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La Piraña - Elementos filtrados por fecha: Enero 2018

 

 

 

Un amortiguador llamado propina y redondeos no solicitados.

Elizabeth Ocampo Salgado

 

 

Ciudad de México, sol abrasador mediodía y el intenso tráfico. Por los rumbos de la Merced se amotinaron tres veces para lavar el parabrisas del auto; botella con agua jabonosa, trapos y jaladores. Nuestra jornada terminó con vidrios rechinando de limpios porque en total nos abordaron 4 veces si a eso le sumamos el servicio del despachador de gasolina. Hicimos cuentas y en total damos de propinas un aproximado de 2500 pesos al mes tratando de subsanar a un gobierno fallido e inexistente que no genera empleos bien remunerados y a una iniciativa privada incompetente. Llega a mis oídos la rola de la Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio: " gran circo es esta ciudad " porque también seguimos contando con séquitos de tragafuegos, payasos, vendedores ambulantes, personas que usan su propia discapacidad o la de sus familiares, cilindreros y los que me falten. La mal llamada clase media hace una labor que resulta cómoda para empresarios y gobierno al mantener cierta tranquilidad amortiguando estallidos sociales gracias no solo al redondeo sino a las monedas que se reparten todos los días. El INEGI no muestra cifras reales porque a los que viven de propinas o alguna actividad de comercio informal no los catalogan como desempleados. En junio de 2017, el 59.3% de la población de 15 años y más en el país se ubicó como económicamente activa (Tasa de Participación). Esta tasa es superior a la registrada en el mes inmediato anterior cuando se ubicó en 59.2%, también con cifras desestacionalizadas. * Nuestro destino sigue entre smog, ruido, claxonazos; los limpiaparabrisas siempre abordan al del auto austero jamás al blindado, con vidrios polarizados, deportivo o lujoso ( aplica también para corralones donde empresarios hacen uso de instancias públicas para llevar dinero a sus arcas ). Lo irónico es que mientras algunos sectores de políticos hacen mal uso del erario público los de a pie somos asaltados todos los días comenzando por cajeros automáticos donde el redondeo, becas o los apoyos " no solicitados " se extienden también a las tiendas que uno encuentra en casi cada esquina; gravamen no solicitado después de las 10 de la noche, redondeos que no sabemos a ciencia cierta a donde van a parar y si a esto le sumamos los seguros o servicios no solicitados que te cargan al recibo telefónico así como " saldos congelados de telefonía móvil " los cuales deberían ser un delito porque no les basta jinetear con las AFORES sino con dinero que no les pertenece. El uso del automóvil en la mayoría de las ciudades mexicanas implica vivir no sólo enganchado al tráfico y todos sus bemoles sino a un ejército de franeleros, limpiaparabrisas, valet parking , pago de estacionamiento, parquímetros, pensiones y fotomultas donde al igual que los redondeos se desconoce el destino así como los montos totales ( ¿ Corporativos extranjeros o redondeos que son usados como donaciones deducibles de impuestos ? ) De todos es sabido que reclamamos más en materia de fútbol soccer; mientras mi individualismo no sea trastocado o mi falsa comodidad, el uso del auto particular no debe ser nuestro ideal no solo por cuestiones ecológicas; exigir resultados visibles y a nivel de políticas públicas deberían ser una tarea obligada para cualquier mexicano.

 

* Fuente INEGI 2017.

 

De fúnebres gozos y otros esbozos…

Daniel Olivares Viniegra

 

Quiere el cruce de coincidencias, que mientras preparo estas notas acudan a mi vista planteamientos que el deslumbrante esteta Enrique González Rojo Arthur presuntamente (y no hay por qué no creerle) desprende de sus diálogos con Heidegger, y que a la sazón rezan:

Tal vez fuera mejor tomar nuestra preñez de muerte por los cuernos y deshacernos de la cantimplora de espejismos que nuestra ilusa sed ha conformado. Quizás fuese mejor mirar de frente nuestro caer de bruces para morder el polvo y el olvido […] La manera de prepararse para morir [es…] aceptar que somos seres para muerte… criaturas que no eluden, ante cualquier herida, ser infectados por la idea del desenlace.

Así pues, nadie se muere en la víspera; pero sí en la avispera… Tal mi saludo para el gustoso desplante que sobre el saberse pleno, aquí en su presente, y de cierto modo (o del único modo posible) triunfante ante la inevitable sentencia de cualquier día de estos ya no ser más en este mundo, nos plantea Roberto Rosales mediante su más reciente poemario Fúnebre gozo. Bienvenidos a esta teorética de la muerte y de la desmuerte, orientada fundamentalmente por ese otro cósmico y predecible yin y yang del día y de la noche… presencia y ausencia en permanente danza siempre oscurecedora–iluminadora; juego de espejos entre la vida y la ¿muerte…? que nos propone el autor, sin saber bien a bien dónde queda el limbo, si no es que este mismo comienza y termina por ser la propia enunciación; la mera materia también etérea del comulgante lenguaje.

Acá Roberto habita su Comala personal, columpiándose siempre egóticamente en los cuernos de la luna, peleándose consigo mismo (ante todo) o contra todo lo intrascendente o perdulario de este mundanal engreimiento al que llamamos lo humano (“si yo fuera grande no me llamaría como usted”, de paso por alguna parte espeta). Y es desde esa perspectiva que entendemos su obsesión por no gastar (de más) las veladoras o velas que le sobran (y/o que le zozobran), quizá las remanentes de su enésimo pastel de cumpleaños; esas con las que sigue iluminando algunas de sus más emblemáticas amarguras o bien sus no tan escasas, pese al tono, evocadas alegrías.

Cual un “Canto a mí mismo” whitmaniano, pero sin su parafernalia panteísta (“no puedo confiar mi muerte a nadie, por eso escribo”)… también Rosales ejerce–oficia su cinismo… Un personalísimo culto, un idiosincrático discurso: el del des(en)canto, mismo que deviene todo un itinerario de sí que sin poder evitarlo (o a querer o no) coincide en ocasiones con la filosofía propia de otros grandes maestros que en esta esfera han sido (Confucio, Heráclito, Epicuro; Diógenes, particularmente, acotaría yo; Nezahualcóyotl o cualquiera que ustedes a su vez, de manera pertinente agreguen); todo ello sin que inevitablemente termine por remitir al muy nuestro y mortuorio sentido ¿patrio? de festejar –aunque en serio solo a veces– lo mismo nuestras penas que nuestras muy pueriles victorias, que es casi lo mismo que signar nuestras humanas miserias.

Estos y otros prolegómenos vienen a cuento para amparar tal teorética del autor, pero que él termina por resolver más desde la médula; es decir, desde la experiencia evocadora de lo vivido; de lo sensiblemente aprendido y aprehendido, aunque también de lo por irremediablemente fenecer.

Pese a ser este un poemario casi monotemático, sólo de algún modo denso y acumulativo, muy muy lejos se sitúa de la tenebra o del abrumador desgarro de los poetas malditos y de sus cansinos seguidores, pues por el contrario ofrece todo tipo de iluminaciones y certezas, y ello porque la proclama que recurrentemente lo anima es clara y contundente: “la función de la muerte es crear”. Por ello mismo esta serie de poemas configura una suerte de ensayo plagado de anécdotas alegóricas que aceptan también como ejercicio el leerse cual cortazariana rayuela, en cualquier desorden, cuyo resultado será una experiencia muy similar: asomarnos a un abismo irreversible donde hay algo más que serena aceptación, y aunque no plena alegría al menos goce entre tan seductores y corrosivos quiebros.

Cantos son entonces, éstos, los más, que contrastan con otros dulces trovadores de la desdicha (desde Jorge Manrique a Francisco de Quevedo; o más acá desde el peruano César Vallejo al chileno Mario Meléndez, pero sin la teosofía contracatólica de estos últimos; pasando por Jaime Sabines sin sus pesadas o pensadas angustias; o bien el suave y sonoro discurrir de Elías Nandino sobre esas diferenciadas superficies. Autores a los que evoca, y quizá hasta convoca, pero de los que también se aparta porque los suyos son más bien (o a veces) una serie de aforismos , cuando no certeras greguerías (“Yo mismo soy un pleonasmo”) o intencionales mantras (“la sombra es el cadáver de la luz/ la sombra es el cadáver, la sombra es…”), o a veces églogas o esbozos de haikúes largamente desdoblados (“quise adoptar un relámpago/ pero desconfié del trueno que lo acompaña”); sabiduría vivencial, natural, biológica, más producto de la experiencia acumulada y del tenaz y fluido ejercicio poético que de esotéricas creencias o de alardeadoras conflictuaciones poéticas.

Además de por su versátil métrica y musicalidad, y la muy notable y aparente facilidad con que el autor engarza todo tipo de imágenes y ambientaciones, afirmaría contundentemente que todo el material condensado en este libro es rescatable en sus honduras o en su propuestas lírico–filosóficas, si bien por deformación personal celebro mucho más la parte de algún modo experimental o “antipoética” (confróntese como máximo ejemplo su poema “Dios es un hipopótamo”); esto en conjunción con las reflexiones que sugieren redondas historias, con los iluminismos que conducen a la cómplice sonrisa, y hasta con los más conceptistas poemas–versos que rozan por supuesto el sarcasmo y la ironía. Desdeñado y aquí desdeñoso sentido del humor, muy propio del autor, que por pertinencia en este Fúnebre gozo, no amerita llegar a lo festivo, pero que no deja de ser humor (y del bueno) al fin.

Sabedor de que el tiempo que estaremos muertos será sin duda inconmensurablemente más largo que el que esteremos con vida, Roberto Rosales dota a aquel espacio (el de la muerte; en este entorno ambientada sin santo alguno ni desnudos y cachetones querubes) de un animismo incesante, si bien tan calmo y reflexivo como cada emoción lo merece; por ello inclusive nostalgia de amores y de deseos o de tiempos o momentos idos es (ésta) su muy esplendente y hasta seductora lápida.

Así una muerte holística, orgánica y del todo feliz es la tenaz oferta, que por lo demás resulta del todo gratuita. A deslizarnos por entre ese fúnebre gozo nos invita a cada momento el autor… sin atenuantes o desánimos entre tan prometida negrura. La luz por entre esa apenas bruma será la voz consciente que así también acepte la comunión con la verdad universal y con el yo interno de cada uno. La aspiración es conquistar si no en la vida quizá en la muerte el placer mayor: el Nirvana permanente, la paz y la alegría de los sepulcros. Tenga efecto entonces la extremaunción que directa o indirectamente nos dedica el autor: bendita sea la muerte que llega para siempre y se queda alegremente calma en nosotros (con nosotros y nosotros en ella). Requiescat in dolce e felice pace, per secúla seculorum. Amén.

***

Roberto Rosales, Fúnebre gozo, México, Editorial Catorce, 2017.

 

 

 

 "BARCOS"

Ramiro Padilla Atondo

Reflexiones sobre un cuento de Gabriela Torres Cuerva

 

 

Gabriela Torres Cuerva

Hombres Maltratados (Editorial L

 

 
 
 
 Hay descubrimientos fantásticos, descubrimientos que por su propia naturaleza quedan atados a la psique de manera irremediable. Eso pasa cuando se lee algún cuento memorable. Me ha pasado en algunas ocasiones, y lo ejemplifico por orden de aparición; En este pueblo no hay ladrones de García Márquez, La señorita Cora de Cortázar, Tlön Uqbar Orbis Terius de Borges y así muchos más. Es claro también que los gustos son particulares, lo que a mí me puede parecer maravilloso a otros no tanto. He leído a cuentistas que tienen cuentos sin publicar como Juan José Luna y su cuento Bicentenario, una verdadera obra maestra en hoja y media, o un cuento largo que parece novela como Predrag de Daniel Salinas Basave. El cuento al que me referiré en esta ocasión aparece en el volumen de Cuentos Hombres maltratados (Lectorum) de Gabriela Torres Cuerva. Sin tener elementos fantásticos, la personaje, que ve películas de arte, decide ir al cine sin ir preparada para los cambios climáticos. Pero la personaje, va cediendo protagonismo no solo a los elementos naturales sino a los contertulios, los trabajadores del cine, los espectadores que no terminan de ver la película porque una tormenta de a poco empieza a inundar la sala, y sobre todo por la tensión que de a poco aflora entre una pareja de ancianos. Sirve el cuento como una parábola de cierto tipo de convencionalismos, de que hay situaciones que se tienen que aceptar y están fuera de nuestro control, las relaciones de pareja que se viven aunque sea un infierno porque no cabe el divorcio y más a una edad tan avanzada, y la lluvia, personaje a su vez principal que permite que aflore la rebelión en el anciano, controlado en todo momento por su esposa. Se dice que un cuento vale más por lo que deja de decir que por lo que dice. Hay elementos curiosos que apelan a otro tipo de conciencia, cuando uno va al cine, da por descontado que hay cierto tipo de acústica que permite un mayor disfrute. En plena función se va la electricidad y en la oscuridad reinante, el golpeteo incesante de la lluvia es el único sonido, mientras los empleados luchan por contener la inundación hasta que se dan por vencidos. Don Joaquín, el anciano, necesita auxiliares auditivos y de su pecho cuelga un gafete para identificarlo en todo momento. La mujer controla sus movimientos de manera obsesiva y cuando la sala comienza a inundarse lo aísla. Pero el aislamiento dura poco, hay una fuerza que atrae a Don Joaquín hacia la lluvia por lo que las súplicas de la mujer valen poco. Toma un rollo de programas del cine y empieza a fabricar barquitos con ellos. Los barquitos se convierten en el elemento liberador, no solo para Don Joaquín sino para los demás asistentes que participan emocionados. Barcos es un cuento que vale leer la pena varias veces.

 

 

Barcos

Gabriela Torres Cuerva

Hombres Maltratados (Editorial L

 

Ir todos los domingos al cine ya es para mí una costumbre. Lo hago por las tardes, depreferencia, aunque las funciones de mediodía ofrecen la misma cartelera y el beneficio adicional de estar bastante despejadas. Cuando mis hermanos y yo éramos niños, mi madre siempre elegía el horario matutino y casi siempre nos quedábamos el doble de tiempo, pues había permanencia voluntaria. Jugábamos, ya en esa segunda vuelta, a anticipar las escenas que seguían, los diálogos e incluso a adivinar cómo irían vestidos los actores. Después,cuando mis hermanos ya no fueron, el juego se terminó, y mamá siguió con lo mismo deaprovechar la película doble; entonces me aburría mortalmente. Ella lo sabía, pero algo que nunca entendí la hacía aprovechar la posibilidad al máximo, incapaz de hacer caso omiso del derecho de permanencia. Alguien me dijo después que se podía pasar a otra sala y ver otra película o que en la misma sala pasaban filmes distintos; en mi caso nunca fue así. Tal vez por eso, por una asociación infantil, es que rara vez me inclino por el turno matutino, como ocurrió esa mañana de junio. Desperté sin intenciones de enfrentar mis labores domésticas pendientes. Trabajo toda la semana, de nueve de la mañana a siete de la tarde, y últimamente tengo la impresión de que los sábados y domingos tienen menos horas que los otros días: no alcanzan para nada.Me desperté, desayuné un par de huevos estrellados con algo de salsa de tomate de un día anterior, jugo de naranja y dos cafés muy cargados. Limpié la cocina y me acosté de nuevo. El día anterior, sábado, había tomado la precaución de hacer las compras de la semana. Así que bien podía haberme quedado allí toda la mañana. Me puse a leer el periódico y me adormilé de nuevo.Un mundo de agua, como el de la casa inundada de Felisberto Hernández, cubrió mi duermevela. Agua por todos lados: de las ranuras en la madera de las puertas, por las goteras del techo y algo tan extraño como que las paredes eran enormes pieles humanas de cuyos poros brotaban gotas y gotas y gotas. Desperté con una sensación incómoda, cubierta de sudor, intranquila. Pensé en cosas catastróficas, como si algo muy malo fuera a pasar ese día.Necesitaba salir de la casa, así que decidí darme una ducha con agua fría para despertar del todo, me pinté los labios, y me fui al cine sin siquiera ver la cartelera. Cuando iba llegando, las nubes estaban ligeramente ensombrecidas. Por si las dudas,me estacioné lo más cerca que pude, a unos metros del lugar y sin la necesidad de poner monedas al parquímetro por ser día de asueto. No me di cuenta entonces de lo inadecuado de mis huaraches para un temporal como ese; las tiras de cuero generalmente se arruinan con el agua. Había una fila de unas quince personas en la entrada. Cuando ocupé el último lugar, yaserían como veinte. Empezaron a caer algunas gotas, después una leve llovizna, fina pero consistente. Algunos sacaron sus paraguas. Yo me recriminé la falta de previsión. Un hombre muy corpulento subió el cuello de su chaqueta y se ajustó el sombrero. Hubo quienes vieron el reloj, para revisar tal vez por cuántos minutos tendrían que esperar a la intemperie o si su pronóstico del tiempo coincidía con la lluvia.El cine México es un lugar socorrido por un público perseverante. Las películas que se exhiben se inclinan más al arte que a lo comercial. Me gusta eso. Mientras los cines de las plazas comerciales están repletos todo el tiempo, el viejo cine acoge en cada función un máximo de treinta o cuarenta personas. Por extraño que parezca, no hay quien pierda la oportunidad de ocupar una butaca, como si todo estuviera perfectamente planeado y se hubiesen cotejado con anterioridad el cupo y los espectadores. Esa tarde el panorama se veía menos concurrido, pero para mí estaba bien. Aunque los que acudimos al cine siempre somos los mismos, no nos conocemos entre sí. Nadie tiene la intención de intimar. Eso también está bien para mí. Por otro lado, el público se compone de gente grande; proliferan bastones, andaderas, donas para sentarse, casi todos portan lentes bifocales, aparatos para escucha o ambos. Estaba segura de haber visto antes a la pareja formada delante de mí: la señora traía lentes y un collar del que pendía un pastillero de colores parecido a un caramelo. Don Joaquín portaba un gafete en su camisa, sujetado con un seguro metálico de los que se usaban para ajustar los pañales de tela de los niños; en él se podían ver escritos otros datos además de su nombre, así como una fotografía suya, visiblemente más joven. Traía al cuello unos lentes oscuros y enormes en un cordel delgado. Era notoria la presencia de auxiliares auditivos, pues batallaba con un control en la bolsa de su camisa para mediar el volumen.Era lo único que sabía de ellos: cosas así pueden observarse mientras una hace fila,sobre todo si el avance es lento, como sucede en el cine México. En cuanto el tomador de boletos tomó su sitio en la puerta principal, la señora apremió a don Joaquín con un empujón en la cadera para que avanzara. El boletero, sentado en un banco alto, recogió los cartones amarillos, los revisó como si alguien fuera a atreverse a falsificarlos, los regresó después de partirlos en dos con un movimiento frenético.Al igual que los espectadores hemos generado ya una tradición, los trabajadores del cine tienen muchos años trabajando allí. La taquillera es una mujer malhumorada que lleva cada domingo el mismo vestido color paja. Al ingresar a la antesala, seguimos en la fila: es cuando el boletero administra el fluir de todos hacia la sala, en perfecto orden.Me gusta mirar los carteles de las películas exhibidas recientemente, para ver cuál se me ha escapado. Esto, sin saber la razón, me hace sentir un poco de culpa, como si yo estuviera comprometida a verlas todas, sin faltar una. Me complació saber que la película de ese domingo fuera portuguesa, un filme basado en la novela de Camilo Castelo Branco,Misterios en Lisboa. Podría compararla con la novela; aunque no estaba tan segura de recordar el contenido al pie de la letra, siempre he tenido la idea de que el filme activa sensores de la memoria si ya se ha pasado por la historia en papel. El cartel anticipaba una buena fotografía y ciento noventa minutos de intrigas, identidades falsas, romance y violencia.Me salí de la fila y pedí a la señora el favor de guardar mi lugar. Asintió mientras miraba hacia la puerta de la sala, todavía cerrada. Interpreté su gesto y me apresuré a comprar unos chocolates y un refresco de manzana. Después de tantos años de hacer exactamente lo mismo, la dependienta había desarrollado una técnica eficiente para cortar la fruta, colocarla en vasos de plástico transparentes y agregarles una bolsita con chile y una rodaja de limón.Un método sistemático que conseguía porciones idénticas. Cuando terminó de llenar un vaso de tajadas de mango, me dio la mercancía, tomó las monedas y siguió con su tarea.Alcancé mi lugar en la fila justo a tiempo. Don Joaquín renegó cuando su bastón se atoró en la alfombra; la señora le ayudó a desatascarlo y comentó algo de la decrepitud del cine, de lo viejo que estaba todo, de que era el colmo que ya nada servía. Espoleó de nuevo a don Joaquín para que no perdiera el paso. Ya en la sala, los perdí de vista. En el intermedio, la sonoridad de la lluvia era evidente. Ignoro qué habrán pensado los demás, pero yo lamenté no traer zapatos adecuados y otra vez me reproché el no cargar con paraguas por si acaso. La gente se inquietó. Miraban hacia el techo como si con eso pudieran medir la densidad de la tormenta. Vi las mismas cabezas de siempre, sin identificar una sola. Algunos se tapaban los oídos; el hombre junto a mí se metió la cara entre las piernas hasta que recomenzó la transmisión del filme. El estruendo se estaba poniendo insoportable.El resto de la película pasó de un modo muy accidentado. Poco antes de que se revelara la identidad del personaje protagonista, se fue la electricidad y todo se quedó en la más profunda oscuridad. El ruido de la lluvia lo invadió todo, tanto, que hizo callar las quejas,los enojos, los gritos de frustración. El silencio absoluto en la sala contrastaba con la alharaca rabiosa del agua allá afuera. Por un momento pensé que al salir nos encontraríamos con un territorio desolado, como si la ciudad hubiese sido arrasada por una guerra o un terremoto.De súbito, entraron la dependienta y el boletero con trapeadores y cubetas. El agua había comenzado a filtrarse en la sala. Todos se pusieron de pie y en movimiento. Fue cuando vi a la señora y a don Joaquín. En una réplica de lo que había observado en la fila, ella lo urgía a salir, muy junto a él, cuerpo a cuerpo. El rictus de don Joaquín podía ser a causa del aparato de audición que sacaba, veía y guardaba de nuevo, por el acarreo del que era objeto o porque el final de la película había quedado inconcluso. Las alfombras estaban completamente mojadas. El salón de proyección se vació en pocos minutos.Había dejado de llover. Seguramente con la finalidad de impedir que el agua entrara a todos los rincones del cine, la puerta de cristal se había cerrado casi en su totalidad, lo que no consiguió detener el embate del agua. Era difícil medir la magnitud de la inundación en la calle: probablemente alcanzaba metro y medio de altura. Como antes en la pantalla, los ojos de todos estaban pegados a lo que ocurría afuera: ese imposible universo, inalcanzable.El boletero y la dependienta corrían de la sala al área donde nos encontrábamos todos,llenando y vaciando cubetas, dando explicaciones imposibles. El hecho es que nada podíamos hacer. Don Joaquín y la señora se ubicaron a una distancia prudente de todos, como si estuvieran a punto de levantar la voz y dar un discurso comunitario. Dado que todos iban en pares, me limité a descifrar las conversaciones. Se hicieron alusiones al clima fuera de control en los últimos tiempos, a que en la ciudad pocas veces se había visto un fenómeno así, al espectáculo que estaríamos dando tras un cristal y arremolinados, con caras de ser víctimas de un secuestro. A decir verdad, nadie podía vernos. La calle estaba desierta y el agua cubría todo el paisaje.Don Joaquín, que solo miraba con cierta pena lo que estaba sucediendo, se inquietó de pronto. Se recargó en la pared, levantó una pierna, se quitó un zapato; estaba por hacer lo mismo con la otra, cuando lo reprendió la señora:

 

-Qué haces, por el amor de Dios. Te vas a enfermar si se te mojan los calcetines.

 

Él no mostró reacción alguna a sus palabras. Ya sin zapatos, se agachó con parsimonia con la aparente intención de doblarse el pantalón para evitar que el agua lo alcanzara. Visto a distancia era una acción prudente y responsable, sin embargo, sus intenciones no eran tan claras. La señora lo reconvino otra vez:

 

-No, no, no. Deja eso, por favor, ¿qué haces? Ni se te ocurra. No, no vas a quedarte así. Ponte los zapatos. Basta, basta, Joaquín, entiende.

 

Don Joaquín se le quedó viendo unos segundos con una mirada suplicante. Parecía un niño pidiendo permiso, esperando aprobación para remangarse el pantalón. Un niño con unas ganas tremendas de meter los pies en el agua. Ella le dio unas palmadas en los muslos e intentó obligarlo a levantar el pie para ponerle un zapato, mientras le decía:

 

-Ya te mojaste. Se te mojaron los calcetines, Joaquín. ¿Y ahora qué vamos a hacer?

 

Te vas a enfermar, te vas a enfermar. Te dije, pero nunca entiendes. Me canso de decirte las cosas y tú nunca entiendes.La dependienta y el boletero habían abierto un poco la puerta de cristal; inútilmente,

barrían con escobas el agua hacia afuera, después trapeaban y apenas terminando comenzaban de nuevo. El agua en la calle era tanta que se metía por el espacio libre entre el suelo y el filo de las puertas. Por fin desistieron de tan vana tarea y se instalaron detrás del mostrador de la cafetería, como dos soldados. Muy poca mercancía quedaba a la vista: un paquete de chocolates, algunos tubos de pastillas de menta y dos o tres vasos de fruta. El pequeño refrigerador estaba desconectado, supongo que para evitar cortes eléctricos cuando volviera la luz. Don Joaquín, visiblemente afectado, muy nervioso, con los zapatos en la mano, se dirigió con pasos torpes hacia la silla alta del boletero, tomó un rollo de programas y se quedó allí, mirando a la calle, extasiado. La señora, jalándole el suéter, no dejaba de insistir en lo terrible de que anduviera sin zapatos por ahí, como si nada:

 

-Si tuvieras un poco de conciencia no harías esto. ¿Quién crees que te va a cuidar cuando te agarre la tos y la fiebre? A ver qué haces cuando no aguantes las piernas. Estás loco, Joaquín, de remate.

 

La señora, mientras caminaba junto a don Joaquín, atisbaba entre las cabezas, como si buscara alguna aprobación hacia sus actos. Puedo asegurar que todos estábamos concentrados en él, más que en lo que ella intentaba hacer para detenerlo. Él se dirigió al mostrador de la cafetería, donde el boletero y la dependienta observaban la quietud del agua en la calle, cuyo nivel no disminuía ni un milímetro. Por primera vez abrió la boca y dijo,con una voz cascada, aunque audible:

 

-No quiero, no quiero, ya no quiero.

 

La señora lo tironeó del suéter con desesperación y le dijo:

 

-Estoy enojada, Joaquín. ¿Qué no ves el ridículo que estás haciendo? ¿Las vergüenzas que me haces pasar?

Don Joaquín puso los programas en el cristal del mostrador; ante la mirada indiferente del boletero y la dependienta, repuso:

 

-No quiero, no quiero, ya no quiero.

 

No volvió a decir nada más. Se limitó a extender con las manos uno de los folletos sobre el cristal, a doblarlo en dos partes, después en cuatro, a plegar las esquinas hasta que,muy orgulloso, consiguió un barco de papel perfecto que puso a consideración de todos,levantándolo en alto para que pudiéramos verlo. Algunas exclamaciones surgieron de la pequeña pero consistente multitud. Yo estaba muy cerca, así que pude verlo con precisión: realmente era muy hermoso. Daban ganas de tocarlo, de pasar los dedos por su vela, de hacerlo que don Joaquín hizo después. Miró hacia abajo, tal vez a revisar qué tanto había logrado enrollar los pantalones aun con la insistencia de la señora. Tomó con delicadeza el barquito,caminó hacia las puertas de la calle, abiertas dos palmos apenas. Se acuclilló como si tuviera doce años y depositó el barco en las aguas mansas e imperturbables de la calle. Enderezó su cuerpo con lentitud y se quedó con la vista fija por unos segundos, y cuando estuvo seguro de que la embarcación era lo suficientemente fuerte para soportar la fuerza del agua, se puso de pie. Los aplausos brotaron de aquí y de allá, vivas y bravos surgieron de la masa comprimida en el salón. La señora se replegó en una esquina y no volvió a pronunciar palabra. Don Joaquín regresó al mostrador, repitió la operación y fabricó otro barco, y otro.Todos queríamos uno. Llegó un momento en que varios de ellos flotaban en el mar, muy erguidos, como si fueran de madera o de metal. Fascinados, los observamos tras el cristal,ondear en las aguas dóciles, hasta verlos desaparecer para siempre.

 

 

Publicado en NORTEC

 

 

 

MÁS ALLÁ DE MALLARMÉ

 

Miguel Ángel Real

 

 

 

RESEÑA DE “PASEO DE VIDRIOS”

de MARTIN PARRA, Ed. Lastura, 2017

 

 

 

 

 

A este libro de poemas en prosa no le hace falta un preámbulo: en apenas unas líneas, el autor español Martín Parra (Madrid, 1986) nos agarra sin necesidad de pedir permiso, lanzándonos a la cara una poética en pura síntesis y soltándonos abruptamente a las puertas de un camino incierto.

           

            “No sucede mi abstención del compromiso con la vendimia lírica, el barrido pobre de un valle angosto, estancado de vientos.

            Sea a la mesa del éxito o masticando arena y sangre del gladiador inmediato, mi final será Roma”

 

Un camino, como se comprende desde el título mismo, de autor comprometido con el lenguaje en el que las palabras se hallarán expuestas a los temporales de la creación, a una incertidumbre de sentido que no es otra cosa que la esencia misma de la poesía. Un camino tortuoso, de evidente carácter surrrealista, del poeta-gladiador que si derrama su sangre y su sufrimiento, es para convertir cada página en placer muy duro y muy puro. Las palabras de Philippe Audouin, en el prefacio de “Les champs magéntiques” de André Breton y Philippe Soupault (Gallimard, 1971), me parecen adecuadas para darnos cuenta del paralelo entre Martín Parra y Mallarmé, para comprender qué buscan ambos. Juzguen si no (la traducción es mía):

           

            “Mallarmé había soñado con depurar el lenguaje, con sustraerlo a su función instrumental dirigida únicamente a la comunicación. En esta perspectiva en la que, finalmente, nada se dice (…) el discurso se vuelve, por reducción o exaltación, eso es cosa de gustos, un puro objeto de delectación”.

 

Delectación con la que coincide Gonzalo Gragera, que en su prólogo no sabe si nos invita “a un libro o a una orgía”. Un placer siempre incierto que se construye, tal y como corresponde a un buen paseo, a través del movimiento perpetuo que propone el autor; movimiento que nace del vaivén de esa investigación constante sobre el sentido más íntimo del lenguaje, para enseguida ensancharlo, explotarlo, connotarlo con la palabra que llega de modo certero, inesperado y sumamente evocador.

 

La pureza del poeta-buscador es constantemente inestable, como agitada en la polvareda de un camino que surge en general de lo cotidiano. Pero en cualquier caso “Paseo de vidrios” no es simple escritura automática, sino un viaje a los límites del lenguaje:

 

            “No quedan ganas de vanguardia en el abril que se demora a mediodía.

            Tomar conciencia de cicuta. Leer braille en el relieve de tu costra.”

 

La escritura de Martín Parra es poética en sí misma porque es afilada, porque no hay creación poética sin crear heridas deliberadamente. Porque por algo poesía viene del griego ποιεῖν, hacer, crear. Desde mi punto de vista, es esa exigencia de romper para crear lo que concede a este libro su carácter indispensable. Autor y lector andan constantemente por el filo del lenguaje dejándose cortar por los vidrios que se interponen en el proceso creativo. No importa si las sensaciones que se van creando cauterizan o no, sino que continuemos avanzando. Como decíamos más arriba, lo que nos hace pasar página de manera casi frenética es comprobar que en este libro lo que importa no es el éxito o el fracaso de la semántica, el símbolo o la sintaxis, sino la exigencia y la invitación permanente a dudar, a ir más allá, a vivir en el dolor-placer de lo que se cuenta, se inventa o se sugiere. Dos ejemplos:

 

            “Aprende de un pétalo las propiedades del mármol. Que luego no digas ¡todo con espinas, siempre y para mí!”

            “Jugando al enrarecimiento, se pone en valor esta mitad oscura. Tan abonada.”

 

Todo, en suma, consiste en huir de la rutina vital, lingüística, creativa, hasta conseguir que el hecho mismo de soñar (o escribir, que es igual) se alce como un fin en sí mismo, porque es imposible refugiarse en la inestabilidad del mundo que nos rodea, lo cual remite también al poeta francés:

 

            “creemos que el tacto es certero, ¿también si cuando te palpo no eres tú?”.

 

Desde esta batalla por el ser profundo del mundo poético, “Paseo de vidrios” es una invitación al enigma y a la fascinación de la lectura y del lenguaje. Siempre como Mallarmé, el autor aspira tal vez a recrear una “noción pura” ahondando y destruyendo constantemente las impresiones que surgen de significantes y significados y paseando sin contradicciones entre la nada y la belleza.

 

Tengo la impresión, como lector, que el poeta llega en efecto a Roma. Pero no hay ciudad eterna, circo sangriento o coliseo-destino. El devenir de muchos poemas -Roma- se halla, puede ser, al final de múltiples caminos, especialmente en las fórmulas que suelen cerrar algunos de los textos, como homenaje a las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, que sin embargo Martín Parra no utiliza como aforismos o sentencias, sino más bien como mojones desde los que uno puede ir reflexionando sobre el recorrido realizado

 

Este ir (y venir) concluye con un fatalismo generoso: el poeta quiere “volver sobre estas páginas, soñarles pares de ojos atentos, levantar un instante la vista cansada, el cuerpo exhausto”  y nos deja con un “sálvate tú” que no suena como una despedida sino más precisamente como una invitación de la que puede apoderarse el lector para tomar el sendero que se le antoje, para que pueda ir curando heridas o para que siga deleitándose en un universo ambiguo y lleno de significados: el del lenguaje llevado hasta sus (pen)últimas consecuencias.

 

 

Paseo de vidrios

Martín Parra

(Madrid, 1986)

 

 

Selección de textos de Miguel Ángel Real

 

 

 

Yo me recuso: qué autoridad de cinco y media y sin palabras. Cómo. Los cuerpos un aguijón, y esa tensión que fuerza la válvula. Por fin el pan mordido. Visto ocasión en la ciudad, disfrazando de estrellato tardes ligeras. Quemar dinero es brisa normal; balcones gritados de mono y enagua. Después, del brazo en un paseo de vidrios, del que a ti te desangra el calendario. Suman varias las piedras de que cerciorarse.

 Tú quieres saber. Yo te respondo: mi cuenta se perdió y recojo hacia el origen los tropiezos, por volver a descalabrarlos; que el albatros cante un planeo dinámico, mortal, y resuello litúrgico.

 ¡Qué perplejo ese gesto que te coge la cara!

 

 

**

 

Un mirlo blanco llueve extrañeza sobre unos ojos sin diplomas ni frío ni arena que obligue a parpadeos. Rastrea orígenes de la decisión incómoda; el espíritu de la tierra no lo quiso negro.

 

Sin diplomas ni frío ni arena que obligue a parpadeos se reciben ambrosías únicas, provocaciones de cristal, el falso encargo de ruborizar unas mejillas.

 

Recibimos la lluvia anómala del que prueba químicas sobre una baratija en oro; lluvias que son un sondeo, una exploración de tropiezos, equívocos, farsas.

 

Nunca aceptamos tiroteo, encogemos los hombros a esa bala perdida contra el mirlo.

 

 

 

**

 

 

No quedan ganas de vanguardia en el abril que se demora a mediodía.

Tomar conciencia de cicuta. Leer braille en el relieve de tu costra.

Luego pensamos en emprender viaje; queremos no arrastrar las faltas que nos obligan a él. Se toma antibiótico para la emoción del tiempo.

 

 

 

**

 

Recibo el rosa como ningún otro color por

primera vez; la cintura sobre sí

en pliegues que ningún cuerpo conoce.

 La veo al través de una geometría de fondo de mar, la que contiene al tiburón cúbico; creemos que el tacto es certero, ¿también si cuando te palpo no eres tú?

 Al través acuoso de cuando toca pesca civil nos vemos y somos cebo de las estatuas de agua.

 Yo también me froto los ojos me frotaba los ojos

incrédulo

hasta el color rosa de hoy.

 

 

 

 

 

“Paseo de vidrios” (Ed. Lastura 2017), de Martín Parra (Madrid, 1986)

 Traduction de Miguel Ángel et Florence Real

 

 

 

Je me récuse: quelle autorité de cinq heures et demie et sans paroles. Comment. Les corps un aiguillon, et cette tension qui force la valve. Enfin le pain mordu. Je m'habille d'occasion en ville, déguisant en vedettariat des après-midi légers. Brûler de l'argent est une brise normale; balcons criés de salopette et jupon. Après, bras dessus bras dessous dans une promenade de verres, dont le calendrier te fait saigner. On compte plusieurs les pierres dont on s'assure.

 

Tu veux savoir. Je te réponds: mon compte s'est égaré et je ramasse vers l'origine les trébuchements, pour les blesser à nouveau à la tête; que l'albatros chante un vol plané dynamique, mortel, et souffle liturgique.

 

Qu'il est perplexe ce geste qui te prend le visage !

 

 

**

 

Un merle blanc pleut de l'étrangeté sur des yeux sans diplômes ni froid ni sable qui oblige à ciller. Il ratisse des origines de la décision inconfortable ; l'esprit de la terre ne l'a pas voulu noir.

 

Sans diplômes ni froid ni sable qui oblige à ciller on reçoit des ambroisies uniques, des provocations de cristal, la fausse commande de faire rougir des joues.

 

Nous recevons la pluie anormale de celui qui teste des chimies sur une babiole en or ; des pluies qui sont un sondage, une exploration de trébuchements, d'équivoques, de farces.

 

Jamais nous n'acceptons de fusillade, nous haussons les épaules devant cette balle perdue contre le merle.

 

 

**

 

Il n'y a plus d'envie d'avant-garde dans cet avril qui retarde à midi.

 

Prendre conscience de ciguë. Lire du braille sur le relief de ta croûte.

 

Ensuite nous pensons entreprendre un voyage ; nous voulons ne pas traîner les fautes qui nous y obligent. On prend de l'antibiotique pour l'émotion du temps.

 

**

 

Je reçois le rose comme aucune autre couleur pour

la première fois ; la taille sur soi

dans des plis qu'aucun corps ne connaît.

 

Je la vois à travers une géométrie de fond de mer, celle qui contient le requin cubique ; nous croyons que le toucher est précis, même si quand je te tâte ce n'est pas toi?

 

Au travers aqueux du moment de la pêche civile nous nous voyons et nous sommes l'appât des statues d'eau.

 

Moi aussi je me frotte les yeux je me frottais les yeux

incrédule

jusqu'à la couleur rose d'aujourd'hui.

Jueves, 25 Enero 2018 03:44

Inquietud (Oscar Angeles Reyes)

 

 

 

Inquietud

(Oscar Angeles Reyes)

 

 

Dámaso Pérez Prado nació el 11 de diciembre de 1917, en Matanzas (Cuba), en la Ciudad de las casa de paredes color helado, que entonces serían blancas y refulgentes.

 Yo pienso en mi vecina, con su piel tan morena, casi como si fuera mulata. No es que sea algo importante, pero su presencia distante me inquieta. Ayer la miré en la mañana y me pareció que el interés es mutuo. ¿Qué significa eso? He entrado en serios conflictos morales, en una franca discusión personal que me lleva a pensar que estoy enamorado de ella, y que estoy mandando al traste mi joven matrimonio.

 Pérez Prado llegó a México en 1948, y comenzó a aparecer en películas con actrices como Lilia Prado o Ninón Sevilla; creo que él siempre se presentaba dirigiendo a su orquesta. Era bajo de estatura, pero no pasaba desapercibido; se movía mucho, demasiado para mi gusto, mas era de esperarse de un mambero.

 No sé el nombre de mi vecina, y probablemente no conozca el Mambo N. 5, ni la deliciosa versión del Manicero del matancero, pero su rostro, dejando atrás su equilibrio y su posible belleza, es sumamente atractivo: hay rasgos indígenas debajo de su sofisticación. Es pequeña, quizá del tamaño de Pérez Prado, y debajo de sus ropa de colores siempre oscuros se dibuja un cuerpo bien cuidado. ¿40 años?, probablemente. La única vez que estuve cerca de ella sostenidamente, entendí un cuidado excesivo de su piel, una manía insistente por la humectación, por la extracción de vellos incorrectos y por su dentadura impecable. Nadie es delincuente por pensar, por desear, pero, ¿qué pensaría mi esposa? Llevamos dos años juntos, y toda esa gracia, la distinción de la pureza, se desmorona al cruzar la calle y encontrarme de frente con una mujer que sólo me ha sonreído. Chingado, yo le besaría las tetas.

 Y, ella, ¿cómo se llama? Ojalá no sea la Patricia del cubano nacionalizado mexicano, melodía más bien boba, fuera del contexto de locura de su repertorio más movido.

 Pérez Prado, Cara de foca (dicen que le dijo por primera vez Beni Moré, El bárbaro del ritmo), murió en la Ciudad de México en 1989; sé que vivió un tiempo en la calle Luis Moya, pero desconozco su último domicilio. Toda una generación de exóticas, de músicos, actrices y actores, de personajes de la cultura nacional, se involucraron con él, pero hizo bailar a muchos más.

 Lo del cara de foca es claramente una distracción, lo cierto es que estoy tratando de aliviar mi alma, la puta inquietud que despierta esa mujercita (sin afán de ser despectivo) en mi, que me deja al borde del adulterio, de un Yo que creía superado, de lo más carnavalesco de mi ser. La infidelidad comienza así, perdiéndole el miedo a los perros, vistiendo de luces a la soledad; quizá con los ojos bien abiertos de Resortes, bailando el Que rico el mambo, mientras Joan Page, de pechos generosos, se mueve a su alrededor.

 

En fin, si algo va a ocurrir, que la vida se destruya como Dios manda, y que la miseria se nos eche encima, como debe de ser; y que Pérez Prado descanse en paz.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

Del libro Inclinación del relámpago

Gustavo Alatorre

 

Ebrietas, ebrietatis

 

Con un hijo entregado al alcohol, uno dispone del mundo como un príncipe y una baldosa de tierra es arrojada a la infancia del huracán más bello. Tres hijos me dieron los astros para curar mi alma, para mirarme entrar con ellos en la eternidad. A mi mujer la embellece la lluvia y en mis pulmones entran las estrellas de su cabello.

Pero lo mío es el vino, la ebriedad del instante que hace del mundo un carruaje en el que el Diablo espanta los atardeceres; por eso el día transcurre de noche y gira despacio en el engrane del tiempo.

Mi corazón dicen que es ternura, pero mis manos han derrotado más ocres y furias, más garamantas y tristezas. La oscuridad del nimbo, la templanza del mar o la sanación del enebro, fueron parte de mi dominio.

Cuando del mundo me vaya, mi eternidad será una sola.

Con un hijo entregado al alcohol, uno dispone del mundo como un príncipe.

 

 

 

 ***

 

Que el corazón de un dios habite tus ojos. Esta mañana te saludamos todos tus muertos. Mi planeta de herrumbre, mi cometa del aire: la distancia entre nosotros no existe por este día luminoso. Como el naufragio de un barco, mi alma se construye de pedazos de ti, de lugares donde los dos moramos como fantasmas de una casa enorme que es el mundo. Este dos de noviembre nos recorre las venas, nos hace tristes o decantados a una nostalgia de vidrio roto, de ventana entreabierta o de primera lluvia. Te dije que el amor crecía en mí como un desierto, pero fueron tus ojos los que dejaron vacío mi mundo, vacía mi tempestad, mi ciudad de ladrillo.

Que el tequila de un dios habite tu sombra.

Borracho, como la primera luz del mundo, siempre tuyo, desde ahora.

 

 

Gustavo Alatorre

 Extrait du livre “Inclinación del relámpago”

 traduction par Miguel Ángel Real

 

 

 

 

Ebrietas, ebrietatis

 

Avec un fils livré à l'alcool, l'on dispose du monde comme un prince et une dalle de terre est jetée à l'enfance du plus bel ouragan. Trois fils m'ont donné les astres pour guérir mon âme, pour que je me regarde entrer avec eux dans l'éternité. La pluie embellit ma femme et entrent dans mes poumons les étoiles de ses cheveux.

Mais le vin est mon affaire, l'ébriété de l'instant qui fait du monde une calèche où le Diable épouvante les crépuscules ; c'est pourquoi le jour se déroule la nuit et qu'il tourne doucement dans l'engrenage du temps.

On dit que mon cœur est tendresse, mais mes mains ont vaincu plus d'ocres et de furies, plus de garamantes et de tristesses. L'obscurité du nimbe, la tempérance de la mer ou la guérison du genévrier, ont fait partie de mon domaine.

Quand je partirai du monde, mon éternité sera une seule. Avec un fils livré à l'alcool, l'on dispose du monde comme un prince.

 

 

 

***

 

Que le cœur d'un dieu habite tes yeux. Ce matin nous, tous tes morts, te saluons. Ma planète de rouille, ma comète de l'air : la distance entre nous n'existe pas dans cette journée lumineuse. Comme le naufrage d'un bateau, mon âme se construit par des morceaux de toi, par des lieux où nous demeurons tous les deux comme des fantômes d'une énorme maison qu'est le monde. Ce deux novembre nous parcourt les veines, nous rend tristes ou décantés dans une nostalgie de verre brisé, de fenêtre entrouverte ou de première pluie. Je t'ai dit que l'amour grandissait en moi comme un désert, mais ce furent tes yeux qui ont laissé vide mon monde, vide ma tempête, ma ville de brique.

Que la tequila d'un dieu habite ton ombre.

Ivre, comme la première lumière du monde, toujours à toi, dorénavant.

 

Dos poemas de CATHERINE ANDRIEU

Traducidos del francés

por Miguel Angel Real

 

Extractos de “Nouvelles lunes”, Ed. du Petit Pavé, 2013

 

 

 

 

 

NEGACIÓN

 

¿Cuánto tiempo hace que la sangre no ha corrido entre tus muslos?

Planea el fantasma de la madre que te golpeaba y te encerraba en el armario.

Tú, hermanita, sola en la oscuridad, ojos abiertos pupilas bicolor

Gritabas. Yo te apretaba tanto contra mí que te hubiera asfixiado.

Callabas entonces. Y después para mí los largos pasillos blancos

Las puertas batiendo las cámaras de aislamiento cerradas a doble llave.

Palapaciones y electrochoques. Preguntas sin respuestas.

Haldol.

Planea el fantasma de la madre que terminaba las botellas y rompía el vidrio

Contra tus muñecas. Callabas más.

Yo estaba tras tu muro de silencio con las pupilas descoloridas a la escucha

De la noche que avanzaba sobre el crepúsculo, del odio que le vencía a la noche.

E invocaba al ángel de luz con relámpagos rojos y negros, a la tierra

Húmeda que gruñe y escupe los cuerpos que absorbe en chorros sulfurosos.

Vomitabas territorios enteros que yo recogía en mis manos de

Geógrafo.

Leía los Cantos de Maldoror. Encendía velas y practicaba

Encantamientos. Misas negras. Para que por fin te dejara, ella, la loca

Que destruía tus paisajes con una sola mirada de lava incandescente.

Hermanita, ángel mío, te invoqué pues como tú fui destronada

Por no haber conocido sino cólera y vergüenza. La revuelta de estar viva y ver

Con un don de visión doble.

¿Cuánto tiempo hace que el agua no ha corrido entre tus muslos?

Quería protegerte de la noche que avanza sobre el crepúsculo, del odio

Que le vence a la noche.

Pero ahí está el muro, entre tú y yo

Entre tú y yo.

Y hay largos pasillos blancos y manojos de llaves.

Las píldoras que me tomo y que hacen vacilar tu imagen. Ese hombre de blanco, que me dice que hace tres años Que estás muerta.

 

 

 

CARROÑA

 

Hurgabas en mí, tu ojo al filo del sexo. Yo, exhumada de la tierra húmeda, fría. Los restos de lo que yo era. Una carroña.

 

Alisabas mi cráneo calvo entre tus manos.

 

Había bebido el filtro, volver era para siempre, incluso de entre los muertos.

 

Revivir la misma escena.

 

Estar condenada a ello.

 

Contemplabas mis órbitas, te perdías en adivinaciones.

 

El ojo al filo del sexo. Abierto.

 

La pupila, raja vertical, estaba salpicada de luna.

 

Como un bajel muerto sobre las olas de plata del río del olvido.

 

No podía verte, porque ya no tenía ojos. Pero mi memoria abofeteada estaba intacta. Yo era tu cosa, y todo mi cuerpo disperso, inmóvil.

 

Yo no sentía, pero lo recordaba todo. La violación, aquella noche. El rumor de los árboles. Los reflejos rubios en tu pelo.

 

El temblor de tus dedos en torno a mi boca.

 

El largo cuello de cisne que zozobraba en el mar y dejaba tras él

 

Una lluvia de bruma y de espuma en las rompientes. Del olvido, incluso, me acordaba. Del sabor de la sangre. Del asco de mi infancia.

 

Yo era un cadáver, y tú clavabas más tu ojo. En mis entrañas. Pero te equivocabas, yo aún era algo. Ese dedo, putrefacto, tendido hacia el cielo.

 

Una raíz que une la tierra a las estrellas. Una uña cubierta de barro que se clava en tu ojo. Lo revienta.

 

¡Revienta, carroña!

 

 

 

 

CATHERINE ANDRIEU (Francia)

Dos poemas extractos de “Nouvelles lunes”, Ed.

du Petit Pavé, 2013

 

Déni

 

Depuis combien de temps le sang n’a-t-il ruisselé entre tes cuisses ?

Le phantasme de la mère plane qui te battait et t’enfermait dans le placard.

Toi, petite sœur, seule dans le noir, les yeux ouverts pupilles bicolores

Tu criais. Moi, je te serrais contre moi tant et tant à t’étouffer.

Tu te taisais alors. Et puis c’étaient pour moi les longs couloirs blancs

Les portes battantes les chambres d’isolement fermées à double tour.

Les palpations et les électrochocs. Les questions sans réponses.

L’haldol.

Le phantasme de la mère plane qui finissait les bouteilles et cassait le verre

Contre tes poignets. Tu te taisais encore.

J’étais derrière ton mur de silence les prunelles décolorées à l’écoute

De la nuit qui avançait sur le crépuscule, de la haine qui l’emportait sur la nuit.

Et j’invoquais l’ange de lumière dans des éclairs rouges et noirs, la terre

Humide qui gronde et crache les corps qu’elle absorbe en gerbes sulfureuses.

Tu vomissais des territoires entiers que je recueillais en mes mains de

Géographe.

Je te lisais les Chants de Maldoror. J’allumais des bougies et faisais des

Incantations. Des messes noires. Pour qu’elle te laisse enfin, elle, la folle

Qui détruisait tes paysages d’un seul regard de lave incandescente.

Petite sœur, mon ange, je t’avais invoquée car comme toi j’étais déchue

De n’avoir connu que la colère et la honte. La révolte d’être vivante et de voir

Du don de double vue.

Depuis combien de temps l’eau n’a-t-elle ruisselé sur tes cuisses ?

Je voulais te protéger de la nuit qui avance sur le crépuscule, de la haine

Qui l’emporte sur la nuit.

Mais le mur est là, entre toi et moi

Entre moi et moi.

Et ce sont les longs couloirs blancs et les trousseaux de clés.

Les cachets que j’absorbe et qui font vaciller ton image. Cet homme-là, en blanc, qui me dit qu’il y a trois ans Que tu es morte.

 

 

 

Charogne

 

 

Tu me fouillais, ton œil au bout du sexe. Moi, exhumée de la terre humide, froide. Les restes de ce qui était moi.
Une charogne.

Tu lissais mon crâne chauve entre tes mains.

J’avais bu le philtre, revenir c’était pour toujours, même d’entre les morts.

Revivre la même scène.

Y être condamnée.

Tu contemplais mes orbites, te perdais en divinations.

L’œil au bout du sexe. Ouvert.

La pupille, fente verticale, était éclaboussée de lune.

Tel un vaisseau de mort sur les flots d’argent du fleuve de l’oubli.

Je ne pouvais te voir, car je n’avais plus d’yeux.
Mais ma mémoire bafouée était intacte.
 J’étais ta

chose, et tout mon corps dispersé, immobile.

Je ne sentais pas, mais me souvenais de tout. Du viol, cette nuit là.
Du bruissement dans les arbres.
Des reflets blonds dans tes cheveux.

Du frémissement de tes mains autour de ma bouche.

Du long cou du cygne qui sombrait dans les flots et laissait derrière lui

Une pluie de brume et d’écume en vagues déferlantes. De l’oubli, même, je me souvenais.
 Du goût du sang.
 Du dégoût de mon enfance.

J’étais un cadavre, et tu enfonçais encore ton œil. Dans mes entrailles.
 Mais tu te trompais, j’étais encore quelque chose. Ce doigt, putride, tendu vers le ciel.

Une racine qui relie la terre aux étoiles.
 Un ongle couvert de boue qui s’enfonce dans ton œil. Le crève.

Crève, charogne !

 

ROCHER QUI SAIGNE

ROCA SANGRANTE

 Rocío García Rey

 

 

Soy de nuevo la roca sangrante.

Peñascos diluidos a mi alrededor,

relojes detenidos en una arena

y en un mar al que el barco no me invitó a llegar.

Abrazos desteñidos.

Mudos silencios de tan aprendidos fríos.

Cambio el disco para oír la misma lontananza.

Estoy harta de esculpir ausencias.

Tal vez ha llegado la hora de renombrar el mar.

En él Alfonsina apaciguó el derrumbe.

Labios secos

pintados hoy sólo con el eco de las distantes olas.

¿Alfonsina, cómo pude atraparme en los vestigios de la sombra del amor?

¿Cómo pude haber tocado mi cuerpo

si el mar no nombró mi eco?

Húmedas manzanas me ofrecía Eva

y yo torpemente me di la media vuelta.

Disco rayado me enferma.

Hoy sólo quiero dormir amortajada

con las señas de las teclas de Pizarnik.

Ya no buscaré papalotes para echar a volar los relojes de la ausencia.

Ya no pronunciaré la piel para llenar mis manos de distancia:

mis manos, filamentos desnudos para desgarrar silencios.

Sólo el silencio nos convoca.

No fuimos amantes no fuimos fragatas.

Dido y Filis, sin saberlo, me he unido a la procesión de

las que cavan su propia tumba.

 

II

Estoy haciendo el recuento de los abandonos.

Ausencias en forma de piel muerta.

Quise sobrevivir.

Pude haber abrazado

los pistilos de luz que me otorgaban mis palabras.

Preferí ir a los funerales de mis abuelas suicidas.

Luego inventé mil epitafios

en los que aparecieran palabras contra el olvido.

Cartas, dolor, lamento: abismos dentro del propio abismo.

Dido, Filis, lo sé, me enseñaron a distinguir los colores del ocaso

pero yo me trepé al tren de las convenciones amorosas.

Con sombrero ascendí a los vagones de la locura

Creí que podría convertir mi dulce sombrero en chistera desteñida

acaso sacar un bosque,

un texto de las extinguidas nubes

un patidifuso tratado sobre el extenuante exilio.

El bosque fue el libro deshojado

cuyo epigrama usé para cubrir mi propio féretro.

Adiós sombreros, adiós señor Huidobro.

Adiós a los dioses en los que creyó Eneidas.

De la chistera más de una

hemos sacado mil tumbas: flores desteñidas

y textos silenciados.

Quise sobrevivir

y abracé a un muchacho centroamericano.

Acaso temores para nombrar elamor.

Regímenes de la ternura clausurados.

Tristes países en forma de piel enferma.

Somos los derrotados

Los que en girones creímos en la palabra Patria.

Patria y suicidas como emblema

de los nuevos textos.

Sólo vimos espesuras para reventar la luz en forma de palabras.

Vívida muerte la de los suicidios.

Dido, Filis, Sylvia, Alfonsina, Alejandra, saben que los únicos rezos

son la amargura del silencio.

Después lugares comunes como cadáver – sombra – muerte

Nuestros amantes partieron en barcos,

en corolas en forma de miedo.

Nuestros poemas quedaron en la bóveda de los fantasmas.

Madre de las ausentes.

Madre beso diluido.

Filis, Dido:

¿Deberé seguir compartiendo mi cuerpo con la ausencia?

¿Deberé deshojar las hojas de los libros para cubrir mi cuerpo?

Desnudez huérfana de flores.

Campanarios que sólo anuncian la tradición de la tristeza.

Estoy a punto de inhumarme.

Estoy a punto de claudicar ante la escritura de un poema.

No hallo el cuadro de Séraphine Louis

para poder recordar el discurso de las flores.

Dido, Filis, Alfonsina, Sylvia, Alejandra

¿Dónde deposito las palabras que creí tenían el color de Eros?

Tacto rezagado, maravillosamente vuelto féretro de las historias.

Trazo los nombres, nombres de las suicidas y el nombre de mi amante.

Tánatos vomita su humo de alergia al tacto, a las palabras

 

Roca sangrante será mi nombre

No importa si hay acta de defunción pintada de relato.

 

III

Nací en las deshoras del invierno

Dulce estación para aguardar tristezas

Las nuevas diosas me esperaban

Heroidas / Suicidas / Combatientes de palabras

En un reloj no caben las horas de la ausencia ni del desamor

Ni del olvido ni del abismo extendido a nuestro cuerpo.

Las diosas aún permanecen

en los anales de la sospecha de Homero y de Ulises.

No quisimos reconocer que alguna vez

besamos colores demenciales.

Espadas, seconal, pastillas muertas.

Espadas, seconal: acaso una misma tumba.

Fosa común para las que se pintaron de pasión y de locura.

 

 

IV

Cavaré mi propia tumba:

roca sangrante

roca aterida, cansada de la multiplicidad de ausencias.

Rito funerario clausurado.

Yo ocuparé el lugar de las suicidas.

Dido y Filis por fin descansarán fuera de la tumba.

 

 

 

 

ROCHER QUI SAIGNE

Par ROCÍO GARCÍA REY

 

Traduction par Miguel Ángel Real

 

 

Je suis à nouveau le rocher qui saigne.

Pierres diluées autour de moi,

horloges arrêtées dans du sable

et dans une mer que le bateau ne m'a pas invité à atteindre.

Étreintes déteintes.

Silences tus par le froid si bien appris.

Je change de disque pour entendre le même éloignement.

Je suis lasse de sculpter des absences.

Elle est peut être venue l'heure de renommer la mer.

Alfonsina y apaisa l'écroulement.

Lèvres sèches

peintes aujourd'hui juste par l'écho des vagues distantes.

Alfonsina, comment ai-je pu rester piégée dans les vestiges de l'ombre de l'amour ?

Comment ai-je pu toucher mon corps

si la mer n'a pas nommé mon écho ?

Ève m’offrait des pommes humides

et moi, maladroite, je me suis retournée.

Disque rayé j'en suis malade.

Aujourd'hui je veux seulement dormir ensevelie

dans les signes du clavier de Pizarnik.

Je ne chercherai plus de cerfs-volants pour faire voler les horloges de l'absence.

Je ne prononcerai plus la peau pour remplir mes mains de distance :

mes mains, filaments nus pour déchirer des silences.

Seulement le silence nous convoque.

Nous n'étions pas amants, nous n'étions pas frégates.

Didon et Phyllis, sans le savoir, j'ai rejoint la procession de

celles qui creusent leur propre tombe.

 

II

Je fais le décompte des renoncements.

Absences en forme de peau morte.

J'ai voulu survivre.

J'ai peut être embrassé

les pistils de lumière que m'offraient mes paroles.

J'ai préféré aller aux obsèques de mes grand-mères suicidaires.

Ensuite j'ai inventé mille épitaphes

où apparaîtraient des mots contre l'oubli .

Lettres, douleur, regrets : abîmes dans l'abîme lui-même.

Didon, Phyllis, je le sais, m'ont appris à distinguer les couleurs du crépuscule

mais j'ai grimpé dans le train des conventions amoureuses.

Avec un chapeau je suis montée dans les wagons de la folie.

J'ai cru que je pourrais transformer mon doux chapeau en haut-de-forme déteint

en sortir peut-être une forêt,

un texte des nuages éteints

un épatant traité sur l'exténuant exil.

La forêt fut le livre effeuillé

et avec son l'épigramme j'ai recouvert mon propre cercueil.

Adieu chapeaux, adieu monsieur Huidobro.

Adieu les dieux dans lesquels Énée croyait.

Du haut-de-forme, plutôt qu'une

nous avons sorti mille tombes : des fleurs déteintes

et des textes passés sous silence.

J'ai voulu survivre

et j'ai embrassé un garçon d'Amérique Centrale.

Des craintes peut-être pour nommer l'amour.

Régimes clôturés de la tendresse.

Tristes pays sous forme de peau malade.

Nous sommes les vaincus,

Nous qui en lambeaux avions cru au mot Patrie.

Patrie et suicides comme emblème

des nouveaux textes.

Nous n'avons vu que des maquis pour faire éclater la lumière en forme de paroles.

Mort vive celle des suicides.

Didon, Phyllys, Sylvia, Alfonsina, Alejandra, elles savent que les seules prières

sont l'amertume du silence.

Ensuite, des lieux communs tels que cadavre – ombre – mort.

Nos amants sont partis dans des bateaux,

dans des corolles en forme de peur.

Nos poèmes sont restés dans la voûte des fantômes.

Mère des absentes.

Mère baiser dilué.

Phyllis, Didon :

Devrai-je partager encore mon corps avec l'absence ?

Devrais-je effeuiller les feuilles des livres pour recouvrir mon corps ?

Nudité orpheline de fleurs.

Clochers qui annoncent seulement la tradition de la tristesse.

Je suis sur le point de m'inhumer.

Je suis sur le point de céder devant l'écriture d'un poème.

Je ne trouve plus le tableau de Séraphine Louis

pour pouvoir me rappeler le discours des fleurs.

Didon, Phyllis, Alfonsina, Sylvia, Alejandra

Où puis-je déposer les paroles qui, je croyais, avaient la couleur d’Éros ?

Toucher en retard, merveilleusement devenu cercueil des histoires.

Je retrace les noms, les noms des suicidaires et le nom de mon amant.

Thanatos vomit sa fumée d'allergie au toucher, aux paroles.

 

Rocher qui saigne sera mon nom

Peu importe s'il y a un certificat de décès peint comme un récit.

 

III

Je suis née à n'importe quelle heure de l'hiver

Douce saison pour attendre les tristesses

Les nouvelles déesses m'attendaient

Héroïdes / Suicides / Combattantes de mots

Dans une horloge, pas de place pour les heures de l'absence ni de l'indifférence

Ni de l'oubli ni de l'abîme étendu à notre corps.

Les déesses restent encore

dans les annales du soupçon d'Homère et d'Ulysse.

Nous n'avons pas voulu reconnaître que parfois

nous avons embrassé des couleurs démentes.

Épées, séconal, pillules mortes

Épées, séconal : peut-être une même tombe.

Fosse commune pour celles fardées de passion et de folie.

 

IV

Je creuserai ma propre tombe :

rocher qui saigne

rocher transi, fatigué par la multiplicité des absences.

Rite funéraire clôturé.

J'occuperai la place des suicides.

Didon et Phyllis reposeront enfin hors de la tombe.

 

 

 

DÉFILÉ DÉSOLÉ UNE SECOUSSE DE PLUS À CDMX1

DESFILE DESOLADO UN TEMBLOR MÁS EN CDMX

EDUARDO CERECEDO

 

 

 

 

Salen de la CDMX camiones de volteo

unos llevan una bandera nacional parpadeando

otros banderas de piratas, otros de su equipo favorito

todos llevan en su carga, las miradas de los dolientes,

la angustia de su gente, los corazones latiendo en esos

terrones de bardas, paredes, puertas, ventanas, lámparas

que colgaban y daban en su vaivén el sino de sismo de la casa,

del departamento, de la sotehuela, del baño, de la cocina,

de la recámara, de la sala, ahí van repartids en dolor, copeteados

de ardor en los ojos, los camiones son de colores, rojos, azules, verdes,

negros, unos descarapelados como edificios aún firmes, otros nuevos

estrenando el dolor en sus carrocerías, inaugurando algún suspiro

de los que miran.

Se han arremolinado los ojos en aquel desfile de defunción, algunas ropas

emulan esas banderas del adiós, agitándose por su cuenta entre el cascajo

que tiembla en la carga que irá a rellenar otras grietas abiertas el mismo día

en que cayeron las víctimas, en otros campos, en el mismo

cielo que ves.

Una mano de entre tantas se levanta de ese bosque de penuria, dice adiós

sin esperar respuesta. Un machetero responde el saludo a la queja de motores

abandonando la ciudad en ese desfile desolado que tiembla ahora por los

baches del camino.

 

 

 

 

EDUARDO CERECEDO

DÉFILÉ DÉSOLÉ UNE SECOUSSE DE PLUS À CDMX1

Traduction par Miguel Ángel Real

 

 

Des camions à benne quittent CDMX

les uns portent un drapeau national qui clignote

d'autres des drapeaux pirates, ou encore ceux de leur équipe préférée

tous portent dans leur charge les regards des malheureux,

l'angoisse de ses gens, les cœurs battants dans ces

cloisons en terre, dans ces murs, ces portes, ces fenêtres, ces lampes

qui pendaient et dans leur va-et-vient sonnaient le destin sismique du foyer,

de l'appartement, de la cour, de la salle de bains, de la cuisine,

de la cour, du salon, les voilà qui partent agencées dans la douleur, remplis

d'ardeur dans leurs yeux, les camions sont de couleur rouge, bleue, verte,

noire, les uns écorchés comme des édifices encore solides, d'autres neufs

qui étrennent la douleur dans leurs carrosseries et inaugurent un soupir quelconque

de ceux qui regardent.

Les yeux se sont agglutiné dans ce défilé de défunts, quelques vêtements

émulent ces drapeaux de l'adieu, s'agitant de leur côté parmi les gravats

qui tremblent dans la charge qui ira remplir d'autres fissures ouvertes le jour même

où les victimes sont tombées, dans d'autres champs, dans le même

ciel que tu vois.

Une main parmi tant d'autres se lève dans cette forêt de pénurie, elle dit au revoir

sans attendre de réponse. Un ouvrier répond en retour à la plainte des moteurs

et abandonne la ville dans ce défilé désolé qui tremble maintenant dans les

nids-de-poule du chemin

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