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La Piraña - Elementos filtrados por fecha: Marzo 2017


   

Pequeño libro de parábolas

Saúl ordoñez


A: carlos chávez

insoportable

Su quietud es su salvación.

José Lezama Lima






 

 

Prólogo

 

Mujer, tendiste un cable

eléctrico del corazón oscuro de la vida

al corazón oscuro de la vida

atravesando el mío.

I

 

doblada, vencida bajo el peso

de su belleza inexorable, la flor

mira su imagen

en el espejo del agua

es el agua una pupila

una boca que bebe ávida

la imagen de la flor

mas no el perfume

qué diera el agua por beber

la flor toda y qué no diera

la flor por beberse en el agua

encorvada flor, vencida

agua, sedientas; belleza

y eros triunfantes





 

II

 

sobre la piedra

el agua

se afana, cariciosa

sobre la piedra

se desvive

el agua

pero la piedra: piedra

sobre la piedra

qué inútilmente

se afana el agua


 

III

 

tic/ toc

tic/ toc

tic/ toc el beso

del agua

sobre la piedra

tic/ toc

tic/ toc el deseo

del agua

por la piedra

pero la piedra: piedra

tic/ toc

tic/ toc

tic/ toc la muerte

lenta

de la piedra


 

IIII

 

sobre el lecho

el agua corre

una carrera

contra el agua

¡agua corre

que te alcanza el agua!

yacente

el agua

en sí misma

se afana

¡agua corre

que te alcanza el agua!

sedienta

a sí misma

bebe

el agua

¡agua bebe

que no te sacia el agua!

 

IV

idéntica

a sí misma

y en sí misma

encerrada

sellada

y sola

la piedra

una semilla

estéril como un ojo

que solo

se mira como un puño

uno quisiera

que manara grito

pero nada

pero no la piedra



V

 

a jorge axel

sobre el tallo

viril

aún no civil

la flor

un ojo

entre pétalos

mira absorta

su belleza

insoportable

la flor

bebe

su imagen

y el perfume

sedienta

y sí

saciada

de sí misma

enamorada

mas intacta

ignorante

del solo instante

en que la flor es

cercada de miradas

y no hay memento mori

porque la flor: eterna

en el instante

en la mirada

 

 

VI

 

a aldo

te quiero piedra

cuando manas

agua para la sed

¡ay, quién pudiera

quebrarte!

más te quisiera

si tocada

por su pie

manaras fuente

piedra quebrada

¡ay, quién pudiera

quebrarte!

pero te quiero

así tan piedra

Epílogo

 

i

 

Luis, cuando dijiste amar todo lo que deforma un cuerpo,

¿te referías también a la edad?,

a la edad que todo lo deforma,

a la edad que nada perdona.

Mano de viejo mancha lo que toca.

 

 

ii

 

Hoy creo en la humanidad un poco menos

es decir ya casi nada

soy un viejo amargado que procura

la sola intimidad de la palabra

ahí está la humanidad que me interesa

y el trato con no más de tres gentes

y el tacto no sino de las estatuas.

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)

 

 

Setenta y tres años después.

Por Waldo Contreras López

 

Vita nunca se dio cuenta cabalmente como fue que el mundo comenzó a acabarse, como fue que el tiempo que se escapa y los alcances de su cuerpo se fueron reduciendo al chasquido de sus huesos y músculos; a tal grado estaba reducida que sus fuerzas y las horas apenas le alcanzaban nomás para comer sin hambre dos veces al día y sentarse a ver cómo es que el sol se arrastra sobre el cielo o bajo las nubes en su eterna salida y entrada del mundo.

Ya no era aquella vieja menuda y fuerte de caminar raudo, silencioso, de  huesos con resistencia para horas y horas de trabajo en la huerta, en la enorme milpa, en el corral y el gallinero y en el sacar y sacar agua de la noria a pura cubeta. Ya no era la misma ni en el carácter.

Cuando Demetrio murió hacía ya poco más de quince años ella tenía aun el humor agrio y siempre dispuesto a la lamentación, al regaño y a los largos espacios silenciosos, perdida en sus vericuetos mentales hechos de penurias y trabajo duro. Toda una vida bajo el techo de aquella casa que en estos días está casi para caerle encima.

Antes de la muerte de su compañero jamás se dio un momento para la apertura del corazón a sus hijas y sus nietos en las ya lejanas visitas de terremoto que les hacían en los días de semana santa, navidad y los tiempos de aguas; más bien al contrario siempre les tenía a todos un retortijón de boca, una mala palabra y una disposición en el carácter para que todo esa gente, incluido su marido, cayeran en la cuenta que lo único que ella deseaba en el mundo era que todos se largaran por la puerta más grande del solar, la puerta de trancas.

A sus nietos e hijas les escondía las empanadas de calabaza, las tortillas hechas a mano, los chicharrones de puerco, los coricos, los quesos oreados y “cuajadas”; les escondía también la caja de monedas del estanquillo y los dulces del mostrador; llenaba de tiliches la silla arcaica de peluquero para que los niños no se pasearan en ella y se divirtieran con su gira y gira de tornillo. Pero a Demetrio le iba peor, le cicatrizaba  la comida y las caricias y hasta el vaso de jugo o la taza de café.

Vita sentía a veces un malsano placer cuando veía que Demetrio agarraba a los nietos a la fuerza y los sentaba uno tras otro sobre la silla de peluquería y los dejaba horribles con sus cortes de convicto.

Se complacía a las escondidas en asustarlos con historias de terror, en regañarlos hasta por estornudar y enseñarles las cajas de galletas para luego guardarlas bajo llave en el telarañoso ropero.

Le llenaba el pecho de rabia sorda el ver correr a tanto niño tras las gallinas, los cerditos y los chivos; le molestaba que le dejaran los árboles frutales pelones, las pencas de nopal rayoneadas con sus nombres y llenos de corazones y de amor; le molestaba la buena salud, el buen comer y el ánimo festivo de toda esa prole salida de sus entrañas.

Pero en esos días también empezaba a mostrar lo que sería en un futuro a corto plazo, no una vieja amargada sino más bien una abuelita solitaria y triste.

Y es que a Vita se le entristecía la mirada de vez en cuando, se le mojaba y se le perdía en vericuetos remotos de su existencia; era quizás que se paseaba con esos ojos de capulín en los días de su juventud quimérica en los cuales era ella poco menos que una reina, una hija de hacendado advenedizo, la hija preferida de mamá Paz, la jovencita que tenía el mejor vestido en las fiestas patronales, la mejor peineta, la mejor pulsera y sus aretes, el mejor caballo con la mejor silla de montar; tenía además a los galancitos más guapos. Se le perdía la mirada en el recorrido de los sucesos que la pusieron en la entrada de aquel laberinto de carencias y de trabajo de sol a luna, de llenadera de hijos y aguantadera del grito en las noches de sexo.

A Vita jamás se le oyó contar leyendas de princesas ni de soldados valientes, ni de amores fantásticos. Según ella decía, jamás podría mentir. Las princesas no existen, los hombres son unos cobardes mentirosos y verriondos incapaces de nada, inútiles hasta para hacerles sentir amores a mujeres como ella. Ella les vivía su amargura y no perdía el tiempo ocupándose de contarla a viva voz a unos rijosos niños citadinos. Esa triste y amargada anciana solo tenía tiempo para hablarle a sí misma de su vida pasada, presente y mal afuturada; Vita empezó a sentirse triste cuando notó que toda esa bola de gente salida de su carne y que era sangre de su sangre en realidad iban a visitar y disfrutar al demonio que tuvo durante cincuenta y ocho años por esposo; ese rufián bueno para la cháchara, la mentira y el emboruque, el violín y la garganta cantante bien afinada por la botella de brandy o mezcal; para contar sus aventuras en los llanos o páramos y los cuentos infantiles.

El rencor recalcitrante de Vita se empezó a entonces a escaldar al paso de los años a tal grado que en el mundo ya quedó poco de lo que a ella le alegraba o le compusiera el ánimo y le diera espacio para pensar en cosa buena. Fue a partir de ese día cuando su tiranía comenzó a crecer al igual que se ensanchaban los espacios de tiempo en los cuales su mirada se perdía y se entristecía.

Pero en el fondo, muy en el fondo, Vita no era mala, solo era mala facha, como decía Demetrio de ella entre risas para provocarle ira pues era él y nadie más que él quien mejor la conocía.

Vita conoció y se enamoró de Demetrio Salvador Ríos en una fiesta patronal celebrada en un pueblo mezcalero de Durango, sucumbió a sus ardores de niña púber nomás con verlo de lejos sentado en un banquito con la pierna cruzada y tocando el violín mientras le alegraba el ojo a toda mujercita. Ahí estaba Demetrio con su sonrisa de medio lado y su voz dulzona, y las invitaba a hundirse en lo profundo de sus ojos claros. Señoritas y maduras, de buen y mal ver revoloteaban a su alrededor con patética codicia; y es que ese hombre no era común, ese hombre no era normal, ese Demetrio Salvador era el diablo en forma de hombre, de hombre bello: buena estatura, brazos poderosos de nervaduras de acero, espalda ancha y vientre plano, cintura estrecha, piernas gruesas y largas, musculosas; pié chico, cabeza cuadrada, mentón ancho, cara angulosa, tez blanca y boca grande de labio grueso y una mirada penetrante de ojos azules, cabello negrísimo y lo peor: cantaba hermoso peor más: tenía una miel deliciosa en sus palabras atrevidas, un humor siempre dispuesto a la mujer para endulzarles la dulzura del corazón.

 

Y Vita lo miraba desde lejos, lo miró durante días a través del abejorreo de las descaradas y la segunda fila de mujeres decentes y entre los brazos de las putas de baja estofa y poca braga. Lo miraba con el corazón encogido de ira, de dolor, de amor, Vita lo espiaba desde adentro de su corazón amordazado por la decencia y el miedo.

Lo miraba y lo miraba; y un día él la miró; la miró con sus ojos feroces y una sonrisa de burla, vita trató de desviar la mirada pero no pudo embrujada por sus ansias, y entonces Demetrio le lanzó un beso sonoro y vulgar con sus labios expertos de besar las putas. Y desde ese día ella ya no pudo sosegarse con nada: su corazón le daba tumbos a toda hora y se le paralizaba nomás de oír su canto a lo lejos, se le montaba en la garganta nomás de oírlo reír entre las mujeres. Y lloraba con el dolor de su pubertad en el corazón apenas inaugurándose en un amor de poca madre; lloraba por oír sus palabras lindas y sin dirección, por su zalamería mentirosa; Vita quería que esa miel llevara el rumbo de su nombre, de su nombre lleno de su carne la cual se le achicharraba sílaba por sílaba en su propio jugo y lumbre.

Entonces Vita lo odió de amor; llegó a odiarlo con tanto amor que se juró un día cobrarle la afrenta de ser tan pirujo con todas menos con ella; y tanto elucubraba el cobro que se pasaba las noche sin dormir rumiando el acto redentor de su corazón. No dormía abrazando sus muñecas y besándolas en la boca de Demetrio Salvador, les escupía sus caritas de vinil, les hablaba barbaridades sexuales y groserías de muerte hechas de ese amor-odio incontenible, las llamaba putas y les deseaba lo peor del mundo, les clavaba las uñas en sus ojos inanimados, toda febril, toda insomne con la piel prieta ardiéndole al bombeo poderoso de su corazón quinceañero; sus catorce-casi quince que se le antojaban suficientes; se la hacían demasiados ya como para tener que soportar el estarse revolcando sola en esa cama llena de lumbre y plena del vacío de Demetrio, tan vacía como sus años pasados; esos casi quince y su peso abrumador recién revelado y lleno de dolescencia, vacíos por tanto merecer siendo tan inmerecida; sus casi quince imposibles ya de contener, un día más era imposible de aguantar, ya no se podía con una noche más de sufrimiento.

El peso palpitante de su vientre casi le impedía caminar, sus entrañas llenas de mariposa e hilos de colores que se paseaban sin misericordia le provocaban cosquillas que casi le hacían desvanecerse en un delicioso sopor, el rumor de sus huesos calcinados por su sangre que hacía “Zum…zum…”en sus oídos le hacían sufrir hasta acostada. Vita sufría su cuerpo el cual le clamaba amor de hombre por primera vez en su vida.

Y la ocasión de cobrarse tanto agravio le llegó como mandada por el demonio.

Se organizó su fiesta de quince años con cuatro meses de anticipación; se hablaba de toretes, peleas de gallos, mezcal recién salido de la canaleta, invitados de todos los pueblos, muchachas envidiosas en edad de merecer y guapos mocetones. El cuarteto musical de Demetrio Salvador Ríos sería el amenizador del evento. A Vita le cambió el ánimo bajo el sol desde entonces y el semblante se le desfiguró; y aunque las noches seguían siendo igual, la luz del día la transformaba a la pobrecita, y cuando escuchaba el canto sentido de su amado-odiado dedicándole canciones a las mujeres mayores su mirada pensativa se tornaba cruel y su sonrisa se torcía en una mueca de perra sonriente a punto de comer filete.

A Demetrio le encantó esa lucha silenciosa, esos estira y afloja, pero cuando notó que la pasión de aquella estaba por encima de sus experimentados treinta y un años de rodar de cama en cama, cuando sintió en su pecho la angustia de que esa sonrisa de perra feroz era demasiada para su forma de sonreír matona de mujeres, cuando notó que el fulgor de los ojos de Vita ponían una nube en sus miradas de macho alfa azules como el cielo, mejor comenzó a evitarla.

Demetrio la evitaba de todo corazón y no porque su pasión lo enterneciera sino más bien porque esa brasa desmandada le trababa el ánimo de puro miedo. Tanto miedo le provocaba esa niña menuda que el sentimiento del canto se le iba al devisarla y evitaba hablar en voz alta en su presencia.

Para Vita sus cosas de la noche seguían; de hecho seguían peor. Seguía revolcándose en el atole caliente de su sangre que hacía que sus horas a oscuras transcurrieran despacias; pero lo peor era que el odio se le había ido y el amor se le había multiplicado. Vita ya no lloraba con sus vísceras llenas de mariposas e hilos de colores ni con su hígado lleno de la hiel de  la rabia y la fiebre hormonal, ella lloraba entonces con la pura alma; lloraba porque entonces estaba enamorada del ser humano más tierno del universo, estaba enamorada como las niñas se enamoran de un gatito desolado y miedoso.

 

Por su parte Demetrio pensaba en ella en serio, pensaba en ella como en una mujer amable por primera vez en su vida de trashumante. Se desveló con otro ánimo y con ganas de pensar cosas rosas, con una extraña sensación de incertidumbre que saboreaba porque le era desconocida a su edad. Pensaba más en Vita como lo hacen los quinceañeros y no como un hombrón con tanta y tanta cama perfumada por mujer. Se dio cuenta por primera vez en su vida que su lecho nocturno había estado siempre solo pero que ahora empezaba a inundarse por una ternura y un amor. Sentía tanto amor dentro de él que por primera vez en su vida cedió a la tentación de abrazar la helada almohada para darle su tierno calor y entibiarle las mejillas con sus besos.

 

El día veintidós de  agosto de mil novecientos cuarenta y dos las nubes estaban tan cerca de la tierra que se podía sentir su peso sobre los hombros de todos los habitantes de aquel pedazo de mundo, se podía sentir el recorrer ruidoso de la carga eléctrica por la superficie del pellejo y la humedad helada en las narices.

Las campanas de la capillita de Topia doblaban a fiesta sacramental pero a Demetrio Salvador le parecía que tenían una resonancia luctuosa y tétrica bajo aquel cielo de perros. Respiró hondo cuando vio a Vita salir de la iglesia blanca de ropa como una paloma, blanca del rostro como las vírgenes de cerámica de los grandes templos del mundo y blanca de sus labios resecos y temblorosos; y sus ojos eran más blancos aun, su mirada refulgía como la luna bajo aquella semipenumbra del cielo, un brillo triste acompañado de una sonrisa de ferocidad mal-forzada. Demetrio desvió sus ojos de aquel espectáculo de miedo bajo las nubes cuajadas de lluvia y comenzó a tocar el valse del vino, mujeres y canto; tragó saliva y casi se tragaba el mundo de lo dura y angustiante que fue la pasada de ese líquido ácido y sabroso a centavo, su tráquea emitió un sonido de convulsión y le preguntó a dios con toda la fuerza de su pensar como chingados le iba a hacer para cantar en la fiesta.

 

Vita bailaba del brazo de su padre y en un momento de la danza le pasaron ambos a centímetros y ella le sacó la lengua y le regaló una mirada de desprecio y aun así se dio a la maña de aventarle a sus pies un papelito, se lo aventó de forma caricaturescamente disimulada. Demetrio lo recogió al termino del vals y lo des tendió con maneras teatrales, como para que todos se dieran cuenta; el papel envolvía el ojo de una muñeca, un ojo azul como los suyos y el recado decía: “te amo maldito depravado y si tú  no me amas te mandaré sacar tus ojos putos”. Se guardó el ojo en el bolsillo, arrojó la carta al suelo y la pisó con exagerado desdén cuando ella lo observaba de reojo; notó como el rostro se le desencajó de muina y la admiró por el dominio que tenía de sí misma para evitar mirarlo y matarlo con el cuchillo ardiente de su alma subajada: “quieres guerra pinche niñita caliente, guerra tendrás hija de tu reputa madre” pensó Demetrio con la mandíbula trabada de furor y los ojos cuajados de lágrimas

 

Demetrio supo que el fin de tanta incertidumbre estaba cerca cuando tocó el último acorde de “el vals de sjosala”. Vió entonces que Vita soltaba la mano de su padre y se encaminaba hacia la tarima sobre la cual estaba ubicado su grupo de perdularios. La vio con sus pasos, con su andar frívolo y su percha altiva y mirada desdeñosa. Cuando estuvo a un metro de él se regocijó de burla, se relamió los labios y le dijo:

-Bésame mucho

-¿Qué? ¡Claro que sí!

-Bésame mucho, la canción idiota. A mí jamás me besarás ni en sueños perro roñoso.

-Verás que sí.

-Verás que no.

Vita se alejó riéndose de su cara de idiota, moviendo sus caderas incipientes de la adolescencia y tirándole un beso de gesto inexperto pero coqueto mientras le guiñaba un ojo con una picardía muy natural.

A Demetrio se le puso el ánimo bravo a partir de esos instantes agónicos. Se juró a sí mismo que no acabaría la oscuridad de la noche sin antes besar esa boca olorosa a hierbabuena, que no saldría el sol sin antes acariciar esa piel prieta y aterciopelada, aromatizada por jabones y perfumes europeos.

 

 En el cuarto descanso musical Demetrio se encaminó a orinar la cerveza que había bebido a las cuadras del fondo y entonces la vio; la vio llegar apresurada y pararse tras el granero, vio cómo se levantaba el vestido color blanquísimo que fosforecía bajo la luz de los relámpagos, vio cómo se bajaba los calzones, la vio acuclillarse y escuchó el zumbido sordo del chorro de orina dando contra el suelo. No perdió un segundo y casi corría para sorprenderla en esa disposición tan inmejorable.

 

Vita sintió sus pasos y cuando él ya estaba a medio metro de su cuerpo apenas hacía un instante que se había subido las pantaletas, Demetrio la observó trémulo, con su mirar amiedado, se aproximó con un dedo contra los labios. A ella se le puso la piel de gallina y se le deshizo en un agua helada cuando aquel hombre de sus sueños la levantó del suelo con sus brazos poderosos para sacarla del pozo de miedo en el cual estaba. Vita sintió sus labios, noto como temblaban al apretarlos con los suyos, ella le rodeó la cintura con sus piernas elásticas mientras se dejaba devorar por el cuello. El temblaba de la cabeza a los pies y casi se desmaya cuando la voz enronquecida de calentura de ella le resopló en el oído: "ámame pero ya". Él la recargó en la pared del granero y le levantó el vestido de quinceañera, le hizo las pantaletas a un lado y cuando su ser empezaba a impregnarse del olor a sardina de su entrepierna escuchó el nombre de su doncella en voz de otro hombre:

-¡Vita! ¡Vita! ¿Dónde chingados andas pues?

-¡Estoy orinando papá! -contestó ella en un grito enojado.

Vita escuchó el trueno de la risa de sus amigas, el sonido convulso de la carcajada aguantada de Demetrio y casi escuchaba el crepitar del rubor ardiente de sus mejillas. Él se reía de buena gana con una mano en la boca, destensado ya de sus nervios y le dijo con seriedad teatral y burlona: "mejor vete niña, no vaya siendo que termines meándome", ella lo abofeteó furiosa y se encaminó con su paso altivo, acomodándose los calzones.

 -Esto todavía no termina Vita

-Esto nunca terminó de comenzar perro roñoso -le dijo ella sin voltear a verlo.

-Terminará algún día, mal o bien pero va a terminar.

-Quédate sin dormir años pensando en eso si es tu gusto, de mí no volverás a tener algo desde este minuto en adelante.

-Verás que sí

-Verás que no, roñoso estúpido.

 

Llegó sofocada a donde estaba su grupo de amigas, trataba de concentrarse en vano en sus charlas desabridas, trataba de reír, de sonreír y palabrear con ellas pero el cerebro nomás le alcanzaba para buscar la sombra de su amor entre los árboles y las cercas empalizadas. Un relámpago formidable surco de sur a norte el techo de nubes opresivas y lo miró, lejano, pensativo, fumando un cigarrillo.

 

Habían pasado setenta y tres años pero Vita lo recordaba como si todo hubiera sucedido apenas hacía unas horas. La tarde de su domingo de recuerdos era muy parecida a la de aquel veintidós de agosto del año cuarenta y dos, con el ambiente cargado de electricidad y el aire helado de humedad. Todo era triste, triste ver a los pájaros en sus nidos y sus polluelos que piaban de miedo ante el embate del viento a su rama, tristes las gallinas que le devolvían con mirares expectantes sus formas de llorar y estar sola, triste oír el canto del grillo en su refugio solitario,  triste el croar de la rana agradecida por las dádivas húmedas del cielo, triste el canto ululante del búho acompañando la música suave de los aires pasando por entre las tejas y la orquesta milenaria de las hojas de los árboles acariciándose entre ellas.

 

Setenta y tres años tuvieron que pasar para darse cuenta que aquello que según ella nunca había comenzado ya estaba a punto de acabarse. Setenta y tres años después y el amor que ahora sentía se le acabaría con su muerte y nomás; sentía tristeza pues hacía quince años que admitió que amaba de verdad a aquel hombre al cuál intentó por todos los medios amargarle su existencia de enamorado. Tuvo que admitir que el amor de él era superior pues lo comenzó a extrañar nomás le echaron la última palada de tierra encima. Nomás saberlo muerto lo comenzó de verdad a amar.

 

Lamentó no haberlo admitido setenta y tres años atrás, el día aquel en el cual Demetrio la encontró en las orillas del río, indefensa y aculonada por el recuerdo del azuzo en días pasados contra aquel macho enamorado: la encontró sola después de días y días de acoso implacable, silencioso, y aun teniéndola a su merced Demetrio le seguía teniendo miedo a aquella mujercita. Ella trató de huir nomás para ponerle emoción al asunto pero cuando sintió que la lazaba y la tiraba al suelo con la fuerza de sus brazos supo que la noche de amor no sería como aquella bajo las nubes opresoras tras el granero, Vita se paró y se le quedó viendo aturdida por la emoción y el golpe, embelesada y borracha de miedo, y entonces Demetrio la tomó por los cabellos, ebrio de amor y de mezcal y la subió en peso al caballo.

Lo que Vita jamás pudo superar ni en su juventud, ni en su madurez, ni en su ancianidad fue el sentimiento de los celos: celos de todas las mujeres incluidas sus hermanas, celos de las vacas en el corral, de las gallinas y las chivas, celos de la milpa, la botella de vino y el violín. Sentía celos porque todo en su conjunto le perdía horas de marido. Le corroía el celo y la rabia debido a sus años reflejados en el espejo que le enseñaba las arrugas de su rostro y la flacidez de sus senos, celos de la vida a favor de él, de la salud de ese hombretón para quien los años de trabajar y trabajar no habían podido arrebatarle el vigor de macho.

Sintió celos de sus hijas y luego de las hijas de sus hijas; y a pesar de tanta mujer en el mundo el amor estaba por encima de temores y su rabia, y aguantaba sumisa, callada. Y a pesar de tanta mujer y tanta vida a Demetrio tampoco se le desgastó el eje que sostenía el cariño inmenso por aquella mujer tan agria, tan carente de la miel de su ternura. Vita lo siguió odiando de amor hasta el día en el cual su Demetrio Salvador se le murió. Lo odiaba de celos y lo amaba por lo que provocaba sus celos; lo odiaba porque lo veía dormir tan a gusto siendo que ella siempre deseaba que no durmiera acongojado por el conocimiento de que ella, su Vita, no lo amaba. Lo amaba con odio al verlo dormir tan seguro de su amor, cansado de comerse su boca e impregnarse de su aroma recóndito a sardinas. Ella hubiera sido feliz con saber que todas las mujeres del mundo, incluidas sus hijas y las hijas de sus hijas, nomás lo odiaran y no como ella quien tenía el corazón por un lado y la mollera por el otro.

 

Pero cuando vio que bajaban el horrible ataúd, con su amado-odiado Demetrio recostado dentro a la tibia tierra, sintió que su cabeza se liberaba de ese peso que no le permitió ser feliz como debió haber sido ni le permitió hacer feliz como debió haber hecho a aquel pobre infortunado amador; vio como le echaban la última palada de tierra encima y se dio cuenta que nomás le quedaba el puro corazón y su conocimiento del amor.

 

Entonces lloró como nunca lo había hecho, lloró porque se dio cuenta que estaba sola con sus nostalgias empezando a florecer como locas, sus nostalgias brotando colorinas y frondosas alimentadas de tanto amor malgastado. El odio y los celos habían muerto con Demetrio y solo le quedaban las remembranzas bellas de los motivos de sus celos: el recuerdo de la sonrisa matona, su mirada de cielo y la miel de sus palabras; le dolía que estuviera muerto por todo eso y porque además sabía muy bien que él le había amado con toda su alma.

 

Y setenta y tres años después, en aquella tarde lluviosa de domingo de recuerdos, se arrepintió de no haber bramado de placer cuando Demetrio arremetía en ella con tierna hombría, con dulzura poética, con sus miradas de muerto en vida; se arrepintió de no haber amanecido recargada en su pecho peludo, de no alargar las noches en pláticas de enamorados; se arrepintió de no verlo en la mesa a la altura de las sillas en los desayunos, las comidas y las cenas, de no bañarse a jicarazos junto a él, de no permitir que la tumbara en el suelo de la troja y le arrancara grititos y risitas de hembra alegre; se arrepintió de no haber disfrutado como dios manda de aquel portento.

 

Una vieja nostálgica, en eso se había convertido. Sola con sus achaques seniles del cuerpo y del corazón, su corazón que le sacaba muchas lágrimas al atardecer. Una vieja reducida a la impiedad de sus huesos y músculos, a la mala calidad de su apetito y digestión, a las tarantas al amanecer.

 

Setenta y tres años después cargando tanto tiempo sobre sus huesos. Y su corazón marchito y nostálgico quedó reducido a vaciarse sobre la blancura burlona de un cuaderno. Y ahí anotaba los sucesos más relevantes de su vejez de mujer jodida; en el describía con palabras burdas y tiernas sus tribulaciones y sentires, las visitas cada vez más esporádicas y piadosas de sus hijas y vecinas. Y las describía a sus hijas libres de impurezas, sin rencores absurdos; hablaba de ellos con tristeza, con toda la dulzura que desde hacía décadas les venía debiendo; escribía y se daba cuenta a medida que llenaba la libreta, que ellos eran lo único bueno que le quedaba en el mundo lleno del vacío de su amado Demetrio.

Y a medida que se le acababan las hojas blancas y llenas de ese vacío burlón que de ella se despedía, fue exagerando las descripciones de cariño a sus hijas y nietos, lo que quedaba de su estirpe, esquiva y llena de vida. Y al paso de las hojas se le reveló la verdad y no sintió sorpresa ni se le amargó el ánimo cuando cayó en la cuenta que les exageraba su cariño porque no los amaba sino que más bien porque sentía que tenía que pagarles a ellos todo el amor que a su Demetrio le quedó debiendo. Era como si su corazón fuera la libreta y cada hoja un latido de su alma; una libreta la cual tenía que llenar lo más posible de muestras de cariño malgastado, antes de que las hojas se le acabaran.

 

La menor de sus hijas fue la primera que se dio cuenta que aquella anciana triste estaba acercándose a la hora de morir cuando en una de sus visitas esporádicas Vita le contó los detalles más recónditos de su corazón cicatero. Lo supo cuando le dijo que la amaba tanto y que por favor la visitara más seguido, se dio cuenta cuando le pidió con un ansia mal disimulada y una mano en el corazón que en su próxima visita le llevara una libreta, la más grande que le fuera posible, pues era que con tantos años encima y una casa tan solitaria ahora el tiempo le sobraba y quería escribir un diario.

 

Vita quería continuar el diario que dejó inconcluso antes de cumplir sus quince años de edad, cuando en su vida solo había color de rosa, muñecas de vinil y juegos infantiles; cuando su vida carecía de ojos azules, sonrisas matonas, canciones bonitas y palabras de miel. Cuando su alma carecía de hombres que incendiaban las cobijas con su ausencia, cuando su corazón aun no conocía el dolor.

Llenar libretas de ese tipo de vida, de ese tipo de años en los cuales estaba reducida a solo imaginar el mundo, setenta y tres años después.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Jueves, 30 Marzo 2017 06:36

Mar Océano Adán Echeverría

Mar Océano

 

 

 

 

Adán Echeverría

 

Rocío Araya (ilustracion)

Hace muchos años

en el inicio de todo

los días no eran tan nublados como hoy

el sol no parecía estar tan enojado como hoy

y la tierra no era tan seca

como la que solemos pisar

 

 

Todo era oscuridad

nos dicen

¿y por qué habríamos de creerles

a esos magos del viento

que no supieron cuidar nuestro planeta?

 

 

 

Mejor será

comer pan tostado con mermelada

viendo la televisión

y escuchar historias de marineros

de vientos que mueven las velas

y canciones saladas

que nos llevan hacia el Mar

 

 

 

El Mar que todo se lo come

el Mar que todo lo ve

 

el Mar como esa caricia

la espuma sobre nuestra piel

 

 

 

¡Súbanse que nos vamos a la playa!

Por el camino por la carretera

la voz de papá y sus instrucciones siempre serias

y los ojos de Larissa

en el retrovisor:

¡habrá que sacarle la lengua!

 

Tienes que sentir como cambia la brisa

mientras nos alejamos de la ciudad

Salimos al campo rumbo a alguna playa

para corretear un poco

y perseguir a las olas

que nos quieren morder los dedos de los pies

 

 

 

Papá dice:

Un fantasma se llamaba Ramón

sabía de asustar niños

pero con las niñas

siempre tenía pendiente

porque le faltaban dos dientes

y siempre perseguía un ratón

 

 

 

Mi papá tan ocurrente

siempre sabe sonreír

 

 

"Mira Diana ya se ve el Océano"

Tengo que sacar las manos de los bolsillos

o se me pegará la arena por tanta mermelada

que llevo en los dedos

"Diana querida no saques las manos del auto"

Mi abuela sonríe

mis hermanos se hacen gestos

mientras juegan videojuegos

 

¡Oh qué profundo tan azul

de ese Mar que me contempla!

¡Atraparé un delfín

para montarlo!

"Mira las gaviotas. Vamos por ellas"

¡Espérenme que se me caen

las chancletas!

 

Aquella caracola

que traes en el pecho

el hogar sería de todos mis secretos

si la malvada ola

no la hubiera dejado

escondida en esta arena

Los barquitos de concha que se ven tan silenciosos

extrañan seguramente sus tesoros de almejas

con sus granitos de perlas

ahora prendidas de alguna oreja

 

 

 

Cuántos niños corren por la playa

¡Mira esa montaña! ¿Es la arena?

No. Es un pobre manatí que ha muerto

por el aspa de una lancha

que ha cortado su cabeza

He querido llorar

 

 

 

 

Los brillos de sol en el mar

parpadean sus ojitos en la espuma

¿Has perdido el traje de baño Esteban?                  

Corriendo siempre corriendo

Ese niño no se queda quieto

sus huellas borra la mar

No me pueden atrapar. "Eres una estrella de mar"

Larissa no me alcanzas. "Eres un hipocampo"

Eres una aguja. Un bagre bigotudo

Eres una anguila. Anguila no. ¡Y eléctrica!

No llores Larissa. No es verdad.

No eres una anguila

"Ven acá pequeña. ¡Soy un tiburón!"

 

 

 

 

 

 

 

Esta peluca de sargazos. ¿Me queda bien?

"Solo si quieres parecerte al monstruo del pantano "

Del mar. El monstruo del pantano pareces tú

¡Larissa! Me está diciendo cosas Elí

"Acabemos ya pequeño"

La monstruo del Mar Océano

"Si tú lo dices"

 

 

Y el Mar Océano que se come a los piratas

y el Mar Océano que se traga a los turistas

Préstame unos tiburones Mar Océano

No hice la tarea y mañana vendré a verte otra vez

nuevamente. Estirado como un plato

¿dónde han ido tus oleajes? ¡El Mar Océano no puede contenerse!

Soy el Mar Océano    dice la péqueña Diana

Soy el Mar Océano con cabello de sargazo

y el viento viento viento sopla que sopla en mi espalda

¿Dónde están todos tus piratas Mar Océano?

Quiero esa luna        dámela

 

 

 

 

 

 

 

La monstruo del Mar Océano

que todo lo puede que todo lo devora

como dice mi papá

Devoraré las corcholatas

¡Guácala saben a óxido!

"Ya deja de decir tonteras Diana Luz"

 

¿A dónde vas pequeño marinero?

"Déjame Diana"

¿Sigues molesto porque te regañaron?

Ya no estés molesto. Te perdono

Soy el Mar Océano y te regalo mis gaviotas

"Las gaviotas no son tuyas Mar Oceáno

o como quiera que te llames"

Soy la Monstruo del Mar Océano

y tú tienes que obedecer ¡Quiero mis gaviotas!

"Pues corre tú para atraparlas"

Corre corre que ahí viene la arena

El hombre de arena nada puede

contra La monstruo del Mar Océano

¡No me eches arena en la cabeza!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Querido Mar Océano quiero ser como tú

guardar la luna en cada parpadeo

y jamás dejar de ronronear.

Quiero llenarme la cara con el naranja del atardecer

y en cada beso de arena y agua olvidar la prisa de todos los días

 

 

 

Saber de todos los ciclos naturales

que van y vienen como las olas: abajo, arriba, de nuevo para abajo

¡Esta agua que no se queda quieta!

Todo pasa a través de ti

las lluvias los ciclones el frío los enamorados

y esos  barcos que siempre se van

¿Tráeme un beso de alta mar?

Mis queridos marineros no quise hundirlos se los juro

ustedes que no ceden en se empeño

y siempre quieren pescar de más

"Mira los peces Diana" ¿Dónde dónde?

"Ven con nosotros Mar Océano"

Está muy fría esta agua. No quiero meterme.

Hay estos océanos que se tragan tantas cosas

se tragan las historias se tragan los rencores

se tragan los pasados se tragan los trajes de baño

y si se tragan los visores, díganme:

¿por qué entonces vomitan a mi hermano Esteban?

¿no pueden tragárselo? "Diana, no digas eso."

Solo bromeaba

¡Soy el Mar Océano!

¿Otra vez? Pero si te da frío meterte al mar

Soy el Mar Océano que canta toda la noche

"El Mar Océano que agita toda la tarde y no se calla"

Me trago el sol y enciendo las estrellas

y en toda profundidad de cristalinas aguas

mi voz solo es submarino que volverá a tierra alguna vez

¡Oh cuántos delfines esta noche hay entre las olas!

¡cuántas sardinas van brincando!

Papá no quiero que los pesques Pobrecitos

Papá súbeme a tus hombros Vamos papi

alcanza a los delfines

"No puedo Diana Luz. No soy tan rápido"

¿Acaso no eres marinero?

Soy biólogo marino pero…

Yo creí que papá era amigo de los delfines

amigo de Neptuno

Es catastrófico para esta monstruo Mar Océano

una familia tan terrestre

Mi hermano Elí ama comer pescado

Mi hermano Esteban ama los castillos de arena

Yo amo las gaviotas cuando comen de mis manos

Adoro hundir mis pasos en la arena

que el viento juegue con mi cabello

y perseguir con la vista esas olas que nunca jamás se quedan quietas

Esta noche en la fogata papá y Larissa han ido a caminar

Esteban y Elí juegan al soccer en la arena

Abuelita está sentada junto a mí

y el sonido de las olas me besa las orejas

Arriba millones de estrellas

el fósforo abre sus ojitos entre las olas

¿qué quieres contarme lucecita?

Nada como seguir en esta playa

mirando aquel oleaje repetido

que siempre me habla de mi misma

Cuando crezca seré una navegante

"Serás lo que quieras, preciosa Diana Luz"

Papá sí que sabe divertir a los Monstruos.

Dame un beso querida Mar Océano.

 

 

 

 

 

 

 

 

Mira este cadáver de pez abuelita

Mira mis huellas en la arena

La fría arena la húmeda arena

Esa lengua de mar que se lo come todo

Ese sol que desapareció ¡qué tímido!

No te da miedo el Mar Dianita

Yo nací del Mar querida abuela

 

 

Cuando crezca seré una navegante

iré por todos los océanos del mundo

"Para eso tienes que estudiar mucho Diana"

Para ir por el Océano solo tengo que embarcarme

y para embarcarme tengo que tener mucha arena en la cabeza

mucha espuma en los ojos mucha sal en el pecho mucho aire en los labios

mucha noche en los cabellos Para navegar necesito luz en la mirada

Solo eso

 

 

 

 

 

 

 

¿Dónde ha quedado la noche?

¿Qué cosa dices repetido oleaje?

Amanece. Duermen los niños

La mar está quieta

En la oscuridad una sonrisa de espuma

viene a contemplar el campamento

 

 

Diana Luz sigue en la orilla

"Pero niña te va a dar una pulmonía

¿No tienes sueño?"

Abuelita. El Mar Océano estuvo despierto toda la noche

¿Nunca duerme? ¿No se aburre de la monotonía?

Su canción es tan relajante

Nunca duermen las sirenas

los tiburones sí duermen

también las manta rayas

a pesar de tanto movimiento

duermen también los barcos

en sus motores y velas

Yo soy la Monstruo Mar Océano

y siempre que voy ya vuelvo

en estas aguas encendidas de luz

mi espuma es la bienvenida

a todos los que me traen sus sueños

Es este Mar risueño tan lleno de carcajadas

Esta luna que no se quiere esconder

y el sol ya va saliendo

Corran hacia el agua corran niños

 

 

"¡Vamos Diana vamos a nadar!

Cárgame en tus hombros papá

tan sólo tengo cinco años

y del Océano

ya me he llenado el alma

 

 

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)

 

 

Muestra poética

 Malena Mariana Martinic Magan

 

 

 

 

Poco hombre

Hoy le corto un pedazo de hombre.

 Me cansó con tanto exceso.

Le corto la voz irritante de matón que lo sabe todo.

 Le corto el puño con el que se sabe valiente.

 El dedo señalando mi error.

Hoy me enamoro del peor cliente.

 Me subo en mis zapatos

 y corro hasta perder la orientación

 y los olores viejos.

Hoy le corto el atropello,

 el sudor y aliento ácido,

 sus manos torpes,

vientre blando,

 su risa estridente.

Hoy le muestro que no sirve,

que si no paga no tiene.

Hoy le corto la imagen del espejo,

en la que se ve poderoso, violento, fuerte.

 Y me siento reina, o niña buena,

 o mariposa... hasta libre.

Hoy no acepto billetes,

 ni regalos, ni flores, ni promesas,

ni lágrimas de comprensión por un rato.

 No huelo a chica.

No muerdo labios.

No bebo engaños.

Hoy clavo certeramente el filo en su corazón.

 Y se lo arranco.

Total...

sin corazón, hará lo mismo.

 

 

Carambola

 

Porque soy mina... vivo de carambola

Y así me amaron, me criaron, me pegaron.

Me aplaudieron, también de carambola.

Me embarazaron, me parieron.

Me abrazaron.

Me engañaron, seguro de carambola.

Y de pura carambola encontré el mejor orgasmo.

Engordé y adelgacé.

Moriré un día de carambola.

Ojalá no sea hoy.

 

 

 

Menstruaciones urbanas

 

 

A veces, solo a veces, sangro en rojo.

Sangro en blanco y es un alivio,

 cuando necesito sangrar más que nunca.

Y festejo

sin vos, feliz de ser sangrante.

Sangro en negro,

 caliente, intenso,

 sin importarme el sangrado,

más dispuesta que nunca.

Biendispuesta.

Y en azules, cuando miento.

 Como en publicidades higiénicas...

 cuando me disfrazo una vez más

 para que veas a quién yo quiero que veas....

no a mí.

Cuando no me puedo poner ni contenta con tanta alegría.

Sangro en verde, en pimienta...

 para herirte, con molestia,

 dolores y olores.

Sangro con amigas sangrantes,

 jugando en secreto a poseer el tesoro del sangrado.

Sangro en tu cama, en tu auto,

 en el caño de tu bici.

 Cuando bailo. Al hablarte.

Sangro rabia, plusvalías, hambre, hipocresías.

 Marcho y sangro.

En la calle, en la plaza, en la tierra seca y con grietas,

tierra que ya sangró bastante.

 Embarrando,

siempre embarrándolo todo.

Tan mujer que sangro

 como hembra que no parará de sangrar.

 Aún sin sangres.

Y hoy te amo sangrando,

 por cada agujero,

hasta quedarme seca una vez más.

Y te pido, guiando manos y tripas,

 que me hagas sangrar en rojo.

 

 

A veces cuando te morís

 

A veces cuando te morís te escriben poemas horribles.

Los poetas de los muertos deberían ser más cuidadosos.

A mí, escribíme un tango. Bien caliente.

 Contáles la tontita, puta y yegua que quisiste.

Cantáme un tango partido, por mi partida.

 Sacáme en tango el corazón a un bandoneón

 y estrujálo en versos,

 hasta mostrar lo mustia que quedé después de tanto amor.

 Lloráme a oscuras.

 Encendé mil faroles para despedirme

 y gritáme un tango desde el final del empedrado hasta mi muerte.

 Que vale esta pena decirnos tango en la despedida.

O escribíme una zamba...

 triste, nunca alegre.

 Una zamba para bailar con manos, sin pañuelos.

Bailáme una zamba

 a cajón abierto hasta que me siente y salte en un abrazo.

 Hacéme el amor bailando,

 para que no me odies.

 Pondré cara de zamba,

 sonreiré valiente

y sin temer la muerte escaparé al arresto.

Zamba de hombre sin botas

 y mujeres con botas,

como gatos con botas,

 como en un cuento.

Tocáme en guitarra sin enchufes,

 contando mis fuegos, mis sueños, mis revoluciones, mis muertes.

 Cantáme una zamba hasta elevar mis brazos como un espectro

 y seré inolvidable, lo prometo.

Escribíme un blues urbano,

bien argento.

 Un blues complicado y aguerrido,

casi siniestro.

 Tocáme en piano, en guitarra, en lo que quieras

y metéme gemidos hasta encenderme,

 por un ratito, por dentro.

Abrazáme en blues contemporáneo,

 existencial, perverso.

Prometéme una muerte por un rato,

para luego despertar  a veces en sangre y arena, en tu garganta.

 Exprimí las cuerdas hasta desencordarlas,

porque me estoy yendo.

 Es tarde.

No me escribas cumbia.

 Es mucha alegría.

 

 

Noche sin luna

 

Juro que la luna me tiene envidia.

La vi estirándose, con estertores

cuando la miré fijo esta noche.

Acostumbrada a que le canten los poetas y bufones.

Luna de zambas, tangos, baladas, cumbias.

 Luna de fotos.

Luna llena, nueva, creciendo y menguando.

 Luna.

Luna de extranjeros que la sienten suya y de locales que la observan, noche tras noche, desde el bondi.

Esa luna malcriada, que se cree de plata y suspiros,

dueña de musas, de risas, de polvos, de sueños.

Una luna maldita que alumbra la muerte de bestias y artistas,

 del pobre, del rico.

Luna injusta, cobarde

y sin compromisos.

Luna en Buenos Aires,

en sures y en nortes.

 Luna roja.

 Blanca luna.

 Luna en negro.

 Luna vieja.

Luna apolítica.

Pelota en cielo negro que nunca entra al arco.

 Luna de hierro.

De piratas, de guerrilla. De negocios sucios.

 De mujeres en calles

 revendiendo sus cuerpos.

Luna de conquista, genocidios y gritos.

De ultrajes, de robos.

 Siempre en su silencio.

Luna que no agita. Fría. Objetiva. Distante. Narcisa.

Mancha en el oscuro telar de mis sueños nocturnos.

Perfecta.

Hoy estas con rabia, luna idiota.

Hoy él salió a mirarte a mi balcón.

 Intercepté su cuerpo.

Lo trepé riendo y le hice el amor.

Te vi que te estirabas.

Dijiste que te ibas, luna medrosa...

Poco me importa esa amenaza.

Ándate.

Yo ya sé cómo encender mi sol de noche.

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)
Miércoles, 29 Marzo 2017 04:33

El sacrificio / Silvia Fernández Díaz /

 

 

El sacrificio

Silvia Fernández Díaz

 

 

 

 

         No era sencillo encontrar la ocasión para matarlo. Desde que mamá había traído al cerdo, Marian y yo comprendimos que debíamos sacrificarlo. Un mal paso podía resultar funesto, pero a ninguna de las dos iba a asustarnos.

         Fue una tarde lluviosa. Dos horas antes, cuando mamá entró en casa canturreando, sospeché que algo le ocurría. Siempre ha odiado la lluvia y aquella vez no se entretuvo en secarse el pelo. Me llevó al cuarto de estar. Tuve que sentarme a su lado y, con voz remilgada, me dijo: «Hija, tienes que entenderlo. Quiero que viva con nosotras». Intenté librarme de sus manos, que siempre me sujetaban cuando quería convencerme. «Mariana, somos una familia, ¿verdad? Ahora iré a buscarlo».

         Marian y yo nos compenetrábamos a la perfección sin necesidad de hablar. Ella permanecía oculta tras la lámpara de pie del vestíbulo, tan sorprendida como yo, sin terminar de creerse lo que escuchamos. Inmóvil. Su cuerpo delgado de pronto se irguió. El perfil tenso y sus puños cerrados eran mi vivo reflejo.

         Mientras se abrochaba el impermeable, mamá añadió: «Solo te pido que lo cuides cuando me vaya al trabajo». Al salir a recogerlo, las baldosas del comedor seguían mojadas. Pero no las fregamos. Nos apetecía trepar al árbol y sentarnos en el hueco de las ramas. No, ese cerdo no debía vivir con nosotras. Acabaríamos con él. Ya nos imaginábamos empuñando los cuchillos y matándolo juntas.

         Desde las alturas, vimos a mamá volver con el cochino. Mi madre se reía al saltar de la furgoneta. Una risa estúpida, un maldito grajo graznando. Cuando se cansó de gritar «¡Mariana!» al pie del árbol y se dirigió a casa, dejé de hacerme la sorda y descendimos. Noté hambre. Al entrar en la cocina, me encontré al cerdo atiborrándose. Emitía unos gruñidos repugnantes pero a mamá le parecía encantador. La muy boba quería prestarle atención mientras se encargaba de mi cena, pero el colador se le cayó al suelo con todos los guisantes y hasta que aquel bicho abandonó la cocina no me atendió en condiciones.

         Al amanecer, mamá se colaba en mi habitación. Yo escondía la cabeza bajo el embozo, en cuanto oía sus pasos, pero ella me destapaba con dos o tres movimientos rápidos, firmes. Me obligaba a levantarme. Después se iba a trabajar al almacén de piensos. El cerdo paseaba libremente por toda la casa. Se acercaba a nuestras piernas. Hociqueaba. Gruñía. Nos rozaba con su piel lijosa. Marian y yo nos escabullíamos y pasábamos las horas encerradas en la cabaña del jardín. Seguíamos respirando su olor repulsivo hasta que oíamos el claxon de la furgoneta.

         Habíamos construido la cabaña en las ramas del árbol. Los esquejes habían estallado en delicadas flores blancas. No tardamos en descubrir al cerdo durmiendo en la cama de mamá. Se había tumbado, bocarriba, sobre uno de sus camisones. Resoplaba con ronquidos estridentes. Una a cada lado, entramos sigilosas. Saqué el cuchillo del pantalón. Lo desenfundé. Esperé que Marian hiciera lo mismo, pero la vi titubear. Gallina, pensé. Y en ese instante el cerdo emitió un sonido tan violento que hasta él mismo se sobresaltó. Vi su cara congestionada, su piel rosácea. Por un momento, temí que abriera los ojos. Parpadeó una vez. O, tal vez, quizá dos. Al quedarse inmóvil, alcé la cabeza para avisar a Marian. Pero ya abandonaba el cuarto. Retrocediendo. Con el cuchillo escondido tras la espalda.

         En cuanto salimos al jardín, quise saber qué mosca le había picado. Pero se negaba a subir a la cabaña. La obligué. La hice sentarse sobre las flores blancas, y solo cuando la zarandeé, oí su voz entrecortada, que me decía que no, que ella era incapaz, «tendrás que asumir que tenemos un cerdo en casa», añadió. Era lo mismo que hubiera dicho mamá. Exactamente lo mismo.

         Me di la vuelta y bajé por el tronco sin contemplaciones. Al hacerlo, me arañé las rodillas. No la necesitaba. Claro que no. Yo sola me apañaría. Las piernas me escocían tanto como los gritos de Marian: «Déjalo, te vas a meter en un lío, ¡Mariana! —Y eché a correr—. ¡No lo hagas!». No le hice caso. Ni a ella ni a la sangre que bajaba por mi pierna y casi manchaba mi zapatilla. Ni al picor de las heridas. Solo quería entrar en casa. De puntillas. Descubrir si continuaba durmiendo.

         El animal seguía en la misma posición de antes, espatarrado sobre el camisón de mamá. Palpé el bolsillo trasero de mi pantalón. Levanté el cuchillo sobre mi cabeza, cogiéndolo con las dos manos. Mi sombra se proyectó en la pared. Pero las manos de la silueta permanecieron en reposo. Como si no respondieran a mi voluntad. Entonces me sentí observada. Intuí una presencia detrás de mí, una respiración vacilante. No quería que Marian lo viera, que se pasara el resto de su vida recordándomelo. Y me volví. Empuñé el cuchillo hacia la puerta, pero en el umbral no descubrí a nadie. Nada que me detuviera. A mi espalda, el cerdo de mamá seguía gruñendo.

 

 

 

 

Secuencias

Silvia Fernández Díaz

      

 

   Eduardo congeló la imagen en el televisor y dejó caer la mano sobre la rodilla de Diana. 

         —No cabe duda. Ni la más mínima duda —dijo, mirando el dibujo arabesco de la alfombra—. Es Fabián.

         Diana agachó la cabeza y se tapó la cara. Él comenzó a acariciarla.

         —Míralo, por favor. ¿No me dirás que no es él? Lleva los pantalones de camuflaje que le regalaste en su cumpleaños. Y la sudadera de calaveras con capucha —dijo—. No puede ser otro. Tienes que verlo.

         Diana apartó la mano del rostro, sin levantar la cabeza. Los dos miraron el recuadro central de la alfombra. Eduardo se acordó de que Fabián se divertía gateando en ella. Está deshilachada, pensó mientras sujetaba la barbilla de Diana y pretendía sin éxito que observase la pantalla.

         —Déjame —la oyó sollozar.

         Eduardo dejó el mando sobre la mesa. Al instante, lo cogió de nuevo.  

         —Debemos ver la grabación. ¡Quieras o no! —Apretó de nuevo el botón para adelantar la película—. Ponte en su lugar. Julio quiere resolver las cosas de una manera civilizada. Si corremos con los gastos, me ha prometido que no acudirá a la comisaria. —La observó con desánimo—. Venía deshecho.

         Desarmado por el silencio de su mujer, fijó los ojos en el televisor. Ahí estaba. El Citroën Xantia burdeos de su vecino. Fabián, con un destornillador en la mano, merodeando a su alrededor. ¿Cómo había sido tan torpe de no reparar en la existencia de la cámara? ¿A santo de qué destrozaba tres veces en un mes el mismo coche? Y Diana sin querer mirar.

         —Mira. Míralo. Araña la carrocería con un destornillador.

         Eduardo notaba la boca reseca. Se pasó la lengua por los labios. Fabián, en primer plano, sonreía después de rodear el automóvil. La calidad de la imagen era lo suficientemente nítida como para distinguir su sonrisa inconfundible. Aquellos dientes que crecieron separados desde su caída con la bici.

         —¿Cuándo dices que pasó?

         La voz distante de Diana le asustó. Durante un momento, se había olvidado de su presencia. Paralizó la imagen otra vez y se enfrentó a la mirada enigmática de sus ojos grises.

         —La madrugada del viernes. Hacia las cuatro, me dijo.

         Eduardo intentó mirar el reloj de la cinta, pero la sonrisa inmóvil de su hijo retuvo toda su atención.

         —Lo oí llegar a las tres. ¿Tú no? Yo lo oí llegar —afirmó más animada—. Sí. Y me levanté al servicio. Me lo encontré en el pasillo y le di un beso. ¿No nos sentiste?

         Advirtió que su mujer buscaba ahora su mirada, pero manipuló el mando. Boquiabierto, visionó los pasos del joven, que justo se detenía ante un retrovisor. Buscaba algo en un bolsillo lateral, a la altura de las rodillas. Unos alicates. Arrancó de cuajo el espejo.

         —¡Qué sangre fría!

         —¿A mí qué me importa ese video? Fabián estaba aquí. Durmiendo. Y tú, como un tronco. Sin enterarte de nada…

         Y, tras retorcer la antena de la radio, el chaval, estirajándose la sudadera, limpiaba sus huellas de la carrocería del coche.

         —Tú sí que no te enteras de nada —le reprochó Eduardo, mirando al frente.

         En la pantalla del televisor, la imagen se fundió en negro. La detuvo y deslizó la mano hacia el asiento que ocupaba Diana. Ella se había puesto de pie. ¿Y si el viernes se hubiera levantado con el mismo sigilo?, pensó Eduardo, esforzándose por tragar saliva. Le apremiaba beber un vaso de agua, pero permaneció sentado, mirando la superficie raída de la alfombra mientras sus dedos pellizcaban la tela del sofá vacío.

***********

         —Ese no soy yo.

         —¿Cómo es posible que seas tan cínico?

         Fabián sonrió. No daba crédito a la sonrisa insolente de su hijo. Apartó la vista del hueco de sus dientes. Hablando hacia la alfombra, preguntó:

         —Entonces, ¿es idéntico a ti, pero no eres tú? ¿No es eso?

         —Eso mismo.

         —Y lleva una ropa similar a la tuya, pero no es la tuya, ¿verdad?

         Alzó los ojos. Al percibir la mirada provocadora de su hijo, no consiguió continuar. Se quedaron en silencio hasta que Diana colocó el hule y los cubiertos, y, cuando al fin descansó la sopera en el salvamanteles, Fabián la abrazó por la cintura:

         —Yo estaba durmiendo, ¿verdad, mamá?

         Diana asintió, mirando los platos. Eduardo no tenía hambre. Se retiró a su cuarto sin cenar.

***********

         Eduardo untó una tarrina de mermelada en una rebanada de pan.

         —¿Sabes? He pasado la noche intentando recordar —dijo con el cuchillo en alto—. Pero ha sido inútil. Como los sueños… Jamás logro recordarlos.

         —Ya te advertí que era uno de tus defectos. Pero nunca me hiciste caso.

         Diana aplastó con el revés de la cucharilla un sobre de infusión. La taza se tambaleó en la bandeja.

         —Cuando acabe de desayunar, subiré a hablar con Julio. Debo hacerlo.

         —Despertaré a Fabián. —Diana ciñó sus dedos huesudos alrededor de la taza—. Iremos contigo.

         —Mientras, me daré un baño.

         En el servicio, le oyó susurrar el nombre de su hijo. Siempre odió que lo despertaran a voces. Se sobresaltaba, decía.

         —Tenemos que ir a hablar con el vecino… —prosiguió Diana.

         Y Eduardo ajustó la temperatura del agua en la bañera. El borboteo del grifo lo aislaba. Poco después, al afeitarse, pensó que le gustaría pasarse la vida así, con el rostro enjabonado, oliendo la fragancia de aquella loción. Ojalá pudiera hacerlo.

***********

         Con prudencia, Eduardo pulsó el timbre. Esperó un instante y, al levantar la cabeza, sus ojos quedaron a la altura de una mirilla triangular. Inmediatamente, bajó la mirada hacia el felpudo. Del interior de la vivienda, no llegaba ningún ruido.

         —¡Venga, tronco! Abre de una vez —dijo Fabián entre dientes—. No vamos a pasarnos la vida en el puto descansillo.

         Eduardo, inmóvil, dudaba si llamar de nuevo, hasta sentir los pasos prudentes de Julio y el reconocimiento tras la mirilla.

         —¿Y bien? —le preguntó su vecino sin dilación, al tiempo que abría la puerta.

         Eduardo cruzó los dedos de ambas manos y respondió vacilante:

         —Es mi hijo quien debe hablar.

         Todos se volvieron hacia él.

         —Yo no fui… Tengo una ropa parecida a la de ese tipo, pero muchos vestimos así. Y yo estaba durmiendo —conforme hablaba, parecía más seguro—. No tengo nada que ver con este asunto.

         Eduardo hizo crujir sus dedos. La luz se apagó y el descansillo se quedó en penumbra.

         —Voy a tomar medidas. —Julio apuntó con el índice al rostro de Fabián—. No vas a quedar impune…

         —Es cierto lo que dice… —Diana gimoteó con la cabeza agachada—. Mi hijo estaba acostado. Yo hablé con él esa noche.

         Julio, sin dejar de estirarse el pelo, se volvió hacia Eduardo y lo escudriñó con la mirada. Él se tomó su tiempo antes de contestar. Se colocó en un ángulo que le permitía ver la melena de Diana, los dientes ralos de Fabián, la claridad del pasillo de entrada a la casa. Desunió las manos y sacó del bolsillo de la americana la caja de la grabación. Con un gesto indeciso, se la entregó.

         —Yo también lo oí llegar —respondió haciendo notables esfuerzos para soportar su mirada.

         Después permaneció en silencio. Los pies de aquel hombre dejaron de pisar la esterilla y se escondieron tras la puerta blindada. Aun así, le oyó replicar:

         —Eso tendrá que contárselo a la policía.

         Tras el portazo, el rellano se oscureció. Eduardo tanteó la pared, buscando el interruptor de la luz, pero Diana se enganchó en su codo y lo condujo hacia las escaleras. Fabián los rebasaba, descendiendo los peldaños de tres en tres, en dirección a la calle.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

                                                                                                       

                                              Marta Muñiz Rueda

 

BALADA DEL AMOR Y LA MUERTE



 

 

Canta Chavela Vargas
su luto en Coyoacán.

Frida ha muerto.

Ha muerto Frida
y en sus muslos se vierten,
aún calientes,
anémonas de sangre
empapando las sábanas
que en otro tiempo ardieron
como antorchas girantes
de noches y deseos.


 

Han parido el dolor
como si el llanto
fuese cosa de dos
y se abriera a la luz como azucena.

El amor ha bailado
en ese cuarto
un tango boca a boca.

Ellas no conocieron
el significado de la palabra Stop,
no viven de las normas
ni esperan los laureles,
ni atisban arcoíris que observan los demás.

Conocen bien la ruta
de la fugacidad y el erotismo.
Son la reencarnación de un lirio efímero,
la explosión del amor en las alondras.

Pero nunca el adiós
tiene misericordia
para actuar a dúo.

Alguien debe quedarse
para inventar el llanto.

Cuando tú te hayas ido
me envolverán las sombras…


A partir de ese jueves,
la vida continúa, cotidiana,
es una proyección en blanco y negro;
pero hay alas de fénix
bajo el calor de un poncho
y suena una ranchera a contrapelo.

 

 

 

 

YO CANTO

 

“Qué bonita es la vida cuando nos da sus riquezas”

Frida Kahlo.


 

 

 

 

A pesar del dolor y del olvido,
de la violencia hiriente del relámpago,
a pesar del insomnio y los naufragios,
                                                                   yo canto.

Yo canto
a la inflamada llama que me quema
y rescata mi corazón doliente.

Canto absorta a la lluvia y al diluvio
y a la furia del viento
en la tormenta que, azul y galopante,
azota la península
mientras el vendaval me empapa de silencios.

Yo canto por el niño que descubre
todo el amor en los ojos de su madre
y canto con pasión a la belleza

que habita en las fronteras de la edad.

A la ilusión bendita y a la aurora,
a la delicadeza de la rosa,
a la ternura en flor del tamarindo.
Al igual y al contrario,
a lo absoluto,
al vacío y a la melancolía,
a la nocturna sombra
y al delirio

que nos acerca al límite del frío,
a la risa sin fin y al llanto herido,
a la rugiente furia del volcán.

A la mujer sin nombre que conocí en el metro
y a la niña que fue mientras dormía,
a la genialidad y a la torpeza,
a la frugalidad de la sandía.

Brindemos por la música y los astros,
por la magnificencia del otoño

y por el arcoíris de colores

que vimos en un viaje al paraíso.

Por la tarde nubosa en nuestra isla,

que rinde culto, insumisa, al litoral.
Por el tango y por el itinerario
que nos muestra, certera, la paloma.
Por la fragilidad de tu perfume

y la delicia grana del cerezo.
Por el acantilado y por el mar,
presagios del umbral del infinito.
Por el hombre que a otro da sus manos
y abre sus brazos,
a corazón abierto.

Por lo que es y también por lo que era.

Por lo que ha sido y por lo que será.

Por los que mueren de amor y nunca mueren,
porque ellos son el árbol de la vida.
Por las tinieblas,
porque ellas presagian
la inminencia sublime del destello.

Por lo invisible y por lo que nos salva.



Por el cielo del místico
y el infierno de Dante.
Por Beethoven Soñando
con su amor inmortal.

Por la sed y las uvas,
por mi casa y el huerto
que algún día tendré.

Por tu sonrisa blanca
que no será la última.


Por el rocío mágico
y por tu primera vez.

Por disfrutar conmigo el desayuno
mientras el día
renace en las granadas.

Por la hermosura de todas las violetas
cuando la luz vence a los girasoles.

Por la locura de todas las campanas.


 

 

 

FAR WEST

 

 

 

Con sus manos de surcos desgastados
acaricia el pan que nos sustenta.

Los diez bancos del parque le conocen
y no hay paloma que no sepa de su vida,
Mitad camino errante y vino añejo,
mitad lluvia de abril, aguda espina.

Podría haber huido a las estrellas
o perderse como buen forajido
en alguna pradera panorámica
y creerse el llanero solitario
pero los ojos tristes del hijo desarmado
lo retienen fuera de la pantalla.

Sólo tiene la noche
y ese tiempo escondido entre la hiedra
para sentirse, igual que Gary Cooper,
solo ante el peligro.
Sin embargo él no ha visto
ni un solo amanecer en Arizona.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)
Martes, 28 Marzo 2017 09:12

Cynthia Franco / ENJAMBRE Y VULVARES /

 

 

Cynthia Franco

 

ENJAMBRE

 

 

                                                                                                                                                                     “¿Qué me hace falta?

es cierto me falta ponerme una falda

mejor corta que larga

¿Qué me hace falta?

es cierto me falta pintarme las pestañas

que las mías están un poco planas

y tú que sabes tanto

ven para acá y subraya todo lo que me hace falta

para ser perfecta humana, ¿que me falta mucho, verdad?”

Maura Rosa, La Falda

 

 

¿Qué nos hace falta para celebrarnos mujer?

Privilegios de tez blanca o negra, ancha o delgada, pestañas largas o falda corta

¿Cuál perfección debo alcanzar para ser nombrada?

desde pequeñas nos dijeron que en rosa se viste “femenina” y el azul es de machas

rojas las mejillas, nos calzaron de perlas para adornar los espacios

nos semejaron las siluetas a vírgenes mientras callamos

Callar “porque así te ves más bonita”.

¿Qué nos hace falta para ser mujeres y no “el otro”?

Mujeres que no  necesitamos salir en revistas ni colocarnos en maniquíes

nuestras cuerpas no requieren patrocinio para su proyecto, tenemos suficiente presupuesto

conocemos nuestra sensualidad, sabemos dónde venir a nuestro antojo

nuestro valor no radica en los estándares de la estética y el escándalo sino la esencia

nuestro valor es estar vivas

ser escuchadas por nuestra mente, por nuestras historias

deja de vernos como fetiche de Cosmopolitan.

Mujeres denominadas fértiles por la cosmogonía del alba y el ocaso

medicina son ya nuestras gargantas y han de volverse himnos

enraizadas a la memoria de la piedra damos a luz no sólo humanos sino hogueras

mujeres en flor de loto uniendo enjambres de lucha

cantando con nuestro vientre ancestral

cantando por todas, porque somos todas las historias unidas desde el estambre del que fuimos

y somos bordadas

vulvas que suenan a todas las especies de cuervos, águilas

retumbamos en huracanas

nuestros mantras se escuchan al interior de los volcanes

somos mujeres, morras, coatlicues untando mezcal a la herida

hemos de incomodar con la palabra, hemos de celebrar nuestra presencia

porque ahora aprendemos a escucharnos y a decir en un solo pálpito

hemos de detonar rupturas generacionales para desvanecer las grietas

pechos de salvia abrimos los frutos del cactus

convivimos con la espina porque no tenemos miedo

ha de volverse río la llaga la coyuntura en nuestras espaldas

vemos, vemos más, somos todas lanzando conjuros

no diosas de aparador, Perséfones porque sabemos lidiar con la luz y la obscuridad

somos auroras boreales del devenir

de esta revolución que ha de retumbar en los cuatro puntos cardinales

escúchanos, estamos pariendo otro océano.

 

 

 

 

 

 

SI HABLO DE SER

 

me gusta ser natural

tener la axila y la cuerpa peluda y señor, esto es sin justificación feminista

simplemente los pelos no tienen propiedad

el único lugar que sí me incomoda es el de la lengua

ahí rasuro lo que estorba, esa siempre se proyecta y le suda la vergüenza

me gusta ser bien prieta, natural pues

la negritud es una mancha en la historia pero no en nuestra raíz ancestral

siempre habrá un turista solicitando una selfie de un indio con peyote

aquí hay manos arrieras sin adornos ni cuidados ni cremas antiarrugas que no sirven de nada

a estas jaras las metemos en la tierra pa´ cosechar la siembra.

De ser me gusta lo natural

de patria a palma transbordo límites, me gustan las lamidas ilimitadas

de latido a latido uno mi canto con mi carnal y mi carnala

porque a todos nos gusta el reggaetón

de ser me gusta lo natural, la desculonización

me gustan las mujeres y los hombres y sobre todo les trans

porque me enseñan una nueva forma para desobedecer mi género.

De ser me gusta lo natural

evito la estética comercial en el verso como la estética de Barbie

ambas legadas por el plástico, un salario mínimo y una hipoteca

de ser, no me gusta el plástico ni fingir diplomacias

agradecer a quien no platica ni conoce su pueblo pero dice que se pone el sombrero

no me gusta el inglés y su plasticidad cuando es carbón entre las manos indígenas

que es una visa para tener derecho hacia otra nacionalidad

donde mejor te maquillas o no tienes acceso

plástico el alimento

cosecha transgénica

techos transgénicos

dólares transgénicos que a su deleite suben y bajan, nos dan el pan y luego no lo ponen

así no me gusta el inglés: para usar master card y comprar confort.

No me gusta ser plástica robótica

me gusta ser agua a veces tierra, muchas veces fuego

casi siempre fuego

ir de sur a norte

haciendo el amor con palabras y lo que surja de ellas por correspondencia

nací en todos lados y escribí que fui pero sigo siendo en una bala y en el abrazo

perdí el miedo hace mucho tiempo, hace muchos poemas.

De ser, no me gusta el plástico de los muros

muros que separan miradas

muros que separan conciencias

muros que agachan les rostros y los rastros

muros que asesinan con todo y polleros

muros privatizados con la USA ARMY vigilándonos

muros que en sus cruces cargan el lema “in god we trust”

muros como espectáculo fronterizo

todo eso es tan plástico, si yo pudiera transformar

hubiese devuelto burger kings por mi gente discriminada en la división de un pedacito de mar y otro.

Me gusta tejer redes sin pretensión al nombrarles

ser y decir cruzando, con cuerpos y bocas desbocadas

de ser me gusta ser con las mujeres que visten de Tehuanas y danzan a la soledad

beber aguardiente con los arrieros del campo

subirme a la manera mapuche pa´ aullarle a la humanidad

aprender de las etnias cómo se habita el espíritu

de ser, el plástico de quien no mira a su barrio que le dio cobijo no me va

soy poeta natural, hablo de lo que es, les miro porque soy lo que soy

si de algo sirve compas, es mejor ir al compás de lo natural.

 

 

 

 

VULVARES

 

Fui franja

Infranqueable

Erecta de tu herencia hilada a la estepa bajo tus muslos

Syah

Tracé una grieta en la sábila que te transita entre la vulva y el pensamiento

Cuerpos infértiles sumergidos en el refrigerador

Sembradío de malezas

Fuimos franja

Porque no nos besamos hasta el hoyo negro de la garganta

No llegamos  hasta el beso negro

le llevamos flores a la herida

Nos quedamos varadas en el desierto bajo las sábanas

Quizá nacimos con sal en la garganta

Syah

Ser mujer se escribe como se escribe el dolor en la incisión

Ser mujer duele como duele la escritura cuando se desborda

mírame

Tengo una franja en el centro de mi vientre

Tengo una franja en el centro de mi boca

Estoy desbocada como tú

Tu corazón era cauce y yo quería ser terreno baldío

Tu corazón era causa y yo quería ser motivo

Lo que no frena es la  tristeza y no frenar es perder el límite

Un suicidio provocado por desenfreno a la vida

El acto erótico de la vida

Syah, sepámonos cielo entre la ciénaga

Mójate en estos tus ojos mis ojos

Mi revolución para erotizar es sentir tu dolor, ser el dolor, habitarnos el dolor, escuchar el dolor

voy a hacerte el amor porque somos una herida dispuesta a ser penetrada

La palabra es grieta, gravita en temblores

cuando se habita un volcán no hay nada más que ser lava

de la voz la lava

del sexo la lava, de la herida la lava

Syah

Fuimos franja

Porque nos corroen las lágrimas

Fui franja encarecida en tu pecho

Por  permitirme llorar frente al mundo sin ser lugar común sino de todos

Y poder decir amo el mundo

Y poder secarnos entre el lodo

Y poder excitarnos contra el muro de la carne

Y poder ser muro contra la herida de menstruarnos

Y Muro hasta donde se desvelan las voces en el Sahara

Syah

Erotizar es un muro que quisimos transgredir

Erotizar la carne sin carnalidad

Nahualtocaitl, nahualtocaitl , nahualtocaitl

Nacimos unas de otras, entrelazadas, enlazadas, trenzadas

Syah, eres todos los dolores, yo bebí de uno

yo soy esta herida, esta franja universal como tú

yo soy esta tú pariendo de nuevo, con sed,

y te pregunto, ¿soy esta herida que iluminas? ¿decanto en una superstición?

¿O la herida es un tachón más en la escritura?

 

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)

 

 

Fernando Salazar Torres

Irradiador: motivos de edición

y propuesta estética

 

 

Irradiador. Revista de vanguardia. Proyecto internacional de nueva estética, bajo la dirección del poeta Manuel Maples Arce y del artista plástico Fermín Revueltas, logró tres números los cuales fueron editados durante los meses de septiembre, octubre y noviembre de 1923. Dicho proyecto pertenece a la vanguardia mexicana denominada Estridentismo y es la continuidad de un trabajo previo: la hoja Actual número 1 y el Manifiesto estridentista número 2, de diciembre de 1921 y de enero de 1923, respectivamente. Para tener un mejor acercamiento a estas fuentes, la Universidad Autónoma Metropolitana publicó su facsimilar, en 2012, gracias a las investigaciones de Evodio Escalante y Serge Fauchereau. Esta reciente publicación reúne los tres números y es un material de enorme valía. Considero tres aspectos manifiestos que hicieron posible la edición de la revista Irradiador.

            El primero de tales motivos se asocia a la consecuencia ideológica respecto a la circulación de revistas en la década del 20 del siglo pasado, específicamente las de carácter vanguardista. En ese momento, Francia ya era la cuna de la cultura, la capital del arte moderno, y la ciudad parisina había alcanzado el progreso, y un ejemplo de esto es la torre de hierro del arquitecto Gustave Eiffel, construida en 1889, misma que sería el tema principal en la obra de muchos artistas de la época. Posterior a la primera guerra mundial, 1914-1918, resultaba problemático realizar cualquier trabajo editorial dadas las dificultades geográficas y económicas. No obstante, entre las primeras publicaciones con dicha tendencia, se encuentran las revistas sic, Nord-Sud, La Bataille Litérature, L’Action, La Vie des Lettres, Dada y L’Esprit Nouveau. Así, Irradiador formó parte de esta actividad histórica, que buscaba la fusión cosmopolita; es decir, internacionalizar el arte en sus múltiples manifestaciones.

            El segundo aspecto se asocia al uso del adjetivo “internacional”, añadido en la portada de la revista, y refiere a la intención de Maples Arce por la expansión y la unificación del movimiento estridentista. Dicho fin consistió en aliar arte y revolución. Esto se puede confirmar a lo largo de las páginas, pues son evidentes los contenidos sociales, revolucionarios y el ideal libertario de muchos de los artistas que publican. Entre lo que destaca se pueden mencionar los grabados en madera de Jean Charlot, los ensayos sobre el petróleo y la pintura “Los Mineros” de Diego Rivera. Esta última aparece en la portada del segundo número. Igualmente los movimientos revolucionarios de Rusia, en 1905 y 1917, marcan los intereses políticos y sociales de varias generaciones durante el siglo xx.

Por otra parte, está presente la importancia de una teorización estética. Esto representa el tercer motivo. Aparece un ensayo breve en cada uno de los tres números. El primero de ellos, “A la nariz del guarda- avenida que aprende por exceso de velocidad”, de Polo As, pseudónimo de Pedro Echeverría. De una gramática humorística y cortada en su enunciado, plantea que el arte, hasta ese momento, no había servido más que para contemplar, deleitar y dormir, pero no para aventurarse; por ello, sugiere que el blanco, una forma artística de nombrar a la casualidad y a la causalidad, el pensamiento en blanco es una forma de creación. La diversión del arte consiste en la risa que provoca esta forma de azar y no en la imitación de la realidad.

            El segundo ensayo aparece en el número dos: “El estridentismo y la teoría abstraccionista”, de Arqueles Vela. Comienza con una advertencia: El estridentismo no es una teoría estética. Se invita a crear un arte personal, sincero, puro, desordenado, abstracto, incoherente y arbitrario. Por lo demás, Vela insiste en la personalización del arte; es decir, es necesario llevar hasta sus máximas consecuencias el subjetivismo creador.

Las innovaciones del grupo estridentista: la figura indirecta compuesta y las imágenes dobles—no dobles a la manera creacionista— han revolucionado no sólo [sic], la forma que es lo menos importante en una renovación, sino la ideología, la manera de interpretar la armonía del universo. La poesía está en esa música luminosa desenrrollada por la rotación de las esferas. Y esa simultaneidad de armonías logradas sin tiempo, ni espacio, sin sujeto, es lo que hace nuestra teoría abstraccionista. (Vela, 2012. “El estridentismo y la teoría abstraccionista”. Énfasis mío)

Entonces, el proceso creativo del estridentismo radica en separar o suprimir al sujeto del plano de la realidad (existencia) para que, aislado del mundo, el sujeto construya un lenguaje puro, sin referencia material alguna. Este ensayo es capital para comprender las tendencias estéticas de la revista Irradiador y sus promotores. Finalmente sí existe una teorización para el movimiento artístico.

En el tercer número aparece un ensayo raro y atractivo, “La audición colorida y las sinestesias en los ciegos”. Fauchereau menciona que pertenece a Maples Arce, aunque el texto originalmente se publica de modo anónimo. El autor del documento explica que su acercamiento a la audición colorida en los ciegos pertenece a una investigación que le fue posible realizar en la Escuela de Ciegos de Villeur Canne, en Francia. Es muy posible que la asociación hecha, entre los distintos sentidos, en este manifiesto poético haya sido útil para desarrollar la estructura de la metáfora en la obra de Maples Arce, específicamente dadas las correspondencias que se logran entre los diferentes sentidos, las cuales pueden producir otra realidad nueva, idea que resulta fundamental no solo para el estridentismo, también para todas las vanguardias.

Si a esto se agrega el término figura indirecta, la cual se define como la “visión lograda con dos sugerencias desiguales sintaxicamente[sic], y que ensambladas indeológicamente[sic] establecen una relación incoercible”, se observa que las correspondencias no se limitan al principio de realidad (adecuación entre el objeto real y su representación mental), por lo cual el pensamiento es quien crea tales asociaciones libres sin tomar mucho en cuenta la experiencia común. Esta conceptualización, igualmente, es identificable con la noción de imagen, perteneciente a Maples Arce, misma que ya es manifiesta en la hoja número 1 de Actual.

Esta explicación es idéntica al contenido de otro manifiesto, La creación pura, del poeta chileno Vicente Huidobro, publicado en 1921: “Veremos enseguida cómo el hombre, producto de la Naturaleza, sigue en sus producciones independientes el mismo orden y las mismas leyes que la Naturaleza”. Es necesario especificar que la visita de Huidobro en España, entre los años de 1918-1921, detonó el movimiento ultraísta, pues Rafael Cansinos Assens le abrió las puertas para publicar algunos poemarios y otros poemas sueltos en distintas revistas. Es decir, el creacionismo es el motor inmediato del ultraísmo. Además, habría que revisar el inciso vii de la hoja 1 de Actual donde se afirma que el movimiento estridentisra es un sincretismo de todas las estéticas de vanguardia. Y en el punto xii aparece una negación a la vanguardia italiana, el Futurismo, a favor de una postura actualista.

Por último, tal desconocimiento que se afirma sobre el Futurismo, debería considerarse para revalorar la postura estética del Estridentismo. Los poetas de esta vanguardia mexicana se caracterizan por incluir elementos de la ciudad y su modernización. No ha sido el Futurismo quien,  primeramente, planteó estos rasgos como parte de su estética, con anterioridad el poeta belga, Émile Verhaeren, publicó Las campañas alucinantes (1893) y Las ciudades tentaculares (1895), y estos poemarios ya cantaban a la ciudad moderna de forma bastante visionaria, incluso previo a la vanguardia italiana. Es necesaria una revisión a este poeta para una próxima recuperación.

Martes, 28 Marzo 2017 07:39

LUCAS MATUS / La vidriera /

 

 

 

LUCAS MATUS

 

 

La vidriera

 

 

La primera vez que lo vi, fue a través de la vidriera, creo. Él no iba ni venía, simplemente estaba ahí, sentado en una banca del parque, con un viejo libro entre las manos, grueso como un ladrillo, Sus labios musitaban una plegaria eterna, inaudible, como repitiendo de memoria el contenido de su cabeza (o quizá del libro). Sin embargo, la postura de sus manos reflejaba una actitud extraña. Mientras con una mano lo sostenía en posición de atril, la otra mano no se decidía a pasar la hoja, parecía más bien, que se había quedado congelada en la duda posible de arrancarla.            

De pronto, también a mí me asaltan las dudas, me inquieta la desmemoria, lo incierto, lo desconocido.

Sus ojos casi pequeños, parecían carentes de emociones y de conjuntiva. Eran negros, tan negros como distantes, como si miraran hacia adentro, detrás de los párpados. Miraba sin mirar al frente, hacia la nada, como suelen mirar ellos, los hombres ausentes.

Las arrugas de sus comisuras y el entrecejo concentrado cerraban el cuadro, definitivamente estaba ensimismado como tratando de atrapar un pensamiento muy lejano.

Su saco de color indefinido, estaba deformado por el contenido de sus bolsillos repletos, sin embargo, llevaba la botonadura cerrada, con los ojales deshilachados al borde del disparo, pero firmes en su convicción de salvaguardar y poseer, más que almacenar. ¡Extraña vocación la de los locos!

Puñados de hojas llenas de garabatos sobresalían de cada bolsillo, del cuello y las solapas. Pensé que si guardaba una hoja más, explotaría como un artefacto de pólvora y entonces yo podría acercarme tras del estallido y levantar algunos pedazos de papel, para después intentar armar un rompecabezas y descubrir el enigma que le inquietaba. La curiosidad me hizo esperar varios minutos para ver el desenlace de la hoja, pero nada pasó, él siguió ensimismado en el vacío.

Yo deambulaba por el interior de la librería, con esa costumbre ancestra de observar, de indagar. Entré ahí con la sensación persecutoria que de vez en cuando se me instala entre los ojos. Hojeaba libros al azar, leyendo interiores, reseñas y contraportadas, buscando alguno que sonara interesante. ¡Miento! buscaba una respuesta, mi cerebro repetía incansable las líneas que me habían lanzado durante semanas enteras al interior de bibliotecas y librerías de viejo: …Pon tu boca en mi boca le dijo un hombre sordo a un hombre ciego. El otro levantó las cuencas vacías al silencio de las sombras y buscó entre penumbras el recuerdo lejano de la voz anciana...

Casi a punto de abandonar la búsqueda, de entre el montón de ejemplares, volúmenes y tratados, surgió un libro arcano, deslomado de tan viejo, ahí estaba la respuesta, un vuelco en el corazón me lo dictaba, mientras mis manos tiritaban de emoción y a la vez de miedo, hice un esfuerzo por sostener el libro para no dejarlo escapar. Nadie a mí alrededor lo había visto, el libro era mío. Guardé el libro y salí disimulado, al silencio de la calle, al anonimato. Mi mano derecha temblaba de ansias por abrir y hojear el libro, mientras mi izquierda lo mantenía aprehendido al medio de mi pecho. Incapaz de resistir la tentación, me senté a leerlo en este mismo parque, en esta misma banca, frente a la vidriera.

Con el texto entre las manos, un pensamiento me hace buscar una respuesta en la distancia y me obliga a levantar la mirada de las páginas del libro.

Sin quererlo ni desearlo miro mi reflejo en la vidriera. Me miro a través de esa mirada de espejo, con esa mirada vidriosa y extraviada que solo tenemos los hombres expatriados, los hombres al otro lado de la nada.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
      

Daniela Armijo

EL SPLEEN DE

EL PASO DOWNTOWN

 

 

 

 

 

 

La libertad derretida

 

 

Los veintisiete grados en la esquina de Paisano y Santa Fe rebotan en la estatua de la libertad. Le han puesto una mujer adentro, en lugar de piedra, de terciopelo son sus ropas, y catafixió su antorcha por un volante que anuncia préstamos a bajos intereses.

El delineado de los ojos se emplastará con el sol. No hace falta estar ahí en el instante en que la pintura negra se derrite siguiendo los ríos de carne en las mejillas, para saberlo.

 

Por la vía láctea

En la zona de cajas del supermercado una mujer vestida de traje cuelga de la pared en una fotografía pixelada. ROBA QUESOS, acusa un rótulo escrito a mano en la parte inferior de la impresión.

El día de su hazaña, la Robaquesos transmitió tal vez los latidos de sus nervios al lácteo secretamente abrazado.  

¿Habrá sudado suero la mujer?

 

 

Maniquíes

 

Una novia de blanco con un tocado de rosas plásticas sostenido por un pasador clavado entre el cabello inexistente conversa en silencio con una niña de vestido esponjoso como el merengue de un pastel, la cabeza ligeramente ladeada hacia su brazo derecho amputado.

 

 

 

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)
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