Blog El descarnamiento del Arte

Elementos filtrados por fecha: Noviembre 2020

 

 

DE FRANCIA A MEXICO (1)

ARNAUD BOURVEN - LA CERCA

Traducción de Elise Person

 

 

 

Estos poemas fueron publicados en 2017 en la Editorial francesa RAZ,

en una colección dedicada conjuntamente a dos autores franceses y dos mexicanos.

Hoy les presentamos el texto La haie -La cerca”, de Arnaud Bourven,

traducido al español por Elise Person

 

Más información en https://razeditions.jimdofree.com/catalogue/collection-raz-fr-mx/

 

 

 

de ella

qué decir

que no sea herida

 

acurrucarse en ella

les parece

posición sostenible

 

me acuerdo

de los blancos entre las ramas

nunca cerradas

 

intentar la travesía

algunos desgarros

a nuestros respiros

 

solas

las horas pasan

frases que no alcanzan

 

inmensa ceguera

incendiada de sombras

rayos mezclados de agua

 

la sequía

inclinada sobre ella

la siembra

 

ver un día más claro

entre las cercas

que en nuestras escrituras

 

acercarse a ellas

labios armados de arcilla

manos marcadas de moras

 

que las zarzas salvajes

nunca desramadas

nos enseñen lo humano

 

 

 

 

 

 

d’elle

que dire

qui ne soit blessure

 

s’y blottir

vous semble-t-il

position tenable

 

je me souviens

des blancs entre les branches

jamais refermées

 

tenter la traversée

quelques accrocs

à nos respirations

 

seules

les heures passent

phrases qui n'atteignent pas

 

immense cécité

incendiée d’ombres

éclairs d’eau mêlés

 

la sécheresse

penchée sur elle

l’ensemence

 

y voir un jour plus clair

entre les haies

qu’en nos écritures

 

s’en approcher

lèvres armées de glaise

mains grêlées de mûres

 

que les ronciers sauvages

jamais ébranchés

nous enseignent l’humain

 

 

 

 

 

 

 

 

quizás solamente

dos o tres especies

siempre recordadas

 

atentas

inclinadas

incisivas

 

suma desmesurada

de todos nuestros actos

en un solo desenlace

 

penetrarla parece improbable

hay las zarzas

guaridas de los avispones

 

el viento

más árido

renuncia

 

las bestias

en ella encuentran

algún descanso inquieto

 

en huecos

colmillos y aguijones

inscriben su revancha

 

quien para regalarle a la cerca

desde tanta altura

hablar de la muerte

 

palabra

que puede cruzar la cerca

sin captar esos vocablos

 

el pájaro que abre el hueso

para tragar la almendra

nos mostrará la vía

 

dar cuenta

de tales profundidades

cuando la tierra vacila

 

peut-être seulement

deux ou trois essences

toujours ressassées

 

attentives

inclinées

incisives

 

somme démesurée

de tous nos actes

en un seul dénouement

 

la pénétrer semble improbable

il y a les ronces

tanières des frelons

 

le vent

le plus aride

renonce

 

les bêtes

y recouvrent

quelque inquiet repos

 

en creux

crocs et dards

inscrivent leur revanche

 

qui pour offrir à la haie

d’aussi haut

parler de la mort

 

parole

qui peut franchir la haie

sans saisir ces mots

 

l’oiseau qui ouvre le noyau

pour avaler l’amande

nous montrera la voie

 

rendre compte

de telles profondeurs

quand la terre hésite

 

 

 

 

 

 

 

lo que atraviesa

lo que separa

no puede definirla

 

decirla más cercana

cuando deja

de atravesar y separar

 

nada frenará

sus raíces resecas

sus frutos negros

 

la doblamos

la cortamos

le ordenamos el silencio

 

pero acumula

bajo la poda

sombríos deseos

 

recoger los destinos

que deja colgar

de sus astillas

 

cuando el hombre

le hace frente

él naufraga

 

ella no da ninguna respuesta

a los fragmentos

que aísla

 

ella sirve de base

a la cicatriz

sólo la acompaña

 

un día

resulta posible

cruzarla

 

acabar por fin

la frase real

de las cercas

ce qu’elle traverse

ce qu'elle sépare

ne peut la définir

 

la dire au plus près

quand elle cesse

de traverser et de séparer

 

rien n’endiguera

ses racines asséchées

ses fruits noirs

 

on la plie

la taille

lui intime le silence

 

mais elle engrange

sous l'élagage

d'ombrageux désirs

 

ramasser les destins

qu’elle laisse pendre

à ses échardes

 

quand l’homme

lui fait face

il chavire

 

elle n’apporte aucune réponse

aux fragments

qu’elle enclave

 

elle sert de socle

à la cicatrice

seulement l'accompagne

 

un jour

il devient possible

de la franchir

 

achever enfin

la phrase réelle

des haies

 

 

 

 

 

Publicado en VENTANA FRANCESA

 

 

DE FRANCIA A MEXICO (y 3)

 PHILEMON LE GUYADER

 BIANCA

 Traducción de Elise Person

  

Estos poemas fueron publicados en 2017 en la Editorial francesa RAZ,

en una colección dedicada conjuntamente a dos autores franceses y dos mexicanos.

Hoy les presentamos el poema Bianca, escrito por Philémon Le Guyader

y traducido al español por Elise Person.

Más información en

https://razeditions.jimdofree.com/catalogue/collection-raz-fr-mx/

 

 

 

L'Univers tout entier

 

des millions de milliards d'étoiles

notre amour le miroir

notre amour

 

le ciel venait de s'embraser

une brûlure intense

 

un bleu-vert-gris-rouge qui te fait tanguer

qui te fait tanguer puis te fait aller

 

Bianca

tu es mon horizon

ma Proxima du Centaure mon ruban translucide

et bien plus encore

mon horizon indéfinissable

 

le reflet éclatant

une constellation perpétuelle

 

 

 

 

El Universo entero

 

millones de billones de estrellas

nuestro amor el espejo

nuestro amor

 

el cielo acababa de incendiarse

un ardor intenso

 

un azul-verde-gris-rojo que te hace oscilar

que te hace oscilar y luego te hace ir

 

Bianca

eres mi horizonte

mi Próxima Centauri mi cinta translúcida

y mucho más

mi horizonte indefinible

 

el reflejo luminoso

una constelación perpetua

 

 

tu brilles

au plus profond du ciel tu brilles

 

ta beauté tu es multiple ta beauté

avec toi je navigue avec toi

navigue la couleur

les sentiments

 

Bianca je t'aime

 

et si je t'aime Bianca

si je t'aime c'est pour l'amour de l'existence

 

la peinture l'amour la peinture

la sensibilité

la musique l'amour la musique

 

Bianca Bianca je t'aime Bianca je t'aime

 

l'Univers tout entier

Univers mélange Univers

 

 

 

brillas

en lo más profundo del cielo brillas

 

tu belleza eres múltiple tu belleza

contigo voy navegando contigo

navega el color

los sentimientos

 

Bianca te amo

 

y si te amo Bianca

si te amo es por el amor de la existencia

 

la pintura el amor la pintura

la sensibilidad

la música el amor la música

 

Bianca Bianca te amo Bianca te amo

 

El Universo entero

Universo mezcla Universo

 

 

 

ton arc-en-ciel

dans l'espace je love je love dans l'espace

ton arc-en-ciel

un océan

qui flotte qui divague qui est là

 

une indéfinissable présence

 

Bianca

tu es la lueur astronomique du Love

le parfum coloré de l'amour

la vie perpétuelle

 

je t'aime je t'aime je t'aime

 

Always Forever Now

toujours pour toujours maintenant

 

je t'aime

je t'aime

 

 

 

 

tu arcoíris

en el espacio yo love yo love en el espacio

tu arcoíris

un océano

que flota que delira que aquí está

 

una indefinible presencia

 

Bianca

eres el destello astronómico del Love

el perfume colorido del amor

la vida perpetua

 

te amo te amo te amo

 

Always Forever Now

siempre para siempre ahora

 

te amo

te amo

 

 

 

être emporté au sommet de soi-même

peindre et repeindre

la vie présente

 

se transformer en cendres

 

Bianca

 

ce point brillant nulle part

partout

le festival du dragon

 

je t'aime

nous irons

 

Bianca

Bianca

Bianca

 

nous irons

 

nous irons

brille brille

Bianca brille Bianca

 

nous irons

 

L'Univers tout entier

 

 

dejarse llevar hacia la cima de sí mismo

pintar y volver a pintar

la vida presente

 

transformarse en cenizas

 

Bianca

 

este punto brillante en ninguna parte

por todas partes

el festival del dragón

 

te amo

iremos

 

Bianca

Bianca

Bianca

 

iremos

 

iremos

brilla brilla

Bianca brilla Bianca

 

iremos

 

El Universo

Publicado en VENTANA FRANCESA
Sábado, 28 Noviembre 2020 04:38

Crassula / Por Felipe Díaz /

 

 

Crassula

Por Felipe Díaz

 

Cuando la cuarentena comenzó, Elvira se sentía aliviada de no tener que malbaratar tres horas diarias de su vida en ir y venir del trabajo. Podría convivir con su esposo, José, quien también haría home office y con su hija Sofía, de diecisiete años, quien, a su vez, concluiría la preparatoria desde casa. La pandemia prometía ser muy provechosa para tener tiempo de calidad: volver a pintar, avanzar la fila de libros por leer y regenerar sus menoscabadas plantas que a penas respiraban en su patio.

 Después de ciento ochenta días de cuarentena, la primavera y el verano habían perdido sus encantos en los vapores del hastío y el otoño enfriaba aún más la decaída temperatura del hogar. En los primeros días de septiembre le anunciaron que, debido al descenso imparable de las ventas, la compañía para la cual trabajaba cerraría definitivamente. Se liquidaría a todo el personal antes que no hubiera recursos para hacerlo. Sofía, en un rebrote de adolescencia, se había convertido en una especie de gato huraño, irreverente e insoportable. –No sé si lanzarla por la ventana, o esperar a que ella lo haga– susurraba Elvira con un vaho inaudible. Los libros y pinceles continuaban en confinamiento, y José, bueno, él era la gota que derramaba la cerveza: gordo, descuidado y mal vestido, se embonaba todos los días en el sofá y desde ahí pastoreaba los pedidos de sus clientes.

 Las plantas eran las únicas que parecían estar dispuestas a liberarse del encierro y se encaminaban ufanas hacia el sol y la luna. Elvira las cuidaba más que a nada. Les tomaba fotografías todos los días y las publicaba en las redes sociales. Se unió a un grupo llamado “Jardinería decorativa online”, en donde mantenía una nutrida comunicación con los demás participantes.

 El patio brillaba en particular por una planta: sus ramas lisas y brillosas desencadenaban en unas aceitunadas hojas ovales y robustas, que parecían estar a punto de reventar de vida. Los delgados, colorados y aterciopelados troncos eran coronados por unas hermosas flores, explotando en todas direcciones, como sonriendo y opacando a cualquier color de sus vecinas; sus pétalos se disponían en dos niveles de formación pentagonal, en una coreografía visual con cinco anteras. Ella no recordaba cuándo la había adquirido esa belleza, ni de qué tipo era. Subió una foto al grupo, con la esperanza que alguien la identificara. En tres días la publicación había cosechado más de doscientas reacciones, pero nadie proporcionaba el nombre.

 Una tarde, después de la desganada y multiplicadora faena de lavar trastes, el sonido de un mensaje entonó en su teléfono: “Alonso León: Querida Elvira, la planta que adorna tu hermoso jardín se llama crassula”.

 Estaba a punto de buscar “crassula” en internet, pero la foto de Alonso, con una barba abundate y plateada, arqueada por una desenfadada sonrisa, la desvió de su intención. Husmeó en su perfil. Todo en sus fotos era tan natural: paisaje, cielo, ropa de lino y algodón… y viñedos. Era indudable que se dedicaba a la preparación de vinos. “Residencia actual: Tarragona, España”. El interés de Elvira crecía como su crassula. Observó repetidas veces la pequeña colección de imágenes. Titubeó unos minutos y le envió una solicitud de amistad. Su corazón cabalgaba con rapidez. “Calma Elvira, pareces adolescente”. Lo cierto es que esa noche revisó constantemente el celular esperando la respuesta de Alonso, como una jovencita en espera del profesor guapo. En la mañana la pantalla del celular indicaba el mensaje: Alonso León ha aceptado tu solicitud de amistad. “Hola Elvira, gracias por enviarme tu solicitud de amistad. Espero que tengamos una amistad tan bonita como tú”.

 

Los siguientes días estuvieron nutridos de mensajes entre ambos. De las plantas y sus cuidados pasaron a sus gustos y disgustos por la vida; a los viñedos de Tarragona y las calles de Barcelona; de las canciones en catalán al sentimiento de los mariachis. La novedad de ser desconocidos motivó a que ella se abriera como sépalo a punto de florear. Él la hacía sentir especial, como hacía años no ocurría. No había ningún tipo de barrera. De intercambiar fotos de México y de España pasaron a las fotos personales, y después a las íntimas. La lejanía física entre ambos le daba a Elvira la tranquilidad de no verse atrapada en la enredadera del amor. Sin embargo, en la intimidad de su diminuto vergel, el roce de la crassula en la piel le avivaba la sangre y la dirigía a su vientre. Durante la cena, con su distante familia, sólo pensaba en Alonso. Ya no sentía el aislamiento ni la parsimonia de las semanas anteriores.

 

Una sorpresa más, que rompió la interminable cuarentena, fue un mensaje de Alonso, corto, pero con la intensidad del mar que los separaba: “Estaré en México en noviembre, cariño. Fúgate conmigo unas semanas, te vienes a España, ¿cómo ves?”. En plena pandemia, con rebrote en España, él había conseguido un viaje para cerrar un importante negocio en México.

 Elvira perdió todo balance. Durante un par de días no respondió nada. Apagó el celular. Sólo la acompañaba un desapercibido silencio.

Una mañana, con los ojos húmedos de ilusión, ilusión que rompía tantos meses de tristeza, encendió el celular y escribió: “¡Sí!”

 Su ánimo ya no se marchitaba más. Por su lado, Sofía continuaba recluida en la recámara y José, gordo, descuidado y mal vestido, aplastado en el sofá, ni se imaginaba lo que pasaba por la vida de su esposa. Sólo floreaban sus emociones y su jardín.

 “¡Ya estoy en México!” Escribió Alonso esa mañana tan esperada por ella. Él se hospedaría con un socio, José Manuel Rosales, y después de dos días se irían a Europa. Dos días en los que la maleta de la huida fue cuidadosamente preparada.

 Más tarde le escribió nuevamente: “Elvira, Elvira. ¡Me pasó algo terrible! ¡No sé qué hacer! El taxista que me trajo del aeropuerto me asaltó. Me llevó por una colonia horrenda, me apuntó con una pistola y se llevó mis tarjetas de crédito y el efectivo que traía para José Manuel. ¡No sé qué hacer! ¿Será posible que me prestes tres mil dólares? Si te es posible, deposítalos en la cuenta de Alonso. Te los pago cuando lleguemos a España”. Ella no dudó en apoyarlo, tomó el dinero de su liquidación y realizó la transferencia.

 Dos días después, con el corazón irrigando sus pasos, Elvira salía de su casa jalando una gran maleta. Cuando estaba solicitando el servicio de taxi, un auto gris oscuro se paró frente a ella, dos hombres con cubre bocas y guantes salieron del vehículo y se acercaron.

— ¿Elvira Santana? Disculpe señora, somos de la Procuraduría. ¿nos permite unos minutos? ¿conoce usted al señor José Manuel Rosales? — Ella permaneció plantada, en silencio.

—Quizás le sea familiar el nombre de Alonso León.

—Sí, ¿qué pasa con él? ¿está bien? — La adrenalina estaba a flor de piel.

Los oficiales se miraron. —Mire, señora, el señor José Manuel Rosales, alias Alonso León, alias Luis Marsé, alias Valentí Serrat, alias Jordi Mendoca, es un estafador, mexicano, que ha engañado a muchas mujeres. Sabemos que ha estado en comunicación con usted y le pidió dinero para resolver “una urgencia”.

 Ante la incredulidad de la enamorada, detallaron el modus operandi de “Don Juan”. Le mostraron, en una tableta, fotos de sus distintos personajes: Pintor, hombre de negocios, productor de espectáculos y comerciante. Le enseñaron estados de cuenta de diversos bancos y compañías de telefonía. Se enteró de otras mujeres que se habían quedado esperando en el aeropuerto la aparición del amante.

 Mientras el desfile de evidencias continuaba en la pantalla, un mensaje de un número desconocido llegó al celular de ella, era de Alonso… de José Manuel: “Elvira, sé que los policías están contigo. Necesito explicarte todo. Por favor, necesito verte en el Hotel Las Fuentes, cuarto 203, en cuanto ellos se vayan. Realmente estoy enamorado de ti. Cuando salía hacia el aeropuerto para verte, ellos llegaban a mi domicilio. Por favor, déjame verte”.

 Guardó su celular y esperó a que los oficiales terminaran el interrogatorio disfrazado de cortés visita: — Entonces, señora, si desconoce el paradero del señor Rosales, si no responde en su número celular, le entrego mi tarjeta para que, por favor, me avise de inmediato si la vuelve a contactar — y se marcharon.

 Sin que su esposo ni su hija notaran su presencia o su ausencia, entró a casa, caminó a su recámara y se sentó en su cama. Después de varios suspiros, sin quitar la vista del mensaje en su celular, tomó la maleta y las llaves de su auto. Estaba dispuesta a hacer realidad la ilusión de una nueva vida. Se encaminó hacia el hotel.

 El eco de sus pisadas en el pasillo que conducía a las habitaciones la puso más alerta aún. Golpeó con cautela en el cuarto 203. José Manuel abrió la puerta inmediatamente.

 — Elvira, gracias por venir. Necesito explicarte todo: no te mentiré, lo que supongo te dijeron los policías es cierto, desde hace meses me he dedicado a estafar a mujeres a través de las redes sociales. Espero que me entiendas, así como tú te quedaste sin empleo, así mismo me pasó a mí. No he encontrado trabajo desde entonces y he podido mantenerme gracias a mujeres que están ansiosas de amor y atención…

 La lluvia de explicaciones varios minutos. Ella se mantuvo inmóvil y callada, con el cubre bocas puesto. — Mira, para que tengas un poco de confianza en mí, toma, este es el dinero que me depositaste—. Extendió la mano con un sobre. Ella lo tomó. Miró unos segundos más a José Manuel, giró con garbo hacia el pasillo, y comenzó a caminar de regreso al estacionamiento.

 De vuelta en su casa, entre el verdor de las plantas de su lugar privado, tomó el celular y marcó el número de la tarjeta del oficial. — Buena tarde, soy Elvira Santana, pueden localizar al señor José Manuel Rosales en el hotel Las Fuentes, cuarto 203. Para que lo pueda reconocer, él está gordo, descuidado y mal vestido.

Las flores de la crassula se inclinaron apesadumbradas ante el invierno que las mitigaba.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

La muchacha-caguar,

pájaro con virtud

Guillermo José Fernández Ampié

 

 

 

Desde muy pequeño Lindolfo Rayovak soñó con atrapar un animal que tuviera virtud, pero comenzaba a alcanzar esa edad en la que se pierde la fe en deidades y prodigios. Lo único que había logrado capturar hasta entonces eran chacalines, guardatinajas, guatuzas, cusucos y una que otra danta con las que habían conjurado muy bien el hambre y la soledad de la montaña.

Sin embargo, en los descansos realizados mientras monteaba en busca de una sabrosa cena, Lindolfo se distraía e inadvertidamente volaba sobre la colosal floresta que le rodeaba (en el lugar que le vio nacer el cielo tiene una tonalidad verde y carece de nubes), y en su gradual ascenso volvía a él la inquietante certeza de que encontraría la criatura con  misterioso poder para transformar su vida. El abuelo así lo había prometido cientos de veces.

Cierta tarde, al regresar del platanal salió a su encuentro una hermosa vaquilla. Blanco como un resplandor, el animal mugía alocadamente mientras movía la cabeza a uno y otro lado como ofreciendo alguna indicación. Parecía sonreír al indígena, bailarle desafiante. El deseo de atraparla mordió los pies de Lindolfo y puso en circulación su ardiente veneno. Le eran familiares los relatos de vaquillas con virtud.

¡Ah!, si atrapas una, serás el ganadero más rico de la región; traen poderosa fortuna.

Corrió tras al semoviente, pero éste parecía flotar sobre el sendero. A punto estaba de alcanzarle cuando el animal se esfumaba ante sus ojos, para luego reaparecer metros más distantes. Así la correteó por un buen trecho hasta que la vaquilla se internó en la montaña, desde donde llegaban sus mugidos, aunque él ya no lograba verla.

Lindolfo no supo si la vaca mugía para atraerlo o nada más se burlaba de él, pero como la necedad por atrapar un sueño para salir de la escasez lleva a pensar con torpeza, no dudó adentrarse a la selva tras las huellas del enigmático animal. Por suerte, el ángel que acompaña a los mískitos aunque no hayan sido bautizados le advirtió del engaño: A las reses no les gusta adentrarse en la montaña, así lo deseen los tigres. Y solo las vacas del demonio desafían a los jaguares.

Tras recibir el pensamiento como una revelación, Lindolfo deshizo lo andado corriendo veloz y atolondrado, tropezándose con raíces y reventando los densos bejucos que engalanaban los árboles. De regreso en su ranchita contó lo sucedido. Comprobó con cierta tristeza que aún lo alentaba un sueño del que no pudo deshacerse siquiera durante esa agobiante carrera. Por eso, poco tiempo después lo obsesionó la idea de apoderarse de un escarabajo con virtud. Comenzó entonces a buscar a esos escurridizos animalitos que muchas veces desde las orillas de la montaña le habían contemplado sin parpadear, con sus ojillos bermejos, mientras él se esforzaba por ahuyentar a los congos que bajaban hasta sus frutales y se burlaban con gestos obscenos.

Tal fue su empeño que una descuidada noche logró aprisionar uno, quizás el más confiado de todos los escarabajos-virtud, que se atrevió a llegar hasta la misma entrada de la choza como invitado a alguna velada. Lindolfo lo capturó ayudado de candiles y sábanas de retazos multicolores. En sus manos el escarabajo ostentaba una espectacular cornamenta que le daba el aspecto de un diminuto alce. Su caparazón reflejaba a una vez todos los colores posibles. Amigo de innumerables insectos de la selva, Lindolfo jamás había visto un bicho de esa naturaleza. Lo encerró en una caja de fósforos que luego envolvió en un pañuelo y ató con decenas de nudos a la cumbrera de su rancho. Se acostó feliz.

Al día siguiente despertó apurado para contemplar el tesoro a la luz del sol. El atado estaba tal como lo había dejado la noche anterior, pero su ilusión había sido saqueada. A Lindolfo ya no le importó si tenía o no virtud, se habría contentado con admirar la magnificencia del portentoso escarabajo. En vano se esforzó por encontrar sus huellas, y ahí mismo supo que nunca más vería otro igual…

Mucho tiempo después, convertido ya en hombre, descansaba tras nadar largo rato en el río cuando escuchó cantar a lo lejos un pájaro-caguar. De todas esas insólitas aves –un trozo de noche que vuela cargando un diminuto sol aferrado a su pecho–, una de ellas posee el encanto de la virtud. Como palmera talada por la tormenta se desgajó el anhelo de su infancia. “El caguar, si pudiera atrapar un pájaro-caguar”, pensó unos segundos, pero dejó que la idea fuera arrastrada por la corriente como ofrenda a los espíritus del río.

Nadie sospecha cuándo aparecerá un ser encantado ni la forma que tomará, pero el indígena supo, desde que la vio llegar a su rancho una mañana de marzo, que esa muchacha de cotona gris, tez oscura tez y cuerpo ligero, le entregaría un tesoro con el que él sería capaz de crear árboles, agua, lluvia, vientos, sol, tierra, bananos, casa, vida, y más. La montaña ofreció algunos indicios. Ese verano las chicharras cantaron con mayor algarabía y, desde que ella llegó, la calurosa soledad que cubre la selva cada tarde se disipaba con mayor rapidez. En el río, los espíritus sonreían.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

Por un puñado de pesos

Héctor Justino Hernández

 

 

Lalo caminaba por Calle Real, a su lado iba Alfonso. No llevaban prisa. Al contrario, su andar acompasado tenía la cadencia de los perros recién alimentados que se dirigen a sus ocupaciones diarias. Solo que esto era una apariencia, una ficción, el intento de parecer más rudos de lo que realmente eran. Llevaban un día entero sin comer y no estaban seguros de cuánto más sería así. Atardecía. Grupos de jóvenes con uniforme escolar volvían a sus casas, trabajadores de oficina esperaban en las paradas de camión. El tráfico que precede a la noche era denso y polvoso. Hacia los cerros, gruesas nubes se acercaban a la ciudad. Del otro lado, un sol dejaba caer sus rayos oblicuos, manchando de luz los techos. Lalo tenía su mano izquierda metida en el bolsillo del pantalón, en secreto jugaba con las últimas monedas que le quedaban. Tanto tiempo había hecho esto que su mano comenzaba a sentir el calor de la fricción. Miró de reojo a su amigo. Alfonso tenía el cabello restirado con gel hacia atrás, se le notaban los surcos del peine. Su nariz, gruesa como un higo, tenía puntos negros visibles aun a la distancia. No pudo evitar una sensación de asco. Su amigo lo había apoyado en momentos difíciles y por eso no le decía lo que pensaba. No obstante, Lalo estaba seguro de que en cuanto la fortuna le sonriera, se largaría a un mejor lugar, donde podría olvidarse del barrio, de su familia, de todo. Y a lo mejor, entonces sí, le diría al otro un par de verdades.

—¿Te queda algún cigarro? —preguntó Lalo.

—Déjame ver. —Alfonso extrajo la cajetilla de su pantalón. Traía justo dos, le ofreció uno a su amigo y decidió que era buen momento para fumar el otro. Mientras Lalo encendía el suyo, su compañero comenzó a hablar, como para romper el hielo que se había instalado entre ellos desde hacía un par de cuadras:

—Te decía, de Marcela, yo creo que es una morra bien, no una desas güilonas. Namás que su mamá le ha metido ideas. Cree que no soy bueno y que namás la voy a engañar, pero ¿sabes?, yo la quiero bien, a veces, ya te dije, que nos peleamos, pero no es como si nos fuéramos a agarrar a madrazos. Igual y la convenzo de venirse conmigo.

—Pelas.

—Aguanta, sin albur.

Llegaron al río que atraviesa la ciudad. Sobre el puente, Lalo se detuvo mientras dejaba que el cigarro se le acabara en la boca sin apenas aspirarlo. Alfonso se detuvo a su lado. Quién sabe si seguirá pensando en Marcela, se dijo Lalo. Ya estaba harto de escuchar la misma cantaleta sobre aquella mujer. Pero no le decía nada a su amigo porque lo estaba acompañando a arreglar sus asuntos, y eso era de banda. Se recargó en la balaustrada. Dejó caer su peso sobre ella. Sintió el frío de la piedra enterrarse en su abdomen. Disfrutó del vértigo ante la perspectiva del vacío. Abajo, el agua se precipitaba hacia una pequeña caída que estaba más adelante. Un puente de metal conectaba dos edificios altos, separados solo por la corriente. Pensó que antes, a lo mejor, ambas construcciones pertenecían a una misma persona, y se imaginó una mujer con un largo vestido, como en los libros de texto de historia, que atravesara de un lado a otro el puente para reunirse con su amante. Un hombre fuerte que le brindara una pasión oculta, pero tempestuosa. Él podría ser ese amante. Sonrió ante la idea.

—¿Qué pedo?, ¿ya no vamos a ir?

Lalo arrojó la colilla con restos de brazas al río. La vio caer y perderse.

—Sí, vamos. Es que quería acabarme el cigarro con calma

—dijo, mientras se alejaban de la balaustrada y continuaban su camino— ese puente está chingón.

Desde que había perdido el trabajo, Lalo había decidido no hacer nada. Al menos no por un tiempo. Cindy, su novia y madre de su hijo, le reclamaba que el dinero con el que comían lo obtenía ella de su trabajo y de préstamos, ¿y qué hacía él? Cuidaba al niño, pero solo medio día, porque en las mañanas iba al kínder. Y por las noches llegaba ella. No podía quejarse, no era un trabajo de verdad. Y aparte de eso, nada más. Pero él no estaba para discusión, cuando ella andaba de malas y le reclamaba algo, Lalo salía al patio y fumaba un rato hasta que dejaba de escuchar la voz de Cindy, entonces entraba y trataba de hacerle el amor. A veces funcionaba y se contentaban unos días, a veces no y ella volvía a reclamarle. Entonces él salía e iba a las canchas de la colonia para no tener que escucharla más y volvía ya noche, cuando estaba dormida o a punto de. Esta rutina apenas tenía tres semanas, pero ya lo sentía como una eternidad. La liquidación de su último empleo estaba congelada, nadie quería darle razones y tampoco la cara.

—Oye, Lalo, te estoy hablando.

—¿Qué pedo?

—Que si pasamos por unas tortas antes de ir, tengo hambre y no podría hacerlo con el estómago vacío. Desde ayer no comemos. —La noche anterior se habían ido de juerga al Bar de don Pedro y se habían divertido a pesar de lo poco que llevaban.

—Creí que no tenías dinero.

—Bueno no, pero yo creo que me alcanza para unas tortas. ¿Le entras?

—Pues si me invitas.

—A quién le dan pan que llore —Alfonso rio.

Caminaron todavía un par de calles hasta encontrar un restaurante: Tortas Sammy. Se sentaron en la barra pegada a la pared y se comieron las tortas despacio, como si el día fuera eterno y no tuvieran más destino en la vida que comer. Alfonso otra vez hablaba, de Marcela, de las mujeres, de las mujeres que a él le gustaban, de las mujeres que a él le gustaban pero no le hacían caso en Tinder. Cuando terminaron volvieron a la calle, Lalo no tuvo más opción que invitar un agua con lo poco que traía. Y mientras pagaba pensó en lo maldito que era Alfonso por dejarlo gastar sus últimas monedas. Sin embargo, no dijo nada porque su amigo lo estaba ayudando en esto. Pensó que había esperado demasiado tiempo, que había intentado no alterarse, pero lo único que hacían era engañarlo. Ya verían ellos si no se las cobraba de alguna forma. Si no les daba una advertencia para que no anduvieran espesos, diciéndoles que no había llegado la liquidación, que volviera otro día cuando hubiera venido el supervisor. Llegaron al fin al hotel cuando comenzaba anochecer. Alto, con sus ocho pisos, azul oscuro, de grandes ventanales. Lalo le indicó a Alfonso que se trataba de ese. La noche anterior había pasado ya tarde para dejar un par de piedras grandes escondidas a plena vista.

—¿Estás listo? —dijo Alfonso.

—Espera... voy a preguntar una última vez.

Entró y al poco rato salió de nuevo, no parecía contento, no parecía nada. Pero había algo diferente en él.

—¿Qué te dijeron?

—Vamos a darle.

Se alejaron, dieron una vuelta a la manzana y esperaron un rato, cuando regresaron al lugar traían gorra y lentes oscuros y un paliacate que les cubría la mitad del rostro. Recogieron sus piedras y juntos las lanzaron contra los cristales del hotel. Corrieron. A sus espaldas escucharon los vidrios caer y el barullo de la sorpresa. Atravesaron la calle, sorteando los autos, se internaron en la ciudad. Tenían un plan trazado, no los encontrarían, se meterían entre las colonias, irían por unas mochilas, se cambiarían de ropa, no había forma de descubrirlos. Lalo sentía su corazón ladrar como un perro de pelea. Todo saldría bien, se dijo, y nunca le diría a Alfonso que sí le habían pagado, que en su bolsillo derecho donde otrora llevaba unas cuantas monedas y un encendedor ahora estaba el sobre de su liquidación. No se lo diría porque no quería invitarlo a comer, no quería que después le pidiera parte de ese dinero. Conocía el valor de Alfonso y no perdería por él ni un peso más.

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Jueves, 26 Noviembre 2020 05:41

Arena / Tania Hernández Rivera /

 

Arena

Tania Hernández Rivera

 

 

La marchita abuela se balancea en su mecedora, observa al horizonte con los ojos tan secos como la hierba de enfrente de la casa. Mira a la lejanía preguntándose cuándo volverá su hija ingrata. Entiende que en ese arenal los hombres se vayan más al norte pa' conseguí chamba; las malas mujeres como ella, esas malas madres que dejan a sus hijos a la buena de Dios, se van atrás del macho, pero su hija, esa niña ingrata se fue con una fulana, vaya a saber qué le dijo para convencerla, aunque lo más fácil es que le prometió lo que juran todos: sacarte de la miseria. Enfrente de la abuela hay una muchacha de pie entre la arena. Es tan joven que aún parecen recientes los surcos que hacía con un palo entre la hierba cuando jugaba por las tardes. ¿Qué otra cosa podría haber hecho? No podía irse muy lejos, con los otros niños y dejar a la abuela. Por las tardes era cuando más lloraba y la niña tenía miedo de que los sollozos o la tristeza la ahogaran. Así que pasaba todo el día junto a ella, rondándola como las polillas correteando las luces en verano. Ahora Salomé es una mujer y aunque ya no juega entre la arena intenta no dejar sola a la abuela que parece secarse por la tristeza. Salomé no odia a su madre ni tampoco se pregunta porqué se marchó con la Mary, aquella mujer chimuela y regordeta que solía venderse por unos centavos. No desea que se la hubiera llevado con ellas a vivir penurias más en el sur, pero quizá unas palabras de despedida le habrían hecho más llevadera la vida en el arenal. Y así se le van las tardes a la chica, pensando – igual que la abuela– en dónde estará su madre, ¿Besará, como dicen todos en el pueblo, aquella boca oscura y desdentada o solamente eran amigas en la pobreza que decidieron marcharse? Lo único que interrumpe a la muchacha de sus cavilaciones es el oído que tiene bien atento a los ronquidos del padre. Apenas se despierta, exige comida, aunque ya no haya nada en ese arenal más que ramas secas y la abuela en su mecedora; acto seguido se va a la cantina a olvidar a esa puta que la dejó por una vieja zorra. Puras mentiras, pretextos para matarse con alcohol. Es más sencillo a dejar que lo mate el hambre. Otra cosa ha perturbado hoy los pensamientos de la chica, la vigilia de la abuela y el padre durmiente: son los chiflidos de Rubén que camina hasta el viejo taller mecánico de su familia. En ese arenal no hay comida y mucho menos coches, pero el taller es el único lugar que más o menos tiene trabajo por aquellos turistas pendejos que dan mal algunas curvas y terminan en el pueblucho de Salomé. Rubén y ella se conocían desde que iban al catecismo en la iglesia. Apenas se saludaban pero siempre se veían. Hoy se miran de nuevo, se sonríen hasta donde la piel curtida por el sol se los permite. Salomé recuerda que Rosita le dijo que tuviera cuidado con el mecánico: mira como si viviera en él el demonio. La chica niega con la cabeza, ha visto al diablo antes y no vive en Rubén; éste vive en las botellas que destapa el papá a mediodía, en la pesadumbre de la abuela, en la madre que se fue con la zorra y dejó a su hija... Por la noche, en su cama, Salomé se promete que mañana que pase Rubén le hablará. Se dejarán de miradas y quizás hasta se besen en la boca, como lo hace la madre con el hoyo oscuro desdentado. Se lo promete a Dios y las cigarras le hacen coro haciendo que sus plegarias lleguen al cielo. Otro día en que la abuela marchita por la tristeza y el sol se balancea en su mecedora, los ronquidos del padre hacen retumbar la incipiente casa de madera y una muchacha con los pies entre la arena espera al mecánico para pedirle que se la lleve lejos: que la saque de la miseria, que se la lleve al sur donde todo es verde y hay ríos en donde lavarse la cara después de una larga caminata, hay plátanos y frutas de colores y nada de arena que se meta entre los dedos o debajo de las uñas… Rubén por fin pasa, se detiene un segundo para mirar fijamente a Salomé: las cigarras le han confesado el secreto nocturno de la chica. Él sonríe y continua a avanzando, pero en su cabeza ronda la idea de largarse muy lejos con la muchacha, dejar atrás el mugriento taller mecánico con carteles de mujeres voluptuosas y manchas de aceite por todos lados. Sí, en la noche irá hasta la casa de la chica y le propondrá alejarse del enorme arenal, de la abuela en su mecedora, de los susurros pueblerinos que recuerdan a la madre y su amante sin dientes… Mientras Salomé lo espera con los pies entre la arena, Rubén trabaja en el taller; escucha a su padre quejarse porque no hay trabajo, lo regaña un par de veces por la lentitud, no sabe que Rubén ya está muy lejos, contando las horas para hablar con la muchacha y pedirle que se vayan. ¿Salomé será igual que su madre? ¿Bastará con decirle que se marchen o querrá una boda fugaz en la iglesia del pueblo? No, va a convencerla de que eso no es necesario. Dios lo entenderá. Después de todo, él fue el que los puso en ese arenal alejado de su mano. Hasta el pecado se ha largado. Las cigarras cantan entre la maleza muerta, parecen entonar los deseos de los jóvenes amantes que han pasado la tarde pensando en la nueva vida que tendrán en el sur. El padre de Salomé ha estado toda la tarde roncando, mas cuando escucha el cantar de las cigarras sabe que es hora de ir a la cantina. Presta un poco de atención a la música de los insectos y sabe que su hija es igual a su madre: desea abandonarlo. Antes de irse, le echa seguro a la puerta. Esta puta no se le escapa. Salomé espera a que se vaya su padre a la cantina y que la abuela se acueste a dormir, pues aunque ella ya no ve ni escucha nada que no sean las falsas esperanzas por el regreso de su hija, no quiere que la vea marcharse con el mecánico. Se acerca quedito a la puerta para no hacer ruido, pero ésta no se abre. Alguien ha cerrado la puerta con llave. El alma le cae a los pies, su padre ya lo sabe. Nunca podrá irse de ese arenal. Se acuesta en su cama con la resignación que le enseñaron en el catecismo donde conoció a Rubén y entonces envidia profundamente a la madre que la abandonó, aquella que sí pudo irse y que desde hace muchos años no sabe lo que es tener arena hasta en las puntas del cabello. El cansancio y la desilusión han hecho que Salomé duerma profundamente, sin embargo el silencio repentino donde ni siquiera las cigarras, ni los grillos, ni las polillas buscando desesperadamente una luz a la cual aferrarse perturban la oscura tranquilidad: es el sonido de la tragedia. Afuera se escuchan voces, gritos, después un quejido y finalmente nada. Salomé corre a la puerta y exige que le abran. El padre, apenas capaz de mantenerse en pie hace girar la llave y la puerta cede. La muchacha corre entre la arena y el silencio buscando una explicación. La encuentra no muy lejos. Ahí, en las matas de un verde moribundo, está Rubén con la cabeza abierta por una piedra… Salomé regresa a su casa. Se acomoda en la cama y se duerme. En sus sueños no hay recuerdo del mecánico con la frente fracturada, sólo hay arena enrojecida y silencio. En la mañana, el padre cubre el cuerpo del mecánico con las matas en donde cayó, toma la roca asesina y la entrega a su hija: un recordatorio de que jamás se irá del pueblo. Salomé lo ve marcharse más temprano a la cantina, ni siquiera se molestó en cambiarse la camisa ensangrentada. La muchacha se sienta a los pies de la abuela y observa aquel punto muerto en que la anciana posa su vista. Toma la piedra y la avienta lo más lejos que puede. Su padre se equivoca. Un día se largará de ese maldito pueblo, aunque le tomará más tiempo. Ha elegido el mismo camino que Rubén. No tardando, en unos días o en unos meses, quizá en la noche en que las cigarras chismosas canten satisfechas de sus traiciones o por la mañana en que la abuela se balancee en su mecedora, Salomé se irá. Que el padre lo espere, no tardará mucho la arena en volver a teñirse de sangre.

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Jueves, 26 Noviembre 2020 05:15

REINAS GODAS Miguel Lorente García

 

 

REINAS GODAS

Miguel Lorente García

 

Hemos sufrido mucho mi amigo y yo para culminar nuestro trayecto. Mi persona tambaleándose, apenas de píe, y él inerte, comido en parte, llevado por mí como un saco de piedras sobre los hombros.

Lo empezamos a pasar mal incluso antes de nuestra partida, desde la víspera, cuando dimos la noticia a nuestros familiares, y, junto a ésta, la promesa de que haríamos lo que fuera por volver a casa sanos y salvos aunque lograrlo fuese tan improbable, y la nueva de que habíamos abandonado nuestros empleos de siempre para siempre, los cuales suponían el sustento de todos ellos.

La primera noche, muertos de frío y sed en el arbolado monte, las alimañas saquearon el cuerpo de aquél que me seguía, compadre mío desde la infancia, sin él apenas notarlo, más en la tumba que vivo. Llevábamos toda la jornada padeciendo la algidez en los miembros, y en las sienes y el ánimo los gemidos desesperados de esas bajísimas criaturas. De él se alimentaron delante de mí sin yo hacer nada por impedirlo. Tuve la suerte de que no me vieron y allí me quedé, paralizado por el miedo tras un matojal ,observando con todo lujo detalles cómo le devoraban lentamente sin decidirme a coger una de las ramas del arbusto que me ocultaba para intentar con ella espantar a esos animales enclenques. Hubiera podido con todos, y él también si contase con el vigor y la motivación con la que iniciamos el camino aquella mañana. Para compensarle de alguna manera lo llevé conmigo a cuestas el resto del viaje, cuando esas bestias de tamaño mediocre emprendieron la retirada tras el festín.

Poco práctico resultaba embadurnarme de esa guisa con su sangre, que si bien calentaba mi trapecio y espalda con las primeras emanaciones finalmente todo se volvía una gélida y reseca costra: él y yo con él, modificándome a base del fluido oscuro proveniente de sus entrañas, que me cubría la visión y la hacía viscosa, por no hablar de mis pensamientos. De esa forma, llevando a lomos su cadáver, he logrado superar un sinfín de tramos desgraciadamente inolvidables, que me atraviesan como el rayo en mis menos malos momentos aun nunca queriéndolos recordar.

Con él he llegado hasta aquí, no dejando que el frío, ni la fiebre ni su peso muerto languidecieran mi intención. He subido a un risco a por dos burras: Recesvinta, de casi metro y medio de tamaño y color tordo, y Walia, colosal, absolutamente blanca, de la clase mamut. Ambas con los papeles en regla y de buena procedencia. Las dos viven, encaramadas sin caerse, en este peñasco junto a su propietario.

De pronto me sacudo a mi inseparable de encima. Al carajo con él, que se ofreció a acompañarme para que no recorriese en soledad tan calamitosa ruta sin pretender nada a cambio salvo mi protección. Ya me he cansado. Le he rendido demasiado homenaje. He expiado con creces mi cobardía. Ya no quiero ni enterrarle. Lo arrojo al suelo.

- Señor, traigo conmigo la cantidad que pedía en el anuncio. Vengo a por las dos burras.

Ambas me miran desde lo alto, aguzando las orejas, ladeando la cabeza a derecha e izquierda, y cejijuntas, haciendo un esfuerzo mental por entender mi mensaje y alcanzando su comprensión en cierto modo, rebuznando malhumoradas por mi propósito de extirparlas de del terreno alto y escarpado que tengo ante mis ojos, de arrancarlas de allí como el musgo que se pellizca y aparta lejos de la piedra. La capa

gris clara de Recesvinta, con el pelo corto y fino que aun desde mi posición puede verse erizado, y la musculatura de Wallia, con sus patas largas y fuertes, tiemblan de odio hacia quien ansía convertirse en su nuevo poseedor.

O tal vez me reciben tan juiciosas por ser, aunque de mugriento y abatido aspecto al igual que su amo, alguien distinto a este. Algo más bien, a estas alturas.

Aunque en realidad Recesvinta y Wallia no solamente acostumbran a tratar con su dueño. Hay todo un poblado de espantapájaros guarnecido en las cimas de estas agrestes colinas. Grupos dispersamente asentados en las partes más salientes de la montaña juegan a tirarse piedras, comen alacranes y yacen como si la vida se les hubiera caído precipitándose al abismo desde tan arriba. Muchos visten la indumentaria de los de abajo adquiriéndola (no sé de qué modo ni cuanta gente la usó antes que ellos) cuando se desplazan a la zona desde la que ascendí. También consiguen armas. Un niño apunta a un par de ancianos con una pistola tal vez de plástico porque ríen los tres. Por fortuna no alcanzo a oír el idioma en el que se comunican. Solo unas carcajadas tan violentas que hacen huir a las aves en desbandada. El que tiene los asnos va mitad desnudo y mitad vestido con tiras de pieles como de gato o de perro. Nos entendemos porque él habla como yo sé.

- He visto su anuncio. Me interesan mucho las dos. Traigo aquí lo que pide por ellas (por fascinante que parezca este hombre publicó digitalmente su comercial desde algún lugar remoto a donde nos encontramos aunque nunca respondió a mis preguntas por la web donde propuso la transacción, ni a las de ningún otro solicitante puesto que no lo había). Ya no tengo cuestiones que plantearle acerca de lo que pretende vender. Han perecido junto a mi compañero. Junto a mi higiene. Junto a mi dignidad. Junto a mi integridad física y moral. Solo quiero las dos burras y largarme. Sean como sean.

Me dice (ávido para el mercadeo, cuando ni siquiera había previsto que un cliente fuese hasta allí a buscarle) que me espere donde estoy y que va a bajar con las dos hembras. Dicho y hecho. Los tres descienden la roca con la gracilidad de un arroyuelo deslizándose sin quebrarse.

Me hallo por fin cara a cara frente a sus dos acompañantes. Ellas cambian repentinamente de opinión. De lejos pareceré vil y horrible pero en la cercanía siempre he ganado puntos. Recesvinta me sonríe y Wallia, más varonil, hace amagos con una pata como para intentar ofrecerme una posible mano. El dueño es roñoso hasta un punto insospechado y deseo apartarlo por siempre de mi campo de visión. Le doy los billetes para que todo esto acabe de una maldita vez y poder marcharme cuanto antes con mis dos adquisiciones. Cuando los toma con su mano ruda, y muestra en su bucal alegría la ausencia de dientes, se ejecutan dos disparos. Yo, el único que está dando la espalda a las balas, me giro para ver hasta dónde han llegado. El niño corre entusiasta acercándose hacia donde estamos, habiendo puesto fin a la existencia de las personas mayores con las que se encontraba. La primera de nosotros en caer es Recesvinta, un proyectil hace lo que la abrupta inclinación de ese risco no pudo. La secunda Wallia, para la que fueron necesarios cuatro tiros más. El propietario muere del susto y no necesita ninguno. Yo corro como los dibujos animados, con las piernas hacia delante y el tronco echado para atrás, pero tropiezo con los restos mortales de mi camarada y caigo. El muchacho se sitúa apuntándome delante de mí. Estoy a su merced y todo porque no quise enterrar a mi compañero. Me toca pagar por esto aunque tenga limpia la conciencia, aunque purgando de este modo mi culpa no me vaya a sentir mejor. Ni siquiera peor .No experimentaré sensación alguna después de que el chico flexione nuevamente su dedo índice sobre la pequeña palanca de metal. Otros motivos tendrá él, que acaba de apretar el gatillo en dirección a mi entrecejo y es totalmente ajeno a los sucesos ocurridos con mi difunto amigo. Se limita a matarme como con alegría.

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La Maldición del

maestro Cordelero.

Waldo Contreras López

 

Habíamos recorrido al menos cinco kilómetros de playa cuando a cierta distancia y entre la bruma, alcanzamos a ver un muelle especial para embarcaciones camaroneras, actividad principal en estos mares del pacifico norte del país. Antes de llegar a un enorme rompe olas que sirve a la vez de azogue para surtir agua a las granjas que están a un kilómetro de distancia, tomamos camino a una cima sobre la cual está un pequeño faro, vetusto y deteriorado. Este monolito construido con bloques de concreto y mármol, está cercado su perímetro por un hermoso barandal adornado con unas farolas forjadas al acero. Sobre la plancha de arenisca, hay tres bancas también forjadas con una herrería artística exquisita. Mi viejo acompañante cuenta que este edificio fue construido por unos portugueses que habitaron la zona para explotarla pues esta es muy rica en ostras y concha punta abanico, además del camarón.


Al instalarnos cómodamente en esta altura, el viejo comienza a explicar los motivos por los cuales me trajo hasta acá. Imaginé que pretendería convencerme a desistir de la empresa que tengo proyectada en este lugar, cosa que no lograría pues los intereses, además de no serme ajenos, me darían a ganar una enorme cantidad de dinero. Un puñado de pescadores venidos a menos jamás podrán resistir el embate del progreso.



-ya hubo usted contado a la cooperativa pesquera los motivos de su visita y nos explicó los detalles legales sobre los cuales se ha agenciado el poder de administrar una buena parte de esta playa de Dios -comienza a explicar el anciano -le adelanto: a nosotros no nos gustan los fuereños y menos si estos vienen desembarcados desde el otro lado del océano a pretender arrebatarnos nuestra tierra, nuestra agua y el sustento que con tanto bendito trabajo nos ganamos. Pero usted parece ser buena gente no obstante su aspecto de masón, sé que comprenderá los porqués de nuestra opinión de que este lugar no es bueno para la empresa que pretende llevar a cabo. Lo traje hasta este sitio y a esta hora de la tarde para que usted presencie los motivos por los cuales amamos y defendemos este pedazo de mundo. Antes hubo gente con los mismos intereses que trae usted. Ya lo intentaron los portugueses, los noruegos, los ingleses, los griegos y los españoles; usted ha mostrado que nada conoce sobre la vida que gira alrededor de los mares. Se necesita ser marinero experto para poder comprender porque este pedazo de país, no es bueno para su industria. Pero, eso no es todo; este lugar en particular está maldito; los melancólicos y supersticiosos marineros del mediterráneo fueron los primeros en saber que este sitio está cargado por una amenaza imposible de evitar; a ellos nada más les alcanzó el entusiasmo para construir este pequeño faro y se fueron al cabo de un año de especulaciones, cálculos meteorológicos y astronómicos. Lo único que dejaron, además de un poco de su sangre, semilla y lenguaje, fue una herencia milenaria para volvernos expertos en navegación. Usted ha visto que nosotros vivimos en otra época. Todos nuestros barcos son de vela. Navegamos así en memoria del primer hombre que pudo domar un huracán y fue elevado a la gloria de Dios-



Interrumpí a mi interlocutor en este punto para aclararle que a mí no me asustan leyendas de lanchero o supersticiones de marineros borrachos y analfabetas. Sin embargo, el viejo sonrió y, antes de continuar con su relato, fue él quien me aclaró que jamás intentaría convencerme de nada pues el tiempo y la historia siempre son los que tienen la razón. -Mire ahora que empieza a caer el sol, voltee hacia su derecha, a sotavento -continúa el viejo, señalando con el dedo hacia un lugar a mis espaldas- todo ese espacio que ve, con casas blancas desperdigadas allá y acullá. Vea cómo se van pintando con el rojo del crepúsculo. Sienta la brisa mientras observa. Quizá crea, impresionado por este espectáculo, que su cadena de hoteles prosperará tan cerca de la costa. ¿Sabe? Este lugar ha sido arrasado por huracanes desde que el primer europeo puso pies por acá. La maldición del cordelero, le llamamos; la gente de tierra adentro lo nombra como el cordonazo de San Francisco.
La maldición de la que le hablo, la trajo arrastrando desde otras tierras un viejo marinero; lo más que supimos sobre él fue que era un pirata mercader dedicado al tráfico de diamantes y metales preciosos que se vino huyendo de las brujerías que le impusieron las chamanas de Sierra Leona por haber violado y preñado a una futura princesa de su clan. Cuentan que ellas lo obligaron mediante sortilegios y alucinaciones a procrear a quien sería en un futuro un maestro cordelero, un hombre experto en nudos y desamarres; solo así podría liberarse de la maldición africana que no lo dejaba vivir en paz; nomás verlo nacer lo cargó con el nombre que las brujas le dijeron tenía que invocar para su hijo y así liberarse del amarre maldito; se largó antes del alumbramiento; no quería ver siquiera el rostro de aquel que lo liberaría de una vida llena de infortunios y mala sal; una noche, tomó su buque destartalado y partió en medio una de tormenta para seguir dándole la vuelta al globo. Dicen algunos compañeros que la última vez que lo vieron fue en el archipiélago de Malasia en donde hundió su barco para después unirse a la tripulación de unos piratas somalíes que asolaban la isla de la tortuga; mientras tanto; la mujer que cargaba su semilla, lanzaba el último alarido de su vida para parir al engendro. El pequeño quedó a cargo de unas brujas haitianas quienes no quisieron quitarle el nombre que su madre le imputara pues, al momento de nacer, hubo una perturbación meteorológica que tuvo al mar hirviendo toda la noche mientras el niño miraba a todos con aires de gente mayor y despedía una extraña fluorescencia verdosa por todo su cuerpo a la vez que las ballenas estuvieron cantando hasta lograr levantar una espesa niebla que espantó gaviotas y albatros durante once días de nublazón y truenos que salían bramando desde los abismos del mar. Sí señor, la maldición acababa de nacer. Y así anduvo el muchacho durante sus primeros años. Un ser oscuro, taciturno, de mirada clarividente y llena de mal agüero; aprendió a usar las palabras necesarias para vivir; sus anhelos eran pocos y por eso, su vocabulario era limitado. Cuando la gente lo miraba acercarse, salían huyendo y persignándose; el niño, parecía traer la calamidad sobre la cabeza pues hasta las más valientes aves se apartaban de su persona. Un muchacho muy triste pues sabía que su nombre tenía mucho que ver con todo aquello.


Una tarde de diciembre, Francis Drake llegó con su buque silencioso a asaltar este pueblo al que había confundido por el nombre con la mítica ciudad de Eldorado. Destruyó parte del poblado y tomó a varios niños y mujeres como esclavos para traficarlos en los países de Europa y Asia. Nuestro héroe estaba entre aquellos infortunados. Pasados veinte años, lo vimos llegar hecho un hombre y a cargo del puesto de maestro cordelero. En ese entonces, el buque de Drake se había vuelto un fantasma que siempre estaba envuelto por una ominosa nube que lanzaba rayos y relámpagos; dicen que hasta el mismo Davy Jones evitaba su encuentro y prefería hundirse con su holandés errante bajo las aguas del otro mundo antes que intentar siquiera estar al alcance de ese buque más maldito que él y toda su tripulación.

Francis sabía que toda esa fantasmagórica fama se la debía a su maestro cordelero. Le tomó ciertas consideraciones más por miedo que por cariño. Todo cambió cuando a nuestro personaje le empezaron a gustar las mujeres y no solo eso: todo se fue al carajo cuando esté le robo la mujer a su capitán: "llegó la hora de deshacerme de ti, perro traidor", le dijo, y lo mandó amarrar en lo más alto de la verga durante cinco días bajo la amenaza de que nomás tomará mar abierto, lo arrojaría por la borda amarrado por el cuello a la cola de un pez vela. La mañana del ocho de octubre de mil novecientos setentaicinco, aquella perturbación meteorológica que se experimentó cuando el maestro cordelero hubo nacido, se volvió a sentir en el ambiente, pero con una intensidad que puso a llorar hasta a los experimentados navegantes noruegos. Las eternas brujas haitianas salieron a los muelles a prevenir a los marineros para que no zarparan. A Francis Drake le importó un carajo el consejo y partió en punto de las siete de la noche rumbo a intentar otro asalto Riohacha. En esos días, yo acababa de unirme a la tripulación con el puesto de contramaestre y me vi obligado a partir junto con ellos a lo que yo suponía, una muerte segura pues vi, con mucho miedo, que los mástiles estaban incendiados por los fuegos de San Telmo, presagio de cataclismo y destrucción. A las diez en punto, nos hicimos a la mar. Fue más o menos cercana la media noche cuando sentimos el meteoro. Una ligera brisa caliente como el aliento del café recién hervido casi nos quemó la piel y el agua a nuestro alrededor comenzó a chapotear como si miles de peces estuvieron saltando en la superficie. Media hora después, un rayo partió desde el horizonte, por el rumbo del cabo de Hornos pegando en el mástil donde estaba amarrado nuestro hombre; todos corrimos hacia la verga esperando ver su cadáver carbonizado, pero en cambio, lo vimos más vivo que nunca, sonriendo y con una extraña luminosidad en la mirada. Su respiración se empezó a acelerar, de su boca y nariz salía una bruma espesa con una blancura lívida mientras aullaba y las ballenas lo acompañaban con sus cantos de sirena. De repente, nuestro navío dio dos giros vertiginosos sobre sí mismo y luego nos hundimos de manera inexplicable; cuando salimos a flote con mucha dificultad, el huracán estaba azotando en toda su fuerza. Apenas alcanzamos la superficie líquida, los mástiles de trinquete, mesana y bauprés, fueron arrancados como si una mano gigantesca nos hubiera dado con toda la ira de los dioses; solo quedó el palo mayor en donde estaba el maldito orquestando la furia del meteoro; luego, volvimos a ser jalados hacia el fondo; esta vez duramos mucho más tiempo sumergidos; cuando al fin la garra del océano nos permitió flotar sobre sus aguas de nuevo, vimos algo que nos sobrecogió: por encima de nosotros pasaban volando todos los navíos que horas antes estuvieron atracados en el muelle; flotaban lentos como globos aerostáticos, mientras se iban despedazando pieza tras pieza atacados por la furia del viento y la potencia de los rayos que parecían la espada de San Miguel Arcángel derrotando a las huestes de Satanás. Fuimos sumergidos por la marejada por tercera vez, pero en esta ocasión, nuestra embarcación se abismó con la cubierta hacia el fondo; no puedo explicar bien que pasó en esos momentos pues mis sentidos estaban abrumados por un insidioso mareo, el estruendo de la marejada y la certeza de que la muerte era ya inaplazable; volvimos a la superficie mucho más rápido de lo que supuse, pero no pude sentir cuando el casco se dio la vuelta para salir de nuevo con la cubierta de cara al cielo; fue como si hubiésemos salido del otro lado del mar. Arriba, todo había cambiado. Ya no había viento ni rayos; en la altura, la luna en cuarto menguante iluminaba con un fulgor color azul que nos permitía presenciar todo con la luminosidad similar a la del sol en el cenit. A lo lejos veíamos y escuchábamos el huracán; estábamos ahora bajo la claridad y calma chicha del ojo. Admirábamos esa magnificencia cuando notamos un golpeteo arrítmico a nuestro alrededor; un chapoteo macabro y desconocido. Volteamos hacia babor y estribor para conocer el origen de esa horrible cacofonía y lo que vimos casi nos hace caer por la borda: del cielo estaban cayendo todos los infortunados que horas antes estaban contando sus chácharas supersticiosas a la luz de la vela, bebiendo ron y acompañados de sus alegres camaradas. Algunos de ellos se quedaban flotando como albatros unos instantes, para luego hundirse para siempre ante las fauces de esta bestia que tenemos enfrente; gracias a esto pudimos notar que todos ellos habían muerto de terror pues en sus semblantes pálidos se reflejaba un rictus conmovedor provocado por algo más sobrecogedor que la misma muerte. Fue en este momento alucinante cuando el cordelero comenzó a reírse a carcajadas mientras miraba a barlovento. Un bramido semejante al paso de miles de barcos de guerra sonando sus cañones se levantó del mar. Vi entonces que un enorme remolino se formaba ante nuestros ojos. Nuestro buque se sacudía con un zumbido atronador; de repente, dio cuatro giros sobre sí mismo y tomó rumbo al embudo de agua a toda velocidad. Para esos momentos agónicos, aquel hombre se burlaba de nosotros haciendo gestos extravagantes mientras rezaba una extraña plegaria en un idioma desconocido.


Entramos entonces a la boca del remolino mientras la furia del huracán nos golpeaba de nuevo. Estábamos a punto de abismar. Mis camaradas y yo nos habíamos amarrado a las armellas de popa y nos tomamos de la mano para recibir a la muerte. Tratábamos de darnos ánimo, pero nuestras voces eran tragadas por el sonoro cataclismo y la carcajada del cordelero que se elevaba por encima de todo. Fue en ese instante cuando otro rayo formidable color rojo surcó el firmamento y dio de lleno contra aquel. Vimos que su cuerpo se incendió en un holocausto color verde, parecido al fuego que anuncia la llegada de Grendell, mientras gritaba improperios contra el cielo. Antes de irnos de pique hacia el abismo, sucedió el milagro; el cascarón de nuez sobre el que estábamos se elevó por la fuerza del vendaval hasta una altura desde donde podíamos ver aquel fenómeno de la naturaleza en toda su extensión; el huracán reinaba por todo lo que alcanzaba nuestra vista. El cordelero tenía entonces la vista puesta en las alturas, ya no reía, ya no se movía; solo era un destello color verde que se iba intensificando. Otro rayo lo desprendió entonces del mástil y este se elevó como una gaviota, con los brazos extendidos, los ojos iluminados y una sonrisa sardónica de demonio. Supusimos que nuestro fin había llegado y comenzamos a gritar con toda la fuerza de nuestros pulmones. El maestro cordelero se fue volando hasta confundirse con las demás estrellas del firmamento y nosotros, comenzamos a caer. Antes de impactar con el muro líquido, un poderoso golpe del huracán hizo pedazos nuestra embarcación y todos quedamos a merced del capricho de este monstruo. A mí, me encontraron colgado del faro por medio de mis ropas, totalmente desmadejado murmurando el nombre del maestro cordelero, jurando que este era un demonio que había maldecido esta tierra. A mis queridos camaradas, los encontraron tierra adentro, gracias a los albatros, medio devorados por las bestias y con la misma expresión de miedo que tenían aquellos fardos que vimos caer bajo el ojo de la tormenta.

Aquella vez, la mayoría de los hombres de este pueblo fueron devorados por el mar, perdimos todas las embarcaciones y nuestras casas fueron arrancadas como si fueran ceniza de papel quemado. Nos quedamos sin nada, pero, una vez repuestos del terror, nos levantamos del desastre y volvimos a empezar. Tierra adentro fue igual o mucho peor. El meteoro golpeó con la fuerza de una roca, inundó ciudades enteras, mató animales y acabó con toda la agricultura. Fue una noche de pesadilla también para ellos, pero, ignoran que todo esto fue producto de una maldición; ignoran todo sobre el maestro cordelero y todo aquello que tuvimos la fortuna de presenciar.

El viejo al fin termina su relato y me mira a los ojos para ver si encontraba alguna respuesta. Solo guardé silencio mientras bebía un poco de mezcal de la sierra; luego, me levanté para retirarme sin decir una palabra. Cuando llegué hasta el borde de la playa, el hombre me gritó:


-No ignores lo que acabas de escuchar, no pierdas tu tiempo y dinero. Haznos un favor y retírate mañana; no queremos que la maldición vuelva a arrebatarnos todo.

Cómo había dicho antes, jamás haría caso a este tipo de supercherías; llegando a casa me puse a contactar a todos mis agentes para agilizar los trámites de construcción y legalización de todos los documentos que me acreditarían como dueño absoluto de este lugar paradisíaco.



Ya tenía casi un año en esas tierras y, desde entonces, ciertas pesadillas no habían dejado de asaltarme mientras dormía; terminé por admitir que el relato del anciano había afectado mucho mi ánimo no obstante siempre me consideré como un hombre libre de fantasías; soñaba entonces constantemente que una triada de mujeres con rasgos afroantillanos llegaban a hablarme sobre la urgencia de procrear un hijo con alguna de ellas, luego veía que las tres se desnudaban mostrándome su sexo; del vientre de una de ellas que decía llamarse Circe, salía un ser alado y ojos brillantes el cual me tomaba por los cabellos y me llevaba ante la presencia del mar en donde un enorme remolino abría sus fauces para devorarme; el ser me arrojaba hacia el abismo y antes de caer, este se transformaba en una vulva que terminaba por tragarme entero mientras la risa de miles de mujeres se levantaba por todos los confines. Otras veces, me veía cuando apenas era un niño, encerrado dentro de una enorme casa abandonada. Afuera, reinaba una gran tormenta; través de las ventanas veía solo destrucción y a miles de personas que pasaban volando mientras me señalaban con el dedo con aire reprobatorio.


Pero ni estas pesadillas habían logrado hacerme renunciar a mis proyectos. Un suceso extraordinario del cual, aun no encuentro explicación que no sea venida de otra pesadilla, terminaría convenciéndome a desistir de mi empresa. Para los días de octubre esperaba los últimos muebles para terminar de apuntalar los últimos detalles a mi hotel; estos llegarían embarcados el siete de octubre en un carguero que atracaría en los muelles que están muy cerca de lo que sería mi imperio. Esa tarde, me senté sobre el viejo faro que construyeron los portugueses a esperar un buque bautizado como Francis. El viejo Santiago me acompañaba. Había desistido ya de contarme más historias de superstición y evitaba tocar el tema de mi empresa. Antes de las diez de la noche, se despidió y me encaminé entonces hacia los muelles. Me sentía un poco mareado y desorientado, con mucho calor y un desosiego en el corazón que no me permitía estar tranquilo. El mar me parecía sobrecogedor. A las doce de la noche, divisé el Francis, un enorme buque de carga inglés que había sido armado en los astilleros de Birchwood Marine. No sé si fue el mezcal que bebí con el viejo Santiago, no sé si fue la mariguana que fumé, el caso fue que en los momentos en que el buque entraba sonando sus enormes bocinas anunciando su llegada, sufrí un desmayo; antes de perder la noción del tiempo y el espacio que ocupaba, vi un enorme rayo surcar el cielo y golpear directamente la enorme mole flotante...y vi también la figura de un hombre gigantesco pasar volando desde el Este con rumbo hacia el mar. No supe más de mí. Ahora estoy en un hospital de Inglaterra. Mis amigos dicen que estoy vivo de milagro pues muy pocas personas sobrevivieron a la catástrofe. A mí, me encontraron flotando en las costas de Yucatán, atado a un barril y murmurando a un tal maestro cordelero y suplicando por la presencia del pirata Francis Drake. En las noticias fue donde me enteré que el huracán Waldo había arrasado con las costas de buena parte de Sinaloa y el valle de Culiacán. De la tierra en donde había construido mi futuro emporio, nada quedó; todo fue destruido. Solo sobrevivieron cuatro personas: El anciano que sembrara pesadillas en mi alma y, tres mujeres, muy jóvenes, de origen Haitiano. A los cuatro los encontraron cantando himnos en lengua papiamento y con una enorme felicidad en el rostro. 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Miércoles, 25 Noviembre 2020 04:55

EDUCACIÓN Y PANDEMIA Dra. Rocío García Rey

 

 

EDUCACIÓN Y PANDEMIA

Dra. Rocío García Rey

 

 

Nadie duda que la pandemia ha representado una verdadera revolución en todos los sentidos. Pero esa revolución ha mermado, bien lo sabemos la economía de muchas en el mundo: pérdida de empleo, baja de salarios o de ingresos si se trabaja de manera independiente, es lo que forma parte de la cotidianidad. Como hemos dicho se trata de una revolución que nos pone a prueba cada día. El ámbito económico se precariza, pero ¿qué pasa con la educación? En la creencia absurda de que los más pequeños deben seguir aprendiendo se han instaurado o clases en línea o por televisión.

            La escuela en nuestro ámbito capitalista no enseña a pensar, enseña a reproducir ideas y a que los alumnos se asuman como generadores de citas y miles de referencias, pocas veces se les enseña a pensarse como propaladores de ideas propias. Hago un excurso para decir que esto lo he constatado más de una vez en mis clases de escritura, donde los alumnos se quedan impávidos ante la petición de tener que desarrollar un ensayo. Bajo dicho excurso, las clases en línea o por televisión terminan siendo una panacea para hacernos creer que los niños “no se atrasarán” como si no supiéramos que formamos parte de los últimos lugares, ante la OCDE, en comprensión lectora.

            Ante esta pandemia también me ha tocado ver disminuido mi ingreso, además de que he tenido que contratar una línea de internet, lo que aumenta mis gastos mensuales. Tienes internet, das clase. No tienes internet, no hay trabajo, parecen decir veladamente las instituciones educativas, eso en el caso de los profesores, pero los alumnos menos privilegiados han tenido que abandonar la escuela porque ni siquiera tienen computadora. Pero no crea el lector que este es un texto para postrarlo en el muro de las lamentaciones, simplemente enuncio mi percepción a propósito de lo vivido y experimentado en este tiempo.

            Durante las vacaciones escolares de verano tuve que salir al médico, cuando llegué a mi colonia quise comprar un café. En ese momento no me dolió gastar diez pesos. Al caminar al expendio cafetero vi un anuncio en una cartulina: “Se venden enchiladas con carne a $50.00, el vendedor era un señor de la tercera edad. Verlo me hizo pensar en otra matrioska de la pandemia: la gente mayor que se quedó sin empleo. No avancé muchos pasos y un señor aún mayor vendía mazapanes. Me dolió la escena y pensé que podía hacer desde mi humilde trinchera.

            He mencionado el tema de la educación y el de la precarización de mucha gente, entre ellos los adultos mayores. ¿Qué hacer? Como señala Alfonso Reyes en su excelente ensayo “Alfabeto pan y jabón” si fuera dable como un salero esparcir dinero y si esa fuera la solución, pero no la es. La situación económica y educativa son fruto podrido de un sistema que jamás se ha orientado a diseñar verdaderas políticas públicas para la vida con dignidad.

            Por lo anterior me ha quedado claro que son los colectivos, las cooperativas, el trabajo independiente el que puede contrarrestar lo yermo de nuestro país. ¿Y lo yermo de la educación? Resolví dar un taller de verano, en línea. Es cierto de nuevo quedaron afuera los niñ@s sin acceso a internet, pero ofrecer lecturas “diferentes a los niños”, mostrarles que además del inglés existen idiomas como el francés o el portugués, me hizo lanzar mi convocatoria.

            El taller fue totalmente gratuito. Mi objetivo fue dejar una semilla de lecturas que en este tiempo han quedado inhumadas y por ello mismo hacer que las niñas y yo exhumáramos textos de José Martí, Gabriela Mistral y la costarricense Carmen Lyra. Cada mañana hablábamos de un cuento y un tema nos llevaba a otro, como cuando terminamos hablando de las islas Galápagos. También hicimos trabajos manuales y aprendieron que una piedra pintada podía transformarse en un personaje. Escuchamos canciones en francés y el alumnito mayor, de 13 años, no se cansó hasta que le salió un tipo de recorte de muñecos.

            Mi alumnita más pequeña, Mía tiene tres años, seguido por Aarón, de cuatro años, quien no le gustaba mostrarse en pantalla. A veces hacían sus propios cuentos y los más pequeños también los realizaban a través de dibujos. Traté de infundirles el amor por el ritmo de los poemas. También reímos y supe que los niños merecen urgentemente una educación integral.

            Sabemos que desde hace años se ha habado de competencias, de educación transversal. Mi panorama, basado en las alumnas, que llegan a los talleres mencionados de escritura, muestran que no vivieron la experiencia de la transversalidad ni del aprendizaje significativo. Parece que Freinet, Montessori, Paulo Freire sólo existen como nombres que alguna vez fueron nombrados por obligación en una clase de pedagogía.

            Educación y pandemia sí. No ayudé a la gente mayor, como muchos me reprocharon: “¿Por qué no compró las enchiladas y luego las regaló’” ¿En qué nos ayuda a nosotros?, escribían en el Facebook, adultos mayores cuando conté la anécdota de los señores vendiendo.

            Porque creo que los niños merecen conocer mundos y reír a pesar de la pandemia, me atreví a dar el taller. No ayudé a los adultos mayores y por eso ofrezco una disculpa. Sólo viajé a la playa donde una niña regala sus zapaticos de rosa.

Miércoles, 25 Noviembre 2020 04:21

El Ojo de Faetón

El Ojo de Faetón

 

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. Así comienza la Rima xxi de Bécquer. Saberlo, saber qué es poesía o qué es la poesía es un asunto que no es sencillo para quienes buscan explicarla. “La poesía no se explica, se siente”, he escuchado decir. No es así, al menos no sólo eso. La poesía se explica porque se siente, y la poesía se siente porque está llena de explicaciones. ¿Y qué hay del poema?, ¿y qué hay acerca del poeta?, ¿o qué hay sobre la poética? Esto ya es menos difícil de resolver que la primera línea del verso de Bécquer. El poema es un objeto concreto, delimitado por condiciones y elementos físicos, sean éstos sonoros (en la palestra) o impresos; el poema cabe en un pronunciar palabras, en una hoja de papel o en un procesador de textos. El poeta es aquel que hace versos, y que sin duda muestra talento para esto. Y poética, con varias acepciones para la palabra: “Ciencia que se ocupa de la naturaleza y principios de la poesía”. Sí. “Tratado en que se exponen los conocimientos…” o “Conjunto de principios y reglas sobre un género literario, una escuela o un autor”. Sí, también. Acaso la otra definición que prefiero es que la poética es también una declaración, un posicionamiento del autor; un ramillete de elecciones. De elecciones cargadas de principios (personales) con votos temáticos o ideológicos o metapoéticos, llevados a la pluma y a la conciencia mediante sus propios códigos de escritura.

Pero ¿qué es la poesía?  Podría responder como responde a otra pregunta en 1919 el poeta francés irritado (y desconocido) ante el cuestionamiento de los surrealistas: —¿Por qué escribe usted? —¡Yo qué sé! ¡Yo qué sé! ¡Yo qué sé! O responder con otra pregunta, la pregunta que se hace Montaigne para comenzar a escribir sus Essais: ¿Qué sé yo?

El Ojo de Faetón, que nos ve y que vemos, es —lo presento por primera vez en esta invitación que no ha hecho la revista La Piraña— una relación, una afinidad, una comunión en torno a las preguntas: ¿Qué es poesía? ¿Cómo es poesía? ¿Cuándo es poesía? ¿Para qué es poesía?… ¿Dónde es poesía? El nombre de este particular, y abierto, círculo de estudio viene por imitación al mito griego de Faetón, el hijo de Helios, quien, nos dice tanto la Grecia Antigua como la Roma clásica, suplica a su padre el Sol, le permita conducir el carro tirado por caballos de fuego que él gobierna y que orbita el día sobre el mundo. El padre lo hace, por debilidad o amor, y todo saldrá mal; no sólo la inexperiencia sino más la osadía de Faetón y su deseo desenfrenado hacen que el sol “abrase gran parte de la tierra” y congele otras regiones por elevarse y descender sin control; en medio del caos, Zeus resuelve terminar esto con un rayo fulminante sobre la cuadriga solar y “tras la sacudida, caiga el impertinente Faetón al río Erídano ahogándose”. El personaje de la literatura mitográfica se ha transformado en alegoría de la insolencia. Aunque también del deseo y de la osadía sin límites. La imagen que representamos de él en nuestro círculo es su propia caída, ineludible, y la mirada que lanza hacia los peñascos de su muerte o hacia el cielo que momentos antes conquistó. Ese es el ojo del atrevido Faetón. Y sin embargo nos gusta también la idea de la monja Juana Inés en su admiración del hijo de Helios en el Primero Sueño:

Ni el panteón profundo /—cerúlea tumba a su infeliz ceniza—,  /ni el vengativo rayo fulminante /mueve, por más que avisa, /al ánimo arrogante /que, el vivir despreciando, determina /su nombre eternizar en su ruina

En palabras de Ángel Corral (quien inventa el nombre del círculo), “sor Juana identificada con Faetón, [quien] hace uso del carro solar, [esto] representa a un dios menor con un poder momentáneo. Zeus lo mata con un rayo. Así, nuestra sor Juana, que fue enorme, se [reconoce] un ser humano con una derrota simbólica. Es obligada a retractarse y a despojarse de sus libros y de su saber. Ella y Faetón tienen la misma esencia: el ser que fracasa por hacer del conocimiento un poder”.  Y surge el nombre: “‘El ojo de Faetón’, debido a la circularidad del grupo y al vislumbre que otorga su atrevimiento de llevar el carro solar…” ¿La alegoría de un mito grecolatino nos nombra?, sí. Somos Occidente. Aún.

Circulo de estudio o Panóptico de poesía, El Ojo de Faetón se funda como espacio de ponencias y conversatorios en julio de 2017. Nuestros invitados (escritor, crítico o investigador), abordan, en su trabajo expuesto, un tema (el que sea, cual sea) referente a obra específica de algún autor, al estado actual de la poesía, remembranzas de movimientos o de autores, identidad y naturaleza poética de alguna comunidad o nación, situaciones históricas, realidades socioculturales o distinta disciplina artística; la única condición es que se exponga su relación con la poesía.

El círculo, mejor decir quienes lo coordinan, está conformado por cinco poetas: Ángel Corral Romero, Alejandra Estrada, América Femat, Juan Guillermo Lera y quien escribe estas líneas. Como ojo que mira a su alrededor, el ojo faetonista funciona de manera radial, se mueve, y lo hace por ciclos. Sus primeras sesiones fueron en el Café La Habana de Ciudad de México, pero siguió moviéndose en otras sedes dentro de la propia capital del país y fuera de ella, Guadalajara, Pachuca o Ecatepec de Morelos también han recibido al panóptico de poesía.

Algunos de los más de setenta ponentes (gracias a todos, siempre es un gusto saber de ustedes) que han participado en El Ojo de Faetón pudieran pensar que la poesía es lo que dice Gustavo Adolfo Bécquer al final del su Rima xxi. Otros de esos ponentes dirán que de ninguna manera es así. Y unos más no entrarán en aseveraciones ¿Para qué? Y todo eso es el Panóptico de poesía que hoy se presenta en La Piraña, un cúmulo de voces, no acerca ni sobre la poesía, sino ante ella.

 

 

 

 

Daro Soberanes

(Ecatepec de Morelos)

Poeta y ensayista.

Autor de Las Esfinges y La Soga, piezas teatrales; del Tratado sobre la Deslealtad (Burroughs Editorial, 2o17) y del ensayo de investigación A letra vista se sirva usted: los documentos históricos del Generalísimo. Preludios de una literatura mexicana (Burroughs Editorial, 2019). Además del libro de versos 1854.

En 2007 formó parte del Consejo de Redacción de la revista de Literatura y Filosofía “ARCA”, con apoyo de CONACULTA/FONCA. Este mismo año colaboró en la Mesa de Reseñas de Periódico de Poesía de la UNAM. En 2015 dicta la conferencia “Morelos y el cenotafio en San Cristóbal”, en el Centro Comunitario Casa de Morelos (INAH), en San Cristóbal Ecatepec, por motivo del bicentenario de la muerte del Generalísimo, acaecida en este recinto. En 2016 crea y coordina el «1er Poetry Slam de la Liga EJEKA», en el municipio de Ecatepec de Morelos. En 2017, funda junto con Ángel Corral, el círculo de estudio ante la poesía: El Ojo de Faetón.  coordina e imparte los talleres de literatura “Los Scriptoria”.

 

 

 

Próximos eventos de El Ojo de Faetón
Ponencia 4 del ciclo x
Lunes 30 de noviembre, 19:00 h
«Oliverio Girondo y la poética del absurdo»

Ponente: Adriana Dorantes

Modera: Alejandra Estrada

Ponencia 5 del ciclo x

Lunes 7 de diciembre, 19:00 h  

«Principios de incertidumbre: Poesía y ciencia»

Ponente: Elisa Diaz Castelo
Modera: Daro Soberanes

Puedes seguir las transmisiones en vivo en nuestra página: https://www.facebook.com/ElOjodeFaeton

 

Publicado en El Ojo de Faetón
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