Blog El descarnamiento del Arte

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Reflexionando sobre “El peligro de una sola historia

Sergio Salinas

 

Siendo lectores estamos expuestos a las historias. Qué digo, también como seres humanos somos vulnerables ante ellas. En múltiples ocasiones somos espectadores, y algunas veces, lo queramos o no, protagonistas. También, en más de las que quisiéramos admitir, narradores.

Esto nos puede hablar un dar una idea de lo infinito que es el universo de las historias. La realidad es conformada por un gran matiz de éstas. Cada una con una tonalidad única, capaz de darle existencia a un sinnúmero de perspectivas; todas casi tan valiosas intrínsecamente por el hecho de ser humanas.

Sin embargo, las estructuras sociales no pueden concebir que existan tantas posibilidades; para la humanidad, es necesario un límite marcado de estas historias para dibujar un esbozo simple de la existencia. Un criterio capaz de otorgar valía y de definir cuáles son aquellas historias que “en realidad” representan a la realidad. Sin ahondar mucho en el tema, los criterios han sido de todo tipo: estéticos, políticos, sociales… pero más que nada, impuestos.

Ante el filtro de estas narraciones, como consumidores de historias a veces nos quedamos con una visión corta (¡cortísima!) si la comparamos con la infinidad posible de visiones. Y este ejercicio, a lo largo de los años, ha generado una riesgosa situación de presentar una sola historia para cierta persona, para cierta comunidad, para cierto pueblo. Las vertientes bellas u horrorosas que conforman la naturaleza humana de estos individuos resultan en un solo cuadro parcial de la realidad. Una fotografía reducida, la cual se toma como la única verdad sobre ellos.

Chimamanda Adichie, escritora nigeriana, invierte una gran parte de su imagen pública para advertir sobre el peligro de este cuadro parcial de la realidad y las consecuencias de contar, o escuchar, una sola perspectiva. Ha dedicado su obra a narrar historias contemporáneas africanas a través de abaladas novelas, publicadas desde sus estudios en la Universidad Estatal del Este de Connecticut. Sus experiencias internacionales y ávido consumo como lectora, la han llevado a generar esta reflexión, la cual ha presentado en numerosas plataformas; una de ellas a través de TED Talks, bajo el título de “The danger of a single story”, fácilmente encontrable en Youtube.

Con base en su conferencia, he permitido surgir algunas reflexiones en torno a las peligrosas consecuencias de contar (y escuchar) una sola historia. La primera, tal vez la más relevante de estas, implica el desarrollo y perpetuación de estereotipos y prejuicios hacia personas, colectivos o pueblos, lo cual tiene como grave consecuencia el despojo de la dignidad de estos. Las historias y sus narradores son capaces de deshumanizar, limitar e imponer perspectivas que son versiones incompletas ante la complejidad y belleza de la naturaleza de los pueblos.

Estas estructuras de pensamiento trascienden histórica y culturalmente, perpetuando la desvaloración de ciertos individuos y comunidades. En ocasiones, estos se vuelven cánones o tabúes, casi sagrados. Para mí, esto es perpetuar la mentira en gran parte. Y esta mentira nos aleja los unos de los otros; limita el reconocimiento hacia los demás y nos hace menos empáticos ante la situación del prójimo.

Una sola versión de los protagonistas en estas narrativas limita la capacidad de generar una identidad por parte del individuo lector. El discurso oficial limita a los personajes; muchos lectores quedan fuera del recurso literario debido a su incapacidad para identificarse con historias similares a las suyas, y mantienen lineamientos sociales, políticas y culturales en las cuales, consciente o inconscientemente, se comprometen a preservar, pues no conocen otra versión de sus propias historias. Y muy baja es la cantidad de rebeldes que deciden cambiar el rumbo de su propio cuento.

Es ya muy conocido el mecanismo, brevemente comentado en el párrafo anterior, bajo el cual se reproducen estructuras sociales y culturales a través de las historias; así es que también el contar una sola historia es un ejercicio de poder: los poderosos son quienes generan los criterios para validar historias, así como de crear las mismas a través de diferentes vehículos. No sólo hablamos de las narraciones; esto es transferible a los discursos oficiales políticos y sociales, difundidos por la cultura, el arte y los medios de comunicación.

Por otro lado, reconocer el peligro de una sola historia nos permite también explorar las demás posibilidades positivas. Por caso, es importantísimo valorar la necesidad de proveer de recursos a escritores capaces de contar “todas las historias”. La existencia de escritoras y escritores con múltiples tonalidades ayudaría a enriquecer el panorama literario, abriendo ese cuadro parcial presentado en este texto para convertirlo en un universo más matizado de posibilidades. En primera instancia, se podrían romper los estereotipos. En segunda, se lograría una mayor identificación de personas ansiosas de escuchar historias diferentes sobre ellas mismas y sobre otras. En el ámbito cultural, podría generar una educación acerca de lo valioso y diferente de cada persona, de cada situación, a fin de crear un criterio amplio. Escuchar y escribir múltiples narraciones es un acercamiento más fiel a tratar de capturar toda la realidad, lo cual en consecuencia última, es un medio de redignificar a individuos y a pueblos enteros.

 

Como lector, como escritor y como ser humano, encuentro varios puntos de inflexión después de esta conferencia, los cuales he retomado a lo largo de este texto. Sin embargo, en un aspecto más personal: ¿cuántas veces he limitado mi propia perspectiva a causa de un prejuicio? ¿O cuándo he deshumanizado a una persona, a un colectivo, por ser sordo a sus verdades? ¿Hasta qué punto puedo defender mi propia identidad y opiniones sin diluirme en la enormidad de narraciones alternas? ¿Cuáles son los puntos que me orientan al navegar el infinito mar de historias? ¿Qué responsabilidad asumo desde mi propia identidad, ante el escenario literario y político, como hombre cisgénero, como homosexual, como mexicano, como norteño o como capitalino, o como cualquier otro aspecto propio o hacia aquello que es diferente a mí? Explorar las respuestas a estas preguntas se darán sí con el tiempo y con la experiencia, pero también con un firme compromiso ético de leer y escribir a fin de mantener las tradiciones de aquellas voces que quizás se han perdido entre el discurso oficial y la infinita realidad. De la misma forma, queda invitarle a reflexionar al respecto.

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Martes, 21 Abril 2020 01:09

Chupete / Dra. Rocío García Rey /

 

Chupete

Dra. Rocío García Rey

 

Los rayos del sol se entretejieron con una rencilla entre aquellos hombres, quienes con ahínco proferían amenazas. Uno de ellos se quitó la playera y gritó: “chupete”. La ira hizo mutis y la escena fue interrumpida por sonoras carcajadas. “Chupete”, como grito de guerra volvió a escucharse. Los demás siguieron bebiendo y el de la mona se quedó absorto. “Él me roba el trabajo”, dijo el sin playera. El mutis se rompió y volvió el jolgorio. “Déjalo en paz, ya está viejo”. “Brindemos porque es tu padre”, dijo uno.

La calle y el Panteón cercano eran los únicos testigos de aquel rito de los desposeídos. En menos de un minuto, el sin playera le propinó un golpe al viejo. Todos quedaron en silencio, pero siguieron bebiendo.

 Del labio del padre corría la sangre. El hijo arrebató la botellita del alcohol y dio un gran sorbo. El viejo seguía tirado. “Es tu padre”, volvieron a decir. Como si los sonidos que escuchara fueran los de la infancia. Arrastró el cuerpo a la entrada del polvoriento y abandonado panteón. “Chupete”, dijo nuevamente ahora en voz baja. Unas lágrimas alcoholizadas y perdidas corrieron del hijo, al tiempo que bajaba la cremallera del pantalón roto del padre. Los recuerdos juegan con el tiempo. Por ello se hace presente la imagen del hijo a los seis años. Al cuarto desvencijado llega el padre y al grito de chupete el niño cierra los ojos y sin fuerza emite un no que el padre parece no escuchar. Sin parsimonia la boca del padre se posa en el sexo del niño.

“Acuérdate, cabrón.” Grita el hijo, como implorando una seña de dolorosa memoria.  El padre, en cambio, pareció reír y declaró: “ya olvida eso. Nomás era pa´ jugar un poco”. El hijo, entonces cerró los ojos al tiempo que apretó los puños y le dio una patada en los genitales.

Las lágrimas del padre y el hijo fueron completamente ajenas al grupo de los que en ese momento descansaban en el único manantial del presente: el del alcohol barato que los hacía ser ajenos al derrumbe

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Jueves, 16 Abril 2020 01:00

Atraccion para turistas / Daniel Verón /

 

Atraccion para turistas

Daniel Verón

 

Las extensiones del campo y las casas lejanas desfilaban sin cesar por la ventanilla del tren. Allí había calles de tierra, alambrados...; el ganado que parecía estar pastando durante toda la eternidad y allí había también algunos pueblos como oasis en el desierto. Las nubes competían con perdidas bandadas de aves que escapaban hacia el horizonte, persiguiendo al Sol. Y cuando el tren atravesaba un pueblo, uno podía ver a los campesinos, tomando el mate en silencio a la puerta de sus casas; se podía ver a las jóvenes que iban al encuentro de sus novios en alguna soñadora esquina; y se podía ver algún auto levantando nubecillas de polvo por los caminos que torcían entre los cultivos.

Pero pronto oscureció y Eduardo y Guillermo dejaron atrás todo eso. Ahora sólo había pálidas luces, muy distantes en la noche, velando la tierra dormida. El cielo era como el techo de un enorme teatro, fuera del cual sólo estaba el abismo.

Sin embargo, más tarde surgieron poco a poco otras luces, muchas luces, multicolores, intermitentes, y los galpones oscuros y (más allá) los edificios se perfilaron a sus ojos, entre la escarcha que cubría el vidrio de las ventanillas. Estaban llegando y ahora la gente se levantaba de sus asientos, a lo largo del vagón y en todos los vagones, y tomaba las valijas ordenando por última vez todas sus cosas.

El tren se detuvo. Podría haber sido Roma, París o cualquier ciudad, aún de otro planeta,  pues sólo entreveían un movimiento confuso, el latido de una ciudad que no conocían.

Salieron a la estación y el frío los aguijoneó despiadadamente. ¡Adentro estaba tan caliente! Pero este frío, casi polar, resultaba intolerable.

En cuanto pudieron tomaron un taxi y así se lanzaron a recorrer sendas nocturnas, calles luminosas pero gélidas, donde la gente iba y venía. No podían ir a otro lado que no fueran sus casas, seguramente. A ellos también los esperaba una casa, aunque vacía.

Una visión fugaz del mar, la costa, las boîtes y, al fin, llegaron. Ahí debía ser. No conocían el edificio pero sí la dirección. El pasillo de entrada, quizá a una temperatura bajo cero, estaba suavemente iluminado por tubos fluorescentes  ocultos entre  unas plantas de plástico, lo que llenaba el lugar de tonalidades verdes. Una vieja alfombra invitaba hasta los ascensores.

  • Sí, esto es Mar del Plata, no cabe duda –comentó Eduardo.
  • Sí –dijo su compañero distraídamente– ¿Por qué lo dices?
  • No sé, nunca traté de imaginarme cómo sería Mar del Plata, pero debe ser así. Este pasillo habla verdaderamente de los turistas que han pasado por aquí, de los que han vivido en el edificio.

Apretaron el botón y la luz roja comenzó a bajar de numeración hasta detenerse en la planta baja. Abrieron la sombría puerta del ascensor y subieron. Dos pisos más arriba salieron a un nuevo pasillo. Buscaron el departamento. Una bombilla desnuda hería la vista desde la pared de la escalera, pero frente a ella estaba la puerta con letra “C”. Volvieron a revisar las llaves y entraron, encendiendo la luz.

Había muebles desconocidos, luces desconocidas, un piso desconocido, todo era nuevo. El departamento era más o menos la mitad en tamaño del de Eduardo en Buenos Aires, pero eso no importaba; lo que sí importaba era que, a pesar de su modernidad, era un poco húmedo y hacía casi tanto frío como afuera, no obstante ser interno. El aire helado lastimaba la nariz y los pulmones al respirar.

Del techo del dormitorio pendía una curiosa lámpara en forma de canasta que proporcionaba una iluminación al cuarto más bien íntima. Las mantas de colores oscuros, parecían delatar antiguas presencias.

  • Voy a encender una estufa, todas las que hagan falta para calentar esto.
  • Como quieras. Yo voy a preparar algo.

Cenaron unas hamburguesas humeantes cambiando algunas impresiones sobre el viaje y su llegada. Era una linda aventura.

Al fin, poco después, hacia la medianoche, se dirigieron a sus respectivas camas. La de Eduardo, el dueño de la casa – aunque se empeñara en compartirla, – era la del dormitorio, y estaba cerca de la ventana que daba a un patio y al contrafrente de los otros departamentos, todos vacíos, del mismo piso. Guillermo, en cambio, dormiría en el living, junto a la puerta de entrada, lo cual, por otra parte, prefería.

Temblequeando un poco aún, se fueron durmiendo imperceptiblemente mientras la suave voz de la radio de Eduardo dejaba oír alguna melodía de ensueño.

 

La mañana estaba llena de proyectos y vitalidad. Antes del mediodía salieron a conocer la calle y el centro y, especialmente, la rambla. Esta verdaderamente hacía honor a la canción, porque caminando por allí, sobre la arena, junto a las olas del mar, la ciudad tiritaba. Estaba también el edificio de los deportes, cerca de la playa, y adonde a todas horas se jugaba. Pero a Eduardo, una de las cosas que más le gustaban era cenar allí, en el Bowling Club porque, además, se parecía a los viejos restaurantes de Buenos Aires; claro que este era muy moderno y familiar y, al fondo, tenía las hermosas canchas de bowling electrónico,  en las que todos ansiaban competir. Ahora bien; como ellos sólo podían estar unos días, en esta ocasión, era preciso saber aprovecharlo todo, por lo que decidieron separarse. Guillermo conocía algunas personas y optó por ir a visitarlas, en tanto Eduardo continuaría explorando lo que hubiera de interesante.

Así conoció a Elizabeth, al regresar al departamento una noche y varias noches, en que siempre se encontraban casualmente al entrar y al salir. Fue una de esas simpatías que tan fácilmente surgen entre los jóvenes, sin que hagan nada por ocultarla, y pronto comenzaron a verse más seguido y conversaban de muchas cosas, hasta que un día Eduardo la invito y desde entonces siempre salieron juntos para ir a sus lugares preferidos.

Desde luego que a los quince años cualquier enamoramiento parece la cosa más hermosa del mundo y a él le pareció que Elizabeth, en verdad, estaba hecha a su medida; tenía un encanto muy especial al hablar y dejaba traslucir entonces una gran ternura. Al igual que él vivía en Buenos Aires pero estaba pasando unos meses de vacaciones.

Un día en que Eduardo regresaba de comprar algunas cosas, encontró a la muchacha con su madre.

  • Eduardo, ¿no es cierto? –dijo con una sonrisa.

El se mostró sorprendido pero no tuvo tiempo de decir nada porque ella continuó:

  • Elizabeth me ha hablado mucho de ti. Creo que te hubiera reconocido en cualquier parte.
  • Bueno, es que no tengo nada de anormal como para llamar la atención– replicó de buen humor.

La mujer tenía unos cuarenta años y era sumamente elegante y atractiva; no era de extrañar que fuese la madre de Elizabeth. Tenía la misma alegría en el rostro y también la misma inteligencia en su mirada.

Todo sucedió muy rápidamente pero del modo que Eduardo consideró lo más correcto. Al día siguiente lo invitaron a recorrer la ciudad en el auto del padre de ella. Pasaron una tarde espléndida. El y Elizabeth iban cambiando de impresiones en el asiento trasero, en tanto los padres de ella iban adelante, escuchando muy satisfechos e interviniendo de vez en cuando en la conversación. ¡Qué linda familia que había conocido! El señor Acosta – tal su nombre – era uno de esos hombres simultáneamente juveniles, instruidos y comprensivos que Eduardo consideraba como esencial en un padre. Salía mucho pero no era vanidoso, hablaba sin llegar a cansar nunca.

En realidad, los Acosta eran gente muy semejante a él mismo, en particular, debido a las posibilidades que les daba una ventajosa situación económica. Su residencia permanente en Buenos Aires estaba en plena avenida Santa Fe – no muy lejos de su propia casa – y también poseían una casa de verano en Olivos, de la que parecían tener muy agradables recuerdos. Eduardo se dijo que sería hermoso poder visitarlos, tanto en un sitio como en otro, a su regreso. No es que le diera verdaderamente valor al dinero pero sí apreciaba el confort que sólo él brindaba y al que, por suerte, estaba acostumbrado.

Además... bueno, algunas veces había salido con chicas que no conocían ningún lujo y no eran como él, porque estaban acostumbradas a otra vida, y estas habían sido, para Eduardo, experiencias tristes en las que la imaginación no podía realizarse. Pero ahora, al fin, conocía a otros iguales a él. Y dado que sus relaciones con Elizabeth fueron cada vez mejores, la señora Acosta lo invitó un día a cenar con ellos en su casa, a la noche siguiente.

Eduardo estaba muy feliz; sentía como si finalmente hubiese hallado su destino. Guillermo volvió esa misma noche al departamento a quedarse otra vez; era una buena ocasión para comentarle lo ocurrido, pues él también lo había pasado muy bien. Mientras terminaban de cenar en el living, su compañero le relató lo sucedido desde su alejamiento unos días atrás.

  • ¿Y cuántos años tiene? –le preguntó interesado.
  • Hum, es un poco menor que yo pero la verdad es que no se le nota.
  • ¿Enserio te invitaron a la casa? –dijo Guillermo entre incrédulo y admirado a la vez.
  • Por supuesto, no te iba a mentir en eso.
  • ¡Qué suerte que tuviste!
  • Es una lástima que tengamos que regresar tan pronto pues ellos lo harán más tarde. Pero de todas formas creo que nos podremos encontrar en Buenos Aires.
  • Sí, mañana tengo que ir a sacar los pasajes. ¿En qué volvemos? ¿En tren o en micro?
  • ¿Qué te parece hacerlo en micro? Nunca viajé en uno para un viaje así.

 

Eduardo terminó de vestirse pero estaba un poco nervioso. Había dormido mal esa noche pensando en el compromiso que se le presentaba. El hecho de que todo fuera tan formal  no importaba porque tenía algo de encantador el practicar con mentalidad moderna algunas de las viejas costumbres. Y era que nadie lo había dicho, pero esta noche se consolidaría cuanto hubiese entre él y Elizabeth. Se querían, desde luego que se querían, y a los padres les había gustado, no había ningún inconveniente para confirmar un buen noviazgo. Pero Eduardo tenía sus habituales temores: decir algo inconveniente, no actuar como se esperaba de él, resultar cansador para los demás... Pero en el fondo estaba feliz de tener que pasar por todo eso.

Se vistió con algunas de sus ropas más elegantes y que no fuesen muy llamativas –no le gustaba lo exagerado – mientras se hablaba a sí mismo entre dientes dándose ánimo. Cuando ya estaba oscureciendo decidió, a último momento, comprar bombones para llevar de regalo, estimando que sería lo más correcto. Caminó dos cuadras, hasta la esquina de la estación terminal de ómnibus, para realizar su compra. Se sentía mejor que nunca aunque un poco impaciente. Ya iba a regresar cuando lo encontró por casualidad a su amigo que realizaba lo propio.

  • Ya está, ya saqué los pasajes –le dijo.
  • ¿Adónde ibas ahora?
  • Al departamento. Voy a guardar todas mis cosas. ¿Ya están listas tus valijas?
  • Sí, esta tarde las cerré. ¿A qué hora salimos?
  • Esta madrugada, a las dos –y le dio su pasaje– ¿Te espero en el andén?
  • Sí, en cuanto salga iré para allá.

Llegaron a la entrada del edificio.

  • Okey, te dejo –dijo Guillermo– tengo que hacer algunas cosas. ¡Qué tengas suerte!
  • ¡Gracias! Hasta luego.

Eduardo oprimió el botón del ascensor pensando en la hora de partida. Estaba muy bien, porque suponía que la reunión habría de prolongarse un poco más allá de la medianoche. “Siete horas de viaje”, se  dijo. “Llegaré a Buenos Aires a las nueve y entonces iré a casa a dormir otro rato. Será bueno despertar allá con tantos recuerdos ya avanzado el día”. Y a la noche seguramente iría con Guillermo al Bar Americano a festejar lo bien que les había ido en el viaje.

Una vez dentro del elevador se sorprendió a sí mismo apretando el número 4 en lugar del 2 de su piso. En los pasillos llenos de frío se escuchaba un tenue pero incesante zumbido de algunas maquinarias.

Lo recibieron en el departamento “B”, que daba a la calle y era mayor que el otro – el “C” – idéntico al suyo propio, y que también pertenecía a ellos. La casa estaba llena de cordialidad y simpatía, como sus residentes; la cocina y cada una de las habitaciones dejaban oír muchas voces que se atenuaron al llegar él. Elizabeth lo presentó a toda su familia y le hizo conocer su habitación, donde había muebles muy modernos y confortables, una pequeña biblioteca y una bien seleccionada pila de discos junto a un lujoso combinado. Por cierto que estos detalles le hicieron recordar su propia casa de Buenos Aires, pero no dijo nada.

La madre – al igual que su hija – quedó encantada con los bombones, tanto por la gentileza del regalo como por lo mucho que le gustaban.

Poco después, ya de regreso en el living, apareció el señor Acosta muy sonriente y amable y Eduardo se encontró sumamente tranquilo conversando con él, en tanto una tía y una hermana de Elizabeth preparaban la mesa.

De pronto todos parecieron muy interesados en conocer las actividades del muchacho y así se lo preguntaron. Era lo que más le preocupaba. No tenía ninguna ocupación, no al menos una que fuese común, pero precisamente en ello podía tener ventaja sobre otros, por cuanto la singularidad de sus temas preferidos podía dar tema de conversación para rato.

  • Tal vez le llame la atención, señor Acosta, pero mi interés son los objetos voladores no identificados –todos los miraban en silencio– y también suelo escribir ciencia-ficción –concluyó rogando porque no les pareciera muy extraño.

Y entonces todos estallaron en una exclamación de genuino asombro.

  • ¡Pero cómo! ¡Tenemos a un científico entre nosotros! ¡Y a un escritor! –exclamó el padre.

Eduardo sonrió como queriendo significar que no tenía importancia aunque por dentro estaba orgulloso de su éxito. Pero después toda la familia quería preguntarle un sinnúmero de cosas sobre los extraterrestres y los libros y las diversas teorías, e incluso la misma Elizabeth demostró sentir un gran interés por lo que él pudiera saber, así que se puso a contestar una y otra vez, intentando mencionar aquello que más les pudiera interesar, y les relató algunas de sus experiencias con los testigos de algunas apariciones misteriosas, y les habló de literatura y del papel que la ciencia-ficción cumplía dentro de ella, hasta que llegó la hora de comer. Entonces se atenuó un poco el bombardeo de preguntas, en tanto cambiaban entre ellos, las impresiones sobre lo escuchado. Eduardo, sentado junto a Elizabeth y frente a sus padres, estaba radiante de alegría y ya consideraba a cuantos lo rodeaban como verdaderos amigos. Sería maravilloso seguir viéndolos a su respectivo regreso.

Más tarde, a los postres, el señor Acosta volvió a comentar y a indagarle sobre los mismos temas, demostrando que estaba muy satisfecho del novio de su hija, de modo que la conversación se alargó más y más, hasta que acabó confesando que él y, en parte, también su familia, se interesaban por cuestiones muy similares que no era posible comentar libremente. Según parecía, desde muy joven, había leído y practicado la magia, el ocultismo, la alquimia, etc. Eduardo escuchó todo esto como en un sueño, pues ya había tomado bastante vino y tenía miedo de ponerse a decir tonterías, pero el señor Acosta habló y habló sobre los extraños conocimientos que obtuviera de sus exploraciones por libros prohibidos, y pronunció nombres de macabra sonoridad y fórmulas para atraer a ciertos seres malignos que habían poblado la Tierra milenios atrás. Y añadió, inclinándose hacia él en tono confidencial con una sonrisa:

  • Sabemos que te vas a ir esta noche. Me agradaría poder mostrarte algunas de las cosas que tengo, te agradarán.

Eduardo balbuceó algo por compromiso pero, instantes después, el hombre se marchó al otro departamento. El y Elizabeth quedaron solos, ya que los demás también se habían ido, pero no importaba adónde; la muchacha lo tomó familiarmente de un brazo sonriéndole, como si esperase su opinión sobre la velada.

  • ¿Hace falta que te lo diga? –replicó Eduardo intentando aclarar su mente–. Lo he pasado mejor aún de lo que suponía.
  • Me alegro.
  • Sólo que no quisiera molestar a tu padre, ni a los demás, ya que es un poco tarde.
  • Al contrario, para él será un gusto hacerte conocer sus cosas; por mí no te preocupes, pues me duermo siempre alrededor de las dos. Muchas veces me quedo leyendo largo rato. A mí también me interesan los mismos libros que a mi padre.
  • ¿Sí? Pero en tu habitación no casi ninguno. ¿Dónde están?
  • Los tenemos guardados.
  • ¡Qué raro! ¡Nunca me imaginé que ustedes se interesaran también por estas cosas extrañas! ¡Parece increíble!
  • ¿Conoces realmente algo sobre magia?
  • No, creo que no mucho. ¿Qué es exactamente? –inquirió tomando otro trago de vino.
  • Ven, te lo mostraré.

Inútilmente Eduardo trató de despejarse; todo aquello le parecía irreal, extravagante, no era posible que le estuviera ocurriendo de veras. ¡Oh, no, no era eso! Quería recordar pero no podía. ¿Realmente en una hora tenía que ir a la estación terminal a tomar el micro o era al día siguiente? Le dolía la cabeza. Ese vino estaba ejerciendo un poderoso efecto sobre él. ¿Por qué le resultaba ahora tan fuerte?

Se dejó conducir por Elizabeth como si fuera un niño a través del pasillo, hasta el otro departamento. ¿Qué habría allí? ¿Dónde estaban los demás? Cuando entraron todo estaba oscuro. La puerta se cerró bruscamente tras ellos.

  • ¿Qué pasó? –dijo Eduardo estirando los brazos para encontrar a Elizabeth que debía estar al lado suyo.

Permaneció en silencio aguzando el oído por si se escuchaba algo, y entonces su cuerpo se cubrió de un sudor frío y tuvo temor de lo que pasaba. En esa profunda oscuridad nada se distinguía pero... ¡se oía!, ¡se sentía... la presencia de alguien, una persona o varias en la oscuridad!

  • ¿Quién hay ahí? –dijo temblándole la voz.

Entonces, un par de vetustos candelabros que colgaban de las paredes, se encendieron con una luz mortecina que cayó brutalmente sobre una escena de pesadilla. A todo lo largo de la habitación había una serie de grotescas figuras encapuchadas que vestían hábitos negros y lo observaban con ojos brillantes desde el fondo de sus máscaras.

  • Bienvenido, Eduardo –dijo una voz gutural pero que poseía un timbre vagamente familiar– Llegas justo para nuestra reunión semanal.

El muchacho quiso hablar algo pero no pudo, el terror lo tenía paralizado. Al fin, haciendo un esfuerzo sobrehumano, logró darse vuelta buscando la puerta. ¿Adónde estaba? Detrás suyo había un abismo sin fin.

  • Es inútil –atajó la misma voz en tanto efectuaba unos extraños pases ante un misterios altar.

Eduardo se volvió con desesperación tratando de encontrar a Elizabeth, y fue entonces que, del grupo de encapuchados, se acercó a él una figura más pequeña con algunos bultos entre las manos.

  • Aquí tienes tu ropa, querido –le indicó con una familiaridad que resultaba aberrante.

Eduardo quiso retroceder al ver frente a sí el horrible hábito.

  • ¡No! ¡No! ¡No me vestiré así! –gritó dándole vueltas la cabeza.
  • ¿Por qué pones esa cara? ¡Oh, papá se enojará contigo, él que estaba orgulloso de tu inteligencia! No debes afligirte por nada. ¿Es que acaso no te gustaba nuestra familia? Tu vida va a cambiar, ahora serás una más de nosotros.
  • ¡Nooo....! ¡Nooo...!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA PRIMER GUERRA PSYCHOTRÓNICA

  1. M. Lecumberri

 

 

No, escucha, lo que ocurrió fue esto: te mintieron, te vendieron ideas sobre el bien y el mal, te hicieron desconfiar de tu cuerpo y te avergonzaron de tu profesión del caos, se inventaron palabras de asco por tu amor molecular, te mesmerizaron con su indiferencia, te aburrieron con la civilización y con todas sus roñosas emociones

 

-Hakim Bey

 

 

 

 

¿Cómo es que China ganó una guerra a occidente sin haber siquiera disparado un sólo balazo?

----- entre las montañas de mierda y el hechizo humeante de la decepción

Se renovó el Caos,

 

Renació de su nada un Imperio para los Enajenados

 

De este régimen saldrán cosas innombrables: (i) el hombre ganado;(ii) la hombre granada; (iii) el multiculturalismo unidimensional; (iii) la antropología del desastre; (iv) la melancolía blanca; y

Más devastadora aún:

(v) la orden de los días

Con su jurídica sangre fría, con su guante de látex tirando de las cloacas a los beés

Rodando por las cloacas entre el infierno y Tiffany & Co.

 

Porqué ordas de publicistas endemoniados pensarán que es cool llenar un Huawei con diamantes de cristal

 

Y poner nombres de rinocerontes famosos a la Sagrada Familia y hacer llover leche materna en el Adriático

Invadirán las costas de Acapulco

 Nuevamente María Félix será un ídolo zombi

Y Agustín Lara será reproducido en fantasmales cavernas de sexgore

Mientras niñitas tailandesas hacen actos de coporfilia en 120 días

 

Para diplomáticos amarillos

Rojos

Y cafés

 

Mientras Dios nace de la masturbación del Gran Capital

Envuelto en la placenta programática de WebBot

 

Crudificado en la psicoesfera de los embutidos

 

Cargando las tres cruces del delirio

La conspiración

Y el resentimiento

 

Y el Verbo se hizo

Carroña de Dios

En vez de Palabra de humano

 

Cada significante proferido alguna vez

Será procesado en nubes contaminantes

Y la lluvia ácida disolverá nuestro criterio

 

Y en las redes habrá arañas metálicas cosechando nuestras ideas

Y nuestros sueños

En un délfico pandemónium

Una permanente diarrea conceptual

Nos será suministrada a manera de neuroléptico

 

Los hombres danzarán en ombligueras sobre las ruinas de NYC

Los mismos hombres que conducían aviones

 

Y las prostitutas los rejonearán

Y hervirán sus huesos para obtener litio

 

El tráfico de baterías inmateriales

Para deseos de cristal

 

Habrá chamanes en todas las azoteas

Y cada tribu se volverá caníbal

 

Se servirán albóndigas de poetas muertos para la cena

En las casas más pudientes

 

Los pobres desollarán dealers y beberán sus sangre intoxicada

 

Así la primer guerra psicotrónica

Será un germen residual en la conciencia humana

 

Que devastará al cosmos entero

 

Llevándolo a su estado natural de Caos.

 

No se diga más

 

¡habrá que bendecir la sintaxis del nuevo-nuevo orden mundial!

 

del ojo que nada lo ve

porque seremos un reino invisible

una pocilga de espectros orbitando en torno a una motherword de helio y metales radiactivos

 

seremos un ápice de desgracia en el amanecer tras la masacre

 

los hombres morirán sus vidas

zombificados por el sueño de vivir hasta la muerte

 

de comodidades absurdas

y de música new age

 

de bongs de cobre y cántaros de cuarzo

 

en las prísitnas aguas del Lago Meme

donde imágenes cargadas de imbecilidad generarán tsunamis de sin sentidos

 

trasnformados en máquinas reproductoras

perderemos definitivamente la capacidad de deseo

 

y de nosotros quedará una sombra de sangre en el pavimento agrietado

 

apenas la centella absorta por la agonía

de la especie. Sueño en una noche estrellada en que toda persona se encamine

a suicidios de masa

como si fueran raves

 

intoxicados

danzantes

erotomizados

 

coloridas máquinas reproductoras

sólo capaces de ofrecer su carne y su movimiento

a la gran bobina Tesla del Nuevo-Nuevo Imperio

 

segmentado en feudos de colores

como un arcoíris de nacionalidades

 

lisérgicas

festivas maquinitas que se reducirán a un orgasmo fallido

a una mentira absoluta

 

hacia esas oscuridades nos dirigimos

en esa isla de atrocidades

 

habremos de encallar

 

una vez que se cierre el pacto

una vez firmado el armisticio digital

 

la huella cibernética implantada en nuestro cerebro

 

desde hace décadas

implotará

 

our own personal big crush!

 

Todo habrá de ser un orden despiadado sosteniendo al autocracia

Del Caos

 

Ave Eris!

 

El sueño de la década terminó con un golpe de estado

En que el totalitarismo violó despiadadamente a todas y cada una de ustedes

Mujeres humanas

Madres humanas o

Hijas humanas

Transexuales trasnustanciales y/o trasnpolares

 

Da igual

 

A todas se les ofrecio la delicia

Y recibieron

En cambio el holocausto

 

Por lo que hace al aspecto masculino de nuestra especia

Especimenta la especiatura de letárgica monta

 

Por la que nunca habrá de soñar jamás otra cosa sino la castración

La psicosis ha terminado

Porque nunca la hemos asimilado por completo.

 

Felices borregitos biofractales

Felices ovejas al matadero

 

Hemos ganado nuestro derecho a perder la vida

La libertad

La voz

 

Nada quedará de este templo de piedra

Sino unas cenizas pálidas

Y alguna flor podrida

 

Edificios como cementerios

Se extenderán desde Shangai

Hasta la colonia Roma, y más allá

Donde también hay hípster y otro tipo de fauna perniciosa.

 

Clases de Tai Chi programático

 

En todas las escuelas

 

Más comida orgánica de escorpiones y murciélagos

 

Más medicamentos conceptuales

Más Ziziek como aderezo: ja-ja-ja.

Usted

Sí, usted que lee

Ha muerto.

 

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La muerte dando la vuelta al mundo

Cristina Arribas González

 

Vamos a morir todos: ese es el requisito de lo global. Desencadenando una fractura de caída tras caída. Puede que todo esto no sea solo un síntoma, una opción para algunas personas. Puede que haya llegado el momento de no especular con cómo moriremos, a pesar de seguir haciendo bromas absurdas en torno a ella: la muerte. ¿Por qué reír ante la tragedia? ¿Por qué no hacer que el orden sea nuestra tragedia? El orden, la medida, la prudencia. La conciencia vital de una sola vida. No la de los medios críticos, la vida que está en los confines de nuestro ser y ahora despega en forma de realidad mortal. Pienso en la intemperie, en la “soledad mortal”, en aquellos que no llego a saber qué son, somos, y me pregunto quién soy y qué hago aquí. Cómo puedo seguir sabiendo que la tragedia se acurruca como una especie de ovillo (rosa) en mi estómago y me dice. Ya estoy aquí. No me puedo imaginar la herida, el hueco, el vacío que dejo, deja (el valor) en todos vosotros aquellos que nos vamos, iremos. Al fin nos iremos como dormidos, mecidos por nuestro grito (interno): podríamos haber hecho más, hicimos lo que pudimos. Cristina Arribas González

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Viernes, 06 Marzo 2020 01:40

HUELLAS DE GATO / José N. Méndez /

 

HUELLAS DE GATO

José N. Méndez

 

 

I

 

Aquél sitio no se parecía a ningún otro que hubiera visto.

 

A lo lejos sus padres lo esperaban, corrió lo más rápido que pudo hasta lograr abrazarlos para ya no separarse.

 

Los paramédicos han hecho todo lo posible, él ha muerto.

 

En casa, su gato continúa esperándolo.

 

II

 

Cuenta la leyenda que la ignorancia y el miedo de los humanos trae mala suerte a los gatos negros.

 

III

 

Los adoloridos maullidos que provenían del horno y el débil intento de lucha en la habitación, se extinguieron casi al mismo tiempo.

 

Lentamente retiró la almohada del rostro de su pequeño; Alondra le quitó hasta el último rastro de aliento antes de que aquél gato que rescató de la calle, lo hiciera tal y como dictaban las supersticiones con las que ella creció.

 

IV

 

El niño se aferra al gato como único medio de calor en esa tormenta de nieve.

 

Quiso advertirle al pueblo sobre el ataque enemigo que vio reflejado en los ojos del felino, pero nadie hizo caso, lo acusaron de brujería y como no tienen familia ambos han sido condenados al exilio.

 

El sopor de los grados bajo cero hace lo suyo y pronto habrá de vencerlos; a kilómetros de ahí todo el calor que están necesitando parece concentrarse en las casas que formaban la aldea.

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Viernes, 06 Marzo 2020 01:25

paradoja temporal / Daniel Verón /

 

 

paradoja temporal

Daniel Verón

 

Eriksson y sus  principales oficiales pasaron bastante tiempo con los “tempos”, como empezó a llamárselos  comúnmente. El sol era anaranjado y se ubicaba en una región densamente poblada de estrellas importantes, apenas a unos  100 años-luz del borde del núcleo de Andrómeda. Se trataba de un sistema planetario de unos 15 mundos, de los cuales el cuarto era el que estaba poblado por esta raza. Tal como comprobaron los sabios que acompañaban a Eriksson, en aquellos momentos no había más que de unos 50.000 individuos, como mucho, en todo el planeta y, si bien existían poblaciones urbanas, no pasaban de media docena y eran bastante pequeñas en comparación a otras grandes metrópolis galácticas.

Desde luego, los tempos eran de contextura humana y de gran belleza. Eran altos, de piel dorada y cabellera azul y ambos sexos se vestían muy parecido. Su mundo poseía un clima benigno, con pocas variaciones climáticas y esto les permitía llevar una vida parcialmente al aire libre; la vivienda sólo la utilizaban para su vida privada o íntima. A Eriksson le llamó mucho la atención que allí no existía ninguna clase de gobierno sino que todos ellos parecían tener básicamente los mismos objetivos, como si hubiesen sido enseñados de antemano en cuanto a qué hacer con su vida. Apenas sí diferían en cuanto a cómo obtener esos objetivos. Además, en cierto modo, no tenían una individualidad sino que todos se empeñaban en aquello que creían mejor para la raza en sí. En otras palabras, para los tempos estaba primero la raza y luego, alguna vez, su vida privada.

Los tempos eran amables y demostraron más interés en Eriksson y el hombre solar en general que lo que este había visto en otros lugares del Grupo Local. Como si los conocieran de mucho antes, desde un principio aceptaron que los federales establecieran una embajada allí. La primera persona que los trató fue Aydor, un hombre que aparentaba no más de 30 años y que tenía una extraña vivienda en las afueras de Vaylorsan, la ciudad principal del planeta Aguma. En ese tiempo, Aydor estaba unido con una bella mujer llamada Synlorin y tenía dos hijos que no parecían ser mayores de 10 años. Sin embargo, luego de diversas explicaciones, Kanter, el oficial científico de Eriksson, comprendió que, en términos de tiempo solar, esto no era así. Resulta ser que los tempos llegaban a la adultez bastante rápido. Entre ellos casi no existía la infancia ni la adolescencia, así que un  individuo nacido apenas diez años atrás ya tenía toda la experiencia de un adulto. De hecho, sus hijos habían nacido  apenas unas semanas antes.

Más allá de algunas extrañas costumbres (por ejemplo, se alimentaban en privado y nunca delante de otra persona, no existían entretenimientos, no usaban reloj o algo parecido, etc.), los federales les interrogaron primeramente sobre la falta de un gobierno. Para ellos no era así porque todos sabían qué hacer. ¿En qué consistía esto? La palabra más parecida a las nuestras era “desarrollarse”, algo así como un ejercicio de la libertad individual pero para un bien común. Por más habilidades que tuvieran, medios a su alcance, capacidad y demás, la racial estaba por encima de todo. Si algo individual iba en contra de lo racial, eso era desechado inmediatamente y nadie lamentaba su ausencia. En su breve historia, existían muchas costumbres que habían ido modificando a causa de esto.

Vagamente, podría decirse que sus ideales giraban sobre lo siguiente: Si este Ambito Cósmico (AC) era limitado, ellos debían progresar de tal modo, que fueran capaces de salir de este AC para crear otros nuevos en donde la vida fuera progresivamente cada vez mejor. A Kanter esta idea le resultaba familiar. Ya la había escuchado en diferentes sectores del Grupo Local y algunos estudiosos lo llamaban “filosofía de la creación mejorada”. Es decir, se partía de la tesis de que la condición de vida podían ser indefinidamente mejorados, ya no únicamente en su mundo natal sino más allá de este, a nivel cósmico. En estos individuos, el tenerlo todo y no verse obligados a luchar para sobrevivir, no había creado un conformismo o apatía sino un deseo de extender o mejorar esa prosperidad a otros Ambitos Cósmicos.

Este anhelo había surgido a partir del momento en que tomaron, por primera vez, contacto con otras razas más o menos cercanas, en especial el inmenso núcleo de Andrómeda. El ver que otros seres inteligentes no vivían bien o que se empeñaban en objetivos inútiles, fue lo que amplió esta visión. No es que desearan exactamente  cambiar a los demás sino, más bien, crear un orbe en donde las reglas fueran distintas, más parecidas a las suyas. Eriksson, Kanter y otros, hablaron bastante con Aydor acerca de esto. Más claramente, los tempos daban por sentado, como principio inamovible, que siempre se puede vivir mejor y que esto, a su vez, contribuye a que el Ambito Cósmico mismo sea mejor también. No se parecía tanto a un sentimiento de nobleza sino a una especie de “principio vital” que los impulsaba en todas sus acciones. De acuerdo a ello, el devenir mismo de cada día pasaba a ser un medio para lograr esta clase de objetivos. Esa era la causa por la que los tempos conformaba en ellos una personalidad rica y distintiva.

Desde luego, lo sobresaliente de los tempos eran sus capacidades cognitivas en lo concerniente al tiempo, conformando un verdadero sentido temporal, único. Claro que para ellos no constituía algo especial. La percepción de dos edades diferentes al mismo tiempo era como para el hombre solar intentar distinguir voces que provinieran de dos lugares diferentes. La traslación temporal estaba dividida en personal y general. En la traslación personal (TP) el individuo volvía realmente a otro momento de su vida; en la general podía trasladarse tanto al remoto pasado o al futuro, cuando no existe como individuo, con la misma facilidad con que un arqueólogo contemplaría las ruinas de civilizaciones desaparecidas. Lógicamente, esto no lo practicaban  en cualquier momento. Al igual que una persona común puede apartarse a leer, los tempos también se retiraban a meditar, antes de trasladarse a una época cualquiera, sin que su cuerpo físico se moviera en absoluto. Ni siquiera llegaban a perder totalmente la conciencia de lo que pasaba a su alrededor. En cierto modo, es como cuando una persona se pone a meditar abstrayéndose de lo que le rodea.

Los tempos no se trasladaban a ninguna parte si no había un buen motivo. No solían hacerlo por curiosidad sino por un propósito. Ir a su propio pasado a revivir tal o cual momento no estaba prohibido en absoluto y, al contrario, podía constituirse en una fuente de placer. En cambio, la traslación general (TG) sólo era realizada por aquel que sabía, positivamente, que podía hacer algo importante por el bien general. De acuerdo a estos preceptos, podría decirse que los tempos eran la única sociedad cuya historia era modificada continuamente. No se sabía cuál pudo haber sido el modelo original, ya que éste había sido mejorado y perfeccionado miles de veces hasta lograr una situación óptima. Si en alguna época los tempos habían tenido un nivel más bajo que el actual, ya no existían pruebas al respecto en el pasado. En lo que tiene que ver con el futuro, los tempos realmente planificaban su destino dentro de lo que ellos consideraban como óptimo.

Naturalmente, era difícil estudiar a una raza cambiante. ¿Qué habría sido del hombre terrestre si hubiera podido borrar de su historia las guerras y catástrofes producidas por él mismo? ¿Alguien habría descubierto alguna vez su verdadera historia? Ahora bien; esto no significa que los tempos hubiesen cambiado tantos  hechos de su historia, por cuanto ellos tenían características genéticas  así como se las veía actualmente. En este punto, el sabio Ekhuseyras, un rigeliano que acompañaba a Eriksson, los desafió como una especie de “perfeccionadores del Universo”. Su actitud frente al hombre solar no era cambiarlo ahora, sino que en el futuro el Universo contara con formas de vida mucho mejores. Para otros, en cambio, esto era elegir caminos alternativos. Eran los partidarios de que el Universo Total posee una historia única y que si esta es modificada  ya no será el mismo Universo sino que habrá dos de ellos, y así indefinidamente. De hecho, existían razas que en cierto modo habían demostrado que la historia nunca puede ser borrada hasta el punto de hacerla desaparecer.

Afortunadamente, los tempos habían inventado, hace mucho, una tecnología semejante a la televisión,  que servía para mostrarles a otros sus traslaciones temporales. De otro modo, habría sido muy difícil saber con precisión cómo era aquello. Fue así que simplemente a los efectos de una demostración, una de estas pantallas fue adherida a Synlorin, la mujer de Aydor. Esta experiencia fue llevada a cabo sólo delante de Eriksson y sus principales oficiales. En términos convencionales, dicha experiencia duró algo así como 40’, pero fue de enorme interés para los federales. En las escenas, en ningún momento pudo verse a Synlorin sino que en la pantalla aparecía lo que ella misma había observado en cierta fecha ubicada unos dos años atrás. Aunque se trataba de escenas familiares y hasta íntimas, Aydor les hizo notar que ella estaba cambiando la historia. En aquel día ella no había salido realmente de su casa, mientras que ahora sí lo estaba haciendo. Abría la puerta y el sol anaranjado de Aguma llenaba la casa de luz.

Remblozat era un embajador del sistema solar al que pertenecía la Tierra y que habitualmente acompañaba a Eriksson en sus viajes. Justamente a él era a quien le costaba más entender lo que veían. Para él, una vez que se admitía un cambio en la historia ya no había una completa seguridad de que el modelo original fuese tal.

  • ¿Qué prueba hay –decía– que esto no ha sido hecho infinidad de veces ya? ¿Cuál es el modelo auténtico?

Aquí se suscitó una interesante discusión con Kanter. El rigeliano le recordó los viajes en el tiempo logrados por Varonn y otros, a lo que Remblozat  retrucaba  que allí sí se dio por sentado que existía un Universo original en el que algunas cosas fueron modificadas. Aquí, en cambio, al tratarse de vidas individuales, ¿cómo entrever al modelo original? A continuación, y mientras Aydor los miraba con interés, tuvo lugar otra experiencia de traslación, pero esta vez no al pasado personal de Synlorin sino a un pasado remoto, en donde el planeta parecía muy diferente.

Aydor les explicó que estaban viendo cierta época en donde su raza apenas estaba surgiendo por la feliz coincidencia de diversos factores bioquímicos. El sol parecía más cercano, no existía ninguna población y los tempos que se veían parecían un tanto primitivos. Lo que quedó perfectamente claro es que no podían trasladarse temporalmente más allá de su propia existencia como raza; o sea, que ellos no podían remontarse al inicio del Universo. Lo mismo sucedía en cuanto al futuro. Podían trasladarse hasta donde hubiera otros congéneres suyos vivos; ese era el límite.

Desde luego, la experiencia de modificar algo de su historia fue repetida, esta vez a nivel general y únicamente por tratarse de esta magna reunión entre dos de las razas líderes. Sin embargo, nuevamente quedó planteado el mismo enigma. ¿Cómo saber que la experiencia de abrir o cerrar la ventana, por ejemplo, no había sido ejecutada muchas otras veces, tanto en un sentido como en otro? ¿Cómo saber que algo realmente era cambiado y no que simplemente volvían al modelo original, por ejemplo? En cierto punto, en donde la situación parecía plantear más dudas que otra cosa, Aydor tomó la palabra.

  • Ignoro a qué se refieren con lo del modelo original. –dijo– ¿Está establecido en alguna parte que ustedes vistan una ropa y no otra, acaso? ¿Cómo puede asegurar si hoy, aparte de venir aquí, no hizo también otras cosas?

Eriksson lo miró con cierta incredulidad  y ya iba a responder algo cuando su interlocutor continuó:

  • Usted tiene una forma de pensamiento lineal: primero viene A, luego B y así sucesivamente. Cuando conozca mejor los secretos del tiempo se dará cuenta que solamente A ofrece una infinita posibilidad de variantes. No hay un solo camino. No existe un encadenamiento de cosas, fuera del cual usted no se puede apartar, una ruta que no le permite pasar a otras. No es así como funciona el tiempo. Hasta donde nosotros sabemos, el tiempo es circular y esto permite cambiar de sendero continuamente. Si lo A no me parece óptimo puedo pasar a lo B y, sino, a lo C. Esto es lo que nos permite superarnos. No estamos atados al pasado ni tampoco al error o al fracaso. Es a esto a lo que deben llegar ustedes también. –Y diciendo esto, añadió– Almirante, ha sido para nosotros una experiencia muy grata su visita. Espero que le sirva.
  • .. –balbuceó Eriksson– entonces...
  • Usted ya lo sabe.

Y diciendo esto, todo lo que veían se esfumó por completo ante la vista de los federales.

Fue como un viento fuerte que soplara llevándose alguna neblina. De pronto, los federales se vieron a sí mismos en un páramo desierto de aquel planeta, sin que hubiera la más mínima señal de vida. Tampoco  hizo falta que los buscaran. Por largos minutos nadie dijo nada, hasta que el almirante tomó la palabra.

  • Era de imaginar. Ellos vienen modificando su historia desde hace siglos. No son de aquí, tal vez, pero eligieron este sitio para manifestarse.
  • Almirante –dijo Kanter– en nosotros encontraron algo que les interesó; por eso se manifestaron mostrándonos todo lo que habían logrado.

Eriksson se sentó en silencio a meditar y añadió:

  • Esto simplemente nos demuestra cuánto que nos falta todavía a nosotros, para dominar el tiempo... Es extraño lo que siento. Por un lado, estamos aquí nosotros solos y, por otro, imagino que podemos seguir estando con ellos.
  • En cierto modo –dijo Kanter– así es.

En esos momentos, el sol anaranjado de Aguma comenzaba a descender hacia el horizonte, el cielo se cubría de un tinte verdoso y comenzaban a verse las primeras estrellas. En aquel sector de Andrómeda eran incontables las estrellas de primera magnitud que se observaban a simple vista. Todo el personal realizaba los preparativos  para irse. Antes de partir, Eriksson levantó la vista al cielo estrellado y musitó estas palabras:

  • Los volveremos a ver, estoy seguro

Minutos después, ni ellos ni los tempos estaban más sobre la superficie de Aguma.

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Viernes, 06 Marzo 2020 00:52

Con la quilla rota / César Rito Salinas /

 

 

Con la quilla rota

César Rito Salinas

 

 

Supóngase que usted va cómodamente sentado,

y que, a su alrededor, como es costumbre,

la gente viaja de pie.

Eusebio Ruvalcaba, Primero la A

Empujo las batientes del bar,

la barra allá adentro se muestra

como un puerto que emerge entre la bruma.

 

Parado en la barra soy un Dios antiguo: puedo ver hacia adelante y hacia atrás. El pasado y el futuro a través del espejo. El enorme espejo de la barra refleja mi rostro entre botellas, y desconocidos. El cantinero sonríe como hermano menor, esta barra la forjó el tiempo de los hombres ebrios. Hay barras con cristal en su superficie como gimientes escritorios de oficina. En la cantina los bancos junto a la barra sólo van de adorno, son como mujeres u hombres que duermen solos. El diálogo de una esquina a otra esquina de la barra funciona como conversar en la cama puestos de espalda. Cuando entra la madrugada la barra semeja el laúd de un gigante. Los ebrios consuetudinarios acudimos al velorio de nuestro amado gigante. La barra, quilla fría que se abre paso en un mar de botellas, la luna comienza su recorrido, agita su cabellera de hojas secas a la puerta de la cantina, curiosa asoma entre botellas, desde el fondo del espejo me vigila.

El espejo de la barra me cuenta historias. Sabe de mi escritura; las líneas de mis manos

están escritas en el espejo de la barra.

El cielo que protege mi cuerpo busca en el espejo de la barra; cuando dormito, parado, hacia él me dirijo. En una esquina de la barra converso con mi reflejo, me dice del pueblo donde nacieron mis padres. En la otra esquina me esperan los amigos de la oficina. Las botellas de mezcal no hablan mucho, llevan los puños crispados, como de lagarto. La luna emerge en el espejo con su montón de estrellas, entre botellas de vodka.

Una mujer que reconozco sale del espejo de la barra, pone su mano sobre mi hombro, lleva los cabellos largos y cubre su rostro con un rebozo negro: oculta el rostro pero la reconozco.

Todas las voces que se suceden en la cantina se escuchan desde la barra. Si te detienes a observar bien, la barra otorga la mirada divinizada, panorámica. Acodarse en la barra será como conducir un Mustang 64, de potente motor, sólo basta con levantar la mirada, hundir el pie en el acelerador, dominar el camino.

En el espejo de la barra observo claramente el rostro de mi hermano Mario Jesús, muerto al nacer.

Un gato sale del espejo, me sonríe; la mantarraya azul vuela, se posa en mi hombro izquierdo, ordena un whisky. El diligente cantinero le sirve una copa, dotada con un largo popote. En el espejo de la barra aparecen unos garabatos, letras componen mi nombre. Pero nadie más las lee, llego a escribir a la barra esta bitácora de desaciertos.

El murciélago, el ratón, la mariposa, una paloma -buenas bestias- beben en el bar toda la noche; la barra es una vieja máquina de vapor que sale de esta terminal de tanto en

tanto. No todos los que están en la cantina pueden abordar porque, a veces, parte sin pasajeros, vacía.

El ferrocarril de la barra sólo se lleva a los que sufren desamor, los levanta sin que muestren boleto de abordaje.

Muertos, llegan docenas de muertos a esta cantina. Muertos de miedo, muertos de amor, muertos de sueños, muertos de la religión. Llegan y se instalan en la barra, gustan reflejar su cuerpo en el enorme espejo. Cuando pasa esto, cuando se acodan en la barra y piden tragos, empujan a los otros bebedores. Hasta allá vamos a dar el empujón los ue permanecemos con vida, pero ¿qué se le hace con el que sufre?, todos cabemos en esta cantina de cuarta.

Una vez se instaló junto a mi un muerto fresco, tierno, solicitó su trago. Exigió que Ángel, el cantinero, sirviera rápido porque no recuerdo de qué parte del infierno lo llamaban. Quería contar su vida, pero ya no tenía tiempo. El pobre se bebió su trago, pagó y se marchó corriendo.

La barra es medicina para mi cuerpo, calma el escozor en mi alma que dejaron ideas de revolución y libertad de otro tiempo. Acercarse a la barra y beber un trago será darñe paz a mi corazón. aquietar mi alma de viudo frente al mar.

Paso las horas acodado en la barra. Se escucha la música de las islas. Pasa el sol, las moscas, la lluvia, la gente, las voces que caminan en la calle. Llegan las sombras, suman más sombras sobre mi espalda.

Los criminales se acercan a la barra. No hay mejor lugar para esconder sus intenciones. Como el ladrón de tienda de autoservicio: se roba el producto en la caja. Donde no hay ojos que lo cuiden, que lo vigilen. Así los homicidas. Esconden sus intenciones en la

barra. Como cualquier parroquiano, como uno más que sufre y bebe y sufre y bebe y sufre y bebe. Y mira. Y bebe y elije a su víctima.

Hasta la barra de la cantina llegan los conspiradores, los que quieren cambiar el mundo. Los que no quieren que haya ricos ni pobres. Los que buscan salidas desesperadas. Llegan, beben en silencio, hablan con los ojos. Con las manos secretean. Luego se marchan sin dejar propina.

Una noche levanté la cabeza en la barra de la cantina y enfrente, en el espejo, pasó un cometa con su cauda enorme de luminoso polvo. Llegué a sentirme eterno. La barra de cantina es Babel, se escuchan todas las lenguas del mundo. En una ocasión en la barra de cantina escuché la lengua que se habla en la tierra donde nacieron mis padres.

En el espejo de la barra desaparecen los oficios. Cuando uno llega y posa su planta en el tubo que se extiende pegado a la base de la madera labrada entra a un territorio libre, democrático, donde los hombres se hermanan en un solo oficio: el de conversadores. La gente olvida cosas en la barra. Un libro, el periódico, la cartera, documentos personales, anteojos. Todo lo que se porte en las manos o en la ropa, en el cuerpo. Discos, una mujer, libros de poemas, de cuentos, novelas.

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Martes, 10 Diciembre 2019 03:19

En el principio fue miqhvaar / Daniel Verón /

 

En el principio fue miqhvaar

Daniel Verón

 

 

La nave proyectó un haz de luz y segundos después la figura humana se materializó cerca de una inmensa estructura. Era de noche aquel hombre miró a su alrededor. A un costado había una gran catarata, pero no de agua u otros líquidos, sino de imágenes de distintos mundos, que se sucedían unos a otros. En torno suyo el suelo parecía metálico y, en lo alto, había una danza de lunas artificiales girando en torno a Sede-1, tal el nombre dado a aquel planeta igualmente artificial.

Delante suyo, había un pasillo de luces de colores por donde avanzaban dos majestades  con aspecto tan humano como él, con sus clásicos ropajes que los identificaba con la Federación. Lo saludaron cortésmente y lo llevaron de nuevo por el pasillo al interior del inmenso edificio. A su alrededor se escuchaba suavemente una extraña música. Las luces y sombras se sucedían unas a otras. Por fin, se detuvieron los tres y casi casualmente apareció por un costado otra figura más, de aspecto imponente.

Sin poder evitarlo, nuestro visitante habló primero y dijo:

  • ¿El supremo Ultra-Divinis Janus Miqhvaar, supongo?

Este lo miró un momento como analizándolo y dijo:

  • Y usted es el Mega-Tempus Ziddor Varer, ¿no es cierto?

A lo que Varer se inclinó saludándolo al modo de la Federación. En medio del protocolo, Miqhvaar lo interrumpió diciendo:

  • Puede decirme Almirante simplemente.

Tras lo cual hizo un gesto para que los dejaran solos.

  • Estaba informado que usted vendría, así que no me sorprende.

A lo que Varer  con cierta sorpresa replicó:

  • Entonces debe saber que hay simplemente un explorador del tiempo y que hace mucho deseaba verle personalmente.
  • Bien, no es usted el primero, en tanto tiempo hay muchos que han venido a verme. La mayoría de los Pantocratores y Ultra-Divinis, los embajadores de Sagitario y los Supremos de Super-Cúmulos y varios más.

Varer y Miqhvaar se sentaron y, al instante, se abrieron unas ventanas permitiendo la observación del cielo estrellado como si estuvieran en algún mirador.

  • Es fantástico – murmuró Varer.
  • Cuando mandé construir este mundo quise que fuera en base a mis gustos personales – dijo Miqhvaar orgulloso.
  • ¿Y por qué en el sistema de Centauro?
  • Eso es fácil de suponer, mi amigo. Es porque en Centauro comenzó realmente la Federación. Y no quise utilizar ninguno de sus mundos porque si hay algo que me fascina aún, luego de tanto tiempo, es esto: las estrellas...

Ambos personajes se contaron algunas cosas más. Incluso Varer contó de su mundo y de todo lo que él sintió al convertirse  en un explorador del tiempo, asomarse a la cuarta dimensión que es el tiempo, estaba lleno de sorpresas, de extrañezas, en donde no siempre las cosas eran como uno suponía, el tiempo era como una nave en continuo movimiento. El tiempo...

Pero aquí esta noche, el personaje era Miqhvaar, al que Varer deseaba consultar puntualmente algunas cosas.

  • Almirante, aunque es un tema que ya lo hemos estudiado otras veces, ¿qué tenía en mente al crear la Federación?

El Almirante sorbió un trago de un refresco que se les había dado y, mirando a las estrellas, dijo:

  • En aquel tiempo ya teníamos la certeza de que existían otras razas en la Vía Láctea. Así que mi idea fue la de unificar a todas las razas humanas y explorar la Galaxia para descubrir otros como nosotros y así “enfrentar” a los no humanos que resultaron ser una cantidad más o menos igual.

Varer meditó un momento y preguntó:

  • ¿Por qué unificar? ¿Es que no estaban unidos?
  • Recuerde que en ese tiempo existían los hombres solares, los eridanos, los crespenses, los denebianos y aún los primitivos géniros que habíamos descubierto nosotros.

Como quien en una videoteca, Varer dijo:

  • Quisiera oír de usted mismo, ¿qué era en ese tiempo el Hombre-Solar?
  • El Hombre-Solar era todo lo proveniente de la Tierra, la Luna, Marte y los mundos helados, en donde se estaban formando repúblicas y hasta reinos locales. Y también eran los colonos de los mundos de Alfa Centauro. Y todos estos coexistían con los demás humanos que no provenían de la Tierra o del Sol.
  • ¿Alguna vez se creyó que podía haber razas no-humanas más importantes que la nuestra?
  • Sí, claro que sí. Es por eso mismo que decidí crear la Federación.
  • Más allá de que nosotros pertenecemos al Modelo Humano (el M.H.), ¿por qué ese interés en destacarlo a nivel galáctico?
  • Mire, ahí hay algo importante que debe quedar claro en todos. El M.H. surgió en Altair cuando la Vía Láctea tenía unos pocos millones de años (M.A). Ellos fueron los primeros humanos que hubo, cuando la Galaxia era muy diferente y aún el Cosmos poseía condiciones que ya no tuvo después. Si quiere llamarlo así, el M.H. fue un experimento de la naturaleza.
  • Un experimento de la naturaleza –meditó Varer– ¿Usted piensa que luego la Vía Láctea no produjo otros humanos?
  • Seguramente que sí, pero nuestra semilla fue la primera. El interés en que perdure es que luego la Vía Láctea cambió y sigue cambiando. Las razas surgidas ahora ya no son como aquella.

Varer estuvo en silencio unos momentos y luego reflexionó_

  • Lo notable es que los mismos altairenses no sobrevivieron para verlo.
  • Pero dejaron sus hijos, por así decirlo, o sea nosotros, y la Federación es quien lleva la antorcha del Modelo Humano.
  • Eso significaba la antorcha, entonces –dijo Varer entendiendo.
  • Ese fue uno de los primeros símbolos de la Federación –completó Miqhvaar–. Los primeros kosmokratores la mostraban cada vez que llegaban a una nueva galaxia.
  • Almirante –dijo Varer luego de unos momentos– sin embargo la Federación siempre incluyó a todo tipo de razas, como los no-humanos y semi-humanos.
  • Bien, primeramente fue natural que otros nos vieran más desarrollados a nosotros o un grupo invadiendo a otro grupo, así que aceptaban integrarse a la Federación. Además, de esa manera se evitaba caer en el “síndrome rerum”.

Varer puso un gesto de extrañeza y dijo:

  • ¿Qué fue eso?
  • El motivo por el cual desaparecieron los altairenses –le recordó Miqhvaar.
  • Creo que este es un punto que no es bien conocido –reconoció el Mega-Tempus.
  • Los altairenses estaban muy adelantados en lo científico y por eso practicaron los viajes espaciales. Sin embargo, ellos nunca fueron muchos. No sucedió como con el Hombre Solar (H.S.) que, si la población de la Tierra hubiese muerto, ya había colonias permanentes de humanos en casi todo el Sistema Solar.

Varer lo miraba como fascinado, imaginando la situación.

  • Se cree que un virus contraído en algún lugar los fueron diezmando de a poco –continuó Miqhvaar– y que los colonos de un lugar, librados a su suerte, ya no podían ayudar a otros.
  • Creo que ahí tengo un objetivo para mi próxima exploración.
  • Además, hay que tener en cuenta otra cosa. Imagine cómo era el Cosmos primitivo, la Galaxia primitiva. En la Vía Láctea había muchas nubes proto-planetarias pero pocas estrellas desarrolladas. El Sol era de esas. Fue allí que surgieron planetas capaces de desarrollar el Modelo Humano.
  • ¿El M.H. es, entonces, una forma de vida más desarrollada que otras?
  • Es más desarrollada que las semi-humanas, y, entre las no-humanas existen muchas variantes que, según el caso, pueden ser mejores que nosotros.
  • ¿Y qué me dice de otros modelos humanos que también subsistieron, aparte del H.S.?
  • Cronológicamente son posteriores al H.S. en varios ciento de millones de años.

Permanecieron unos segundos en silencio hasta que Varer dijo:

  • ¿Sabe una cosa? Oyéndolo a usted parecería que la naturaleza experimentó con el H.S. y que el Modelo Humano ha ido evolucionando. Los eridanos y algunos otros no necesitaron tanto tiempo como el H.S. para adelantar en conocimientos.
  • Bueno, ahí está una de las grandes causas de todo lo que venimos hablando. Y es que la Galaxia evoluciona. No es lo mismo que era antes ni es ahora lo que será después.
  • Algo de eso es lo que he visto en mis viajes. El supremo Garyker fue el primero en comprobarlo.
  • Y usted sabe –replicó Miqhvaar– que distintos exploradores de los Poli-Cosmos y de los Neo-Universos han comprobado la evolución de las galaxias en general y del Universo total (U.T.).
  • ¿Entonces?
  • Esto nos llevaría a que el U.T. está en permanente evolución, igual que el primer ser vivo.
  • ¿Auto creado o no?
  • Todavía es algo por descubrir porque las distintas conciencias galácticas que hemos descubierto desde los viajes del supremo Gedeón Solar, a su vez derivan de otras y así indefinidamente. O sea que, aparte de la materia, el U.T. está lleno de entes cósmicos que no dirigen los sucesos sino que también evolucionan.
  • O sea que no puede haber un único Dios.
  • Yo creo que sí lo hay. Lo difícil será explicar a su vez cómo surgió. Mire –dijo Miqhvaar mirándolo fijamente–, si yo estuviera en su lugar, más que explorar en el lejano futuro en donde uno se sumerge en ese mar de Poli-Cosmos, me dirigiría más bien a los primeros tiempos de la Galaxia, cuando esta, el Super-Cúmulo y el Cosmos aún no estaban tan desarrollados. Creo que allí hay más cosas por explorar todavía.

Aquellas palabras pegaron fuerte en Varer. Se quedó sin decir nada, mirando fijamente en la pantalla las estrellas que parecían llamarlo.

  • Allí usted tendrá la posibilidad de ver el surgimiento de muchas cosas –insistió Miqhvaar.

Miqhvaar se incorporó, destacándose su imponente figura y se acercó a la pantalla.

  • Este mirador estelar no es algo casual –dijo–. Mire. Según la visión de los astros a veces puede verse el Sol y hasta algunos de sus planetas. Otras se ve claramente Alfa Centauro y sus acompañantes. Pero en otras ocasiones puede distinguirse 61 Cisne, Tau Ballena, Epsilon Indio, o aún Altair y Epsilon Eridano con algunos de sus planetas. Todo depende de la posición. Y más allá, en la profundidad estelar, usted sabe que hay más, mucho más. Pero lo que está claro es que siempre hay una frontera por traspasar, siempre hay algo nuevo por descubrir.

Al ponerse frente a él nuevamente, Varer hizo una reverencia y, levantando la mano al estilo de la Federación, respondió:

  • Lo he entendido perfectamente, Almirante.

La entrevista había finalizado. Era el final, era el principio.

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Martes, 19 Noviembre 2019 02:23

Aurora Borealis. / Waldo Contreras López /

 

Aurora Borealis.

Waldo Contreras López

 

La vi por primera vez en la puerta de entrada del bar en donde laboro como mezclador de música y técnico de audio y video; me llamó la atención su figura menuda, sus piernas largas, su tez blanca como los lirios del rio y sus ojos, sus ojos enormes y azules. Su presencia maciza y carácter explosivo me atropellaron. Tardé días en dirigirle la palabra, con esa enfermedad que a muchos nos ha aquejado: esa atracción abismal y vértigo por mujeres de vidas perdidas. Aquella tarde al fin tuve el ánimo de enfrentar ese vago temor y, decidido al fin, di mi primer paso para terminar de conocerla y durar enganchado varios meses a esta mujer.

 

-¡qué ojos tan bellos niña! ¿Son tuyos?

-sí –me contestó con su sonrisa enmarcada por sus labios gruesos de boca grande y dentadura blanquísima- me costaron quinientos pesos en la “plaza de la mujer”- agregó mientras me empujaba para abrirse paso sin apartar su mirada de la mía, con gesto coqueto; se alejó al ritmo ruidoso de sus zapatillas regalándome un adiós con su mano que parecía una mariposa agitándose bajo las luces de neón que iluminaban tenues el ámbito de la sala y dejándome envuelto en el ámbito de su perfume olor a cítricos, inundado en su risa sonora, musical y alegre; se ganó el corazón y el aprecio de todos en aquel bar con el paso de los días y a medida que se apoderaba de la pista de baile y los ánimos vespertinos ya decaídos en aquel muladar de mala muerte.

 

Esta jovencita era un prodigio de feminidad y coquetería, de dulzura y sensualidad a la vez; de cadencia, ardor y abrumadora desnudez sobre la pasarela. Se le veía corretear por aquí y por allá de un extremo a otro de la cantina, con paso danzarín y una energía incombustible; era una de esas verdaderas almas libertinas que solo existen para hacer de la vida algo digno de disfrutar sin despilfarro de ánimo ni pérdida de tiempo u oportunidad.

 

Pues bien, esta muchacha tenía talento para navegar sin daño en tugurios como este, beber cerveza como albañil y drogarse como punk. Eso y además: se ganaba el pensamiento durante varias horas o días de todos aquellos quienes la veíamos en sus convulsiones dancísticas; y se ganó el mío en especial. En la mayoría de sus ejecuciones sobre la pasarela o alrededor del brillante tubo cromado ella volteaba su rostro pálido y sudoroso hacia mi cubículo desde el cual manejaba la música y las luces multicolor; ella dirigía sus miradas brillantes hacía mí sin avistarme en medio de la oscuridad, pero sabiendo que me embelesaba y sin duda la miraba, me regalaba su mejor sonrisa y su mejor evolución sobre la pista y luego, al terminar de ejecutar su número “el momento sexy”, bajaba las escaleras, se metía en mi reducto a oscuras y me obsequiaba besos en las orejas, palabras ardientes o alguna de sus prendas perfumadas. Así era con todos, generosa con sus estallidos de terremoto.

 

Este pequeño prodigio de alegría andante, esta pequeña mujercita, nos regaló en una mala tarde, uno de sus mejores días sobre el mundo: se encontraba “copeando” con un par de clientes, dos viejos lobos de las cantinas quienes pagaban el dinero necesario para que jovencitas como ella les acompañaran; tenían al menos unas cuatro horas de tertulia cuando, en el punto más animado de la fiesta, ella se puso de pie, se quitó las enormes zapatillas de plástico para luego aventarlas con gesto teatral a un rincón sobre el templete de los músicos, se acomodó el cortísimo vestido entallado color azul rey y luego se puso a bailar como gitana: levantaba las manos y batía palmas, giraba sacudiendo las caderas. Su cabello largo y negro parecía un enorme pájaro nocturno luchando contra ella para liberarse de esa posesión demoníaca que le hacía moverse como una loca; esas evoluciones tenían a todos perplejos, sometidos por una emoción (y la esperanza de que comenzara a desnudarse) que los mantenía sembrados y temblorosos sobre las sillas.

Al fin, el más viejo de quienes le pagaban la copa, golpeó una botella contra la mesa a manera de balazos, rompiendo el encanto en el cual estábamos todos hundidos, y le gritó entre risas: “¡hey, ven acá pinche cabrona maníaca, no te estoy pagando para que le bailes a todo mundo” Ella se detuvo al instante con aires de ofendida, golpeó el suelo con su pie descalzo mientras cruzaba los brazos y sacaba las nalgas, hizo un gesto de puchero para luego tomar vuelo y dirigirse a la mesa con pasos de bailarina de ballet, agarrar una botella de cerveza y bebérsela

de tres tragos, golpearla contra la mesa emulando al viejo con voz ronca y gestos actorales: “no te estoy pagando para que le bailes a todo el mundo (“pinche viejo amargado”-agregó)” luego soltó una de sus hermosas carcajadas musicales y se dejó caer sobre los muslos del anciano.

 

Todos la conocíamos como Aurora Borealis, la excitante bailarina de pasarela quien a sus dieciocho años de edad recién cumplidos ya era una de las “coperas” más solicitadas en toda la zona sur de la ciudad; se llamaba en realidad Flor Jacaranda pero por mí y todos sus amigos, se dejaba acariciar con el apelativo de Yaqui, una jovencita fugada de su marido desde una ciudad del sur del país; una mujer atribulada por el miedo de morirse dormida, que le temía a los “aparecidos”, a los perros negros, a la oscuridad en los cuartos de renta y a los feroces estruendos de los rayos en noches de tormenta; una mujercita de hablar fluido y cotorro en sus explosiones químicas de drogas duras; de voz queda y tristona cuando estaba sobria; amaba las flores, las ranitas de cerámica con sus caritas femeninas y hociquitos besucones (yo soy una ranita como esta, que espera al príncipe que le robe un beso y la convierta en su reina. Decía), a los gatitos desvalidos y todos aquellos a quienes ella consideraba, según su juicio “hombres de verdad y no mamadas; que tengan muchos detalles lindos y miradas tiernas, que sean sobre todo unos buenos roba-besos”

 

Aurora Borealis fue encontrada muerta en un basurón municipal situado al norte de la ciudad.

Su cuerpo vuelto un escombro de huesos y cenizas; una apología a la maldad y a la mala índole citadina contra mujeres como ella, un tributo a una sociedad podrida hasta sus cimientos más profundos.

Flor Jacaranda, una triste y breve historia local reducida a un espacio escondido entre notas rojas de alto impacto y promocionales de productos para una mejor lubricación vaginal o una poderosa erección del pene; Yaqui en un basurero municipal, con su cuerpo garbo, blanco, con su cabellera negra otrora pájaro nocturno, con sus mordidas en las orejas, con sus

palabras sensuales y ropa de bailar… con todo su ser; su desnudez abrumadora reducida a un trozo de carne chamuscada.

Quemada viva, Aurora Borealis apenas pudo ser identificada pues el fuego no alcanzó a devorarla completo. Los verdugos no alcanzaron a borrarla por completo del mundo a pesar de triste holocausto que intentaron contra ella: en su pierna derecha tenía un tatuaje del Escorpión del Zodiaco; junto a su cadáver hallaron su bolso, sus escasas pertenencias desperdigadas entre la basura: sus abalorios de puta, sus cajitas de maquillaje “dark”, sus lápices labiales y dos estuches para lentes de contacto, uno de ellos vacío y el otro que portaba unos de color rojo-fuego.

Dos días anteriores al cual hicieron la denuncia de desaparición la vieron salir de uno de los muchos bares de la zona norte de la ciudad junto a otra bailarina y acompañadas, dicen, por al menos cuatro hombres con aspecto de sicarios.

Fue encontrada muerta junto a su amiga: “quemadas vivas”, dijo el médico forense a la madre de la otra jovencita.

El cadáver de Jacaranda nadie lo reclamó, fue depositado en la fosa común después de un mes de haber sido encontrado. No dejó ningún recuerdo en la ciudad, ningún atisbo vital que pudiera hacerle recordar cómo alguien que caminó por estas calles; su voz cantarina, su risa musical y sus aspavientos corporales ya han sido olvidados debido a la vorágine de los días cargados de nuevos espantos.

A mí solo me dejó sus mirar de ojos “azules” fija en mi rostro embelesado e invisible, tres de sus prendas de baile olor a Aurora Borealis, su luz expansiva y de colores reflejada en su piel blanca que me iluminaba los días en mi oscuro cubículo de deejay, de miércoles a domingo.

 

Flor Jacaranda fue una aurora, mi aurora.

Para todos fue en vida esa belleza hoy olvidada: Aurora Borealis.

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