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Martes, 18 Septiembre 2018 22:17

La hija de mi jefa. / Adán Echeverría. /

 

La hija de mi jefa.

Adán Echeverría.

 

 

Conocí a Yos cuando acababa de graduarme de biólogo. Ya con el título en la mano, me sentía desempleadamente interesado en proteger el medio ambiente. En las escuelas te preparan para todo menos para trabajar en tu profesión. No existe en la academia mexicana, el ideal de volverte funcional para la sociedad. Todo se trata de hacer investigación que permita publicar 'papers', artículos científicos en revistas especializadas, arbitradas, es decir que envías tu manuscrito y será evaluado 'por pares', por personas -otros científicos- que se dediquen al tema sobre el que versa tu artículo. Esta articulosis en la que necesitas inmiscuirte te brindará cierto puntaje dentro del Sistema Nacional de Investigación (SNI) que te dará un estipendio económico mediante el CONACYT. ¡Vaya cosa! Medir de esta forma la capacidad científica de los mexicanos y presumir: Yo soy SNI 1, ah no, pero yo soy SNI 3, así que me toca el último pedazo de pastel. Como si de presumir el tamaño de su miembro. ¡Pobres adinerados científicos mexicanos!

Esos SNI algo, o aspirantes a SNI fueron los que me formaron (o deformaron) en la universidad. Sales de ella siendo un todólogo experto en nada. ¿Cómo conseguir trabajo entonces?

Yo había elaborado -por mi experiencia en diseño editorial- unos fascículos que se llamaban Facilitando el Diálogo, y estaban pensados para llevar información a los productores del campo yucateco. Durante ese trabajo, en la oficina, había encontrado "El Libro Verde", que era un directorio nacional, algo así como la Sección Amarilla, pero de Organizaciones No Gubernamentales dedicadas a la Sociedad Ambientalista. Con el documento en la mano, preparé un Correo, y lo envíe a todas las direcciones que pude registrar, y que encontré en el libro. En mi correo les comentaba que era recién graduado de la licenciatura en biología, y que estaba buscando involucrarme en cualquier trabajo que tuviera que ver con el ambiente, para poner de mí, y obtener experiencia. Igual decía que solo requería en pago: un sándwich al día, y un lugar cómodo para poder dormir las noches. ¡Vaya si me llovieron invitaciones a trabajar! Esto es México. Bienvenidos todos los que quieran trabajar por tan poco.

Uno de los correos que me contestó venía precisamente de Pronatura Yucatán, se trataba de Yos. Ella me invitaba a trabajar a su lado en Proyecto en Calakmul. Por supuesto que me interesó.

Viajamos a aquel bellísimo sitio prehispánico, yo manejaba. Era un volkswagen austero, de los años 80. El viaje fue muy agradable. Me encantaba escuchar las historias de Yos. Siempre me ha encantado escuchar las historias de las personas. Yos me había contado de su divorcio, y de su hija que para entonces tenía apenas unos 12 años.

Los días al lado de Yos nos unieron en varios proyectos ambientales. Con ella me fui a vivir a Cancún para trabajar en una extensión del aeropuerto que estaban desarrollando. Un trabajo que terminó por ser súper corrupto. Y del cual terminaron cortando a Yos, porque ella pues no iba a permitirse participar en ese tipo de tranzas. Yo me quité con Yos del mismo empleo. Pero desde que nos fuimos a Calakmul, y terminamos por compartir el mismo cuarto en Zoh Laguna, comenzamos esos escarceos románticos en los que un hombre y una mujer siempre terminan por involucrarse. Los mismo nos ocurrió en Cancún, donde decidimos ya no contenernos.

Yos era una mujer mayor que yo, casi 20 años. Yo tendría acaso 22 años, ella quizá poco más de 40. Además de bióloga era maestra en educación física, y practicante de yoga. Tenía un cuerpo redondito. Con unos pechos enormes de hermosos. Los pezones oscuros y gigantes, como una falange del dedo meñique, algo hermoso para masticar mientras se los succionaba. Me ponía durísimo con sus besos, y sus arrebatos de hembra dulce y valiente. Porque el valor que siempre ponía Yos en todo lo que hacía me excitaba mucho. Nada como amar a una hembra que es capaz de tener el triunfo profesional al alcance siempre de la mano. Y Yos era esa mujer. Gran compañera, mágica maestra, deliciosa como amante. Así nos fuimos enredando muchos momentos, hasta que una madrugada, yo salía del cuarto de mi Yos, lleno de besos, vacío de semen, y en el pasillo hacia el baño me topé con su hija de 14 años. Al vernos de frente nos reímos un poco. Yo andaba en bóxers y ella en calzoncitos con un blusita de algodón blanca. No hay que ser tan imbécil para no reconocer que había heredado los genes de su madre. A sus ya 14 años sus pechos eran ya del tamaño de manzanas.

Y la imagen llegó como un rayo a caer sobre mí. ¿Qué hago en esta casa, y con esta mujer? La diferencia de edades entres su hija y yo era menor, que la que tenía con Yos. Me di cuenta de que con el paso de los meses, de los años, yo me sentiría más atraído por su hija que por la madre. No soy cínico, tengo que ser siempre honesto. Yo no estaba enamorado. El amor pocas veces ha movido mis relaciones con las mujeres. Y sabía que con el paso de los años, yo me fijaría en esa pequeña chiquilla. Ella cumpliría 18 años y yo apenas tendría 26 o 27 años. Me sentí estúpido, me sentí nefasto. Todo esto pasaba por mi mente mientras esperaba que la chica orinara. Salió del baño, me dijo buenas noches, y yo entré. El olor a orina de niña me hizo decidirme. Solté una de esas orinadas violentas que ocurren luego de haber cogido largamente.

Embarrado el vientre con el semen, volví a la cama con Yos. La besé en la nuca. Ella se acurrucó dentro de mi pecho. Y supe que no podía seguir ahí. La solté. Me levanté a rebuscar por todo el piso mi ropa. ¿Te vas? Alcanzó a preguntarme. Tardé en contestarle, pero me fui vistiendo en silencio. Ella quizá me vio raro y se quedó desnuda en la cama, llena de costras de semen en la espalda, los muslos, los pechos, las mejillas. Se acicalaba la larga cabellera. Sus cuarenta y tantos años la hacía una mujer nada afecta a los dramas. Me dejó vestirme en silencio. Solo su miraba caminaba por mi cuerpo. Me levanté ya vestido, le di un beso en la mejilla. Salí silencioso de la casa, y jamás volví a verla.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

YANCARLO SANDOVAL

Muestra Narrativa

 

 

1.

Las construcciones son las mismas, por mi casa no han derrumbado el local en donde mi tío puso su marisquería que ahora es un pinchazo. Pienso en lo vacía y rota que fue mi infancia ahora que camino observando el cemento de la calle. Quizá sólo es porque estoy triste y me pesa el cuerpo por tanta radiación.  Quisiera tener un propósito en ésta vida. Algún día podré, yo sé que el negocio de mi tío sigue ahí. Escondido.

 

2.

La churrasquera sigue encendida aún después de la fiesta. Seguís despierta después de la cena, escuchas los cables de electricidad pasar entre los arbustos bailando esa melodía que imaginaste aquella vez cuando venías de vuelta a la ciudad y tenías fiebre. ¿Te acordas? También viste un rectángulo dentro de un sólo fondo blanco mientras contabas las líneas de las paredes en tu habitación. Viste al niño de tu alma, te recordaste de esa película extraña que viste de niña cuál nombre no recordás pero te hizo sentir rara. El fuego de la churrasquera sigue quemando el último gordito de la vaca que te dio ternura  en el sueño que ya no recordarás. La radio sigue sonando en la madrugada, hay alguien manejando las frecuencias escondido en algún lugar de éste pueblo. La escuchas porque hoy también tenes fiebre, porque hoy queres vivir en un delirio pero nada tiene sentido. Sentada a la par de tu familia que ahora tan solo es un símbolo. Te das cuenta que la mirada de tu madre no existe, que son 2 pupilas pegadas en ojos de una cara material. Acostadita, sóla desde tu ventana te asomas a ver si aún hay fuego en la churrasquera. Triste te das cuenta que sigue y a nadie le importó. Miras la luna que te aburre. Estás sóla, con fiebre esperando amanecer y decirte a vos misma que sólo fue una mala noche, pero mi amor. Fue una vida.

 

3.-

     Benjamín pagaba pasaje cada jueves a las 4:10 P.M. Se sentaba en el extremo               izquierdo del bus para ver mujeres y niños. A veces engomado, otras veces no.     Terminaba la primer vuelta de la ruta recorrida por el chofer sobre toda la ciudad y nunca pasó nada. Las respuestas que en el fondo buscaba no aparecían y habían pasado más de 10 años y aún no tenía más que el transporte público como ocio. Cada jueves sentado esperando con la mirada naja y quizá triste a su hija que no pudo nacer. Que no sobrevivió. Pero fiel a no saludar a nadie, fiel a no hablar con nadie en el colectivo. Guardó el silencio como un privilegio.

 

 

 

 

4.-

Los escritorios siguen rodando, circulando cada cuerpo. Tragando las obsesiones de la gente. Tal vez la moral. Donde los zurdos encuentran la derecha. En donde el amor no es una búsqueda. Donde no es fortuito. Los carros están plasmando la falta de identidad a través de la música mientras el tiempo corroe el pecho de ese perro de taller que lame tu mano esperando comer.

 

 

5.-

El espejo miente en su reflejo, no existe reflejo en mi dolor. Olor a carne hay en éste cuarto pulverizado. La soledad es pequeña en la mirada de un chofer que mira el destino, tenue. A pesar de la muerte gemida de un esperma no concebido en su mujer. –Mientras yo lo veo. Anhelar un Dios, crear y de-construirte diacrónicamente. Caer a cualquier nebulosa de cualquier color mientras el olor de la ansiedad contenida en mis pulgares destruye mi esperma. En donde en sueños me veo reflejado.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Martes, 18 Septiembre 2018 00:25

EL CHISME

 

El chisme

Jean-Claude Goiri

 

 

Sácatelo de los ojos, lo muerto. Porque aquí es vida. Solamente vida. La vida entra por los ojos o las orejas o los dedos. De nada sirve el corazón. Los que no tienen viven como tú. De sobra lo sabes. Aquí no hace daño nada. Pues lo que pasó es que un día me dije que ya bastaba de llorar. Seco como un palillo estaba. Me quebraban al soplarme. En mil palillos me quebraron. Así soy multitud. En cada palabra. Negra como la noche. El fuego en los ojos. Porque el fuego se ve de noche. Solamente de noche. El sol lo esconde todo. Nos deja ciegos. Cuando yo nací, el sol escondía el mundo. Así que no vi nada del mundo. Y mis padres tampoco. Sobre todo mi padre. Ciego como estaba, la única cosa que vio fue mi chisme. Tuvo dos hijas y ya bastaba de hijas. Quería un hijo con un chisme como el suyo. Porque para ser hojalatero hay que tener un chisme de hojalatero y el mío era como Dios manda. Alegría mi padre. No me cogió en sus brazos porque no quería quebrarme porque necesitaba un hojalatero con chisme. Me enseñó a andar. A hablar. A comer como él. Y todo lo hizo con alegría. Alegría tambien cuando me enseñó a pasar el tiempo en la huerta. A desherbar. A binar. A plantar. A quemar las hierbas. A transbordar la tierra en la carretilla. El oficio de hojalatero con chisme me lo enseñó un poco más tarde. Cuando supe matar un pollo. Y verle correr sin cabeza. Justo depués de verle matar a los gatitos. Hay que tener un chisme cojonudo para hacer eso. Y para verlo también.

Entonces, solamente entonces, me enseñó a arreglar el taller. De alegría estaba hecho el hojalatero con chisme. Entré por la primera vez en el taller con el pie izquierdo, mi chisme de hijo de hojalatero y mis mejillas de cinco años. Empezamos a jugar arreglando los tubos y los pernos y martillos y …Y seguimos limpiando y limpiando y … Y todos los días jugábabamos así. Limpiando y organizando. Organizar las cosas hasta que…

Hasta que harto de jugar, salí del taller con el pie izquierdo, mi chisme de poeta y mis brazos de diecinueve años hasta que…

Hasta que tuve mi primera hija. Ella me enseñó lo que es jugar. Y trabajé para jugar lo mejor posible

 

Voz, vos…

Yo soy la que nunca se calla

Porque tambien empalabro tus sueños

La luz no me sirve de nada

Para andar como quiero en ellos.

 

 

 

 

Molinos de viento

Gwenn-Aëlle Folange Téry

 

Ayer acabé por casualidad frente a un vitral que representa al sempiterno Don Quijote.

Y yo que nunca he sido especialmente admiradora del personaje me encuentro de repente cual perro de caza frente a una madriguera cuyo tufo me estremece.

Y claro quedo pensando en los famosos molinos de viento, esos de los que se dice que no sirve de nada combatirlos y me veo, a mí, en el lugar del flaco alto, o mejor dicho del gordito, por aquello de la papada.

Sólo que los molinos de viento ya me llenaron el cogote, estoy hasta la madre de combatirlos.

Ayer, porque pensé que no sirven de nada, sólo se quedan parados removiendo su viento, ese viento que no hace más que ir y venir, una y otra vez, obstinado, ganando siempre. Siempre las mismas batallas, las mismas palabras, las mismas zozobras, las mismas lágrimas, las mismas risas.

Siempre volver a empezar, una vez a tierra siempre volverse a levantar y caer, caer, caer, una y otra vez. Puta madre, no termina uno nunca.

Y luego esta mañana, de humor menos cobarde o más risueño, pensé que sí sirven de algo si muelen, y molen, y moldean grano aunque no sepan si trae tierra, pinches molinos de viento del sur, del norte o hasta del oeste ya que en ésas estamos.

Pero da lo mismo, no hacen más que eso, moler grano, una y otra y otra vez, siempre. Siempre las mismas batallas, las mismas palabras, las mismas zozobras, las mismas lágrimas, las mismas risas.

Y entonces entendí a ese Don Quijote y a su gordito que lo trata de proteger y no lo logra y entonces lo sigue al sur, al norte y hasta al oeste ya que en ésas estamos. En todo caso, entré un poco a la fascinación que tiene tanta gente por esa historia que nunca me ha gustado.

O por sus molinos de viento cuyo tufo me estremece…

 

 

 

 

Sin encabezado

 

No encuentro como platicarte lo que pasa, lo que veo.

No hallo palabras contundentes, imágenes fuertes.

No hay ni piruetas fáciles, ni sarcasmos potentes.

 

Hace unos días, aparecieron, así se dice, aparecieron 6 cuerpos decapitados y 3 cabezas.

No supe si quedaron acoplados de a 3 cuerpos enteros y 3 descabezados para la eternidad, o si ninguno se conocía desde endenantes. Que no es lo mismo 6 y 3 que 3 por un lado y 3 por otro.

En cuanto bajo la guardia veo cabezas rodando por las calles, calles que van cuesta abajo, y veo sus ojos estallar bajo los golpes, por las piedras del camino, claro.

Y se pinta la luz de sangre.

Alcanzo a pensar que si esas cabezas llevan tiempo cercenadas, la sangre no mancha, ya se ha de haber coagulado. Lo que he perdido son las palabras, no la cordura.

 

Y cordura no me falta al imaginar una posible línea de reconocimiento de los occisos, por aquello de que acá los asesinados son presuntos delincuentes, siempre. Lo de los daños colaterales ya no se menciona en nuestro país.

Veo cabezas empaladas y cuerpos crucificados, no se vayan a ser víctimas de una presunta caída…

 

 

¿Sabes cuántas veces empecé a escribir hoy?

6.

Y 3 encabezados diferentes.

 

Ya de esos muertos del otro día no se habla.

No sabemos siquiera si a los muertos, presuntos padres, hijos, hermanos, delincuentes, desaparecidos, asesinados ya los enteraron o cómo.

¿Ataúdes? ¿3 y 3, o 9?

¿Bolsas negras? ¿Chicas o medianas? Porque grandes no, si las cabezas se pueden acomodar perfecto entre las dos piernas de un cuerpo que no tiene cabeza, pero que sí fue la suya, presuntamente…

Se antoja, sabes, platicarte también

De niños baleados

De padres atropellados

De mujeres violadas

Tanta muerte.

Tanto espanto.

 

Tú… Tú me interrumpes, una vez y luego otra.

Con risas y juegos. Flores en las calles, en las que no ruedan cabezas, estrellas por la noche y viento, viento recio que me despeina.

Entonces dejo de escribir.

 

Pero dime.

Dime puta vida, ¿lo tuyo es resiliencia o es indiferencia?

 

 

 

Por la mañana

 

 

Cuando abro tu puerta por la mañana, respiro tu atmósfera.

El calor me tranquiliza, tu olor animal me llena de dicha.

Entonces me acerco, alargo el brazo, busco tu soplo.

A veces es imperceptible, la piel que toco está fría.

Antes de hablarte, intento sentir el latido de tu corazón.

Será porque tu cuerpo es tan grande, tan masivo, pero no lo encuentro nunca.

Jalo la cobija, la piel está caliente por debajo de ella. Vuelvo a tocar el hombro, está helado.

El miedo no sube, ya invadía todo mi yo.

Es ese miedo que muerde mi vientre, peor, mis entrañas, es el miedo hasta la punta de mis uñas, en mi corazón mío que no sabe ya si late o galopa. Es el miedo inmundo, bestial, que todo devasta sobre su camino.

Entonces logro hablar, mi puce, es hora de la medicina, Puce, despierta.

Seguido, tan seguido, no contestas, no te mueves. Hay que hablar otra vez, más fuerte, jalar tu brazo, tan pesado para mí.

Y abres los ojos, hablas, es más, protestas.

Esta mañana estás vivo.

Y lo está el miedo también.

 

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

En busca del perro negro

Por Mauricio Escuela

 

En la cocina de la casa de mis abuelos solía aparecer un perro negro, de eso hace ya casi cien años, y como nunca he estado en la casa de mis abuelos no sabría decir si allí se siente algo especial, algo que justifique la ocurrencia de eventos paranormales. En la película “La novena puerta” de Roman Polanski, todo gira en torno a eso, lo diabólico, lo místico; un libro con nueve inscripciones en latín y nueve grabados. En realidad hay dos versiones del mismo volumen, una apócrifa y una real, cada una conduce a caminos diferentes, pero la segunda contiene un conjunto de aciertos que llevan a la Novena Puerta, un sitio en medio del campo, en un castillo. El libro original fue escrito por el propio diablo. Uno de esos grabados contiene un perro negro. Pero más allá de reseñar el filme de Polanski, quiero hacer referencia al aire místico que rodea la vida cotidiana de estos tiempos. En un país que durante décadas quiso ser ateo y ahora se declara laico, han persistido miles de supersticiones y creencias. Los campos de Cuba son el santuario de criaturas que sólo Polanski podría llevar al cine. También las ciudades se repletan de conjuros procedentes de las religiones afro y de otras denominaciones que como hongos salen tras la lluvia. El pueblo recurre a todo el arsenal metafísico al alcance, incluso los turistas vienen en busca de esa manía por el más allá. En “La caída de la casa Usher” de Edgar Allan Poe tenemos un relato narrado por alguien que viene de afuera, historia acerca de los mil miedos que devoran la otrora potentada mansión que ahora pueblan dos hermanos que llevan una relación incestuosa, donde además hay necrofilia (la chica ha muerto). Curiosa metáfora del amor a través de la muerte, donde vencen ambos momentos de la existencia humana, pero a costa del hundimiento del último reducto de la familia Usher. La racionalidad y el dinero sucumben ante la aparición de un mundo otro, proceso que nos narra el protagonista a través de accidentadas escenas. Quizás el turista que visita Cuba esté como quien ve la casa Usher, intenta conocer el amor-muerte que la mueve. No sabría decir, porque como toda verdad a medias, el mito es el balbuceo de la razón. Platón usaba el mito para explicarse y explicar el mundo, en una de sus disertaciones en forma de diálogos socráticos nos arma lo que luego se conocerá como su teoría del conocimiento: la caverna contiene un fuego que es dable sólo a una parte de la Humanidad, ergo la democracia está equivocada y sólo un gobierno de los filósofos podrá regir la ciudad. A ese Platón místico y mítico hay que buscarlo en los misterios pitagóricos y órficos que precedieron al pensador, donde se asumía a la verdad como una revelación, no en balde el sistema platónico será la base de toda una era de religiosidad y predominio teológico. Ergo, Cuba trata de explicarse a la manera de los viejos misterios, mediante fórmulas y hallazgos de puertas, libros arcanos, objetos sin forma colocados en los caminos o a las puertas de cualquier casa. Quien hoy se aventure por la Habana Vieja o Centro Habana verá cosas pintadas con colores religiosos, miles de ofrendas, negocios de cuentapropismo bendecidos por antiguas deidades. La isla que regresa a Platón dejó detrás la visión descarnada de Feuerbach acerca de la religión como una forma de amor social, o la de Marx que la calificó de opio de los pueblos no por enajenante, sino por ser el último reducto de la criatura sufriente. Leer “La caída de la casa Usher” y aplicarlo a la casa de la concepción materialista, tener la osadía de sacarle un cariz crítico al asunto, nos lleva a colegir regresiones en la mente social. Porque la criatura sufriente, que no ha leído nada de platonismo, conoce por tradición que el mito no sólo explica sino que soluciona su condición. Como el ser humano da bandazos en política y en cotidianidad, ahora se desacraliza a los clásicos del materialismo, uno ve en las ferias de los libros de la Habana Vieja a los manuales de Nikitín o Konstantinov, por no hablar de las obras completas de Lenin. Muy al contrario, resulta extremadamente difícil encontrar a Lidia Cabrera, porque el precio de “El monte” y otros volúmenes sobre religión yoruba se enajena de la criatura sufriente. Las iglesias protestantes y católicas están más llenas que nunca, allí el platonismo sí funciona de una forma más profunda, ello lo he visto sobre todo en la región central de la isla. Pero casi nadie encuentra ya en los libros sobre el materialismo histórico y dialéctico una explicación, lo que predomina es el matiz especulativo, lo desconocido, lo cartomántico. No fue en balde que una de las primeras licencias que salieron expedidas para el cuentapropismo legalizó a las tiradoras de cartas. Antes hablé del pitagorismo, la profundidad del pensamiento filosófico (ese que surge como búsqueda) hay que hallarla en el fondo de los misterios. Fue Pitágoras uno de los creyentes en la religión de Orfeo y las verdades que provenían del averno. A pesar de los hallazgos matemáticos, aquellos primeros balbuceos de la razón estaban imbuidos en las puertas de la percepción, en la Novena Puerta, no había en ellos una teoría del conocimiento real, sino la suposición de un misterio revelado. Hasta ese punto hemos ido los cubanos, nos falta la ruptura socrática, la movilidad en torno al ágora. Ya no intentamos conocernos a nosotros mismos, sino que vamos a la cocina de nuestros abuelos y preguntamos dónde está el perro negro. Buscamos la puerta. Lidia Cabrera inició su investigación en torno al africanismo como quien descree, como quien ve en el elemento algo atrasado, supersticioso, pero a medida que su socialización con los sacerdotes y los practicantes crecía, crecía la admiración de ella hacia el mito. Y es que el balbuceo busca en la academia o en la iglesia el asentimiento, la aprobación infantil, la dependencia de lo que no es veraz hacia lo instituido. Incluso en el cubano culto hay un proceso parecido al de Lidia Cabrera, porque la realidad ha refutado toda teoría coherente y sólo hallamos validez en viejas mitologías, en predicciones que habíamos dejado a la vera y que ahora adquirimos a precio de bolsa negra. Cada metáfora no ofrece ya las mil posibilidades, sino las mil imposibilidades y en ese universo a lo Bradbury hemos tejido las mil historias. A propósito de Bradbury, recuerdo en “Crónicas Marcianas” un pasaje donde los terrícolas llegan a un Marte que es la Tierra, o sea entran en un universo que es su propia mente, sus ideas, su eidos platónico. Curioso que todo durara poco, que se fuera descubriendo la falacia de hallar otra vez a los seres queridos que se perdieron. La ciencia ficción, como se ve, no funciona sólo hacia delante sino en todas las direcciones y marca la náutica de nuestra pequeña versión de las cosas. Lo que el hombre desea vivir no sólo es imposible, sino que es donde el hombre vive. Lo externo, la sobrevida, deviene en la mutabilidad que atacó Platón y defendió Heráclito. No obstante, como suceso délfico, la tesis de Bradbury pudiera servir para rehacernos mejor, apelando a ideas perfectas, a tierras irreales. La utopía jamás sucede, pero la deseamos tanto que quizás por un día la hagamos aparecer.

He soñado muchas veces con otra Cuba, sueño fugaz y casi inexistente, donde veo realizados a seres y a sistemas. El despertar incluye una pesadilla intermedia donde estoy solo por las calles desiertas de La Habana. Los perros negros me llaman la atención, debo reconocerlo, igual que los gatos. Los veo siempre solitarios, sin otros perros o gatos o personas. Será que soy supersticioso o que no he buscado la Novena Puerta que otros se afanan. En la casa de mis abuelos persiste aquel tufo oscuro, donde la gente construía sus maneras y cosmovisión en torno a vasos espirituales y ofrendas, cuentos de caminos que clasifican en cualquier antología de algún Stephen King tropical. Cuba no obstante intenta hallarse a través de una Novena Puerta, no hablo de la isla en su totalidad, pero noto que el misterio nos acompaña más que nunca. El pensamiento mágico rige las dinámicas prácticas, y un brujo quizás gane más dinero que un médico. Los perros negros me llaman la atención, pero aún no lo suficiente, el mañana pertenece también a lo incierto

Publicado en ISLA FABULANTE

 

 

 

La (oscura) noche de San Juan

Víctor Manuel Pazarín

 

 

 

Desaparecida la sombra en la oscuridad,

la Noche queda con dudosa percepción

de péndulo que va a apagarse y morir en sí mismo;

más lo que brilla y anada, expirando en sí, se apaga;

observa que aún lo lleva, luego de ella era, sin duda,

el latido escuchado, cuyo ruido total, agotado para siempre,

cayó en su pasado.

MALLARMÉ

 

 

 

 

 

ABANDONA LA HABITACIÓN Y SE PIERDE EN LAS ESCALERAS

Caronte no lo sabe, sin embargo, a mí —al igual que a todos—, no me es ajena la sensiblería. ¿La sensiblería justifica mi vida? Podría ser.

Justo ahora lo pienso, cuando los músicos tocan Hasta que te conocí, y los “hombres más hombres” aplauden —olvidan su hombría y su machismo y alaban la elección. Porque, ¿sabes Caronte? —en secreto lo digo—, aquí la conocí y aquí comenzó mi porvenir... Lo recuerdo ahora cuando nuestra mesa está vacía y llena de Ella. Llena de nosotros y tan vacía esta noche.

¡Qué manera de comenzar! —me digo, y la evoco—. ¡Qué grande manera de empezar a vivir!

¡Qué noche tan triste esta noche, que apenas inicia!

 

 

La noche comienza en Las Escaleras.

La noche nos da el licor para soportar la vida y justifica, magníficamente, nuestra existencia.

 

Nunca pensé jamás llegar a quererte tanto,

Nunca jamás pensé llegar a quererte así...

 

Escucho y evoco y Ella llega; llega a mí su presencia, porque, te lo digo en silencio desde aquí, deseo me acompañes esta noche...

 

 

Afuera: la mirada de esa mujer, que me mira desde dentro del camión urbano, es tu mirada.

Voy —ahora mismo— rumbo al infierno.

 

 

 

 

DIÁLOGO DE LAS MÁSCARAS

 

 

—Dame tu mano —dice tu cuerpo—. Dame tu mano que aquí se justifica. Entrega tu ser, permíteme conducirte hasta a mí. Porque en mí estarás mejor cada vez que lo desees.

Me quito el rostro de varón para ser tu mujer. Después podrás fornicarme cuantas veces quieras y puedas. Será una delicia sentir tu miembro —de macho cabrío— en mi ano. Mi ano que es sólo tuyo y únicamente tú lo sabes llenar. Me encanta llenarme de ti. Me satisface mucho que llenes mi vacío: pronto llenarás mi vacía carne, por lo pronto dame tu tibia mano que me excita, que me seduce...

Me oculto en el Máskaras para ser yo misma. Busco siempre este apartamiento (semanal) para poder besarte. Para tocarte. Ignoro que desde arriba, al través del plafón, una mirada nos busca:

—Voyuerista que nos ves desde las alturas, ¿te excita mirarnos? A nosotras también.

Espero que esta noche te masturbes...

 

 

Bailo para mí. Bailo para ti.

Es un placer estar bañado por las luces del Máskaras. Es tremendo. Te miro una vez sí y otra no, bañado por la intermitente luz. Y me muevo como en cámara lenta, como cuando hemos obtenido todo el placer al hacer el amor. Y mojados en sudor, en un colchón ajeno en el que imaginamos, siempre que vamos a ese hotel, han estado tantos como nosotros. Allí también te bailo y te muerdo y te arranco la tranca con qué placer y cuánta rabia.

Es una delicia estar acariciado por tu mirada.

 

 

Cruzo la ciudad.

Voy de la oscuridad a la luz. Me disfrazo, fascinado de mí mismo: hoy luzco bien, mi trasero es envidiable, mejor que el de esas delgadas niñas que bailan y, de algún modo, se acarician. Qué lástima no ser mujer. También qué bueno no serlo, porque si lo fuera no podría ser lo que soy: me transformo para ser lo que en el fondo soy, no en el trabajo, no. Allí soy tal vez “raro”, mas aquí logro ser. Y me gusta cómo me mira ese hombre moreno y de cabellera leonada, que está a mi lado. Me gusta su lubricidad.

Dicen sus ojos:

—Maravilloso trasero...

Y su salaz mirada me hace existir esta noche.

 

 

 

LA NOCHE DE LOS PANCHOS

La imagen reflejada en el espejo, dice ¿qué?

Cada vez que canta Shakira voy corriendo a mirarme bailar ante el espejo. Es tan de-li-cio-so.

Me seduzco a mí mismo. La música —así lo siento— me transforma en ella. Soy ella mientras la escucho, después vuelvo a mi carne y soy lo que soy. Cada sábado —soy consuetudinario del (nuevo) bar Los Panchos— vengo aquí. Tan sólo pensar en ello me excita. Vengo aquí a mirarme bailar. A sentirme a mí mismo y a ignorar al tumulto. Aunque me gusta el tumulto, a pesar de que ellos me hacen sentir bien, los ignoro. Qué fastidio la gente: me gusto sólo yo. Me amo sólo yo.

En casa tengo un espejo de cuerpo entero. Y todas las noches pongo en mi estéreo el disco de Shakira y bailo para mí. Pero adoro estar aquí, con el tumulto, aunque lo detesto. Por eso lo ignoro. Lo anulo para estar sólo yo ante mí mismo.

—Me adoro.

 

 

EN EL JUVE ¿LA VIDA?

Bajamos, guiados por Caronte, rumbo a la Calzada.

—Si atravesamos encontraremos El Juve —dice.

Y cruzamos la Calzada llena de autos y de gente a esa hora. Nos viste aún lo siniestro. Pero, adentro, respiramos: volvemos a ser nosotros. A estar en un lugar simple, pero ameno. Lleno de vida, de gente normal. ¿Es el vulgo? No importa: está lleno de vida. La Calzada es el centro del mundo. Es la zona neurálgica de esta ciudad. Aquí conviven los seres terrestres y vivos. Naturaleza humana por doquier. Noctámbula masa que disfruta el fin de semana. Así, completamente de carne y hueso. Sin fingimientos. Mas no sin historias siempre que contar. A veces patéticas: en esta Calzada he escuchado y visto a los seres más tristes y más eufóricos.

La vida, siempre la vida que entristece.

—Entremos —apremia Caronte.

Vamos hasta el fondo a encontrar una mesa vacía. Las meseras bailan. Miro unas magníficas nalgas, apenas cubiertas por una diminuta falda, blanquísima. Bailan las meseras con los clientes. Y en el fondo, ya no los recordaba, los viejos músicos.

“Qué bien tocan”, pienso mientras interpretan (cantada en un deplorable inglés por Richard —“el de Puerto Vallarta”, dicen al micrófono) Escalera al cielo (y vuelvo a pensar en ti); “qué sorpresa tan vieja y tan nueva”. “¿Cómo es que se hacen llamar estos dinosaurios?: Grupo Escape.” No sólo interpretan rock, sino de todo. Pienso en eso y llega la mesera, de delicados labios (en su momento, a la hora en que bailo con ella y aprieto sus nalgas, se lo digo: y ella sonríe mostrando sus magníficos dientes blancos como su falda).

Bailo. Bailo. Bailo hasta que ella ya no quiere hacerlo, y me explica que debo invitarle una cerveza que promete tomar de un sólo trago.

El tiempo es breve en El Juve.

Hotel California, interpreta Escape.

—Ya debemos proseguir.

 

 

Caronte busca su auto.

Vuelve a guardar la calavera de papel maché en la cajuela. Y partimos a toda prisa por la Calzada Independencia, repleta a esta hora.

 

 

EL GALEÓN: EL INFIERNO

Soy un moralista, lo sé. Pero debo, también, saber del pecado. Mi lado oscuro está vivo esta noche.

Lujuria me trajo hasta aquí, ¿arrastras? Debo pecar para poder saber. Viene Lujuria a mi mesa y se me ofrece:

—Invítame una copa, mi amor —me dice—, y me sentaré en tus piernas. Invítame a sentarme en tu mesa.

Le digo que sí. Después me ruega vayamos al salón.

—Te dejaré hacerme lo que quieras.

Vamos. Y en el camino la luz del Divino me llama. Me niego a voltear a ver: hoy no soy yo: soy mi máscara, mi verdadero rostro. Permito que me mire quien no me conoce. Voy en pos del pecado. El salón es oscuro. Se miran, desde los ventanales de una sola vista, a las mujeres bailar. El animador anuncia a Valeria la “Chica Dorada”. Y detengo a la mujer que me masturba, por sobre la ropa. Valeria baila. Su cuerpo a medio vestir —el color amarillo hace que su piel luzca hermosa—. Su baile me enerva. Lujuria me acaricia de nuevo para llamar mi atención. La separo de mí. Es la hora dorada de Valeria. Me gusta la

estupenda mujer. Jadeo al ritmo de su baile. Dura una eternidad. Estoy lúbrico. Jadeo. Mi respiración ha cambiado súbitamente. Lujuria vuelve a mí y me muestra sus senos enormes. Los acarició. Los muerdo y ella grita. La castigo. La humillo.

—Maldita pecadora —le digo.

Y ella ríe. Vuelvo a morderla para que me permita mirar el final del acto de Valeria.

Como surgida de quién sabe dónde, aparece Lascivia y se presenta.

—Hola papito, mi amor —jadea.

—Ella, mi amor, es mi amiga. Y va estar también contigo. Las dos te vamos a hacer que te vengas...

—No gasten la palabra amor —les digo. Y ríen.

—Ella no trae medias; toca sus piernas —dice Lujuria llevando mis manos a las carnes de Lascivia—. Ni calzones...

Y Lascivia abre increíblemente sus piernas mostrándome la vagina. Y yo pienso: “Qué asco”. Y en seguida toco la rosa de su sexo. Y ella gime, o finge hacerlo.

—Mete tu mano a mi caverna —me dice Lascivia.

Y yo pienso: “Qué repugnancia”. Y salgo del salón para lavar con empeño mis manos.

Mientras abandono El Galeón, ante mis ojos la visión del Infierno: Anos en close up. Morenas piernas tatuadas. Mujeres corriendo por doquier. Bailando. Vaginas riendo. Hombres amasando cuerpos...

Huyo, pero una bella dama me detiene:

—¿Por qué esos ojos tan abiertos? —me dice.

Y yo me detengo y la miro.

—Es que eres muy hermosa —le digo.

Y me toca las manos y me quedo con ella...

 

 

SAN JUAN EN EL ESCAPARTE

La Plaza de los Mariachis es uno de los escaparates de esta ciudad. Otros preferirán un lugar más elegante, pero yo vengo aquí. Se mezclan, en este espacio, la gente pobre y los ricos que buscan emociones fuertes. Pese a que vengo solo, no me gusta beber a solas. Por eso invito a algún sediento muchacho, tal vez consiga algo. Ahora mismo elijo a uno.

Le digo:

—¿Quieres tomar una cerveza?, yo te invito.

Y él me contesta que viene con unos amigos.

Le digo entonces:

—No, yo te invito a ti nada más. No a ellos.

Y como no acepta, desaparezco. Voy a buscar. Mientras: observo a las parejas cantar con el mariachi. Autos nuevos, del año. Mujeres hermosas con cara de ricas. Hombres apuestos, imposibles de abordar. Sólo les miro. Y vuelvo a caminar. Prostitutas. Travestis. Malvivientes. Negocios de mala muerte...

Camino sin detenerme. Busco: tal vez, justo antes de la madrugada, que ya está próxima, encuentre compañía con quien beber. O algo más. Puede ser. Por lo pronto camino hasta la Calzada a encontrarme con el mar de gente. Y de autos.

¿Despertaré con alguien este día?

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Domingo, 12 Agosto 2018 05:38

El necesario poema / Adán Echeverría /

 

 

 

El necesario poema

Adán Echeverría

 

 

Soy aquel que vio los confines de la tierra. El que puso a pastar su amor en tus colinas y tus valles, tus lagunas y tus cuevas, tus sepulcros y los templos de tu carne. Ese soy, y a pesar de la distancia, querida Paula, la noche se levanta para que mi zarza siga ardiendo. Y es que en la contemplación de aquel poema que tantas veces escribiera y volviera a lanzar a la basura, se va mi aliento, mi amor, los pedazos de cordura que aún quisiera presumir a los alumnos de la facultad, que me lo exigen; a los colegas que tantas veces me aplaudieron, a los compañeros de taller que siempre vinieron a buscar en mí, aquella revisión tan necesaria para poder mejorar sus textos. Aquel pedazo de intelecto del que ahora carezco me impide darte gusto, no me deja asentar en el papel el texto que te deje satisfecha. Me siento incapaz de construir un nuevo mundo para ti.

No sé si fue tu muerte, o tu venganza, lo cierto es que mi cordura sigue perdiendo cada día los minutos que me has venido a reclamar: "Que desaparezca depende de ti", y acá me tienes, junto al escritorio, prisionero, alejado del trabajo en la universidad, desparecido para todos los que alguna vez me conocieron. Vienes a leer el trabajo que escribo todas las noches, intentando darte gusto, y luego te alejas enfadada, y mientras más indispuesta te deje la lectura, peor se vuelve tu continuo atormentarme. Quieres que termine aquel poema, aquel canto que pueda darte el descanso eterno, que pueda hacerte huir de las sombras que has tenido el talante de mostrarme y bajo las que vives condenada.

Y que clara es tu venganza, tu sentirte lastimada por cada fruto mío que dejé que se pudriera en la ventana de tu corazón; por cada paso nuestro en aquella ciudad en la que intenté dejarte abandonada, siguiendo aquel camino que nos fue alejando, imprimiendo una distancia inmerecida pero necesaria, en la que nos has perseguido hecha espíritu. Porque nos espiaste desde el principio, y te fuiste metiendo en cada signo que creíamos que era solo nuestro: "Si no puedo tenerte en físico, llegará hasta ti mi alma, porque siempre he de ser tuya, siempre he de estar a tu lado, aunque tú no lo quieras, aunque no lo puedas aceptar". Y lo has cumplido.

Creí que podía poseer tu destino y luego abandonarte, y hoy no puedo concentrarme en otra cosa que no sean tus ojos, tus fauces, tus manos rasgándome la calma durante las noches, a pesar de los somníferos, o de cuanta cura he intentado que te aleje de mi cerebro. Tu cuerpo fue aquello que quise reclamarle al mundo, Paula, para disfrutarlo y luego, igual que te había tomado, dejarte; pero no tuve el genio para darme cuenta que serías tú quien terminaría persiguiéndome, castigando mi orgullo y mi vanidad: "Siempre estaré a tu lado".

"No serás de ella, nunca", y tuviste el capricho de esconderla de mi, de arrebatármela. De guardarla en esta casa, donde al paso de los días no he podido encontrarla, dónde puedo sentir hasta su olor inundando los muebles pero no puedo dar con ella. La he escuchado en sueños, pero Andrea, sigue siendo tu prisionera, tu rehén, en espera que yo construya ese canto que pueda darte el descanso eterno. Ese canto por el cual lo he dejado todo, para poder escribirlo y recitártelo. "Para qué quiero descansar, si verte sufrir, mirarte hundir en la desesperación es más emocionante". ¿Y dónde aquel amor que alguna vez dijiste tenerme?

Lo nuestro jamás pudo ser amor, Paula, porque la pasión se había desbordado desde aquella madrugada de besos. Yo te miraba feliz sobre el colchón, desperezarte, tocando mi cuerpo con la punta de los pies, la punta de la lengua, los tobillos que siempre gustabas dejarte besar. Y sonreías, Paula, sonreías. Hoy todo son risas hirientes que rebotan en mi cabeza, trepan desde las alcantarillas, incendian paredes, golpean los trastes, y hacen tanto ruido que no me dejan concentrar. "Quiero que me devuelvas la sonrisa que te llevaste."

Has hecho llorar a Andrea con tus gritos, con tu continuo meterte en sus sueños, hasta conseguir verla perdida en esos rincones de la casa, donde ella intentaba alejarse de tu voz, pero la cercaste tanto que conseguiste que se matara. "¡Está loca, Pablo! ¡Desquiciada!, ¡Esa mujer me persigue, dile que se vaya! ¡Aléjala, o hará que pierda la razón!"; pero tú seguiste detrás, dentro de nuestros párpados, habitando nuestros sueños. Pobre Andrea. Insististe tanto, hasta hacerse sangrar con arañazos la espalda, y ese dolor de vientre que no la abandonaba. Sus noches llenas con tus gritos. Lastimándola por dentro. Bien metida entre su piel, como un gusano que le hacía rascarse hasta hacerse daño.

Las noches continúan su descender a los infiernos y tú, Paula, ahí, en medio, como la Gran Conquistadora, la Gran Hiena, la Bruja Rosacruz, la Gran Sabia que supo doblegar las miserias de mi voz y mi conciencia. Porque me vi miserable, incapaz de comprender qué le pasaba a Andrea, incapaz de ayudarla, de salvarla. Intenté hacerle entender que nada había en la casa, que eras irreal, que te habías quedado en aquella ciudad, lejos de nosotros y que no debía seguir alimentando esa idea de sentirse perseguida por un remordimiento. Hacerle comprender que pensar en ti solo haría que te materializaras. Pero no pude evitar que te tuviera miedo, que se abrazara a mí, esperando que yo la protegiera de ti, y he fracasado.

También comencé a escucharte, a sentir que nos vigilabas todo el día, toda la noche, y que en las madrugabas te arrastrabas sobre nuestra cama, separando nuestros cuerpos, golpeándola y golpeándome; metiéndote en mi cuerpo, haciéndome gozar, gimiendo quedito en mis oídos como lo hiciste tantas veces al hacernos el amor. Y hacías que Andrea cayera en sueños profundos para que no supiera de nuestras relaciones fantasmas, ahí junto a ella, ahí… incontenible como siempre fuiste, llenándole con tu voz y tu presencia los párpados, hasta que decidió saltar por la ventana, loca de celos, loca de impotencia, miserable y aterrada. La vi caer a la calle frente a los vecinos. Pero su cuerpo estaba vacío, los ojos abiertos, labios morados por la hipoxia en que la ahogabas. Tenía la tráquea lesionada, la asfixia la había hecho correr con las manos en la garganta haciendo señas de no poder respirar, doblaba el cuerpo, abría las ventanas, se paraba debajo del ventilador, pero el aire no llegaba a sus pulmones. Y mi mujer que antes siempre olía a coco, por ser tan femenina, llena de cremas, y aceites, estaba frente a mi bañada en sangre, y no dejaba de manotear y golpearse la cabeza, se introducía los dedos en las orejas, intentando sacar aquella voz tuya, Paula, que no la dejaba descansar.

Saltó por la ventana frente a los vecinos. Corrí por las escaleras para llegar a ella, miré su cadáver limpio y sin una mancha de sangre en la piel. Ni una señal en su carne de la violencia que había visto sobre ella. Como una muñeca abandonada a media calle. Los vecinos quisieron darme consuelo; me invitaron a pasar la noche en sus casas, y yo miraba hacia la ventana de mi apartamento por donde había saltado, y tras la cortina pude verte Paula. Pensé huir, abandonarlo todo pero supe que jamás me podría apartar: "Es mía ahora; yo sabré usar su locura, sabré tenerla a mi servicio, la cuidaré hasta que me entregues lo que es mío". Y sé que en aquellos rincones de la casa, Andrea permanece esclava de ti. Te diviertes escondiéndola de mí, disfrutas lastimarla.

Todo comenzó en aquellos talleres literarios a donde me acompañabas desde que vivías conmigo. Llegaron nuevos alumnos, y me iba hartando tu presencia. Necesitaba espacios solo para mí, y no quería verte todo el día. Logré convencerte de que no volvieras, porque había visto a esa nueva mujer, y esa nueva mujer se llamaba Andrea y comenzaba a escalarme el pecho, a llenarme los ojos de la nueva maravilla, y necesitaba perseguir esa nueva ruta que me marcaba la felicidad. Me había aburrido tu cuerpo. Me había aburrido de escribirte, y te lo dije claro: Ya no me inspiras más letras de las que te he dado. "Pero Pablo, ¿por qué? ¿qué te he hecho? Dijiste que me escribirías una historia, que me harías inmortal". Y alguna vez lo dije mientras untaba mi sexo por los rincones de tu cuerpo, y ahora me daba cuenta de que te había mentido tanto. Que tu venganza era justa.

En vez de consolarte, me puse mal contigo. Te dije que ya no quería estar a tu lado. Que necesitaba darme una oportunidad con esta nueva mujer que había conocido, pero no quisiste aceptarlo, y tuve que herirte: Ella no tiene un hijo como tú, querida Paula, y tú has debido y debes cumplir con tus responsabilidades de madre; porque madre has sido desde antes de conocerme, y no vas a usarme para evadir tus responsabilidades, lo dije para lanzarte al olvido.

Y aquellos meses, se transformaron en dos años para meterme a tu cuerpo, a tu mente, mientras al mismo tiempo podía construir aquel palacio en el corazón de otra mujer, viviendo con ambas sin enfrentarlas; cuidando los momentos de cada quien, de cada una, y la entrega fue alejándome de una y acercándome a la otra. Nos fui precipitando a los tres, riendo en la soberbia por sentirme necesario para ambas, por creer que yo podía decidir por mi destino sin importarme lo que les estaba haciendo. Cargada dinamita era mi actitud de macho sombrío, de macho que quizá creyó que saldría bien librado de tanta fornicación, de la infidelidad con que las golpeaba a ambas. Y tus lágrimas Paula, se fueron volviendo océano. Y volví a pedirte que te largaras. Pero tu continuada espera fue aquel dique en que te decidiste agarrar. Tu continuo sufrimiento hizo nido en tu garganta, en el espacio más pequeño de tus ojos. ¿Cómo iba a saber yo tus ardores de bruja, tus decisiones diabólicas, tu fortaleza para conseguir volver conmigo sin importarte nada más?

Tu diminuto cuerpo, aquella fragilidad y delgadez ha sido la codicia de ese demonio al que le has entregado mi ruina. Porque tu poderío sexual, Paula, ha sido el aquelarre necesario que te permitió ser escuchada, obedecida y reclamada por esas bestias infernales. Aquellos ritos salvajes en los que decidiste venderte toda, entregarte cada noche dentro de aquel culto medieval en que decidiste perpetuar tu odio, con tal de conseguir la eternidad de tu espíritu, de tu presencia hoy dentro de mis sueños y mi imaginación. Tu ser corpóreo que trascendió la muerte y ahora sigue acá, cerca de mí, atormentándome.

Lo decidiste al cumplir tu hijo 18, y aquellos nueve años de abandono que te había dado, que te había impuesto, por haberte cambiado los días, las noches, y el cuerpo por otra mujer; aquellos nueve años en los que te había humillado, fueron la paciencia en que fuiste consiguiendo ser escuchada en el infierno; y te volviste una decidida mujer de fuego, dedicada al erotismo, a la fornicación personal de tu hechicería, dando forma a los embrujos en los que ya eras capaz. Y al cumplir tu hijo la edad adulta, el demonio te ofreció lograrlo, y le entregaste tu muerte. Aquel lanzarte de la torre de la catedral de Mérida, para demostrar el sacrificio, y al mismo tiempo burlarte de la religión en que fuiste bautizada, y de la que tuviste que renegar para ser correspondida en los deseos. Tu cuerpo cayó desde las alturas a la vista de todos. El golpe seco los hizo correr hacia ti presos del morbo que siempre atrae la muerte. Ahí estaba tu cuerpo inerte, blanco, sin luz y sin vida, pero sin un hueso roto, ni una gota de sangre derramada, los ojos negros abiertos y profundísimos, la sonrisa calma, que nadie jamás olvidará. No hubo entierro para ti, Paula, tan solo cenizas en esa urna que le fue entregada a tu hijo, y que junto a su abuela esparcieron en aquel jardín, donde siempre asábamos carne, y bebíamos alguna cerveza llenos de felicidad, y de pensamientos positivos de aquello que era nuestra relación, que fingí entregarte y que luego te había arrebatado.

Todo había terminado por mi traición, por mi machismo en el que te puse contra le espada y el infierno. Porque he sido yo quien te ha obligado a penar en este inasible mundo. He sido yo quien te ha impulsado a venir hasta donde quisimos escondernos de ti, pero nos has perseguido, etérea, flotante, espiritual, infernal, querida diabla inmortal, de quien ahora vivo prisionero. Hiciste que Andrea repitiera tu suicidio para llenarme los ojos con su muerte. Andrea perdida en el lamento, y yo acá, atado a este escritorio, intentándolo todo, para darte ese poema que me pides, y que no logro conseguir, para darte descanso, y para poder recuperar su cadáver.

Soy aquel que ha visto los confines de la tierra, las puertas del infierno, y que vive hundido en aquellas dulces aguas del Leteo; encadenado en esta oscuridad que se hace ancha, permanente, y que me mantendrá cada día con sus noches y sus madrugadas, atado a este escritorio, escribiéndote sin descanso y por la eternidad.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

BREVES FICCIONES PARA NOCHES LLUVIOSAS

José N. Méndez

 

 

 

ODISEA

 

El sudor frío que recorría el rostro de Ulises hablaba mejor que cualquier discurso que el rey de Ítaca hubiera podido pronunciar alguna vez; pero a la guerra no le importa la retórica, el cíclope avanzó con decisión hacia él, dispuesto a terminar con todo de un solo golpe…

 

Ítaca FC perdió el campeonato de la Liga Helénica 5 – 4 en tanda de penales ante el Deportivo Cíclopes y Ulises “El Rey” Ruiz, su portero y capitán: no pudo hacer nada para evitarlo.

 

 

 

AL MISMO TIEMPO

 

“Antes que nada, quiero pedirte perdón por lo que vas a ver, sé que últimamente has estado luchando contra la diabetes y no era mi intención que precisamente tú descubrieras el resultado de mi angustia y la escopeta en mi boca, pero ya no sabía a quién más recurrir.

 

Te estarás imaginando que soy el único culpable y yo también lo creo; hubo días en los que casi logré convencerme de que amar no puede doler tanto como a mí comenzó a dolerme; luego vino el despido, ella yéndose a trabajar, que ganara más y más dinero, los golpes, las humillaciones, la burla de las autoridades, la teoría de que yo pude auto lesionarme, una demanda de acoso cuando lo único que yo quería era justicia y después; cuando menos te lo esperas, ya eres un verdugo.

 

Se lo habría dado todo, pero desde un principio le dije que no iba a admitir una infidelidad, no, no iba a ser como esa última vez.

 

¿Sabes? A veces me dolía el ojo izquierdo, como si nunca hubiera estado caminando rumbo a la Plaza Dealey, como si nunca la hubiera visto acercarse a mí con una tranquilidad que daba miedo, como si nunca me hubiera arrojado ácido al rostro al mismo tiempo que una bala entraba en el cráneo de Kennedy, como si nunca hubiera terminado de joderme la vida más de lo que ya lo había hecho.

 

Ten una vida feliz, amigo y gracias por todo.

 

Sebastián.

 

 

 

 

FRAUDE

 

Se asomó brevemente a la sala, tratando de no ser descubierto y confirmó sus sospechas, ahora no le quedaba ninguna duda al respecto.

 

Pero a pesar de atestiguar el fraude, decidió callar; Juanito sabía lo importante que eran estas fiestas para su padre y no iba a arrebatarle la ilusión de creer que es Santa Claus.

 

SUEÑO

 

A veces el osezno se despierta sobresaltado, llora, busca a su madre y no la encuentra.

 

Papá Oso lo abraza hasta que el cansancio y la tristeza lo vencen y vuelve a dormirse; quisiera que pudiera dormir de corrido, quisiera no seguir escuchando en su cabeza el ruido de los disparos ni ver cómo se llevan a su pareja, quisiera que fuera cierto lo que a él le decía su padre:

 

  • No cachorro, los hombres no existen.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

 

 

Una hora de eternidad

Matías Mateus

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             “Cuando cortejas a una bella muchacha,

una hora parece un segundo.

Pero si te sientas sobre carbón al rojo vivo,

un segundo parecerá una hora.

Eso es relatividad".

 Albert Einstein

 

 

Minuto 1

 

 

 

—¿Desea algo más, caballero? —repitió el mozo, al igual que en las noches anteriores.

—Así está bien —contesté con austeridad y esperé la cuenta.

Volví a la noche dentro del café, allí, inmerso en esa negrura me sentía cómodo. Seguramente el interior del líquido frío guardaba una estrecha relación con la sustancia cobijada bajo mi espesa calvicie.

Cuántas incógnitas palpitarán en el consciente del mozo, cada vez que me siento delante de él a mirar cómo se enfría el café. Sin dudas, su curiosidad deber tener dimensiones extraordinarias.

Doy fe de que se referirá a mí con un apodo ingenioso y a esta altura tenga un sinfín de conjeturas incapaces de desnudar lo que habita en mi interior, aunque yo tampoco soy idóneo para decodificar con precisión el sentimiento que hace tiempo me embarga.

Lo único inobjetable es la bondadosa propina que siempre le dejo.

 

 

 

 

 

Minuto 2

 

 

 

Pobre tipo, algo jodido debe haberle pasado, pensé. Algún día voy a sentarme a su lado y le preguntaré qué lo trae aquí noche a noche a ver cómo se le enfría el café.

Apagué las luces del boliche, cerré y caminé hasta la parada del ómnibus

—Aunque el local esté desierto, nunca lo cierres antes de la una ¿Me entendiste? —me dijo el dueño cuando me dejó de encargado.

—Usted es el jefe —respondí sin darle mayor importancia.

No tenía necesidad alguna de llegar temprano, pero tampoco me seducía quedarme dentro de esa pocilga. Me reí al recordar a uno de los personajes de Hemingway, cuando le decía a su compañero, si no temía llegar a su casa antes de lo previsto.

Se me ocurrió que luego de la resignación solo queda transcurrir. Se acercó el ómnibus y titubeé en hacerle seña o no. Finalmente me decidí, extendí el brazo y encomendé mi suerte a todos los santos para encontrarla profundamente dormida al llegar.

 

 

 

Minuto 3

 

 

 

Es imposible verse al espejo y encontrar algo limpio cuando la mentira se abre paso a trompadas. Incluso proteger esa pizca de dignidad, que te grita diciendo: Sí, tenés razón. Todo es mentira y nada cambia en lo más mínimo.

Una masa grasosa con olor a cerveza, que mea fuera del wáter; con el grito desaforado de gol los domingos por la tarde como única sensación genuina. Al menos así empecé a verlo poco tiempo después de habernos casado. 

En adelante, preferí abrirme de piernas, para que la sangre de la juventud haga revivir los placenteros años de otrora y experimentar los orgasmos que en veinte años, Cara de morsa, con su pija mal oliente, jamás me hizo sentir. Soporté esa cadena de mentiras para protegerme bajo su techo de la intemperie y de la chusma cuando un pendejo le devuelve la vida a mi desflecada vagina. Es más fácil aferrarse al amoldado prototipo que data de tiempos inmemorables, que comenzar una vida como la gente. 

 

 

 

Minuto 4

 

 

 

No es la primera vez que veo al gordo Cara de morsa a menos de una cuadra de la casa. Cada vez que lo cruzo queda mirándome mal. Estoy seguro de que sospecha lo de su mujer conmigo. Mejor no vuelvo más.

—Andá, Santiago, antes que llegue el gordo —me dio un beso y metió unos billetes en mi bolsillo—. Mañana pasá un ratito antes y convídame con lo que consigas.

—Dale, Beatriz —saludé y me fui. Aunque comprendo que con el gordo está mal, me jode el papel que me hace jugar. Agradezco que dos por tres me mata el hambre y me de algunas monedas para mis cositas, pero creo que no vale la pena arriesgarse tanto.

Entré a casa en silencio, no anda bien mamá y le cuesta descansar. Le dejé plata sobre la mesita de luz, le di un beso en la frente y salí. Hace días no hablamos con la vieja, cuando llega yo estoy durmiendo y viceversa. Para peor papá tuvo que embarcarse nuevamente. Su cabeza debe volar por mi culpa. Como si ya no tuviera suficiente.

 

 

 

Minuto 5

 

 

 

—¡Santi! —grité. El interminable ruido del goteo y los metales chocándose entre sí me aturdían—. Mi amor ¿Estás en casa? —El goteo dentro de mi cabeza se acentuó luego que llamé—. Dónde se habrá metido este chiquilín.

Bajé los pies al piso y vi algunos billetes doblados sobre la mesita. Siempre me deja algo, pero desconozco el origen del dinero.

—Vení acá, hijo de puta —escuché que alguien decía en la calle—. Te voy a matar, la concha de tu madre —corrí un poco la cortina para ver y escuché un balazo a metros de la puerta.

Volví la cortina al lugar y me dejé caer sobre la cama. El sonido en mi cabeza me enloquecía. Las goteras, los metales y ahora el gemido que provenía del otro lado de la pared.

Dejé pasar algunos segundos y volví a asomarme por la ventana.

 

 

 

Minuto 6

 

 

 

¿Dónde metí las llaves? ¿Dónde carajo dejé las llaves? Es demasiado tarde como para volver a la calle a buscarlas.

—Abrime —susurré, tratando de no llamar mucho la atención en el silencio de la madrugada—. Abrí que me mandé flor de cagada —parecía que no había nadie adentro—. Soy yo —insistí más fuerte—. Abrí, dale.

Me asomé hasta la vereda para ver si las encontraba. Era inútil buscarlas en la oscuridad.

Qué pelotudo que fui, con qué necesidad disparé, no hacía falta. Eso me pasa por encajarme de más, quedo a mil y termina jugándome en contra. Le hubiese dado un culatazo o una trompada. Si me agarran, después de esto, seguro no salgo por un buen tiempo. De las anteriores pude zafar, pero de esta difícil.

—Abrí —volví a decir pegado a la puerta cuando llegué—. Abrí que se pudrió todo.

 

 

 

Minuto 7

 

 

 

Estaba decidido. Era inadmisible una vuelta atrás. Pase lo que pase, no puedo retornar a esa casa. Toda la noche esa manga de faloperos golpeando la puerta.

Por culpa del delincuente ese, voy a terminar en cana o bajo tierra.

Si el macho de mi vieja no se empedó esta noche, debe estar dormida. Como para no estar metida en algo así, me crié con un alcohólico golpeador, con esos antecedentes no puedo pretender otro panorama. Me arrepiento no haber aceptado la invitación de mi tía de mudarme con ella y haber estudiado una carrera para ganarme la vida.

—Hola, mami —me gritó un tipo desde un auto—. ¿Estás perdida? Subí que te llevo —caminé sin mirarlo—. No tengas miedo, bebé —volvió a decir.

Tantos años cara a cara con la violencia me prepararon para estos momentos. Apagó el motor y bajó. Metí la mano en el bolsillo y de reojo calculé la distancia. Cuando estiró el brazo para alcanzarme giré el cuerpo con la navaja en el aire.

 

 

 

Minuto 8

 

 

 

La herida pudo ser peor si no levantaba el brazo con rapidez. Sin pensar en el dolor, la hice caer al suelo con la mano herida y le di una patada en sus costillas. La escupí con odio y me fui del lugar.

Los chorros de sangre ensuciaron el interior del auto, me detuve un momento, procurando hacer un torniquete con la remera para evitar una mayor pérdida de sangre.

“Quisieron robarme, estaba parado en un semáforo e intentaron bajarme del auto por la ventanilla”, empecé a delinear en mi cabeza. Busqué con la mano sana debajo del asiento, ahí estaba. Abrí la botella, tomé un largo trago de whisky. Se me nublaba la vista por el punzante dolor y la cantidad de sangre que había perdido.

—Por acá —me atajó una enfermera, cuando me vio cruzar tambaleante por la puerta de la emergencia—. Tranquilo, hombre —dijo la misma voz que me recibió, pero no alcance a entender lo que me preguntaba.

 

 

 

Minuto 9

 

 

 

Otro borrachín que viene con el cuento del asalto. Después de saturarle la herida al fulano, salí a fumar. A pesar del NN que entró con la mano envuelta en la remera, fue una noche sin mayores sobresaltos. Al menos en lo estrictamente laboral. Tiré un pucho, encendí otro y seguí mirando las estrellas que se debatían con las luces de la ciudad.

Quién me habrá mandado meterme en este rollo. Un trago de camaradería, por qué no. Ese trago se convirtió en otro al día siguiente, que vino acompañado de una línea. Nunca había probado, volví al irremediable “por qué no”. Ya no tenía vuelta atrás y me desperté desnuda en un telo.

El resto, sencillo. La nueva, una atorrantita que entró y ya quiere trepar encamándose con cuanto médico se encuentre en la vuelta, todos los lugares típicos por donde pasa el imaginario colectivo, sin tener la menor idea de nada.

—¿Tomando aire? —me dice empalmándome el culo con la mano.

 

 

 

Minuto 10

 

 

 

Primero se te abre de gambas y luego saca matrícula de princesa. Prendí un pucho y di algunos pasos con dificultad. Que pisotón me encajó la hija de mil puta. Al sacarme el zapato y la media vi que tenía tres uñas quebradas. Eso pasa cuando les viene el ataque de dignidad y justo uno anda en la vuelta. Ya se va a arrepentir la zorra. Salí a la vereda para reacomodar el andar, no podía regresar a la guardia rengueando y darle el gusto de verme disminuido. Cuando le muestre el videíto que grabé con el celular, se va a dar cuenta con quién se metió.

—Buenas noches, doctor —me saludó, Natalie. Otra perra con el complejo de doncella—. Alimentando el vicio —dice.

—Como dice el refrán, en casa de herrero cuchillo de palo —se rio como la primera vez que le hablé con la intención de levantarla—. ¿Y a usted, qué la trae por la acera? —pregunté sintiendo un palpito en el pantalón.

 

 

 

Minuto 11

 

 

 

Qué gil es el pobre. Un poquito de pie y jura que todas las minas están murta por él.

—Por suerte, yéndome a casa —lo saludé con una guiñada y una sonrisa provocadora, dejándolo con una erección a medio camino—. Hasta mañana, doc.

—Imbécil —dije para mí, detrás escuché un balbuceo con tonalidades de invitación. Seguí mi camino desestimándolo. Es extraño el sentimiento que me genera su patética estampa de lover boy, en ocasiones disfruto mofarme de esa actitud, más cuando puedo alimentarla y dejarla por el piso de inmediato; pero es tan grande el asco que me da, porque la insinuación está palmo a palmo con el acoso. Todo el día con los ojos pegados en las tetas como si acabara de salir de la cárcel.

—Buenas noches, señor —le dije al conductor cuando me subí al taxi. Después de decirle la dirección me recosté en el asiento y cerré los ojos masticando la bronca que me genera pensar en esa clase de idiota.

 

 

 

Minuto 12

 

 

 

Dejo a la muchacha y voy a buscar al relevo, pensé. Qué jornada larga, por Dios. El tránsito cada vez está más complicado y la calle más jodida, se hace insoportable la noche.

—Acá está bien —me dijo. Le mostré la tarifa— Quédese con el cambio.

Intercambiamos gracias y buenas noches y se bajó del taxi. La miré mientras recorrió los metros que la separaban de la puerta. Qué hermosa mujer.

Abrió la puerta, miró hacia la calle y saludó con una sonrisa radiante.

Despabílate, Juan, me dije. No está saludándote, es tu imaginación

Por las dudas sonreí y le devolví el saludo animosamente.

—¿Está libre? —me preguntó una parejita que pasó.

—No, muchachos. Estoy esperando a la chica —mentí y los dejé ir.

Volví a mirar hacia la casa y vi cómo se perdió detrás de la puerta. Medité un par de segundos y apagué el motor.

 

 

 

Minuto 13

 

Le devuelvo las manos a los bolsillos y continúo mi marcha mirando al piso. Cuando no está el café frente a uno, se hace difícil buscar un tema de conversación. Las hebras del humo son buenas escuchando, hasta que se cansan y desaparecen, pero durante la danza sobre la taza son fieles aliadas.

Los bolsillos son buenos también, aunque no son muy partidarios de la dialéctica. Ellos básicamente contienen con calidez y entusiasmo. Lo arropan a uno con total desinterés; como todas las cosas, eso tiene su lado negativo. El problema de los bolsillos es que no saben decir que no, solo cuando un agujero se forma en el fondo, ahí sí varía el mapa. Salvando ese peñasco, son muy dóciles y eso se torna peligroso. Porque del mismo modo que calientan las manos y brindan contención, sirven para guardar elementos que un hombre con mis características no debería llevar consigo bajo ningún concepto.

 

Minuto 14

 

Al abrir la puerta me choqué con la foto que me saqué con Beatriz el día de nuestro casamiento y la insulté entre dientes, como quien se hace la cruz cuando pasa frente a una iglesia. Prendí la televisión con toda intención de molestarla y fui al baño a darme una ducha.

Qué ganas de darle una patada en el orto y hacerla desaparecer. Aunque prefiero soportarla en casa antes de comprarme un problema, si inicio el trámite de divorcio va a hacer todo lo posible para sacarme lo poco que tengo, como si alguna vez en su mísera vida hubiese contribuido en algo.

Prendí la luz del dormitorio y observé cómo la muy puta finge estar dormida mientras termino de secarme.

Buenas noches, amor —dije y me fui a buscar una cerveza a la heladera.

Subí el volumen de la televisión asegurándome que perturbara su descanso y me recosté sobre el sofá.

 

 

 

Minuto 15

 

 

Gordo cornudo —dije ahogando las palabras en la almohada—. Siempre hace lo mismo. Entra al cuarto y deja las luces prendidas.

Aproveché para ir a la cocina a tomar un vaso con agua y lo vi con su típica y asquerosa pose sobre el sofá.

¿Cómo te fue? —le pregunté como si me importara y seguí caminando.

Serví en el vaso y escuché un sonido gutural que fui incapaz de discernir si se trataba de un insulto, una respuesta decente o qué.

Me quité la bata para volver al dormitorio y con maliciosa intención pasé delante de él exhibiéndole el culo, que a pesar de los años sigue firme y apetitoso. No creo que se le pueda parar al gordo, pero si llega a lograrlo que se haga una paja.

Me encerré en el cuarto riéndome por la maldad y me tiré en la cama llevándome una mano a la entrepierna que empezó a humedecerse al recordar la visita de Santiago.

 

Minuto 16

 

Si tuviera a Ramiro delante, le daría toda la razón con un abrazo incluido.

Esa vieja te va a traer terrible quilombo, Santi. No seas pelotudo.

Ramiro siempre me cantó la justa, no se guardó nada por más que le haya puesto cara de ojete una que otra vez. Pero siempre fue de frente y jamás con mala leche.

No ves que la vieja te usa para que le hagas el service —me reía del modo en que se expresaba. Esa posesión que lo caracterizaba cuando se ponía a hablar en serio me causaba cierta gracia, le quedaban los ojos desorbitados y la cara como un tomate—. Como el gordo no puede, te usa a vos, pero tené mucho cuidado, es un tipo jodido.

Se terminaba calentando él en el lugar de uno, más cuando te reías de las ocurrencias que le saltaban por los poros durante sus aconsejadores discursos.

Dame bola, pelotudo —terminaba diciéndome y me plantaba un cachetazo en la nuca. Siempre me trató como a un hermano menor y la vieja no dudó nunca en agradecérselo. 

 

 

Minuto 17

 

 

¿Ya son las siete de la mañana?, me dije cuando escuché que vibraba el celular sobre la madera de la mesa de luz.

Arrancarme del inconsciente de forma abrupta me hizo confundir el sonido del despertador con el de llamada.

¿Quién será? Abrí un ojo solo ya que me encandilaba la brillante luz de la pantalla del teléfono

¿Olga? —contesté sobresaltado.

Era difícil que una llamada a esa hora trajera buenas nuevas, mucho menos si provenía de la madre de un amigo. El susurro inaudible que provenía del otro lado me impedía entenderla. Es una mujer muy castigada por los achaques de la edad, las obligadas ausencias del marido recrudecían su estado y los permanentes vaivenes anímicos del hijo no colaboraban en absoluto.  

En diez minutos estoy por ahí —dije aún sin entender qué ocurría.

 

 

Minuto 18

 

 

No alcanzaba a ver nada por la ventana. Solo oía el gemido de dolor al otro lado de la pared y algunas sirenas que se acercaban.

Estas puntadas no me dan tregua —dije susurrando.

Afuera el gemido se había apagado y las sirenas sonaban mucho más cerca. Adentro de mi cabeza parecía que un taladro perforaba mi cerebro.

Algunas luces brillaron en la acera de enfrente y tras ellas varias personas empezaron a asomarse en la vereda. Los rostros de desconcierto que distinguía desde mi ventana provocaron una palpitación más aguda en mis sienes. El sonido a metal golpeó más fuerte y con mayor frecuencia.

Olga, Olga ¿Está ahí? —La puerta empezó a sacudirse con algunos golpes—. Olga —volvieron a llamar con insistencia.

Arrastré los pies hasta la puerta y abrí.

 

 

Minuto 19

 

 

¿Dónde se metió esta mina? —volví a revisar los bolsillos y solo encontré el fierro, que a esa altura me estaba quemando las manos.

Tomé un par de pasos de carrera y le di una patada fuerte al pestillo, apenas se movió, intenté con el hombro y nada. Medité la estúpida idea de romper la cerradura con un disparo y la hice a un lado de inmediato.

Tengo que encanutarme ya —dije con desesperación—. No puedo seguir pelotudeando acá afuera.

Arremetí nuevamente con todas mis fuerzas y la puerta cedió. Caminé tropezando con el desorden que había en el living, encendí la luz del dormitorio y encontré los cajones de la cómoda tirados en el suelo.

¡Qué hija de mil putas! —grité y descargué el puño contra una pared—. Esta zorra se voló y me robó toda la guita.

 

 

Minuto 20

 

Abrí los ojos al escuchar pasos acercándose por el corredor. No era la primera vez que me sobresaltaba con el sordo sonido de los pies. La llave giró y el chirrido de la puerta antecedió la entrada de un haz de luz. El olor era inconfundible, era el mismo que me quitaba el sueño y me erizaba de pies a cabeza.

Cayó sobre el colchón intensificando el asfixiante hedor a alcohol, se giró ruidosamente poniéndome una mano sobre el pecho. Procuré minimizar la contractura que me generó el contacto con su asquerosa mano.

Descendió con brusquedad hasta la entrepierna e intentó con torpeza correrme la ropa interior, ladeé el cuerpo con intención de eludirlo y me clavó las uñas, lastimándome las piernas. Volví a moverme para zafar de su presión, que aumentó al sentir la resistencia, inmovilizándome, con la mano libre cayó sobre mi cuello ejerciendo la misma presión.

El metal produjo un agudo sonido al asomarse bajo la almohada.

 

 

 

Minuto 21

 

 

Escupí al piso y noté que sangraba. Me limpié la boca con la manga de la remera y procuré caminar lo más rápido que el dolor me permitía.

Revisé los bolsillos y noté que aún tenía los paquetitos con la guita que había encontrado. Debe estar como loco, pensé, la paliza que recién me dieron se había esfumado de mi mente con la misma velocidad que la recibí. Mi vida en este momento dependía del humor de otra persona y principalmente del tiempo que demore en encontrarme.

Seguramente ya habrá notado que algo extraño pasó en su casa y sospechará indudablemente que fui la responsable.

Me aterraba caminar los últimos metros que me quedaban, un sentimiento persecutorio se apoderó de mí, haciéndome dudar. Quizás estuviese esperándome en la entrada de la casa de mi madre.

Miré hacia todos lados y me acerqué a la puerta procurando no hacer ruido alguno.

 

 

Minuto 22    

 

 

¡Por qué tengo que estar pasando por esto! —grité con impotencia. Le di una trompada a la puerta del baño y me largué a llorar por la rabia contenida.

Es imposible pensar con lucidez, cuando el agobio es tan grande y las posibilidades de encontrarle una vuelta al problema se tornan esquivas. 

Tampoco podés hacerte cargo de la culpa —me dijo una amiga.

Sí, tenés razón —contesté sin convicción— ¿Pero, de qué modo me deslindo de esto sin perder el trabajo?

Otra sería la historia si se tratara de un enfermito común y corriente, pero al ser el protegido del directorio, con ínfulas de todo poderoso e incapaz de poner a funcionar el raciocinio, todo se torna más duro.

Me enfrenté al espejo y lo golpeé con fuerza. Mi rostro envuelto en lágrimas quedó surcado por las grietas del cristal quebrado.

 

 

 

Minuto 23

 

Desde la enfermería escuché un estruendo e inmediatamente me dirigí hacia el baño.

¿Patri, estás bien? —grité al verla inmóvil frente al espejo roto.

Tenía las manos llenas de sangre apoyadas sobre la mesada, con su mirada perdida en lo que quedaba del espejo.

Patri, mi amor ¿Qué pasó? —volví a preguntar extrañada por lo que estaba viendo.

Con un dejo de temor, apoyé mis manos sobre sus hombros y lentamente la conduje hacia una pileta limpia.

¿Qué pasó? —dijo Silvia al asomar la cabeza por la puerta.

Anda a preparar las cosas para curarla —le ordené sin mirarla.

Patricia permitía conducirse dócilmente, pero estaba completamente extraviada sin emitir ningún sonido. Comprobé que no tuviese rastros de vidrios en las manos, terminé de curarla y le di un beso en su mejilla empapada por las lágrimas.

 

 

Minuto 24

 

¿Y ahora? Ya estás viejo, Juancito. Me dije buscándome en el retrovisor del auto. Mirá esas canas asomando, no sos ni la sombra de lo que eras hace dos años. No es para menos, jamás estamos preparados para una pérdida así y de forma tan repentina. Pero hay vida por delante y lo único que me queda es seguir, seguir lo mejor posible.

Volví la vista hacia la casa. La luz en la ventana me dio la pista que aún seguía por allí, merodeando la puerta.

No es fácil, Juan, claro que no es fácil. Pero qué pensás hacer. ¿Manejar este tacho hasta que te jubiles y dedicarte a escuchar la radio hasta que venga la huesuda a buscarte?

Aunque nos cueste, aunque nos aterre, es necesario patear el tablero de vez en cuando y sacudir el amodorrado transcurrir. Sino, a santo de qué sigo arriba del taxi, para pagar las cuentas, comer algo a la pasada y sestear cuando no levanto pasaje. 

Le di una palmadita al volante como si fuera un talismán y me bajé con decisión.

 

 

 

Minuto 25

 

Por supuesto que uno mantiene intacta la virtud de discernir y operar debidamente, o lo mejor posible, ya que sopesar conceptos abstractos depende de cada ser.

Pero esa virtud se disuelve cuando llegas al punto en que te das cuenta de que ese irrefrenable y supuesto amor que uno posee hacia el prójimo, es mentira. Cuando en la defensa de nuestra grandeza y generosidad, somos incapaces de percibir la devoción con la que engalanamos el egoísmo y la cobardía; nos aterra descubrir que la supuesta grandeza no es más que una simple intensión, como si al despertar luego de una borrachera nos encontráramos con la mujer del mejor amigo. A continuación de esa fotografía, el apetito de desmentir lo manifestado anteriormente se presenta con desesperación. Porque en definitiva, la sustancia que constituye nuestro cuerpo no es más que una masa en detrimento, una vez que las hormonas dinamitan la inocencia. 

Desvelarse en tal sentido es peligroso, más si eres portador de un arma.

 

Minuto 26

 

Tomé un largo trago de cerveza, sin hacer caso al paseo ridículo-seductor del ser al que prometí, frente al cura y a Dios, amar y respetar hasta que la lerda muerte nos separe.

Pobre. Debe jurar que está divina. Si será infeliz que eleva su autoestima pagándole a un pendejo para que le mueva la carrocería. Para peor lo hace con mi plata.

Dejé la botella en el piso y caminé hasta la puerta del dormitorio.

El antojo de ingresar al cuarto y exigir mi porción mensual de sexo golpeó mi cabeza; como en todo buen matrimonio, es necesario ese sublime instante de desagradable liberación.

Abrí la puerta impulsado por el deseo de acostarme junto a ella en lo que se había convertido en el lecho de muerte y saciar mi apetito con su cuerpo, no por satisfacer el deseo sexual en sí, sino por la animosa intención de desagradarla, poseerla y hacerle vivir un momento nauseabundo.

 

Minuto 27

 

—Santi, Santi, mi amor —la temblorosa voz de mamá sonó desde algún lugar.

Me tomó la mano y sentí que apoyaba su cabeza sobre mis piernas.

—Ramiro —empecé a decir y fue imposible continuar.

Quise reírme para no mostrarle a mamá el sufrimiento que estaba terminando de matarme.

Varias luces aparecieron alrededor de la cabeza de mamá que se erguía y volvía a caer sobre mis piernas. Alguien la levantó y la alejó de mí, brotó un llanto desesperado que me sobresaltó generándome un ligero temblor.

Alguien apoyó los dedos sobre mi cuello, el dueño de esos dedos le susurró a otra persona palabras que no logré entender, pero sin dudas no eran buenas noticias.

El grito de mi madre aumentó, yo no podía hacer nada para contenerla. Otra voz pidió permiso y cubrió mi cuerpo con una tela.

 

Minuto 28

 

Solo me quedó la poca plata que tenía encima y el fierro.

—Ya te voy a agarrar, pedazo de una perra —mastiqué con bronca.

Me cambié de ropa y fui con mucho cuidado hasta la calle. Sentía el cuerpo completamente tenso por la paranoia que me había invadido.

—No importa la hora, afuera siempre hay una vieja con el perro —dije con bronca al ver a la vecina.

Me puse la capucha y caminé lo más rápido posible para alejarme de la zona. Me palpitaban las sienes por la excitación. La cola de un gato acarició mis piernas sobresaltándome más de lo que ya estaba.

—No tengo nada que perder —dije pegándole una piña a un contenedor de basura—. Pero esta conchuda se va a arrepentir por lo que hizo.

El ruido de un auto a mi espalda llamó mi atención, caminé sin mirar hacia atrás. Se terminó todo, pensé. Me aferré al gatillo del revólver y me di vuelta dispuesto a todo.

 

 

Minuto 29

 

 

Lo primero que distinguí entre el tumulto que había en la vereda fue a Olga; estaba recostada contra la puerta de su casa, con los ojos perdidos en el piso.

Algunas viejas la rodeaban y parecía que le estaban dando muestras de apoyo o vaya a saber qué es lo que le dan a una persona cuando está sufriendo sobremanera, luego de dedicar las tardes a sacarle el cuero.

No tuve necesidad de mirar hacia el cuerpo tapado para saber lo que había ocurrido.

—Olga —dije casi en un susurro. Tuve que reprimir la necesidad de llorar al saber a mi amigo muerto.

La rodeé con mis brazos y se dejó caer sobre mí.

—¿Sabés algo, Ramiro? —me preguntó—. ¿En qué andaba mi hijo?

No pude soportarlo y empecé a llorar junto a ella. Olga merecía tener algunas pistas respecto a los ambientes que frecuentaba Santiago, pero debía ser prudente al develarlo.

 

 

Minuto 30

 

 

—Mamá, mamá —llamé con la boca pegada a la puerta—. Mamá, soy yo, Rocío.

Pegué el oído a la puerta, adentro parecía que no había nadie.

Me resultaba extraño que hayan salido, pero era posible. Golpeé la puerta con los nudillos procurando no alterar el silencio que predominaba en el pasillo y no llamar la atención a los vecinos.

Al golpearla, la puerta hizo un chirrido y se apartó del marco. La empujé y me encontré con una habitación vacía y a oscuras.

—Mamá. ¿Estás en casa, Mamá? —volví a llamar con un poco más de volumen, después de cerrar la puerta.

Encendí la luz del comedor. Lo único que oía era el sonido de la madera bajo mis pies, caminé hacia el dormitorio, con la esperanza de encontrarlos durmiendo.

—Mamá —susurré, antes de cruzar la puerta.

 

 

Minuto 31

 

 

Era insostenible la situación, hacía meses que llegaba borracho y venía derecho a cogerme, como si yo fuera una puta, al principio no me resistí, pero se puso cada vez peor, más violento y agresivo de lo que ya era. Las veces que me negaba terminaba insultándome y reventándome a trompadas. Se iba amenazándome de muerte, que iba a volver y a volarme la cabeza de un balazo. Aparecía a los pocos días, siempre en el mismo estado y todo volvía a empezar.

Por eso decidí esconder la cuchilla bajo la almohada, para evitar que siguiera repitiéndose esta situación. Te juro que la intención era asustarlo, porque yo sabía que me quería. Pero cuando vio la cuchilla en lugar de retroceder se puso furioso, me agarró de la muñeca y me dio un cachetazo con la otra mano. Con la poca fuerza que me quedaba estiré las piernas y lo empujé. Perdió el equilibro por la borrachera que tenía encima y cayó de lado. Hizo un ruido seco cuando golpeó la cabeza contra la mesa de luz.

 

 

Minuto 32

 

 

Ofrecerle disculpas no estaba en mis planes, por el contrario, volví a la enfermería con la decidida intención de humillarla frente a todos, demostrarle fehacientemente que ya había dejado de ser dueña de sí. Yo expropié su cuerpo, su mente y su alma, ahora me pertenecía. 

No será un trabajo difícil, ya que su reputación dentro del hospital jamás tuvo mucha consideración, más cuando se corrió el rumor de su amorío conmigo.

—¿Qué pasó? —le pregunté al guardia de seguridad, al ver el alboroto en la enfermería.

—Parece que la nueva tuvo una crisis en el baño y rompió todo. 

Ahora un par de turritas le brindaban contención, si serán hipócritas, critican hasta el esmalte de uñas que lleva puesto, y ahora se desviven por atenderla.

—Tengo un videíto que te va a encantar —le dije al guardia—. Es de la minita que le gusta romper cosas —los granitos de sus mejillas brillaron por la excitación—. Puedo darte una rica propina si lo haces circular por las redes sociales.

 

 

Minuto 33

 

 

—Me encantaría denunciarlo —dije luego de permanecer callada un buen rato. Mis compañeras prestaron atención a mis palabras—. Pero ¿cómo lo hago? — me largué a llorar con desconsuelo, Rita volvió a abrazarme como si se tratara de su hija e intentó calmarme.

No era la primera mujer que pasaba por este calvario dentro de la institución. Me había llegado el rumor de que varias chicas sufrieron la misma situación que yo, y decidieron renunciar porque no pudieron soportarlo.

Su sola mención llenaba a las dos compañeras que me rodeaban de asco y rechazo, eran totalmente conscientes de su influencia y la situación les generaba tanta impotencia como a mí.

Lo vi pasar frente a la puerta de la enfermería y me levanté. Rita y Silvia se quedaron boquiabiertas cuando fui tras sus pasos.

 

 

Minuto 34

 

 

Una muchacha en ese estado era capaz de hacer cosas con un grado de imprevisibilidad de la que puede arrepentirse toda su vida. Fui tras ella luego de un segundo en que quedé pasmada, razonando lo que estaba ocurriendo.

Por un momento deseé con el alma que lo alcanzara y le hiciera pasar el peor momento de su vida. Por qué tendremos esa necesidad de reprimir el verdadero sentimiento que nos embarga, pensé durante el tiempo que duró ese deseo; seremos tan cobardes que somos capaces de soportar el constante hostigamiento con tal de cuidar la chacrita. Porque el poder que cree poseer no es más el que nosotras mismas le facilitamos.

Sus ínfulas no se conforman con la obediencia, es necesario que la humillación y el dolor brote por los poros de la otra persona, pulverizándole mente y alma.

La tenía a dos pasos de distancia, él seguía caminando sin percatarse de que lo perseguían, estiré el brazo para detenerla, lo medité un segundo y volví a bajarlo.

 

 

Minuto 35

 

 

Las piernas me temblaban durante los pasos que di desde al auto hasta la puerta.

Nunca en mi vida tuve la osadía de realizar semejante acto, descender del taxi para alcanzar a una mujer sin la menor idea de qué decirle cuando quede cara a cara con ella.

Descubrirlo me hizo dudar, evalué la posibilidad de dejar esta locura de lado y volverme al auto. Qué pensará la muchacha cuando vea a este dinosaurio, a esta especie en extinción cuando abra la puerta. Llama a la policía o se tira al piso a reírse. Prefería bancarme la denuncia que la cachetada a la autoestima.

Respiré hondo, miré hacia el cielo deseando que los astros que pululaban por la vasta extensión del universo estuviesen alineados a mi favor.

Llamé a la puerta con dos golpes cortitos. Pasaron algunos segundos y no se oía nada, como si la casa estuviese desierta. La eternidad transcurrida en esos los segundos me hizo desistir de la idea y me volví con la intención de no volver a pasar por esa cuadra.

 

 

Minuto 36

 

 

—Qué rostro este veterano —dije un tanto avergonzada—. Qué valor para bajarse y llamar a la puerta. —La actitud me generó un calor que hacía tiempo no sentía.

Era extraña la sensación, el dejo tenebroso que podía suponer la visita de un extraño a esa hora de la madrugada, se confundía con la excitación de una persona que me inspiraba confianza.

Lo contemplé por el espejo del taxi durante el recorrido, esos ojos sombríos, con muestras de cansancio y dolor, me llenaron de ternura y compasión. Incluso me hizo olvidar al imbécil que había dejado caliente en la puerta de la emergencia.

Esperé un momentito para observar la reacción. Lo vi girar y volver al auto, me apresuré en caminar hasta la puerta y abrirla.

Ya estaba subiéndose.

—Qué hago —me pregunté en voz alta. Volvió la cabeza y me vio parada en la puerta.

 

 

Minuto 37

 

El arma puede convertirse en la llave que termine de cerrar las heridas que provocan el movimiento del velo.

Se torna la opción más digna al corroborar en el repaso de los esfuerzos realizados, que dentro del amor expresado lo único genuino que contenía era el deseo de ser celebrado y aceptado por los demás. Una vez que consentimos el fracaso de dicha empresa, el orgullo se fisura, redundando en una constante negativa que cimenta la idealización de una perpetua contradicción en la que termina depositándote tu vida. 

La sangre gotea minuto a minuto, y es allí donde el arma toma un rol preponderante, para ponerle fin a la hemorragia.

Un revólver calibre treinta y ocho, con una sola bala en su tambor, requiere tres elementos. Determinación al momento del disparo, precisión en la ejecución. Y fundamentalmente, ser efectuado a tiempo. Cuando llegue la hora exacta.

 

Minuto 38

 

No sé dónde ni en qué lugar escondía esta veta sádica, pensé mientras volvía a meterme en la ducha. Hacía años no experimentaba una excitación tan grande al poseerla sobre mis dominios.

Qué complejas y laxas son las decisiones que adoptan la consciencia humana, reflexioné, cómo la cólera puede transformarse en placer y retomar las sendas del odio nuevamente, sin mayores sobresaltos, sin culpa. 

—Ya no te contiene lo suficiente, el nene que mantenés —le dije cuando bajé de la cama y di los primeros pasos rumbo al baño.

Refunfuñó entre dientes causándome una sonora carcajada.

Volví al living luego de agarrar otra cerveza. Me vestí mientras bebía, sin ocultar la satisfacción. Terminé de aprontarme y salí a la calle.

La noche seguía allí, con la escenografía dispuesta y esperando. 

 

Minuto 39

 

Dejé pasar un tiempo prudente antes de salir del dormitorio. Para mi suerte ya se había ido, deseé con el alma que esa fuera la última vez que volviera a pisar la casa. No quería volver a ver esa inmunda cara de morsa.

El asco que me produjo ese momento, me dejó llena de náuseas. Entré al baño y no me reconocí cuando me miré en el espejo. Las lágrimas desfiguraban mi rostro, me sentí una basura, la peor mujer del mundo.

Había sido vejada, humillada completamente por la persona que en algún momento amé y no fui capaz de ofrecer ningún tipo de resistencia.

Quise gritar para liberarme del sentimiento que oprimía mi pecho, pero ni siquiera ese desahogo era posible.

Volví al dormitorio con la firme idea de llamar a Santiago e irme de esta casa.

 

Minuto 40

 

Y ahora qué tendré que hacer, me pregunté. Del otro lado todo seguía igual.

Ya no sentía dolor, solo una pequeña picazón que me dejaba algo confundido. Había pasado realmente, sí. Estaba muerto. Estaba tirado en la vereda, luego de que una bala me entrara por la espalda.

Esto es la muerte, me dije. No podía ver nada, solo oía las voces que hablaban cerca de mi cuerpo. Mamá había estado llorando con desconsuelo, los milicos daban vueltas, iban y venían haciendo mil conjeturas del posible autor del disparo. Me había parecido escuchar a Ramiro cuando llegó, él es el que sabe todo, a él deben preguntarle. Pero claro, yo estaba bajo esa tela, sin posibilidades de declarar.

Qué sería de mí, una vez que me enterraran, una vez que los gusanos se apoderaran de mi carne. Quise gritar, sacudirme, golpear las manos, pero nada de eso fue útil, ya era demasiado tarde. En este mundo no había más tiempo para mí. Se me terminó la hora.

 

Minuto 41

 

Olga había recogido del suelo el teléfono celular de Santiago luego que su hijo dejara de respirar. El sonido del mismo al recibir una llamada hizo que los policías pusieran atención en las manos de la mujer.

De inmediato me lo tendió y quedé con el aparato sonando en mis manos.

—¿Quién es? —me preguntó—. ¿Quién está llamando? —descompensada completamente volvió a romper en llanto—. ¿Por qué tengo que estar pasando por esto, por Dios? ¿Por qué debo sufrir tanto?

Los gritos desesperados de la mujer llamaron la atención de todos, quienes con cierto grado de impavidez no supieron cómo reaccionar. La rodeé con mis brazos y procuré brindarle la mayor contención que pude, una señora llegó con una silla, la conduje con precaución para que pudiera sentarse y estabilizar su respiración.

El teléfono volvió a sonar. Luego de ver quién llamaba atendí.

 

Minuto 42

 

La ambulancia se llevó el saco de alcohol que había quedado desmayado al borde de la cama. Mi vieja sentía algo de alivio, pero esta vez tuvo suerte, porque en el momento que se lo quitó de arriba, pudo perder más que la suerte que la acompañó. Me quedé a esperarla hasta que llegara la policía. No existía otra opción que denunciarlo y evitar por todos los medios que volviera a acercarse.

—Mamá —dije abrazándola—. Estuve guardando un poco de plata.

Ella seguía mirando el charco de sangre que había quedado en el piso. Ya no temblaba, pero se le notaba el miedo que sentía, porque sabía que en algún momento, cuando tuviese la primera oportunidad iría por la revancha.

—Por qué no agarrás algunas de tus cosas y nos vamos de acá —la propuesta pareció no interesarle hasta que volví a hablar—. A mí también me están persiguiendo.

 

Minuto 43

 

—Arriba las manos —me gritó el cana—. Mantené las manos en alto.

Eran cuatro policías apuntándome con sus revólveres, mis posibilidades de sobrevivir eran nulas si disparaba contra alguno de ellos. Sin dejar de apuntarme, se acercaron y no demoraron en desarmarme y esposarme.

Ninguno habló, ninguno me puteó, como ya lo habían hecho en otras veladas, como solían hacerlo en las diferentes citas que tuve con los miembros de este honorable cuerpo.

—Fui un idiota en aceptar tan poca guita por este laburo —murmuré dentro del patrullero. Sabía que no era un apriete común, este gil tenía gente pesada atrás, y los milicos me daban la razón al tratarme como un reo VIP.

—Todo mal —me mandaron callar cuando grité y me di la cabeza contra la mampara. Qué gil soy, hago todo mal cuando me paso de merca, sino me hubiese mandado la cagada de disparar estaría gozando de buena salud.

 

Minuto 44

 

El escupitajo que le dio Patricia en la cara fue como pretender apagar un incendio con un bidón de nafta. Sosegar a un neurótico con una cachetada al orgullo era una estrategia poco inteligente. Llegué a interponerme entre los dos antes de que el escupitajo se convirtiera en una escena lamentable.

—Dejala en paz —le grité descargando mis depósitos de adrenalina. Se quedó serio mirándome con su típica cara petulante.

—Ya se va a arrepentir —se limpió la cara con la manga de la túnica y desapareció.

Respiré hondo durante unos segundos, Patricia también se había esfumado. Llegué a la enfermería exhausta y con nerviosismo. Ella estaba sentada con los codos sobre la mesa y las manos en la cabeza, mirando fijamente el teléfono celular. Sonó el mío y también el de los que estaban allí. Casi al unísono llevamos la atención al aparato, antes de volver la vista hacia ella, que comenzaba otro capítulo de su pesadilla.

 

Minuto 45

 

No resistí ver el vídeo hasta el final.

Dejé de sentir las piernas, las manos y me desvanecí sobre el escritorio. De forma cándida traté de encontrar un motivo razonable que justifique el accionar despiadado que ejerce un individuo sobre otro.

—Mi amor, Patri —escuché, la voz de alguien que intentaba devolverme del desmayo. Pero me negaba a responder, no sentía necesidad alguna de permanecer en el mundo de los conscientes. Por el contrario, en el único lugar donde podía sentirme a gusto en este momento era bajo tierra.

Cuántas personas en este mismo momento estarán regocijándose con este vídeo, pensé, con cuántos comentarios descalificadores me estarán apuntalando y dejando como una atorranta. Mi futuro en ese momento pendía de un hilo, la sola idea del vídeo inundando las redes sociales me dejó knock out.

 

Minuto 46

 

—Bien hecho, pibe —le dije al pendejo de la empresa de seguridad—. Soy un hombre de palabra —tomó el billete, agradeció y quedó mirándoselo como si le hubiese ofrecido una criatura fantástica.

El vídeo no demoró más de dos días en tomar dominio público, festejé mi victoria con un saque cuando me subí al auto. Luego de esto, no se olvidará jamás de que las mujeres son propiedad de sus hombres y están al servicio de quienes las poseen.

Paré el auto frente al club y bajé con la intención de saciar el hambre de una jugosa concha. Un flaco de canguro me chistó desde atrás de un árbol, interceptándome antes de que pudiera cruzar la calle.

—A dónde vas —me dijo poniéndome una mano en el pecho—. Señor machito, vas a tener que retractarte. —Le mostré todos los dientes de forma irónica, desestimando su pedido antes de sentir el frío caño del revólver en el abdomen.

 

Minuto 47

 

En mis cuarenta años de vida nunca había experimentado algo similar, jamás imaginé protagonizar una situación donde entregaba mi cuerpo completamente, despojada de cualquier tipo de prejuicios con un desconocido y vivir un instante sublime.

Lo contemplé durante unos segundos mientras observaba el techo del dormitorio con cierta incredulidad.

Me llenaba de satisfacción descubrir que detrás de esa mirada que se extraviaba en el espacio, existía un hombre sensible, amable y dulce.

Cuando regresó del taxi hasta la puerta, me sentí inmovilizada por el pánico, pero de inmediato su talante me dio motivos para confiar y recibir el amanecer de un modo inefable.

Tomamos algunos tragos, mientras desmenuzábamos nuestras vidas con total despojo, antes de coronar la velada entre las sábanas. 

 

Minuto 48

 

Elegí al azar uno de los bancos de la plaza para sentarme. Miré el reloj por primera vez a las tres de la mañana, aún no había recibido ningún mensaje. Masajeé el caño del treinta y ocho, mostrando señales de nerviosismo. Ya tendría que haber recibido las primeras novedades y aún nada.  Mi actitud pasmada y cavilosa había desaparecido.

Las dudas empezaron a adueñarse de mí, procuré alejarlas tan rápido como llegaban, con conjeturas tan disparatadas como las propias dudas. 

Una silueta cruzó el perímetro de la plaza y se dirigió hacia el lugar donde permanecía sentado. Mantuve mi actitud lo más relajada posible, hasta que logré identificar al hombre que se acercaba a mi posición.

Mi suerte quiso que fuera el mozo del bar al que acudía todas las noches.

—Maestro —lo saludé—. Qué anda haciendo por acá.

Era la primera vez que le decía otra cosa que no fuera “café” y “la cuenta”.

 

 

 

 

Minuto 49

 

Me senté junto al pelado, sin responderle su tentativa de saludo. Permanecí allí unos segundos, imitando la postura que adoptaba en el bar.

—Usted debe saber que me tortura verlo noche a noche en el bar —comencé diciéndole—. Supongo que apreciará mi confiabilidad para conocer su secreto —largué todo el rollo sin escatimar en sutilezas. Estaba viviendo un momento en que la resignación había dado paso a algo peor: el desprecio por todo y no era momento de fijarse en las formalidades.

Fijó su vista en un punto de la noche como si allí adelante estuviera su taza diaria de café e ignoró mi pregunta.

Apoyé mi espalda en el respaldo del banco, tiré la cabeza hacia atrás y contemple el cielo. El hombre seguía allí, impertérrito, vaya uno a saber en qué trance. Encendí un cigarro, le extendí la caja ofreciéndole un tubo de cáncer que aceptó sin agradecer.

—¿Alguna vez le concedió la muerte a otro individuo? —me preguntó.

 

Minuto 50

 

Corté la comunicación con Ramiro y quedé sentada en el sofá. No lloré, no grité, no hice nada.

—Lo siento —dije y perdí toda función motora. El celular se resbaló de mis manos y cayó, desperdigando sus partes por el piso del living.

Santiago muerto, era inconcebible, cómo una personita que aún no había empezado a vivir estaba muerta. Pero era así, nadie sería tan imbécil de jugar con la vida de otro y menos Ramiro, que era su hermano de la vida.

Algunas lágrimas descendieron por mis mejillas, como si pretendieran homenajearlo con su lento desfile.

Me levanté con toda intención de ir a verlo, me resistía a creer lo que había ocurrido, debía comprobarlo con mis propios ojos. Abrí la puerta y la mano gorda de Cara de morsa me frenó devolviéndome a la casa. 

 

Minuto 51

 

No tuve más remedio que confesarle todo a Olga, sabía en qué pasos andaba su hijo, que lugares frecuentaba, que sustancias consumía, de dónde conseguía el dinero que le traía y la gente que lo rodeaba.

La alejé del grupo de curiosos que seguía en el lugar, y de las orejas policiales. Correspondía que ella supiera la verdad, al menos mi porción de la verdad, antes que otros la supieran. Entramos a la casa, la senté sobre la cama y le preparé un té.

—Yo sabía que en algo raro andaba —dijo ella. El hilito de voz se le extinguía luego de pronunciar algunas palabras—. Siempre me dejaba plata en la mesa de luz. Y alguna notita diciendo que estaba bien. Pero nunca dejé de sospechar.

La mirada de Olga reflejaba el desconsuelo de una mujer derrotada.

—Cuándo se entere el padre —mencionó a su marido y no pudo volver a hablar.

No supe precisar si era el momento adecuado o no, pero cuando quedó el silencio de por medio, empecé a desmenuzar todo lo que sabía.

 

Minuto 52 

 

Volvimos de la comisaría luego de hacer la denuncia y metimos todo lo que pudimos dentro de dos bolsos y una mochila de campamento.

—De nada sirve que nos quedemos acá —le volví a insistir cuando la vi dudar—. Acaso querés que vuelva con todo su resentimiento y te mate.

Dejó los bolsos sobre la cama y se sentó a llorar. No entendía como la mujer que me parió estaba dispuesta a arriesgar su vida por dos míseras piezas llenas de humedad.

—Sé muy bien que hace años no te hablás con ella —la intimé—. Pero nos va a recibir a las dos, y aunque no sea por vos, lo hará por mí —saqué uno de los rollos de billetes que tenía guardado y se lo mostré—. ¿Ves? Es suficiente para los pasajes y para colaborar hasta que encontremos trabajo.

Agarramos los bolsos, le pusimos candado a la puerta y salimos a la calle.

—Al puerto —le dije al taxista cuando subimos.

 

Minuto 53

 

Rita venía a verme y controlar que todo estuviese bien varias veces durante su turno. Me hablaba, me acariciaba la frente y alentaba.

—Al parecer anoche le dieron un balazo en el abdomen y está delicado. —Mis párpados se movieron al escuchar la noticia—. Tranquila mi cielo, vos descansá que es lo único que necesitas.

No tenía la menor idea del día en que vivía, la hora, ni el motivo que me tenía postrada en una cama desde hacía tiempo. Solo reconocía la voz de Rita cuando venía a cambiarme el suero y a bañarme.

—Estas hermosa como siempre —Rita nunca escatimó en halagos. Jamás dudé de su sinceridad. Creo que fue la única compañera que tuve realmente durante mi estadía en el hospital, como enfermera, claro está. Y como paciente también. Al menos era a la única que oía y el interminable pitido de la máquina que me mantenía en el mundo de los vivos. Quizás lo mejor fuera que el sonido intermitente tomara una forma constante.

 

Minuto 54

 

—Te podrían haber metido plomo en la cabeza, así desaparecías de una buena vez, hijo de puta —luego de visitar la sala de Patricia, fui a la del imbécil—. Te volvería a abrir la herida para que te desangraras, poco hombre. Bien dicen, yerba mala nunca muere.

Antes de cambiarle el suero, jugué con la vía para que tenga un motivo más para quejarse cuando se despertara. Volví a insultarlo y salí de la sala.

Por suerte estaba terminando mi turno, me cambié y taché otro día en el almanaque que tengo en el vestuario. Cada vez me queda menos para la jubilación, pensé con alegría.

Caminé hacia la parada del ómnibus meditando sobre mi actitud, nunca había sentido tanto repudio por un ser humano, siempre me consideré una mujer generosa y de buenos sentimientos, pero este individuo era capaz de hacerme aflorar lo peor.

Tuvo mucha suerte, no sé si tuvo algo que ver con el asunto del vídeo, pero espero que le hayan bajado los humos al mal parido. Pagué el boleto y me recosté en el asiento.

 

Minuto 55

 

Podía ganar tiempo culpando a la zorra que me robó, era una idea que solo serviría para ganar minutos, antes de recibir otra paliza monumental.

—Le disparaste al hijo del zar de la salud, idiota —el milico se llenó la mano con mi mentón, dejándome estampado contra la pared. El trato preferencial se diluyó una vez que pisé jefatura.

Improvisé que fue un encargo, que debía apretarlo para que dejara de lado ciertos asuntos. Dos piñas más por no mencionar con claridad “ciertos asuntos” y otra por las dudas.

—No sé quién es —dije sin mentir—. Se me acercó un día, me dio un fajo de billetes para que mandara silenciar al médico —otra tanda de trompadas.  

 —No mientas, pichi —dos piñas más en las orejas.

—Al parecer le hizo algo a la hija, pero no me dio muchos detalles —me agarró de los pelos y me escupió en la cara. Aflojó con los golpes cuando mencioné su aspecto físico y el lugar en donde me citó para darme detalles del encargo.

 

Minuto 56

 

—En mi bolsillo tengo un revólver con una sola bala —le dije luego de oír durante algunos minutos su asombrosa confesión. Estuve yendo semanas al bar, y si bien no reparé con muchos detalles en su actitud, jamás imaginé que escondería las agallas necesarias para quitarle la vida a otro ser humano y deshacerse del arma con tanta facilidad.

—Aún tengo las manos sucias con sangre, caballero —apuntaló de forma intimidatoria.

Por primera vez nos miramos a los ojos y comprendí que era capaz de todo, de desarmarme y matarme ahí, en medio de la plaza.

—No me mal interprete —aclaré—. Solo quiero desnudar mi verdadero sentir, el que tanto me costó gestar en la mesa de su bar y dar a luz a metros de la puerta.

La calma parecía haber retornado, aunque el mozo continuaba con la guardia en alto, sin quitarme los ojos de las manos y fingiendo comodidad.

 

Minuto 57

 

—Cometí el gravísimo error de actuar bajo los efectos de la desesperación y confiar en un narcotraficante de poca monta para vengar la integridad de mi hija —dijo el pelado—. A esta hora debería tener novedades, pero aún nada —agregó.

Relató los sucesos que padeció su hija en su lugar de trabajo, dejándome absorto por lo despiadado de las acciones, a pesar que yo no era una persona moralmente adecuada para realizar algún juicio de valor. Algo en el pelado no andaba bien, pero en mis horas de especulación jamás imaginé algo similar.

—Cuánto puede demorar un energúmeno de estos antes de abrir la boca —dijo rendido—. Por eso tengo conmigo este revólver con una sola bala.

Indicó el lugar donde ingresaría cuando llegara la hora. Negué con la cabeza y con un rápido movimiento le quité el arma de su mano.

—Usted tiene motivos para luchar —le dije—. Yo ya estoy perdido.

 

Minuto  58

 

—Seguramente ignoras por completo lo hermosa que sos —le dije con mi voz de viejo cursi. Ella sonrió y me abrazó con ternura.

No debía ser cierto que un veterano de mi calaña, cascoteado por los años y la vida, esté acostado en la cama de una mujer casi quince años menor que yo.

Evité la idiotez de preguntarle qué hacía una mujer como ella con un pedazo de cuero desvencijado, pero pareció adivinar lo que pensaba.

—Sucede que estoy cansada de los forros que pululan por la ciudad —me dijo al oído—. Vos sos un hombre de verdad, sensible y tierno.

 Me besó con la misma intensidad que lo hizo minutos atrás y nos refujiamos bajo las sábanas. No sabía que podría pasar de aquí en más, no quería pensar en ello, tampoco me importaba mucho, solo pude recordar una exquisita pronunciación en latín de los versos finales de la oda número XI de Horacio.  

 

Minuto 59

 

—Usted tiene una hija que proteger y cuidar —me desarmó de inmediato y apuntó directo a mi frente —. Mi vida acaba de terminar. Esto no le será de utilidad alguna en su poder, sin embargo a mi puede liberarme del exceso de equipaje —estrechamos nuestras manos y sin decir palabra desandamos los pasos que nos encontraron en la plaza.

Me senté al lado de Patricia, tomé su mano y le susurré al oído, le hablé como lo hacía cuando no podía conciliar el sueño durante su niñez y sentí con alegría la presión de sus dedos—. Todo estará bien, mi amor —la besé en la frente—. Papi está contigo.

Afuera un barullo rompió el silencio reinante, algo me dijo que debía abandonar el lugar momentáneamente. Tres policías se aproximaban, era obvio que venían por mí, eludí su búsqueda escondiéndome en la habitación contigua a la de Patri, miré al huésped con discreción procurando no incomodarlo y me llevé una gratísima sorpresa.

 

Minuto 60

 

—Fuiste vos, hijo de mil puta —le grité, descargué mis puños sobre su pecho, lloré con rabia y lo único que tuve a modo de respuesta fue su cara de morsa, repugnante y nauseabunda que no expresaba nada—. No era necesario que llegaras a tanto, no tenías por qué terminar con su vida.

Continuó sereno, sin quitarme los ojos de encima y en silencio. No era posible prever los movimientos que realizaría, ya que su cara de morsa no transmitía absolutamente nada. Solo me producía más asco.

—No puedo creer que me haya casado contigo —le grité—. Fui tan estúpida.

Se sentó en el sofá y escuchó sin decir palabra, nunca llegué a conocerlo a pesar de los años de convivencia, pero ahora me resultaba un completo extraño.

—Llegó la hora —pronunció con los ojos llenos de lágrimas —. A todos nos llega.

La totalidad de su cuerpo comenzó a temblar cuando se aferró al gatillo. 

 

 

Publicado en Novelas por entrega

 

JOSÉ OCHURTE, EL ÚLTIMO KILIWA

Marta Aragón R.

 

 

Conocí a José Ochurte Espinoza en la década de los setenta cuando iba a venderme manzanas y a comprar el mandado que acostumbraban mercar los kiliwa para complementar su alimentación tradicional, café, azúcar, manteca, harina, arroz, frijol, valvitas y pastas. Él me vendía manzanas o miel, y yo a cambio le daba el equivalente en mercancía que depositaba en un saco para llevarlo, a lomo de bestia, hasta Arroyo de León en donde vivía cuidando de un rebaño de chivas que le daban sustento.

Era un hombre muy alto, en aquellos años joven, de cara noble y equilibrada; para cruzar el dintel de una puerta se inclinaba para evitar golpearse la cabeza; así de alto era, cercano o igual al 1.90 m o tal vez más, también sus hermanos Trini y Cruz a quienes conocía de vista cuando iban al mandado siempre vestidos de mezclilla, yompa y pantalón de los que ahora les dicen Levi’s 501, y tejana de fieltro.

Su otro hermano se llamaba Teodoro, pero en el pueblo le decían Chimicuil y se contaban muchas anécdotas de él que dejaban en claro su carácter marrullero y tramposo, del que fui víctima por gusto propio, porque aquel kiliwa pícaro y ventajista me divertía mucho, pero éste es tema para otro texto.

José en cambio, era muy tímido y reservado, en parte porque no dominaba el español, lo que dificultaba un tanto la comunicación y se mantuvo soltero casi toda su vida. No voy a dar pormenores de su vida, pero si expresaré los sentimientos que el pueblo kolew provoca dentro de mi alma.

Conocí poco a José Ochurte Espinoza, pero lo sentí mucho cuando supe que había muerto el último del linaje Ochurte. Por azares del destino colaboré con Arnulfo Estrada y Leonor Farlow Espinoza en la elaboración del Diccionario Práctico de la Lengua Kiliwa; yo hice las ilustraciones y la imagen de la portada. Estuve presente en algunas ocasiones en que Arnulfo rescataba esta lengua por la hablante Leonor Farlow. Con Leonor sostuve una relación distinta; para mí era alguien cercana: la madre de Leonor, Josefa Espinoza Cañedo, había trabajado con los abuelos de mi esposo, Salve y Bertie Meling, y existía un lazo de familiar cariño entre Leonor y yo; lo que me acercó bastante a su pueblo, a su sentir, al orgullo de ser kiliwa.

En aquellos años se decía que quedaban cinco hablantes de la lengua kolew y José y Leonor, parientes además, eran dos de ellos.

La semana anterior supe que se había reducido el número, y el domingo pasado me enteré que José Ochurte Espinoza había fallecido. Que un día amaneció muerto y es todo lo que sé. Pero el hecho de enterarme desató en mi interior una tormenta de desánimo y de sentimientos encontrados: rabia por la indiferencia ante la extinción de un pueblo y tristeza por este suceso irreversible.

Ya en aquellos años, el hecho de que los kiliwa estuvieran a punto de desaparecer de la faz de la tierra y que su lengua estuviera en peligro de ser devorada por el OLVIDO —si no hubiera sido rescatada por un hombre consciente que dedicó paciencia, esfuerzo y cariño en lograr este sueño: que la lengua de este pueblo que habitó en estas tierras durante miles de años, que fueron libres, orgullosos y fuertes, quedara registrada en un libro como memoria de su existencia y de su paso por esta tierra—, me causaba un sentimiento de frustración por la indiferencia evidente, ya que se hacía un esfuerzo notable y mayúsculo por evitar la extinción de una especie animal, digamos el berrendo, la vaquita marina, pero no por el manifiesto declive del pueblo kiliwa, por los pueblos originario como éste gran pueblo no se hacía ni se hace esfuerzo alguno. Se hacía muy poco ante la lenta agonía de una cultura nativa.

Volví a ver a José Ochurtre ya en el siglo XXI, en una de las fiestas de Arroyo de Leon, y lo visitamos en Las Parras donde vivía y cuidaba a sus chivas. Su casa era muy rústica y de lámina, sin agua corriente ni electricidad. El lugar era muy pobre, pero muy limpio; era un hombre ordenado, parecía no tener vicios, ya que no había ni colillas de cigarro ni rastros de licor. Seguía siendo muy alto, pero muy delgado, Había perdido los dientes, y me recordaba mucho la cara triangular de barbilla puntiaguda de Chimicuil. Estuvo muy contento porque le llevamos provisiones. Comimos con él. Nos contó cómo había muerto Chimicuil en años pasados. Creo que lo vi una vez más en un evento que involucraba a su pueblo.

Algunos años después, supe que se había casado y vendido su posesión, ya que Kolew Ñimaat se había convertido en el Ejido Kiliwa, luego que la Reforma Agraria redujo su ancestral territorio a menos de veintemil hectáreas. Dejaron de tener un Capitán del linaje de los Ochurte o de los Espinoza para tener después de este cambio el Comisariado Ejidal, y se fue a vivir con su mujer al Valle de la Trinidad. El matrimonio no fue para toda la vida, José Ochurte murió solo en el Valle, y allí las casas no se queman ni se realizan ceremonias de duelo.

Ignoro cómo fue su funeral, pero casi estoy segura que no fue de acuerdo con las tradiciones kiliwas; quisiera pensar que sí; que su espíritu viaja entre las estrellas del cielo kiliwa, que lo recuerdan los borregos cimarrones, los venados, los coyotes, las aguilillas, los piñoneros, los encinos y los mezquites.

Quiero pensar que el canto de los cuervos parten en dos al cielo cuando pronuncian su nombre: José Ochurte Espinoza, el último de los kiliwa.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
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