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Brevísimo ensayo sobre la belleza

 Homenic Fuentes 

 

 

La belleza no está en las cosas

 

                                          que acarician los sentidos

 

Lo sé por la vagina que arde

                     Los labios se desprenden danzarines

                      alejados de un simple beso

 

La belleza son los dientes amarillos

                          que muerden la manzana

                                        y sangran las encías

 

Es el olor de axila

la mirada que atraviesa

                      Los fieros dedos

                      que hurtan a hurtadillas

 

                              "eso es la belleza"

             el nudo de alientos amargos

             la suciedad del contacto

las ingles que transpiran

 

La belleza no es el campo que dibujas

                           es el chancro

          la hepatitis de unos labios

las nalgas derramadas

 

La belleza es lo que somos

                                    jugos gástricos

                                            fluidos viscosos

 

                                                      también el asco

 

 

 

 

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)

 

 

Relación con la madre en poetas mexicanas

nacidas a partir de 1980.

Adán Echeverría.

El 25 de julio de 2018 se realizó una marcha en Argentina por el derecho a decidir acerca de la legalización del aborto, y con esta marcha surgió el símbolo de las pañoletas verdes, que fue escalando por toda América Latina, agremiando a muchas mexicanas que luchan también por obtener este derecho a nivel nacional. Se determinó elegir el verde porque era un color que, al menos en Argentina, no estaba asociado a ningún movimiento social o político (el problema en México ha sido el asociarlo a un partido político que se dice ecologista, aunque no lo haya sido jamás). El origen de esta pañoleta verde como símbolo de la lucha por la legalización del aborto se remonta al 2003, cuando en el 16° Encuentro Nacional de Mujeres —que se llevó a cabo en Rosario, Argentina—, dos mujeres decidieron promover su uso. Dos años después (2005), se toma la decisión de adoptarlo como parte del movimiento que exigirá el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo. El pañuelo verde pasó de ser un sello local a un símbolo feminista de alcance internacional, ya que para 2018 fue adoptado como un emblema que articula los reclamos por los derechos reproductivos en América Latina.

En México, desde el año 2007 la Ciudad de México aprobó la despenalización del aborto y comenzó a ofrecer el servicio en hospitales públicos e instituciones de salud; un derecho que para ese año solamente en Cuba, Guyana y Puerto Rico tenían legalmente garantizada. El otro estado de la república mexicana que ha despenalizado el aborto es Oaxaca, y sucedió a finales de septiembre de 2019.

Las mujeres nacidas en el año 2002 tienen, para este 2020 ya los 18 años, que en México se asigna como mayoría legal de edad; y como hemos dejado escrito la lucha por la despenalización del aborto comenzó al inicio del año 2000, entre 1999 y el 2003. Mujeres hoy mayores de edad que nacieron en una época en que los derechos reproductivos se comenzaban a conquistar en las calles, en los juzgados, mediante amparos. Mujeres que tenían alrededor de 7 años cuando en la CDMX se había logrado la gratuidad y la atención pública para la realización de los abortos. Una época diferente radicalmente a la que enfrentaron sus madres y mucho más ajena a la que enfrentaron sus abuelas en el tema de los derechos sexuales.

Así, las mujeres nacidas en la década de 1980 y quienes para el año 2000 habían cumplido ya los 18 años, son quienes dieron los primeros gritos, enarboladas ya en la pañoleta verde, o trepadas en el activismo en pro de conquistar sus derechos a decidir sobre su cuerpo. Son muchas de estas mujeres quienes han trabajado con más ahínco en el inicio de estas batallas legales en pro de la legalización del aborto, de la decisión de las mujeres sobre su propio cuerpo, pues ésta es una de las demandas básicas y más antiguas del movimiento feminista

Por ello resulta interesante, con base en lo anterior, leer a mujeres mexicanas nacidas a partir de esa década, la de 1980, en la relación que describen respecto de sus madres en cada uno de sus poemarios; o del ser madre en algunos otros espacios a que han destinado sus letras. Ser hija, ser niña, ser estudiante, ser poeta, ser mujer, y decidir o no ser madre, decidir o no embarazarse, decidir o no parir o someterse a una cesárea para traer a una persona al mundo. Para estas autoras que han resultados becadas, premiadas, por sus trabajos literarios, ha sido importante el documentar esa relación con sus familiares cercanos: madres, padres, tías, hermanos, con el que han construido parte del corpus de su trabajo literario, en contra de lo que en otras generaciones había sido una preocupación mayor el poder hablar y el escribir sobre las libertades sexuales, el erotismo, las relaciones amorosas; el ligar, la conquista del otro, la contemplación de la naturaleza o cualquier otro tema. Para las mujeres que ahora revisaremos, el ser hija, o el ser madre, ha resultado de vital importancia.

Y es de llamar la atención que las autoras que ahora revisaremos puedan enmarcar su trabajo poético sobre esa vitalidad temática, muestra fehaciente del consciente colectivo en el que se desenvuelven.

 

Daniela Camacho (Culiacán, Sinaloa, 1980)

En el poemario “[imperia]” de 2013, un libro de 80 páginas dividido en tres fragmentos: “El aislamiento de los cuerpos puros”, “Islísima” y “Morir de paraíso”.

Como parte de esta revisión en la que abordaremos los trabajos poéticos de cinco autoras, presentamos a continuación las palabras con llevan una connotación respecto de la maternidad, y sobre los padres, que la autora presenta. Para su mejor evidencia, dichas palabras se resaltan en negritas en los siguientes fragmentos del poemario:

En la página 16, en el fragmento (b) la autora señala:

“Despídete de la infancia. Tus padres serán atravesados por una ballesta al conocer la noticia. Su pequeña cría desprotegida. Su niña tenebrosa a la intemperie (…)”

 

En “: tokio” (páginas 45 y 46):

“(…)

una ciudad amamantada por la luz, un archipiélago, la adquisición de mi lenguaje aún en ciernes.

 

la acústica de los elementos presagia una catástrofe.

 

madre,

mira al mundo estremecerse.

mira mi columna vertebral, su curvatura, tú que aún conservas el significado de mi infancia entenderás esto:

 

(…)

 

a esta hora, las aves más hermosas son las más desorientadas. a esta hora, las yeguas se pasean de un lugar a otro, se miran los costados, sudan. no quieren parir. quietísimas las más desesperadas: cuello uterino dilatado, contracción involuntaria. ¿nada puede protegerlas del miedo? por la vagina expulsan agua. los miembros del potro hacen su primera aparición, los hombros, la cabeza, y una vez que entra en la vida, lo hace para caer de nuevo al suelo.

 

bajo este escenario, yo soy una zona de derrumbes. ¿madre, puedes verme? nadie supo decirnos lo que era en realidad la lejanía. esta alteración, el sobresalto, todas las alarmas y un vaivén, un balanceo tan feroz, tan inhumano. debo abandonar la casa, reunirme con las otras mujeres, las he visto salir con sus hijos en los brazos. ahora sé que no hay embestida más violenta contra el cuerpo que una isla.

 

(…)

 

el corazón de tokio es una cuna y mi mano accidentada lo mece.”

 

Para mejor comprensión de este hermoso y melancólico poemario de Daniela Camacho (y de los demás poemarios que iremos revisando) pueden encontrarlos y descargarlos de la página de wordpress, desarrollada por el joven autor Luis Eduardo García (Jalisco, 1984) (https://poesiamexa.wordpress.com/).

Estos son algunos apuntes en los versos que la autora presenta en su obra poética, referentes a la maternidad y la familia:

“escucha, madre, han empezado a mutar las mariposas”; “a esta hora, madre, los desplazados están sufriendo problemas mentales. en sus pesadillas”; “Soñarás con madres muy feroces. Desde el cielo seguirán amamantando a sus hijos ya contaminados”; “Soy la que flota en el río, la despojada. Polvo de la madre extraída a su niña en trance”; “Del ciprés soñado por amantes solos nace una canción de cuna para las muchachas tristes”. “¿hay forma más vehemente de decir: aquí termina la infancia?”

 

Para el año 2014, Daniela Camacho publica “Carcinoma”, una plaquette de poesía de 30 páginas. Revisando el mismo campo semántico respecto de la maternidad y la familia observamos que la autora casi abandona el tema de la maternidad, y se centra en el dolor que el cáncer provoca en su mirada al mundo que le rodea; dejando un tremendo testimonio de la enfermedad:

“Quedé asustada porque el cáncer vino como un animal del sueño y yo había dejado las toxinas, los hongos venenosos, el consumo excesivo de alcohol. Vino mientras respiraba mal. Vino cuando yo me pegaba a otras bocas para que supieran lo que era ahogarse. Y quedé expulsada pero sin saber de dónde.”

 

Aun así, escribe: “tumor destrúyeme / haz de mí la mujer no maternal”.

En el que el hablante lírico que Camacho nos presenta, aterrada y luchando contra la metástasis, y su renuncia al deseo de ser madre.

 

En seguida presento versos y fragmentos de poemas, en los que reviso de igual forma el uso de los conceptos de maternidad y familia en las siguientes cuatro autoras también nacidas después de 1980.

 

Nadia Escalante Andrade (Mérida, Yucatán, 1982).

En su poemario “Sopa de tortuga falsa” (2019), un trabajo de 59 páginas dividido en cinco fragmentos: Puertas, Acantilados, Paseos, Sombras y Mudanzas. En él, la autora presenta los siguientes versos dentro del campo semántico que estamos analizando:

“La memoria crece desde las profundidades. ‘¿Cuál es tu recuerdo más antiguo?’ Y la mente es más rápida en moverse o son acaso las entrañas las que tienden hipotéticas redes al cardumen de reminiscencias: “Recuerdo que tenía dos años. Mi madre me bañaba y me di cuenta de pronto de que yo no era ella sino yo, y ella, ella. ¿Y tú?” “Una imagen borrosa y oscura de mi padre —a veces, amenazante—, la sensación de su proximidad y, cuando no lo tenía cerca, la certeza de saber con exactitud en qué lugar de la casa se encontraba”. (en el fragmento Acantilados, página 20)

 

En el mismo fragmento titula uno de sus poemas: “El azúcar ha inundado la sangre de mi madre” en el que se lee: “Me contaste que tras la muerte de tu madre / no pudiste volver a reír hasta los veinte años. /Cuando nací, nació el miedo de morir y abandonarme, /pero aprendimos que las historias /no se definen por el miedo.”

 

Xitlalitl Rodríguez Mendoza. (Guadalajara, Jalisco, 1982).

De esta autora revisamos el hermoso poemario titulado “Datsun” (UNAM, punto de partida, 2009), de 69 páginas. Está dividido en tres fragmentos: “Datsun”, “La cajita feliz” y “Apuntador”, de los cuáles únicamente el primer apartado que da nombre al poemario puede atreverse a considerar del tipo familiar que estamos revisando. Los otros dos fragmentos son trabajos en que se puede observar a la poeta Rodríguez Mendoza jugar con el lenguaje, sacar chispas, como si estuviera pegando con un martillo en la fragua, y mirando las esquirlas caer sobre la hoja blanca.

“Datsun”, la primera parte del poemario, por otra parte, hace el retrato de la infancia y la familia como una forma de la ternura. Reproduzco acá algunos de los versos que comparten el campo semántico que estamos revisando. La poeta nos mete de golpe a la historia diciendo: “Datsun era el niño más pequeño de su clase”; nos revela luego la relación con su padre: “Ese día escapó de la escuela para esquivar a su padre”. Continúa presentándonos a su personaje: “Para Datsun hablar fue tomar leche y después irse a dormir la siesta”; “Mamá, ¿y tú cómo te llamas?”;

 

“Datsun” es un trabajo que me hace recordar lo que alguna vez dijera Octavio Paz: “Hay poetas que solo cantan; en cambio hay poetas que cantan y cuentan al mismo tiempo”; “Datsun” es un poema en el que Xitlalitl decide contarnos esa irrevelada infancia, y lo hace muy a su estilo, en esa búsqueda de usar el lenguaje a su favor, y a favor del lector que termina por agradecerle.

 

Ileana Garma (Mérida, Yucatán, 1985).

En su poemario Ternura (2013), de 85 páginas donde la autora, dentro del campo semántico maternidad y familia, presenta un enorme acercamiento. La palabra “papá” se presenta 20 veces; mientras que las palabras “niña” o “niñas” aparece en 12 ocasiones; “vientre” en 9 momentos; “padre” 7 veces; “madre” y “mamá”, cada una 4 veces; “infancia” otras 4 veces; “leche” otras tres veces; “cuna” aparece dos veces; “arrullar” una vez.

Estamos frente a un trabajo construido por completo en esa visión infantilizada respecto del crecimiento de un hablante lírico en busca del sueño de la presencia paterna en el núcleo familiar. El poemario Ternura está dividido en cuatro fragmentos: “Historial del polvo”, “Dinastía de soles”, “Sueños” y “Ternura” que da título al libro.

El primer fragmento es un golpeteo poemático en el que la autora presenta nueve poemas (o fragmentos de un mismo poema) titulados: “Papá”, evidenciando la fijación del hablante lírico sobre la ausencia paterna. Sin embargo, el tema discursivo no deja de ser una continua exposición del tema familiar, desde el reclamo y la nostalgia de una infancia que ha sucumbido:

“Pensar que una noche fuiste chiquito y tu madre cantó una canción de cuna” (página 9); “he leído tarde esta ansiedad, este buscarte en el fraseo de las palmeras y en el lenguaje blanco de la espuma, porque no sé, si sesenta segundos tan sólo estuviste a mi lado.” (página 15); “He criado una ansiedad amistosa, en las fiestas familiares, en los carruseles rojos de mi infancia donde corría a refugiarme de lo que no existía.” (pág. 16).

De igual manera, la autora describe, desde su hablante lírico, el concepto de la maternidad: “Espirales son las galaxias que delineaste en mi vientre” (pág. 21). Tanto como esa búsqueda del padre ausente en la infancia, como el personaje amatorio en el que busca continuamente el refugio; una especie de incesto sentimental (buscar al padre en el amante al que se entrega): “Una voz de algodón que solía flotar, dormitar cerca de ti, alrededor de ti. Sacaré todo a la calle.” (pág. 24); “Todos los caminos dieron a tu voz, a la velocidad amarga de tu voz, haciéndome dejar una casa tras otra” (pág. 29); “Mi vientre cae en contradicciones, madura soberbio como un árbol de almendras” (página 32); “Y la niña en la habitación como otras niñas. Y la mujer que escribe como otras mujeres” (pág. 40);

O establece la crítica a la madre, a la maternidad, al cuidado de su infancia: “Mamá como una sombra de gasa, como una penumbra fugaz.”; “Mamá, /prende este tartamudeo”; en este poderoso verso, la autora significa a la madre como Tótem, prohibición, como aquel personaje que la hace tartamudear de miedo, el poema continúa: “Mamá, envuélveme en una orden y oblígame /a cumplirla”

 

Del poemario “29”

“Tu primer recuerdo es una bañera a la deriva en el Caribe” dice Garma en la página 6 de su poemario; mientras que —como ya hemos consignado arriba— Nadia Escalante señala: “¿Cuál es tu recuerdo más antiguo?” dentro de uno de sus poemas en el trabajo que hemos revisado.

Es realmente interesante esta infantilización del discurso, esta búsqueda del amor de pareja, del trabajo en sociedad, del dedicarse a la literatura, en un mundo de ausencia paterna, de madres trabajadoras, de niños que son atendidos en guarderías, de mujeres que van creciendo con madres neblinosas que luchan por ser madres mientras son además mujeres en una lucha de parejas (los padres de sus hijas), en una generación de mujeres en las que seguir casada era casi una obligación

Puesto que las madres de estas mujeres nacidas en la década de los 80s, vienen de mujeres que se hicieron madres entre los 20 y 30 años, esto supondría que nacieron en los años 60s o 50s, en un México distinto. Tanto para Garma como para Escalante la revelación del primer recuerdo les es de importancia como una forma de presentarse y reconocerse vivas, observadoras, sentirse dueñas claras de su creación poética.

En el mismo trabajo “29” la autora escribe: “Es mejor mi vientre, ahí nadie compra casas ni se hace rico”; “Ese instante con los puños y los ojos apretados entrando al agua, a la piscina de tres metros, de kilómetros de infancia”; “Mamá me sigue cuidando como si fuera un arbolito inválido, sin muchas esperanzas”; “Es probable que yo sea una tonta y que no sepa bien cómo tirar la pelota. Es posible que siempre me ría delante de papá y mamá y que antes de escaparnos ya lo sepan todo”; “Ni vuelve el color oscuro del cabello de esa chica amante”; “Mi madre que llegaba tarde. Fumaba recargada en la puerta un último cigarrillo mientras se tocaba la frente”; “Yo reí, pero no me daba gracia aquello. Sino la plática trivial en un domingo de cumpleaños y nuestros rostros de niños ya bastante grandes. Escapamos de ahí para abrazarnos a gusto”; “Mi hija duerme sobre mi pecho. Nunca llora y yo tampoco. Evito pensar.”

La hija quejándose de la madre que muta en la madre arrullando a su hija.

 

Esther M. García (Ciudad Juárez, 1987).

En 2010 publicó “La doncella negra” un trabajo de 73 páginas en el que la palabra madre aparece 26 veces. El campo semántico de maternidad y familia transcurre por completo casi toda la obra de esta poeta chihuahuense. Su preocupación por las infancias, ese rencor en que sus hablantes líricos presentan y se declaran presas de ese victimismo en el que la autora sostiene el corpus de su obra:

“Hablo desde aquí desde las sombras oscuras de mi infancia”; “Mi madre ha juntado arena roja del desierto de Dead woman’s city”; “Sólo con mi madre y un perro /que por las noches ladra al viento /vivo yo”; “lo imaginamos en el patio de nuestra madre”.

 

Mucho de ese sentimiento y esa emoción se puede ver con claridad en el poema que le da nombre al poemario: “La doncella negra”

I

Mi madre es como un perro rabioso

queriendo morder y destrozar

mi alma con sus rabiosas palabras

a mí

la benjamina

la enferma

la tonta

la rosa que no tiene pétalos sólo espinas

 

Mi madre es la gran niña con la hoz negra

la gran devoradora de pájaros

escupidora de aves tornasoles

masticadas por el gran diente fervoroso de la religión

 

Así es mi madre

—¿Verdad que sí doncella negra?—

Ni siquiera ha de imaginar

que orino miedo por las noches

pensando qué pasará cuándo ella muera

Ella sólo piensa “Dios mío Dios mío ¿porqué me habrás dado

por hija a esta estúpida

maldita

     malditita

          malditilla

pendejuela?”

 

Mi amor por ti madre

es una flor hecha de vísceras secas

 

II

Dime mami,

¿dónde ha quedado

la palabra materna que lamerá con ternura

las heridas?

 

Mi madre es un pozo seco

y nuestras bocas han muerto de sed.

Toda palabra de amor ha encontrado

su muerte en este desierto

en que nos hemos convertido.

 

En el fragmento III de este mismo poema, todos los versos empiezan con la palabra “Madre” en el que el hablante lírico (un infante) desesperadamente quiere llamar la atención de su progenitora. Lo presentamos acá, sin el arreglo editorial que se presenta en el original.

“Madre: me comen las arañas / Madre: por favor voltea a verme / Madre: se cae el techo de la casa / Madre: los gusanos salen por el grifo del agua / MADRE / ¿Podrías dejar de ver le tele / y voltear a verme? / Madre: mi padre es un payaso oscuro / que se comió mi niñez y la vomita en mi cama / Madre: los gusanos se amontonan por toda la casa / MADRE / ¡Devuélveme mi corazón aunque / sea sólo /un trozo de carne seca! / Madre. Por favor apaga el televisor, / acércate a mí. / —¡Quítate de la tele, niña tonta! / MADRE / Apaga ya el televisor, cántame al oído / una canción de cuna.”

 

El siguiente poema titulado “Ruinas de la infancia” ocurre lo mismo, el tema de la “madre” se mantiene: “Madre: /he matado una niña /la tiré en un basurero /en las afueras de mi alma.”

Sin embargo, en medio de este libro, la autora introduce una visión de la sexualidad. Luego de hablar y hablar con un poderoso rencor contra la madre y evidenciar para el lector su trágica infancia de abandono, la autora decide hablar desde la carne y el poder sexual: “Eros”, titula la autora este fragmento, y presenta los siguientes poemas que llaman la atención: “Estoy llena de amor”, “Noche de bodas”, “Diálogo de los amantes”, en el que se vislumbra el hablante lírico que va desde el enamoramiento juvenil, al matrimonio de la convención social, la infidelidad en el buscarse amantes, así como el truene de la relación de un hablante lírico que utilizó la convención del matrimonio apenas como una forma para abandonar el nido familiar, lo cual es notorio durante la relación de amante, rompiendo con el lazo matrimonial, hasta sentirse libre y dueña de su vida; en un corte final —o en apariencia— del cordón umbilical que se aprecia en “I love the streets”, donde aún se mantiene ese recuerdo de una trágica infancia:

“Con los ancianos sentados en las bancas de los parques

y los niños corriendo detrás de sus sueños

para que no los abandonen”.

 

la autora hace que su hablante lírico se sienta libre, pero se mantenga temerosa; sin embargo, es mejor la libertad de callejear, la sobrevivencia a su ser independiente, a seguir presa en los rincones de la casa materna. Es por ello por lo que se sigue mirando el cíclico trauma en el que se presiente que la niñez no tiene salvación ni en el amor, ni en las convenciones sociales, ni en el sexo: “Las mujeres golpeando al niño”; siempre la figura materna violentando las infancias.

Esto es lo que puede olfatearse en este poemario. Uno puede llegar hasta la página 64 del libro y seguir encontrando el mismo leitmotiv: Una vida de sufrimiento por el padre que abandona a la familia, y del infante que se queda a soportar los traumas y malos humores de la madre que tiene que crecer sola a sus niños:

“Aquí vivimos mi madre y yo cosechando

en nuestras mentes

los recuerdos de un padre y esposo que se fue

junto con el último gramo de comida

y el último rastro de felicidad.”

 

O en la página 72, ya a punto de cerrar el libro:

“Así se siente la palabra madre

y lo que ella escupe

de su tierna boca

hacia él

 

Así la peluda palabra

caminando por el techo”.

 

 

Para el 2014 la poeta publica su trabajo titulado “Sicarii” de 92 páginas.

En él la palabra “madre” ocurre 10 veces, mamá 2 veces, “niño” 18 veces, “infancia” otras tantas veces; mientras que “padre” y “padres” aparece 23 veces.

El tema es muy similar al trabajo publicado por la autora en 2010: “y mis hermanas siempre decían /—Vimos a mamá pero jamás te mencionó /de seguro es porque no te quiere”; “pero su madre no quiere nombrarlo / mirarlo”; “como el vientre de mi madre que al igual que ella /se deshizo de mí al nacer”; “un padre que nunca volvió / una madre que jamás pronunció mi nombre”; “Veo a mi padre y a mi madre / Veo a la muerte orinando sangre / orinando mi destino”; “—A ti nadie te quiere ¡Yo si tengo papás que vienen [por mí a la escuela!”; “fue cuando abandoné mi niñez / para volverme un asesino”.

 

¡Basta! El trabajo de Esther M. García apenas busca el golpe tremendista sobre el ojo del lector. El drama, el victimismo, en el que cada uno de sus trabajos se desenvuelve. Una fórmula que la autora ha sabido explotar hasta el hartazgo, pues desde esa posición de víctima de su madre, y de presentarse ante la sociedad como una activista fehaciente del feminismo, la autora ha logrado escalar y convencer a los jurados que revisan su trabajo. Al menos, situada en este tema, convenció a Julia Santibáñez, Lucía Rivadeneyra y Alfredo Fressia, quienes le concedieron el 11vo Premio Internacional de Poesía “Gilberto Owen Estrada” (2016-2017) convocado por la Universidad Autónoma del Estado de México, por su libro (usted no me lo va a creer pero sí) titulado: “Mamá es un animal negro que va de largo por las alcobas blancas”; una vez más el tema de la madre formando parte del corpus poético de la autora chihuahuense.

La terrible infancia genera sicarios, las malas infancias dan como resultado una sociedad fracturada y violenta, nos quiere decir la autora, esa parece su tesis. ¿Tal vez la autora no reconoce otros casos, donde una excelente infancia genera a los más terribles personajes? Como en la película “8 mm”, de 1999, dirigida por Joel Schumacher y escrita por Andrew Kevin Walker, donde el detective privado Welles luego de luchar y someter al presunto asesino, desenmascara a Machine (quien violaba y torturaba mujeres hasta matarlas mientras era filmado), revelando a un hombre calvo y con gafas llamado George; que le dice: «¿Qué esperabas, un monstruo?» George continúa diciéndole a Welles que no tiene ningún motivo oculto para sus acciones sádicas; Lo hace simplemente porque las disfruta”.

“Mamá es un animal negro que va de largo por las alcobas blancas” (UAEM, 2017) es un poemario de 84 páginas de poemas en el que la palabra madre(s) se puede encontrar 45 veces, mientras que mamá se encuentra 13 veces; las palabra leche y pecho(s) las encontramos 6 veces cada una. Todo ello nos evidencia que el campo semántico es el mismo de sus anteriores trabajos: las malas madres, las familias disfuncionales, las aterradas infancias, las tragedias de los niños, incluso el filicidio; sumados a los esposos, hombres, maridos que abandonan o violentan a la mujer-madre:

“Esposo siempre le había dicho

que era una gorda antipática

una vaca estúpida con tetas grandes

Esposo decía que sólo servía para hacer el amor”

 

El poemario está dividido en seis fragmentos: “Tarantismo (Episodios histéricos)”, “Taxonomía”, “Especies de tarántulas”, “Tracey Emin dibuja arañas”, “Madre dice que hay habitaciones cerradas con llave dentro de cada mujer” y “La enllagada (Viacrucis herpético)”; el tema de las madres filicidas, el museo del victimismo, la fotografía de la violencia contra la mujer que se ve obligada por el entorno social en el que se desenvuelve es el que va permeando a lo largo del libro.

¡Y eso es todo!

Hemos repasado parte de la obra poética de cinco autoras nacidas a partir de 1980 y la relación que su poética conlleva respecto a la maternidad, sobre todo en una época en que a las poetas les ha tocado mirar el avance de la lucha en pro de los derechos de la mujer a decidir sobre su cuerpo, en el tema del aborto legal, o de la despenalización del aborto. ¿Qué nos espera de las lecturas de las jóvenes mujeres nacidas en la década de 1990 en la década del 2000? ¿Cuáles son ahora las búsquedas de su poética? Los trabajos que hemos estudiado parte de Daniela Camacho cuyo hablante lírico va compartiendo su visión de la belleza y el asombro con su madre hasta el renunciar a ser madre, por sentirse presa de la enfermedad del cáncer que amenaza su existencia. Nadia Escalante en cambio mantiene ese asombro de compartir con su madre y no renegar de ella, sino hacerla parte de su observación del mundo, y decide trabajar sus textos en una búsqueda de utilizar el lenguaje a su favor, resaltando la belleza en la contemplación del tedioso vivir la vida. Xitlalitl Rodríguez Mendoza, como Escalante, prescinde del victimismo y nos presenta una historia desde la mirada infantil del personaje que recrea (por momentos parecemos asistir a las viñetas de las historias de Mafalda, creadas por Quino), al lado de sus padres, y descubriendo la vida de escolar por varios instantes, y de la amistad. Sin embargo, es dentro de los trabajos de Garma y de Esther M. García donde la figura del padre (para Garma) y de la madre (para García) comienzan a aparecer incluso desde una visión enfermiza en sus hablantes líricos. Sobre todo, durante toda la obra de Esther M García, quien ha hecho de la figura madre-hija-madre la obsesión de su temática.

“No todos nuestros dramas son poesía” dijo alguna vez el maestro Jorge Lara, por lo cual hay que reconocer que “Mi vida trágica, las tragedias en mi vida, que se encuentran en la infancia”, no pueden ser el único espacio en el que el poeta se debe reconocer. Puesto que hacerlo desde una forma obsesiva puede determinar algún padecimiento que necesite ser atendido. En una sociedad donde las estadísticas son verdaderamente brutales: de 2010 a 2014 se produjeron en todo el mundo 25 millones de abortos peligrosos (45% de todos los abortos) al año, según estudio de la Organización Mundial de la Salud (OMS); en un país donde en 2019 se ha contabilizado que se comenten 10.5 feminicidios al día, pareciera natural que estos temas tendrían que verse reflejados en los trabajos literario de las escritoras mexicanas. El trabajo de Esther M García lo revela de manera clara y permanente hasta lo obsesivo. La poeta habla tanto de la palaba madre, que uno casi puede mirar a sus hablantes líricos en esa posición fetal de la escena donde el personaje femenino de “Réquiem por un sueño” (dirigida por Darren Aronofsky), luego de su fortaleza vital de relación de pareja, del erotismo exacerbado por la necesidad de drogarse la conduce a realizar actos sexuales para el deleite de otros, y obtener el dinero que le permitiera mantener su adicción, se mira sola en su casa, acostada en un sofá, y sube las piernas, las rodillas hacia el pecho, en posición fetal, abrazándose a ella misma, en busca de ese consuelo que se sentiría si pudiera volver a estar en el vientre de su madre.

 

Referencias.

La historia detrás del pañuelo verde, el nuevo símbolo feminista que llegó a Chile https://www.cnnchile.com/tendencias/la-historia-detras-del-panuelo-verde-el-nuevo-simbolo-feminista-que-llego-a-chile_20180723/

Lamas, Marta. 2009. La despenalización del aborto en México. Nueva Sociedad. No. 220, marzo-abril. ISSN: 0251-3552.

Camacho, Daniela. 2013. [imperia]. Poesía del mundo. Serie contemporáneos. Caracas, Venezuela. Fundación Editorial El perro y la rana. 82 pp.

Camacho, Daniela. 2014. Carcinoma. Colección Libros de Artista. Artes de México. 32 pp.

Escalante Andrade, Nadia. 2019. Sopa de tortuga falsa. 61 pp.

García, Esther M. 2010. La doncella negra. Regia Cartonera, Monterrey. 73 pp.

García, Esther M. 2014. Sicarii. Instituto Municipal de Cultura de Saltillo. 92 pp.

García, Esther M. 2017. Mamá es un animal negro que va de largo por las alcobas blancas. Universidad Autónoma del Estado de México. 95 pp.

Garma, Ileana. 2013. Ternura. UNAM. 89 pp.

Garma, Ileana. 2015. 29. Fondo Editorial Tierra Adentro. Colección La Ceibita.

Rodríguez Mendoza, Xitlalitl, 2009. Datsun. UNAM. Ediciones Punto de Partida. 69 pp.

Publicado en La pluma sobre el ojo

 

 

Pilares de la poesía escrita en México.

Dr. Adán Echeverría García.

Cuatro son los pilares sobre los que descansa toda la poesía mexicana. Se trata de cuatro poemas, que todo aquel que se diga poeta, que haya nacido, o que radique en México, y pretenda tener el oficio de la poesía, como parte primordial en su vida, deben de conocer, valorar, aprender, respetar, enseñar, admirar, compartir, descubrir, analizar.

El primero es de Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695), y lleva por título Primero sueño, el segundo fue escrito por Ramón López Velarde (1888-1921) y titulado La suave patria; el tercer pilar de nuestra poesía es Muerte sin fin, del escritor José Gorostiza (1901-1973), y claro, la poesía mexicana no estaría completa si no contara con el cuarto pilar que es Piedra de sol, del poeta, laureado con el premio Nobel en 1990, Octavio Paz (1914-1998).

Sobres estos cuatro grandes poemas descansa la poesía mexicana. Uno tiene que conocer al menos estos cuatro poemas, revisarlos, y medir los alcances de su propia obra poética. Desde luego que la poesía (que es creación), jamás podrá ser limitada ni tener barreras, lo que arriba he expresado, lleva simplemente el reconocimiento de nuestra tradición.

Cada año aparecen en México al menos 32 antologías de poetas, (que no de poemas) en las que los autores antologados vierten parte de su creación anual, y se agrupan al menos una por estado de la República con el fin de llegar a muchos más lectores. Pero al mismo tiempo se desarrolla una cadena mercadológica, y varios tipos de negocios editoriales, que llevan consigo la promesa de presentaciones en Ferias del Libro, que miden las aspiraciones de quienes participan en dichas antologías. Las más de las veces pagadas por los mismos que autores, quienes además pagan su viaje a Guadalajara (la feria de las ferias del libro en México), para formar parte de aquella celebración de la palabra (o de la vanidad de los autores).

Muchos de estos autores de la palabra, se ven engañados por los mismos que se dedican a la fantasía de ser editores, y se la pasan enganchando autores para hacerles sus libros de poemas, que las más de las veces ni siquiera leen y mucho menos editan con revisiones bien desarrolladas, con la finalidad de tener poemas de calidad literaria. Y los autores, casi siempre de buena fe, creen que sus libros llegarán a los lectores, pero no se dan cuenta de que sus textos pueden traer aún errores en su concepción (rimas internas, lugares comunes al por mayor), y al no ser revisados ni editados por aquellos editores, solo entregan un producto que carece en las más de las ocasiones de profundidad, y no son revisados por aquellos que se dedican con seriedad a la literatura.

Esos autores de poemas para las tantas antologías, pueden ser buenos poetas en ciernes, que necesitan guía, necesitan taller, requieren disciplina para ir aprendiendo cada vez más acerca de la literatura en la que les gusta mirarse absortos. Lo suyo, a veces sin darse cuenta, es la promoción cultural. Sus eventos, recitales, y muchas de las actividades que desarrollan para sacar adelante sus propuestas poéticas, es admirable, sin embargo en el camino se han visto engañados por aquellos coyotes del mercado editorial, que los maltratan las más de las veces, y les hacen claudicar en ocasiones, pero casi siempre evitan ayudar para que los textos y el trabajo poético mejore.

Si uno charlara con aquellos mercenarios de la edición de antologías poéticas, encontraría, que la gran mayoría de ellos, ni siquiera conoce los cuatro grandes poemas que son la base de la poesía hecha en México. La literatura es primordialmente comunicación, porque se desarrolla con base en el lenguaje, ese código que requiere Emisor-Canal-Receptor. Y eso jamás habrían de olvidarlo.

Viernes, 15 Enero 2021 04:59

Calle La Esperanza / Jesús Marrero /

 

 

Calle La Esperanza

Jesús Marrero

 

Los ojos de mi padre son el rojo de las seis implorándome ser hombre. El fango de la calle se traga mis pies hasta los tobillos. Seis. Sol. Lluvia. No recuerdo cuando empezamos a caminar a La Esperanza. «se hombre», me dice, al tiempo que la calle muerde mi pie izquierdo quedándose con mi zapato. «¡se hombre!», y gira la cabeza como un óvalo mecánico ajustado al cuerpo. En ocasiones olvido cómo era exactamente mi padre, hay días en los que lo recuerdo derrotado, demacrado, como una noche cargada de piedra, sin fuerzas para vivir… pero fue mi padre, y siempre tendrá los mismos ojos. Lo repaso como si ahora estuviera caminando tras él. El barrio también era rojo, un rojo sofocante. Mi padre pensaba los pasos sobre la arcilla que parecía abrazarlo, tragárselo, pero era demasiado hombre para sucumbir. Yo quería ser la misma cantidad de hombre que él, y caminar sin pensar en el lodo pesado, que nos perseguía en masa, queriendo escalar en busca de los ojos de mi padre.

Cuando mi madre vino a La Esperanza, mi padre ahorró sus palabras como si esperara el momento justo para desahogarse. Solo hablábamos lo necesario, lo demás lo entendía con la mirada. Era como si la persona que en algún momento conocí se fuera gastando con el tiempo, apagando con cada esfuerzo, muchas veces sentía que era mi culpa, que yo era quien estaba destruyéndolo, pero no sabía qué hacer, aun no entendía cómo funcionaba un hombre, aunque estuviera tan cerca de serlo. Tiempo después supe que todo era culpa de mi madre. —Abre la puerta Manuel. — dice, mientras mira al final de la calle. La bisagra gruñe en descenso mientras se deja llevar por el viento

de la lluvia. — Esta vaina envuelve Manuel, te atrapa. Nunca intentes ir al final de la esperanza, Manuel. — Tres pasos y busco las cosas a tientas, no es que quiera encontrar algo, pero la oscuridad es tan fuerte que se siente próxima y palpable. —Mamá no está aquí. Le digo a mi padre mientras continúo buscando donde sujetarme. De haber estado ahí, su olor a mentol ya nos habría recibido. Tolero un poco de mentol en los pies. No sé cuánto más poder caminar, y más ahora que he perdido mi zapato izquierdo.

Un golpe de sol entra por la ventana. Sus tentáculos tropiezan hasta caer sobre mi padre. Sigue inmutable. Desde la ventana puedo ver hileras de casas de maderas, pintadas de verde y amarillo, desgastadas, corroídas por los insectos y el tiempo, nunca habitadas, solas como los pensamientos de mi padre. La briza levanta el polvo de La Esperanza: empuja a un anciano: va taconeando su único zapato, su otro pie descalzo deja la huella de un animal que repta sobre el polvo rojizo. No mira a los lados como si ya tuviera grabada la melancolía del lugar y no tiene que usar los ojos para nada más. Lleva prisa. Todo está reseco, parece que nunca llovió. Si no fuera porque recuerdo la noche de ayer diría que nunca llovió. Todas las casas son iguales y están muertas. Al frente nuestro hay una casa, que más bien parece un espejo de la nuestra. En la ventana hay un hombre que se rasca el ojo derecho y se ríe, o llora. Se rasca dos de sus dedos largos y flacos. Empieza a lagrimear y para, se mueve de la ventana y no aparece más. Eso creía, que no aparecería más. Lo hace todas las mañanas. Digo todas las mañanas como si llevara años aquí. Hace veinte años llegué a este lugar, lo recuerdo como si fuera ayer: entramos a la casa vacía, oscura y fría. Improvisamos una cama con la ropa de mi padre, y vi como mi padre se acostó y me dio la espalda. Yo me quedé sentado mirando su espalda. Mi padre está al final de la calle. Se fue. No hoy. Ayer. Se fue en busca de madre. No sé cuánto tiempo llevo sentado solo. No vendrán. Hay días en los que el viento del final de la calle huele a muertos antiguos.

El sol empezó a caer otra vez y mi padre no se levantó en todo el día estoy agotado de ver al vecino frotarse el ojo. Las casas son todas iguales. ¿Ya había dicho que las casas son amarillo y verde como la esperanza? —Es hora de ser hombre. — dice mi padre de espalda. Puse mi cara ruda y entrecerré los ojos. — Es hora de ser hombre, Manuel. — repite por segunda vez. Ahora más que un mandato lo implora. Se pone de pie y me sujeta la sien como si quisiera pasarme sus ojos rojos. Su dedo pulgar me recorre la frente en círculo y desciende hasta llegarme a la niña. Yo no parpadeé o grité. Nunca quité mi cara ruda mientras introducía su dedo pulgar con toda la presión del mundo sobre mi cuenca del ojo derecho. Me fui acostar cuando escuché el sonido de gotera que hizo mi ojo. Mi padre me pasó su ojo rojo. Marché a la cama taconeando el único zapato que llevaba; no sin antes ver a mi padre acostarse y darme la espalda otra vez. Esa noche mi padre se fue al final de la calle. Se fue dejándome el rojo, lo único que aún recuerdo de él. El sol me despertó más temprano de lo común. El vecino está en la ventana con sus dedos negros y largos. Se frotó el ojo con furia hasta lanzar un hilito de lágrima a la calle. Se frotó la cuenca con tanta furia, que se transformó en un clítoris horizontal, lo recuerdo; salió a la calle, miró la humedad de sus lágrimas, sonrió y se fue al final de la calle.

Cuando decidí caminar al final de La Esperanza el sol aún se ocultaba. Tres pasos. Mire al final de la calle. La Esperanza no tiene fondo.

Me quede solo en La Esperanza. Aquí nadie viene. El sol se oculta. Sale el sol: siempre es el mismo día. Nunca dije si había árboles en La Esperanza, en realidad… no recuerdo. Siento que llegue en la noche. Quizás fue ayer que empecé a caminar hasta el final. No sé por qué camino, pero ayer llovía, lo recuerdo como si fuera ayer. Pero no estaban estas arrugas y mi ojo no ardía. Voy tras mi padre al final de la calle.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

Confesiones de un cuarentón

Adrián Eduardo Albores Martínez

Recuerdo que en una ocasión, caminando por el pasillo principal del Tecnológico Regional, Universidad, donde estudié, me dije: _“Si en estos momentos tuviera la oportunidad de ver una imagen mía, de cuando sea cuarentón". _Con ese simple detalle, sabría, qué tan bien o mal me ha ido en la vida. En ese entonces, tenía veintidós años, quizá me sentía agobiado por tareas, exámenes, proyectos, mi limitada situación económica, por mi desintegrada familia y por no tener a Camelia. Hoy, veinte años después; tengo esa imagen. Y que, ese joven que fui, pretendía visualizar. Me gustaría poder viajar por el tiempo veinte años atrás y tomar por sorpresa a ese joven Adrián, y enseguida mostrarle la imagen en una fotografía. Imagino la reacción que tendría, al ver al Adrián cuarentón. Quizá no me reconocería. Trataría de estar de incógnito, entonces le diría: _Ahí tienes la imagen. _Quizá el joven, perplejo; aún, observaría detenidamente esa fotografía; viendo en ella, un rostro feliz. Vería a ese cuarentón vestido modestamente, en un lugar que no podría él, ubicar. Quizá, el joven al ver cumplido su deseo; tendría aún, más dudas. Pues asumo que no podría distinguir si hay bonanza o pobreza en su vida de adulto. Si tiene familia, casa, carro, si es ya ingeniero, o simplemente, si es feliz. Cuando era joven, pensaba que el bienestar en un futuro, radica en gran medida, a lo económico.

También, pensaba que los problemas o situaciones que atravesaba, eran más difíciles que los de adultos. Porque suponía, tener una vida resuelta en un futuro. ¡Que equivocado estaba! Si tan solo pudiera regresar el tiempo en ese instante. Tomaría por los hombros a ese joven, de manera enérgica. Lo sacudiría y le diría: _¡No seas pendejo! Disfruta esta etapa. En la vida tendrás momentos felices como el que se refleja en esta fotografía, pero también habrán momentos amargos. Tomarás decisiones equivocadas, y algunas acertadas. Todo repercute. El dinero y el poder, son falacias. Respecto a la felicidad, disfruta el momento ¡El ahora! dejaría al joven Adrián antes que se atreviera a cuestionarme y regresaría al presente para no alterar la línea de tiempo. Lo cierto es que ahora; ya cuarentón, extraño algunas cosas del joven de apenas hace, dos décadas; como su libertad, idealismo y vigor. Me pregunto entonces:_ ¿Qué tan bien o mal me ha ido en la vida? _Llego a la conclusión que nuestro paso por la vida no es una constante en la que se pueda medir con dos parámetros únicos y absolutos, tenemos momentos planos, mudos e inconscientes, donde a veces tenemos la chingada como paralela y la felicidad al lado, y no lo distinguimos, o tomamos una de ellas y nos regocijamos, o lamentamos.

A veces, extraño salir al antro, emborracharme con los amigos, estar en el "Tec", "CBTA" , "Secundaria" o "La Playita". Acariciar a la hermosa Camelia. Pero, no le advertí nada de sus equivocaciones al joven, que vil me vi, al no cambiar nada de su línea de vida. Tuve un sueño hace poco, en donde regresé de un viaje y al entrar a mi pueblo por medio de los letreros y la radio vi y sentí que estaba en el pasado, conocía ya el curso de mi historia, podía cambiarla. No me gustó. Desperté y constaté que solo fue un sueño. Entonces, volví a dormir tranquilo. Ahora, creo que puedo tener una imagen más clara de cuando esté setentón, estoy haciendo un salto de treinta años. Pues, en veinte considero, aún tendré compromisos ineludibles. Me veo en Zakte, sentado en una butaca del corredor en una casita rústica, fumando mariguana, tomando vino, cerveza y viagra...

 

 

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Jueves, 14 Enero 2021 06:06

El hombre de la luna / René E /

 

 

 

 

El hombre de la luna

René E

 

 

“Al lobo se le hizo agua la boca.

Entonces dijo a Caperucita:

-Te tengo una propuesta…-”

Charles Perrault

 

 

 

I

 

Las palabras de Lidia fueron más rápidas que el ardor que recorría mi garganta –Tú eres el hombre de la luna– dijo, mientras yo dejaba un vaso vacío sobre la barra. Francamente, sólo pude quedarme en silencio frente a aquella altivez, como si la voz que desaparecía entre esos labios rojos fuera el tiempo. Sin embargo la calma fue algo bueno, me ayudó a contemplarla para disfrutar de su tez morena y del lunar que acariciaba su cuello.

  En ese momento no sabía cómo estaba la noche afuera, pero en el bar, las tres de la mañana era una hora cómoda. Acababan de bajar la cortina metálica, quedaban pocas mesas ocupadas y las que aún tenían gente, te decían que el desvelo iba para largo. En mi nariz se mecía ese aroma a vicio que tanto me gusta, una mezcla entre sudor, perfume y el humo de los cigarros, justo como huele la sed por sexo antes de derramarse. Me sentía en mi ambiente, era nadie en un momento donde todos buscaban un nadie para acabar la noche. Por eso me dejaron atónito las palabras de Lidia, nunca me había tocado el papel de la presa.

     Apenas era una niña, no podía pasar de los veinte años. Su vestido negro y los tacones decían que la vieras, que ella tenía el control; nunca he tenido problemas con esa actitud, pero cuando la mirada que acompaña ese mensaje no muestra sangre fría, sabes que estás jugando con alguien que apenas empieza a jugar.

      Me contó que sabía de mi programa porque su padre lo escucha cada lunes sin falta ¿Quién diría que alguien de su edad se daría tiempo para escuchar la radio? Durante las palabras que cruzamos antes de irnos, ella fue acercándose lentamente. Nunca quitó sus ojos de los míos y de vez en cuando jugaba con algún mechón de su cabello.

Hubo algunas risas y caricias sobre mi brazo cuando le pregunté por su edad, pero la única respuesta concreta fue –La suficiente para saber que no voy a desaprovechar la ocasión de probar esos ojos verdes–

      Al salir, nos sorprendió que las calles no sólo se sintieran vacías por la hora, sino que una espesa neblina ahoga la ciudad. Lidia había tomado mi mano desde que se levantó y no la soltó en ningún momento. Me llevó a un parque cerca, – Nunca lo he hecho en un parque– dio como excusa.

      Sus gruesos labios buscaban mi boca; su sabor era dulce, pero su lengua aún sabia a whisky y a tabaco, me encantaba la combinación. Sus manos frotaron mi entrepierna hasta ponérmela dura –Me gusta salirme con la mía– dijo mientras desabrochada mi cinturón. También abrió mi camisa y lo hizo con brusquedad, hasta rompió algunos botones. Sus manos arañaron mi pecho y su boca besó las marcas en mi piel mientras bajaba. Después la puse contra un árbol para metérsela. Jadeábamos con fuerza, yo podía sentir como mis costillas se estrujaban –No sabes cuantas veces pensé en ti… En esa voz. Y cuando la reconocí pidiendo ese trago, supe que… ¡Ahh…! Dios…– decía mientras embestía contra ella.

        La sangre nos latía como una inquietud frenética, como si necesitáramos todo el aire para no morir. Ahí llegó el aullido, cuando mis manos se tensaban sobre sus caderas; fue un estruendo tan fuerte, que sus gemidos callaron de golpe. Miré sus ojos, en ellos se dibujó aquella inocencia de la que hablé junto con un miedo que la dejó paralizada. Retrocedí unos pasos. La neblina fue llenándose con el sonido de pisadas, de las hojas secas rompiéndose. Luego hubo silencio y oculto en esa calma, un gruñido arrancó todas las aves de las ramas; imaginaba que la bestia era enorme. Ambos comenzamos a correr. Sabía que no podría escapar si me seguía, pero no tenía que ser más rápido que ese animal, sólo tenía que ser más veloz que ella. Estaba seguro que esos tacones serían mi salvación; aunque su cuerpo no me diera mucho tiempo tenía que intentarlo, estaba frente a la mejor historia de mi programa: Sobreviví al ataque de un hombre lobo. Así que corrí, aún más allá del frío que arañaba mis pulmones. Corrí y nunca me detuve, ni siquiera cuando escuché que los gritos cesaron.

 

II

 

– Así es Ricardo, como informamos esta mañana, una pareja reportó a las autoridades el hallazgo de un cuerpo en el Parque de la Avellaneda. Antonio Suarez Ximenes de 29 años y su novia Lidia Castillo García de 18 años, comentan en su declaración que al trasladarse de vuelta a su casa en la madrugada de este sábado, encontraron el cuerpo mientras cruzaban por el parque. Además, Ricardo, ya con el conocimiento del último reporte de las autoridades, tenemos que confirmar con tristeza el rumor que nuestro compañero…

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Jueves, 14 Enero 2021 05:46

EN LO PROFUNDO / DANIEL VERÓN /

 

 

EN  LO  PROFUNDO

DANIEL VERÓN

 

 

Continuamos en el siglo XXIV. Esta es la obra que prosigue la épica aventura de la Flota Intergaláctica con abismos estelares cada vez mayores entre sí. La sensación de inmensidad, de cosa desconocida, de grandeza, por momentos llega a abrumar. Si fantástica fue la epopeya de las diversas flotas de la Federación a lo largo y a lo ancho de la Vía Láctea, ni qué decir acerca del desafío que tiene ahora ante sus ojos al almirante Gedeón Solar.

Aquí se retoma la historia en el punto donde quedó. Con la ayuda del más moderno instrumental, ahora adaptado a las condiciones particulares de los lugares que recorren, los expertos cartografían la totalidad de la minigalaxia en que se encuentran. Pese a ser mucho menor que la nuestra, con todo, allí existen millones de estrellas y muchos otros objetos semi-estelares a cual más extraño. Desde luego, el objetivo sigue siendo los mundos habitables para el hombre. Por fin, en otro sector más distante hallan una serie de sistemas planetarios más jóvenes, con algunos mundos de interés. La Flota parte hacia allí para realizar la debida exploración. Temporalmente, Gedeón deja a Zenna Rhesis, una fiel comandante de gran capacidad, como líder de un grupo de científicos con asiento en Cielo-1- Por su parte, es Kevin Sorzyn quien queda a cargo de Thor-4 y sus alrededores.

Luego se produce la llegada al sistema de la estrella Monte, y los federales optan por descender en el planeta Tau-9. En esos momentos se encuentran a unos 100 años-luz de donde han dejado a sus compañeros. Las distancias parecen mayores en estas inmensidades que jamás han sido cruzadas por ningún ser vivo. Tau-9 se revela como un mundo vagamente parecido a Marte, pero sólo en su aspecto superficial ya que, como casi todos, carece de elementos pesados en su constitución. Aquí hay diversas descripciones de sus características y Gedeón decide instalar otro puesto de avanzada, esta vez a cargo de Schefin Eyless, otro comandante de gran experiencia que lo ha acompañado en numerosos viajes.

Entonces se realiza una asamblea general en el navío Omega, en donde los sabios terminan de trazarle al almirante, un panorama completo de lo que es la Nube Menor de Magallanes. Entonces, se dispone que un grupo de 50 sistemas planetarios sean visitados e integrados por cada una de las flotillas que dirigen los comandantes. Gedeón mismo es su supervisor general, por lo que en los siguientes meses el trabajo es intenso. De esta manera se va dando por completado la exploración inicial de la minigalaxia. Otros continuarán después, pero ellos deben poner su mira en el siguiente objetivo. Se establecen contactos con los organismos centrales de la Federación, adonde simplemente se limitan a aprobar todo lo hecho. En realidad, es él, Gedeón, quien va tomando las decisiones importantes cada día.

El almirante se asegura que cada uno de los diversos grupos esté trabajando sin dificultades, a la vez que se informa de los principales logros. Los biólogos están de parabienes con la enorme cantidad de criaturas extrañas que hallan en los lugares más extraños. El clima es bueno y todos sienten interés por arrancar sus secretos a la minigalaxia. Su esposa Cisna y sus principales colaboradores lo apoyan plenamente. Todo parece listo para dar el siguiente paso, esto es, la Nube Mayor de Magallanes, situada en esos momentos a unos 50.000 años-luz del lugar donde se encuentran. Antes de partir, el almirante designa a Zenna como comandante general en la minigalaxia menor y ella es la encargada de coordinar y completar la conquista de aquella inmensa región. Es así que en Cielo-1 se realiza una ceremonia de traspaso del mando.

Durante el nuevo viaje intergaláctico que emprenden, Gedeón, Cisna y otros colaboradores, reflexionan filosóficamente sobre la importancia de lo que están haciendo. Jamás otros hombres han tenido la oportunidad que tienen ellos. Su empresa figurará en todos los registros de historia de la exploración espacial, al menos en aquellas regiones. Se definen, además, nuevos objetivos y crece el interés por descubrir formas de vidas similares o superiores. Este parece ser el gran interrogante que está dejando la incursión del hombre en lo profundo del Universo.

Más tarde se produce la emocionante llegada a la zona más exterior de la Nube Mayor, otra minigalaxia satélite de la Vía Láctea, que también se encuentra a unos 200.000 años-luz de esta, como su compañera. Acostumbrado al mágico desfile de estrellas y más estrellas ante sus ojos, a Gedeón ya nada parece llamarle demasiado la atención. Rápidamente se sabe que las noticias que transmiten los instrumentos no son buenas. Es cierto que allí hay más cantidad de estrellas y de sistemas para recorrer que en la Nube Menor, pero lo cierto es que las condiciones son prácticamente las mismas que allá. La gran mayoría de las estrellas son viejas, carecen de metales y los mundos que alojan son pequeños y sin formas de vida importantes.

Es lo que Gedeón temía en su interior. Después de todo, esta minigalaxia tiene, evidentemente, el mismo origen que la otra. Habrá que investigar, claro, si existen algún tipo de seres como la raza de Asindar u otros parecidos, pero es evidente que allí no se puede esperar mucho más. Pese a ello, preside una pequeña comitiva que desciende en Sofía-6, uno de los mundos más interesantes que gira en torno a la estrella Vera. En esta ocasión, el almirante da un pequeño discurso en donde enfatiza un hecho muy importante: tanto esta como la otra minigalaxia están llenas de pequeños mundos habitables, adonde todas las razas humanas de la Vía Láctea podrán expandirse en los próximos milenios, formando así nuevos hogares en la inmensidad del espacio. En otras palabras, aquí hay lugar para todos.

Luego se realiza una expedición sistemática en una docena de sistemas planetarios, a los que luego se los añaden otros veinte sistemas. Relatar la cantidad de paisajes, de mundos exóticos, de criaturas extrañas, de exploraciones y aventuras que viven los diversos comandantes sería hasta agotador. Baste decir que en un lapso de apenas un año terrestre, lo que quedaba de la Flota (el 50%) recorrió, conquistó e integró a la Federación, una minigalaxia completa enriqueciendo así la experiencia del ser humano en este tipo de empresas.

Gedeón establece la nave insignia en torno al planeta Luces-3, consagrándolo casi enteramente como un centro de comunicaciones. Desde allí toma contacto con los comandantes que siguen explorando la región y, a la vez, aprovecha para comunicarse con los que ha dejado en la Nube Menor. En pequeñas pantallas puede observarse multitud de escenas de diferentes lugares. Además, se comunica nuevamente con la Federación. Aquí logra informarse adecuadamente de las últimas novedades. Una de las más sorprendentes es la noticia de que el bicentenario caudillo Janus Miqhvaar ha solicitado permiso para dirigirse directamente a la Nube Menor para completar las exploraciones. Gedeón aprovecha la oportunidad para pedir refuerzos. Su meta es seguir adelante pero necesita más gente y más naves.

Poco después tiene lugar un extraño incidente que llamará la atención a todos. Llegados al planeta Center-2, adonde el almirante piensa establecer algo así como una base general, tanto él como sus acompañantes son presa de un raro “ataque de felicidad”. Por largo rato, el grupo de diez personas, se revuelcan por el suelo, danzan de alegría y hasta gimen de felicidad. Con preocupación, Cisna sigue de cerca lo que está pasando con su esposo. Ella lo conoce bien y sabe que él nunca tendría una reacción así; además, no hay nada que lo justifique. Al intentar comunicarse con ellos, resulta que no escuchan nada o, más bien, parecen estar oyendo otra cosa, quizá alguna clase de música. El caso es que parecen haber perdido todo contacto con la realidad.

En el laboratorio de la nave-madre se logra descubrir que allí existe cierta clase de virus proveniente de una especie de musgo, que altera los sentidos de los que toman contacto con el mismo. Es todo muy extraño. Lo que allí debería funcionar como si se tratase de una enfermedad, en los humanos ha actuado generando un grado de felicidad tal, como parece imposible de alcanzar en la vida común. En otras palabras, lo que el hombre tanto ha buscado en una forma u otra, aquí es considerado una peligrosa enfermedad. Contrariando la opinión de los comandantes de mayor experiencia, Cisna se dirige al planeta Center con el propósito de rescatar a su esposo y a sus compañeros.

Así, rodeada por un fortísimo campo aislante, Cisna, acompañada por dos colaboradoras suyas, logra movilizarse por la superficie, sin recibir la influencia de aquel musgo. Así encuentra a los hombres tirados por el piso, diseminados por todas partes, riendo y gesticulando como si estuvieran en el Paraíso mismo. La mujer azul se encuentra con Gedeón y le habla, pero él no parece reaccionar. Su felicidad no parece tener límites. Por fin, luego que logra fabricar un posible antídoto, Cisna, sin demasiados miramientos, dispara una pistola contra Gedeón  y luego, sucesivamente, también contra los demás. Lentamente, los hombres se van recuperando. Gedeón explica, entonces, qué es lo que ha sentido. No se trata de un sentimiento de placer común sino que la felicidad está en relación a la libertad que ha conseguido. Con sus ojos ha visto ya dos galaxias completas y en ninguna ha hallado seres que puedan arrebatarle al hombre el privilegio de disfrutar en esa miríada de mundos. Cisna le responde que, para ella, la felicidad está en ser útil a su compañero, y se besan.

Los demás hombres afectados también se reponen y, básicamente, cuentan lo mismo. Todos cuentan que han tenido un sentimiento de libertad infinita, al saberse los únicos seres altamente civilizados en miles y miles de años-luz a la redonda. Sin embargo, esto ha sido influido por microorganismos que pueblan aquel planeta. Entonces sobreviene un largo debate en donde el sabio Orionis sostiene la tesis de que un ser no tiene por qué tener las características nuestras par considerarlo desarrollado. En cierto modo los hay y esto deberán tenerlo en cuenta. Simultáneamente reciben noticias de los comandos de la Federación y ya están en marcha los refuerzos que Gedeón ha solicitado. Pronto estarán en condiciones de internarse más en lo profundo.

Luego se realiza una nueva asamblea en la nave-madre, y Gedeón expone nuevos planes. Con los refuerzos piensa ir más lejos todavía y convertirse así en el primer explorador de la galaxia de Andrómeda, situada nada menos que a 2 millones de años-luz de la Vía Láctea, es decir, 10 veces más lejos que las Nubes de Magallanes. Con eso dará por terminada su misión. Otros se ocuparán de continuarlo. Sin embargo, los acontecimientos se precipitan. Por un lado, llegan noticias del extraño final del insigne Janus Miqhvaar en un lejano mundo  de la Nube Menor precisamente. De alguna extraña manera, un ser parece haberse fundido entre las nubes inteligentes de aquel planeta, sin que nadie pudiera evitarlo. Su viuda, Stefanía, y sus compañeros, proceden a realizar una serie de exploraciones en un grupo de estrellas de aquella región.

La otra noticia causa gran conmoción en la Flota. Un grupo de oficiales que, inicialmente, estaban a las órdenes de Rugger Smeith, se ha extraviado mientras exploraban un lejanísimo sistema planetario y todos los intentos para comunicarse con ellos han sido en vano. Luego de una intensa búsqueda, Smeith los ha dado definitivamente por perdidos. Esta es prácticamente la primera vez que sucede un caso semejante, ya que en la Vía Láctea era relativamente fácil orientarse en cualquier lugar que uno estuviera. Un suceso así sólo podía tener lugar en otra galaxia donde aún no han establecido parámetros seguros de medición. Gedeón y sus hombres deliberan por largo rato sobre qué hacer. En una escena final, el almirante mira por los ventanales la inmensidad estelar. Esto le ha servido para ver que el espacio no es algo tan seguro como parece.

Mientras tanto llega la Flota de refuerzo para constituir una sola y gran Flota de avanzada. Sobreviene un período de recomposición y el almirante transmite sus planes a los comandantes recién llegados. Son seleccionados aquellos que se encargarán de supervisar diversos sistemas planetarios instalando bases en docenas de mundos, y también se decide quiénes acompañarán a Gedeón en su travesía hacia Andrómeda. Reina un clima de gran expectativa pese a algunos incidentes menores. Antes de la partida, Gedeón y sus principales colaboradores se toman un tiempo de descanso en el planeta Floresta-4, otro típico mundo de las nubes magallánicas, poblado solamente por cierta clase de árboles. Entonces tiene lugar un hecho realmente increíble. Se detecta una nave y, poco después, hay una mujer procedente de allí que solicita verlo. Se trata de Stefanía Lockerson, la viuda del supremo Miqhvaar.

Gedeón la recibe acompañado de su esposa Cisna y de tres comandantes de su máxima confianza. Lo que escuchan no puede ser más sorprendente. La mujer le previene acerca de su viaje a Andrómeda. En esa galaxia sí existen formas de vida superiores a la raza humana. Es más; algunas de estas formas pueden ser sumamente peligrosas, hasta el punto de causar su desaparición. Miqhvaar lo sabía y por eso hizo lo que hizo. En realidad él no ha muerto sino que ha transmutado a una de las formas de vida existentes en la Nube Menor, una especie que llegará a ser dominante en esa región. Interrogada sobre cómo es que Miqhvaar sabe qué seres pueblan Andrómeda, resulta que le ha sido revelado por los habitantes de la Zona Fantasma, adonde subyacen todos los espíritus del Universo. De esto es lo que quería prevenirle.

Gedeón se siente honrado por este privilegio y reorganiza el viaje, pero sus planes continúan. Stefanía decide permanecer en uno de los mundos de la Nube Mayor y esto habrá de influir de manera importante para una creciente oleada migratoria en esa región. Finalmente, llega el día de la partida y la Flota desaparece literalmente de la vista para dirigirse, a una velocidad hiperlumínica, hacia el punto más distante que haya alcanzado el ser humano. Incluso el viaje es bastante más largo que hacia las mingalaxias, tiempo en el que, una y otra vez, se reúne con sus oficiales a examinar datos ya conocidos y otros informes nuevos que van llegando. Permanentemente se confeccionan nuevos mapas estelares y, finalmente, comienzan a ver las estrellas más lejanas al núcleo.

En forma similar a otros casos, la Flota ingresa dentro de lo que específicamente es la galaxia de Andrómeda. A su alrededor hay miles de millones de estrellas, de sistemas planetarios, de mundos de toda clase. Es un orbe lleno de luz y color que maravilla a los viajeros. Luego de una selección conveniente, el almirante encabeza un grupo de descenso en un planeta parecido a la Tierra, pero mucho más grande, lleno de especies y criaturas vivientes. El entierra un hito en el suelo y sus compañeros proceden a reverenciarlo como si fuera un dios. En cierto modo lo es. Unico hombre que ha descubierto tres galaxias, todo parece posible con él. Sobreviene un tiempo de instalación y exploración en todo aquel sistema planetario sin hallar formas superiores de vida.

Por último, tiene lugar un inesperado drama. En Fértil-9, los exploradores son repelidos por alguna fuerza extraña y las descargas son tan fuertes que les causan la muerte; incluso su cuerpo es desintegrado. Otros también sufren el mismo percance y Gedeón ordena un repliegue general en las naves. Las comunicaciones son interferidas y aquella fuerza inexplicable parece llegar a bordo también. Esta vez sí el hombre parece enfrentarse a un poder superior, algo desconocido que ha estado esperándoles allí, en Andrómeda, a 2 millones de años-luz de nuestra Galaxia.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Miércoles, 13 Enero 2021 19:49

INVIERNO Y PRIMAVERA / Rocío García Rey /

 

 

 

INVIERNO Y PRIMAVERA

 Rocío García Rey

 

Mi madre depositó en mí palabras de la primavera,

pero algunas veces, cuando la angustia la abarcaba

también depositaba en mi cuerpo palabras dictadas

por el señor invierno.

                                    ​​​​Ninguna relación ajena a los ocasos

​​​​                                    no estoy libre de culpa porque sigo atada

                                    ​​​​a las palabras del señor invierno.

Lucho por recuperar mi cuerpo

cuerpo no anestesiado por la ausencia de la madre.

Ahora cuerpo distinto asomándose a las azoteas de la Aurora.

Vuelve a presentarte Aurora

vuelve con tu petición para no pintarme

los labios de carmesí intenso.

 

II

 

Mi madre depositó palabras con ira y con ternura

conjugación del oxímoron maternal

para su triste historia.

Perdón, señor Huidobro por no hallar

el adjetivo convincente

porque señor, Huidobro mi madre

marcada fue por los señoríos del destierro

de una tierra llamada felicidad.

Ocre mundo/ ocre grito / y las angustias a los seis años

por los gritos de un padre alcoholizado.

Estoy viajando exactamente a la doble memoria.

Tengo muchos cuadernos para reinventar los hechos.

Podría reinventar en las libretas,

incluso el día de tu muerte,

pero al final sé que el poema se angustiará

como lo hacías tú, madre.

 

III

 

Quise castigarme por estar sana

y las palabras ocres

y la historia invernal

las ingerí en forma de comida:

mi cuerpo y mi rostro mutó.

Y ¿sabes madre? Ha sido difícil

hallar de nuevo los torrentes de sonrisa.

Me columpio en el duelo inverso

y tal vez ahora, tonta abeja,

lloro por no haber platicado contigo

en tu última noche.

El abrazo en silencio se posó

y declaré una lánguida fortaleza

como declarar estar lista para el examen

sin haber estudiado geometría.

 

IV

 

Lista para el examen no estuve nunca

tonta abeja, he dejado de producir la miel

para endulzar la vida,

 

pero produzco sueños de disparatadas historias

Donde tú vuelves a parir trozos de vida.

 

V

 

Aquí estoy respirando las múltiples ausencias

aquí estoy, regordeta en luna azul o luna rota.

He guardado tu agridulce voz en mi memoria

tus palabras son mi dosis para enunciar

los escuálidos tonos de la vida.

 

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)

 

 

El mal amor y otras contradicciones

Alejandra Estrada Velázquez

 

La vida está ordenada a partir de opuestos. Cuando algún dios dijo: “Hágase la luz”, involuntariamente creó la obscuridad. Si decimos arriba, estamos conscientes de una caída. Si decimos adentro, afuera lloverá, hará frío, sentiremos el significado de la palabra intemperie. Amor y mal son casi un oxímoron, son conceptos de naturalezas opuestas y, sin embargo, existe el “mal de amores” y es posible “amar a la mala” o estar “enfermo de amor”.  Pienso en el amor platónico, en el intocable, el que se arruina si atraviesa el cuerpo de los hombres. Aunque la naturaleza de los sentimientos universales es divina, su concreción en la vida material los transforma y vuelve esa naturaleza compleja y contradictoria. ¿Cuántas veces hemos escuchado: “Si no duele, no es cierto” o “Ay, dolor, ya me volviste a dar”? Como si necesariamente amar conllevara el sufrimiento.

En El Libro del Mal Amor (Versodestierro/Campo Literario, 2018), Hortensia Carrasco Santos (1971) escribe poemas sobre estas contradicciones; prefiere hablar del revés de las cosas, del dolor y la tristeza, de la nostalgia y el coraje, de la lucha y el juego, del arrebato y la violencia, del trastorno apasionado que es la esencia real del amor. La razón para decir todo esto es el deseo. El libro es un conjunto de estampas, postales del paisaje de provincia en el que el cuerpo es libre y las emociones florecen a la orilla de una vereda, en medio de las huertas, en el arroyo o entre las milpas; los poemas contenidos en El libro del Mal Amor crean un sitio alejado del vertiginoso ritmo de la vida citadina y de las relaciones posmodernas, dibujan un locus amoenus en el que el yo lírico, femenino y punzante, domina el deseo.

El libro se divide en dos partes, lo que representa el enfrentamiento entre los que se aman, ese querer ceder y la necesidad de imponer. La primera parte, que no tiene título, corresponde a quien cede, a quien se sacrifica y acepta las circunstancias de un amor hiriente, doloroso. Es una serie de poemas que muestran al amor como una batalla constante en medio de lo cotidiano. En el texto “El amor se ha vuelto malo”, la autora dice: “aún así, te escucho decir que debo doblegarme…” y se dirige a ese otro que representa el amor o al objeto del deseo; el yo lírico lucha con aquella fuerza que lo somete y que al mismo tiempo es el sitio a donde quiere ir.

En esta primera sección, también encontraremos el desgaste de los sentimientos a través del tiempo, la rutina y la traición de la memoria, como en el poema “Los conocidos”, texto que abre el libro: “…se percatan de que la lluvia no es un ángel, sino la pertinaz presencia del hastío”. Hortensia Carrasco desacraliza el amor, le quita su cualidad de divino y lo expone como lo que es: una constante lucha de poder.

En la segunda parte, “El gran juego”, la autora describe el instinto y el deseo en una secuencia de escenas costumbristas y pícaras. Encontramos la huerta, el sembradío, la maleza, las flores, el río, el campo como lugares en los que sucede el amor. En oposición al yo lírico, definido por otredad, se dibuja un hombre corpulento, violento, fuerte, trabajador y, sin embargo, no es él eje central del libro. El yo lírico femenino se torna más fuerte, es el origen del deseo.

La autora se vale de los elementos de la naturaleza, de frutas y de árboles para describir el cuerpo. Estos son elementos de una naturaleza totalmente mexicana: magueyes, tlachiques, tunas, nopales y fogones. En este libro, se vuelve paisaje el cuerpo. Así mismo, logra una cadena de sinestesias que, sin duda, provocará en el lector sonrojos y escalofríos. Las metáforas tan agudas aquí escritas hacen que uno casi pueda tocar los labios, la espalda o las manos de otro; los olores y los paisajes completan la experiencia de sensorial que es este libro: un viaje por el cuerpo, por el sexo de otro.

Es pertinente señalar la dificultad que conlleva escribir poesía erótica: se corre el riesgo de expresar vulgaridades o caer en lo pornográfico, en lo explícito que molesta y produce repulsión. No es este el caso de Hortensia Carrasco. Aquí, los poemas son la traducción del erotismo. Contrario a lo que marca la tradición, la voz femenina de Carrasco es quien rige la fantasía sexual, es quien guía el deseo.

Tras El Libro del Mal Amor se esconde una profunda tradición literaria. Empecemos con la referencia directa a la que nos lleva el título: el Arcipreste de Hita y su Libro del Buen Amor, conjunto de exempla, de fábulas, de corte autobiográfico y con afán de enseñanza, con intención moralizante. En este sentido, Carrasco nos dice cómo es el amor, cómo tratarlo, cómo enfrentarlo, cómo salir ilesos. Además, estas dos obras comparten el escenario en el que se desarrolla la vida del yo lírico: el campo. Por otro lado, aunque es caprichoso pensar que el poeta habla solo de su vida, esta referencia nos hace pensar que el yo del Libro del Mal Amor se corresponde en buena medida con la voz, la experiencia y el conocimiento de la autora. Por lo tanto, Carrasco nos muestra cómo ha vivido, cómo ha sentido el amor, más que el amor, los encuentros y las revelaciones que el contacto con otros generan en nosotros.

Por otro lado, la descripción del espacio y las vivencias descritas nos hacen pensar en El Decamerón. En El Libro del Mal Amor, encontramos personajes como el señor del costal, el agricultor, el hombre de campo y su mujer. En ambas obras se describen las costumbres y lo que sucede dentro de la casa o en el lugar secreto, en el ámbito de lo privado y el lector descubre esta vida cotidiana como quien mira a través de una ventana o espía entre los arbustos.

La contradicción barroca y el conceptismo están presentes en este libro. Los poemas de Carrasco podrían leerse como una paráfrasis extendida de las frases de Francisco de Quevedo. Pensemos en el soneto Definiendo al amor, en el estado emocional de confusión que describe éste: “Es hielo abrazador, es fuego helado/ es herida que duele y no se siente”. Eso es El Libro del Mal Amor, lo que nos hace desear la herida, pero excede la definición y la explicación quevediana; los poemas reunidos en este poemario son la aceptación de la contradicción. Quevedo dice: “Este es el niño Amor y este es su abismo” y Carrasco se arroja al abismo, no habla de dioses, habla de cuerpos: “Mis pechos crecen como fuego en la zarza” o “Me arrimo a la única rama que cuida de mi sombra”, aunque esa rama hiera. En El Libro del Mal Amor, la mujer toca, siente, penetra: “Así el hombre te mira y te descubre/ se desnuda se tiende y se prepara/ a lo que tu dispongas:/ te vuelves maguey de hojas amables y macizas”.

Además de poseer una profunda tradición literaria, el libro propone una traslación del papel de la mujer, hace un retruécano: en el estereotipo, donde el hombre jugaba un rol activo y dominante, la mujer cedía y sufría. En el libro, la mujer pasa de esa fragilidad y de esa sumisión al descubrimiento y el fortalecimiento, tanto de su rol como de su cuerpo. Conforme se avanza en el camino trazado por estos poemas, la voz femenina se descubre.

En el contexto en el que vivimos, que una mujer hable de deseo es un riesgo, es complicado, es peligroso. Hortensia Carrasco no expresa la sexualidad de manera débil o cursi, no cae en el lugar común y no pone a la mujer a disposición de una voz masculina; la poeta se adentra en un mundo de sensaciones, asume que es un cuerpo. El paisaje descrito matiza la forma agresiva con la que se expresa y nos lleva al impulso primitivo, primigenio de los instintos.

El Libro del Mal Amor se equilibra porque están presentes Eros y Tánatos: el primero es esta atracción por lo que nos daña y el segundo, el deseo sexual que nos provoca, ambos, enredados en una espiral que conforma nuestra existencia. 

Leer este texto es un ejercicio fetichista, una experiencia voyerista que nos hace descubrir la intimidad del amor en su justa dimensión. En cada poema nos encontraremos con verbos como mirar, observar, descubrir, espiar, cualidad que nos recuerda la capacidad de asombro del ser humano, como si Carrasco nos dejara mirar a través de sus ojos: “Detrás del mezquite, espío a los que trabajan…”. 

El poema que cierra el libro, “El gran juego”, es una suerte de síntesis. Encontramos las aves, la naturaleza, esta fijación con espiar, con mirar, con tocar: “Una parvada de mirlos alborota mi entrepierna/ te arrancas un ojo y lo haces recorrer mi cuerpo.” Y el final: “Sé que mañana volverás por tu ojo/ para ver de nuevo lo que pasó ayer en el campo”. No podemos dejar de lado que, al igual que la enfermedad, el juego es una metáfora del amor. Aquí, el territorio de ese juego es el cuerpo de los amantes, ganan y pierden, constantemente, las formas de su deseo.

Aun cuando El Libro del Mal Amor está escrito en verso libre, posee una cadencia, un ritmo que se asemeja al de un arrullo o al de una danza, al de la taquicardia que detona la mirada de la persona amada. Con un léxico sencillo y cotidiano, a la usanza de Jaime Sabines, Hortensia Carrasco define las cuitas del amor terrenal. Después de leer esta obra, uno sabe que, a pesar de todo, el amor es el más cruel de los azares, que es carne y que es este cuerpo, racimo de sentidos, lo único que tenemos para vivirlo.

 

 

 

 

Alejandra Estrada Velázquez

 

 

 

(México, 1986). Estudió lengua y literatura hispánicas en la UNAM. Poeta, docente y correctora de estilo. Ha sido miembro del taller de poesía experimental del CCLXV (Centro de Creación Literaria Xavier Vilaurrutia) en CDMX coordinado por Raúl Renán.. Participó en antologías de poesía en la Colección La Séptima Llave, dirigida, también,  por Raúl Renán, sus textos fueron incluidos en los libros Impresiones, tejidos y vidas (2011) y Segmentos Rutilantes (2012). También ha publicado en la gaceta bimestral Río Arriba (Gaceta Noviembre – Diciembre 2010 Tema: Muerte) y en revistas electrónicas como  Dos DisparosContraescritura y Liberoamérica. Fue becaria de Los signos en Rotación Festival Interfaz Issste en 2014. Actualmente es becaria del programa PECDA-FOCAEM en su vigésima edición.

 

Publicado en El Ojo de Faetón
Domingo, 10 Enero 2021 05:12

Una sala, un tajo / César Rito Salinas /

 

Una sala, un tajo

César Rito Salinas

 

La mayor parte de los niños, hasta

los doce o catorce años,

son capaces de cierto goce poético

T. S. Eliot, Función de la poesía

y función de la crítica

Para Angélica y Josué

 

 

Una sala, un tajo, el maldito cuero que colgaba del dedo gordo de mi pie izquierdo que dolía hasta las pestañas, las cejas, la frente, la raíz de los cabellos en mi cabeza, que punzaba y ardía, que quemaba mientras mis pies buscaban alejarse de la gente que me perseguía por las calles de la colonia del centro, que venían para golpearme para convertirme en un montón de quejidos, carne molida y terminara por desaparecer en el aire como los cohetes que anuncian la fiesta, entre rojas chispas y luces azules, fuego y humo para estallar en el cielo claro, sin nubes, y desaparecer, hacerme nada en el aire; así fue aquella tarde que, en la esquina de una calle del centro, me asaltaron los pandilleros que reclamaron a Leticia, mi compañera de quinto grado en la primaria cuando al salir de clases la abracé con intención de besar su boca.

El idioma es arbitrario, una cosa es lo que instruyen las reglas, la Academia, y otra muy distinta son las palabras que vuelan como zancudos sobre el lomo de las palabras, sin orden ni concierto, enloquecidas que salen y buscan aliviar o retener, volver a nombrar el tiempo ya pasado, ido.

Por la mañana del lunes, durante el homenaje a la bandera, en el patio de la escuela las niñas formaban una fila delante de los varones; yo estaba justo tras ella, pude ver sus cabellos encrespados en el nacimiento de su nuca blanca, los redondeados hombros, la espalda, su silueta que se perdía en el uniforme de gala, de homenaje a la bandera: camiseta blanca ajustada, falda plisada que hacía destacar sus caderas, que caía sobre las piernas hasta perderse entre las calcetas blancas que subían por su pantorrilla como si lamieran su blanca piel, poro a poro, centímetro por centímetro como si ella fuera una dulce paleta de leche y coco.

___ ¿Te acompaño a la salida?

___ Si, Julio César.

Las horas pasan lentas, muy lentas, se arrastran inválidas, artríticas, reumáticas, sonámbulas en el lunes cuando una niña te dice si, si quiero que me acompañes a la hora de la salida hasta mi casa, mi cuadra, mi barrio, si quiero que cargues mis libros

mientras platicamos frente a todos, a los ojos de quien nos quiera ver y frente a quien quiera enterarse.

En el recreo jugué futbol, metí dos goles, Leticia festejó cada tanto con una sonrisa, la mano en alto, en señal de compartida alegría.

Las calles del pueblo son largas y vacías, o llenas de fiesta y jolgorio, celebración; aquella tarde de lunes las calles del centro parecían un abandonado cementerio donde sólo se escuchaba silbar el viento entre los muros.

De lo que dije no me acuerdo, de aquello que platicamos nada recuerdo, sólo sé que llegué a sentir el peso de mi cuerpo en la punta de mis pies, al momento en que me subía al borde de la banqueta y me impulsé para besarla.

Lo siguiente que recuerdo de aquella tarde fue el correr y correr, resbalar, perder un zapato, el calcetín, tropezar en mi huida desesperada con una piedra, escuchar el golpe, el impacto de mi carne contra la piedra y la sangre, la roja sangre que regaba el camino mientras Leticia, mi compañera de grupo, mi novia miraba con ojos indiferentes.

Llegué a sentir la más grande las vergüenzas, la ira porque yo corría ante los ojos de ella, porque ella miraba a los que querían golpearme, los de su colonia, y se quedaba parada junto a la banqueta, con los labios entre abiertos, el cuerpo inclinado hacia adelante como cuando se acercó a mi rostro para besarnos, sus senos contra la ajustada blusa, su cintura, las piernas en las blancas calcetas, su mirada que veía cómo me alejaba de la banqueta.

A la clínica llegó mi madre, me regañó porque traía rota la camisa del uniforme.

___ Maldito chaparro.

¿Quién me dice qué es la prosa, el verso?, ¿cuál es el orden regular de las palabras? ¿O el del habla? Para mí que es completamente normal que escriba en momentos de ira, ¿cómo habría de hacerlo de otra forma?, si sólo en la ira podemos congelar el instante pasado.

La enfermera me dijo en la clínica “súbete los pantalones”, frente a mi progenitora –yo era un manojo de ira, vergüenza-, cuando terminó de ponerme la inyección repleta de antibióticos.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
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