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Martes, 30 Enero 2018 06:10

"BARCOS" / Ramiro Padilla Atondo / Reflexiones sobre un cuento de Gabriela Torres Cuerva

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 "BARCOS"

Ramiro Padilla Atondo

Reflexiones sobre un cuento de Gabriela Torres Cuerva

 

 

Gabriela Torres Cuerva

Hombres Maltratados (Editorial L

 

 
 
 
 Hay descubrimientos fantásticos, descubrimientos que por su propia naturaleza quedan atados a la psique de manera irremediable. Eso pasa cuando se lee algún cuento memorable. Me ha pasado en algunas ocasiones, y lo ejemplifico por orden de aparición; En este pueblo no hay ladrones de García Márquez, La señorita Cora de Cortázar, Tlön Uqbar Orbis Terius de Borges y así muchos más. Es claro también que los gustos son particulares, lo que a mí me puede parecer maravilloso a otros no tanto. He leído a cuentistas que tienen cuentos sin publicar como Juan José Luna y su cuento Bicentenario, una verdadera obra maestra en hoja y media, o un cuento largo que parece novela como Predrag de Daniel Salinas Basave. El cuento al que me referiré en esta ocasión aparece en el volumen de Cuentos Hombres maltratados (Lectorum) de Gabriela Torres Cuerva. Sin tener elementos fantásticos, la personaje, que ve películas de arte, decide ir al cine sin ir preparada para los cambios climáticos. Pero la personaje, va cediendo protagonismo no solo a los elementos naturales sino a los contertulios, los trabajadores del cine, los espectadores que no terminan de ver la película porque una tormenta de a poco empieza a inundar la sala, y sobre todo por la tensión que de a poco aflora entre una pareja de ancianos. Sirve el cuento como una parábola de cierto tipo de convencionalismos, de que hay situaciones que se tienen que aceptar y están fuera de nuestro control, las relaciones de pareja que se viven aunque sea un infierno porque no cabe el divorcio y más a una edad tan avanzada, y la lluvia, personaje a su vez principal que permite que aflore la rebelión en el anciano, controlado en todo momento por su esposa. Se dice que un cuento vale más por lo que deja de decir que por lo que dice. Hay elementos curiosos que apelan a otro tipo de conciencia, cuando uno va al cine, da por descontado que hay cierto tipo de acústica que permite un mayor disfrute. En plena función se va la electricidad y en la oscuridad reinante, el golpeteo incesante de la lluvia es el único sonido, mientras los empleados luchan por contener la inundación hasta que se dan por vencidos. Don Joaquín, el anciano, necesita auxiliares auditivos y de su pecho cuelga un gafete para identificarlo en todo momento. La mujer controla sus movimientos de manera obsesiva y cuando la sala comienza a inundarse lo aísla. Pero el aislamiento dura poco, hay una fuerza que atrae a Don Joaquín hacia la lluvia por lo que las súplicas de la mujer valen poco. Toma un rollo de programas del cine y empieza a fabricar barquitos con ellos. Los barquitos se convierten en el elemento liberador, no solo para Don Joaquín sino para los demás asistentes que participan emocionados. Barcos es un cuento que vale leer la pena varias veces.

 

 

Barcos

Gabriela Torres Cuerva

Hombres Maltratados (Editorial L

 

Ir todos los domingos al cine ya es para mí una costumbre. Lo hago por las tardes, depreferencia, aunque las funciones de mediodía ofrecen la misma cartelera y el beneficio adicional de estar bastante despejadas. Cuando mis hermanos y yo éramos niños, mi madre siempre elegía el horario matutino y casi siempre nos quedábamos el doble de tiempo, pues había permanencia voluntaria. Jugábamos, ya en esa segunda vuelta, a anticipar las escenas que seguían, los diálogos e incluso a adivinar cómo irían vestidos los actores. Después,cuando mis hermanos ya no fueron, el juego se terminó, y mamá siguió con lo mismo deaprovechar la película doble; entonces me aburría mortalmente. Ella lo sabía, pero algo que nunca entendí la hacía aprovechar la posibilidad al máximo, incapaz de hacer caso omiso del derecho de permanencia. Alguien me dijo después que se podía pasar a otra sala y ver otra película o que en la misma sala pasaban filmes distintos; en mi caso nunca fue así. Tal vez por eso, por una asociación infantil, es que rara vez me inclino por el turno matutino, como ocurrió esa mañana de junio. Desperté sin intenciones de enfrentar mis labores domésticas pendientes. Trabajo toda la semana, de nueve de la mañana a siete de la tarde, y últimamente tengo la impresión de que los sábados y domingos tienen menos horas que los otros días: no alcanzan para nada.Me desperté, desayuné un par de huevos estrellados con algo de salsa de tomate de un día anterior, jugo de naranja y dos cafés muy cargados. Limpié la cocina y me acosté de nuevo. El día anterior, sábado, había tomado la precaución de hacer las compras de la semana. Así que bien podía haberme quedado allí toda la mañana. Me puse a leer el periódico y me adormilé de nuevo.Un mundo de agua, como el de la casa inundada de Felisberto Hernández, cubrió mi duermevela. Agua por todos lados: de las ranuras en la madera de las puertas, por las goteras del techo y algo tan extraño como que las paredes eran enormes pieles humanas de cuyos poros brotaban gotas y gotas y gotas. Desperté con una sensación incómoda, cubierta de sudor, intranquila. Pensé en cosas catastróficas, como si algo muy malo fuera a pasar ese día.Necesitaba salir de la casa, así que decidí darme una ducha con agua fría para despertar del todo, me pinté los labios, y me fui al cine sin siquiera ver la cartelera. Cuando iba llegando, las nubes estaban ligeramente ensombrecidas. Por si las dudas,me estacioné lo más cerca que pude, a unos metros del lugar y sin la necesidad de poner monedas al parquímetro por ser día de asueto. No me di cuenta entonces de lo inadecuado de mis huaraches para un temporal como ese; las tiras de cuero generalmente se arruinan con el agua. Había una fila de unas quince personas en la entrada. Cuando ocupé el último lugar, yaserían como veinte. Empezaron a caer algunas gotas, después una leve llovizna, fina pero consistente. Algunos sacaron sus paraguas. Yo me recriminé la falta de previsión. Un hombre muy corpulento subió el cuello de su chaqueta y se ajustó el sombrero. Hubo quienes vieron el reloj, para revisar tal vez por cuántos minutos tendrían que esperar a la intemperie o si su pronóstico del tiempo coincidía con la lluvia.El cine México es un lugar socorrido por un público perseverante. Las películas que se exhiben se inclinan más al arte que a lo comercial. Me gusta eso. Mientras los cines de las plazas comerciales están repletos todo el tiempo, el viejo cine acoge en cada función un máximo de treinta o cuarenta personas. Por extraño que parezca, no hay quien pierda la oportunidad de ocupar una butaca, como si todo estuviera perfectamente planeado y se hubiesen cotejado con anterioridad el cupo y los espectadores. Esa tarde el panorama se veía menos concurrido, pero para mí estaba bien. Aunque los que acudimos al cine siempre somos los mismos, no nos conocemos entre sí. Nadie tiene la intención de intimar. Eso también está bien para mí. Por otro lado, el público se compone de gente grande; proliferan bastones, andaderas, donas para sentarse, casi todos portan lentes bifocales, aparatos para escucha o ambos. Estaba segura de haber visto antes a la pareja formada delante de mí: la señora traía lentes y un collar del que pendía un pastillero de colores parecido a un caramelo. Don Joaquín portaba un gafete en su camisa, sujetado con un seguro metálico de los que se usaban para ajustar los pañales de tela de los niños; en él se podían ver escritos otros datos además de su nombre, así como una fotografía suya, visiblemente más joven. Traía al cuello unos lentes oscuros y enormes en un cordel delgado. Era notoria la presencia de auxiliares auditivos, pues batallaba con un control en la bolsa de su camisa para mediar el volumen.Era lo único que sabía de ellos: cosas así pueden observarse mientras una hace fila,sobre todo si el avance es lento, como sucede en el cine México. En cuanto el tomador de boletos tomó su sitio en la puerta principal, la señora apremió a don Joaquín con un empujón en la cadera para que avanzara. El boletero, sentado en un banco alto, recogió los cartones amarillos, los revisó como si alguien fuera a atreverse a falsificarlos, los regresó después de partirlos en dos con un movimiento frenético.Al igual que los espectadores hemos generado ya una tradición, los trabajadores del cine tienen muchos años trabajando allí. La taquillera es una mujer malhumorada que lleva cada domingo el mismo vestido color paja. Al ingresar a la antesala, seguimos en la fila: es cuando el boletero administra el fluir de todos hacia la sala, en perfecto orden.Me gusta mirar los carteles de las películas exhibidas recientemente, para ver cuál se me ha escapado. Esto, sin saber la razón, me hace sentir un poco de culpa, como si yo estuviera comprometida a verlas todas, sin faltar una. Me complació saber que la película de ese domingo fuera portuguesa, un filme basado en la novela de Camilo Castelo Branco,Misterios en Lisboa. Podría compararla con la novela; aunque no estaba tan segura de recordar el contenido al pie de la letra, siempre he tenido la idea de que el filme activa sensores de la memoria si ya se ha pasado por la historia en papel. El cartel anticipaba una buena fotografía y ciento noventa minutos de intrigas, identidades falsas, romance y violencia.Me salí de la fila y pedí a la señora el favor de guardar mi lugar. Asintió mientras miraba hacia la puerta de la sala, todavía cerrada. Interpreté su gesto y me apresuré a comprar unos chocolates y un refresco de manzana. Después de tantos años de hacer exactamente lo mismo, la dependienta había desarrollado una técnica eficiente para cortar la fruta, colocarla en vasos de plástico transparentes y agregarles una bolsita con chile y una rodaja de limón.Un método sistemático que conseguía porciones idénticas. Cuando terminó de llenar un vaso de tajadas de mango, me dio la mercancía, tomó las monedas y siguió con su tarea.Alcancé mi lugar en la fila justo a tiempo. Don Joaquín renegó cuando su bastón se atoró en la alfombra; la señora le ayudó a desatascarlo y comentó algo de la decrepitud del cine, de lo viejo que estaba todo, de que era el colmo que ya nada servía. Espoleó de nuevo a don Joaquín para que no perdiera el paso. Ya en la sala, los perdí de vista. En el intermedio, la sonoridad de la lluvia era evidente. Ignoro qué habrán pensado los demás, pero yo lamenté no traer zapatos adecuados y otra vez me reproché el no cargar con paraguas por si acaso. La gente se inquietó. Miraban hacia el techo como si con eso pudieran medir la densidad de la tormenta. Vi las mismas cabezas de siempre, sin identificar una sola. Algunos se tapaban los oídos; el hombre junto a mí se metió la cara entre las piernas hasta que recomenzó la transmisión del filme. El estruendo se estaba poniendo insoportable.El resto de la película pasó de un modo muy accidentado. Poco antes de que se revelara la identidad del personaje protagonista, se fue la electricidad y todo se quedó en la más profunda oscuridad. El ruido de la lluvia lo invadió todo, tanto, que hizo callar las quejas,los enojos, los gritos de frustración. El silencio absoluto en la sala contrastaba con la alharaca rabiosa del agua allá afuera. Por un momento pensé que al salir nos encontraríamos con un territorio desolado, como si la ciudad hubiese sido arrasada por una guerra o un terremoto.De súbito, entraron la dependienta y el boletero con trapeadores y cubetas. El agua había comenzado a filtrarse en la sala. Todos se pusieron de pie y en movimiento. Fue cuando vi a la señora y a don Joaquín. En una réplica de lo que había observado en la fila, ella lo urgía a salir, muy junto a él, cuerpo a cuerpo. El rictus de don Joaquín podía ser a causa del aparato de audición que sacaba, veía y guardaba de nuevo, por el acarreo del que era objeto o porque el final de la película había quedado inconcluso. Las alfombras estaban completamente mojadas. El salón de proyección se vació en pocos minutos.Había dejado de llover. Seguramente con la finalidad de impedir que el agua entrara a todos los rincones del cine, la puerta de cristal se había cerrado casi en su totalidad, lo que no consiguió detener el embate del agua. Era difícil medir la magnitud de la inundación en la calle: probablemente alcanzaba metro y medio de altura. Como antes en la pantalla, los ojos de todos estaban pegados a lo que ocurría afuera: ese imposible universo, inalcanzable.El boletero y la dependienta corrían de la sala al área donde nos encontrábamos todos,llenando y vaciando cubetas, dando explicaciones imposibles. El hecho es que nada podíamos hacer. Don Joaquín y la señora se ubicaron a una distancia prudente de todos, como si estuvieran a punto de levantar la voz y dar un discurso comunitario. Dado que todos iban en pares, me limité a descifrar las conversaciones. Se hicieron alusiones al clima fuera de control en los últimos tiempos, a que en la ciudad pocas veces se había visto un fenómeno así, al espectáculo que estaríamos dando tras un cristal y arremolinados, con caras de ser víctimas de un secuestro. A decir verdad, nadie podía vernos. La calle estaba desierta y el agua cubría todo el paisaje.Don Joaquín, que solo miraba con cierta pena lo que estaba sucediendo, se inquietó de pronto. Se recargó en la pared, levantó una pierna, se quitó un zapato; estaba por hacer lo mismo con la otra, cuando lo reprendió la señora:

 

-Qué haces, por el amor de Dios. Te vas a enfermar si se te mojan los calcetines.

 

Él no mostró reacción alguna a sus palabras. Ya sin zapatos, se agachó con parsimonia con la aparente intención de doblarse el pantalón para evitar que el agua lo alcanzara. Visto a distancia era una acción prudente y responsable, sin embargo, sus intenciones no eran tan claras. La señora lo reconvino otra vez:

 

-No, no, no. Deja eso, por favor, ¿qué haces? Ni se te ocurra. No, no vas a quedarte así. Ponte los zapatos. Basta, basta, Joaquín, entiende.

 

Don Joaquín se le quedó viendo unos segundos con una mirada suplicante. Parecía un niño pidiendo permiso, esperando aprobación para remangarse el pantalón. Un niño con unas ganas tremendas de meter los pies en el agua. Ella le dio unas palmadas en los muslos e intentó obligarlo a levantar el pie para ponerle un zapato, mientras le decía:

 

-Ya te mojaste. Se te mojaron los calcetines, Joaquín. ¿Y ahora qué vamos a hacer?

 

Te vas a enfermar, te vas a enfermar. Te dije, pero nunca entiendes. Me canso de decirte las cosas y tú nunca entiendes.La dependienta y el boletero habían abierto un poco la puerta de cristal; inútilmente,

barrían con escobas el agua hacia afuera, después trapeaban y apenas terminando comenzaban de nuevo. El agua en la calle era tanta que se metía por el espacio libre entre el suelo y el filo de las puertas. Por fin desistieron de tan vana tarea y se instalaron detrás del mostrador de la cafetería, como dos soldados. Muy poca mercancía quedaba a la vista: un paquete de chocolates, algunos tubos de pastillas de menta y dos o tres vasos de fruta. El pequeño refrigerador estaba desconectado, supongo que para evitar cortes eléctricos cuando volviera la luz. Don Joaquín, visiblemente afectado, muy nervioso, con los zapatos en la mano, se dirigió con pasos torpes hacia la silla alta del boletero, tomó un rollo de programas y se quedó allí, mirando a la calle, extasiado. La señora, jalándole el suéter, no dejaba de insistir en lo terrible de que anduviera sin zapatos por ahí, como si nada:

 

-Si tuvieras un poco de conciencia no harías esto. ¿Quién crees que te va a cuidar cuando te agarre la tos y la fiebre? A ver qué haces cuando no aguantes las piernas. Estás loco, Joaquín, de remate.

 

La señora, mientras caminaba junto a don Joaquín, atisbaba entre las cabezas, como si buscara alguna aprobación hacia sus actos. Puedo asegurar que todos estábamos concentrados en él, más que en lo que ella intentaba hacer para detenerlo. Él se dirigió al mostrador de la cafetería, donde el boletero y la dependienta observaban la quietud del agua en la calle, cuyo nivel no disminuía ni un milímetro. Por primera vez abrió la boca y dijo,con una voz cascada, aunque audible:

 

-No quiero, no quiero, ya no quiero.

 

La señora lo tironeó del suéter con desesperación y le dijo:

 

-Estoy enojada, Joaquín. ¿Qué no ves el ridículo que estás haciendo? ¿Las vergüenzas que me haces pasar?

Don Joaquín puso los programas en el cristal del mostrador; ante la mirada indiferente del boletero y la dependienta, repuso:

 

-No quiero, no quiero, ya no quiero.

 

No volvió a decir nada más. Se limitó a extender con las manos uno de los folletos sobre el cristal, a doblarlo en dos partes, después en cuatro, a plegar las esquinas hasta que,muy orgulloso, consiguió un barco de papel perfecto que puso a consideración de todos,levantándolo en alto para que pudiéramos verlo. Algunas exclamaciones surgieron de la pequeña pero consistente multitud. Yo estaba muy cerca, así que pude verlo con precisión: realmente era muy hermoso. Daban ganas de tocarlo, de pasar los dedos por su vela, de hacerlo que don Joaquín hizo después. Miró hacia abajo, tal vez a revisar qué tanto había logrado enrollar los pantalones aun con la insistencia de la señora. Tomó con delicadeza el barquito,caminó hacia las puertas de la calle, abiertas dos palmos apenas. Se acuclilló como si tuviera doce años y depositó el barco en las aguas mansas e imperturbables de la calle. Enderezó su cuerpo con lentitud y se quedó con la vista fija por unos segundos, y cuando estuvo seguro de que la embarcación era lo suficientemente fuerte para soportar la fuerza del agua, se puso de pie. Los aplausos brotaron de aquí y de allá, vivas y bravos surgieron de la masa comprimida en el salón. La señora se replegó en una esquina y no volvió a pronunciar palabra. Don Joaquín regresó al mostrador, repitió la operación y fabricó otro barco, y otro.Todos queríamos uno. Llegó un momento en que varios de ellos flotaban en el mar, muy erguidos, como si fueran de madera o de metal. Fascinados, los observamos tras el cristal,ondear en las aguas dóciles, hasta verlos desaparecer para siempre.

 

 

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Ramiro Padilla Atondo

Ramiro Padilla Atondo

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