Blog El descarnamiento del Arte

Elementos filtrados por fecha: Agosto 2020

 

Los Ominosos Estadíos de Condolesa

y una Cama sin pulsar.

Waldo Contreras López

 


Conocí a la última mujer de mis noches entre el gentío que pulula en este mercado ciudadano de lunes a domingo. Desde lejos se hacía notar no tanto por el palmito sino más bien por la larga carcajada que sonaba dura como pedrada en el tronco de la oreja alcanzando los cuatro puntos cardinales de este enorme emporio de barriada. Si bien, nadie puede negar que esta negra tenía las carnes tan bien puestas como para darle de sofocones hasta a un quinceañero, no era el cuerpo de terremoto que poseía sino una inclinación en el carácter que provocaba en muchos hombres querer protegerla, aunque nada de uno necesitara este portento de la depresión, además del sexo. Su carcajada no era una fanfarria de alegría. Parecía más bien el sonido discordante de las granizadas de septiembre. Uno la oía reír y se enteraba que esa cacofonía no era un canto a la alegría si no algo muy parecido a la histeria desatada o un despeñe hacia el barranco de la locura. Está mujer no reía: lloraba como buena jarocha, a carcajada limpia. Cada asalto emocional terminaba bañada en lágrimas y aquello que fue un sonido de derrumbes se había  transformado en un suave dique desaguándose poco a poco, chorrito por chorrito, lágrima tras lágrima. Luego, se incorporaba como si nada con una sonrisa infantil y moqueando la gripa de la existencia, para alejarse a paso bailarín y contoneándose como si estuviera estrenando las nalgas. Se le veía la sarna del sufrimiento desde muy lejos. Entonces, por eso, todos queríamos estar lo más cerca de ella para recoger las migajas de lo poco que le sobraba para regalar al mundo. Quienes no la conocían tan de cerca suponían que una mujer como ella solo podía tener amantes de pasada y ya. Esto en parte era cierto; quien le recibiera la lumbre de su ser africano le sobraba. Los que tenían cierta distancia larga con ella jamás alcanzaron a enterarse como yo que Condolesa aseguraba y defendió siempre tener varios amigos a quienes juraba amar tanto como tanto se dejó coger por quien la amara o no.
Yo estoy tan cercano a ella que se de las formas con las que esta rara mujer entregaba el corazón a sus escasas amistades que pudo contar con los dedos de sus manos. "Estos dedos cuentan los compas y mayatas que amo. Los que me sobran, me los chupo cada que alguno de ustedes dice amarme antes y después de coger" -decía, y luego se metía los dedos pulgares a la boca y los mamaba con gula inaudita. Me escogió para su compañero de cuitas quién sabe porqué; porque, como ya dije, compañeros de cama le sobraban y yo no he de tener algo extraordinario por encima de estos para soplarle la estufa, aunque siempre me he considerado astuto en las mañas de la cama.


Pues resulta que Condolesa Romedal tenía un círculo de amigos reducido a sólo ocho personas con quiénes procuraba convivir a diario lloviera, tronara o relampagueara. Desde el comienzo de nuestra relación amorosa, Cony (como le nombrábamos de cariño en la central de abastos donde trabajábamos) mantuvo una atención distante hacia nuestro lío amoroso y regalaba sus mejores horas a este grupo selecto de amistades. Jamás los vi en persona y si los conocía de alguna forma era porque ella no hablaba de otra cosa que no fuera sobre los menesteres y tribulaciones de estos entes nebulosos. Jamás frente a mi mostró un cariño especial hacia nadie cuando hablaba uno por uno de ellos y repartía su corazón afroantillano de formas exactamente parejas. Esto ayudó mucho a paliar los celos que me carcomían el hemisferio cerebral donde habitan estos monstruos de miles formas.
Al principio llegué a pensar que Cony me estaba engañando; que esas personas no existían y solo eran producto de su astucia en tejer engaños, al grado de armar tertulias amistosas falsas para lograr verme la cara de menso, puliéndome los cuernos mientras montaba el mástil de algún cíclope ignoto. Después, comprobado el hecho de que esta negra era incapaz de hacerme una trastada pues, miedo tenía de mis reacciones furibundas y sabía que yo soy capaz, al menos, de escupirle una balacera en las patas para hacerla bailar nomás en mi pista, creí que más bien se daba sus escapadas a los llongos de la colonia "las coloradas" para ponerse a fumar como perdida gramos y gramos de metanfetamina; ah! La droga! La maldita metanfetamina. Un asunto escabroso que, habíamos acordado en común, ella dejaría de usar si de verdad deseaba una relación larga y duradera conmigo, con todo y que yo soy el mero jefe del narcomenudeo en la zona sureste de la ciudad, y eso es poco decir. Así nos la pasábamos; entre reclamos y largos espacios de tiempos tensos, entre los jalones del amor y sus ausencias fantasmagóricas a un mundo que desconocía.
Un día típico regresó llorosa y con aspecto mortuorio después de haber desaparecido una semana dejándome abandonado en nuestro tálamo conscupicente.
"Se murió Liduvina Jerez", me explicó después de agarrar respiro en un lapso en el que la lloradera le dio una tregua.
Me dio la fatal noticia muy seria y secándose las lágrimas, con un tono de prisa para luego soltarme un trágico desenlace con una voz pausada y queda en contraste con el sopetón con el que inició la explicación de su larga ausencia:
"Estaba muy sola, sabes? Con esos seis hijos y esos amantuchos mantenidos. La pobre se destroncó los riñones trabajando desde que mal pariera al primer muchacho hasta hace siete días que se derrumbó agotada y echando espumarajos rojos por la boca. El médico de la ambulancia dijo que se le partió el corazón. Como no se le iba a partir pues desde los trece años supo lo que era la perdida cuando ese chavalito a quien nombró Rubén casi le saca la matriz enganchada en esos pies de chivo. "Es hijo del diablo", le dijo su madre. "Es hijo de un fauno", le dijo el cura que lo bautizó: "eso le pasa a las niñas que andan de calientes. Se les aparece el Sátiro y se las coge sin miramientos y sin importar que estén más lampiñas que un cirio". Como no se iba a morir tan joven la pobrecita si nomás le cayeron encima los sagrados cordonazos de San Francisco quien puro animal le puso en el camino.
Poco a poco se fue deshojando la flor de su radiante juventud. Un botoncito de rosa que fue desflorado a güevos por el "talibán", ese vicioso de mierda...que bueno que ya lo mataron. Ahí comenzó su muerte. Poco a poco se fue secando hasta quedar hecha un surrón de culebra, seca. Poco a poco se le desinfló el respiro. Pobrecita mi amiga del alma. Se quedó mirando la puerta mientras echaba la vida por la boca esperando a ver si llegaba uno de sus hijos a cerrarle los ojos. Poco a poco. Poco a poquito se le fue la luz y el rojo de sus cachetes mientras saboreaba su propia sangre. Poco a poquito. Pobrecita. Hace cinco días la sepultamos. Palada tras palada "Chaz Chaz! Chaz Chaz!" Sus hijos ni lloraron. Poco a poquito, su carne fue comida por la tierra caliente. Adiós. Adiós Liduvina. Te voy a llorar toda la noche, bajito; no vaya ser que te despierte y quieras regresar a seguir sufriendo"

Después de darme esta triste retahíla miró con un raso de lágrimas pero aún así extendió la más brillante perla de sus sonrisas y me regaló el mejor beso que fue posible. Luego se tiró a dormir dos días hasta que la pestilencia de sus humores corporales me hicieron despertarla. Todavía tardé un día más para convencerla de que se bañara; tres noches rogándole caricias y una mañana entera de reclamos. Hasta que una tarde entró desnuda al baño mientras me duchaba y, con esa negritud costeña me hizo el sexo de una manera presurosa, como si algo la esperara en otro mundo y tuviera que partir enseguida sin dar tiempo a que las mieles se nos secaran en la entrepierna. Me dejó como un costal vacío y con el sentimiento de que algo de lo nuestro, si es que lo había, se pudrió bajo tierra junto al cadáver de la mentada Liduvina. Unas semanas después la ví con más ánimo aunque, de una manera poco perceptible, un poco flaca y con una momentánea y rara forma de mirar; algo así como un brillo de locura en la manera de percibir y explicar las cosas más insignificantes. La muerte de su sufrida amiga le caló hondo de alguna forma, como si esa pérdida le hubiera removido un recuerdo que le hiciera por momentos, olvidar la mujer que era en el presente.

 

II



Pasaron un par de meses y la alegría volvió a las carnes de mi amada a pesar de su desmejoría en el brillo de la piel. Se ponía a cantar bajito por las tardes canciones del Grupo Miramar, Mike Laure, Rigo Tovar y los ocho de Colombia. La observaba rodar la vista tan en paz y algo feliz mientras miraba a los niños jugar pelota o a las escondidas durante las primeras oscuras de la noche. Esperaba que se encaminara a la cama con la esperanza de sus senos y ese sexo pétreo pero luego se ponía a ver televisión para quedarse dormida enseguida. Abandonó el hábito de amarnos por las noches y en cambio me condonaba con espasmos y trémulos mañaneros más rápidos que una cagada al filo de la hora en que te deja el camión. Luego tomaba rumbo a con alguno de los siete amigos que le quedaban y no regresaba hasta la hora en que los grillos de las paredes comienzan a cantar.
Algo de fatalidad estuvo esperando estos días. Se esforzaba de verdad por estar alegre y suspirar tranquila pero al descuido mostraba la tribulación que desde un tiempo acá la estuvo asaltando. No tuve que esperar mucho; acababa de llegar de mi trabajo y prácticamente ella entró a casa tras de mi.  Esta vez la noté exhausta.  Llevaba, según su costumbre, días sin asomar la cara tras la cortina de nuestra alcoba. Venía huyendo quien sabe de qué más allá de la muerte, con el helar madrugal de los difuntos tras ella, tiritando por una calentura que nada tenía que ver con lo calamitoso del clima invernal.
Había muerto ahora un fulano según ella llamado en vida don Campagnolo; un tal viejo dependiente del más viejo taller de bicicletas de la colonia veintiuno de marzo. Condolesa explicó, no sin tristeza, que este murió de un golpe en la cabeza después de caer de una chopper Raleigh 64' que dizque hubo reparado después de estar veinte años intentándolo. Tanto detalle me daba esta mujer que terminé atribulándome en serio por alguien de quien no conocía nada además del sufrimiento y ancianidad. Pues resultó que este infortunado se mató montado, o más bien caído desde lo alto de la herencia de su abuelo, el primer Campagnolo que tuvo un taller en la ciudad, en la colonia Mazatlán. No se paseó ni dos kilómetros estrenando su herencia recién restaurada cuando un camión urbano de la ruta zapata-centro se le atravesó derribándolo del flamante armatoste. No lo aplastó de milagro pero los treinta kilómetros por hora sobre los que viajaba tan contento fueron suficientes para dejarlo en coma cerebral dos días hasta que su hijo Miguel Ángel dió la orden al médico en jefe para que lo desconectaran del respirador artificial que lo aferraba a lo que le quedaba de la existencia: su cuerpo aún fuerte y atlético de setenta años construido de andar toda la vida pedaleando bicicletas ajenas. Condolesa me llevó al patio  y ahí estaba un poster enmarcado de Lance Armstrong, un puñado de pulseras amarillas y la trágica bicicleta, intacta y reluciente.
"Miguel Ángel me lo regaló pues considera que yo la merezco más que cualquiera de ellos por haber acompañado al viejo en su solitaria viudez de bicicletero abandonado. Tú sabes, fui como la única hija para él pues tuvo puros machos que para lo único que sirven es coger, tragar cocaína y regar plebes en toda la zona sur de la ciudad"
Me conformo con que no haya pedaleado mi bicicleta de cuero -le secundé con hilito sangrón de celos en el tono, así como no queriendo la cosa; para que se diera cuenta que no me gusta mucho que otro macho se asome por mi cortina aunque sea para regalarle chingaderas con intenciones fraternales o legar herencias post mortem.
Más tarde, en la plática de sobre cama y cena con café, me reclamó por las vanas sospechas y la falta de respeto por lo difunto echándome en cara tanta frivolidad pues Campagnolo fue siempre incapaz de verla como mujer para otra cosa que no fuera una buena hija:

"Era un remanso de dulzura y paz el viejito. Me daba lástima todo lleno de grasa y su corazón tan a la buena de Dios. Con sus manos llenas de callos y faltas de un cuero mujeril donde limpiarlas por las noches de la ingratitud del tiempo que las hacían temblar por cualquier cosa"

Sospechaba una trastada a pesar de que Cony me habló con pelos, señales y casi todos los días de las penurias que ese viejo padecía. Hasta la muerte me parecía algo más que una casualidad. Dos ausencias motivadas por la supuesta aparición de la parca me dejaron pensando sobre algún tipo de pendejez en mi cabeza. Me convencí en serio de que esta amistad con el bicicletero decimonónico y las otras eran reales gracias a la hermosa Raleigh de colección, las pulseras amarillas y el póster enmarcado de Lance Armstrong, ganador de ocho Giros de Francia y mundialmente repudiado por cocainómano y tramposo. Fueron los primeros objetos que daban testimonio de que sus amistades si existían. Respiré tranquilo y algo avergonzado por malpensar así de la negra. Recé una versión muy breve del padre nuestro por el descanso del decano bicicletero italiano , le agradecí en silencio por la herencia del año del caldo y, claro está, por su bendita muerte pues esto significaba para mí horas de amor y compañía de parte de Cony, quien me tuvo desde días atrás muy abandonado.




III

Un día, ella llegó muy contenta y me invitó a bailar cumbia a La Caverna. Estaba en plan de celebrar que su amiga Zulma había vuelto de Tijuana después de trabajar todo el año, con mucha fortuna, de prostituta en los tugurios infecciosos de la avenida Coahuila: "se hubiera hecho rica -me dijo- de no ser porque un pocho coyotero la andaba queriendo matar por haberle robado una libra de cocaína pura que éste pretendía contrabandear en San Diego. De no ser por eso, hubiera logrado comprar un departamento en playas o ya de menos, una casita vieja en la colonia libertad"
Se habían conocido en los arrabales de la colonia Lázaro Cárdenas, en un fumadero. Cayeron en simpatía recíproca pues ambas sufrían del mismo padecimiento emocional que les hacía actuar más inestables que el vuelo del colibrí, eran también adictas al "crico" además de estar igual de prietas, según me hubo descrito Condolesa. Todos sabemos que esto último suele hermanar a este tipo de mujeres pues hay en ellas una índole muy añeja en sus ánimos que les hace formar pequeños clanes en contra de toda rubia que se les atraviese en el camino. Rubias es lo que abunda en esta ciudad y pues, ya sabrán del tipo de emociones que las unían. Estuve con ella pasadas las cuatro de la mañana hasta que recibí una llamada urgente de un cliente desesperado por un ocho de cocaína y tuve que retirarme. Cony se quedó en el antro bebiendo con otra del mismo clan quesque para esperar a la Cenicienta Tijuanense. Me quedé con las ganas de conocer a la exitosa Zulma y estuve pensando en ella hasta que salió el sol; alguien con ese empuje me hubiera sido de gran ayuda pues al parecer, era muy buena para el trafique además de que posiblemente podría tenderme la cama que Cony cada día abandonaba sin asomo de querer componer mi asunto carnal.
Supe de las dos hasta pasado un mes. Corrían los días de abril. Ya casi estaba olvidando el olor de su carne cuando la sentí primero antes de verla remontar la calle. Era un esqueleto rumbero en comparación con la mujer que se quedó bebiendo vodka en la caverna. Venía acompañada de Mika, la mujer con quién se quedó esperando a la mentada Zulma. Apenas si me saludaron con un asomo de vergüenza en sus ojos. Luego se echaron a dormir juntas en la cama destendida para despertar luego de transcurridas treintaiocho horas de pesadilla para mí, con cada minuto y segundos contados con el reloj biológico de la desesperación. Me pidieron con un hilo de voz algo de comer y un par de ballenas pacífico bien heladas. Al regresar las encontré recién bañadas, olorosas a Hermosillo Boulevard Citric y con una disposición sexual que me asustó. Parecían cadáveres queriendo aferrarse en algo vivo. Me dejé querer con un sentimiento vago de pérdida.

Condolesa anduvo en Tijuana. Eso me dijo. Me contó que Zulma se había suicidado la noche en que la estuvimos esperando para celebrar su éxito como puta en la loca esquina del mundo mexicano. Razones de más tuvo, según me enteró con lujo de detalles que me amargaron la existencia desde entonces.
"-Zulma ya estaba mal de un tiempo acá. La pobrecita se enganchó duro del 'cristal' cuando se le murió la única hija de un asma que se volvió angina de pecho. Me daba miedo cuando a veces, se ponía a contarme que la niña estaba a su lado todo el tiempo, para que no se sintiera tan sola. Un día, hasta se tuvo que bajar de la camioneta de un millonetas pues vio a la pequeña por el retrovisor mientras ella le daba una mamada al viejo. Se bajó gritando despavorida: "perdón mija, pero es que de algo tengo que vivir". Otra vez, la vio en el reflejo del espejo en un sucio motel del mercadito Rafael Buelna llamado pomposamente "California"; un nidazo de cucarachas; y allí estaba Almita recostada con todo el peso fantasmal de su infancia en la cama episcopal, mirándola con ojos acusadores mientras ella se depilaba la panocha para que su machucante en turno la encontrara de su 'cosa' más lozana que una quinceañera. Cada día que pasaba la niña la acosaba más y no le permitía putear a gusto. La última vez que la vio fue antes de irse a tijuas cuando preparaba un foco para ponerse a fumar un 'ciego' de 'crico'. Le dolió mucho que su hija la abandonara por ser como era y por eso se largó a esa frontera del demonio a ver si ya la olvidaba por medio de las riatas de los hombres y el vicio que la dejó sola como un perro. Se llenó de tanta cosa y mucha mierda hasta vaciar el corazón. No. No pudo soportar tanta tristeza y mejor decidió darse por el jalón de su mismo peso.

-Mika y yo estábamos en la pensadera del qué hacer con el cadáver pues a Zulma no le conocimos nunca un pariente que pudiera ayudarnos con los arreglos del entierro cuando un amigo de ella nos habló desde Tijuana mientras íbamos camino a recoger el cadáver al SEMEFO. Nos explicó que estuvo llamándole sin obtener respuesta después de recibir mensajes telefónicos donde le decía que se iba a matar. Al enterarse de su muerte, nos ofreció trasladarla hasta allá para sepultarla entre amigos.

Pobrecita, porqué te mataste? Cómo se te fue a ocurrir tan fácil?

-Yo jamás tendría valor y cuando me estaba preguntando cómo se podía una suicidar sin sentir feo y el cómo se habría matado mi amiga para no sentir lo peor, el médico forense, muy joven y guapo parecido al Komander nos explicó que había muerto por asfixia tras haberse colgado por el cuello desde un árbol de pingüica, en la mera orilla del río Tamazula. La encontraron unos dizque estudiantes de sociología que andaban en la maroma de fumar mota. Ahí estaba ella flotando sobre el vapor de la mañana, con un foco bien agarrado en su mano derecha, con los ojos saltados y sacando la lengua, como burlándose del puto mundo que la parió tan desgraciada y buena madre.
-Me la puedo imaginar columpiándose mostrando las nalgas al río, como tanto le gustaba, en un vaivén más chingón que el que te puede dar el mejor amante. Pobrecita. Que muerte tan horrible te diste, Zulma. Que feo te fuiste -le decía yo cuando los carroceros se la llevaban al anfiteatro. Al menos está re-guapo el último hombre que le quitó ese puti-vestido comprado en los huizaches que tanto le encantaba usar.

-Como Zulma ya traía un color raro y le salía una sangüaza cafesosa de la nariz a pesar de que el muertero la dejó como raso de novia y bien arreglada para que no empezara a apestar, decidimos agarrarle la palabra al amigo fronterizo y pues nos la llevamos a darle sepultura en esa ciudad culera antes de que nuestra compa se reventara en pestilencia ante nuestros ojos pues poco podíamos hacer con su cadáver por ser tan pobres además de ir a tirarla a las bardas de La Primavera, ese lugar donde tiran los cadáveres de todo aquel animal o persona que nadie quiere. Le prometimos celebrar una misa en honor a sus carnes no sin antes organizarle un pachangón de cuerpo presente como a ella tanto le gustaba: con música oldie, un chingo de cerveza y perico.
La velamos y festejamos en el Chabela's Bar ante la mera elite de las mujeres más cotizadas por gringos y sureños. Hasta el presidente municipal estuvo presente con entusiasmo y se engalanó con tres bricks de cocaína calidad premium Levis 501, de la que usa Donald Trump, Paulina Rubio y el Papa. Fue tanta la algarabía que todavía nos alcanzó la fuerza para alargar la despedida dos días más. Setentaidós horas fueron suficientes para que hasta las muchachas de Puebla, Tlaxcala , El Estado y hasta las mozas del aseo rozaran carne, billetes y perico redimidas de las aceras por las ínfulas de proxeneta generoso que de repente le agarraron al patrón, el mero jefe de la alegre y famosa avenida Coahuila.
Fue una bacanal sin precedentes la cual solo me puse a mirar con la congoja amarga anudada con forma de lágrima en la garganta. Se hubiera alargado más de no ser porque al hijo del presidente se le ocurrió abrir el ataúd de Zulma para brindarle un trailero de cocaína. Andaba tan borracho y cogido que tropezó con un tertuliano caído y terminó enredado con el cajón de nuestra festejada yéndose los dos al suelo. Mi amiga salió rodando y entre las vueltas que dió dejó un pedazo de cachete embarrado en el suelo levantando una pestilencia que nos puso a cada quien con los pies en el meritito infierno. No dimos para más. Esa misma tarde la llevamos a enterrar en el panteón que está a un lado del cerro colorado, bajo una lluvia triste y silenciosa. Hasta el sol se nos escondió ese día tapándonos con un manto gris la visión de Dios que todo lo perdona. Me despedí de ella cuando salimos del camposanto. Alcancé a ver su tumba en la parte más alta, rodeada de flores artificiales y rehiletes multicolor. Al pie de la cruz estaba su hijita, haciéndole una helada despedida, sonriente y sin llorar. Luego, todo se fue al carajo entre la bruma y oscuridad que llegaba despacito, como para no espantar las animas que a diario salen a convivir con los recién llegados"

 

IV.

 


Juro que estuve a punto de mandarla al carajo. No tuve el valor. No lo hice porque le creyera en absoluto la gruesa epopeya que vivió en su viaje a ese norte del infierno. No la dejé porque desde hacía tiempo se apoderó de mi una dependencia rara. Dependencia que transformaba de manera sezgada en una supuesta y pretenciosa lástima hacia ella.
Esa lástima sin supuestos motivos claros que resolvía en sentir que algo le debía al mundo desde antes de nacer. Desde que Condolesa regresó ya no pude ser el mismo aún y cuando ella se esforzaba por ser lo que ella suponía dentro lo más profundo de sus remordimientos lo que yo necesitaba. No era necesario que cambiara: la necesitaba tal y como era. Esa mujer con el ánimo tan al pairo pero sincera. Me dediqué entonces a ver con tristeza como el mundo se me despeñaba sentado bajo pálidas tardes en el patio esperando a que ella dejara su plan de atenderme para que se largara y volviera de su mundo para contarme una historia más de muerte.
Se volvió más asidua a nuestro lecho, más atenta. Engalanaba la noche con sus cuitas cómicas y salaces o, con el delirio tembloroso y experto de su carne. Estuvo alegre esos días y esto no terminaba por gustarme. Dejó las visitas a sus amigos a un lado todo lo que le permitió la dependencia hacia ellos mientras la mía se transformaba en un no se que muy incómodo. No duró mucho, gracias al cielo. Un día la encontré furiosa contra Mika, la fogosa compañera de parrandas. Había terminado la hermandad que las unía cuando a esta se le ocurrió mal hablar de Zulma y su hijita. "Pinche teibolera pedorra. Vergüenza debe darle andar enseñando sus tetas aguadas y bailar como foca. Y todavía me amenazó con decirte cosas inconfesables después de que le compartí la cama. Eso gano por arrimar perras mestizas a la confianza. Cómo sea, jamás fue mi amiga sino más bien una sana competencia. A mis amigas jamás les compartiría el hombre que me hace feliz"
Me dió risa pues pensé que las negras como ella no tenían ese tipo de desplantes raciales que no estuvieran dirijidos hacia las rubias.
El pleito con la mestiza fue providencial. Condolesa volvió a las andadas; justo lo que yo necesitaba para recuperar al corazón esa dependencia que se me estaba confundiendo hasta la ira con la devoción que me brindaba esta loca.
Lo que estuve esperando en pálidas tardes se empezó a tornar en una realidad mucho mas triste que antes. Amaba eso y no podía vivir sin sentirlo. Nuestra cama estaba otra vez destendida al abandono. Condolesa volvió a refugiarse en los amigos que le quedaban y yo me tiré a la calle a darle duro al negocio pues el viejón empezó a creer que yo me estaba queriendo cambiar con los contras quienes para esas fechas nos traían asoleados a balaceras y levantones; nada que ver. La certeza de la tragicomedia ausente de mi mujer no me dejaba dormir, menos trabajar como dios manda y estuve como 'puntero', vigilando los ruidos de la puerta y acabándome la mercancía para resistir los embates de la soledad y la tribulación de saber quién chingado se tenía que morir en el barrio para que la negra regresara derrumbándose a contarme.
Llegaron las tormentas de verano mucho antes del día de San Juan. El cielo se desempedraba con gruesas gotas que hacían un ruido ensordecedor sobre la lámina de cartera. Comparaba sin conciencia las lluvias con las risotadas de Condolesa y llegué a preguntarme, entre sorprendido y enamorado de la tristeza, dónde había quedado el hombre que antes se tiraba a la pelea o se desvelaba maquinando chingadera y media para calzarse hasta las truzas de billetes. Me acordaba de todo esto y lo comparaba con el guiñapo que ahora lloraba nomás empezaba a gotear el cielo o se ponía a componer cosas de maricas en vez de arreglar el barrio nomás con pensarlo o asomar las narices a la calle. Temblaba de coraje y vergüenza pero estos arranques de macho varón masculino eran como la espuma de las cervezas o el efecto de una cocaína más cortada que las nalgas de un emo: Duraban lo menos diez segundos y lo más, quince minutos. Me la pasaba lo más cercano a casa y mis negocios se circunscribieron nomás unas diez calles en un perímetro tan poco redituable comparado con el mini-imperio que sostuve meses atrás. Mis antiguos admiradores creían que el culo a los rivales había ganado pero en realidad era que el culo del corazón me había traicionado. No iba más allá del perímetro al que confiné mis andanzas nomás porque esperaba el cuerpo que portaba mi amor mal fundado. Una noche llena de vapor y sensia que respetaba hasta los árboles en un sopor más grueso que el atole que dan en el IMSS, llegué a casa y me senté sobre la acera a esperar lo que fuera, con el periódico más barato de la ciudad en la nota roja, buscando a ver si alguien se había muerto en los barrios cercanos y eso hacía volver a mi adorado tormento, cuando sentí su presencia pesada jalándome desde nuestro cuarto como un tentáculo viscoso y caliente. El corazón me volvió a llenar el pecho después de meses sin saber de ella.

 

V

 


Era un desastre de persona. Había perdido mucho cabello y se le habían caído algunos dientes. Apestaba tanto a animal muerto que por un momento pensé que se había traído el cadáver de alguno de sus apreciables amigos para enterrarlo en el patio.
"tengo tanto que contarte" -me dijo con una tranquilidad que me atemperó los ánimos. Llegué incluso a creer, después de comprobar con manoseadas por todo su palmito que en efecto, de muerta nada tenía, que era la imagen de una resurección invocada por sus habilidades de bruja jarocha pues hasta tierra traía pegada detrás de las orejas y en la cavidad del ombligo además de la asquerosa pestilencia que traía metida más adentro del pellejo. Me extendió un papel y me mandó a la farmacia por unas rivotril en gotas y una Coca-Cola para 'hacerlas tronar más rápido". Más tarde me pudo contar todas las tribulaciones que padeció: La muerte de uno de sus amigos de la infancia a bordo de una moto-racer en una competencia feroz contra un narco junior por un premio de treinta mil pesos que estaba pagando la ruta Tepuche-Cosalá la cual bordea las faldas de la sierra entre cañadas, barrancos, vados y pueblitos azotados por la fiebre de los laboratorios de 'cristal'. Según me dijo con tristeza, lo encontraron bañado en sangre y revolcado en lodo, con la mitad del esqueleto quebrado y un ojo de fuera, cantando la canción "cruzando cerros y arroyos"; narró, no sin llorar, la última epifanía de una vieja que padeció hasta morir de dolor un cáncer terminal; la señora dejó tres hijas huérfanas y en edad de merecer hundidas en una viudez adolescente y el alcoholismo. También lamentó la triste pérdida del viejo pepenador que fue chamuscado por un rayo en la última tormenta eléctrica que azotó la ciudad y dejó sin luz toda la zona norte durante treintaisiete horas contadas con el termómetro de los calorones a cincuentaicuatro grados. Unos habitantes del basurón municipal lo encontraron, dijo con afán de detalle como si yo nada le creyera, todavía humeando y oliendo a licuadora quemada y con su fiel compañero 'fierabras' recostado a su lado como una costra, el cual también falleció y se fue seguro al cielo de los perros. Por último, se derrumbó al describirme el asesinato de su prima hermana en un asalto a quien entre su madre y el cura Coronel criaron con mucho miedo a dormir desnuda y la luz de su cuarto apagada.
Ya no volvió a levantarse jamás para algo que no fuera la contemplación. Lo agarró un miedo cerval a la muerte al grado de ni asomar las narices siquiera para ver como meses antes, a los niños jugando a la pelota o a las escondidas. No temía a que la calaca le jalara las patas. Le daba pavor que fuera ella, con su sangre de bruja nicromanta, quien fijara la ruleta macabra y decidiera con apuesta al trece negro el destino del infortunado que tenía que irse al otro patio.
Al principio de la caída no hablaba de otra cosa que de brujería, maldiciones, la santa muerte, Jesus Malverde, San Judas Tadeo y toda la santería que se dedica a oficios oscuros, pompas fúnebres o asuntos que hasta dios se declara incapaz de comprender.
Luego, su platicar se volvía por momentos una maraña de situaciones alucinantes. Le palidecían los labios en un trémulo de boca de pescado fuera del agua mientras describía con miedo el tráfago de sus muertos que no la dejaban de acosar ni dormida:
"anoche, vino mi tío Alberto a visitarme. Fiel a su conducta entre cómica y salaz, me despertó subiéndose encima de mi cuerpo, tapándome la boca para que le escuchara mejor los cuentos que me espantaban de niña. 'es un íncubo -me contó una noche de favores el padre Coronel- eso le pasa a las mujeres de panza caliente como tú'. La verdad, mi tío Alberto no me parece tan mala persona a pesar de sus espantos. Bien hago en decir que me conforta. Después vino mi tía y mi madre, regañándome toda la santa noche por ser tan imaginativa y miedosa; por inventar historias de que mi santo tío Beto era capaz de quitarle el aliento hasta a los chivos del diablo. Mija viene también a llorar. Pobrecita; con su silbadera en el pecho y esas ojeras que le pintaron las fiebres de la bronquitis, ese mal del frío que le caló los huesos hasta llevársela al seno de Diosito. También llora mucho porque dice que tio Beto no la deja en paz con esa broma de subirse arriba de la gente. Mi prima no me da descanso y todos los días pasa por la calle silvándome para que salga a hacerme cargo de una niña quien pide a grito pelado que por favor le haga su vaporización para poder respirar. Campagnolo me hace señas desde la ventana apurándome en que le ayude a secarse la sangre de la descalabrada y limpiar su tumba que ya está invadida por vainas de guachapor y no lo dejan pasar a su ataúd sin llenarse de alhuates los pantalones. A Liduvina, pobrecita y que dios la haya acogido en su santo seno, me la he encontrado en el baño; iluminada su figura bajo una luz azulosa y escupiendo gargajos de sangre mientras le pregunta a su corazón partido donde estarán sus hijos que no van a visitar la piedra bajo la cual la sepultaron. Ingratos que no se acuerdan ni uno con otro de prenderle siquiera una veladora o de menos, un carrujo de mariguana última cosecha del triángulo dorado. Esa Liduvina. Tan buena para el mitote y ahora, pura lamentación. Para eso se muere uno? Para luego venir a estar chingándole a los vivos? Esa Liduvina. Se va con las primeras luces del amanecer encargándome mucho a su prole, como si yo no tuviera tanta cosa que hacer o un hombre que coger. Ay de mí, Jorge del Alma. Ay de mi. Entre todos me van a matar de la forma en que murieron: Asfixiada por tanto peso que cargar o apagada la luz de la razón por un golpe en la mollera o la descarga de un calambre eléctrico. Ay de mi. Ojalá suceda pronto si tiene que ser. Ojalá sea como sea y prontamente porque ya no aguanto tanta carga que pensar"
Fue la última charla más o menos hilada que le escuché. Todos sus amigos habían muerto y se quejaba de no tener rumbo en las tardes. Ya nada quedó de aquella afroantillana balanza del erotismo y el deseo de morir. Ah, Condolesa. Qué fue de tu cuerpo potable, de tu aroma a Hermosillo Boulevard Citric revuelto con mar? Qué hiciste con la lozanía prieta de tu piel? Por qué apestaste tus besos? Por qué arrancaste la mordida de tu boca que me hizo en pocas noches agradecer a Dios tener a tu animal cerca? A dónde te llevaste el gusto de esa almeja que me envolvía la carne arrastrándose en tu marea?
Ay, Condolesa. Ay de mi. Ya ni siquiera me queda tu tristeza para engordarme la sangre con la pensadera. Ay. Ya no sales a la calle pues para qué ha de ser. Ya ni el consuelo de la muerte que se llevó a tus ocho amigos que contabas con los dedos. Ay, bruja maldita. Negra cambuja. Ojalá pudiera amistarte con cien más para luego ofrecerlos juntos a la muerte y tener así motivos de vivir. Ay, Condolesa Romedal. Ay de nosotros. Ay de mi, diosito; Mira el maricón que me volví. Mira! Mira! La mujer que perdí por rumbos en donde difícil es llegar.

 

VI.

 


"La última noche que pasé contigo, quisiera olvidarla pero no he podido"
Mike Laure.

Ahora pasaba las madrugadas preguntándome sin obtener respuesta por qué la cosa del amar suele serme así. Cambié de vida para dedicarle las mejores noches de mi existencia a la piltrafa que me adjudiqué como amado tormento o espina en el culo. Condolesa era ahora un costal de huesos forrado de un pergamino del color de la tierra muerta; lo único que tenía de vivo eran las viajes en el tiempo entre fantasmas y palabras que le salían a veces como cascada, a veces como motitas de polvo flotando en el ambiente de nuestro cuarto caído en la miseria. Trabajaba yo entonces desde las seis de la mañana hasta muy entrada la tarde. Ganando apenas para comer y mantenerla viva dentro de la ruina que era. Por las noches vigilaba sus sueños y desvaríos hasta donde me alcanzaban las fuerzas. Esto tenía que terminar algún día, pero uno de los dos tenía que caer. Sucedió al fin, aunque aún no sé quién de los dos se derrumbó primero. Antes de que se fuera a otro mundo, Condolesa volvió a ser un largo instante que ardió como se quema una llanta. Un alto, lento y espeso fuego escupiendo humo hasta el cielo. Volvió a ser aquella mujer que me enamorara un día de agosto. Volvió a brillarle el mirar y perfumársele el suspiro; a mojársele el instinto y coloreársele el beso. Volvió a incendiársele la estufa y a prendérsele el aura de pitonisa y nigromanta. Sentada sobre aquella cama olvidada, con un haz de luz figurándole la mitad del rostro, me esperaba como se espera a alguien detrás de un vidrio; con una mirada que traspasaba todos mis más allá. Me habló después de tantos meses. Arrastró su voz para decirme con los puños arropándole los pechos: "acaban de matar al primer y único hombre de mi corazón" Luego, se abalanzó arrancándose la ropa para regalarme por primera vez en mi vida eso que muchos llaman amor. Aquello que mucho han asegurado es como tocar el cielo. Eso que llaman el segundo nacimiento o la muerte chiquita. La mujer que jamás voy a olvidar. Ella lo hizo. Ay Condolesa. "si me hubieran dicho que era aquel nuestro último beso todavía estaría besándote". Estuvimos platicando por horas y encontrándonos como jamás nos hubimos encontrado antes con nadie. Antes de dormir le pregunté que si como había muerto aquel hombre de su vida a lo que ella me contestó con una extraña sonrisa: "De un balazo en el pecho. Ahorita ha de estar tragándose la tierra mientras seguro piensa en mi. Ese hombre. A los hombres los deben matar, si es que alguien los quiere matar, de un tiro en la cabeza para que no se la pasen pensando en su amada en el más allá. Los balazos en el pecho nomás los medio matan y acá se quedan penando con el corazón partido y la mollera entre lo vivo, lo muerto y lo quedado en los relojes pasados" Eso me dijo y luego se montó de nuevo sobre mi para revolcarme con su carne como un costal de papas.

Me levanté al rayar el sol. Antes de salir de casa la miré. Se veía tan segura de su estar, dormida realmente por primera vez desde que la conocí, que me pareció la mujer más indefensa del mundo. Me despedí de ella y algo se cayó de encima. Ese peso que me hizo sentir un nudo en el alma desde que ella volviera de Tijuana. Nunca antes me hube despedido de nadie y menos de ella que desaparecía durante días sin darme oportunidad de pensar por qué chingado se había largado. Una ligereza en el ánimo me hizo besarle la frente. Al salir al patio, miré la Raleigh 64' y sin dudarlo un instante me monté en esta y salí a pagar las cuotas del día. Camino al trabajo recordé que la vieja bicicleta era un vehículo de la muerte relacionado de forma alguna con el estado de postración de Condolesa. Sentí un miedo que me paralizó unos instantes pero de inmediato me recuperé de la fantasía desechando todas las creencias oscuras de la mujer que ahora parecía tan indefensa acostada sobre nuestra cama destendida y muerta para siempre al latido de todo aquello que hace creer en el amor.
Regresaba de trabajar. El sol caía en el horizonte bajo pintando todo de color rojo. Estaba a dos calles de mi casa; silvaba mi canción favorita contento de tener un rumbo cuando de una entre calle me interceptó un automóvil Honda Civic color blanco y dentro de este descendieron cuatro tipos armados. Uno de ellos me gritó entre dientes: "hasta aquí llegaste, ratero hijo de la chingada" y luego disparó en tres ocasiones sobre mi pecho y a quemarropa. Antes de caer en el desmayo todavía alcancé a escucharle me decía: "no es nada personal, mi coquío, pero ya sabes que el que gacho la caga, gacho la paga. A los jefes no le gustan los rateros y tú ya la chingaste". Pero si yo no he robado jamás -alcancé a decirles mientras el paladar se me llenaba de un sabor a sangre y pólvora. Se llevaron la bicicleta y arrancaron dejándome en medio de la agonía y la polvareda. A lo lejos escuché los gritos de Condolesa. Entre la polvareda, el olor a balas quemadas y lo rojizo de la tarde la vi venía corriendo a todo lo que le daban las piernas; la noche estaba por caer.

 

VII.



"Es difícil sostener una vela
en la fría lluvia de noviembre.
Hemos pasado por esto mucho, mucho tiempo.
Solo trato de matar el dolor, sí;
Porque el amor siempre viene y el amor siempre va...porque nadie está totalmente seguro de quién se va a ir hoy"

Lluvia De Noviembre. Axl Rose.

El psiquiatra me explicó que Condolesa tiene remedio aunque necesita estar un largo tiempo interna dentro estas cuatro paredes; que necesita de mucho profesionalismo y que ella le eche ganas al vivir, cosa que está muy lejos de querer. Dice que esa locura viene de muy lejos, desde que era muy niña. Dice que mucha gente le hizo daño y le mató la inocencia. Que muchas personas abusaron de ella y le encogieron el corazón y el cerebro al grado de que tuvo que buscar refugio en la locura.
También me explicó que los daños en la cabeza pueden ser peor si ella vuelve a darle duro a las drogas. Me regaña cada que la visito pues considera que queriéndola yo tanto le haya permitido que llegara tan lejos con su padecimiento. El doctor Alejo no me cree que yo haya vivido durante casi dos años con ella sin notar que no estaba bien de sus facultades mentales o que se estaba metiendo mierda con todas las ganas de morir. Le puse de pretexto esos amigos que no abandonaba jamás pero el médico me dió en la cara al decirme que ninguno de ellos existió jamás y que Condolesa los había creado inconscientemente para tratar de resolver sus traumas de la infancia.
Me abruma ahora el tanto pensar en ese mundo a la medida que tuvo que crear para luego destruir a sus habitantes uno a uno hasta quedarse sola como un huevo de gaviota en el desierto. No quiero pensar quienes fueron aquellos que mató de formas tan trágicas. Me conformo con saber que cada lágrima que derramó por ellos, fueron un enorme tazón de bálsamo que le fue limpiando el corazón hasta dejarla como una recién nacida a quien hasta las nalgas tienen que limpiarle. Fueron lágrimas de perdón a esos fantasmas y a sí misma.
Un domingo primero de noviembre fui a visitarla al hospital con algo de emoción en el alma. Hasta le compré un enorme ramo de flores de cempasuchil, claveles y crisantemos junto con un medallón conmemorativo de la virgen de Guadalupe colgado de un rosario bendecido por los oficios y sacramentos del padre Coronel. El doctor Alejo me recibió con una seriedad dolorosa. Condolesa había muerto al entrar la madrugada, temblando como una hoja y recitando los nombres de todos sus amigos. A mí jamás me mencionó como alguien entre vivos ni entre muertos. Cuando el doctor Alejo le dijo de mi nombre, hizo un gesto contradictorio, como si de repente me hubiera recordado y borrado de su existencia a la vez. Solo dijo: "Al único hombre que amé lo mataron de un balazo en el corazón. Ahora debe estar tragándose la tierra y pensando en mi".
Me entregaron su cadáver al caer la noche. Lo velé solitario y cerrada la casa para que no entraran ni las moscas. Los ramos de flores los deshojé y extendí sobre su cuerpo; El rosario con el medallón lo enrollé entre sus manos, compré cuatro velas y estuve pensando lo difícil que fue y lo peor que será sostener la flama de la vida si no está ella presente, mientras miraba el cadáver hermoso que es ahora; pensando en lo irónico de la situación pues debería ser ella quien en estas horas debería estar hablando sobre mi a mi mismo y no yo, hablándole a la nada sobre ella. La sepulté la tarde siguente en el panteón 21 de marzo. Al llegar a casa, una lluvia finísima me acompañó hasta después que las ánimas comenzaran a penar, aprovechando que los grillos callan cuando el cielo llora. Juro que cuando dormía, aquella Condolesa del lejano agosto, llegó a calidarme la cama.

 

VIII



"El verano inhaló profundamente y contuvo la respiración demasiado tiempo;
El invierno se veía igual, como si nunca te hubieras ido.
Y a través de una ventana abierta donde no ha colgado una cortina...como a través de la niebla
Te he visto...te he visto...como si regresaras a mi"

Comin' Back To Me. Marti Balin.

"Pues ahora las noches se han vuelto un noviembre eternizado en el que espero para siempre a Condolesa, doctor"
Eso le dije a mi amigo. Porque ahora el doctor es mi amigo; eso afirma poniendo la mano en mi hombro cada que comienzo a contarle mis penas. Mi padrino me dijo semanas atrás que cuando uno se vuelve amigo del loquero es porque uno ya está más loco que un chango.
Como sea, me reconforta la plática seria y cordial de Alejo. Me he quedado en el hospital varias noches hablando con él sobre muertos y sueños perdidos hasta ver la salida del sol.
No tengo más con quién platicar. Él es el único que cree, con un ánimo profesional y amigable que a veces me da desconfianza, que Condolesa se transfigura con las sombras oscuras y alargadas de la tarde; el sabe que a veces las personas que amamos se aparecen detrás de las ventanas o hasta llegan a sentarse al filo de las camas y que puede ser hasta normal que platiquen con uno algunas cosas de gente viva. Me escucha y me escucha mientras escribe y escribe y sirve el café y a veces hasta me da una pastilla dulzona que sirve para no tener pesadillas pues eso sí que es muy malo. Mi amigo Alejo asegura que cuando uno sueña gente muerta es porque nuestro rumbo del alma ya se quiere ir al más allá o que el más acá ha perdido el interés. Yo no quiero morir. Nadie ha regresado de la muerte a contar cómo está el asunto ese de ser un difunto chocarrero; más allá quien sabe que habrá. No sé si muerto volveré a ver a Condolesa. Así, vivo aunque triste, al menos la veo entre las oscuras de la noche, a través de las ventanas; al menos siento sus nalgas ocupar un espacio de la cama; al menos viene a revolcarme en los sueños; al menos me puedo imaginar, como si cuando viva le hubiera importado algo de mi que no fuera el oírle sobre su lotería de amigos, que algo se le quedó en alguna parte de mi corazón y por eso viene de tarde en tarde a revisar la piedra que dejó sembrada. Al menos se que dentro de la destornillada de cerebro algo debió sentir por mi, pues nadie corre por el medio de la calle y con las chichis de fuera para ver de qué forma mataron al autor de sus días y carnes.
Por estas fantasías y más, mi amigo Alejo me viene invitando a que me quede un tiempo al menos; al menos hasta que Condolesa se termine de largar a un lugar al que él llama duelo final.
Trato de pensar en otras cosas pero esta mujer negra, rozagante como nunca, no deja  de acosarme tratando de cuadrar, creo, el arqueo de su situación actual e infame con todo lo que me quedó debiendo cuando aún podía desarticular mis ganas de coger con las sabidurías expertas de putona babilónica.
Trato, por ejemplo, de pensar que aún puedo recuperar el mini imperio de drogas que sostuve hace unos meses.
Que aún hay por allí alguna mujer que pueda soportarme de mala gana aunque sea.
Trato inútilmente de creer que este corazón merece mejor suerte y no esta broma macabra que me tiene aquí esperando a que la muerte llegue o se vaya no sin antes estar seguro de volver a ver o vivir a Condolesa como antes y no como la veo en este preciso momento a través de la bruma de este invierno imposible que parece helarme más la calavera bajo el cuero; soy ahora un bolso de puro hueso roído por la soledad.
Ay, negra maldita. Ahora me doy cuenta lo libre que me hacías de alguna forma.

Pasan y pasan los meses y Condolesa aún pervive y, de hecho, ahora existe de forma ominosa como un recuerdo vergonzoso que se niega a morir nomás para tenerme preso de esta forma. Un fantasma es un recuerdo pesado que muchos se niegan a descargar. Eso dice mi amigo Alejo. Es doloroso pensar en ella. Pienso y pienso pero ya no encuentro su rostro; ya no encuentro el olor; ni siquiera las granizadas de septiembre me la pueden revelar; ni siquiera este calor del horno me hace remembranza al vapor de su vagina.
Alejo me pregunta a diario que si qué es lo que quiero. Me pregunta mientras sonrió mirando la cama donde murió el cuerpo que cargó mi amor sin muchas ganas. Me pregunta y le contestó:
Solo quiero salir de aquí.
Y lo que me responde:
-Algún día, Jorge.
Algún día, ya que dejes de recordar.
Y yo recuerdo y recuerdo viendo la cama donde murió y luego pienso y pienso en la cama de mi casa. Esa cama destendida y sin pulsar de forma alguna. Allá me espera la muerte; pero aún no. Aún no.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

Los Ominosos Estadíos de Condolesa

y una Cama sin pulsar.

Waldo Contreras López

 


Conocí a la última mujer de mis noches entre el gentío que pulula en este mercado ciudadano de lunes a domingo. Desde lejos se hacía notar no tanto por el palmito sino más bien por la larga carcajada que sonaba dura como pedrada en el tronco de la oreja alcanzando los cuatro puntos cardinales de este enorme emporio de barriada. Si bien, nadie puede negar que esta negra tenía las carnes tan bien puestas como para darle de sofocones hasta a un quinceañero, no era el cuerpo de terremoto que poseía sino una inclinación en el carácter que provocaba en muchos hombres querer protegerla, aunque nada de uno necesitara este portento de la depresión, además del sexo. Su carcajada no era una fanfarria de alegría. Parecía más bien el sonido discordante de las granizadas de septiembre. Uno la oía reír y se enteraba que esa cacofonía no era un canto a la alegría si no algo muy parecido a la histeria desatada o un despeñe hacia el barranco de la locura. Está mujer no reía: lloraba como buena jarocha, a carcajada limpia. Cada asalto emocional terminaba bañada en lágrimas y aquello que fue un sonido de derrumbes se había  transformado en un suave dique desaguándose poco a poco, chorrito por chorrito, lágrima tras lágrima. Luego, se incorporaba como si nada con una sonrisa infantil y moqueando la gripa de la existencia, para alejarse a paso bailarín y contoneándose como si estuviera estrenando las nalgas. Se le veía la sarna del sufrimiento desde muy lejos. Entonces, por eso, todos queríamos estar lo más cerca de ella para recoger las migajas de lo poco que le sobraba para regalar al mundo. Quienes no la conocían tan de cerca suponían que una mujer como ella solo podía tener amantes de pasada y ya. Esto en parte era cierto; quien le recibiera la lumbre de su ser africano le sobraba. Los que tenían cierta distancia larga con ella jamás alcanzaron a enterarse como yo que Condolesa aseguraba y defendió siempre tener varios amigos a quienes juraba amar tanto como tanto se dejó coger por quien la amara o no.
Yo estoy tan cercano a ella que se de las formas con las que esta rara mujer entregaba el corazón a sus escasas amistades que pudo contar con los dedos de sus manos. "Estos dedos cuentan los compas y mayatas que amo. Los que me sobran, me los chupo cada que alguno de ustedes dice amarme antes y después de coger" -decía, y luego se metía los dedos pulgares a la boca y los mamaba con gula inaudita. Me escogió para su compañero de cuitas quién sabe porqué; porque, como ya dije, compañeros de cama le sobraban y yo no he de tener algo extraordinario por encima de estos para soplarle la estufa, aunque siempre me he considerado astuto en las mañas de la cama.


Pues resulta que Condolesa Romedal tenía un círculo de amigos reducido a sólo ocho personas con quiénes procuraba convivir a diario lloviera, tronara o relampagueara. Desde el comienzo de nuestra relación amorosa, Cony (como le nombrábamos de cariño en la central de abastos donde trabajábamos) mantuvo una atención distante hacia nuestro lío amoroso y regalaba sus mejores horas a este grupo selecto de amistades. Jamás los vi en persona y si los conocía de alguna forma era porque ella no hablaba de otra cosa que no fuera sobre los menesteres y tribulaciones de estos entes nebulosos. Jamás frente a mi mostró un cariño especial hacia nadie cuando hablaba uno por uno de ellos y repartía su corazón afroantillano de formas exactamente parejas. Esto ayudó mucho a paliar los celos que me carcomían el hemisferio cerebral donde habitan estos monstruos de miles formas.
Al principio llegué a pensar que Cony me estaba engañando; que esas personas no existían y solo eran producto de su astucia en tejer engaños, al grado de armar tertulias amistosas falsas para lograr verme la cara de menso, puliéndome los cuernos mientras montaba el mástil de algún cíclope ignoto. Después, comprobado el hecho de que esta negra era incapaz de hacerme una trastada pues, miedo tenía de mis reacciones furibundas y sabía que yo soy capaz, al menos, de escupirle una balacera en las patas para hacerla bailar nomás en mi pista, creí que más bien se daba sus escapadas a los llongos de la colonia "las coloradas" para ponerse a fumar como perdida gramos y gramos de metanfetamina; ah! La droga! La maldita metanfetamina. Un asunto escabroso que, habíamos acordado en común, ella dejaría de usar si de verdad deseaba una relación larga y duradera conmigo, con todo y que yo soy el mero jefe del narcomenudeo en la zona sureste de la ciudad, y eso es poco decir. Así nos la pasábamos; entre reclamos y largos espacios de tiempos tensos, entre los jalones del amor y sus ausencias fantasmagóricas a un mundo que desconocía.
Un día típico regresó llorosa y con aspecto mortuorio después de haber desaparecido una semana dejándome abandonado en nuestro tálamo conscupicente.
"Se murió Liduvina Jerez", me explicó después de agarrar respiro en un lapso en el que la lloradera le dio una tregua.
Me dio la fatal noticia muy seria y secándose las lágrimas, con un tono de prisa para luego soltarme un trágico desenlace con una voz pausada y queda en contraste con el sopetón con el que inició la explicación de su larga ausencia:
"Estaba muy sola, sabes? Con esos seis hijos y esos amantuchos mantenidos. La pobre se destroncó los riñones trabajando desde que mal pariera al primer muchacho hasta hace siete días que se derrumbó agotada y echando espumarajos rojos por la boca. El médico de la ambulancia dijo que se le partió el corazón. Como no se le iba a partir pues desde los trece años supo lo que era la perdida cuando ese chavalito a quien nombró Rubén casi le saca la matriz enganchada en esos pies de chivo. "Es hijo del diablo", le dijo su madre. "Es hijo de un fauno", le dijo el cura que lo bautizó: "eso le pasa a las niñas que andan de calientes. Se les aparece el Sátiro y se las coge sin miramientos y sin importar que estén más lampiñas que un cirio". Como no se iba a morir tan joven la pobrecita si nomás le cayeron encima los sagrados cordonazos de San Francisco quien puro animal le puso en el camino.
Poco a poco se fue deshojando la flor de su radiante juventud. Un botoncito de rosa que fue desflorado a güevos por el "talibán", ese vicioso de mierda...que bueno que ya lo mataron. Ahí comenzó su muerte. Poco a poco se fue secando hasta quedar hecha un surrón de culebra, seca. Poco a poco se le desinfló el respiro. Pobrecita mi amiga del alma. Se quedó mirando la puerta mientras echaba la vida por la boca esperando a ver si llegaba uno de sus hijos a cerrarle los ojos. Poco a poco. Poco a poquito se le fue la luz y el rojo de sus cachetes mientras saboreaba su propia sangre. Poco a poquito. Pobrecita. Hace cinco días la sepultamos. Palada tras palada "Chaz Chaz! Chaz Chaz!" Sus hijos ni lloraron. Poco a poquito, su carne fue comida por la tierra caliente. Adiós. Adiós Liduvina. Te voy a llorar toda la noche, bajito; no vaya ser que te despierte y quieras regresar a seguir sufriendo"

Después de darme esta triste retahíla miró con un raso de lágrimas pero aún así extendió la más brillante perla de sus sonrisas y me regaló el mejor beso que fue posible. Luego se tiró a dormir dos días hasta que la pestilencia de sus humores corporales me hicieron despertarla. Todavía tardé un día más para convencerla de que se bañara; tres noches rogándole caricias y una mañana entera de reclamos. Hasta que una tarde entró desnuda al baño mientras me duchaba y, con esa negritud costeña me hizo el sexo de una manera presurosa, como si algo la esperara en otro mundo y tuviera que partir enseguida sin dar tiempo a que las mieles se nos secaran en la entrepierna. Me dejó como un costal vacío y con el sentimiento de que algo de lo nuestro, si es que lo había, se pudrió bajo tierra junto al cadáver de la mentada Liduvina. Unas semanas después la ví con más ánimo aunque, de una manera poco perceptible, un poco flaca y con una momentánea y rara forma de mirar; algo así como un brillo de locura en la manera de percibir y explicar las cosas más insignificantes. La muerte de su sufrida amiga le caló hondo de alguna forma, como si esa pérdida le hubiera removido un recuerdo que le hiciera por momentos, olvidar la mujer que era en el presente.

 

II



Pasaron un par de meses y la alegría volvió a las carnes de mi amada a pesar de su desmejoría en el brillo de la piel. Se ponía a cantar bajito por las tardes canciones del Grupo Miramar, Mike Laure, Rigo Tovar y los ocho de Colombia. La observaba rodar la vista tan en paz y algo feliz mientras miraba a los niños jugar pelota o a las escondidas durante las primeras oscuras de la noche. Esperaba que se encaminara a la cama con la esperanza de sus senos y ese sexo pétreo pero luego se ponía a ver televisión para quedarse dormida enseguida. Abandonó el hábito de amarnos por las noches y en cambio me condonaba con espasmos y trémulos mañaneros más rápidos que una cagada al filo de la hora en que te deja el camión. Luego tomaba rumbo a con alguno de los siete amigos que le quedaban y no regresaba hasta la hora en que los grillos de las paredes comienzan a cantar.
Algo de fatalidad estuvo esperando estos días. Se esforzaba de verdad por estar alegre y suspirar tranquila pero al descuido mostraba la tribulación que desde un tiempo acá la estuvo asaltando. No tuve que esperar mucho; acababa de llegar de mi trabajo y prácticamente ella entró a casa tras de mi.  Esta vez la noté exhausta.  Llevaba, según su costumbre, días sin asomar la cara tras la cortina de nuestra alcoba. Venía huyendo quien sabe de qué más allá de la muerte, con el helar madrugal de los difuntos tras ella, tiritando por una calentura que nada tenía que ver con lo calamitoso del clima invernal.
Había muerto ahora un fulano según ella llamado en vida don Campagnolo; un tal viejo dependiente del más viejo taller de bicicletas de la colonia veintiuno de marzo. Condolesa explicó, no sin tristeza, que este murió de un golpe en la cabeza después de caer de una chopper Raleigh 64' que dizque hubo reparado después de estar veinte años intentándolo. Tanto detalle me daba esta mujer que terminé atribulándome en serio por alguien de quien no conocía nada además del sufrimiento y ancianidad. Pues resultó que este infortunado se mató montado, o más bien caído desde lo alto de la herencia de su abuelo, el primer Campagnolo que tuvo un taller en la ciudad, en la colonia Mazatlán. No se paseó ni dos kilómetros estrenando su herencia recién restaurada cuando un camión urbano de la ruta zapata-centro se le atravesó derribándolo del flamante armatoste. No lo aplastó de milagro pero los treinta kilómetros por hora sobre los que viajaba tan contento fueron suficientes para dejarlo en coma cerebral dos días hasta que su hijo Miguel Ángel dió la orden al médico en jefe para que lo desconectaran del respirador artificial que lo aferraba a lo que le quedaba de la existencia: su cuerpo aún fuerte y atlético de setenta años construido de andar toda la vida pedaleando bicicletas ajenas. Condolesa me llevó al patio  y ahí estaba un poster enmarcado de Lance Armstrong, un puñado de pulseras amarillas y la trágica bicicleta, intacta y reluciente.
"Miguel Ángel me lo regaló pues considera que yo la merezco más que cualquiera de ellos por haber acompañado al viejo en su solitaria viudez de bicicletero abandonado. Tú sabes, fui como la única hija para él pues tuvo puros machos que para lo único que sirven es coger, tragar cocaína y regar plebes en toda la zona sur de la ciudad"
Me conformo con que no haya pedaleado mi bicicleta de cuero -le secundé con hilito sangrón de celos en el tono, así como no queriendo la cosa; para que se diera cuenta que no me gusta mucho que otro macho se asome por mi cortina aunque sea para regalarle chingaderas con intenciones fraternales o legar herencias post mortem.
Más tarde, en la plática de sobre cama y cena con café, me reclamó por las vanas sospechas y la falta de respeto por lo difunto echándome en cara tanta frivolidad pues Campagnolo fue siempre incapaz de verla como mujer para otra cosa que no fuera una buena hija:

"Era un remanso de dulzura y paz el viejito. Me daba lástima todo lleno de grasa y su corazón tan a la buena de Dios. Con sus manos llenas de callos y faltas de un cuero mujeril donde limpiarlas por las noches de la ingratitud del tiempo que las hacían temblar por cualquier cosa"

Sospechaba una trastada a pesar de que Cony me habló con pelos, señales y casi todos los días de las penurias que ese viejo padecía. Hasta la muerte me parecía algo más que una casualidad. Dos ausencias motivadas por la supuesta aparición de la parca me dejaron pensando sobre algún tipo de pendejez en mi cabeza. Me convencí en serio de que esta amistad con el bicicletero decimonónico y las otras eran reales gracias a la hermosa Raleigh de colección, las pulseras amarillas y el póster enmarcado de Lance Armstrong, ganador de ocho Giros de Francia y mundialmente repudiado por cocainómano y tramposo. Fueron los primeros objetos que daban testimonio de que sus amistades si existían. Respiré tranquilo y algo avergonzado por malpensar así de la negra. Recé una versión muy breve del padre nuestro por el descanso del decano bicicletero italiano , le agradecí en silencio por la herencia del año del caldo y, claro está, por su bendita muerte pues esto significaba para mí horas de amor y compañía de parte de Cony, quien me tuvo desde días atrás muy abandonado.




III

Un día, ella llegó muy contenta y me invitó a bailar cumbia a La Caverna. Estaba en plan de celebrar que su amiga Zulma había vuelto de Tijuana después de trabajar todo el año, con mucha fortuna, de prostituta en los tugurios infecciosos de la avenida Coahuila: "se hubiera hecho rica -me dijo- de no ser porque un pocho coyotero la andaba queriendo matar por haberle robado una libra de cocaína pura que éste pretendía contrabandear en San Diego. De no ser por eso, hubiera logrado comprar un departamento en playas o ya de menos, una casita vieja en la colonia libertad"
Se habían conocido en los arrabales de la colonia Lázaro Cárdenas, en un fumadero. Cayeron en simpatía recíproca pues ambas sufrían del mismo padecimiento emocional que les hacía actuar más inestables que el vuelo del colibrí, eran también adictas al "crico" además de estar igual de prietas, según me hubo descrito Condolesa. Todos sabemos que esto último suele hermanar a este tipo de mujeres pues hay en ellas una índole muy añeja en sus ánimos que les hace formar pequeños clanes en contra de toda rubia que se les atraviese en el camino. Rubias es lo que abunda en esta ciudad y pues, ya sabrán del tipo de emociones que las unían. Estuve con ella pasadas las cuatro de la mañana hasta que recibí una llamada urgente de un cliente desesperado por un ocho de cocaína y tuve que retirarme. Cony se quedó en el antro bebiendo con otra del mismo clan quesque para esperar a la Cenicienta Tijuanense. Me quedé con las ganas de conocer a la exitosa Zulma y estuve pensando en ella hasta que salió el sol; alguien con ese empuje me hubiera sido de gran ayuda pues al parecer, era muy buena para el trafique además de que posiblemente podría tenderme la cama que Cony cada día abandonaba sin asomo de querer componer mi asunto carnal.
Supe de las dos hasta pasado un mes. Corrían los días de abril. Ya casi estaba olvidando el olor de su carne cuando la sentí primero antes de verla remontar la calle. Era un esqueleto rumbero en comparación con la mujer que se quedó bebiendo vodka en la caverna. Venía acompañada de Mika, la mujer con quién se quedó esperando a la mentada Zulma. Apenas si me saludaron con un asomo de vergüenza en sus ojos. Luego se echaron a dormir juntas en la cama destendida para despertar luego de transcurridas treintaiocho horas de pesadilla para mí, con cada minuto y segundos contados con el reloj biológico de la desesperación. Me pidieron con un hilo de voz algo de comer y un par de ballenas pacífico bien heladas. Al regresar las encontré recién bañadas, olorosas a Hermosillo Boulevard Citric y con una disposición sexual que me asustó. Parecían cadáveres queriendo aferrarse en algo vivo. Me dejé querer con un sentimiento vago de pérdida.

Condolesa anduvo en Tijuana. Eso me dijo. Me contó que Zulma se había suicidado la noche en que la estuvimos esperando para celebrar su éxito como puta en la loca esquina del mundo mexicano. Razones de más tuvo, según me enteró con lujo de detalles que me amargaron la existencia desde entonces.
"-Zulma ya estaba mal de un tiempo acá. La pobrecita se enganchó duro del 'cristal' cuando se le murió la única hija de un asma que se volvió angina de pecho. Me daba miedo cuando a veces, se ponía a contarme que la niña estaba a su lado todo el tiempo, para que no se sintiera tan sola. Un día, hasta se tuvo que bajar de la camioneta de un millonetas pues vio a la pequeña por el retrovisor mientras ella le daba una mamada al viejo. Se bajó gritando despavorida: "perdón mija, pero es que de algo tengo que vivir". Otra vez, la vio en el reflejo del espejo en un sucio motel del mercadito Rafael Buelna llamado pomposamente "California"; un nidazo de cucarachas; y allí estaba Almita recostada con todo el peso fantasmal de su infancia en la cama episcopal, mirándola con ojos acusadores mientras ella se depilaba la panocha para que su machucante en turno la encontrara de su 'cosa' más lozana que una quinceañera. Cada día que pasaba la niña la acosaba más y no le permitía putear a gusto. La última vez que la vio fue antes de irse a tijuas cuando preparaba un foco para ponerse a fumar un 'ciego' de 'crico'. Le dolió mucho que su hija la abandonara por ser como era y por eso se largó a esa frontera del demonio a ver si ya la olvidaba por medio de las riatas de los hombres y el vicio que la dejó sola como un perro. Se llenó de tanta cosa y mucha mierda hasta vaciar el corazón. No. No pudo soportar tanta tristeza y mejor decidió darse por el jalón de su mismo peso.

-Mika y yo estábamos en la pensadera del qué hacer con el cadáver pues a Zulma no le conocimos nunca un pariente que pudiera ayudarnos con los arreglos del entierro cuando un amigo de ella nos habló desde Tijuana mientras íbamos camino a recoger el cadáver al SEMEFO. Nos explicó que estuvo llamándole sin obtener respuesta después de recibir mensajes telefónicos donde le decía que se iba a matar. Al enterarse de su muerte, nos ofreció trasladarla hasta allá para sepultarla entre amigos.

Pobrecita, porqué te mataste? Cómo se te fue a ocurrir tan fácil?

-Yo jamás tendría valor y cuando me estaba preguntando cómo se podía una suicidar sin sentir feo y el cómo se habría matado mi amiga para no sentir lo peor, el médico forense, muy joven y guapo parecido al Komander nos explicó que había muerto por asfixia tras haberse colgado por el cuello desde un árbol de pingüica, en la mera orilla del río Tamazula. La encontraron unos dizque estudiantes de sociología que andaban en la maroma de fumar mota. Ahí estaba ella flotando sobre el vapor de la mañana, con un foco bien agarrado en su mano derecha, con los ojos saltados y sacando la lengua, como burlándose del puto mundo que la parió tan desgraciada y buena madre.
-Me la puedo imaginar columpiándose mostrando las nalgas al río, como tanto le gustaba, en un vaivén más chingón que el que te puede dar el mejor amante. Pobrecita. Que muerte tan horrible te diste, Zulma. Que feo te fuiste -le decía yo cuando los carroceros se la llevaban al anfiteatro. Al menos está re-guapo el último hombre que le quitó ese puti-vestido comprado en los huizaches que tanto le encantaba usar.

-Como Zulma ya traía un color raro y le salía una sangüaza cafesosa de la nariz a pesar de que el muertero la dejó como raso de novia y bien arreglada para que no empezara a apestar, decidimos agarrarle la palabra al amigo fronterizo y pues nos la llevamos a darle sepultura en esa ciudad culera antes de que nuestra compa se reventara en pestilencia ante nuestros ojos pues poco podíamos hacer con su cadáver por ser tan pobres además de ir a tirarla a las bardas de La Primavera, ese lugar donde tiran los cadáveres de todo aquel animal o persona que nadie quiere. Le prometimos celebrar una misa en honor a sus carnes no sin antes organizarle un pachangón de cuerpo presente como a ella tanto le gustaba: con música oldie, un chingo de cerveza y perico.
La velamos y festejamos en el Chabela's Bar ante la mera elite de las mujeres más cotizadas por gringos y sureños. Hasta el presidente municipal estuvo presente con entusiasmo y se engalanó con tres bricks de cocaína calidad premium Levis 501, de la que usa Donald Trump, Paulina Rubio y el Papa. Fue tanta la algarabía que todavía nos alcanzó la fuerza para alargar la despedida dos días más. Setentaidós horas fueron suficientes para que hasta las muchachas de Puebla, Tlaxcala , El Estado y hasta las mozas del aseo rozaran carne, billetes y perico redimidas de las aceras por las ínfulas de proxeneta generoso que de repente le agarraron al patrón, el mero jefe de la alegre y famosa avenida Coahuila.
Fue una bacanal sin precedentes la cual solo me puse a mirar con la congoja amarga anudada con forma de lágrima en la garganta. Se hubiera alargado más de no ser porque al hijo del presidente se le ocurrió abrir el ataúd de Zulma para brindarle un trailero de cocaína. Andaba tan borracho y cogido que tropezó con un tertuliano caído y terminó enredado con el cajón de nuestra festejada yéndose los dos al suelo. Mi amiga salió rodando y entre las vueltas que dió dejó un pedazo de cachete embarrado en el suelo levantando una pestilencia que nos puso a cada quien con los pies en el meritito infierno. No dimos para más. Esa misma tarde la llevamos a enterrar en el panteón que está a un lado del cerro colorado, bajo una lluvia triste y silenciosa. Hasta el sol se nos escondió ese día tapándonos con un manto gris la visión de Dios que todo lo perdona. Me despedí de ella cuando salimos del camposanto. Alcancé a ver su tumba en la parte más alta, rodeada de flores artificiales y rehiletes multicolor. Al pie de la cruz estaba su hijita, haciéndole una helada despedida, sonriente y sin llorar. Luego, todo se fue al carajo entre la bruma y oscuridad que llegaba despacito, como para no espantar las animas que a diario salen a convivir con los recién llegados"

 

IV.

 


Juro que estuve a punto de mandarla al carajo. No tuve el valor. No lo hice porque le creyera en absoluto la gruesa epopeya que vivió en su viaje a ese norte del infierno. No la dejé porque desde hacía tiempo se apoderó de mi una dependencia rara. Dependencia que transformaba de manera sezgada en una supuesta y pretenciosa lástima hacia ella.
Esa lástima sin supuestos motivos claros que resolvía en sentir que algo le debía al mundo desde antes de nacer. Desde que Condolesa regresó ya no pude ser el mismo aún y cuando ella se esforzaba por ser lo que ella suponía dentro lo más profundo de sus remordimientos lo que yo necesitaba. No era necesario que cambiara: la necesitaba tal y como era. Esa mujer con el ánimo tan al pairo pero sincera. Me dediqué entonces a ver con tristeza como el mundo se me despeñaba sentado bajo pálidas tardes en el patio esperando a que ella dejara su plan de atenderme para que se largara y volviera de su mundo para contarme una historia más de muerte.
Se volvió más asidua a nuestro lecho, más atenta. Engalanaba la noche con sus cuitas cómicas y salaces o, con el delirio tembloroso y experto de su carne. Estuvo alegre esos días y esto no terminaba por gustarme. Dejó las visitas a sus amigos a un lado todo lo que le permitió la dependencia hacia ellos mientras la mía se transformaba en un no se que muy incómodo. No duró mucho, gracias al cielo. Un día la encontré furiosa contra Mika, la fogosa compañera de parrandas. Había terminado la hermandad que las unía cuando a esta se le ocurrió mal hablar de Zulma y su hijita. "Pinche teibolera pedorra. Vergüenza debe darle andar enseñando sus tetas aguadas y bailar como foca. Y todavía me amenazó con decirte cosas inconfesables después de que le compartí la cama. Eso gano por arrimar perras mestizas a la confianza. Cómo sea, jamás fue mi amiga sino más bien una sana competencia. A mis amigas jamás les compartiría el hombre que me hace feliz"
Me dió risa pues pensé que las negras como ella no tenían ese tipo de desplantes raciales que no estuvieran dirijidos hacia las rubias.
El pleito con la mestiza fue providencial. Condolesa volvió a las andadas; justo lo que yo necesitaba para recuperar al corazón esa dependencia que se me estaba confundiendo hasta la ira con la devoción que me brindaba esta loca.
Lo que estuve esperando en pálidas tardes se empezó a tornar en una realidad mucho mas triste que antes. Amaba eso y no podía vivir sin sentirlo. Nuestra cama estaba otra vez destendida al abandono. Condolesa volvió a refugiarse en los amigos que le quedaban y yo me tiré a la calle a darle duro al negocio pues el viejón empezó a creer que yo me estaba queriendo cambiar con los contras quienes para esas fechas nos traían asoleados a balaceras y levantones; nada que ver. La certeza de la tragicomedia ausente de mi mujer no me dejaba dormir, menos trabajar como dios manda y estuve como 'puntero', vigilando los ruidos de la puerta y acabándome la mercancía para resistir los embates de la soledad y la tribulación de saber quién chingado se tenía que morir en el barrio para que la negra regresara derrumbándose a contarme.
Llegaron las tormentas de verano mucho antes del día de San Juan. El cielo se desempedraba con gruesas gotas que hacían un ruido ensordecedor sobre la lámina de cartera. Comparaba sin conciencia las lluvias con las risotadas de Condolesa y llegué a preguntarme, entre sorprendido y enamorado de la tristeza, dónde había quedado el hombre que antes se tiraba a la pelea o se desvelaba maquinando chingadera y media para calzarse hasta las truzas de billetes. Me acordaba de todo esto y lo comparaba con el guiñapo que ahora lloraba nomás empezaba a gotear el cielo o se ponía a componer cosas de maricas en vez de arreglar el barrio nomás con pensarlo o asomar las narices a la calle. Temblaba de coraje y vergüenza pero estos arranques de macho varón masculino eran como la espuma de las cervezas o el efecto de una cocaína más cortada que las nalgas de un emo: Duraban lo menos diez segundos y lo más, quince minutos. Me la pasaba lo más cercano a casa y mis negocios se circunscribieron nomás unas diez calles en un perímetro tan poco redituable comparado con el mini-imperio que sostuve meses atrás. Mis antiguos admiradores creían que el culo a los rivales había ganado pero en realidad era que el culo del corazón me había traicionado. No iba más allá del perímetro al que confiné mis andanzas nomás porque esperaba el cuerpo que portaba mi amor mal fundado. Una noche llena de vapor y sensia que respetaba hasta los árboles en un sopor más grueso que el atole que dan en el IMSS, llegué a casa y me senté sobre la acera a esperar lo que fuera, con el periódico más barato de la ciudad en la nota roja, buscando a ver si alguien se había muerto en los barrios cercanos y eso hacía volver a mi adorado tormento, cuando sentí su presencia pesada jalándome desde nuestro cuarto como un tentáculo viscoso y caliente. El corazón me volvió a llenar el pecho después de meses sin saber de ella.

 

V

 


Era un desastre de persona. Había perdido mucho cabello y se le habían caído algunos dientes. Apestaba tanto a animal muerto que por un momento pensé que se había traído el cadáver de alguno de sus apreciables amigos para enterrarlo en el patio.
"tengo tanto que contarte" -me dijo con una tranquilidad que me atemperó los ánimos. Llegué incluso a creer, después de comprobar con manoseadas por todo su palmito que en efecto, de muerta nada tenía, que era la imagen de una resurección invocada por sus habilidades de bruja jarocha pues hasta tierra traía pegada detrás de las orejas y en la cavidad del ombligo además de la asquerosa pestilencia que traía metida más adentro del pellejo. Me extendió un papel y me mandó a la farmacia por unas rivotril en gotas y una Coca-Cola para 'hacerlas tronar más rápido". Más tarde me pudo contar todas las tribulaciones que padeció: La muerte de uno de sus amigos de la infancia a bordo de una moto-racer en una competencia feroz contra un narco junior por un premio de treinta mil pesos que estaba pagando la ruta Tepuche-Cosalá la cual bordea las faldas de la sierra entre cañadas, barrancos, vados y pueblitos azotados por la fiebre de los laboratorios de 'cristal'. Según me dijo con tristeza, lo encontraron bañado en sangre y revolcado en lodo, con la mitad del esqueleto quebrado y un ojo de fuera, cantando la canción "cruzando cerros y arroyos"; narró, no sin llorar, la última epifanía de una vieja que padeció hasta morir de dolor un cáncer terminal; la señora dejó tres hijas huérfanas y en edad de merecer hundidas en una viudez adolescente y el alcoholismo. También lamentó la triste pérdida del viejo pepenador que fue chamuscado por un rayo en la última tormenta eléctrica que azotó la ciudad y dejó sin luz toda la zona norte durante treintaisiete horas contadas con el termómetro de los calorones a cincuentaicuatro grados. Unos habitantes del basurón municipal lo encontraron, dijo con afán de detalle como si yo nada le creyera, todavía humeando y oliendo a licuadora quemada y con su fiel compañero 'fierabras' recostado a su lado como una costra, el cual también falleció y se fue seguro al cielo de los perros. Por último, se derrumbó al describirme el asesinato de su prima hermana en un asalto a quien entre su madre y el cura Coronel criaron con mucho miedo a dormir desnuda y la luz de su cuarto apagada.
Ya no volvió a levantarse jamás para algo que no fuera la contemplación. Lo agarró un miedo cerval a la muerte al grado de ni asomar las narices siquiera para ver como meses antes, a los niños jugando a la pelota o a las escondidas. No temía a que la calaca le jalara las patas. Le daba pavor que fuera ella, con su sangre de bruja nicromanta, quien fijara la ruleta macabra y decidiera con apuesta al trece negro el destino del infortunado que tenía que irse al otro patio.
Al principio de la caída no hablaba de otra cosa que de brujería, maldiciones, la santa muerte, Jesus Malverde, San Judas Tadeo y toda la santería que se dedica a oficios oscuros, pompas fúnebres o asuntos que hasta dios se declara incapaz de comprender.
Luego, su platicar se volvía por momentos una maraña de situaciones alucinantes. Le palidecían los labios en un trémulo de boca de pescado fuera del agua mientras describía con miedo el tráfago de sus muertos que no la dejaban de acosar ni dormida:
"anoche, vino mi tío Alberto a visitarme. Fiel a su conducta entre cómica y salaz, me despertó subiéndose encima de mi cuerpo, tapándome la boca para que le escuchara mejor los cuentos que me espantaban de niña. 'es un íncubo -me contó una noche de favores el padre Coronel- eso le pasa a las mujeres de panza caliente como tú'. La verdad, mi tío Alberto no me parece tan mala persona a pesar de sus espantos. Bien hago en decir que me conforta. Después vino mi tía y mi madre, regañándome toda la santa noche por ser tan imaginativa y miedosa; por inventar historias de que mi santo tío Beto era capaz de quitarle el aliento hasta a los chivos del diablo. Mija viene también a llorar. Pobrecita; con su silbadera en el pecho y esas ojeras que le pintaron las fiebres de la bronquitis, ese mal del frío que le caló los huesos hasta llevársela al seno de Diosito. También llora mucho porque dice que tio Beto no la deja en paz con esa broma de subirse arriba de la gente. Mi prima no me da descanso y todos los días pasa por la calle silvándome para que salga a hacerme cargo de una niña quien pide a grito pelado que por favor le haga su vaporización para poder respirar. Campagnolo me hace señas desde la ventana apurándome en que le ayude a secarse la sangre de la descalabrada y limpiar su tumba que ya está invadida por vainas de guachapor y no lo dejan pasar a su ataúd sin llenarse de alhuates los pantalones. A Liduvina, pobrecita y que dios la haya acogido en su santo seno, me la he encontrado en el baño; iluminada su figura bajo una luz azulosa y escupiendo gargajos de sangre mientras le pregunta a su corazón partido donde estarán sus hijos que no van a visitar la piedra bajo la cual la sepultaron. Ingratos que no se acuerdan ni uno con otro de prenderle siquiera una veladora o de menos, un carrujo de mariguana última cosecha del triángulo dorado. Esa Liduvina. Tan buena para el mitote y ahora, pura lamentación. Para eso se muere uno? Para luego venir a estar chingándole a los vivos? Esa Liduvina. Se va con las primeras luces del amanecer encargándome mucho a su prole, como si yo no tuviera tanta cosa que hacer o un hombre que coger. Ay de mí, Jorge del Alma. Ay de mi. Entre todos me van a matar de la forma en que murieron: Asfixiada por tanto peso que cargar o apagada la luz de la razón por un golpe en la mollera o la descarga de un calambre eléctrico. Ay de mi. Ojalá suceda pronto si tiene que ser. Ojalá sea como sea y prontamente porque ya no aguanto tanta carga que pensar"
Fue la última charla más o menos hilada que le escuché. Todos sus amigos habían muerto y se quejaba de no tener rumbo en las tardes. Ya nada quedó de aquella afroantillana balanza del erotismo y el deseo de morir. Ah, Condolesa. Qué fue de tu cuerpo potable, de tu aroma a Hermosillo Boulevard Citric revuelto con mar? Qué hiciste con la lozanía prieta de tu piel? Por qué apestaste tus besos? Por qué arrancaste la mordida de tu boca que me hizo en pocas noches agradecer a Dios tener a tu animal cerca? A dónde te llevaste el gusto de esa almeja que me envolvía la carne arrastrándose en tu marea?
Ay, Condolesa. Ay de mi. Ya ni siquiera me queda tu tristeza para engordarme la sangre con la pensadera. Ay. Ya no sales a la calle pues para qué ha de ser. Ya ni el consuelo de la muerte que se llevó a tus ocho amigos que contabas con los dedos. Ay, bruja maldita. Negra cambuja. Ojalá pudiera amistarte con cien más para luego ofrecerlos juntos a la muerte y tener así motivos de vivir. Ay, Condolesa Romedal. Ay de nosotros. Ay de mi, diosito; Mira el maricón que me volví. Mira! Mira! La mujer que perdí por rumbos en donde difícil es llegar.

 

VI.

 


"La última noche que pasé contigo, quisiera olvidarla pero no he podido"
Mike Laure.

Ahora pasaba las madrugadas preguntándome sin obtener respuesta por qué la cosa del amar suele serme así. Cambié de vida para dedicarle las mejores noches de mi existencia a la piltrafa que me adjudiqué como amado tormento o espina en el culo. Condolesa era ahora un costal de huesos forrado de un pergamino del color de la tierra muerta; lo único que tenía de vivo eran las viajes en el tiempo entre fantasmas y palabras que le salían a veces como cascada, a veces como motitas de polvo flotando en el ambiente de nuestro cuarto caído en la miseria. Trabajaba yo entonces desde las seis de la mañana hasta muy entrada la tarde. Ganando apenas para comer y mantenerla viva dentro de la ruina que era. Por las noches vigilaba sus sueños y desvaríos hasta donde me alcanzaban las fuerzas. Esto tenía que terminar algún día, pero uno de los dos tenía que caer. Sucedió al fin, aunque aún no sé quién de los dos se derrumbó primero. Antes de que se fuera a otro mundo, Condolesa volvió a ser un largo instante que ardió como se quema una llanta. Un alto, lento y espeso fuego escupiendo humo hasta el cielo. Volvió a ser aquella mujer que me enamorara un día de agosto. Volvió a brillarle el mirar y perfumársele el suspiro; a mojársele el instinto y coloreársele el beso. Volvió a incendiársele la estufa y a prendérsele el aura de pitonisa y nigromanta. Sentada sobre aquella cama olvidada, con un haz de luz figurándole la mitad del rostro, me esperaba como se espera a alguien detrás de un vidrio; con una mirada que traspasaba todos mis más allá. Me habló después de tantos meses. Arrastró su voz para decirme con los puños arropándole los pechos: "acaban de matar al primer y único hombre de mi corazón" Luego, se abalanzó arrancándose la ropa para regalarme por primera vez en mi vida eso que muchos llaman amor. Aquello que mucho han asegurado es como tocar el cielo. Eso que llaman el segundo nacimiento o la muerte chiquita. La mujer que jamás voy a olvidar. Ella lo hizo. Ay Condolesa. "si me hubieran dicho que era aquel nuestro último beso todavía estaría besándote". Estuvimos platicando por horas y encontrándonos como jamás nos hubimos encontrado antes con nadie. Antes de dormir le pregunté que si como había muerto aquel hombre de su vida a lo que ella me contestó con una extraña sonrisa: "De un balazo en el pecho. Ahorita ha de estar tragándose la tierra mientras seguro piensa en mi. Ese hombre. A los hombres los deben matar, si es que alguien los quiere matar, de un tiro en la cabeza para que no se la pasen pensando en su amada en el más allá. Los balazos en el pecho nomás los medio matan y acá se quedan penando con el corazón partido y la mollera entre lo vivo, lo muerto y lo quedado en los relojes pasados" Eso me dijo y luego se montó de nuevo sobre mi para revolcarme con su carne como un costal de papas.

Me levanté al rayar el sol. Antes de salir de casa la miré. Se veía tan segura de su estar, dormida realmente por primera vez desde que la conocí, que me pareció la mujer más indefensa del mundo. Me despedí de ella y algo se cayó de encima. Ese peso que me hizo sentir un nudo en el alma desde que ella volviera de Tijuana. Nunca antes me hube despedido de nadie y menos de ella que desaparecía durante días sin darme oportunidad de pensar por qué chingado se había largado. Una ligereza en el ánimo me hizo besarle la frente. Al salir al patio, miré la Raleigh 64' y sin dudarlo un instante me monté en esta y salí a pagar las cuotas del día. Camino al trabajo recordé que la vieja bicicleta era un vehículo de la muerte relacionado de forma alguna con el estado de postración de Condolesa. Sentí un miedo que me paralizó unos instantes pero de inmediato me recuperé de la fantasía desechando todas las creencias oscuras de la mujer que ahora parecía tan indefensa acostada sobre nuestra cama destendida y muerta para siempre al latido de todo aquello que hace creer en el amor.
Regresaba de trabajar. El sol caía en el horizonte bajo pintando todo de color rojo. Estaba a dos calles de mi casa; silvaba mi canción favorita contento de tener un rumbo cuando de una entre calle me interceptó un automóvil Honda Civic color blanco y dentro de este descendieron cuatro tipos armados. Uno de ellos me gritó entre dientes: "hasta aquí llegaste, ratero hijo de la chingada" y luego disparó en tres ocasiones sobre mi pecho y a quemarropa. Antes de caer en el desmayo todavía alcancé a escucharle me decía: "no es nada personal, mi coquío, pero ya sabes que el que gacho la caga, gacho la paga. A los jefes no le gustan los rateros y tú ya la chingaste". Pero si yo no he robado jamás -alcancé a decirles mientras el paladar se me llenaba de un sabor a sangre y pólvora. Se llevaron la bicicleta y arrancaron dejándome en medio de la agonía y la polvareda. A lo lejos escuché los gritos de Condolesa. Entre la polvareda, el olor a balas quemadas y lo rojizo de la tarde la vi venía corriendo a todo lo que le daban las piernas; la noche estaba por caer.

 

VII.



"Es difícil sostener una vela
en la fría lluvia de noviembre.
Hemos pasado por esto mucho, mucho tiempo.
Solo trato de matar el dolor, sí;
Porque el amor siempre viene y el amor siempre va...porque nadie está totalmente seguro de quién se va a ir hoy"

Lluvia De Noviembre. Axl Rose.

El psiquiatra me explicó que Condolesa tiene remedio aunque necesita estar un largo tiempo interna dentro estas cuatro paredes; que necesita de mucho profesionalismo y que ella le eche ganas al vivir, cosa que está muy lejos de querer. Dice que esa locura viene de muy lejos, desde que era muy niña. Dice que mucha gente le hizo daño y le mató la inocencia. Que muchas personas abusaron de ella y le encogieron el corazón y el cerebro al grado de que tuvo que buscar refugio en la locura.
También me explicó que los daños en la cabeza pueden ser peor si ella vuelve a darle duro a las drogas. Me regaña cada que la visito pues considera que queriéndola yo tanto le haya permitido que llegara tan lejos con su padecimiento. El doctor Alejo no me cree que yo haya vivido durante casi dos años con ella sin notar que no estaba bien de sus facultades mentales o que se estaba metiendo mierda con todas las ganas de morir. Le puse de pretexto esos amigos que no abandonaba jamás pero el médico me dió en la cara al decirme que ninguno de ellos existió jamás y que Condolesa los había creado inconscientemente para tratar de resolver sus traumas de la infancia.
Me abruma ahora el tanto pensar en ese mundo a la medida que tuvo que crear para luego destruir a sus habitantes uno a uno hasta quedarse sola como un huevo de gaviota en el desierto. No quiero pensar quienes fueron aquellos que mató de formas tan trágicas. Me conformo con saber que cada lágrima que derramó por ellos, fueron un enorme tazón de bálsamo que le fue limpiando el corazón hasta dejarla como una recién nacida a quien hasta las nalgas tienen que limpiarle. Fueron lágrimas de perdón a esos fantasmas y a sí misma.
Un domingo primero de noviembre fui a visitarla al hospital con algo de emoción en el alma. Hasta le compré un enorme ramo de flores de cempasuchil, claveles y crisantemos junto con un medallón conmemorativo de la virgen de Guadalupe colgado de un rosario bendecido por los oficios y sacramentos del padre Coronel. El doctor Alejo me recibió con una seriedad dolorosa. Condolesa había muerto al entrar la madrugada, temblando como una hoja y recitando los nombres de todos sus amigos. A mí jamás me mencionó como alguien entre vivos ni entre muertos. Cuando el doctor Alejo le dijo de mi nombre, hizo un gesto contradictorio, como si de repente me hubiera recordado y borrado de su existencia a la vez. Solo dijo: "Al único hombre que amé lo mataron de un balazo en el corazón. Ahora debe estar tragándose la tierra y pensando en mi".
Me entregaron su cadáver al caer la noche. Lo velé solitario y cerrada la casa para que no entraran ni las moscas. Los ramos de flores los deshojé y extendí sobre su cuerpo; El rosario con el medallón lo enrollé entre sus manos, compré cuatro velas y estuve pensando lo difícil que fue y lo peor que será sostener la flama de la vida si no está ella presente, mientras miraba el cadáver hermoso que es ahora; pensando en lo irónico de la situación pues debería ser ella quien en estas horas debería estar hablando sobre mi a mi mismo y no yo, hablándole a la nada sobre ella. La sepulté la tarde siguente en el panteón 21 de marzo. Al llegar a casa, una lluvia finísima me acompañó hasta después que las ánimas comenzaran a penar, aprovechando que los grillos callan cuando el cielo llora. Juro que cuando dormía, aquella Condolesa del lejano agosto, llegó a calidarme la cama.

 

VIII



"El verano inhaló profundamente y contuvo la respiración demasiado tiempo;
El invierno se veía igual, como si nunca te hubieras ido.
Y a través de una ventana abierta donde no ha colgado una cortina...como a través de la niebla
Te he visto...te he visto...como si regresaras a mi"

Comin' Back To Me. Marti Balin.

"Pues ahora las noches se han vuelto un noviembre eternizado en el que espero para siempre a Condolesa, doctor"
Eso le dije a mi amigo. Porque ahora el doctor es mi amigo; eso afirma poniendo la mano en mi hombro cada que comienzo a contarle mis penas. Mi padrino me dijo semanas atrás que cuando uno se vuelve amigo del loquero es porque uno ya está más loco que un chango.
Como sea, me reconforta la plática seria y cordial de Alejo. Me he quedado en el hospital varias noches hablando con él sobre muertos y sueños perdidos hasta ver la salida del sol.
No tengo más con quién platicar. Él es el único que cree, con un ánimo profesional y amigable que a veces me da desconfianza, que Condolesa se transfigura con las sombras oscuras y alargadas de la tarde; el sabe que a veces las personas que amamos se aparecen detrás de las ventanas o hasta llegan a sentarse al filo de las camas y que puede ser hasta normal que platiquen con uno algunas cosas de gente viva. Me escucha y me escucha mientras escribe y escribe y sirve el café y a veces hasta me da una pastilla dulzona que sirve para no tener pesadillas pues eso sí que es muy malo. Mi amigo Alejo asegura que cuando uno sueña gente muerta es porque nuestro rumbo del alma ya se quiere ir al más allá o que el más acá ha perdido el interés. Yo no quiero morir. Nadie ha regresado de la muerte a contar cómo está el asunto ese de ser un difunto chocarrero; más allá quien sabe que habrá. No sé si muerto volveré a ver a Condolesa. Así, vivo aunque triste, al menos la veo entre las oscuras de la noche, a través de las ventanas; al menos siento sus nalgas ocupar un espacio de la cama; al menos viene a revolcarme en los sueños; al menos me puedo imaginar, como si cuando viva le hubiera importado algo de mi que no fuera el oírle sobre su lotería de amigos, que algo se le quedó en alguna parte de mi corazón y por eso viene de tarde en tarde a revisar la piedra que dejó sembrada. Al menos se que dentro de la destornillada de cerebro algo debió sentir por mi, pues nadie corre por el medio de la calle y con las chichis de fuera para ver de qué forma mataron al autor de sus días y carnes.
Por estas fantasías y más, mi amigo Alejo me viene invitando a que me quede un tiempo al menos; al menos hasta que Condolesa se termine de largar a un lugar al que él llama duelo final.
Trato de pensar en otras cosas pero esta mujer negra, rozagante como nunca, no deja  de acosarme tratando de cuadrar, creo, el arqueo de su situación actual e infame con todo lo que me quedó debiendo cuando aún podía desarticular mis ganas de coger con las sabidurías expertas de putona babilónica.
Trato, por ejemplo, de pensar que aún puedo recuperar el mini imperio de drogas que sostuve hace unos meses.
Que aún hay por allí alguna mujer que pueda soportarme de mala gana aunque sea.
Trato inútilmente de creer que este corazón merece mejor suerte y no esta broma macabra que me tiene aquí esperando a que la muerte llegue o se vaya no sin antes estar seguro de volver a ver o vivir a Condolesa como antes y no como la veo en este preciso momento a través de la bruma de este invierno imposible que parece helarme más la calavera bajo el cuero; soy ahora un bolso de puro hueso roído por la soledad.
Ay, negra maldita. Ahora me doy cuenta lo libre que me hacías de alguna forma.

Pasan y pasan los meses y Condolesa aún pervive y, de hecho, ahora existe de forma ominosa como un recuerdo vergonzoso que se niega a morir nomás para tenerme preso de esta forma. Un fantasma es un recuerdo pesado que muchos se niegan a descargar. Eso dice mi amigo Alejo. Es doloroso pensar en ella. Pienso y pienso pero ya no encuentro su rostro; ya no encuentro el olor; ni siquiera las granizadas de septiembre me la pueden revelar; ni siquiera este calor del horno me hace remembranza al vapor de su vagina.
Alejo me pregunta a diario que si qué es lo que quiero. Me pregunta mientras sonrió mirando la cama donde murió el cuerpo que cargó mi amor sin muchas ganas. Me pregunta y le contestó:
Solo quiero salir de aquí.
Y lo que me responde:
-Algún día, Jorge.
Algún día, ya que dejes de recordar.
Y yo recuerdo y recuerdo viendo la cama donde murió y luego pienso y pienso en la cama de mi casa. Esa cama destendida y sin pulsar de forma alguna. Allá me espera la muerte; pero aún no. Aún no.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

Los Ominosos Estadíos de Condolesa

y una Cama sin pulsar.

Waldo Contreras López

 


Conocí a la última mujer de mis noches entre el gentío que pulula en este mercado ciudadano de lunes a domingo. Desde lejos se hacía notar no tanto por el palmito sino más bien por la larga carcajada que sonaba dura como pedrada en el tronco de la oreja alcanzando los cuatro puntos cardinales de este enorme emporio de barriada. Si bien, nadie puede negar que esta negra tenía las carnes tan bien puestas como para darle de sofocones hasta a un quinceañero, no era el cuerpo de terremoto que poseía sino una inclinación en el carácter que provocaba en muchos hombres querer protegerla, aunque nada de uno necesitara este portento de la depresión, además del sexo. Su carcajada no era una fanfarria de alegría. Parecía más bien el sonido discordante de las granizadas de septiembre. Uno la oía reír y se enteraba que esa cacofonía no era un canto a la alegría si no algo muy parecido a la histeria desatada o un despeñe hacia el barranco de la locura. Está mujer no reía: lloraba como buena jarocha, a carcajada limpia. Cada asalto emocional terminaba bañada en lágrimas y aquello que fue un sonido de derrumbes se había  transformado en un suave dique desaguándose poco a poco, chorrito por chorrito, lágrima tras lágrima. Luego, se incorporaba como si nada con una sonrisa infantil y moqueando la gripa de la existencia, para alejarse a paso bailarín y contoneándose como si estuviera estrenando las nalgas. Se le veía la sarna del sufrimiento desde muy lejos. Entonces, por eso, todos queríamos estar lo más cerca de ella para recoger las migajas de lo poco que le sobraba para regalar al mundo. Quienes no la conocían tan de cerca suponían que una mujer como ella solo podía tener amantes de pasada y ya. Esto en parte era cierto; quien le recibiera la lumbre de su ser africano le sobraba. Los que tenían cierta distancia larga con ella jamás alcanzaron a enterarse como yo que Condolesa aseguraba y defendió siempre tener varios amigos a quienes juraba amar tanto como tanto se dejó coger por quien la amara o no.
Yo estoy tan cercano a ella que se de las formas con las que esta rara mujer entregaba el corazón a sus escasas amistades que pudo contar con los dedos de sus manos. "Estos dedos cuentan los compas y mayatas que amo. Los que me sobran, me los chupo cada que alguno de ustedes dice amarme antes y después de coger" -decía, y luego se metía los dedos pulgares a la boca y los mamaba con gula inaudita. Me escogió para su compañero de cuitas quién sabe porqué; porque, como ya dije, compañeros de cama le sobraban y yo no he de tener algo extraordinario por encima de estos para soplarle la estufa, aunque siempre me he considerado astuto en las mañas de la cama.


Pues resulta que Condolesa Romedal tenía un círculo de amigos reducido a sólo ocho personas con quiénes procuraba convivir a diario lloviera, tronara o relampagueara. Desde el comienzo de nuestra relación amorosa, Cony (como le nombrábamos de cariño en la central de abastos donde trabajábamos) mantuvo una atención distante hacia nuestro lío amoroso y regalaba sus mejores horas a este grupo selecto de amistades. Jamás los vi en persona y si los conocía de alguna forma era porque ella no hablaba de otra cosa que no fuera sobre los menesteres y tribulaciones de estos entes nebulosos. Jamás frente a mi mostró un cariño especial hacia nadie cuando hablaba uno por uno de ellos y repartía su corazón afroantillano de formas exactamente parejas. Esto ayudó mucho a paliar los celos que me carcomían el hemisferio cerebral donde habitan estos monstruos de miles formas.
Al principio llegué a pensar que Cony me estaba engañando; que esas personas no existían y solo eran producto de su astucia en tejer engaños, al grado de armar tertulias amistosas falsas para lograr verme la cara de menso, puliéndome los cuernos mientras montaba el mástil de algún cíclope ignoto. Después, comprobado el hecho de que esta negra era incapaz de hacerme una trastada pues, miedo tenía de mis reacciones furibundas y sabía que yo soy capaz, al menos, de escupirle una balacera en las patas para hacerla bailar nomás en mi pista, creí que más bien se daba sus escapadas a los llongos de la colonia "las coloradas" para ponerse a fumar como perdida gramos y gramos de metanfetamina; ah! La droga! La maldita metanfetamina. Un asunto escabroso que, habíamos acordado en común, ella dejaría de usar si de verdad deseaba una relación larga y duradera conmigo, con todo y que yo soy el mero jefe del narcomenudeo en la zona sureste de la ciudad, y eso es poco decir. Así nos la pasábamos; entre reclamos y largos espacios de tiempos tensos, entre los jalones del amor y sus ausencias fantasmagóricas a un mundo que desconocía.
Un día típico regresó llorosa y con aspecto mortuorio después de haber desaparecido una semana dejándome abandonado en nuestro tálamo conscupicente.
"Se murió Liduvina Jerez", me explicó después de agarrar respiro en un lapso en el que la lloradera le dio una tregua.
Me dio la fatal noticia muy seria y secándose las lágrimas, con un tono de prisa para luego soltarme un trágico desenlace con una voz pausada y queda en contraste con el sopetón con el que inició la explicación de su larga ausencia:
"Estaba muy sola, sabes? Con esos seis hijos y esos amantuchos mantenidos. La pobre se destroncó los riñones trabajando desde que mal pariera al primer muchacho hasta hace siete días que se derrumbó agotada y echando espumarajos rojos por la boca. El médico de la ambulancia dijo que se le partió el corazón. Como no se le iba a partir pues desde los trece años supo lo que era la perdida cuando ese chavalito a quien nombró Rubén casi le saca la matriz enganchada en esos pies de chivo. "Es hijo del diablo", le dijo su madre. "Es hijo de un fauno", le dijo el cura que lo bautizó: "eso le pasa a las niñas que andan de calientes. Se les aparece el Sátiro y se las coge sin miramientos y sin importar que estén más lampiñas que un cirio". Como no se iba a morir tan joven la pobrecita si nomás le cayeron encima los sagrados cordonazos de San Francisco quien puro animal le puso en el camino.
Poco a poco se fue deshojando la flor de su radiante juventud. Un botoncito de rosa que fue desflorado a güevos por el "talibán", ese vicioso de mierda...que bueno que ya lo mataron. Ahí comenzó su muerte. Poco a poco se fue secando hasta quedar hecha un surrón de culebra, seca. Poco a poco se le desinfló el respiro. Pobrecita mi amiga del alma. Se quedó mirando la puerta mientras echaba la vida por la boca esperando a ver si llegaba uno de sus hijos a cerrarle los ojos. Poco a poco. Poco a poquito se le fue la luz y el rojo de sus cachetes mientras saboreaba su propia sangre. Poco a poquito. Pobrecita. Hace cinco días la sepultamos. Palada tras palada "Chaz Chaz! Chaz Chaz!" Sus hijos ni lloraron. Poco a poquito, su carne fue comida por la tierra caliente. Adiós. Adiós Liduvina. Te voy a llorar toda la noche, bajito; no vaya ser que te despierte y quieras regresar a seguir sufriendo"

Después de darme esta triste retahíla miró con un raso de lágrimas pero aún así extendió la más brillante perla de sus sonrisas y me regaló el mejor beso que fue posible. Luego se tiró a dormir dos días hasta que la pestilencia de sus humores corporales me hicieron despertarla. Todavía tardé un día más para convencerla de que se bañara; tres noches rogándole caricias y una mañana entera de reclamos. Hasta que una tarde entró desnuda al baño mientras me duchaba y, con esa negritud costeña me hizo el sexo de una manera presurosa, como si algo la esperara en otro mundo y tuviera que partir enseguida sin dar tiempo a que las mieles se nos secaran en la entrepierna. Me dejó como un costal vacío y con el sentimiento de que algo de lo nuestro, si es que lo había, se pudrió bajo tierra junto al cadáver de la mentada Liduvina. Unas semanas después la ví con más ánimo aunque, de una manera poco perceptible, un poco flaca y con una momentánea y rara forma de mirar; algo así como un brillo de locura en la manera de percibir y explicar las cosas más insignificantes. La muerte de su sufrida amiga le caló hondo de alguna forma, como si esa pérdida le hubiera removido un recuerdo que le hiciera por momentos, olvidar la mujer que era en el presente.

 

II



Pasaron un par de meses y la alegría volvió a las carnes de mi amada a pesar de su desmejoría en el brillo de la piel. Se ponía a cantar bajito por las tardes canciones del Grupo Miramar, Mike Laure, Rigo Tovar y los ocho de Colombia. La observaba rodar la vista tan en paz y algo feliz mientras miraba a los niños jugar pelota o a las escondidas durante las primeras oscuras de la noche. Esperaba que se encaminara a la cama con la esperanza de sus senos y ese sexo pétreo pero luego se ponía a ver televisión para quedarse dormida enseguida. Abandonó el hábito de amarnos por las noches y en cambio me condonaba con espasmos y trémulos mañaneros más rápidos que una cagada al filo de la hora en que te deja el camión. Luego tomaba rumbo a con alguno de los siete amigos que le quedaban y no regresaba hasta la hora en que los grillos de las paredes comienzan a cantar.
Algo de fatalidad estuvo esperando estos días. Se esforzaba de verdad por estar alegre y suspirar tranquila pero al descuido mostraba la tribulación que desde un tiempo acá la estuvo asaltando. No tuve que esperar mucho; acababa de llegar de mi trabajo y prácticamente ella entró a casa tras de mi.  Esta vez la noté exhausta.  Llevaba, según su costumbre, días sin asomar la cara tras la cortina de nuestra alcoba. Venía huyendo quien sabe de qué más allá de la muerte, con el helar madrugal de los difuntos tras ella, tiritando por una calentura que nada tenía que ver con lo calamitoso del clima invernal.
Había muerto ahora un fulano según ella llamado en vida don Campagnolo; un tal viejo dependiente del más viejo taller de bicicletas de la colonia veintiuno de marzo. Condolesa explicó, no sin tristeza, que este murió de un golpe en la cabeza después de caer de una chopper Raleigh 64' que dizque hubo reparado después de estar veinte años intentándolo. Tanto detalle me daba esta mujer que terminé atribulándome en serio por alguien de quien no conocía nada además del sufrimiento y ancianidad. Pues resultó que este infortunado se mató montado, o más bien caído desde lo alto de la herencia de su abuelo, el primer Campagnolo que tuvo un taller en la ciudad, en la colonia Mazatlán. No se paseó ni dos kilómetros estrenando su herencia recién restaurada cuando un camión urbano de la ruta zapata-centro se le atravesó derribándolo del flamante armatoste. No lo aplastó de milagro pero los treinta kilómetros por hora sobre los que viajaba tan contento fueron suficientes para dejarlo en coma cerebral dos días hasta que su hijo Miguel Ángel dió la orden al médico en jefe para que lo desconectaran del respirador artificial que lo aferraba a lo que le quedaba de la existencia: su cuerpo aún fuerte y atlético de setenta años construido de andar toda la vida pedaleando bicicletas ajenas. Condolesa me llevó al patio  y ahí estaba un poster enmarcado de Lance Armstrong, un puñado de pulseras amarillas y la trágica bicicleta, intacta y reluciente.
"Miguel Ángel me lo regaló pues considera que yo la merezco más que cualquiera de ellos por haber acompañado al viejo en su solitaria viudez de bicicletero abandonado. Tú sabes, fui como la única hija para él pues tuvo puros machos que para lo único que sirven es coger, tragar cocaína y regar plebes en toda la zona sur de la ciudad"
Me conformo con que no haya pedaleado mi bicicleta de cuero -le secundé con hilito sangrón de celos en el tono, así como no queriendo la cosa; para que se diera cuenta que no me gusta mucho que otro macho se asome por mi cortina aunque sea para regalarle chingaderas con intenciones fraternales o legar herencias post mortem.
Más tarde, en la plática de sobre cama y cena con café, me reclamó por las vanas sospechas y la falta de respeto por lo difunto echándome en cara tanta frivolidad pues Campagnolo fue siempre incapaz de verla como mujer para otra cosa que no fuera una buena hija:

"Era un remanso de dulzura y paz el viejito. Me daba lástima todo lleno de grasa y su corazón tan a la buena de Dios. Con sus manos llenas de callos y faltas de un cuero mujeril donde limpiarlas por las noches de la ingratitud del tiempo que las hacían temblar por cualquier cosa"

Sospechaba una trastada a pesar de que Cony me habló con pelos, señales y casi todos los días de las penurias que ese viejo padecía. Hasta la muerte me parecía algo más que una casualidad. Dos ausencias motivadas por la supuesta aparición de la parca me dejaron pensando sobre algún tipo de pendejez en mi cabeza. Me convencí en serio de que esta amistad con el bicicletero decimonónico y las otras eran reales gracias a la hermosa Raleigh de colección, las pulseras amarillas y el póster enmarcado de Lance Armstrong, ganador de ocho Giros de Francia y mundialmente repudiado por cocainómano y tramposo. Fueron los primeros objetos que daban testimonio de que sus amistades si existían. Respiré tranquilo y algo avergonzado por malpensar así de la negra. Recé una versión muy breve del padre nuestro por el descanso del decano bicicletero italiano , le agradecí en silencio por la herencia del año del caldo y, claro está, por su bendita muerte pues esto significaba para mí horas de amor y compañía de parte de Cony, quien me tuvo desde días atrás muy abandonado.




III

Un día, ella llegó muy contenta y me invitó a bailar cumbia a La Caverna. Estaba en plan de celebrar que su amiga Zulma había vuelto de Tijuana después de trabajar todo el año, con mucha fortuna, de prostituta en los tugurios infecciosos de la avenida Coahuila: "se hubiera hecho rica -me dijo- de no ser porque un pocho coyotero la andaba queriendo matar por haberle robado una libra de cocaína pura que éste pretendía contrabandear en San Diego. De no ser por eso, hubiera logrado comprar un departamento en playas o ya de menos, una casita vieja en la colonia libertad"
Se habían conocido en los arrabales de la colonia Lázaro Cárdenas, en un fumadero. Cayeron en simpatía recíproca pues ambas sufrían del mismo padecimiento emocional que les hacía actuar más inestables que el vuelo del colibrí, eran también adictas al "crico" además de estar igual de prietas, según me hubo descrito Condolesa. Todos sabemos que esto último suele hermanar a este tipo de mujeres pues hay en ellas una índole muy añeja en sus ánimos que les hace formar pequeños clanes en contra de toda rubia que se les atraviese en el camino. Rubias es lo que abunda en esta ciudad y pues, ya sabrán del tipo de emociones que las unían. Estuve con ella pasadas las cuatro de la mañana hasta que recibí una llamada urgente de un cliente desesperado por un ocho de cocaína y tuve que retirarme. Cony se quedó en el antro bebiendo con otra del mismo clan quesque para esperar a la Cenicienta Tijuanense. Me quedé con las ganas de conocer a la exitosa Zulma y estuve pensando en ella hasta que salió el sol; alguien con ese empuje me hubiera sido de gran ayuda pues al parecer, era muy buena para el trafique además de que posiblemente podría tenderme la cama que Cony cada día abandonaba sin asomo de querer componer mi asunto carnal.
Supe de las dos hasta pasado un mes. Corrían los días de abril. Ya casi estaba olvidando el olor de su carne cuando la sentí primero antes de verla remontar la calle. Era un esqueleto rumbero en comparación con la mujer que se quedó bebiendo vodka en la caverna. Venía acompañada de Mika, la mujer con quién se quedó esperando a la mentada Zulma. Apenas si me saludaron con un asomo de vergüenza en sus ojos. Luego se echaron a dormir juntas en la cama destendida para despertar luego de transcurridas treintaiocho horas de pesadilla para mí, con cada minuto y segundos contados con el reloj biológico de la desesperación. Me pidieron con un hilo de voz algo de comer y un par de ballenas pacífico bien heladas. Al regresar las encontré recién bañadas, olorosas a Hermosillo Boulevard Citric y con una disposición sexual que me asustó. Parecían cadáveres queriendo aferrarse en algo vivo. Me dejé querer con un sentimiento vago de pérdida.

Condolesa anduvo en Tijuana. Eso me dijo. Me contó que Zulma se había suicidado la noche en que la estuvimos esperando para celebrar su éxito como puta en la loca esquina del mundo mexicano. Razones de más tuvo, según me enteró con lujo de detalles que me amargaron la existencia desde entonces.
"-Zulma ya estaba mal de un tiempo acá. La pobrecita se enganchó duro del 'cristal' cuando se le murió la única hija de un asma que se volvió angina de pecho. Me daba miedo cuando a veces, se ponía a contarme que la niña estaba a su lado todo el tiempo, para que no se sintiera tan sola. Un día, hasta se tuvo que bajar de la camioneta de un millonetas pues vio a la pequeña por el retrovisor mientras ella le daba una mamada al viejo. Se bajó gritando despavorida: "perdón mija, pero es que de algo tengo que vivir". Otra vez, la vio en el reflejo del espejo en un sucio motel del mercadito Rafael Buelna llamado pomposamente "California"; un nidazo de cucarachas; y allí estaba Almita recostada con todo el peso fantasmal de su infancia en la cama episcopal, mirándola con ojos acusadores mientras ella se depilaba la panocha para que su machucante en turno la encontrara de su 'cosa' más lozana que una quinceañera. Cada día que pasaba la niña la acosaba más y no le permitía putear a gusto. La última vez que la vio fue antes de irse a tijuas cuando preparaba un foco para ponerse a fumar un 'ciego' de 'crico'. Le dolió mucho que su hija la abandonara por ser como era y por eso se largó a esa frontera del demonio a ver si ya la olvidaba por medio de las riatas de los hombres y el vicio que la dejó sola como un perro. Se llenó de tanta cosa y mucha mierda hasta vaciar el corazón. No. No pudo soportar tanta tristeza y mejor decidió darse por el jalón de su mismo peso.

-Mika y yo estábamos en la pensadera del qué hacer con el cadáver pues a Zulma no le conocimos nunca un pariente que pudiera ayudarnos con los arreglos del entierro cuando un amigo de ella nos habló desde Tijuana mientras íbamos camino a recoger el cadáver al SEMEFO. Nos explicó que estuvo llamándole sin obtener respuesta después de recibir mensajes telefónicos donde le decía que se iba a matar. Al enterarse de su muerte, nos ofreció trasladarla hasta allá para sepultarla entre amigos.

Pobrecita, porqué te mataste? Cómo se te fue a ocurrir tan fácil?

-Yo jamás tendría valor y cuando me estaba preguntando cómo se podía una suicidar sin sentir feo y el cómo se habría matado mi amiga para no sentir lo peor, el médico forense, muy joven y guapo parecido al Komander nos explicó que había muerto por asfixia tras haberse colgado por el cuello desde un árbol de pingüica, en la mera orilla del río Tamazula. La encontraron unos dizque estudiantes de sociología que andaban en la maroma de fumar mota. Ahí estaba ella flotando sobre el vapor de la mañana, con un foco bien agarrado en su mano derecha, con los ojos saltados y sacando la lengua, como burlándose del puto mundo que la parió tan desgraciada y buena madre.
-Me la puedo imaginar columpiándose mostrando las nalgas al río, como tanto le gustaba, en un vaivén más chingón que el que te puede dar el mejor amante. Pobrecita. Que muerte tan horrible te diste, Zulma. Que feo te fuiste -le decía yo cuando los carroceros se la llevaban al anfiteatro. Al menos está re-guapo el último hombre que le quitó ese puti-vestido comprado en los huizaches que tanto le encantaba usar.

-Como Zulma ya traía un color raro y le salía una sangüaza cafesosa de la nariz a pesar de que el muertero la dejó como raso de novia y bien arreglada para que no empezara a apestar, decidimos agarrarle la palabra al amigo fronterizo y pues nos la llevamos a darle sepultura en esa ciudad culera antes de que nuestra compa se reventara en pestilencia ante nuestros ojos pues poco podíamos hacer con su cadáver por ser tan pobres además de ir a tirarla a las bardas de La Primavera, ese lugar donde tiran los cadáveres de todo aquel animal o persona que nadie quiere. Le prometimos celebrar una misa en honor a sus carnes no sin antes organizarle un pachangón de cuerpo presente como a ella tanto le gustaba: con música oldie, un chingo de cerveza y perico.
La velamos y festejamos en el Chabela's Bar ante la mera elite de las mujeres más cotizadas por gringos y sureños. Hasta el presidente municipal estuvo presente con entusiasmo y se engalanó con tres bricks de cocaína calidad premium Levis 501, de la que usa Donald Trump, Paulina Rubio y el Papa. Fue tanta la algarabía que todavía nos alcanzó la fuerza para alargar la despedida dos días más. Setentaidós horas fueron suficientes para que hasta las muchachas de Puebla, Tlaxcala , El Estado y hasta las mozas del aseo rozaran carne, billetes y perico redimidas de las aceras por las ínfulas de proxeneta generoso que de repente le agarraron al patrón, el mero jefe de la alegre y famosa avenida Coahuila.
Fue una bacanal sin precedentes la cual solo me puse a mirar con la congoja amarga anudada con forma de lágrima en la garganta. Se hubiera alargado más de no ser porque al hijo del presidente se le ocurrió abrir el ataúd de Zulma para brindarle un trailero de cocaína. Andaba tan borracho y cogido que tropezó con un tertuliano caído y terminó enredado con el cajón de nuestra festejada yéndose los dos al suelo. Mi amiga salió rodando y entre las vueltas que dió dejó un pedazo de cachete embarrado en el suelo levantando una pestilencia que nos puso a cada quien con los pies en el meritito infierno. No dimos para más. Esa misma tarde la llevamos a enterrar en el panteón que está a un lado del cerro colorado, bajo una lluvia triste y silenciosa. Hasta el sol se nos escondió ese día tapándonos con un manto gris la visión de Dios que todo lo perdona. Me despedí de ella cuando salimos del camposanto. Alcancé a ver su tumba en la parte más alta, rodeada de flores artificiales y rehiletes multicolor. Al pie de la cruz estaba su hijita, haciéndole una helada despedida, sonriente y sin llorar. Luego, todo se fue al carajo entre la bruma y oscuridad que llegaba despacito, como para no espantar las animas que a diario salen a convivir con los recién llegados"

 

IV.

 


Juro que estuve a punto de mandarla al carajo. No tuve el valor. No lo hice porque le creyera en absoluto la gruesa epopeya que vivió en su viaje a ese norte del infierno. No la dejé porque desde hacía tiempo se apoderó de mi una dependencia rara. Dependencia que transformaba de manera sezgada en una supuesta y pretenciosa lástima hacia ella.
Esa lástima sin supuestos motivos claros que resolvía en sentir que algo le debía al mundo desde antes de nacer. Desde que Condolesa regresó ya no pude ser el mismo aún y cuando ella se esforzaba por ser lo que ella suponía dentro lo más profundo de sus remordimientos lo que yo necesitaba. No era necesario que cambiara: la necesitaba tal y como era. Esa mujer con el ánimo tan al pairo pero sincera. Me dediqué entonces a ver con tristeza como el mundo se me despeñaba sentado bajo pálidas tardes en el patio esperando a que ella dejara su plan de atenderme para que se largara y volviera de su mundo para contarme una historia más de muerte.
Se volvió más asidua a nuestro lecho, más atenta. Engalanaba la noche con sus cuitas cómicas y salaces o, con el delirio tembloroso y experto de su carne. Estuvo alegre esos días y esto no terminaba por gustarme. Dejó las visitas a sus amigos a un lado todo lo que le permitió la dependencia hacia ellos mientras la mía se transformaba en un no se que muy incómodo. No duró mucho, gracias al cielo. Un día la encontré furiosa contra Mika, la fogosa compañera de parrandas. Había terminado la hermandad que las unía cuando a esta se le ocurrió mal hablar de Zulma y su hijita. "Pinche teibolera pedorra. Vergüenza debe darle andar enseñando sus tetas aguadas y bailar como foca. Y todavía me amenazó con decirte cosas inconfesables después de que le compartí la cama. Eso gano por arrimar perras mestizas a la confianza. Cómo sea, jamás fue mi amiga sino más bien una sana competencia. A mis amigas jamás les compartiría el hombre que me hace feliz"
Me dió risa pues pensé que las negras como ella no tenían ese tipo de desplantes raciales que no estuvieran dirijidos hacia las rubias.
El pleito con la mestiza fue providencial. Condolesa volvió a las andadas; justo lo que yo necesitaba para recuperar al corazón esa dependencia que se me estaba confundiendo hasta la ira con la devoción que me brindaba esta loca.
Lo que estuve esperando en pálidas tardes se empezó a tornar en una realidad mucho mas triste que antes. Amaba eso y no podía vivir sin sentirlo. Nuestra cama estaba otra vez destendida al abandono. Condolesa volvió a refugiarse en los amigos que le quedaban y yo me tiré a la calle a darle duro al negocio pues el viejón empezó a creer que yo me estaba queriendo cambiar con los contras quienes para esas fechas nos traían asoleados a balaceras y levantones; nada que ver. La certeza de la tragicomedia ausente de mi mujer no me dejaba dormir, menos trabajar como dios manda y estuve como 'puntero', vigilando los ruidos de la puerta y acabándome la mercancía para resistir los embates de la soledad y la tribulación de saber quién chingado se tenía que morir en el barrio para que la negra regresara derrumbándose a contarme.
Llegaron las tormentas de verano mucho antes del día de San Juan. El cielo se desempedraba con gruesas gotas que hacían un ruido ensordecedor sobre la lámina de cartera. Comparaba sin conciencia las lluvias con las risotadas de Condolesa y llegué a preguntarme, entre sorprendido y enamorado de la tristeza, dónde había quedado el hombre que antes se tiraba a la pelea o se desvelaba maquinando chingadera y media para calzarse hasta las truzas de billetes. Me acordaba de todo esto y lo comparaba con el guiñapo que ahora lloraba nomás empezaba a gotear el cielo o se ponía a componer cosas de maricas en vez de arreglar el barrio nomás con pensarlo o asomar las narices a la calle. Temblaba de coraje y vergüenza pero estos arranques de macho varón masculino eran como la espuma de las cervezas o el efecto de una cocaína más cortada que las nalgas de un emo: Duraban lo menos diez segundos y lo más, quince minutos. Me la pasaba lo más cercano a casa y mis negocios se circunscribieron nomás unas diez calles en un perímetro tan poco redituable comparado con el mini-imperio que sostuve meses atrás. Mis antiguos admiradores creían que el culo a los rivales había ganado pero en realidad era que el culo del corazón me había traicionado. No iba más allá del perímetro al que confiné mis andanzas nomás porque esperaba el cuerpo que portaba mi amor mal fundado. Una noche llena de vapor y sensia que respetaba hasta los árboles en un sopor más grueso que el atole que dan en el IMSS, llegué a casa y me senté sobre la acera a esperar lo que fuera, con el periódico más barato de la ciudad en la nota roja, buscando a ver si alguien se había muerto en los barrios cercanos y eso hacía volver a mi adorado tormento, cuando sentí su presencia pesada jalándome desde nuestro cuarto como un tentáculo viscoso y caliente. El corazón me volvió a llenar el pecho después de meses sin saber de ella.

 

V

 


Era un desastre de persona. Había perdido mucho cabello y se le habían caído algunos dientes. Apestaba tanto a animal muerto que por un momento pensé que se había traído el cadáver de alguno de sus apreciables amigos para enterrarlo en el patio.
"tengo tanto que contarte" -me dijo con una tranquilidad que me atemperó los ánimos. Llegué incluso a creer, después de comprobar con manoseadas por todo su palmito que en efecto, de muerta nada tenía, que era la imagen de una resurección invocada por sus habilidades de bruja jarocha pues hasta tierra traía pegada detrás de las orejas y en la cavidad del ombligo además de la asquerosa pestilencia que traía metida más adentro del pellejo. Me extendió un papel y me mandó a la farmacia por unas rivotril en gotas y una Coca-Cola para 'hacerlas tronar más rápido". Más tarde me pudo contar todas las tribulaciones que padeció: La muerte de uno de sus amigos de la infancia a bordo de una moto-racer en una competencia feroz contra un narco junior por un premio de treinta mil pesos que estaba pagando la ruta Tepuche-Cosalá la cual bordea las faldas de la sierra entre cañadas, barrancos, vados y pueblitos azotados por la fiebre de los laboratorios de 'cristal'. Según me dijo con tristeza, lo encontraron bañado en sangre y revolcado en lodo, con la mitad del esqueleto quebrado y un ojo de fuera, cantando la canción "cruzando cerros y arroyos"; narró, no sin llorar, la última epifanía de una vieja que padeció hasta morir de dolor un cáncer terminal; la señora dejó tres hijas huérfanas y en edad de merecer hundidas en una viudez adolescente y el alcoholismo. También lamentó la triste pérdida del viejo pepenador que fue chamuscado por un rayo en la última tormenta eléctrica que azotó la ciudad y dejó sin luz toda la zona norte durante treintaisiete horas contadas con el termómetro de los calorones a cincuentaicuatro grados. Unos habitantes del basurón municipal lo encontraron, dijo con afán de detalle como si yo nada le creyera, todavía humeando y oliendo a licuadora quemada y con su fiel compañero 'fierabras' recostado a su lado como una costra, el cual también falleció y se fue seguro al cielo de los perros. Por último, se derrumbó al describirme el asesinato de su prima hermana en un asalto a quien entre su madre y el cura Coronel criaron con mucho miedo a dormir desnuda y la luz de su cuarto apagada.
Ya no volvió a levantarse jamás para algo que no fuera la contemplación. Lo agarró un miedo cerval a la muerte al grado de ni asomar las narices siquiera para ver como meses antes, a los niños jugando a la pelota o a las escondidas. No temía a que la calaca le jalara las patas. Le daba pavor que fuera ella, con su sangre de bruja nicromanta, quien fijara la ruleta macabra y decidiera con apuesta al trece negro el destino del infortunado que tenía que irse al otro patio.
Al principio de la caída no hablaba de otra cosa que de brujería, maldiciones, la santa muerte, Jesus Malverde, San Judas Tadeo y toda la santería que se dedica a oficios oscuros, pompas fúnebres o asuntos que hasta dios se declara incapaz de comprender.
Luego, su platicar se volvía por momentos una maraña de situaciones alucinantes. Le palidecían los labios en un trémulo de boca de pescado fuera del agua mientras describía con miedo el tráfago de sus muertos que no la dejaban de acosar ni dormida:
"anoche, vino mi tío Alberto a visitarme. Fiel a su conducta entre cómica y salaz, me despertó subiéndose encima de mi cuerpo, tapándome la boca para que le escuchara mejor los cuentos que me espantaban de niña. 'es un íncubo -me contó una noche de favores el padre Coronel- eso le pasa a las mujeres de panza caliente como tú'. La verdad, mi tío Alberto no me parece tan mala persona a pesar de sus espantos. Bien hago en decir que me conforta. Después vino mi tía y mi madre, regañándome toda la santa noche por ser tan imaginativa y miedosa; por inventar historias de que mi santo tío Beto era capaz de quitarle el aliento hasta a los chivos del diablo. Mija viene también a llorar. Pobrecita; con su silbadera en el pecho y esas ojeras que le pintaron las fiebres de la bronquitis, ese mal del frío que le caló los huesos hasta llevársela al seno de Diosito. También llora mucho porque dice que tio Beto no la deja en paz con esa broma de subirse arriba de la gente. Mi prima no me da descanso y todos los días pasa por la calle silvándome para que salga a hacerme cargo de una niña quien pide a grito pelado que por favor le haga su vaporización para poder respirar. Campagnolo me hace señas desde la ventana apurándome en que le ayude a secarse la sangre de la descalabrada y limpiar su tumba que ya está invadida por vainas de guachapor y no lo dejan pasar a su ataúd sin llenarse de alhuates los pantalones. A Liduvina, pobrecita y que dios la haya acogido en su santo seno, me la he encontrado en el baño; iluminada su figura bajo una luz azulosa y escupiendo gargajos de sangre mientras le pregunta a su corazón partido donde estarán sus hijos que no van a visitar la piedra bajo la cual la sepultaron. Ingratos que no se acuerdan ni uno con otro de prenderle siquiera una veladora o de menos, un carrujo de mariguana última cosecha del triángulo dorado. Esa Liduvina. Tan buena para el mitote y ahora, pura lamentación. Para eso se muere uno? Para luego venir a estar chingándole a los vivos? Esa Liduvina. Se va con las primeras luces del amanecer encargándome mucho a su prole, como si yo no tuviera tanta cosa que hacer o un hombre que coger. Ay de mí, Jorge del Alma. Ay de mi. Entre todos me van a matar de la forma en que murieron: Asfixiada por tanto peso que cargar o apagada la luz de la razón por un golpe en la mollera o la descarga de un calambre eléctrico. Ay de mi. Ojalá suceda pronto si tiene que ser. Ojalá sea como sea y prontamente porque ya no aguanto tanta carga que pensar"
Fue la última charla más o menos hilada que le escuché. Todos sus amigos habían muerto y se quejaba de no tener rumbo en las tardes. Ya nada quedó de aquella afroantillana balanza del erotismo y el deseo de morir. Ah, Condolesa. Qué fue de tu cuerpo potable, de tu aroma a Hermosillo Boulevard Citric revuelto con mar? Qué hiciste con la lozanía prieta de tu piel? Por qué apestaste tus besos? Por qué arrancaste la mordida de tu boca que me hizo en pocas noches agradecer a Dios tener a tu animal cerca? A dónde te llevaste el gusto de esa almeja que me envolvía la carne arrastrándose en tu marea?
Ay, Condolesa. Ay de mi. Ya ni siquiera me queda tu tristeza para engordarme la sangre con la pensadera. Ay. Ya no sales a la calle pues para qué ha de ser. Ya ni el consuelo de la muerte que se llevó a tus ocho amigos que contabas con los dedos. Ay, bruja maldita. Negra cambuja. Ojalá pudiera amistarte con cien más para luego ofrecerlos juntos a la muerte y tener así motivos de vivir. Ay, Condolesa Romedal. Ay de nosotros. Ay de mi, diosito; Mira el maricón que me volví. Mira! Mira! La mujer que perdí por rumbos en donde difícil es llegar.

 

VI.

 


"La última noche que pasé contigo, quisiera olvidarla pero no he podido"
Mike Laure.

Ahora pasaba las madrugadas preguntándome sin obtener respuesta por qué la cosa del amar suele serme así. Cambié de vida para dedicarle las mejores noches de mi existencia a la piltrafa que me adjudiqué como amado tormento o espina en el culo. Condolesa era ahora un costal de huesos forrado de un pergamino del color de la tierra muerta; lo único que tenía de vivo eran las viajes en el tiempo entre fantasmas y palabras que le salían a veces como cascada, a veces como motitas de polvo flotando en el ambiente de nuestro cuarto caído en la miseria. Trabajaba yo entonces desde las seis de la mañana hasta muy entrada la tarde. Ganando apenas para comer y mantenerla viva dentro de la ruina que era. Por las noches vigilaba sus sueños y desvaríos hasta donde me alcanzaban las fuerzas. Esto tenía que terminar algún día, pero uno de los dos tenía que caer. Sucedió al fin, aunque aún no sé quién de los dos se derrumbó primero. Antes de que se fuera a otro mundo, Condolesa volvió a ser un largo instante que ardió como se quema una llanta. Un alto, lento y espeso fuego escupiendo humo hasta el cielo. Volvió a ser aquella mujer que me enamorara un día de agosto. Volvió a brillarle el mirar y perfumársele el suspiro; a mojársele el instinto y coloreársele el beso. Volvió a incendiársele la estufa y a prendérsele el aura de pitonisa y nigromanta. Sentada sobre aquella cama olvidada, con un haz de luz figurándole la mitad del rostro, me esperaba como se espera a alguien detrás de un vidrio; con una mirada que traspasaba todos mis más allá. Me habló después de tantos meses. Arrastró su voz para decirme con los puños arropándole los pechos: "acaban de matar al primer y único hombre de mi corazón" Luego, se abalanzó arrancándose la ropa para regalarme por primera vez en mi vida eso que muchos llaman amor. Aquello que mucho han asegurado es como tocar el cielo. Eso que llaman el segundo nacimiento o la muerte chiquita. La mujer que jamás voy a olvidar. Ella lo hizo. Ay Condolesa. "si me hubieran dicho que era aquel nuestro último beso todavía estaría besándote". Estuvimos platicando por horas y encontrándonos como jamás nos hubimos encontrado antes con nadie. Antes de dormir le pregunté que si como había muerto aquel hombre de su vida a lo que ella me contestó con una extraña sonrisa: "De un balazo en el pecho. Ahorita ha de estar tragándose la tierra mientras seguro piensa en mi. Ese hombre. A los hombres los deben matar, si es que alguien los quiere matar, de un tiro en la cabeza para que no se la pasen pensando en su amada en el más allá. Los balazos en el pecho nomás los medio matan y acá se quedan penando con el corazón partido y la mollera entre lo vivo, lo muerto y lo quedado en los relojes pasados" Eso me dijo y luego se montó de nuevo sobre mi para revolcarme con su carne como un costal de papas.

Me levanté al rayar el sol. Antes de salir de casa la miré. Se veía tan segura de su estar, dormida realmente por primera vez desde que la conocí, que me pareció la mujer más indefensa del mundo. Me despedí de ella y algo se cayó de encima. Ese peso que me hizo sentir un nudo en el alma desde que ella volviera de Tijuana. Nunca antes me hube despedido de nadie y menos de ella que desaparecía durante días sin darme oportunidad de pensar por qué chingado se había largado. Una ligereza en el ánimo me hizo besarle la frente. Al salir al patio, miré la Raleigh 64' y sin dudarlo un instante me monté en esta y salí a pagar las cuotas del día. Camino al trabajo recordé que la vieja bicicleta era un vehículo de la muerte relacionado de forma alguna con el estado de postración de Condolesa. Sentí un miedo que me paralizó unos instantes pero de inmediato me recuperé de la fantasía desechando todas las creencias oscuras de la mujer que ahora parecía tan indefensa acostada sobre nuestra cama destendida y muerta para siempre al latido de todo aquello que hace creer en el amor.
Regresaba de trabajar. El sol caía en el horizonte bajo pintando todo de color rojo. Estaba a dos calles de mi casa; silvaba mi canción favorita contento de tener un rumbo cuando de una entre calle me interceptó un automóvil Honda Civic color blanco y dentro de este descendieron cuatro tipos armados. Uno de ellos me gritó entre dientes: "hasta aquí llegaste, ratero hijo de la chingada" y luego disparó en tres ocasiones sobre mi pecho y a quemarropa. Antes de caer en el desmayo todavía alcancé a escucharle me decía: "no es nada personal, mi coquío, pero ya sabes que el que gacho la caga, gacho la paga. A los jefes no le gustan los rateros y tú ya la chingaste". Pero si yo no he robado jamás -alcancé a decirles mientras el paladar se me llenaba de un sabor a sangre y pólvora. Se llevaron la bicicleta y arrancaron dejándome en medio de la agonía y la polvareda. A lo lejos escuché los gritos de Condolesa. Entre la polvareda, el olor a balas quemadas y lo rojizo de la tarde la vi venía corriendo a todo lo que le daban las piernas; la noche estaba por caer.

 

VII.



"Es difícil sostener una vela
en la fría lluvia de noviembre.
Hemos pasado por esto mucho, mucho tiempo.
Solo trato de matar el dolor, sí;
Porque el amor siempre viene y el amor siempre va...porque nadie está totalmente seguro de quién se va a ir hoy"

Lluvia De Noviembre. Axl Rose.

El psiquiatra me explicó que Condolesa tiene remedio aunque necesita estar un largo tiempo interna dentro estas cuatro paredes; que necesita de mucho profesionalismo y que ella le eche ganas al vivir, cosa que está muy lejos de querer. Dice que esa locura viene de muy lejos, desde que era muy niña. Dice que mucha gente le hizo daño y le mató la inocencia. Que muchas personas abusaron de ella y le encogieron el corazón y el cerebro al grado de que tuvo que buscar refugio en la locura.
También me explicó que los daños en la cabeza pueden ser peor si ella vuelve a darle duro a las drogas. Me regaña cada que la visito pues considera que queriéndola yo tanto le haya permitido que llegara tan lejos con su padecimiento. El doctor Alejo no me cree que yo haya vivido durante casi dos años con ella sin notar que no estaba bien de sus facultades mentales o que se estaba metiendo mierda con todas las ganas de morir. Le puse de pretexto esos amigos que no abandonaba jamás pero el médico me dió en la cara al decirme que ninguno de ellos existió jamás y que Condolesa los había creado inconscientemente para tratar de resolver sus traumas de la infancia.
Me abruma ahora el tanto pensar en ese mundo a la medida que tuvo que crear para luego destruir a sus habitantes uno a uno hasta quedarse sola como un huevo de gaviota en el desierto. No quiero pensar quienes fueron aquellos que mató de formas tan trágicas. Me conformo con saber que cada lágrima que derramó por ellos, fueron un enorme tazón de bálsamo que le fue limpiando el corazón hasta dejarla como una recién nacida a quien hasta las nalgas tienen que limpiarle. Fueron lágrimas de perdón a esos fantasmas y a sí misma.
Un domingo primero de noviembre fui a visitarla al hospital con algo de emoción en el alma. Hasta le compré un enorme ramo de flores de cempasuchil, claveles y crisantemos junto con un medallón conmemorativo de la virgen de Guadalupe colgado de un rosario bendecido por los oficios y sacramentos del padre Coronel. El doctor Alejo me recibió con una seriedad dolorosa. Condolesa había muerto al entrar la madrugada, temblando como una hoja y recitando los nombres de todos sus amigos. A mí jamás me mencionó como alguien entre vivos ni entre muertos. Cuando el doctor Alejo le dijo de mi nombre, hizo un gesto contradictorio, como si de repente me hubiera recordado y borrado de su existencia a la vez. Solo dijo: "Al único hombre que amé lo mataron de un balazo en el corazón. Ahora debe estar tragándose la tierra y pensando en mi".
Me entregaron su cadáver al caer la noche. Lo velé solitario y cerrada la casa para que no entraran ni las moscas. Los ramos de flores los deshojé y extendí sobre su cuerpo; El rosario con el medallón lo enrollé entre sus manos, compré cuatro velas y estuve pensando lo difícil que fue y lo peor que será sostener la flama de la vida si no está ella presente, mientras miraba el cadáver hermoso que es ahora; pensando en lo irónico de la situación pues debería ser ella quien en estas horas debería estar hablando sobre mi a mi mismo y no yo, hablándole a la nada sobre ella. La sepulté la tarde siguente en el panteón 21 de marzo. Al llegar a casa, una lluvia finísima me acompañó hasta después que las ánimas comenzaran a penar, aprovechando que los grillos callan cuando el cielo llora. Juro que cuando dormía, aquella Condolesa del lejano agosto, llegó a calidarme la cama.

 

VIII



"El verano inhaló profundamente y contuvo la respiración demasiado tiempo;
El invierno se veía igual, como si nunca te hubieras ido.
Y a través de una ventana abierta donde no ha colgado una cortina...como a través de la niebla
Te he visto...te he visto...como si regresaras a mi"

Comin' Back To Me. Marti Balin.

"Pues ahora las noches se han vuelto un noviembre eternizado en el que espero para siempre a Condolesa, doctor"
Eso le dije a mi amigo. Porque ahora el doctor es mi amigo; eso afirma poniendo la mano en mi hombro cada que comienzo a contarle mis penas. Mi padrino me dijo semanas atrás que cuando uno se vuelve amigo del loquero es porque uno ya está más loco que un chango.
Como sea, me reconforta la plática seria y cordial de Alejo. Me he quedado en el hospital varias noches hablando con él sobre muertos y sueños perdidos hasta ver la salida del sol.
No tengo más con quién platicar. Él es el único que cree, con un ánimo profesional y amigable que a veces me da desconfianza, que Condolesa se transfigura con las sombras oscuras y alargadas de la tarde; el sabe que a veces las personas que amamos se aparecen detrás de las ventanas o hasta llegan a sentarse al filo de las camas y que puede ser hasta normal que platiquen con uno algunas cosas de gente viva. Me escucha y me escucha mientras escribe y escribe y sirve el café y a veces hasta me da una pastilla dulzona que sirve para no tener pesadillas pues eso sí que es muy malo. Mi amigo Alejo asegura que cuando uno sueña gente muerta es porque nuestro rumbo del alma ya se quiere ir al más allá o que el más acá ha perdido el interés. Yo no quiero morir. Nadie ha regresado de la muerte a contar cómo está el asunto ese de ser un difunto chocarrero; más allá quien sabe que habrá. No sé si muerto volveré a ver a Condolesa. Así, vivo aunque triste, al menos la veo entre las oscuras de la noche, a través de las ventanas; al menos siento sus nalgas ocupar un espacio de la cama; al menos viene a revolcarme en los sueños; al menos me puedo imaginar, como si cuando viva le hubiera importado algo de mi que no fuera el oírle sobre su lotería de amigos, que algo se le quedó en alguna parte de mi corazón y por eso viene de tarde en tarde a revisar la piedra que dejó sembrada. Al menos se que dentro de la destornillada de cerebro algo debió sentir por mi, pues nadie corre por el medio de la calle y con las chichis de fuera para ver de qué forma mataron al autor de sus días y carnes.
Por estas fantasías y más, mi amigo Alejo me viene invitando a que me quede un tiempo al menos; al menos hasta que Condolesa se termine de largar a un lugar al que él llama duelo final.
Trato de pensar en otras cosas pero esta mujer negra, rozagante como nunca, no deja  de acosarme tratando de cuadrar, creo, el arqueo de su situación actual e infame con todo lo que me quedó debiendo cuando aún podía desarticular mis ganas de coger con las sabidurías expertas de putona babilónica.
Trato, por ejemplo, de pensar que aún puedo recuperar el mini imperio de drogas que sostuve hace unos meses.
Que aún hay por allí alguna mujer que pueda soportarme de mala gana aunque sea.
Trato inútilmente de creer que este corazón merece mejor suerte y no esta broma macabra que me tiene aquí esperando a que la muerte llegue o se vaya no sin antes estar seguro de volver a ver o vivir a Condolesa como antes y no como la veo en este preciso momento a través de la bruma de este invierno imposible que parece helarme más la calavera bajo el cuero; soy ahora un bolso de puro hueso roído por la soledad.
Ay, negra maldita. Ahora me doy cuenta lo libre que me hacías de alguna forma.

Pasan y pasan los meses y Condolesa aún pervive y, de hecho, ahora existe de forma ominosa como un recuerdo vergonzoso que se niega a morir nomás para tenerme preso de esta forma. Un fantasma es un recuerdo pesado que muchos se niegan a descargar. Eso dice mi amigo Alejo. Es doloroso pensar en ella. Pienso y pienso pero ya no encuentro su rostro; ya no encuentro el olor; ni siquiera las granizadas de septiembre me la pueden revelar; ni siquiera este calor del horno me hace remembranza al vapor de su vagina.
Alejo me pregunta a diario que si qué es lo que quiero. Me pregunta mientras sonrió mirando la cama donde murió el cuerpo que cargó mi amor sin muchas ganas. Me pregunta y le contestó:
Solo quiero salir de aquí.
Y lo que me responde:
-Algún día, Jorge.
Algún día, ya que dejes de recordar.
Y yo recuerdo y recuerdo viendo la cama donde murió y luego pienso y pienso en la cama de mi casa. Esa cama destendida y sin pulsar de forma alguna. Allá me espera la muerte; pero aún no. Aún no.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

Disertación contra el soneto

Roberto López Moreno

 

Perder en estos tiempos el tiempo en un soneto es ocio tedioso, odioso, porque el verso, aritmética oscura, limita su universo entre sumas y restas y restos de un faceto y chocante y pedante y pujante mamotreto. En un lenguaje nuevo francamente es perverso sujetar las palabras; si el efecto es adverso, por parir un poema se aborta un triste feto. Los poetas modernos debemos bien unidos formar un solo frente contra dicha amenaza. Los que no escriban sonetos son netos sonidos de su tiempo, de un tiempo, nuestro tiempo, nuestra era plagada de ritmos diferentes. Sonidos pasa los que contando versos jamás dijeron nada.

¡Jamás he escrito un soneto; qué mal gusto, no lo haría, verdad de Dios no lo haría, no lo haría Qué boleto! No lo haría ni en secreto, no lo haría, no lo haría, no lo haría, no lo haría.

Jamás he escrito un soneto.

¿La verdad? Que es una bronca, si una palabra no entronca con el final anterior, no falta un poeta añejo que te trate de pendejo y eso sí que no. Mejor, si un soneto me manda a hacer Violante y en la vida me miro en tal aprieto, le azoto con el arpa, porque un reto tan grosero, falaz y repugnante, no es para mí, poeta de talante, poeta de mi tiempo, de respeto.Total, no se hable más ¡Muera el soneto! y que rime rimando por delante. El argumento a favor del verso blanco es tan simple: la libertad que goza le cubre con prudencia todo blanco. El verso libre es forma portentosa.

Aquí ni el ni tu... ni yo me  atranco. ¿Un soneto? ¡For God!, qué fuchi cosa.

Publicado en La nave de los locos

 

Juntas y de pie

(Crónica–reflexión)

Gwenn–Aëlle Folange Téry

 

Con el más profundo y sincero agradecimiento a Marcia Koryna Hernández,

sin quien estas palabras no existirían, al menos no en este orden.

 

¿Por qué los hombres atacan a las mujeres? ¿Por qué el ser mujer parece ser un castigo divino y por qué los hombres se otorgan el permiso de  aplicarlo? ¿Por qué empiezan las vejaciones cuando somos niñas, y de apodos, prohibiciones y violaciones se avanza a veces hasta el feminicidio? ¿Por qué la violencia hacia la mujer?

 

Me invade la tristeza. Llega hasta mí como las neblinas oscuras de las películas de terror y sencillamente me lleva a su mundo. Me siento indefensa. Yo que tanto hablo, demuestro, analizo, deconstruyo, para reconstruir luego y así entender qué nos hace funcionar, actuar. No puedo más. No logro entender qué lleva a algunos a ceder a la violencia que en ellos anima.

Soy mujer. He sufrido por serlo. Y no, no he sido agredida por un desconocido, no he sido violada, tal vez un poco toqueteada de niña por otro niño, que ha de sentir vergüenza si lo recuerda y, claro, tampoco he sido asesinada. Mi sufrimiento ha tenido lugar en mi cabeza y en mi corazón, y aunque obviamente no es lo mismo estar triste que estar muerta, no deja de  ser sufrimiento extremo.

Cuando niña, muy chica, mi familia se rompió. Tronó como globo lleno de gas en el zócalo, un día de feria. El fuego que la hizo explotar fue un rollo absurdo “de apellido por pasar” a hijos varones. Onda el rey no tiene quién le suceda. Mi hermana y yo salimos volando, daño colateral de la intensa lucha entre mis papás; daño colateral de la forma y calidad de nuestros genitales.

Es largo, penoso y complicado de explicar, pero te paso un resumen: Mi papá quiere un segundo hijo varón para estar seguro de que su apellido perdure a través de los años. Mi mamá, después de siete embarazos, dice que no más... Mi papá agarra sus cosas (y su pene) y va con quién le dé gusto. Mi mamá nos informa a  mi hermana y a mí que tenemos otro hermano, que mi papá la traicionó. Llora amargamente y asesta el golpe que cargaremos las dos durante años: “Es su culpa, por ser niñas”. Y claro, como en aquella época el asunto es vergonzoso, lo del otro hijo, no tanto lo de ser niñas, pues nos prohíbe hablarlo con quien sea.

Sí, ya sé. Después de años de terapia y de pensar, analizar,  pasar por las formas de perdón del yoga, del reiki y de la calle, entiendo que hizo lo que podía. No creo, no quiero creer, que en su mente o corazón nos haya querido dañar. Pero lo hizo. Y ves… No me pude defender, era una cosita de nueve años; tampoco mi hermana, ella tenía siete. Nos la creímos: por nuestra culpa; “por nuestra vulva”, dirían unas chavas que conozco, nuestra familia se volvió veneno para quien intentara vivir en ella. Y sí, sé que esto no se compara con ser violada, con ser torturada, con que te arranquen los pezones  a mordidas y luego te dejen muerta–muerta, al lado de un camino, pero la niña que yo era, de alguna forma murió ese día.

Empecé a comer mucho. Mi mamá me puso el apodo de “basurero”, porque todo me lo terminaba. Engordé y mi ropa se compraba en el departamento de señoras. Escondí mi cuerpo bajo lonjas de grasa y me tragué las lágrimas con pan y chocolate. Me convencí de que no era yo una persona que se pudiera querer. Mi hermana, que era ya medio atrabancada, usó  por siempre pantalones, blusas deportivas y tenis. Se lanzó del columpio más alto y jugó a bote pateado entre minas y arenales. Escondió su cuerpo también bajo un disfraz de chavito (e imagino…), se tragó las lágrimas pateando duro al famoso bote. No sé si ella se sintió como yo, como un ser no–querible, porque nunca se lo pregunté. Y crecimos.

Por ahí de mis trece años descubrí el feminismo. No sabía que existía. No sabía que había mujeres por el mundo clamando su orgullo de serlo. Estaba en ese tiempo en uno de mis apogeos ponderales y me seguía escondiendo tras enormes faldas de resorte y libros, leía para no ver, para no ser vista. Y sí, descubrí de repente en mí un sentido de pertenencia, algo que ahora se llama sororidad, pero que en aquel entonces yo llamaba “eso”. Un acompañamiento que presentía, que adivinaba y que quería para mí, sin lograr formular bien a bien en qué consistía. Trabajé luego muchos años, tratando de rescatarme. De sacar de aquel hoyo negro a la niña que fui.

Sí, te veo alzando los hombros, pensando que soy una payasa, que viendo lo que sucede alrededor nuestro, como por qué me permito enternecerme y llorar sobre una historia que parece de novela rosa. Pero así es, y si negara mis sentimientos, estaría, pienso, negando el camino recorrido y dejando  a esa niña en el limbo.

Un día me fui a vivir con un hombre al que amaba, y que me amaba, aunque me haya sido tan difícil reconocerlo. No soy querible, recuerda. Y otro día nos casamos y tuvimos hijos: dos niños. Orgullo sin precedente en mi vida, había logrado lo que mi madre no, tener dos varones seguidos,  y había –creía yo– logrado existir a los ojos de mi padre. Porque toda mi vida sentí que no era suficiente para él. Porque no se nos lastimó nada más al hacernos cargar con una culpa inexistente, sino que se nos prohibió (a mi hermana y a mí) hablar con quien fuera de esa noche, esas noches, que a cada una nos tocó la fulminación por separado. Si se lo hubiésemos comentado a mi papá, como lo hice cuarenta años después, nos habría dicho lo que me dijo ese día: “Lo siento, no sabía que las hubieran lastimado así. Y no, no es cierto, yo las quiero…” O si lo hubiésemos comentado en la escuela, o con algún amigo, tal vez habría desaparecido el estigma. Pero aquel silencio  sepultó mi sentir.

Y un día, otro más, tuve una hija. Y al cargarla, me cargué a mí. Y la amé porque era niña. Y sentí en mí una explosión de amor que superó al globo tronado, que todo lo tiñó de rosa, claro, y que trajo a mi vida luz y alegría. Me tomó por sorpresa. Pienso que una parte de mí seguía creyendo que las niñas no son queribles, pero me dejé llevar y juré (no sólo prometí), juré que ella crecería orgullosa de ser mujer, aunque me llevé a mis dos niños varones, entre las patas. Tanto fue enseñarle a mi hija que podía hacer lo mismo que los hombres, que ser mujer tenía facetas llenas de enormes cualidades, que… Que mis hijos terminaron por pensar que el ser varones era algo malo. Tuvimos suerte. El hacer tan pobremente mi trabajo de mamá, por la razón que fuera, el ser quien era yo, el ser mi esposo quien era,  metió a nuestra familia en un lio emocional bárbaro. Y la suerte fue tener que encontrar solución, haber vivido de niña lo que viví y entonces ser capaz de reconocer que la solución no era taparme ojos y oídos, sino salir al quite. Han sido muchos años, no te lo puedo ocultar. Pero aquí  en casa ya sabemos quiénes somos y en ningún momento entran en consideración nuestros géneros.

Ya estoy oyendo a mi hija protestar, diciendo que no es cierto, que cuando  empezó a salir sola de noche, yo no la dejaba regresar igual de tarde que sus hermanos. Porque allá afuera, está lleno de monstruos…

Me podría haber saltado  lo anterior, pero me era importante explicarte por qué tengo derecho a hablar de violencia hacia la mujer. Y para lograrlo, he hecho lo que acostumbro cuando estoy frente a algo que no entiendo: he desmenuzado  los datos; por un lado he puesto lo que sé; por otro, lo que intuyo. Y trato de entender, porque si no entendemos qué pasa no lo podremos detener.

Me he preguntado si yo podría violar a  alguien. Llego a la conclusión de que sí. ¿Por qué al visualizar la escena siempre es mujer la violada? ¿será porque es más fácil introducir objetos en una vagina que en un ano o porque el sexo anal no se me da? Siento subir en mí una excitación poderosa. Sí, porque sería yo la más fuerte; dominaría a alguien y ese alguien me tendría miedo. Y yo ganaría. Estaría en alguna suerte de cima, onda magnate cubierto de relojes o diva aplaudida por miles. Lo digo, así, sin tapujos. Uno, porque si no analizo con honradez, no me sirve, y dos, porque –desde luego– no pienso violar a nadie. El barniz de educación moral y emocional que llevo encima  me hace entender que “eso No se debe hacer”, representa lastimar a otra persona. Y luego, me detienen las leyes también. Los violadores se van presos, en el mejor de los mundos posibles, ¿verdad?

Extrañamente, cuando pienso en eso, en lo que se puede sentir, tengo pene. No me imagino violando sin él. ¿Será por lo que vemos en películas o nos dicen en lo noticiarios? ¿Porque en mi mente violación es igual a hombre lastimando mujer? ¿Violaría yo a mi hija, a una niña? Jamás. Vamos, lo analizo hoy porque estoy haciendo lo posible por entender a los que lo hacen, pero jamás lo he pensado antes, ni lo pensaré después. Violar, según lo que sienten mi cuerpo y mi mente, tiene que ver con poder, no con violencia, aunque se recurra a ella para lograr el cometido. Y el violentar la entrada a una vulva tan pequeñita implica demasiada violencia para que la sensación de poder sobreviva. Y porque, al imaginarme hombre, no soportaría tampoco lastimar mi pene, dañar una parte mía… Y porque son niñas, carajo, son niñas…

¿Tengo ganas de violar a alguien? No. Una cosa es medio entender qué se siente, o imaginarlo, y otra querer sentir lo mismo. Soy honesta, no monstruosa. No quiero ni violar, ni lastimar. Me prohíbo ser violenta. Y esto me lleva a considerar la violencia, el ceder a su impulso. ¿Mataría yo a alguien? He estado dos veces en la disyuntiva y la conclusión es que no. No lo haría. Esto ni siquiera se me antoja vamos, no siento ninguna erección mental o emocional al considerarlo. Primero, la sangre de una persona odiada,  el sólo hecho de tocar su piel, despierta en mí una repulsión descomunal. Luego, otra vez lo de las leyes. A los asesinos, más si son cómo yo, no profesionales, pues, se les mete presos… Pero además, en esos dos momentos de mi vida, mi ira estaba dirigida a dos personas en especial, no a una masa informe o a un grupo de desconocidos. Mucho menos mataría a un grupo por llevar tal o cual etiqueta: la de judíos, negros, indígenas, musulmanes, mujeres… Sé que hay gente, hombres en general, que… que… ¿qué pongo? ¿odian? ¿desprecian, envidian, temen a las mujeres? ¿Por ser mujeres? ¿Así, en grupo? Yo pienso que el decidir violar, golpear, patear, picar o matar a una mujer tiene más que ver  con valemadrismo, con el “hago lo que se me pega la regalada gana” y eso que te decía del poder sobre otros, que con odio o miedo. No el desearlo. El llevarlo a cabo.

¿Qué pasa en la mente de una persona para que decida pasar al acto? ¿Se decide siquiera algo así? ¿Son la violación o el asesinato el resultado de un impulso o de una reflexión? Veo mucho en películas y en la tele el recurso del arma improvisada para matar a alguien. Dicen que el usar un cuchillo sacado por ahí de la cocina no es lo mismo que llegar ya con él en la mochila. Que hay una onda de premeditación en  el segundo caso. Algo como lo que entiendo yo del dolo o de la culpa. No de impulso.

Pero pienso que lo que nos pasa a las mujeres que tanto hemos sido ignoradas, denigradas, oprimidas, reprimidas, menospreciadas, violentadas, violadas y asesinadas, es producto de la reflexión. Nos aniquilan con dolo. Alevosía. Ventaja. Y son hombres los que lo hacen. Lo que busco analizar ahora es el origen de esa actitud porque si entiendo contra qué luchamos, la defensa se vuelve más eficaz. ¿Desde cuándo la mujer es considerada presa mayor de cada día?  ¿Por qué diablos tiene que ser la mujer inferior? ¿De dónde viene esa idea, esa necesidad? ¿Y es… cierto? Lo de la realidad de la inferioridad física de la mujer en relación al hombre se podría probar usando ejemplos fehacientes: sí, al hombre se le daba más fácil perseguir y matar a un mamut que a la mujer; sí, mi esposo carga el botellón del agua más fácilmente que yo, y sí, no hay duda, en general los humanos de sexo masculino tienen más fuerza que los de sexo femenino. ¿Pero es eso ser inferior físicamente? ¿Se mide la capacidad física en términos de kilos, megabytes o caballos de fuerza? ¿Nada más? Pues sí. No cuenta que podamos quedarnos despiertas días y noches velando a un enfermo. No cuenta que una vez al mes, lunar, sigamos con nuestras actividades aunque el vientre se nos contraiga dolorosamente. No cuenta que, si no hay hombre, podamos cargar el famoso botellón (cuenco de agua sobre la cabeza), incluso por kilómetros, como lo hacen las mujeres en Irak  o en la India. Y si le agregas a todo esto los desmayos provocados por ropa ajustada –corsés, sí, pero también tu pantalón de mezclilla, míralo bien– o por la falta de nutrición, que las llantitas no son de buen ver, pues sí... frágiles sí nos vemos.

Luego está lo de ser inferior intelectualmente. Pues si de entrada a las niñas y mujeres se les prohibía ir a la escuela, no hay duda de que la distancia entre lo que ellas sabían y lo que ellos también sabían se agrandaba cada día. Hoy en día, todavía miles de niñas no van más que a primero de primaria, para aprender a leer y a contar tantito, y a ellas tanto tiempo se les reservaron las clases de costura y cocina, alejándolas de las ciencias, por ejemplo. Y  en la sobremesa (comida familiar) los hombres se apartan para hablar de cosas serias y dejan a las mujeres hablar de chucherías. Y sí, eso lo organizamos a veces nosotras mismas. ¿Es eso ser inferior intelectualmente? ¿Se mide la capacidad intelectual en cantidad de conocimientos o en calidad de razonamiento?

Inferioridad emocional. Bueno, si está probado por A+B, que mostrar cualquier signo de emoción es signo de debilidad; si los hombres no lloran, pobres, y si  nosotras somos nada más rosas y pétalos de flor atontados por el agua salada de nuestros ojos, pues obviamente que el llorar, sonreír, reír, amar, odiar a puertas abiertas no puede ser más que demostración cotidiana de nuestra fragilidad.  ¿Es eso ser inferior emocionalmente? ¿Se mide la capacidad emocional, la inteligencia emocional, término recientemente acuñado, en cantidad de signos exteriores de las emociones o en capacidad para resolver situaciones emocionales?

Inferioridad. Si aceptamos  los argumentos de la sociedad antes citados, pues no hay duda, lo somos… A menos que seamos seres pensantes y analicemos, lo que llevo mi vida adulta entera haciendo, y alineemos nuestras conclusiones.

No defiendo aquello de la igualdad de géneros: no somos iguales. Lo que defiendo es la igualdad de valor. Igualdad de derechos. Nacemos mujeres. Y luego se nos convence de que no servimos, o de que no debemos. No podemos, hay peligro en mostrar la inteligencia, la independencia. Las calles son riesgosas para las mujeres: no salgas. Los hombres no se controlan si te ven el escote: cúbrete. Los jefes te acosan: no trabajes…

Y las que nacieron mujeres se van haciendo las mujeres que creen que deben ser. Hasta que dicen basta. Una por una en general. Aunque en general también, porque otra mujer, que ya recorrió el camino, le da la mano y le dice que sí, que sí puede.

¿Por qué hacernos sentir inferiores? ¿Qué se gana al hacer algo así? ¿Cómo se ha logrado y se sigue logrando? No estoy de acuerdo en lo más mínimo con la teoría de que los hombres nos envidian, que el vernos llevar  “la vida por dentro” les produce urticaria. La pongo en la misma repisa que la idea de Freud cuando aseveró que sentimos envidia del pene. No envidio yo el pene de mi marido.  Es absurdo, ¿qué haría yo con algo así? Envidio, a veces sí, el poder falsamente nato que les otorga a los varones el llevar su órgano  reproductivo por fuera. Nada más. ¿Y qué si los hombres no necesitan sentarse para hacer pipí? Bueno, pues se sientan para hacer popó, ¿qué tiene eso de interesante, a menos que tengas una mente particularmente escatológica? En cambio, sentir los movimientos de un bebé por dentro es extraordinario, añoro esa sensación. ¿Pero ellos nos odian por algo que dura tan poco tiempo? (por cierto para mí que tuve tres hijos, el lapso cubre aproximadamente año y medio de mi vida). Aunque salen mejor parados los hombres envidiosos de un hecho real: llevamos bebés por dentro. Ellos nada más quieren ser los amos del mundo. Y creo que de ahí viene el asunto, de la sed de poder: si en una yurta, humeada por la fogata diaria, hay junta de pobladores y cualquiera tiene derecho a hablar, a opinar, no se termina nunca de tomar una decisión. Por eso hay un jefe, rituales, turnos. Y ¿por qué no?, es válido arreglárselas para que la mitad del pueblo no tenga voz. ¿Cómo hacerlo? Demostrando que no puede. Entonces se instaura algo como “la mayoría de edad”, no puedes hablar si no has reglado aún, o si no te has hecho hombre cazando algún animal terrible. No puedes hablar si eres viuda, si estás embarazada o reglando;  no puedes si esto, si lo otro. Y luego la propuesta genial: que –preferentemente– las mujeres no hablen. Esto es idea mía, no sé si así sucedió. Pero pienso que sí. También pienso que no fue un complot organizado, sencillamente se fue dando. ¿Cómo, sin embargo, se logró apartar a las mujeres del poder, fuere cuál fuere? Porque la no–mayoría de edad se cuenta con los dedos, la viudez con ausencia marital, el embarazo se nota. ¿Cómo descartar a las mujeres sin parecer injusto?, pues demostrando que sólo los hombres valen. ¿Y cómo demostrar la superioridad de cualquier persona, cosa o decisión?, pues denotando la inferioridad de las otras personas, cosas, decisiones. Rápido y eficiente. “No cuenta el que yo, hombre, pueda cargar el botellón de agua; cuenta que tú, mujer, no puedas. Porque entiendo que tus manos son más delgaditas, y estás embarazada, cuidado con el bebé y más”. “No cuenta que yo, hombre, pueda salir meses de viaje a cazar mamuts modernos; cuenta que tú, mujer, no puedas. Porque entiendo que estás amamantando, no puedes irte con el crío a cuestas, y cómo hablarías con extraños, luego te pones nerviosa”. “No cuenta que yo, hombre, pueda navegar en aguas tumultuosas; cuenta que tú, mujer, no puedas. Porque estás reglando, no te vayan a oler los tiburones”. “No soy yo el que cuenta más; eres TÚ a quién tenemos que cuidar. Porque no puedes sola… Te estoy cuidando, dulce mujer indefensa”.

Y un día se toman decisiones en la famosa junta de la yurta, y claro que no estabas, y cómo no estabas, no puedes protestar. De todas maneras, no sabes por qué se tomó la decisión. Y aunque hubieras estado, no podrías haber tomado la palabra, eres mujer.

Y por eso el derecho de voto no se te otorga sino hasta el siglo XX.  “No es que no puedas, nena, es que no sabes”. Y de ahí, poco a poco, la costumbre de heredar propiedades y títulos a los hijos hombres, por orden de nacimiento. La de la famosa dote para casar a las herederas. La de no permitir métodos anticonceptivos, el aborto legal y otras nimiedades…

Un amigo comentó en algún momento que cuando el león monta a la leona, el perro a la perra, ellas no siempre levantaron el trasero para recibirlos. Dice, este amigo, que desde esa manera de reproducirse, hay violación. Estuve masticando su idea. Mira que los peces no se acoplan, la fecundación es externa, semen sobre hueva. Los pájaros, pues, hacen su labor de conquista, checa al pavo real, cómo abre y muestra sus colores, para que la hembra le dé el sí. Igual los gallos de cresta enrojecida y los preliminares de las serpientes, caricias y mordidas leves. He visto a los gatos rondar a las gatas y a los perros pelear por una perra. Aquí, en plena ciudad, no tengo acceso más que a documentales para analizar la manera de aparearse de los animales. Y sí, a veces, parece violación lo que pasa. Ves a la tigresa inclinarse para tomar agua y de repente al tigre echársele encima, sin pedir permiso. Pero en general, nos muestran los camarógrafos rituales interminables de “te enseño mis pompas rojas” o de peleas encarnizadas entre los machos mientras la hembra examina de cerca sus pezuñas… Y es una lástima. Porque me sería más fácil entender lo de las violaciones si en los no–humanos se viera que sucede lo mismo. Preferiría pensar en  instinto, no en un acto calculado. Porque si no es nato el asunto, si no es cuestión de instinto, entonces se puede regular, educar, y entonces evitar que suceda.

Me puse a examinar datos históricos, para entender cuándo empezó esa idea de que las mujeres, dada su inferioridad,  sirven para ser cogidas, violentadas y asesinadas. Mira que sentí el antojo de ponerte palabras más crudas, pero justamente, el punto de mi reflexión es encontrar alguna manera de resistir antojos… Empiezo con el famoso Rapto de las Sabinas. Es mitológico el asunto. Es decir historia basada en hechos reales, costumbres o eventos importantes de la vida de aquel entonces, pero atribuida a los dioses. Significa que los romanos ya admitían la violencia generalizada hacia las mujeres. Generalizada y justificada. Explican los dioses el evento con el hecho de que las mujeres no alcanzaban para tanto hombre en Roma y que algo se debía hacer. Para reproducirse, para coger a gusto, o para tener igualdad en números, eso no lo quiero saber. Pero el caso es que esa violencia llevaba ya una etiqueta gigantesca de justificación. Y años, siglos más tarde, lo que abundan son las representaciones artísticas de ese rapto, cuadros, esculturas, frente a los cuales nos quedamos babeando… ¿Qué bonitos y bien hechos están verdad?

Me salto, porque así soy de dispersa, mujer al fin, a los pies apachurrados de las chinas. Método de tortura  vergonzoso ampliamente aceptado por la sociedad china desde siglo X hasta el siglo XX,  con una justificación hermosa para cubrir la verdad horrorosa: las mujeres de pies chicos, parecidos a la flor de loto –por sus dedos aplastados imagino– eran preciadas por los hombres y encontraban marido más rápido. (Imagino que si no hay pies en el camino es más fácil atinarle a una vulva.) La verdad profunda es que una mujer de pies atrofiados no se mueve; no puede escapar, ya sea del matrimonio forzado, ya del trabajo forzado o de su vida.

He hecho desde adolescente, una relación estrecha entre esos pies torturados con vendas y los zapatos de tacón, alto, muy alto. ¿Quién puede correr sobre zancos, quién puede decir algo inteligente en una junta empresarial si lo único que siente es dolor en los pies y en las pantorrillas; quién dime? Sí, las piernas se ven más bonitas y las faldas lucen más, pero sólo según los cánones de belleza que, te juro, no han sido forjados por mentes femeninas.

Y me regreso a China. Muy padre la onda del respeto y culto a los antepasados, pero reservado a los hijos varones desde los tiempos del Neolítico Terminal, según los arqueólogos, relegando así, una vez más, a las mujeres a otro plano, inferior. ¿Por qué? Lo de los pies lo capto: no huyas, no seas libre, no pienses. ¿Pero esto? Todavía en los años 80, hace tan poquito, se mataba a las niñas recién nacidas, por no servir de nada y por aquello de la limitación de nacimientos por pareja. Date cuenta. Mide lo que significa. No es cuestión de emoción en la panza, ni de instinto, ni de impulso. Es raciocinio: no me sirves, mueres. Es ahogar la camada de gatitos.

Me vas a decir, porque no se puede entender, que eso es lejos, es otra manera de vivir, un barniz civilizatorio diferente del nuestro. Pero es que a eso voy: la violencia hacia la mujer no es un problema mexicano, es un problema humano. No es producto de los videojuegos, es producto de la mente masculina. Y no, no soy feminista extremista; soy nada más feminista sobreviviente.

Mira, te llevo a Europa, siglo XV, Juana de Arco. En la historia de Francia, se le considera la salvadora del reino. ¿Qué hizo? Salir a pelear. ¿Cómo lo hizo? Disfrazada de hombre; no fuera a ser que no le dieran chance. ¿Cuándo lo hizo? Antes de ser plenamente mujer, era virgen la niña, ¿verdad? Ah, ¿y por qué? Por oír voces. No fue su decisión luchar por el rey, fue alucinación, pobre mujer de mente frágil. ¿Sabemos si cada  detalle es verídico? Pues no. Sólo contamos con los testimonios y escritos de los testigos de la época (hombres), quienes eran los designados para relatar batallas, alegrías y desgracias. ¿Habrán tergiversado la realidad para justificar que fuera una mujer la que llevara a hombres aguerridos a la batalla y lograra el sacro del rey Charles VII?  ¿Habrá sido nada más una manera de adornar lo sucedido; deformación profesional? No es posible que una mujer logre esa clase de hazaña. Pobre Juana de Arco, acusada más tarde de brujería. Y quemada, claro.

Y en la misma línea de análisis, citemos lo de las Guerreras Amazonas, diferente época pero misma situación. Nos enseñaron en la escuela que eran tan bravas que se cortaban el seno derecho con tal de usar mejor sus arcos, ¿verdad? Pues en estudios relativamente recientes (2014), parece ser que eso no es cierto. Esa versión podría provenir del error de un historiador, al confundir la palabra “mazon” con la traducción de  “seno”. La persona que desmonta este mito es mujer, la historiadora Adrienne Mayor. ¿Por qué se habrá dado esa confusión del historiador que les arrebató un seno a aquellas guerreras? ¿Habrá tenido la cabeza llena de prejuicios, de los de hace más de 2500 años? ¿Habrá habido en él una predisposición a no creer en mujeres normales guerreras? Porque así, a medio pecho, ya no son tan mujeres esas guerreras, ¿verdad? Se masculinizaron.

Te cito a otra mujer no sólo célebre sino venerada, a quién se le robó su feminitud: la misma madre de Jesús. ¿Cómo permitir que el hijo de Dios naciera de una simple mujer? Entonces, hábilmente, se le hizo embarazarse sin contacto carnal. Su himen intacto la protege eternamente de ser mujer. Nos quitaron así toda participación en un evento de importancia mundial lo queramos o no, seamos cristianas o no. María no era mujer, era, con mayúscula, una Virgen. Y por ende, cómo permitir que la mujer tuviese un rol dominante en la iglesia. ¿A cuántas mujeres curas conoces…? Sí ya sé, si nos vamos a  la rama de los anglicanos, las mujeres pueden serlo. ¿Pero conoces a alguna mujer rabí? ¿A alguna mujer imán? ¿Me sigo? ¿Por qué? Caramba, pues por la ambición, por las ansias de poder de los religiosos, altos religiosos se entiende. Y si nos seguimos en la lógica de que las mujeres “son seres inferiores a los hombres”, no se les puede poner esa clase de poder entre las manos. Más si usan tacones, pobres.

¿Qué otro ejemplo te doy? Claro, lo del derecho de pernada. Eso de que si va a haber boda, llegue el señor del castillo y pueda, por ley, date cuenta, por ley, tener la primera noche con la mujer que se casa: Me arrogo el derecho de ser el que abra tus piernas por primera vez. Hay también allí metido un rollo de amo–vasallo, sí, pero no mandan a la señora del castillo a desvirgar al novio. Es derecho de hombre sobre mujer, otra vez. Y otra vez, no sólo en México, no hoy, esto data de la Edad Media en Europa.

O lo de las dotes, hace todavía menos de un siglo. Los matrimonios eran primero un contrato, en el que se especificaba cuanta lana (en ocasiones así, literal) o qué propiedades se le daban al futuro esposo. Un pago por casarse con la futura esposa. Hasta mediados del siglo XVII, se usaba dar parte de las tierras de la familia de la novia. María Teresa de España fue de las primeras en entregar dinero en lugar de tierras a su futuro esposo, el rey Luis XIV de Francia, 500 mil escudos, de a más o menos 4 gramos de oro cada uno, algo cómo 2000 kilos, 2 toneladas de oro. ¿Se compraba marido? ¿Se le pagaba por hacerse cargo de la mujer? ¿Por qué no se daba también, en nombre del hombre, una ganancia para la mujer? Claro que el contrato estaba escrito bonito y con garigoleos, y las únicas mujeres que tal vez tenían ganas de protestar contra ese sistema eran justamente las que no tenían dote, sólo familias pobres o castillos desvencijados.

Y salto a Turquía, otro continente (mismas épocas), refiriéndome ahora a los harems del imperio otomano. Cien mujeres para un sólo hombre. No es nada más cuento de las mil y una noches. Pertenecer daba acceso a una existencia privilegiada, estudios, comida, y si eras de las favoritas, camas de seda y visitas del macho, tu dueño, supremo honor. ¿Por qué no unirse, todas contra uno y abatirlo? ¿Por qué imperaba la lucha por ser la favorita, madre de hijos varones, asegurándose así una vida tranquila, fuera de los dolores del mundo externo? ¿Respeto a la tradición, a la educación? Al parecer no nada más el hombre está convencido de que la mujer le es inferior, somos las primeras en tragarnos el cuento. En 1909, Abdul Hamid II todavía poseía 370 mujeres en su palacio. Y en un discurso en 2016, eso es hoy, ¡hoy!, la mujer de Erdogan, presidente turco, todavía alabó la existencia de los harems, comparándolos con escuelas de vida para las mujeres. Mensaje de una mujer, convencida u obligada, pero mujer “contemporánea”.

Y luego lo de los velos. Las mujeres de aquellos harems raudas y acomedidas se aprendían  la danza. Justificación hay, otra vez, para lo que yo considero una vejación. La costumbre de cubrir cuerpos y rostros de las mujeres data de unos mil años antes de J. C., no es invento nuevo eso de que las mujeres no sirven, se deben de esconder y martirizar, aunque sea de manera encubierta, con un velo sobre la cara. Los griegos antiguos, los romanos (los del Rapto de las Sabinas ¿te acuerdas?),  los cristianos, tantos han intentado esconder a la mujer, con la consabida justificación de es para protegerlas, para que se vea que son nobles, o buenas, o no–sexuadas. El mismo profeta Mahoma dijo que los hombres no son capaces de practicar la continencia y pone entre las manos de las mujeres, a través del  porte del velo, toda la responsabilidad de actos indebidos cometidos por hombres. Ellos hacen y deshacen y tú eres la culpable… Y podría seguir, pero esto no es enciclopedia.

Escogí no hablar de las mujeres violadas en tiempo de guerra, cruzadas,  invasiones y colonizaciones o  guerrillas internas en algún país. Y escogí no hacerlo porque en tiempo de guerra, morir y ser violada “es normal”. (Sarcasmo. Sí, es sarcasmo, entiéndase, caray).

Y busqué números, pero sólo asustan. Me enteré de que Suecia, país tan lindo, es de los primeros en la cuenta de violaciones a mujeres. Aunque eso tal vez sólo signifique que en ese país sí hay cultura de la denuncia. Que en México, país donde vivo y que siento tan entregado a la violencia, nada más consigna el número 23, sí 23, en la competencia de violaciones de humanas hembras… Aunque, otra vez, puede que esto sólo signifique que no se levantan denuncias o que las violaciones terminan en feminicidios. Digo, si tus papás no te hacen caso cuando te pega tu hermano, qué vas a andar denunciando más tarde, ¿verdad? Las cifras que encontré en los datos de Amnistía Internacional afirman que, en el mundo, una de cada tres mujeres ha sido violada. Esto es un tercio de la población femenina. Una de tus tres sobrinas. Una de tus tres amigas. Y yo pensando que el mundo nos ignora. Falso. Pasa que la situación es igual o peor en otros lados. Luego, no es sólo un rollo de machismo latino, no permitas que te limite esa explicación, es un rollo de machismo en el ser humano,  de valemadrismo como lo dije antes, y de costumbrismo. (Sí, violenta costumbre).

Intenté decirte, probarte, que el lastimar a las mujeres no es algo reciente, ni nada más propio de ciertas culturas. Que no, no es un problema de instintos, mira a las leonas tomar su siesta, ni de sociedad latina, europea o asiática. Es. Y ya. Te platiqué que no violaría a nadie. Que no mataría. (Puedo entender las ansias, pero no, no lo haría). Te expliqué que no acepto la idea de que las mujeres somos inferiores a los hombres. Te dije que no creo que la violación sea algo natural, que no veo a los animales hacerlo. Sólo a los humanos. Te enlisté, brevemente,  eventos que muestran que no es moda, que la costumbre de violar, torturar y asesinar a las mujeres es milenaria. No te puse números exactos, pero te los sugerí. Termino dándote el último ejemplo, el que me parece ser el más viable para detener la violencia hacia la mujer, y es el de pueblos que han sobrevivido a todos los ataques, a todas las persecuciones. Pueblos como el pueblo judío o como el pueblo gitano. Mira que están igual de mal parados que nosotras si comparamos odio a grupos, odio sin razón válida. Recordemos las palabras genocidio, pogromo, deportación, campo de concentración, y más.

Pero exploremos al menos algunas palabras que orientan hacia una posible solución.

1) Educación. En la escuela y en la casa, en la calle, en el metro, en el campo y hasta en la luna, me cae. Pero habrá de ser educación mediante el ejemplo, no sólo mediante palabras. ¿De qué sirve decir que las labores de la casa no son sólo para mujeres si te levantas cada dos minutos de la mesa a servir a los que comen contigo? Y sí, algo tan sencillo como esto tiene que ver con el respeto que se nos debe. No separes la vida familiar en dos: no es futbol para los niños y  resorte para las niñas. Ni es enseñar a tender camas sólo a las niñas, ¿qué, nosotras las hacemos y ellos las deshacen? Tampoco es que los niños sean los encargados del coche, ¿qué ellos lo cuidan y nosotras vamos de paseo con él?

Es no obligar a nadie a hacer algo que no quiere hacer, nunca. Claro que si el nene no se quiere bañar, pues algo le dirán en la escuela al día siguiente, y ya verá si le gusta. O si la nena no quiere comer, pues luego tendrá hambre, y no, no se le dará nada. Es aprender la ley de acción/consecuencia al mismo tiempo que se aprende que se vale decir “no” y que ese “no” se respeta. No digo que hagamos de los hijos energúmenos que  se crean permitido cualquier antojo (no te me vayas por el lado fácil), porque la consecuencia ahí está, siempre. Pienso que así, cuando se diga No, no quiero acostarme contigo, pues se oirá, y se acatará. Y sin llegar a esos extremos, que no se lastimará de ninguna manera ni a mujeres, ni a hombres.

2) Consecuencias. En el trabajo y en casa, en la calle, en el metro, en el campo y en la luna, me cae. Porque en México, en particular, el agredir a una mujer, poquito o muchito, no tiene consecuencias. La ley, siempre muy bonita, no se aplica, sobre todo si hay lana de por medio, amenazas sobre la familia del juez o el mismo juez anda de chistoso violando a su mujer, cada viernes, porque toca. O no denunciamos, porque da miedo, porque hay amenazas sobre la familia, o porque los polis están coludidos, o porque ellos son los presuntos perpetradores. Mira qué lindo vocabulario hemos aprendido… y entonces olvídate de ir a denunciar. (Recuerda el ranking de diferentes países en cuanto a violaciones conocidas, lo de Suecia y lo de acá). Y, no obstante…

3) Denunciar. Se necesita tanto valor para hacerlo, tanto, pero sí puedes. Hazlo desde la primera amenaza, la primera burla, el primer golpe. Mira que si fuera tu hija la violada, la asesinada, desaparecida, estarías removiendo cielo y tierra, gritando tu rabia, tu odio. Si fuiste tú la asesinada, de allá por dónde andes, descarga truenos sobre el responsable, hazlo. Si fuiste tú la golpeada, violada, torturada, denuncia. Nada más no vayas sola. Denuncia en radio, en tele, con una llamada basta, y ve luego a donde se tenga que ir, preferentemente acompañada, con reporteros y cámaras. No te bañes, no te quites ni la tierra de los pies, nada… Ve y aprieta los dientes mientras te ignoran y luego mientras te examinan. Aprieta los dientes, y si quieres, voy contigo. Voy yo y vamos otros/otras. Alerta a tus vecinos, a la secre del cubículo de al lado, a los de mantenimiento de la fábrica, vamos todos. No nos pueden matar a todos, no nos pueden ignorar a todos. Sí,  hombres y mujeres, juntos.

(Paréntesis necesario: Esto ya no sé si es educación o preparación de las consecuencias, pero si pedimos, exigimos que no se nos considere ni inferiores ni superiores, ¿cómo es que no aceptamos la presencia de los hombres de bien? ¿Por qué no pueden ir a las marchas con nosotras? ¿Por qué decimos que Todos los hombres esto o aquello? No es un asunto de mujeres, no existen los asuntos exclusivamente de mujeres o los asuntos de hombre, debemos entender eso, trabajar juntos. Porque el argumento de Te lastimo porque tú antes me lastimaste no nos lleva a ningún lugar. Demostrar que no somos inferiores no va por ahí.)

Y entonces denunciemos juntos, hombres, mujeres, reporteros, medios,  cada vez. Y no, no dejemos a la víctima sola con el examinador, con el policía, con el doctorcito de la delegación. Grabemos, además, todo lo posible. Mira que se puede con los teléfonos que hoy cargamos con nosotros día y noche, esto ya es juego de niños. Sí, lo sé. En pueblos chicos, no se puede ir a denunciar, el presidente municipal es avisado, luego luego, las amenazas no necesitan ni hacerse. Pero aprieta los dientes, ve a la ciudad, vamos, denuncia–consecuencia, denuncia–consecuencia, denuncia–consecuencia.

Entonces, tres ejes: educación, consecuencias, unidad al denunciar. ¿Se ve padre verdad…? Pues pienso que de nada sirve todo esto que te dije. Vamos que al menos no sirve para los hombres que piensan en nosotras como en cosas, como en presas. Imagino que sus padres, cuando los educaron, no les decían a la hora de la comida que salieran a violar y a matar… Pienso que esto de la educación sólo va a servir en quienes de todas maneras no habrían ni violado, ni obligado, ni secuestrado. Que lo de aplicar la ley, sólo sirve en Suecia y que lo de unirnos sólo sirve si aceptamos hacerlo con otros y con otras, aunque nos ha dado por quererlo hacer todo solas en ese terrible afán de demostrar que sí podemos.

Y de nada sirve porque estamos en un país, México, en el que te cobran derecho de piso por poner tu puesto de quesadillas en la calle. Porque  si denuncias un robo, los mismos polis te sacan más lana por hacerlo. Porque estamos en un país en el que a las niñas desparecidas no se les debe buscar porque entonces se llevan a las hermanas. Porque detrás de las puertas, violan y maltratan a las niñas, desde que tienen edad para lavar platos, caramba. Porque hay pueblos en los que las puertas están blindadas y aun así se meten de noche para robarse a las niñas y jovencitas, rompiendo paredes. Y no,  no son pueblos perdidos en la sierra, están cerca de ciudades grandes. Porque, aquí, si vas a denunciar que te violaron, los polis (otra vez ellos) te llevan a un cuarto a examinar y te vuelven a violar. Porque aquí las cruces rosas de Juárez ya no horrorizan a nadie. Porque el que no seamos las únicas, y que esto sea costumbre milenaria es consuelo de tontas. Porque tal vez no haya más salida que la de andar armadas y ser entonces (también) homicidas. Y porque tal vez, tal vez sea más fácil vivir pensando que mataste por defenderte, que vivir con una violación un año sí y el otro también. Y porque seguro es más fácil (o viable) vivir habiendo matado que habiendo sido asesinada.

Y no, no termino aquí. Porque sería cobarde haberte dicho tanto, haberte casi obligado a salir con pancartas a la calle para decirte que no se puede hacer nada, y que ni modo, y que si nacimos mujeres, pues nacimos para sufrir. Retomo que si han sobrevivido tanto los gitanos como los judíos ha sido por dos cosas: resiliencia y unión. Nos podemos reponer… Duele, es largo, terrible el proceso, pero no permitiremos que por la injerencia de algún sujeto nefasto nuestra vida se aruine o termine. Y, finalmente, recuérdalo y practícalo: la real y plena sororidad es lo que nos puede sacar a ti y a mí del hoyo ficticio al que nos ha tirado la historia. Recuérdalo: Juntas y de pie.

 

 

 

 

DAMIEN PAISANT

Poemas de “Cri”,

Editions Bruno Doucey, 2020

Traducción de Miguel Ángel Real

 

 

 

 

Grito

sin lágrimas

Grito

nacido

de lo que no se dice

Grito

que deseca

mi lengua materna

Grito

que escribo

 

Eso

es lo que me queda

 

 

 

Cri

sans larmes

Cri

du non-dit

Cri

qui assèche

ma langue natale

Cri

que j'écris

 

Voilà

ce qu'il me reste

 

 

*

 

 

 

 

La inspiración como

un salto hacia

ninguna parte

 

antes que             despeñadero

            se vuelva desesperación

 

dolor de fisuras

por un bien                 en otra parte

 

Inspirar para

expirar el aire ceniza

que silba

 

Antepasado

 

 

 

 

L'inspiration comme

un saut vers

nulle part

 

avant que                   falaise

            ne devienne  malaise

 

mal de fissures

pour un bien                           ailleurs

 

Inspirer pour

expirer l'air cendre

qui siffle

 

Aïeul

 

 

 

*

 

 

 

Recibo

sus bofetadas

 

como

salpicaduras

de piedra

 

para no olvidar

inscribir mi nombre

en el edificio de la supervivencia

 

para salir

de la noche suicida

que me lleva

 

para saber

qué curar

 

para en el futuro

lavarme

de los charcos de sangre

 

Recibo

sus bofetadas

 

las bofetadas

del día

 

 

 

 

 

 

Je reçois

ses claques

 

comme

des éclaboussures

de pierre

 

pour ne pas oublier

d'inscrire mon nom

sur l'édifice de survie

 

pour sortir

de la nuit suicide

qui m'emporte

 

pour savoir

quoi soigner

 

pour à l'avenir

me laver

des flaques de sang

 

Je reçois

ses claques

 

les claques

du jour

 

 

*

 

 

 

 

De la fatiga

extraer

una fuerza

 

una fuerza

que sobrepasa

al sacrificio

 

una fuerza

que viene

del canto primitivo

 

Se le da

al cuerpo

un ritmo

que hallar

 

El pulso

de las extremidades

que tantear

 

 

 

 

De la fatigue

extraire

une force

 

une force

qui dépasse

le sacrifice

 

une force

qui vient

du chant primitif

 

Il est donné

au corps

un rythme

à trouver

 

Le pouls

des extrémités

à tâter

 

 

*

 

 

 

Pensamiento mortaja

 

tu sábana

me ahoga

 

No soy más

libertad           movimiento

que un vago sueño

ahogado en el recuerdo madre

 

Soy

carne en apnea

vaciada    lentamente vaciada

de su sangre

 

Pensamiento mortaja

 

tu día incandescente

hace de mí

un cuerpo ceniza

 

Soy aún

Testigo resurgencia

 

 

 

Pensée linceul

 

ton drap

m'étouffe

 

Je ne suis plus

liberté      mouvement

qu'un vague rêve

noyé dans le souvenir mère

 

Je suis

chair en apnée

vidée     lentement vidée

de son sang

 

Pensée linceul

 

ton jour incandescent

fait de moi

un corps cendre

 

Je suis encore

Témoin résurgence

 

 

 

*

 

Alimentarme de hiel

no saciará

mi hambre

 

ahondará

mis heridas

otro poco más

 

llenará mi copa de arcilla

 

oh vino sin sabiduría

 

Alimentarme de hiel

dejará hambrienta

a mi cólera voraz

 

Cómo encontrar miel

en tu cadáver

 

 

 

 

Me nourrir de fiel

n'assouvira pas

ma faim

 

creusera

mes blessures

un peu plus encore

 

remplira ma coupe d'argile

 

ô vin sans sagesse

 

Me nourrir de fiel

affamera

ma colère vorace

 

Comment trouver du miel

dans ton cadavre

 

Publicado en VENTANA FRANCESA

 

 

DANIEL OLIVARES VINIEGRA

Traduction par Miguel Ángel Real

 

 

 

 

POÈME INFINI

 

Une femme est capable de toutes les drôleries

de faire sortir un chapeau d’un lapin

De sillonner pendant des heures, en donnant des cours de bavardage,

les places, les villes, les mondes ou les océans remplis de foules

(sans s'épuiser, d'ailleurs, même pas un peu)

...pour se repoudrer ensuite le nez

ou re-brosser à nouveau ses cils avec une cuillère

(pas forcément en bois

peu importe la taille

comme celles qu'on utilise pour manger, par exemple,

dans les marmites de mole ou de pozole)

 

Une femme est capable de toutes les démesures

D'extraire un candélabre de son sac

ou d'éliminer aussi celui ou ceux qui la ou les harcèlent,

les souillent, ou du moins ceux qui les rabaissent sournoisement

ou les font disparaître abominablement

ou du moins « ils tentent » de le faire par action ou par omission...

pour ensuite raccommoder ou broder des linceuls

qui disent à ces monstres misérables et bien ça suffit,

pas une de plus ni de moins et alors « bon vent »

 

Une femme est capable de faire des choses fabuleuses

De préexister même si on n'est pas encore dimanche

de réapparaître après vingt ans et dire à son retour, comme si de rien n'était,

« bonjour ;

je crois que j'ai un peu faim, qu'est-ce qu'on cuisine... »

Ou de s'évaporer (jamais pour toujours) dans le brouillard bleu d'un matin pâle

 

Une femme est capable de tiédir le vent le plus glacial

d 'abattre des murs orientaux et occidentaux

de faire bouillir même les hauts sommets enneigés

d'allumer le fourneau ou une révolution après un printemps prolongé

de rafraîchir et aussi de se rafraîchir devant certains sièges si mystérieux

tellement exaspérés car exaspérants

 

Une femme est capable d'accomplir tous les exploits incalculables

De courir les 100 mètres en 10 secondes

-ou peut-être un peu moins-

de gravir cinq cent fois l'Everest

ou de commander le prochain voyage habité vers la galaxie d'Andromède

pour coloniser en un clin d’œil tout le système Alpha du Centaure

pendant que (apparemment sans se plaindre)

elle s'occupe de sa maison, de son emploi au bureau,

et de sa demi douzaine -environ- de morveux insupportables

 

Et ne venez pas nous dire qu'une femme ne peut pas faire ceci ou cela

...parce qu'immédiatement vous aurez comme réponse

en plus d'irrépressibles simagrées ou de certains débuts de pleurs et d'orages,

un homme à moitié mort devant elle

ou finalement quelqu'un mort de peur, ou un demi homme, c'est selon,

à moins que tout simplement on vous applique au moins l'infaillible

rafale glaciale de son indifférence blessante

 

Un femme est capable de se rendre toujours puissante

D'ouvrir sa poitrine et offrir son cœur, blanche colombe

de séduire non seulement un mâle mais tout le troupeau

de mourir de tristesse au cas où

de finir un verre ou toute une bouteille sans avoir mal au crâne

de patiner dans les fanges innommables

et même de danser tregua et de chanter catala[1]

et aussi d'écrire, de raconter ou de chanter des vérités

pendant qu'elle danse et qu'elle calme les colères des autres

ou bien de signer et de condamner sa propre histoire

et de dessiner et de répandre, ensuite,

une lumière de diamant plus rose que rose sur toutes les

têtes souillées des autres

… de sonder et de remonter des défaites insondables

… de te fermer les yeux le jour de ta mort

… ou, à ce moment même, tout simplement,

de sourire, en te faisant croire qu'en vérité tu nais à nouveau

et de te bénir et de t'embrasser pour la dernière fois comme

cette fois-là ou, oui, vraiment, ce fut la première

Ce qui veut dire qu'elle te laisse partir (sans rien sentir) dans des spirales et des ritournelles

à jamais

en te disant un peut-être maintenant et de façon permanente

c'est pour ton bien :

« mon amour : je t'aime ».

 

Une femme est capable de tout...

 

 

 

 

 

POEMA INFINITO

 

Una mujer es capaz de cualquier cosa divertida

De sacar una chistera de un conejo

De surcar por horas y horas, dando clases de cháchara

por entre plazas, urbes, orbes u océanos atestados de multitudes

(sin agotarse, por demás, siquiera un ápice)

… para polvearse en seguida la nariz,

o re–enchinar nuevamente sus pestañas con una cuchara

(no necesariamente de madera

y sí inclusive de cualquier medida

como las que se usan para palear, por ejemplo,

entre las cazuelas del mole o del pozole)

 

Una mujer es capaz de cualquier cosa realmente tremenda

Tanto de extraer un candelabro de su bolso

como de eliminar también a quien o a quienes a ella o ellas las asedian,

las mancillan, o al menos a quienes preteridamente las disminuyen

o hasta ominosamente las desaparecen

o al menos “así intentan” por acción u omisión hacerlo…

para luego zurcir o bordar mortajas

que a esos desalmados infelices digan, pues ya está,

ni una más o ni una menos y pues entonces “buen provecho”

 

Una mujer es capaz de hacer cualquier cosa fabulosa

De preexistir aunque todavía no sea hoy domingo

de aparecerse luego de veinte años y decir como si nada, al regresar,

“hola, buenos días;

creo que ya voy teniendo un poco de hambre, qué preparamos…”

O de esfumarse (no nunca para siempre) por entre la niebla azul de una pálida mañana

 

Una mujer es capaz de entibiar el más gélido cierzo

de derrumbar muros orientales y occidentales

de hacer bullir incluso altas cumbres nevadas

de encender el fogón o una revolución luego de una prolongada primavera

de refrescar y refrescarse también ante algunas de esas sedes tan ignotas

como harto exasperadas por exasperantes

 

Una mujer es capaz de cualquier hazaña incalculable

De correr los 100 metros en diez segundos

-o quizá tal vez en un poco menos-

de escalar quinientas veces el monte Everest

o de capitanear el próximo viaje tripulado a la galaxia de Andrómeda

para colonizar en un dos por tres a todo el sistema Alfa Centaury

en tanto (sin aparente queja alguna)

se hace cargo de su casa, de su empleo en la oficina,

y su poco más de casi media docena de insoportables mocosos

 

Y no se atreva a decir usted  que una mujer no puede hacer tal o cual cosa

… porque de inmediato tendrá como respuesta

a más de irrefrenables aspavientos o ciertos amagos de llantos y tormentas

ante ella un hombre medio muerto

o al fin un muerto de miedo, o medio hombre, dado el caso,

si no es que meramente a usted se le aplica al menos la infalibe

ráfaga glacial de la (su) lacerante indiferencia

 

Una mujer es capaz de cualquier cosa poderosa…

De abrirse el pecho y ofrecer su corazón blanca paloma

de seducir no sólo a un macho sino a toda la manada

de morirse de tristeza por si acaso

de apurar una copa o toda una botella sin marearse

de patinar por entre fangos innombrables

lo mismo de bailar tregua que de bailar catala

y lo mismo de escribir, contar o cantar verdades

mientras danza y aplaca ajenas furias

o bien de firmar y sentenciar su propia historia

y de dibujar y desparramar, luego de ello,

rosa y más que rosada luz diamantina sobre todas aquellas

ajenas cabezas mancilladas

… de sondear y remontar derrotas insondables

… de cerrarte los ojos el día de tu muerte

… o de, en ese preciso instante, simplemente

sonreír, haciéndote creer que en verdad naces de nuevo

y bendecirte y besarte por última vez como aquella

o esta otra que sí / en verdad / fue la vez primera

Lo que viene a ser dejarte ir (y sin sentir) en espirales y ritornelos

para siempre

diciéndote un quizá ahora sí y de manera permanente

es por tu bien:

“mi amor; te quiero”.

 

Una mujer es capaz de cualquier cosa…

 

 

 

 

NOPOÈME INFINI (OU TOUT SIMPLEMENT POUR RESTER)

 

Ceci n'est pas un Poème

il ne fut pas écrit pour secouer l'univers

il ne brandit pertinemment aucune cause, ni personnelle ni étrangère

il ne remonte pas vers des arcanes inconnus et immémoriaux

il n'évoque pas non plus les plus anciennes ou millénaires langues mortes

il n'est pas elfique, iambique et surtout pas dithyrambique

il n’égrène pas de souffrances ni ne griffonne de crépuscules

il ne s'abrite pas derrière l’influence de déesses blanches ou de n’importe quelle autre

                                                                                                                                  bordée

                                                                                                                                  perlée

                                                                                                                             polychromie

                                                                                                                          (poly) phonique

Il ne résonne ni ne chante

il ne s’envole pas

il ne prétend pas secouer les consciences

ce n’est pas un poème d’amour ni de deuil

Sans traducteur ni propagateur possible

il ne fait ni allusion à Marcel Duchamp ni à René Magritte

ni ne pratique la vivisection des grenouilles

ni ne dissèque des objets

Il est truffé de lieux communs

il ne brille même pas comme un loriot

ce n’est pas non plus une élégie ni une romance ni un vers

(que SR veuille bien m’excuser… ainsi que monsieur RR[2])

Il n’aspire pas à rendre hommage

il ne célèbre aucune bataille héroïque

il ne brise pas des écoles

il n'intertextualise pas ni ne cite d’autres brillants auteurs

à l’exception peut-être de ceux qui vont de César Vallejo à Ida Vitale

Il tombe largement dans un ton familier

il n’est ni mythique ni ascétique

et encore moins sceptique ou même laïc

 

Ce n’est pas un cocktail Molotov

 

Il ne se balance ni avec la mer ni avec le vent

Il n’est pas une simple négation comme non plus jamais en aucun cas

 

Ceci n’est ni ne sera un poème :

il n'a cure de la forme ni de la versification

Il n’attaque ni ne défend…

Il n’est et n’a pas prétendu être

Il ne fut pas et il ne devient pas non plus

Il ne sera pas même s’il le veut

Aussi imparfait que plus-que-parfait

jamais il n’atteindra

ni tes oreilles

ni tes yeux

 

Ceci est aussi bien un simple Non

 

-GirOndO[3]  et rOnd-

 

Ou pas aussi simplement

 

                        … sans vouloir être à peine.

 

 

NOPOEMA INFINITO (O PARA SIMPLEMENTE PERMANECER…)

 

Esto no es un Poema

no fue escrito para sacudir al universo

no enarbola procedentemente ninguna causa ni propia ni ajena

no remonta hacia ignotos arcanos inmemoriales

no evoca tampoco a las más antiguas o milenarias lenguas muertas

no es élfico ni yámbico, ni mucho menos ditirámbico

no desgrana padeceres ni emborrona atardeceres

no se ampara en influjos de diosas blancas o de cualquier otra

                                               orlada

                            perlada

                            policromía

                           (poli)fónica

No suena y no canta

no eleva el vuelo

no pretende sacudir conciencias

no es un poema de amor ni de duelo

Sin traductor ni propalador posible

no hace alusión a Marcel Duchamp ni a René Magritte

ni vivisecciona ranas

ni disecciona objetos

Plagado está de lugares comunes

no destella siquiera cual oropéndola

no es tampoco una elegía ni un romance ni un verso

(con perdón de SR…lo mismo que del señor RR)

No pretende un homenaje

no celebra ninguna heroica batalla

no rompe escuelas

no intertextualiza ni cita a otros brillantes autores

con excepción quizá de los que van de César Vallejo a Ida Vitale

Incurre sobradamente en lo conversacional

no es místico ni ascético

mucho menos escéptico como tampoco seglar

 

No es una bomba molotov

 

No se mece ni con la mar ni con el viento

No es mera negación como tampoco jamás nunca

 

Esto no es ni será un poema:

no cuida la forma ni la métrica

No ataca y no defiende…

No es ni ha pretendido

No fue ni tampoco viene estando

No será aunque lo quiera

Tan Imperfecto como pluscuamperfecto

jamás llegará

ni a tus oídos

ni a tus ojos

 

Esto es si acaso un simple No

 

–GirOndO y redOndO–

 

 

Si bien no simplemente

 

…sin querer apenas siendo.

 

 

 

[1]Termes inventés par Julio Cortázar dans Historia de cronopios y de famas

[2]SR : Silvio Rodríguez, chanteur cubain. RR : Roberto Rosales, poète mexicain.

[3]Oliverio Girondo, poète argentin (1891-1967)

 

 

MARINA AOIZ

Traduction par Miguel Ángel Real

 

 

Revelación del acero

 

 

En un torpe abismo culinario

se desangra la luz de la granada.

El itinerario del estaño

persevera en el trazado de la tierra,

hurga en la herida de la noche

rumbo a la brevedad de la caricia.

 

Un destello muere bajo el enebro.

 

En el paladar,

el licor de la memoria

fogoso serpenteo,

espinoso

penetra en las entrañas

de una fruta sin banderas.

 

Alimento solar

para la estirpe que nada espera

del cristal de la nieve y su estallido.

 

Pulsión de luciérnagas

atentas a la vegetación de la piedra.

 

Otro aire nos acecha.

 

 

 

 

Révélation de l'acier

 

Dans un gouffre culinaire maladroit

la lumière de la grenade perd son sang.

L'itinéraire de l'étain

persévère dans le tracé de la terre,

fouille dans la blessure de la nuit

se dirige vers la brièveté de la caresse.

 

Un scintillement meurt sous le genévrier.

 

Sur le palais,

la liqueur de la mémoire

                        fougueux méandre

                        épineux

                        pénètre dans les entrailles

d'un fruit sans drapeaux.

 

Aliment solaire

pour la lignée qui n'attend rien

du cristal de la neige et de son éclatement.

 

Pulsion de lucioles

attentives à la végétation de la pierre.

 

Un autre air nous guette

 

 

 

***

 

 

 

La ley de los líquenes

 

 

El clamor del viento

penetra por todos los resquicios; sus manos

invisibles pertenecen al metal de los peligros,

aprenden de las encrucijadas de la noche,

y al atrapar los pliegues de la luz,

reconocen el temor antiguo del invierno.

 

El jardín inicia sus ritos. En la desnudez

alberga un mundo muy pequeño

que se quiebra en cada hoja, en cada guijarro,

en cada gota de fría lava. Música del silencio.

 

Yo araño la almohada de líquenes y agua.

Naufrago en los temblores de la tela.

Al aire que acecha, espero. Y a la extraña

que a grandes zancadas camina por la nieve.

 

Trae agujas, pepitas de oro, el tamaño de la noche

tatuado en la espalda, la matriz de la escarcha.

 

Quiero el alivio de los hilos

enredados entre las ramas. Sus hebras de luz

derramándose en la oquedad de esta rezagada belleza.

 

Con los ojos fatigados

de tanta blancura

la visitante

despliega sus alas. Alas de la noche.

Enormes alas de cobre y plata, sin raíces.

 

 

 

 

La loi des lichens

 

La clameur du vent

se faufile dans tous les interstices ; ses mains

invisibles appartiennent au métal des dangers,

apprennent des carrefours de la nuit,

et en attrapant les plis de la lumière,

reconnaissent la crainte ancienne de l'hiver.

 

Le jardin entame ses rites. Dans la nudité

il héberge un monde très petit

qui se brise dans chaque feuille, dans chaque galet,

dans chaque goutte de lave froide. Musique du silence.

 

Je griffe l'oreiller de lichens et d'eau.

Je m'échoue dans les tremblements de la toile.

J'attends, dans l'air qui guette, l'étrangère

qui à grandes foulées marche dans la neige.

 

Elle apporte des aiguilles, des pépites d'or, la dimension de la nuit

tatouée sur le dos, la matrice du givre.

 

Je veux le soulagement des fils

enchevêtrés dans les branches. Leurs brins de lumière

se répandant dans le creux de cette beauté en retard.

 

Les yeux fatigués

                             de tant de blancheur

                              la visiteuse

déplie ses ailes . Ailes de la nuit.

Énormes ailes de cuivre et d'argent, sans racines

 

 

 

 

De Islas invernales, X Prix de Poésie Leonor de Córdoba. Collection Daniel Levi. Cordoue, 2011

 

 

 

 

 

 

Nodriza

 

El miedo late

en la aorta del asesino

al mismo ritmo

que en el corazón

de la criatura extraviada.

 

Las negras mariposas

sobrevuelan los nenúfares

mientras la luz choca

con las hojas amarillentas

de los robles ancianos.

 

Testigos de la perversión,

los vocablos ocultan sus esquirlas

en el limo de los lagos más oscuros.

Donde habitan diminutos sísifos

e ínfimas circes cubiertas de algas,

los peces de la antigua sabiduría

se alimentan

de partículas fosforescentes.

 

Sólo brillan al cabo de los siglos

en ciertas noches de ternura renacida.

 

Mientras,

ejerce la tiniebla,

                        magistral nodriza.

 

 

 

 

Nourrice

 

La peur bat

dans l'aorte de l'assassin

au même rythme

que dans le cœur

de la créature égarée.

 

Les noirs papillons

survolent les nénuphars

pendant que la lumière se heurte

aux feuilles jaunies

des anciens chênes.

 

Témoins de la perversion,

les vocables cachent leurs échardes

dans le limon des lacs les plus sombres.

Où habitent de minuscules Sisyphe

et des Circé infimes recouvertes d'algues,

les poissons de l'ancienne sagesse

se nourrissent

de particules phosphorescentes.

 

Ils ne brillent qu'au bout des siècles

dans certaines nuits de tendresse renaissante.

 

Entre temps,

les ténèbres exercent,

                                   magistrales nourrices.

 

 

***

 

Llueve sobre París

 

Marguerite

se sabe más escritora

que ser vivo.

No perece

entre los brocados ruinosos

de la palabra falsaria.

Su copa de vino

refulge en la oscuridad.

Fiera de brillante pelaje,

elástica

maneja

primitivos rudimentos de la escritura

inmersa en interminables arrozales.

 

La luz se lleva

a su niño muerto

a los reinos insondables

de las letras infinitas.

 

A lugares inhóspitos

llega su búsqueda.

Detrás de las cortinas

no hay límites de espacio y tiempo.

Palabra-espada. Palabra-fuego.

Los cristales penetran en las vísceras

y arrancan un grito de luceros.

 

Llueve sobre París

y el Sena es una lágrima gigante.

 

 

 

 

 

Il pleut sur Paris

 

Marguerite

se sait plus écrivaine

qu'être vivant.

Elle ne périt pas

parmi les brocarts ruineux

de la parole fausse.

Son verre de vin

resplendit dans l'obscurité.
Fauve au pelage brillant,

élastique,

elle manie

les rudiments primitifs de l'écriture

plongée dans des rizières interminables.

 

La lumière emporte

son enfant mort

vers les royaumes insondables

des lettres infinies.

 

Sa quête atteint

des parages inhospitaliers.

Derrière les rideaux

pas de limites d'espace et de temps.
Parole-épée. Parole-feu.

Les cristaux pénètrent dans les viscères

et arrachent un cri d'étoiles.

 

Il pleut sur Paris

et la Seine est une larme géante.

 

 

 

De Códigos del instante, Edelphus ediciones, Tafalla, 2009. Finaliste en 2010, du I Prix International “Granada Costa”.

 

 

Leer en la pandemia.

Dr. Adán Echeverría.

Cuando vemos a tantos jóvenes ser reclutados por el crimen organizado, trabajando de halcones por todas las ciudades de México. Cuando el promedio escolar en este país es de 9.2 años, dejando la preparatoria en los primeros meses del primer año, la deserción escolar ocurre en un 25.9%; cuando el promedio de lectura es de 3.8 libros al año. Cuando el 40% de los jóvenes que cursan la secundaria consumen alcohol ocasionalmente, y casi el 46 por ciento de los estudiantes de preparatoria. En cuanto a la drogadicción en los jóvenes mexicanos, en los últimos 10 años ha habido un aumento del 250% en el consumo de drogas ilegales; y hay que recordar que México ocupa el primer lugar de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), en embarazo de adolescentes. Esta es la juventud de México en este 2020. Estos son los jóvenes al que le estamos heredando los grandes problemas de este país.

Es por eso que, los que nos dedicamos a la educación, los que trabajamos con proyectos relacionados con el arte y la promoción cultural, los que desarrollamos talleres de cultura, enseñamos alguna disciplina artística, impartimos talleres de literatura, tenemos un gran reto frente a nosotros. Hacer que algunos de esos jóvenes encuentren en la palabra, en la literatura, una posibilidad de encontrarse a sí mismos, y de poder expresar sus emociones, sus pensamientos hacia los demás, y lograr comunicarlos a los demás. Para ello una de las principales herramientas que tiene el aficionado a la literatura es Leer.

Imagínate un México donde el promedio de estudios fuera de 14 años, esto sería que la gran mayoría de los mexicanos tuvieran al menos el bachillerato y algún semestre de cualquier carrera: licenciatura o ingeniería. Si el promedio de edad para tener un hijo fueran los 28 años. ¿Usted considera que al menos esos dos factores fueran determinantes en tener una mejor sociedad mexicana? Los gobiernos municipal, estatal y federal deben de tener esto como objetivos en sus plataformas.

A nosotros, los escritores, los promotores de lectura, los talleristas, nos queda buscar que se aumente el porcentaje de libros leídos por los mexicanos. ¿Cómo? Evidenciando nuestro amor por la literatura, nuestro amor por los libros, por la capacidad lectora, de análisis. Un intelectual no es aquel que dice: ¡Soy un intelectual! ¡Nosotros los intelectuales! Un promotor de lectura no es el que dice: ¡Porque leo soy mejor que tú, y que otros! Un escritor no se preocupa por la fama, por decir: ¡He fincado mi carrera literaria! ¡Lo he logrado! Un escritor es aquel que ante todo es un gran lector. Aquel que sabe que en el silencio se encuentra la sabiduría. Es aquel capaz de entender al otro, de estudiar su tiempo, para poder plasmarlo en sus personajes, en la voz de sus hablantes líricos.

Por ello se hace necesario un Reto Lector, que impulse hacia arriba el promedio de lectura del mexicano. Ese reto es que todos los que decimos que somos escritores, tengamos la capacidad de leer al menos 12 libros al año. Ni uno menos. Y compartir con los nuestros el gusto por los libros, nuestros comentarios de nuestras lecturas.

Es por ello que ahora, al 6 de junio de 2020, puedo decir que ya me estoy poniendo al día en la lectura, y en este reto lector del que les he hablado. Por ahora he tenido oportunidad de leer: 1. El extranjero, de Albert Camus. 2. Mañana tendremos otros nombres, Patricio Pron, 3. Pálida luz en las colinas, Kazuo Ishiguro. 4. El club de la pelea, Chuck Palahniuk. 5. La virgen de los sicarios, Fernando Vallejo. 6. Noticias del Imperio, Fernando del Paso. 7. Satán en Goray, Isaac Bashevis Singer. 8. Sula, Toni Morrison; 9. Llevo ya 300 páginas de: Carlota. La emperatriz que enloqueció de amor, de Laura Martinez-Belli; y 10. Llevo ya 98 páginas de Vergüenza, de Salman Rusdie.

¿Y tú cómo vas con el reto de leer al menos 12 libros al año? Aumentemos el promedio de lectura en México. ¡Súmate a esta propuesta, y tengamos un país más ilustrado!

Publicado en La pluma sobre el ojo
Jueves, 13 Agosto 2020 04:59

EL INFIERNO, EL PARAISO / Daniel Verón /

 

 

EL INFIERNO, EL PARAISO

Daniel Verón

 

Silencio y oscuridad. Una larga espera. Blanquecinos fantasmas del pasado flotaban en la celda. Las horas se deslizaban por las playas de la Galaxia en un lento ensueño. No, no estaba impaciente. De todas formas, fuera cual fuese su destino, este ya nunca más podía depararle una satisfacción. La ley, implacable ley de Aynea lo había encontrado culpable del delito de destruir intencionadamente a un sirviente mecánico.

Despreció a todos, a todos los que habían intervenido en aquel absurdo y maldito juicio. Pero era cierto. La justicia había preferido condenar a un ser humano a la pena de muerte por provocar un cortocircuito en una máquina. Nunca había ocurrido nada parecido durante siglos y el robot juez creyó conveniente aplicar un severo castigo para evitar acciones similares y proteger así a las máquinas. 

Contuvo su desesperación, al mismo tiempo no dejó de sentir cierta lástima por aquellos engreídos individuos que se enorgullecían de vivir en una sociedad perfecta. No. Alguna vez lo había sido, pero ahora no, y menos cuando se había caído en semejante error. Así lo había gritado él durante su defensa, pero todo fue inútil, y ahora, en pocos minutos más, llegarían ellos, los guardias, y se lo llevarían de allí, rumbo a su destino.

En realidad, demoraron menos de lo que creyó. Entraron violentamente en la celda, iluminándose con unos objetos semejantes a linternas y, sin razón alguna, comenzaron a golpearlo para que se moviera. La luz le daba en los ojos que acostumbrados a la oscuridad lo enceguecía. Tropezó y cayó pero se reincorporó mientras era objeto de un duro castigo. Al salir al exterior de la prisión, Guncher vio que, unos metros más allá, lo esperaba una nave autónoma para exiliados. Una multitud de gente se agolpaba en doble fila para insultarlo y arrojarle pesados objetos. A punto de desmayarse, Guncher comprendió que así se trataba en Aynea a los que no encajaban en aquella pieza de relojería que era su inhumana sociedad.

Los guardias lo condujeron a la nave. Esta era de forma circular, con una serie de ventanillas a lo largo de toda su circunferencia. La estructura estaba apoyada sobre tres firmes patas.

Luego de recibir una dura golpiza por parte del público, que se veía indignado, ascendieron por una escalerilla y allí se detuvieron unos instantes para abrir la escotilla de la nave. Guncher alzó la vista y miró la ciudad. A lo lejos, se recortaban contra el cielo gris de la noche de Aynea una serie de monumentales edificios cuyas cúspides no era posible distinguir ya que las mismas se perdían en las nebulosidades de la atmósfera. El horizonte de edificios se extendía en todas direcciones. Sí, aquel era el signo distintivo de su mundo. Toda maquinaria, todas construcciones colosales, calles de metal, que habían ocultado para siempre todo lo natural; hacía un siglo que nadie veía una flor o un arroyo.

En la biblioteca lo había sabido. Durante meses de lectura comprendió que las cosas, por algún motivo, ya no marchaban como se había planeado en un comienzo, pero sólo él lo advirtió, ya que la biblioteca permanecía en un casi completo abandono desde mucho tiempo atrás. Por la sencilla razón de que ya nadie leía.

Ensimismado con estas ideas, apenas advirtió que la escotilla se había cerrado tras él dejándolo solo en la nave, para siempre. Muy pronto comenzaría el largo viaje estelar. De pronto, una brutal voz surgió de un aparato de radio situado a su espalda.

  • ¡Atención prisionero estatal Nº 208.411! ¡Se le comunica que en un minuto su nave-prisión habrá de comenzar su vuelo con destino a la Zona de Deportación N! A su llegada, calculada en 1.327 años-luz, será libre de abandonar la nave y radicarse allí, pero se le recuerda que sus habitantes, guerreros por naturaleza, no toleran la presencia de extraños!

La voz calló y Guncher intentó recordar lo que había leído de la Zona de Deportación. Fue lo peor que pudo hacer. Al instante se sintió desfallecer al imaginar las características del planeta central de la zona: noches perpetuas, fieras aullantes en los bosques, hombres despiadados en estado semisalvaje, hogar de los seres de las tinieblas cuyas carcajadas resonaban en los pestilentes pantanos… Sí, era el Infierno, aquél del que hablaban las antiguas leyendas de los mundos primitivos.

Pero no puedo pensar mucho más, lentamente la resaca del sueño lo fue cubriendo… cubriendo. Una insignificante figura embutida en una cápsula criogénica atravesó en un pensamiento las inmensas soledades, junto a las cuales velaban las estrellas…

 

Ella lo esperaba aquella tarde, junto al arroyo que llevaba el agua fresca a la tribu. Había visto al amanecer la señal y sabía que el dios Sol le enviaba a su nuevo instructor. Y este llegaría a través del sendero de la vida, que cubría el verde valle a la hora en que las aves de la floresta reanudaban su griterío desde las capas de los árboles en busca de nueva comida.

Primero fue una vaga figura perdida a lo lejos, bañada por la luz del Sol, más luego apuró el paso siguiendo la dirección del arroyo.

Guncher creía estar soñando aún en su lecho helado. Sol, árboles, pájaros, vida… ¿Dónde estaba? ¿Realmente había llegado a su destino? ¿Era posible que aquello fuese real? Se arrodilló y hundió la punta de los dedos en el fresco pasto, y, aproximándose al arroyo sumergió su mano para recoger un poco de agua. Lentamente, como temiendo romper un hechizo, dejó que el cristalino líquido resbalara sobre sus labios y le acariciara la garganta. Sintió deseos de llorar. ¡Sí, de llorar! Algo, no sabía qué, lo había rescatado de su mortal destino. Sí, era cierto. ¡Se había salvado! Pero, ¿quién era aquella persona que se acercaba a él con pasos pequeños a través de la vegetación?

Se incorporó. Era una joven mujer y muy hermosa; estaba ataviada con alguna clase de piel de animal. De pronto, bajo la luz del Sol, ella se postró ante él y exclamó:

  • ¡Oh, gran señor, mi corazón y el de toda la tribu se regocijan de que hayas llegado! He sido enviada por mi pueblo, que es también el tuyo, para obedecerte en todo lo que ordenes.

Guncher quedóse con la boca abierta por el asombro.

  • Tú… Tú hablas como yo – balbuceó.

Como ella quedase en igual posición, el viajero le dijo:

  • ¡Oh, por favor! Levántate. No tienes por qué dirigirte a mí en esa forma.

Ella se levantó de inmediato y le sonrió.

  • Te ha enviado el dios-Sol y nosotros vivimos para ti. Has llegado muy a tiempo. Nuestro brujo está por ingresar a la oscuridad Eterna.
  • ¿El también fue enviado por el dios-Sol?
  • Por supuesto.

Algo en la mente de Guncher forcejeaba contra un telón de ideas.

  • ¿Cuál… cuál es tu nombre?
  • Soy Ada-Marni, la hija mayor del brujo.
  • Por favor, Ada-Marni, llévame ante él – pidió
  • Por supuesto. Sígueme.

Avanzaron abriéndose paso entre el espeso follaje, al tiempo que los envolvía un suave aroma de pinos. Guncher observaba todo con los ojos muy abiertos respirando profundamente para dejar que el delicioso perfume lo envolviera.

Pronto llegaron a un pequeño poblado. Una serie de casitas hechas con troncos y ramas aparecían esparcidas en un claro bosque, y todos sus pobladores, hombres, mujeres y niños de aspecto saludable y expresión confiada, se inclinaron a su paso; al igual que Ada-Marni vestían pieles de animales.

Junto a la entrada de una choza algo mayor que las otras, el viajero vio a un hombre de avanzada edad que reposaba, con los ojos semicerrados, sobre una improvisada litera.

  • Tú también eres un extraño – murmuró – Vienes de allí, ¿verdad?
  • ¿Es posible?... ¿Es posible? – Guncher se pasó una mano sobre el rostro, mareado. ¿Aquel hombre realmente era de su mundo?
  • Eres del Infierno – continuó el viejo – lo veo en tu mirada.
  • Sí… pero, no entiendo. ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo estamos aquí?

El anciano suspiró, entrecerrando los ojos.

  • Las máquinas… Las máquinas no son los dioses que debemos venerar… Ellas actúan bien o mal, pero no por sí mismas… sino por los dioses que las dirigen… Mil años de viaje es mucho tiempo, suficiente para transformar un planeta… La máquina… es decir, tu nave te trajo tal como fue programada, mas sus orgullosos constructores de Allí, olvidaron que ellos tampoco podían modificar el tiempo… Olvidaron que sólo eran instrumentos de un poder mayor… la fuerza que rige el Universo. Y yo los desprecio porque ignoraron eso, pero aquí… aquí ellos, mis amigos, saben que son las máquinas de la creación, contra las que no se pueden rebelar.
  • De modo… que este planeta es la Zona de Deportación – balbuceó Guncher atónito, mirando a su alrededor.
  • Así es, amigo. Este es el Paraíso del que hablaban las antiquísimas leyendas que leí alguna vez en la biblioteca de Allí, igual que tú. Es el Paraíso, donde todo está establecido armoniosamente – El viejo vaciló, cansado por el esfuerzo y murmuró – Ya soy muy viejo y pronto moriré.

Guncher le tomó el pulso y comprobó que, en efecto, la vida se escapaba de aquel otro viajero, que alguna vez había llegado al planeta siglos atrás.

  • Pero antes de que me vaya, quisiera que tú, amigo, continúes haciendo aquí lo que yo hice. Vivirás mucho más que yo y harás florecer los campos que cubren este hermoso mundo. Mi hija será tu esposa y te dará hijos sanos y fuertes que, tal vez, lleguen a ser inmortales…

El viejo abrió por última vez los ojos y tomó una mano de Ada-Marni que, arrodillada a su lado, lo miraba serenamente.

  • Ahora debo irme. La Oscuridad me llama pero ya la he vencido. Ahora sé que en ustedes permaneceré.

Guncher quiso decir algo pero tan sólo atinó a apoyar su mano sobre la del anciano, rozando los largos dedos de Ada-Marni.

Suavemente, sin prisa, el viejo paseó su dulce mirada sobre el poblado y, tranquilo, murió.

Las aves de la floresta lanzaron su más hermoso trino.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Página 1 de 2