para delegarse a sí

al imperio del silencio

y la quietud.

 

Tú y yo fuimos capaces

de legitimar un dolor atemporal

en la frente de los santos

y ungimos el placer

en el vientre de las bestias.

 

Nada nos deja abandonarnos,

nada nos distiende

y lo sabemos.

 

Habrá un momento perdido entre nosotros,

algo que podemos traducir

en un recuerdo cárnico y salado:

 

la náusea que nos quiebra

es la misma que lamemos

para recordar que estamos vivos.

 

Yo sé bien tu movimiento y tu reflejo,

todo lo que un espejo no conoce

y no debe conocer.

Sé tu párpado infantil,

conmocionado,

libre y sin estigma,

 

sé tu abismo

y la cantidad de nombres que contiene.

 

Hermano,

sangre densa,

espacio entre nos...

 

no puedo construir ahora

todo el eco que hubo en nuestro oído

y hay palabras que debes olvidar

de esos derrumbes

para volver a descubrirnos solos,

enunciando solos

nuestros solos nombres.

 

At Cas

 

 

 

Carta a Gus.

Ha caído sobre nuestros nombres
toda tu videncia,
ya estamos enfermos y lejos de nosotros.
No nos vemos,
Gus,
nos perdimos.

Arañado el dibujo
en que se vertió nuestra sonrisa,
húmeda la estera
en que guardamos el cansancio.

Hablo de ti
como se habla de la hierba,
quiebro en cada paso tu palabra
que apagaba incendios
y rompía maldiciones.

Quizá quedó pendiente
el último grano de sal en nuestro muro
y la promesa de ser hermanos para siempre.

Esta suerte de navío abandonado
que dejamos al pie de nuestras voces
masca su propio óxido y enferma;

de allí viene el contagio,
Gus,
de otra palabra que era nuestra
y ahora es sarro pegado en la garganta.

Quiero decir que extraño las alturas,
asomar la nariz y oler al pájaro grabado en la ventana,
el café,
el verso,
la noche siempre viva
y el tacto del papel sobre las palmas.

Yo estoy allí,
dentro de un espejo,
entre el humo y el oscuro sepia en los pasillos.

Algo de mi cuerpo no comprende
o no quiere abandonar esas paredes.
Por eso sé,
grande amigo,
que se puede morir de poco en poco
en los sitios en que la psique estuvo viva.

 

 

 

Algo se rompe,
algo hierve dentro de este recipiente roto
y se derrama.

Todo corazón habitante de mi carne
cierra su puerta y se oscurece,

No hay herida que pueda justificar tanta sangre y tanto frío.

Dentro de mí,
quiero decir,
bajo mi piel,
sobre el graso trozo que maquina el movimiento,
laten como larvas y serpientes,
mis palabras y los gestos
que sucumben y enaltecen el temor ante lo oscuro
y su golpe piedra poro
donde dios comprime su rabia y su tristeza.

No hay nadie aquí,
aquí dentro nada existe sino espejos,

justo cuerpo

justa sangre en un espejo.

He dicho que uno de estos que me cargan,
tiembla igual que yo
dentro del espejo
que repite su figura
y se oscurece.

Escribo para salvar mi vida y nadie sabe
en dónde empiezo
y donde acaba el rastro de mi muerte.

"¡Maldito el que crea que esto es un poema!"
J.S

He roto la sombra y la pared con un nudillo,
para buscar mi nombre o mi silueta entre lo oscuro,
masqué la raíz del hierro
y tragué la hiedra que nace entre las grietas del asfalto
para hallar alguna fibra que sostenga mi caída.

Quiero decir
qué látigo de mierda y qué fastidio,
qué hueco en la pared será mi tumba,
qué sonrisa espera mi tacto de piedra entre la escarcha.

Solo espero descubrir
el lenguaje reprimido de los muertos
y enunciar frente a ellos mi llegada.

 

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)

 

 

compilación de textos de escritores nacidos o radicados en Matamoros,

Tamaulipas en 2019 / PARTE 2 /

 

Beatriz M. Mérida

Beatriz M. Mérida. Poza Rica, Veracruz, 1980. Radicada en Matamoros desde 1995. Licenciada en contaduría. Asiste al Taller Literario del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros. Ha publicado cuentos y poemas en periódicos de la localidad de Matamoros.

 

 

 

 

Tarea Munchausen

Cierro los ojos y puedo recordar aquella vez que la tuve en mis brazos; su suave olor a lechita agria, los carrillitos tibios, su pequeño cuello que podía sostener con una mano, y el tono rubio en su vellosidad de recién nacida; apenas podía con mi entusiasmo, mi mano libre temblaba. Exhalé profundo y sumergí la punta filosa en el rollito michelín que tenía por brazo. La cantidad exacta de miligramos, no más, el resto es sólo paciencia.

Meses antes, estando de compras me había encontrado un adorno de pared en el departamento de bebés, era la silueta de un árbol con unas manzanas desprendibles; en cada manzana se coloca la foto del bebé y éstas a su vez adornan las ramas del árbol. Era perfecto para mi cuarto.

La nena de los carrillitos tibios era la segunda de mis víctimas y merecía un lugar en el árbol de la muerte.

Por eso cuando el profesor nos encargó de tarea escribir sobre “Dos niñas aparecen colgadas en un mismo árbol”, mi corazón latió muy fuerte, estuve a punto de pararme y salir corriendo.

Estar ahí no era casualidad, pasaba muchas horas en el hospital y el doctor recomendó una actividad ajena a mi servicio como enfermera:

—Es usted muy dedicada pero no puede seguir trabajando tanto; “escritura terapéutica” eso es lo que le recomiendo, inténtelo.

Y aquí estoy, viendo a mis compañeros del taller de escritura frente a mí, que atienden la clase atentos; y yo tengo que poner una mano en mi boca, tengo que cubrirla, no quiero que vean que no puedo parar de sonreír.

 

 

 

Alondra tiene una fobia

Le teme irracionalmente a la sangre y las heridas. Este padecimiento se llama Amicofobia. Pero si tienes la oportunidad de tratarla puedes incluso decir que es una chica normal.

Es sociable por naturaleza y suele saludar con una sonrisa; nunca se olvida de dejar algunos huesos en la banqueta para algún perro callejero y da una buena propina a los señores del camión municipal cuando entran a recoger la basura. Por la tarde, puedes encontrarla en el patio del vecindario o de casa en casa vendiendo productos de Avon. Y si eres “buena paga” nunca se olvida de indicarte las ofertas en el catálogo del mes.

Sin embargo, Alondra tiene un secreto. Su padecimiento se remonta a su niñez, de muy joven fue testigo del amor que se prodigaban sus padres y es que sus padres desde la primera mirada se amaron mucho. Pasaron más de 8 años juntos, pero ninguno de ellos fue un año aburrido: es verdad que hubo desacuerdos, pero también hubo reconciliaciones; alguna vez hubo peleas, pero también hubo pasión; claro que hubo rasguños y bofetadas, pero nunca se perdió la ilusión; había empujones, pieles rasgadas, moretones, la vida, la muerte; pero todo esto aderezado siempre de amor. Sin embargo, nada es para siempre y hasta lo bueno acaba.

Una vez el padre dejo de asistir a sus tormentosas noches. Y la madre, con la esperanza penelopesca en aquella interminable oscuridad, se esforzaba por mantener despierta a Alondra para que alguna de la dos oyera los portazos que daría el buen hombre anunciando su llegada.  Alondra no siempre lograba mantenerse despierta y entonces la madre la animaba a empujones, moretones y si hubiese sido necesario, la muerte. Pero al fin llego la muerte de la madre antes de acabar con la hija.

Desde entonces Alondra que ahora vive sola, no puede resistir el menor rasgullo en su persona sin sentir náuseas, mareos y unas ganas incontrolables del desmayo. La sangre, aunque sea ajena le produce un hormigueo salvaje en la piel y los moretones varias veces han estado a punto de hacerla gritar descontroladamente. Sin embargo, desde hace varios meses su problema es otro y tiene nombre: La señora Dolores.

Dolores Aldape le debe varios productos que no ha querido pagar. Y cuando raras veces Alondra la confronta, se atreve a difamarla diciendo que vende cremas que queman la piel y que está mezclando cosas extrañas a las lociones para realizar un envenenamiento hipoalergénico con el fin de eliminar al vecindario entero.

Alondra, que al respecto se mantiene callada y discreta decidió que hablara conciliadoramente con la señora Dolores. Pero mientras toca la puerta, la señora que la ha visto por la ventana la va a recibir con una bofetada.

Lo que Dolores no sabe pero que a ustedes lectores se los aviso, es que Alondra acabara por estallar. Y esta noche, provocada por Dolores, Alondra enfrentara sus miedos en un desahogo que acabara en una fiesta de sangre y desmembramiento. Pero para aquellos lectores que puedan tener Amicofobia hasta aquí relato los hechos.

 

 

 

La flaca

Con el café apenas me mojaba los labios con tal de verla. Entrar a esa cafetería gourmet todos los días era un lujo que no me podía dar siendo un estudiante que apenas tenía para irla pasando. Pero ver a la flaca paseándose por todo el salón, bien valía la pena, aunque tuviera que fingir por un momento, que no me interesaba su faldón rojo moviéndose de un lado para otro, subiendo las escaleras rumbo a la segunda planta de la cafetería, o el discreto bamboleo de sus pechos mientras bajaba a brincos con un trapo en la mano después de limpiar una mesa. Me gustaba todo de la flaca, sus ojos grandes e inquisidores que parecían dispuestos a desenredar todos mis secretos incluso en un ejercicio tan sencillo como era tomarme la orden; su cabello corto despeinado que le permitía mostrar con descaro un cuello esbelto y unas clavículas muy marcadas, yo no necesitaba mucho, ver la desnudez de sus clavículas era suficiente para imaginarla completamente desnuda, así: flaca. Su cuerpo era elástico, sus brazos parecían aumentar su tamaño cada vez que se estiraba para bostezar, sus hombros huesudos no se escapaban de mis besos imaginarios, su cintura breve podía caber entre mis dos manos o aquellas piernas largas y bronceadas que se asomaban de vez en cuando debajo de su falda gitanesca. Sabía de buena fuente que el sol de marruecos la había tostado así pues acaba de llegar de España, sus clases de intercambio terminaron y volvía a la dura realidad del estudiante que si no trabaja no come. Y ahora estaba ahí de mesera para mí, por lo menos para mi imaginación que no paraba de cogérsela en los bares, en el cine, en los callejones, en las aulas, incluso mis chaquetas mentales la habían penetrado hasta en la cocina de mi casa.

La casa en la que hacía ya un mes que no conseguía un compañero que me ayudara con la renta, la casa en aquel callejón del que me escabullía cada vez que la casera amenazaba con correrme si no encontraba con quien vivir. Las visitas a la cafetería se acomodaban a mi rutina como un consuelo para el regreso a mí dormitorio. Y aquella noche no fue la excepción. subir las escaleras, esquivar la luz de la lampara, meter la llave con sigilo para que después de tanto esfuerzo se abriera el portón de la casera y asomara la cabeza y su voz chillona:

—Ni te esfuerces, ya me hice cargo yo de conseguir quien se quede en la casa, nada más no te pongas tus moños porque si no lo hago yo tu no…— sentencio la casera.

No sé qué seguía después de eso tan sólo buscaba encerrarme en mi cuarto lo más pronto posible, antes que el nuevo inquilino descubriera que estaba ahí, no tenía humor para fingir una sonrisa.

Justo eso pensaba al pasar frente al cuarto vecino, cuando de la puerta abierta sale la voz de la flaca que despreocupada me muestra su torso desnudo, en pantaletas, el rostro embadurnado en crema y su mano tirante para saludarme.

Ella dice: ¡Hola! ¿Entonces tú eres mi compañero de casa, no sé, me da la impresión de que ya te había visto antes?

Yo no puedo articular palabra, me olvido de sus clavículas y mis ojos descienden fluidamente a sus pechos.

 

 

 

Troca pesada

“…todos tienen premio, todos…”

Emiliano Pérez Cruz

—Se lleva la “troca más chingona”— así me dijo aquel hombre, mientras me entregaba las llaves de la camioneta que acababa de comprar. Había escogido la “Troca más grande y pesada”, para limpiar de alimañas a mi barrio, así pensé, mientras sostenía el volante por primera vez. Ejecutar y huir, tenía que ser en tiempo récord, porque en cuanto descubrieran que yo era quien había matado a esos tipos, vendrían por mí. Todos estaríamos condenados.

Ellos ya lo estaban, lo estuvieron desde que compraron su primera camisa “polo” imitando al narco de moda; lo estuvieron cuando aceptaron su primer radio para trabajar con “la compañía”; mientras las novias orgullosas, publican agradecimientos a “la santa”, por su entrada a las grandes ligas.

Uno de ellos, con el que había comenzado todo: lo había visto subir estrepitosamente su carro en la acera. Fui testigo de cómo a gran velocidad embestía a una mujer que acabaría entre las llantas de su Mustang. El mismo sujeto asustado que fuera huyendo, era el mismo que horas después sacarían de la cárcel, tal como aparecía en el periódico aun con la mirada torva por lo drogado que estaba. De la mujer nada se dijo, solo un seudónimo “N” y la imagen de un cuerpo cubierto con plástico negro, sería su último recuerdo en mi memoria, en una memoria que recolectaba imágenes parecidas de la nota roja.

Y ahora él estaba ahí, justo frente a mí, en la esquina de mi casa como cada mañana con el “cambio de guardia”. Lo sucedido no había modificado nada. Aquel hombre cruzaba la calle para echarle un vistazo a los “huachicoleros” que se apostaban en un punto de gasolina clandestina.  Debí disimular, debí dejarlo ir un poco más, de ese modo nadie se daría cuenta o para cuando lograran descubrirlo atropellado, yo ya estaría lejos. Pero no fue así, la tentación era demasiada. De pronto me pregunté ¿Por qué solo uno? Mejor dos, mejor todos.

Dos eran los tipos que se hallaban en la Ben despachando, uno de ellos desde afuera de la camioneta vigilaba por rutina. El tercero era un comprador, ¿una víctima involuntaria? Un daño colateral me dije con ansiedad. A un metro de ahí, en un carro de cuatro puertas, la mujer que acompañaba al comprador cargaba a un niño de meses mientras se hallaba absorta arrastrando el dedo por la pantalla de su celular. Tres niños en los asientos de atrás jugaban y reían de cosas sencillas que solo los niños entienden. Aun con todo, y eso lo tenía claro, tarde que temprano: todos estamos condenados.

Entonces todo fue más fácil. Pisé el acelerador y me fui de frente hacia el primer hombre desapareciendo bajo la defensa. La troca siguió su marcha y me estrelle directo contra la Ben; el que vigilaba alcanzo a correr, los que estaban dentro se fueron de bruces contra el parabrisas del comprador. El comprador fue el más lastimado, lo prensé entre la camioneta y su carro mientras su mujer gritaba asustada, él bebe parecía como dormido y a los niños ya no los volví a ver.

A pesar del aturdimiento intente seguir con la idea de chocar mi troca contra otras personas que provocaban mi asco, pero no pudo ser la camioneta se negaba a prender. Alrededor de mí un grupo de personas intentaba comprender si solo había sido un accidente, si estaba borracho o qué pasaba.

Un hombrón envalentonado de esos que siempre abundan fue el primero en manifestar su indignación con una patada a mi camioneta; otros más comprendieron que esta era la señal para volverse hacia mí, furiosos. Entonces me pregunte un absurdo ¿Real, que es lo real? Y yo mismo respondí mentalmente: lo real es el dolor agudo cuando alguien te da un puñetazo y de pronto un puntapié en el estómago (y eso no lo encuentras en los libros), todo era más real, cada vez más, los gritos, el ulular de una patrulla intentando mi rescate. Alguien me tomo del cabello, un dolor intenso fue suficiente para sacarme de mi divagación.  Después de varios golpes y mordidas supe el significado esencial de la palabra Tupido. Pensé que se habían cansado porque sentí derrumbarse mi cuerpo.

Y entonces recordé lo silencioso que era mi patio por las tardes; los árboles crujiendo en sintonía con el viento; la luz del sol poniéndose, resaltando las letras de un libro en mis manos, un libro que te hace creer en el bien y el mal. En donde tú puedes ser el héroe al que nadie puede detener si lucha por sus ideales.

No conocía personalmente a ningún vecino, pero no importaba mucho porque mis constantes viajes no permitían muchas cercanías, había estudiado fuera y ahora era un extraño. Sin embargo, estaba enterado de lo que pasaba en mi barrio y lo que pasaba en la ciudad. Y en mi impotencia me creía diferente. Esta ciudad y el sol que lastima, esta ciudad y el viento que calma las heridas, esta ciudad y nosotros simulando indiferencia.

Ahora me encuentro aquí tirado y no escucho, creo que una patada reventó mi oído. No importa, de todos modos, en unos instantes estaré muerto. Lo sé porque los policías han llegado y no hacen nada por soltarme de las garras de la muchedumbre, hablan de algo gracioso que les paso en quién sabe dónde, hacen señas con las manos de lo bien que la pasaron, el compañero no le cree, el primero le jura con la mano en señal de cruz. Apenas se asoman por entre la gente, pero discretamente esperan a un lado.

Lo que veo más cerca es la cara de dos mujeres, una de ellas es la mujer que estaba en el carro arrastrando el dedo por la pantalla, ahora está grabando con su celular mientras me golpean, su satisfacción es mayor a su indignación o por lo menos así parece. La otra no la reconozco de ninguna parte, pero al igual que los hombres viene dispuesta a partirme el cráneo, está alzando una piedra y entonces… Y entonces apenas tengo tiempo para recordar la calidez de mi hogar y el olor a hojas nuevas de un libro.

 

 

 

Muy de mañana

Tenía un buen rato que los habían colgado. Sus verdugos entraban y salían del cuarto frio acostumbrados al cambio de temperatura. A tres los metieron dentro del camión, aquellos cadáveres ya no saben lo que es el dolor mientras brincan en aquel piso sucio, ensangrentado. Los llevan al otro lado de la ciudad mientras comienza a salir el sol. Los ejecutan muy temprano para que los cuerpos puedan aguantar el viaje, pero también porque es un horror oír sus chillidos ante la muerte que siempre se presenta lenta. Y es mejor hacerlo así, cuando la ciudad duerme e ignora.

Para cuando llegan a la carnicería Martin ya está ahí viendo llegar el camión y aun con sueño espera paciente las indicaciones. El patrón sale a recibir a los recién llegados, no siempre está de buenas, este es un día de esos, llega directamente a recriminar, le preocupa la hora, le molesta el aspecto, le molesta cuando tiene que sacar dinero de su cartera.

Martin que por el momento es ignorado, prefiere alejar su pensamiento de ahí. Entonces imagina una casita pequeña con techo de lámina, muy cerquita de donde le gusta pescar con sus amigos de la cuadra. Recuerda que tienen que ir casi de noche para poder llegar cerca del mediodía; entonces, cada quien trae lo que puede y todos comparten el almuerzo mientras comienzan a tirar los anzuelos. El grito del patrón lo interrumpe, a gritos lo intenta convencer de que es un retardado, que tiene cara de idiota, que su madre es una chingada. Y Él, para demostrar que nada de eso es cierto se sube a la bicicleta para repartir los pedidos, más por alejarse de ahí, menos por seguir las órdenes. El día comienza y algunas veces sueña con tener una casa como las que visita: de amplio espacio, grandes bardas, camionetas enormes y vidrios polarizados. Otros días tan solo se conforma con imaginar, algún día muy de mañana, ver colgado a su patrón, como a los puercos que llegan a la carnicería.

 

 Por fin me animo

Y por fin me animo y digo:

—Me gustas, Blanca.

Me mira profundamente por dos segundos y comienza a ponerme el condón y entonces me dice: el precio es el mismo de todos modos.

No puedo evitar un suspiro y acaricio su cabello: —estuve pensando en ti, pero no me había animado porque aún no pagaban.

Ella solo responde con una carcajada y se sube a la cama.

Se ha soltado el cabello, se lo alisa presumiendo uñas postizas, el olor a sudor se mezcla con la fragancia de moda entre las demás mujeres, aunque en ella siempre es adictivo.

Me sumerjo en cuerpo y mente sobre su espalda.

Ella después de dos intentos alcanza su bolsa CK

La volteo boca arriba para besar sus labios; ella hace muecas y me mira con fastidio.

Quisiera que esa media hora se alargara porque el dinero no alcanza. La descubro mirándome de reojo, finge no importarle; por fin encuentra su celular y comienza a arrastrar el dedo por las redes. El final de la transacción se acerca y por primera vez ella suspira por mí.

Terminamos, su ropa, mi ropa y los que están detrás de la cortina me dicen que se acabó el tiempo. La chispa en sus ojos escapa y le vuelve la sombra de la incertidumbre. Yo salgo esperando el siguiente viernes para volver a mirar a mi Blanquita.

 

 

 

Brissa Ochoa

Brissa J. Ochoa Camacho. H. Matamoros, Tamaulipas. 1990. Profesora egresada de la Escuela Normal J. Guadalupe Mainero. Participa en el Taller de Creación y Apreciación Literaria del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros.

 

 

 

 

 

 


 

 

Hombre wayak’

—Si alguien me preguntara desde hace cuánto habito este lugar, no sabría qué contestarle. A alguien (o “algo”) como yo, el concepto de tiempo le termina siendo vano. Podría decir que he visto nacer y morir a cientos de árboles y que, desde que tengo razón, he jugado con el viento, el agua, la tierra y todo lo que en mí pueda existir. Pero si me preguntaran desde hace cuánto soy el hombre wayak’ diría que desde hace diez días.

Fue ese aroma, así inició. Llegó de la nada para envolver y eclipsar cualquier otro. Dulce, suave, ácido, intenso… lo seguí mientras intentaba descifrarlo, y cuando al fin encontré el origen del cual provenía, no pude hacer más que contemplar. En un principio no me pareció algo extraordinario. Conocía a los de su especie, al hombre. De vez en cuando merodeaban en grupo por mis alrededores y cazaban a mis animales; pero ella tenía algo diferente, hipnotizaba y cuando lo advertí ya era tarde.

Su oscuro cabello le caía en finas ondas hasta la cintura, balanceándose a la cadencia de sus pasos que, a su vez, iban dejando una débil huella sobre la tierra humedecida de aquel sendero. Su complexión, delgada y ágil; y esos ojos brillantes color ámbar que contrastaban con su piel cobriza, despertaron en mí algo que pensé destinado solo para otros.

 Habría caminado un buen tramo desde que yo la observaba, parecía alerta, y poco a poco sus delicados movimientos fueron adoptando un singular recelo, hasta que no dio un paso más. ¿Quién anda ahí? preguntó y recorrió con la mirada el lugar esperando una respuesta, pero allí no podía haber nadie para contestarle, no sin que yo lo hubiera percibido antes. Será mejor que salgas de tu escondite advirtió. Y por un momento, pensé en la posibilidad de que me estuviera hablando a mí, que supiera de alguna forma de mi presencia, que la observaba, pero ¿Sería eso posible?

Continuó su camino y se desvanecieron mis dudas mientras ella seguía adentrándose cada vez más hasta que la noche se lo impidió. Fue ágil al encontrar refugio, más que cualquiera que hubiera visto antes. Y ahí se quedó dormida, entre los nocturnos susurros del lugar.

Pasaron los días, y para entonces ya me había acostumbrado a su aroma. Fui su acompañante en largas caminatas, su protector, su público, su servidor, su. Y así estuvo bien durante un tiempo. Hasta aquella ocasión en que la vi desnuda, cuando se encontró con un brote de agua de rocas y comenzó a desvestirse. No tardó mucho. Una a una, sus prendas cayeron sobre la tierra mientras se acercaba apresuradamente al agua. Al llegar al borde ya nada la cubría, sin embargo, se detuvo. Y acarició su mejilla con el dorso de la mano mientras se veía reflejada en el manantial.

Su piel se erizó al primer contacto con el agua helada. Se sumergió y me sumergió por completo. Lo que tenía, a lo que estaba destinado, ya no era suficiente. ¡Quería ser un hombre! Y bajo una condición, con ayuda del viejo jorguín, me convertí en uno. En el hombre Wayak. Tardé tres días en tenerla de frente, y siete en hacerle el amor. — le dijo él mientras la abrazaba por la espalda, atento.

La posibilidad de que no le creyera eran grandes, pero tenía la esperanza. Una esperanza que se iba haciendo más y más pequeña mientras ella, inalterable, observaba las ramas mecerse bajo el claro lunar.

—¿Y…? — dijo la mujer al fin. —¿Cuál era la condición?

—Diez días. — Suspiró. Hubo un largo silencio y ambos se quedaron dormidos.

A la mañana siguiente ella despertó sola. Preguntándose si aquello habría sido un sueño o una alucinación. Tomó el montón de hierbas, frutas y hongos que estuvo recolectando en el camino y fue arrojándolos, poco a poco, durante todo el trayecto, hasta que traspasó los límites del bosque y desapareció, llevándose su aroma.

 

 

 

 

 

El tabla y el dutar

El tabla y el dutar comenzaron a sonar. Naaham siguió aquel sonido melodioso como la serpiente hipnotizada sigue el del pungi. No podía ver al músico, pero imaginaba a su padre, sentado sobre una alfombra, tocando con destreza y perfección. Esos recuerdos representaban lo más cercano que algún día estuvo de la felicidad. Fungían como arma, endeble, pero fiel, contra su suerte.

Naaham caminó sin detenerse hasta llegar a la entrada del concurrido salón justo cuando un hombre anciano y flaco, rasgaba el par de cuerdas con la nota final. Su ilusión se esfumó, como una chispa que prende y desvanece sin que apenas pudieras notarlo. Y dolió. Y se recriminó en silencio por permitirse siquiera soñar que sería él. “Él está muerto” escuchó en su cabeza la voz de Fadil, su hermano, repitiéndoselo por milésima vez.

 Habían pasado seis meses desde que su padre salió de casa y no volvió. Fadil escuchó que los talibanes atacaron el sur de Kabul por esas fechas, y entonces decidió que había muerto. Prefería creer eso, de otra forma tan solo sería un hombre cobarde que huyó dejando a su familia desamparada en medio de una guerra cruel y eterna. “Espero que esté muerto y si no lo está, espero que no vuelva” le decía Fadil constantemente a Naaham, pero este se negaba a aceptarlo, deseaba con fuerza que estuviera vivo. Aunque eso solo significara que los había abandonado.

Un hombre de barba prominente levantó la mano derecha como señal a los espectadores, y la dejó caer en su instrumento iniciando la percusión. El bullicio comenzó a disiparse. Más de cincuenta hombres dejaron sus conversaciones a medias y en menos de diez segundos todos estaban sentados, sobre ostentosos almohadones de seda, dejando un gran círculo vacío en medio del lugar.

A espaldas de Naaham se escuchó el tintineo, rítmico y constante, de los cascabeles que adornaban los tobillos de un chico parecido a él. Parecido en una forma extraña y dolorosa. Y sintió escalofríos. Nadie querría tener algo que ver con un chico como ése. Nadie querría tener algo que ver con un Bacha Bazi.

Naaham observó su andar tintineante, firme y pausado; su mirada, lánguida y profunda; sus movimientos, elegantes y diestros. Tenía la agilidad y el semblante de alguien que ha hecho algo que odia durante tanto tiempo que se vuelve experto en eso. Y sintió pena por “él” quien caminaba pareciendo “ella”. Con el cabello largo hasta los hombros, la bata de seda azul brillante, las pulseras, los anillos, y el rostro maquillado. Arreglado y entrenado para divertir a un grupo de hombres maduros de prendas finas y miradas lascivas. Puesto a la merced de sus deseos desordenados e incontrolables, de noche y de día. 

El tabla y el dutar comenzaron a sonar. Una melodía triste acompañaba las contorsiones del Bacha, quien se colocó de rodillas en medio del salón para dejarse caer lentamente hacia atrás hasta que su cabeza descansó en el suelo y todas las miradas en él. Así inició la aclamada coreografía. Con suaves espasmos fingidos que fueron, junto a la música, tomando fuerza hasta ponerlo de pie. Los presentes contemplaban sus movimientos, sensuales e insinuantes, que abrazaban la música y jugaban con ella y su compás mientras él, experto en ello, los envolvía de una forma sutil. Les sonreía, los engañaba.

“Un festín para su excitación” pensó Naaham mientras observaba a la multitud aplaudiendo la deshonra del chico y a los más pudientes decidiendo su suerte para esa noche; y se le revolvió el estómago. En ese momento recordó la primera vez que vio a un Bacha. Fue de una forma menos real, menos cruda. Tan solo era una imagen en el papel que adornaba un disco que, según el título, contenía a los seis mejores niños danzantes. Él y sus dos amigos venían del río, un día de mercado. Encontraron el puesto sobre una calle transitada que les quedaba de paso y se detuvieron a husmear.

—Cerca de mi casa se llevaron al hijo del hombre que vende las alfombras. Dicen que ahora es uno de estos — Dijo uno de los chicos señalando el papel con el dedo índice. — Agradecido estoy de ser feo— finalizó. Todos rieron, porque reír era lo único que les quedaba y una forma, inútil, de esconder su miedo. 

—Mi primo ha ido con ellos por hambre disfrazada de voluntad propia, dice mi padre. Un año más y lo echan fuera porque no tarda en salirle la barba. Demasiado viejo para eso.

—¿Y qué edad tiene? — preguntó Naaham.

—Catorce— Hubo un silencio. Naaham era el más pequeño de los tres, todavía le faltaba un par de años para tener catorce, le saliera bello en el rostro y estar a salvo — Estas jodido.

Esta última aseveración le quitó el sueño a Naaham esa noche. Y un año después, en aquel salón, mientras veía el oscuro panorama, le volvía hacer eco. “Estas jodido” repitió en su mente. Y los ojos del Bacha se clavaron en los suyos, como si le hubiera escuchado y estuviera de acuerdo. Fue solo un instante, tan breve. En otro momento no habría puesto demasiada importancia, quizá tampoco se habría percatado de la leve inclinación, parecida a una reverencia, que le concedió el bacha como un gesto de sombría solidaridad.

—Le baila al amor — dijo un hombre viejo, llamado Habid, a espaldas de Naaham quien frunció el ceño con desagrado reconociendo la voz al instante — ¿No lo crees? — Cuestionó el hombre de manera tajante al no recibir respuesta. Naaham se quedó pensativo.

—Sí, eso creo. — mintió.

Mintió porque si estuviera en otro sitio, donde sus palabras fueran suyas, diría que el chico de los cascabeles en los pies, a quien todos llamaban “Bacha”, le bailaba al dolor o quizá, a la muerte. Le bailaba a la oscuridad o al deseo suicida. Le bailaba al futuro que le arrebataron, pero no al amor porque, en realidad, no lo conocía.

Habid sacudió el cabello de Naaham y se puso en cuclillas, frente a él, para darle voz a sus pasos. —Es tu turno. — dijo y Naaham pensó nuevamente en su padre “¿Qué pensaría él si estuviera aquí?” Y sus pies tintinearon; y por primera vez estuvo de acuerdo con Fadil. El tabla y el dutar comenzaron a sonar…

 

 

 

Admonición

Los hombres ardilla vinieron a mí sin previo aviso. Ni siquiera una pista o señal que sirviera para amortiguar la noticia. Los llamé así porque ninguno dijo su nombre. Y todos tenían en su aspecto una ligera similitud con esos roedores. No digo que fueran iguales. Sus alturas y tallas diferían demasiado. Eran sus ojos, pequeños y redondos, y el par de dientes frontales que sobresalían hacia abajo los que inspiraron el sobrenombre.

Aquel día el sol me ganó la carrera. Se coló por las rendijas de las persianas y me restregó su tórrido triunfo en la cara, obligándome a despertar. Cuando uno se hace viejo, comienza por adoptar un patológico gusto por establecer conexiones inanimadas. Algunos escogen las plantas, una prenda, una singular piedra de río, la mugre o…, qué se yo de las locuras del mundo. Eleazar, mi amigo desde la infancia, peleaba con el chirrido de la puerta trasera que daba a su jardín. Estaba convencido de que ese sonido existía con el único propósito de molestarle y que la puerta, por alguna extraña razón, tenía algo en contra suya. Como dije, las locuras del mundo.

—Has ganado, ahora largo. — espeté mientras cerraba las cortinas. Y al girarme vi a una niña de aspecto escuálido observándome desde la puerta. Parecía divertida con mi monólogo.

—¿Quién eres? —indagué, pero antes de terminar la pregunta, se había marchado. Dejando el eco de sus piececillos rebotando por el corredor.

Antes de pensar en lo extraño que eso resultaba el recuerdo de mi hija apareció como un fragmento de película vieja y entrecortada. Con manchas en forma de círculos coloridos que no me permitían ver su rosto. Mi hija tenía la edad de esa niña de la puerta, cuando mi esposa murió. Pobrecita. Perdió a su madre a una edad en la que todavía no se asimila la muerte, pero sí el amargo sabor del abandono. Solo le quedó medio padre. Lleno de culpa, lleno de nada. Y sentí la frialdad en el pecho comprimiéndose porque sabía que iba a ser un día de ésos en los que la memoria no te deja vivir. Recordándote con detalle el infortunio que tú mismo te provocaste.

Entonces los escuché. El golpeteo de sus herramientas, el sonido de sus pies pesados al andar. Eran ellos. Fui hasta donde estaban e intenté hacer que se detuvieran, pero no me escucharon. Y tampoco me esforcé. Me quedé observándolos trabajar por un largo rato hasta que me percaté de que también yo era observado. A lo lejos, por el borde de la barra que conectaba con la cocina, sobresalían los ojos curiosos y el cabello medio enredado y tostado de la niña. Cuando quise acercarme corrió para abrazarse de las piernas del hombre más viejo, quien puso su atención en ella y después en mí.

—Venimos a arreglar el cable —dijo, pero no se acercó. Quizá porque no le gustaban las formalidades. Quizá porque yo aún seguía en ropa de cama o quizás también, porque sabía que eso era lo mejor. Asentí y volvió a lo suyo.

Atravesé la sala con la infausta velocidad que mi ser consentía. Con la indiferencia de lo ajeno y lo común mezclándose hasta convertirse en nada y en todo. Y llegué a la cocina, en el cuarto contiguo, para encender la cafetera tal como lo hubiera hecho en un día corriente. Sin hombres ardilla, sin niña.

Me senté a la mesa y cavilé sobre el tiempo que habría pasado sin que otra persona pusiera un pie en mi casa. Además de Eleazar, claro está. Tal vez serían tres años o dos, seis o cinco, no podía estar seguro. Y pensé en lo patético que resultaba que esos hombres de overol ocre y rostro singular; y esa niña, rompieran la cuenta. Después de todo solo iban arreglar el cable. Después de todo yo no los había llamado y, tarde o temprano, notarían su error y tendrían que irse. Sí, quizá ni deberían de contar.

Me serví el café en la taza de siempre y disfruté su calor en las palmas mientras lo acercaba a mi rostro para inhalar su aroma y beberme su paz. Ahí me quedé parado, de cara a la pared y a los cajones de la cocineta. Así acostumbraba a hacerlo.

Después de algunos minutos una pequeña silueta se reflejó en uno de los adornos, pero esta vez no intenté nada. Aguardé en el mismo lugar hasta que vacié mi taza y la acomodé en el lavaplatos. Luego caminé sigiloso hasta una de las sillas. Como cuando estas frente a un ave y no quieres que vuele, solo para seguir observándola. Ella era mi ave. Asustadiza. Y debía tener precaución si quería que se quedara. No lo hizo. Regresó a la habitación donde estaban los tres hombres y merodeó por un instante hasta que uno de ellos, en un movimiento que pareció desarticulado, la tumbó contra un mueble. Lo que provocó que uno de los jarrones cayera al piso esparciendo sus pedazos de cerámica por todas partes.

El estruendo me trajo a la memoria aquel día cuando el cristal de la ventana cedió a los golpes y sus minúsculos trozos regados brillaban amenazadores. Ese día, cuando mi madre me quitó a mi hija. Porque según ella (y tenía razón) mi casa no era un lugar seguro. No puedes saber con certeza lo que serías o no capaz de hacer hasta que lo has perdido todo. Enfurecí y quise golpearla, pero no pude. Y no por los motivos razonables. No porque fuera buen hijo y ella mi madre. Sino porque, lleno de rabia, tropecé con mis pasos y caí al suelo como un costal lleno de mierda, pestilente e inútil que, como tal, solo era digno de repulsión. Pero mi hija no me veía de esa forma, extendía los brazos hacia mí y lloraba, mientras yo maldecía con ojos desorbitados y la sangre atestada en alcohol. Los años siguientes fueron una nebulosa en mi vida. No la vi en todo ese tiempo y si lo hice, no podía recordarlo.

Quité las lágrimas de mis ojos y fui hasta donde estaba la niña, ya de pie, palpando con cuidado una pequeña herida en su antebrazo. Me miró frágil, inocente, desprotegida. Había algo en sus ojos que me recordaba a mi hija. Había algo en su pelo, en sus mejillas, en su miedo. Había algo de ella que era mi hija y quise abrazarla. Pedirle perdón. Decirle que ahí estaba yo para protegerla como no lo había hecho antes. ¡Que impotencia, querer salvar el pasado…!

Y caí en cuenta que los hombres seguían ajenos. Cada uno con la mirada fija en su labor, sin inmutarse. Me dirigí al responsable del incidente y me desahogué diciéndole cosas que ignoró de espaldas. El hombre de la derecha volteó a verme, parecía el más joven, señaló con el dedo índice su oreja, negando con movimientos suaves. Y siguió trabajando.

—Locos. — dije y encaminé a la niña hasta el sofá a que esperara mientras yo iba por las cosas para limpiar su herida.

Cuando volví los hombres ardilla estaban en fila frente a mí, y la niña abrazaba los pies del más viejo.

—Nos vamos— dijo el hombre mientras cargaba su caja de herramientas.

—Pero no han terminado— contesté. No sabía qué decir para retenerlos. Quería que se quedaran un poco más. Quería curar a la niña, a mi hija, a mí.

—Será otro día— y se marcharon.

Regresé a los rastros del jarrón y esculqué entre ellos buscando no sé qué para distraer la mente. Metí una mano debajo del sofá en busca de más trozos, y sentí el gélido contacto con las baldosas que me pareció extrañamente confortable; me dejé caer, poco a poco, hasta que todo mi cuerpo descansó en el piso. Ahí tirado lloré hasta quedarme dormido.

Cuando desperté era noche. No supe qué hora, quizá de madrugada por el completo silencio. Todo ahí me pareció vacío. Ese zumbido, la intrusa luz del farol y mi cuerpo tremulante me inspiraban algo. Bien podía ser miedo, o tristeza. Ni siquiera intenté levantarme ¿Para qué? Daba igual si el sol me encontraba en el suelo o en la cama. Esa vez yo le había ganado, y por mucho.

Cuando vi a Eleazar, a la mañana siguiente, parecía alarmado. Pude notarlo desde que asomó por la ventana. Qué desagradable impresión habrá sido verme ahí tirado y pensar lo peor. Antes de darme cuenta ya estaba de pie. Abrí la puerta, pero ahí no estaba Eleazar, sino la niña y los hombres ardilla.

—Venimos a terminar lo que dejamos pendiente— y di media vuelta para dejarlos pasar.

 

 

 

 

 

 

 

Edgar A. Rivera

Edgar A. Rivera. (H. Matamoros, Tamps, 1989). Licenciado en Educación, recién descubrió los talleres literarios. Vive en las afueras de su ciudad natal con su esposa y sus dos hijos. Asiste al Taller Literario del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros.

 

 

 


 

 

La pelota

La pelota voló en curva y entró por una de las ventanas del segundo piso. Apenas dio el puntapié, al pobre niño le comenzaron a llover insultos y abucheos. La ventanita por la que el esférico se coló limpiamente no medía más de un metro y hacía tiempo que le habían quebrado los vidrios. Si alguna vez Miguel se hubiera propuesto hacer un tiro como ése, jamás lo habría logrado; intentaba meter el balón en la portería delimitada por dos piedras en la calle y no en la casa abandonada. La proeza era de una vergüenza enorme.

— ¡Ves por el balón Mantecas, rapidito! ¿Qué te quedas ahí parado? —lo presionaban sus compañeros de juego. —¡Muévete gordo!, el balón no se va a traer solo.

Miguel se acercó a la casa y permaneció unos instantes entre dos columnas de concreto que marcaban el límite entre la banqueta y aquel recinto. Era una casona tipo americana, de madera y techo alto de tejas que había quedado abandonada, y al cuidado único del tiempo durante años. Había sido la casa más hermosa del vecindario, con paredes rojas brillantes, un bello ante jardín de rosas y tulipanes, y un pórtico alto con columnas blancas donde todas las mañanas el aire se empapaba del canto de periquitos que revoloteaban dentro de sus jaulas. Eso fue años, antes de que Miguel naciera. Al día de hoy, las paredes apenas lucían un rosa muy pálido y eran poco a poco consumidas por el verde de enredaderas que crecían desde uno de los costados. Pocas de sus ventanas mantenían algún resto de vidrio empolvado. Era el tipo de casa de las que se inventan historias. Se decía que por las noches se escuchaban gritos y llantos provenientes de sus habitaciones, que era hogar de brujas horribles que se transfiguraban en lechuzas y salían volando de entre el tejado maltrecho; que había muerto un niño, que la habitaba la llorona, muchos cuentos.

Los padres prohibían a sus hijos entrar a esa casa. No les gustaba que jugaran cerca de ella, porque una casa abandonada suele atraer malos huéspedes. El papá de Miguel no hablaba mucho con su hijo y nunca le había explicado estas cosas, aun así, el chico sabía que no debía entrar.

Dudó y estuvo a punto de regresarse, pensó en lo mucho que le había rogado a su papá para que le comprara ese balón. Solo por eso los otros niños de la cuadra lo habían dejado jugar, ahora lo miraban y presionaban desde la calle. Gritaban los muchos apodos que le irritaban: dale Mantecas, apúrate Gorda, muévete, Porky, te estás tardando. No podría aguantar que ahora le llamaran cobarde, no lo iba a permitir.

Atravesó la hierba que le llegaba por encima de los hombros y se le metía en los oídos. Llegó al pórtico, subió los cuatro escalones y se agachó para no golpear su frente con una parte del techo caído, sostenido apenas por la única columna que no había cedido a la gravedad. La puerta estaba entreabierta. Era muy pesada y le costó abrirla lo suficiente. Dio un paso dentro de la casa y agitó las manos bruscamente frente a su rostro tratando de quitarse las telarañas de la cara. Recordó, que, jugando con sus muñecos en el patio trasero de su casa, encontró uno de sus suéteres, tirado entre cajas, fierros y plásticos que acumulaba su papá. La prenda debió permanecer ahí durante meses y ni siquiera recordaba haberla perdido. Cuando la levantó estaba tiesa en la parte de arriba y mojada en la parte de abajo, cubierta de hongos y caca de pájaro, el olor lo había hecho arrojarlo lejos. Así apestaba la casa.

Observó las escaleras a su izquierda, metros adelante, y sin pensarlo dos veces se dirigió a ellas. La luz de la tarde filtraba entre las ventanas y agujeros en las paredes roídas; era muy poca para iluminar el área, y no tardó en tropezar y golpear de cara al suelo. El cachete le ardió por el duro golpe y ahí tirado, sintió una pequeña corriente de aire que soplaba desde abajo. La casa tenía un sótano. Miró entre las comisuras y agujeros de las tablas, bajo sus manos había vacío negro que le pareció infinito. El miedo se apoderó de él y se levantó veloz. La rodilla le dolía un poco por el golpe, pero apresuró el paso y subió las escaleras, sosteniéndose fuerte del barandal y cuidando de pisar bien cada rechinante escalón.

En el segundo piso se sintió un poco más tranquilo, la luz del sol se colaba por las ventanas, paredes y tejado. La ventana por donde entró el balón estaba justo detrás de él. Caminó por un estrecho pasillo que conectaba tres habitaciones, todas sin puertas, abrigadas por el calor de la tarde. Supuso que su pelota debió rodar dentro de alguna. Se asomó en la primera. Encontró la pequeña base de una cama de metal oxidado, colgadas de las paredes (no supo decir si fueron verdes o azules), fotografías en las que podía distinguirse algunas siluetas. El techo tenía una gran abertura por donde caían las enredaderas. Observó bien cada rincón, su balón no estaba ahí.

Estaba a punto de entrar en la segunda recámara cuando escuchó un ruido en la habitación al final del pasillo. Tac, tac, tac. Algo golpeaba contra la madera. Tac, tac tac. Miguel permaneció inmóvil, tratando de borrar las muchas ideas que aparecían en su cabeza sobre lo que podría ser el ruido, y tratando de encontrar valor para ir a averiguarlo. Tac, tac, tac. El ruido se hizo más fuerte. Vio cruzar el umbral de la tercera habitación su pelota, rebotando una y otra vez. Tac, tac, tac, se hacía el eco cada vez que el balón bajaba. Tac, tac, tac. El balón botó otras tres veces frente a él, en el mismo sitio, antes de avanzar nuevamente hacia donde él se encontraba paralizado.

Quiso gritar, pero no salió nada de su boca. En un choque de adrenalina giró sobre sí mismo e intentó correr hacia las escaleras; pero era torpe y no presto atención al lugar donde pisaba. Una vez más, tropezó y cayó. Esta vez le pareció que se golpeó contra el suelo al menos dos veces. Cuando se levantó, ya era de noche. Se sentía confundido, pero no le dolía nada.

—Pensé que no te ibas a levantar.

Vio a un niño, más o menos de su edad, de ojos verdes y tristes, con uno de aquellos peinados de hongo con el que las mamás torturan a sus hijos; vestía con un overol y era bastante barrigón, como él.

—Es mi balón. Entré aquí buscándolo.

—No pensaba robártelo. Solo quería verlo. —le entregó el balón—Tus amigos ya se fueron.

—No son mis amigos.

—Yo tampoco tengo muchos amigos. De hecho, no creo que tenga uno.

Miguel sintió la tristeza en su voz. Le arrojó el balón y el otro niño lo atrapó.

—Si quieres podemos jugar un rato.

—Me gustaría.

El chico le regresó el balón arrojándolo por encima de su cabeza y Miguel apenas si lo atrapó. Se alejó un poco en aquel oscuro sótano y se lo regresó con fuerza.

—Soy Miguel, por cierto.

—Me llamo Rubén.

Ahí permanecieron los dos jugando durante horas, días, años. Nunca más se separaron.

 

 

 

Una vez más.

 “Amémonos los unos a los otros”, les dijo.

 “Aquí no nos gustan los jotos”, respondieron.

Antes de morir vio la cruz plateada colgando del cuello de su agresor y revivió el sabor de la muerte: “Démosles dos mil años más, quizás esta vez sí entiendan”, pensó.

 

 

 

Pedro el cadenero.

— Puedes ver en tu libro que mis programas han ayudado a millones. Acabamos con la pobreza en cinco países, llevamos agua limpia a las comunidades, hombres sin piernas han vuelto a caminar, en unos años habremos curado el SIDA…

—Sí, sí, por eso… ¿le pagaste la ofrenda al cura?

 

 

 

Tavo

El trapo amarillento que hacía de cortina se mecía lento con la brisa fresca de la madrugada. En la cama, debajo de una sábana de algodón remendada, dormían una mujer regordeta y una niña de cabello enmarañado. Por un lado, en el suelo, un joven de 17 años daba vueltas, acostado sobre un cobertor sucio, tratando de encontrar una posición que no le incomodara tanto. Tomó el reloj digital de muñeca debajo de su almohada, faltaba poco más de media hora para que diera la hora de levantarse, pero igual se levantó. Le dolían la espalda y los brazos. Dobló el cobertor y lo metió a puntapiés por entre los blocks que sostenían la cama donde descansaban su madre y hermana.

 ̶ ¿Gustavo, eres tú mijo? ¿Ya te levantastes? ¿Quieres que te haga algo de almorzar?

̶ No jefa, todavía es muy temprano, Ud. descanse.

Abrió la puerta del refrigerador con cuidado de no zafarla, no había electricidad en el edificio otra vez. Tomó el bote de leche y le dio una olfateada, estaba agria, así que la volvió a poner en su lugar y cogió un trozo de pan duro. Calentó agua en el mechón y cuando estuvo lista vio que la lata de café sintético estaba vacía. Se colgó su cadenita de la virgen, se puso su camisa, se amarró las agujetas de su único par de tenis y se colocó la gorra de baseball hacia atrás. Salió de la habitación y pasó por la siguiente; un cuarto pequeño sin ventanas, donde un muchacho y un hombre de edad avanzada dormían en sus petates contra la pared. Salió al pasillo que conectaba todas las habitaciones, caminando de prisa, tanteando en la oscuridad con las manos sobre las paredes agrietadas, tratando de no tropezar con la basura acumulada. Golpeó con el hombro uno de los barrotes que sostenían el techo a medio caer –putísima madre—. Por fin llegó al baño y se formó en la fila, dos personas esperaban antes de él, uno de ellos sentado en el suelo, dormido. Se abrió la puerta y Gustavo deseo haber nacido sin el sentido del olfato.

—Ya no hay agua en la pileta. –Les dijo el hombre barrigón que salió acomodándose los pantalones.

A un lado del baño, detrás de una cortina en otra habitación, dormía una familia. Gustavo se escabulló sin hacer ruido y se paró frente a una planta de sábila en una maceta donde hizo sus necesidades.

Bajó por las escaleras hasta el primer piso. Escuchó de paso las voces de madres llamando a levantarse a hijos y esposos por igual. El cielo comenzaba a aclararse, en pocos minutos saldría el sol. La atmosfera era de un azul grisáceo en la planta baja, la parte más abierta del edificio. Años atrás había sido el lobby de oficinas con salas elegantes y grandes vitrales. Ahora era un basurero de escombro y vigas de hierro oxidado.

Una enorme puerta negra de metal y contrachapado se deslizó. Detrás de ella salieron dos de hombres bastante altos de espalda ancha y piel morena. El primero llevaba la cabeza rasurada y la barba le colgaba hasta el pecho, vestía unos jeans rotos y una camisa veraniega con el pecho al descubierto. El otro usaba una trenza muy sucia que caía sobre su perfil derecho y de su mandíbula nacían una serie de tatuajes tribales que bajaban por su cuello y terminaban en la espalda. Ambos se le quedaron viendo y Tavo bajo la mirada, retrocediendo un poco hasta que estos se alejaron lo suficiente. Detrás de la puerta la voz rasposa y altanera de una señora le llamó.

—Tavo, muchacho, ven para acá.

Se acercó y el olor a chorizo frito y tortillas de harina hizo que le rugiera el estómago.

—¿Ya tienes el dinero de la renta? La próxima semana van a ser dos meses que me debes. Hay mucha gente en las calles buscando un lugar donde quedarse, ¿sabes? Deberías ponerte a trabajar, muchachito güevón, si no quieres que mis hijos te echen a ti y a tu mamá a la calle. —Tavo apretó los dientes. –Deberías ser más como ellos que trabajan todo el día en la fábrica para cuidar a su madre…

—Hoy en la tarde le traigo un adelanto de lo que le debo señora. Nomás deje que me paguen el trabajo de ayer…

—Antes de las seis, muchachito cabrón.

Salió a la calle, apretando los puños y mordiéndose el labio. Centenares de casas improvisadas, con techos de lámina y lona se apretujaban en un mar de viviendas, algunas asentadas sobre los restos de edificios antiguos y muchas más, desbalagadas alrededor de ellos.

Caminó por uno de los callejones, casi desierto. Unos perros flacos salieron corriendo de entre un muladar cuando lo escucharon pasar.

—¡Eh! ¡Tavo! –alguien silbaba y gritaba detrás de él. – ¡Tavito, ‘pérame güey!

Un tipo gordo y rapado de unos veintitantos corría con mucha dificultad tratando de alcanzarlo. Gustavo se detuvo a esperarlo con una sonrisa.

—Pinche Freddy, te va a dar un infarto cabrón, ya estas viejo.

—Viejo tienes… el culo. –contestó con la respiración agitada y el aliento alcoholizado. –Pérame… pérame güey, dame un minuto… pasu ptamadre… ya. ¿Pa dónde ibas carnalito?

—Con Don Chuy a que me pagué el trabajo de ayer. Le ayudé a descargar un camión en la tarde y dijo que me pagaba hoy.

Avanzaron juntos a paso lento.

—No carnalito, ya te pendejearon. Don Chuy ya se fue anoche para la frontera sur. Dicen que allá hay más trabajo. Pa mí que ya no regresa.

Tavo escupió y se frotó el hombro adolorido.

—¿De dónde vienes tú?

—De un pinche pachangón con los perros de la Chucha. — Freddy encendió un cigarro. –Chingos de morritas y pisto cabrón, pura cálida’. Deberías ir un día de estos, necesitas desestresarte, divertirte de vez en cuando chingao.

—Sabes que yo no me meto con esa gente, y tú tampoco deberías güey…

Freddy se abalanzó sobre Tavo y le rodeo el cuello con sus brazos gordos.

—Eres la misma pinche nenita que conocí en la escuela. –Le dijo, escupiéndole sobre la cara las cenizas del cigarro que llevaba en la boca, mientras le daba un coscorrón.

—¡Ya güey, ya estuvo, suéltame, ahhhh! —Lo soltó. —Oye güey, te acuerdas de los tres dólares que te presté para tu hermano, los necesito para comprarle algo a mi jefa pa’ su espalda.

—Sí, es que ya no me aguanta igual la ruca cuando me la… no te creas, no te creas hombre, estoy jugando. No te calientes. ¿No se te antoja un trago güey? Acabo de conseguir una botellita de mezcal bien buena.

—Cómprale una torta a tu hermano güey, no chingues.

—Ud. no se preocupe por eso carnalito. Cáele de rato aquí a mi casa, te quiero enseñar algo. Te pago y sirve que te doy algo de mezcalito pa’ tu jefecita. Ahorita necesito dormir, tú no te estreses que te va a hacer daño. Te quiero, pinche sabandija rastrera.

Freddy removió una tabla de aserrín prensado que hacía de puerta y se metió en la choza de madera podrida que era su hogar.

—¡Yo también te quiero pendeja!

—¡No seas joto! –Le gritó desde el interior de su casa.

Confirmó más tarde que efectivamente, Don Chuy se había ido sin pagarle y sin intención de regresar, así que se dirigió al mercado de pulgas donde trabajaba. En medio de la plaza una fila de varias mujeres y niños esperaba su turno para sacar agua del pozo. Una niña de cabello enmarañado y ojos claros tiraba de la cuerda con esfuerzo. Tavo corrió a ayudarla.

—A ver chaparra, déjame a mí. ¿Para qué llevas dos cubetas?

—Mi amá dijo que tenía que lavar ropa del edificio para poder pagar lo que debe de la comida.

—Tú no deberías andar cargando tanto, si te lastimas luego van a andar las dos chuecas.

—Pues si tú no las llevas lo tengo que hacer yo. –La niña se colgó las cubetas de una vara en los hombros y echó a andar rumbo a la casa. – ¡Y le voy a decir a mi mamá que le dijiste chueca!

Un helicóptero sobrevoló la plaza. Tavo pasó buena parte de la mañana acarreando agua al edificio y llegó tarde al trabajo, por suerte su patrón llegó más tarde.

Tavo había terminado de reparar un radio de baterías para un cliente y trabajaba en un proyecto personal, intentando reparar un videojuego. Esperaba poder venderlo a buen precio o intercambiarlo por un par de gallinas para su hermana. Poco después del mediodía, escuchó el crujir de las ruedas de madera sobre el empedrado y el (sonido) de la mula afuera del taller. Era el señor Wu que regresaba del basurero cargado de materia prima para el negocio.

—Tavo, ven ayúdame con la carga.

—Oiga, Sr. Wu, quería ver si podía darme un adelanto de mi paga.

—Claro. Cuando aprendas a llegar temprano. ¿Creías que no me daría cuenta? Pase temprano, estaba cerrado, eres un muchacho muy irresponsable.

El ruido de motores y llantas derrapando interrumpió su conversación. A cien metros de ahí, se levantó una nube de polvo. Una caravana de seis camionetas, con torretas y luces largas en los techos se detuvo con violencia. Las personas en la plaza corrieron a buscar refugio. Una docena de hombres fuertemente armados comenzó a descender y a armar un perímetro.

— Federales. –Dijo el Sr Wu. – Deja eso ahí y metete a la tienda muchacho. ¡Rápido!

Tavo no lo pensó dos veces y obedeció. Cerraron las ventanas y echaron candado a la puerta después se pegaron a la pared para ver a través de las grietas en la madera. Con excepción de los oficiales, la plaza estaba desierta. Varios sujetos con chalecos antibalas sobre su uniforme azul recorrían la calle, apuntando hacia las ventanas con sus rifles.

—Carajo. Pero si acabamos de pagarles la cuota, qué es lo que quieren.

—Parece que buscan algo, mire ese de allá.

Otro uniformado caminaba despacio sin despegar la vista de una pantalla en sus manos, hasta que se detuvo frente a una canaleta de aguas residuales que pasaba junto a la carnicería. Hizo una seña y el sargento a cargo se le acercó. En ese momento uno de los hombres armados se paró frente al agujero en la pared por donde estaban espiando. Tavo contuvo la respiración y el sr Wu le hacía señas de no hacer ruido. El hombre siguió su camino tras una breve pausa. Patrón y empleado siguieron observando.

El sargento sostenía la pantalla y ladraba órdenes a su subordinado, que se había sambutido entre las aguas negras. Anduvo con cara de asco, dando varias vueltas hasta que por fin pareció encontrar lo que buscaba. Salió del canal con una mano en alto y sosteniéndose de la hierba con la otra, empapado y con algunos trozos de papel pegados en la espalda. Le pasó a su superior lo que había sacado del agua, un dispositivo demasiado pequeño para alcanzar a ver que era. El sargento lo tomó en su mano e hizo una cara de desprecio. Iracundo lo arrojó al suelo y tomando su rifle lanzó una serie de ráfagas al aire.

—¡Escuchen bien malagradecidos hijos de la chingada! ¡Esto es un toque de queda!

Los federales comenzaron a irrumpir en los diferentes locales del mercado tirando puertas y destrozando mercancías. La gente corría despavorida en todas direcciones lejos de la plaza y las tiendas.

—¡Todo el mundo regresé a sus casas si no quieren un pinche plomazo entre los ojos! –Gritaba el sargento, escupiéndole órdenes a los oficiales y dando más disparos al aire.

Uno de los federales, irrumpió en el taller con una patada y sin darle tiempo de decir nada conectó un derechazo en la mandíbula del Sr Wu para después arrojarlo fuera. Tavo salió antes de que pudieran hacerle daño a él también y le pareció ver que sacaban un par de drones con hélices del interior de una camioneta. No paró de correr hasta que llegó a las favelas.

Entró a su casa, agitado y empapado de sudor. Su madre estaba en la cocina y su hermana jugaba junto a la cama con su mascota.

—¿Qué pasa, mijito, qué tienes?

—Nada, nada. Todo bien, unos federales llegaron al mercado y nos regresaron a todos pa’ las casas.

—¿Ay mijo, y trajiste algo pa’ comer tan siquiera?

En ese momento escuchó que sus estomago gruñía y recordó que no había comido nada en todo el día.

— No má, no hubo tiempo de nada. ¿Uste’ y la chaparra ya comieron algo?

—Nombre mijo, estábamos esperando que llegaras pa’a ver si traías algo.

—Y no hay nada que pueda hacer, ¿unas tortillas por ahí o algo?

—Nomás agua que trajo tu hermana hace rato, pero nada para echarle al caldo. Bueno, está la coneja.

—No má, mi conejita no. –Repuso su hermana.

—Mija, pa’ eso la tenemos, para comérnosla cuando haga falta.

—Pero…

—Déjele má, ahorita voy por algo pa’ comer, usted no se preocupe.

Tavo salió de su casa antes de que pudieran decirle otra cosa. Se detuvo al llegar a la calle, desierta y sumergida en completo silencio. Se santiguó. Miró con cautela al cielo, pero no vio ni escuchó rastro alguno de los drones. Sabía de antemano que esas máquinas eran muy rápidas y peligrosas, pues venían armadas con semiautomáticas que un oficial podía operar desde kilómetros de distancia. Ay virgencita santa, te pido de favor que no me vayan a ver estos culeros. Corrió tan rápido como pudo, deteniéndose debajo de un techo de vez en vez para recuperar el aliento. Por suerte la casa de Freddy no quedaba lejos.

Cuando entró, los ronquidos de su amigo inundaban el cuartucho y su cuerpo gordo y semidesnudo ocupaba buena parte del piso. Gustavo le dio un puntapié en las costillas para despertarlo.

—¿Eh, eh, qué pedo? — Exclamó sobresaltado. –No chingues pinche Tavo, me asustas te. Deja dormir wey.

— Hace rato me dijiste que tenías una alacena llena de comida, necesito que me prestes algo pa’ mi ama y mi hermana. ¡Cabrón, te estoy hablando!

—Si wey, si, no hay pedo –Dijo sin abrir los ojos —, Ven acuéstate tantito aquí conmigo, ándale.

—No estés chingando wey, te estoy hablando en serio.

Con una mano sobre la cara Fredy hizo el intento de levantarse y se sentó sobre la cama

—A qué la chingada, hombre –Bostezó —¿Qué quieres o qué?

—Que me prestes algo de comida, te puedo agarrar algo.

—Ven agárrame está.

—Chinga tu cola.

—Me chingo primero la tuya pendeja. Jaja, ya wey, no hay pedo. Ahí agarra de la alacena lo que quieras.

Tavo abrió la alacena. Con excepción de una lata abollada y sin etiquetar, estaba vacía.

—No mames, aquí no tienes nada.

—Ah chingao, si es cierto, se me olvidó guardar las cosas. Pérate tantito, que acá las tengo.

Tavo se frotaba nerviosamente el dejo de barba que le crecía en el mentón. Entreabrió la puerta. Alcanzó a ver uno de los drones, con sus tres hélices sobrevolando cerca de ahí. Cuando se giró para decirle a Fredy lo sorprendió el cañón de un rifle calibre .50 que le apuntaba directo a la cabeza.

—¡Ora puto! Pa’ que aprenda a no andar despertando gente. – Le dijo Fredy en tono burlón mientras bajaba el arma. – ¿Te saqué un pedo verdad?

—No mames, ¡¿de dónde chingados sacaste eso?!

—Se las estoy guardando a los perros carnalito. Tengo 15 de estas aquí. —Abrió una cortina rosa de plástico en un rincón —Y me están pagando a toda madre por cuidárselas unos días. Mira nomás compita, todo esto que ves acá lo compré con lo que me dieron y no sabes la noche de putas que tuve ayer.

Tavo miró incrédulo la pila de víveres que había en un rincón oscuro detrás de la cortina rosa, y debajo, a penas escondidas, las puntas de los rifles se asomaban entre bolsas de plástico negras y pedazos de madera podrida. No sabía que decir, se le quedó mirando fijamente a su amigo, boquiabierto.

—¿Qué crees que va a pasar si te encuentran con eso?

—¿Quién chingados las va a encontrar hombre? Les tiramos los rastreadores que traían al canal compita, tú no te preocupes.

El sonido de las hélices se hizo más fuerte y el techo de lámina vibró sobre sus cabezas al pasar de uno de los drones.

—¿Qué chingados? – dijo Freddy. – ¿Qué fue eso güey?

—Federales, que vienen a buscar esas armas. –Le contestó en tono sereno, resignado. —Estamos en toque de queda, andan cateando los negocios y las casas.

—No mames compita, no juegues. Ya me asustaste, ya estamos a mano, ¿ok?

Por entre los agujeros en el techo, Fredy alcanzó a ver las hélices de un helicóptero y las turbinas hicieron temblar los techos de las casas con más fuerza. Arrojó el arma sobre las otras y se llevó las manos a la frente. El sonido de la turbina se hacía cada vez más fuerte a medida que se acercaba hasta que se desvaneció de pronto en un silbido que duro apenas un par de segundos. El estruendo de una explosión los hizo tirarse instintivamente al suelo y poco después una explosión mucho más grande los estremeció.

La choza en la que se encontraban no había sufrido daño alguno. Tavo gateó hacia la puerta, la abrió un poco y vio en medio de la calle uno de los drones, descendiendo en picada para irse a estrellar metros más adelante contra un edificio de ladrillo. Una enorme nube de humo ascendía entre las chozas de un barrio cercano.

–Freddy, levántate. Tenemos que irnos.

Comenzó a sentirse mareado. Frente a sus pies, daba saltitos una lata. Las puertas de la alacena se golpeaban y las paredes se sacudían las cosas que tenían encima. Temblaba. Escuchó muchos cristales quebrarse y algunas personas dando gritos de espanto afuera. Una lámina cayó sobre su espalda y fue a dar al suelo junto a su amigo que lloriqueaba. Permaneció tirado en posición fetal, cubriéndose la cabeza con las manos mientras la tierra rugía y los oídos se le tapaban. Parecía que nunca iba a acabar, cuando de pronto, acabó. Pero la sensación que le dejaron las sacudidas aún no se esfumaba y el sonido de la tierra rugiendo no lo abandonaría por varios días. Cuando estuvo seguro de que no temblaba más, los dos amigos lucharon por ponerse de pie. Freddy había pasado del llanto al estupor. La luz de sol calaba sobre sus frentes. Tavo observó los resultados del siniestro.

El mar de casas que conformaba la favela había perdido cualquier cualidad que la diferenciara de un basurero. Pilas y pilas de láminas, cartones y tablas se amontonaban a su alrededor, y de entre tanta basura surgían los gritos de personas que había quedado sepultadas. La escuela a la que había asistido 10 años atrás y que había visto hace un par de minutos había desaparecido y su lugar lo ocupaba una montaña de ladrillos rojos y arena.

Instintivamente volteó a ver su casa, el enorme edificio de concreto donde su mamá y hermana lo esperaban, y pudo apreciar, como si ocurriera en cámara lenta, el momento justo en el que toda la estructura se venía abajo y desaparecía en una nube de polvo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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