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Gustavo Alatorre

Gustavo Alatorre

Gustavo Alatorre (Ciudad de México, 1979). Poeta, ensayista y estudiante de Doctorado en Letras por la UNAM y profesor de Lengua y Literatura. Tiene publicado los libros de poesía Guardar el infierno (Fridaura, 2009), Nueve nocturnos para que duerma Lesbia (Fá Editorial, 2014) y Epístolas mayores o el libro de la oscuridad (Versodestierro, 2015), Oscura prosa de vulgar Latín, (Mantra Edixxxciones, 2017);  así como el libro de ensayo literario El Derrumbe Amoroso. Apuntes sobre la poética de El turno del aullante de Max Rojas (Fridaura, 2013). Su trabajo ha sido publicado tanto en antologías y revistas nacionales e internacionales. Su obra ha merecido reconocimientos y premios literarios tales como el Premio Universitario de poesía Décima Muerte convocado por la UNAM en sus emisiones 2008 y 2012;  Los Juegos Florales Universitarios convocados por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2008; y el segundo lugar en el concurso de Ensayo Literario Punto de Partida en 2015, convocado por la UNAM; así como el Primer Lugar en el torneo de poesía Campeón de Campeones Adversario en el cuadrilátero 2016. Organiza desde hace más de diez  años el Encuentro Nacional de Poesía Max Rojas CDMX.

ZOOLOGÍA FANTASMA

 

 

Mientras no hayas entendido eso de “Muere y conviértete”,

no serás más que un huésped oscuro en la tierra tenebrosa.

J. Wolfgang Goethe, West-östlicher Divan

 

 

 

 

 

 

 

 

 Los cuidadores de fantasmas son personas extraordinariamente comunes, originales.

Pasan por la calle sin despeinar el alma de la gente. La ciudad los habita a ellos,

las calles los recorren a ellos, los llenan de costumbre y de silencio.

Su labor en esta tierra, sin embargo, es profundamente necesaria e importante:

cuando todos se duermen, ellos,

en un encantamiento del aire,

sostienen el mundo para que no desaparezca.

 

 

 

 

 En el día son una flama apagada,

la pereza los construye y los sienta en la parte alta de los muros.

La gente, acostumbrada a su presencia, los ignora,

los deja vivir en el aire de su frecuencia fantasma. Por la noche, contrario al día,

son animales que arden.

Jamás se ha visto una luz tan fuerte vagando en la oscuridad.

Algunos creen que son una sombra. Yo he visto arder en ellos el infinito.

 

 

 

 

 

 

 

 

  Algunos desaparecen toda la tarde, el día los devora para regresarlos por la noche.

Nunca me he pregunto a dónde van, a dónde los lleva la realidad o la fantasía,

si son ellos quienes desaparecen o somos nosotros.

Hoy coincidimos en esta calle, en este día luminoso,

bajo el augurio de un noviembre bendecido,

en las raíces de la palabra Bestiario

¿A qué dios debemos agradecerle su presencia?

 

 

 

 

 

 

 

 Nada le deben al jaguar o la libélula.

Su belleza consiste en quemar el alba y abrir el mundo a la pereza del día.

Su poética es el silencio, no el vuelo o el misticismo;

su ferocidad está enfocada en la cicuta de las manos del niño,

en los bastones de los abuelos muertos, en las sandalias de las mujeres de costa.

Ellos destruyen las aves de las jaulas,

no por las aves, no por las jaulas, no por el alma ni la nostalgia,

no por amor,

nunca por miedo, ni como telón de fondo o de principio,

  jamás por ti,

jamás por mí:

Nada le deben al jaguar y a la libélula.

 

 

 

 

 

 

¿Qué es el tiempo para el espíritu?

¿Cuál es la línea o la circularidad del ser? Hoy amanece,

comienza el paso del mundo sobre una flora silvestre o citadina:

hoy envejece la ciudad conmigo un día más.

Una figura escala mi cuerpo,

lleva un motor

en el pecho

en vez

de corazón.

Si la felicidad existe,

seguro tiene garras y dientes.

 

 

 

 

 

 No conozco a nadie que tenga la mirada de un gato. Sus ojos

están hechos para la noche, no para este mundo. Si alguna vez los miras con detenimiento, podrás saber tu vida en un futuro o en un pasado, pero nunca en el presente. Los adivinos 

de gatos ya no existen; ahora

cuidamos fantasmas.

 

 

 

 

 

 

El número del aire es el 7, pero también el del silencio. Lo usaron los griegos

para leer en el mar el mapa de las estrellas, los sumerios para esgrimir en el tiempo;

ahora lo usamos para vivir con calma, fuera del cielo y de la tierra.

7 segundos en el día,

7 días a la semana,

7 vidas

para quemarnos despacio.

 

 

 

 

 

 

Gustavo Alatorre (Ciudad de México, 1979). Poeta, ensayista,  estudiante de Doctorado en Letras por la UNAM y profesor de Lengua y Literatura. Tiene publicado los libros de poesía Guardar el infierno (Fridaura, 2009), Nueve nocturnos para que duerma Lesbia (Fá Editorial, 2014),  Epístolas mayores o el libro de la oscuridad (Versodestierro, 2015) y  Oscura prosa de vulgar Latín, (Mantra Edixxxciones, 2017);  así como el libro de ensayo literario El Derrumbe Amoroso. Apuntes sobre la poética de El turno del aullante de Max Rojas (Fridaura, 2013). Su trabajo ha sido publicado tanto en antologías y revistas nacionales e internacionales; traducido al francés y al inglés. Su obra ha merecido reconocimientos y premios literarios tales como el Premio Universitario de poesía Décima Muerte convocado por la UNAM en sus emisiones 2008 y 2012;  Los Juegos Florales Universitarios convocados por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2008; y el segundo lugar en el concurso de Ensayo Literario Punto de Partida en 2015, convocado por la UNAM; así como el Primer Lugar en el torneo de poesía Campeón de Campeones Adversario en el cuadrilátero 2016. Organiza desde hace más de diez  años el Encuentro Nacional de Poesía Max Rojas CDMX.

 

Rodrigo Alatorre (Ciudad de México, 1994). Arquitecto y fotógrafo. Ha colaborado en diversas revistas de fotografía entre las que destaca  Cuarto Oscuro; en 2017 ganó el Primer Lugar en el concurso de fotografía “Comunidad Cultural” convocado por la UNAM. Actualmente prepara su primera exposición individual.

 

 

 

 

 

 

Del libro Inclinación del relámpago

Gustavo Alatorre

 

Ebrietas, ebrietatis

 

Con un hijo entregado al alcohol, uno dispone del mundo como un príncipe y una baldosa de tierra es arrojada a la infancia del huracán más bello. Tres hijos me dieron los astros para curar mi alma, para mirarme entrar con ellos en la eternidad. A mi mujer la embellece la lluvia y en mis pulmones entran las estrellas de su cabello.

Pero lo mío es el vino, la ebriedad del instante que hace del mundo un carruaje en el que el Diablo espanta los atardeceres; por eso el día transcurre de noche y gira despacio en el engrane del tiempo.

Mi corazón dicen que es ternura, pero mis manos han derrotado más ocres y furias, más garamantas y tristezas. La oscuridad del nimbo, la templanza del mar o la sanación del enebro, fueron parte de mi dominio.

Cuando del mundo me vaya, mi eternidad será una sola.

Con un hijo entregado al alcohol, uno dispone del mundo como un príncipe.

 

 

 

 ***

 

Que el corazón de un dios habite tus ojos. Esta mañana te saludamos todos tus muertos. Mi planeta de herrumbre, mi cometa del aire: la distancia entre nosotros no existe por este día luminoso. Como el naufragio de un barco, mi alma se construye de pedazos de ti, de lugares donde los dos moramos como fantasmas de una casa enorme que es el mundo. Este dos de noviembre nos recorre las venas, nos hace tristes o decantados a una nostalgia de vidrio roto, de ventana entreabierta o de primera lluvia. Te dije que el amor crecía en mí como un desierto, pero fueron tus ojos los que dejaron vacío mi mundo, vacía mi tempestad, mi ciudad de ladrillo.

Que el tequila de un dios habite tu sombra.

Borracho, como la primera luz del mundo, siempre tuyo, desde ahora.

 

 

Gustavo Alatorre

 Extrait du livre “Inclinación del relámpago”

 traduction par Miguel Ángel Real

 

 

 

 

Ebrietas, ebrietatis

 

Avec un fils livré à l'alcool, l'on dispose du monde comme un prince et une dalle de terre est jetée à l'enfance du plus bel ouragan. Trois fils m'ont donné les astres pour guérir mon âme, pour que je me regarde entrer avec eux dans l'éternité. La pluie embellit ma femme et entrent dans mes poumons les étoiles de ses cheveux.

Mais le vin est mon affaire, l'ébriété de l'instant qui fait du monde une calèche où le Diable épouvante les crépuscules ; c'est pourquoi le jour se déroule la nuit et qu'il tourne doucement dans l'engrenage du temps.

On dit que mon cœur est tendresse, mais mes mains ont vaincu plus d'ocres et de furies, plus de garamantes et de tristesses. L'obscurité du nimbe, la tempérance de la mer ou la guérison du genévrier, ont fait partie de mon domaine.

Quand je partirai du monde, mon éternité sera une seule. Avec un fils livré à l'alcool, l'on dispose du monde comme un prince.

 

 

 

***

 

Que le cœur d'un dieu habite tes yeux. Ce matin nous, tous tes morts, te saluons. Ma planète de rouille, ma comète de l'air : la distance entre nous n'existe pas dans cette journée lumineuse. Comme le naufrage d'un bateau, mon âme se construit par des morceaux de toi, par des lieux où nous demeurons tous les deux comme des fantômes d'une énorme maison qu'est le monde. Ce deux novembre nous parcourt les veines, nous rend tristes ou décantés dans une nostalgie de verre brisé, de fenêtre entrouverte ou de première pluie. Je t'ai dit que l'amour grandissait en moi comme un désert, mais ce furent tes yeux qui ont laissé vide mon monde, vide ma tempête, ma ville de brique.

Que la tequila d'un dieu habite ton ombre.

Ivre, comme la première lumière du monde, toujours à toi, dorénavant.

 

 

El baúl y el féretro

SEIS POSTALES DESDE EL INFIERNO

Gustavo Alatorre

 

 

 

Para Mariángel Gasca Posadas y Marcela Rojas Santos Burgoa,

estrellas en el alma de estos poetas sin fondo…

 

 

Qué bella. Espero que estos poemas despetrifiquen nuestra ausencia física.

Tal vez sea una prueba del Espíritu, para que nuestro amor pase y vuele sobre la ilusión

que produce la corporeidad sola. Confundiendo como siempre veo en todas las parejas que el Amor es sólo la presencia física”

 

(Rogelio Treviño, en misiva para Mariángel Gasca Posadas)

 

 

1

El baúl y el féretro

 

Toda antología concreta en sí, más allá de las apariencias estéticas y serias del trabajo –las cuales suelen incluirse en las primeras páginas de toda solemne antología– un proyecto personal e injusto, muchas veces, por las ausencias, e inclusive por algunas inclusiones. La literatura mexicana no es por ningún motivo la excepción. Tal es el caso de la ya conocida ausencia del poeta Jorge Cuesta en la antología coordinada por Octavio Paz Poesía en movimiento (1966), o la exclusión de poetas como Ramón Martínez Ocaranza (1915-1982), Enrique González Rojo Arthur (1928), Mario Santiago, cuyo nombre primero fue el de José Alfredo Zendejas (1953-1998) y Rogelio Treviño (1953-2012), no sólo en antologías que nacieron o comienzan a forjarse como oficiales junto a aquella mítica antología del 66 ya citada, sino fuera del panorama literario mexicano. Sin embargo, tales ausencias sólo son visibles cuando el poeta y su obra se hacen necesarios dentro del tedioso o ya conocido mundo oficial de las letras mexicanas. La obra del poeta ausente es la que precisa lugar en su contexto literario y la que subyace más allá del anonimato y cumple el ciclo para la cual fue hecha: ser leída y conocida. Así es como estas ausencias se tornan rápidamente en erupciones colosales y señalan, si es el caso, las intrigas o divorcios viscerales que las hundieron en el anonimato. O, en el mejor de los casos, simplemente concretan el ciclo que fue marcado desde el inicio por el poeta quien prefirió ante todo trabajar en su obra y exiliarse del mundo literario. Tal es el caso de Max Rojas (1940-2015), quien desde hace unos años ha comenzado a ser más leído y su obra empieza a ser referencia sólida dentro de la producción literaria nacional.

Sea cual sea la intención primaria de una antología, no escapará jamás al ojo crítico, complaciente –a veces– o resentido, de los lectores de poesía que en su mayoría son los mismos poetas, los mismos creadores de este germen inmenso llamado literatura mexicana.

 

2

Epístolas para después de morir

 

Busco por Internet a un poeta totalmente nuevo para mí: Rogelio Treviño. Lo poco que encuentro no me dice mucho puesto que la mayoría de los documentos que me facilita la herramienta electrónica son notas de algún blog que hacen referencia a su muerte, algunos correos entre el poeta y una mujer que son manejados como epístolas literarias y un par de videos donde el poeta recita y resume, a grandes rasgos, lo que no se puede resumir: su estética. Y eso es todo. Desde su muerte, se presume ocurrida en plena calle dada su última condición indigente o en un hospital junto a dos camaradas suyos (hay varias versiones según se puede enterar uno), pasan casi dos meses para que su cuerpo sea encontrado, o mejor dicho, reclamado en la morgue de alguna delegación del Distrito Federal, hoy Ciudad de México.

Busco al poeta por recomendación de otro que me ha dicho y asegurado que encontraré una grata sorpresa, y para persuadirme agrega: “encontrarás algo de parecido entre su alma y la tuya”. Movido más por estas últimas palabras, busco...busco...busco...

Y comparto:

 

El Espíritu contigo y tus hijas. Aquí respiramos los antropopeces el aliento amniótico de Dios, por eso puedo decir que te respiro, que nos respiramos. Dice uno de los grandes del XX, Rainer Maria Rilke, mi maestro…Respirar, invisible poema… Cuántos vientos son como hijos míos…Así, Mariángel, nos respiramos nosotros dos, porque lo semejante atrae y se une con lo semejante…Agua mental, agua dulce, somos agua que piensa, que imagina principalmente, agua que sueña, que camina, agua que habla, que ama, agua que respira, agua que ve, agua que escucha, agua pequeña, de abajo, que se hace a un lado como agua psicológica para que descienda el agua de arriba, como el agua madre…Aguadulce…Te amo, Benji…Roi”

 

(e-mail dirigido a Mariángel Gasca Posadas)

 

3

El León Dorado

 

A Max Rojas lo conocí una noche de septiembre del año 2001. Por ese tiempo asistía a un taller de literatura impartido en la delegación Iztacalco por el poeta Marco Tulio Lailson, él me presentó a Max Rojas. Íbamos al taller Manuel Becerra Salazar y yo, dos jóvenes cuyas ambiciones estaban puestas en la poesía, las mujeres y la bebida, ésta última, razón por la que habíamos esperado toda esa tarde-noche pese al retraso del profesor. La ausencia de dinero era otra circunstancia más por la que el taller resultaba necesario: nunca faltaron las cervezas y demás tragos invitados por el tutor.

Esa noche conocí a un poeta. Todo en él, su persona, su voz, su obra, cimbró algo dentro de mí; había sido invitado a una epifanía ocurrida justo en un lugar lúgubre y brillante dentro de esta ciudad misteriosa. El León Dorado forjó con su nombre, sus muchachas y sus tragos, la amistad que me uniría desde ese día al poeta.

Años después, en su casa, con su cuerpo más gastado y con la misma insistencia por el cigarro, observo a Max: me cuenta que fue jurado en un concurso de poesía, que está buscando un premio, que ya no lee por los problemas que la enfermedad le ha traído. Sirve el café, me ofrece tequila, y yo lo observo. Pienso algunas cosas: no busca fama o reconocimiento, eso no lo buscó de joven, ahora menos que se le empieza a dar. Busca el dinero, tal vez; su condición y las responsabilidades que aún tiene no hacen buena amalgama. Bebo el tequila y dejo el café servido y frío. Salgo de su casa, él ya no baja a despedirme pues su enfermedad le impide moverse ágilmente por las escaleras y le evito ese esfuerzo. Minutos después, volteo, desde la calle, hacia la ventana grande de su sala donde sé que él se queda, que él está ahí. Y me alejo de esa casa azul inmersa en un mar de construcciones de esta ciudad que no termina por nacer definitivamente.

 

 

4

La ciudad, el cáncer, o el muñón de la estrella

 

Miro y leo la antología Poetas de una generación (1940-1949), publicada por la UNAM en 1981 y transcribo lo siguiente: “Acaso por ese descubrimiento primario del espacio urbano que fue, entre otras muchas cosas, el movimiento del 68, la ciudad es en ellos no un tema, sí una razón de ser.” Esto que afirma Vicente Quirarte con respecto a esta generación me da pie a fijar mi atención en dos circunstancias que han estado latentes en estas líneas desde el inicio: un poeta que escribe dentro del caos de la ciudad (Max Rojas), y otro que muere tragado por una ciudad (Rogelio Treviño). Este último, si bien no pertenece a esta generación, es lo mismo víctima y beneficiario de la historia de las letras mexicanas en su última mitad del siglo XX y la primera década de este siglo XXI. Ambos poetas forman pues, el pretexto para estas líneas. Abro la página al azar y sigo leyendo:

 

Metí mis versos entre las patas de los caballos

La palabra

cáncer

el poema

cáncer

canta

se corrompe

y deja discípulos que dejarán maestros

y muere

la palabra

el poema

y el poeta

A cada cáncer se le llega su géminis

Metí mis versos entre las patas de los caballos

:

No quedó ni el muñón de una estrella”

 

Reconozco el poema y sé que es de Orlando Guillén. Ahora busco una página escogida desde el índice y transcribo:

 

Caidal mi pinche extrañación vino de golpe

a balbucir sepa qué tantas pendejadas;

venía dizque a escombrar lo que el almaje me horadaba,

y a tientas tentoneó para encontrarse

un agujero tal de tal tamaño que en su adentro,

mi agujereaje y yo no dábamos no pie

sino siquiera mentábamos finar

de a donde a rastras pudiera retacharse nuestro aullido.

Esto es lo que me queda -dije- de tanta extrañación”

 

Dejo la transcripción a un lado y cierro el libro. Pienso en las increíbles formas oscuras y misteriosas que tiene la poesía para manifestarse y ser. Este poema, el canto X de El turno del aullante le ha dado mucho a Max Rojas, y casi siempre que se le incluye al escritor en alguna antología es con este poema, o al menos, no debe de faltar. Pienso entonces en Décima muerte de Villaurrutia o en Muerte sin fin de Gorostiza y mi efervescencia disminuye. Veo entonces la enorme cantidad de palabras subrayadas con rojo por el ordenador en tan sólo nueve versos y no puedo evitar reír un poco, reír...poco, pero reír.

 

5

De fantasmas y apariciones

 

La segunda vez que vi a Max Rojas fue en el trasporte público, habían pasado casi dos años desde la visita al León Dorado y ahora me lo encontraba rumbo a nuestra cita. Habíamos quedado de vernos en una casa de cultura de la delegación Coyoacán donde Max Rojas recién había iniciado un taller de escritura y donde además se encargaba de atender un cafecito instalado dentro de la misma casa. Junto a sus hijos, Marcela y Pablo, Max daba orden y vida a lo que en ese entonces era parte de su forma de subsistencia. Lo vi subir al microbús e instalarse en un asiento del frente, sacar una libreta y comenzar a escribir en ella sin hacer caso de la gente que subía y bajaba, que lo empujaba o distraía pidiéndole permiso para sentarse a su lado o pasar junto de él. No quise llamarlo ni interrumpirlo, además, a pesar de su libreta y su perfil, algo dentro de mí no se sentía seguro de saber si en realidad se trataba de Max o de una aparición, de un fantasma que ocupaba un asiento más en medio del tráfico y la histeria de esta ciudad. Cuando bajamos, justo enfrente de la casa de cultura, lo saludé.

Su libreta, una de tantas después me enteré, contenía su poemario Cuerpos, o al menos los primeros libros de éste. Me pareció que esta segunda vez tomó forma dentro de mí la imagen ahora sí completa de Max Rojas, y del poeta en sí para mis ojos. Por un lado toda la energía de la noche, la bebida, la poesía recitada en el bar, y por otro: la luz sin gracia del día común, la ocupación por la sobrevivencia atendiendo el café y la labor, aún en esas circunstancias, de dedicar incluso el mínimo detalle de la vida a la poesía, precisamente con el taller de escritura justo a las doce del día de todos los sábados.

Salí esa tarde, triste. Y contento. Quizás más lleno de melancolía que de alegría en sí o de tristeza. Fui testigo de aquellos momentos que verdaderamente nutren al hombre en su poesía, lejos del canon literario o del reconocimiento de la obra, que en ese entonces aún no llegaba del todo a Max Rojas, presencié algo misterioso que hasta ahora, años después, se me revela con verdadera luz: la poesía es y estará siempre en todos lados, menos donde pretenden meterla, acomodarla, justificarla.

 

 

6 y última

De alacranes, viento y espera

 

Miro por una ventana de las muchas que tiene la Biblioteca Vasconcelos. Espero sin ninguna ilusión la aparición de un rostro conocido que traiga luz a este día nuevo y nublado; sin embargo, pese a la desesperanza, miro por la ventana, atento, y espero algo, a alguien. ¿Qué hace en estos momentos Max Rojas? Seguro está fumando. Quizá tomando café o escribiendo. Pienso en las antologías y en los antólogos, abro una que tengo a la mano y cito: “la presente es una antología de divulgación, y en ese término, deseo centrar el argumento de su necesidad. A diferencia de las antologías académicas o de crestomatías de grupos, sectas y cofradías, estas páginas se proponen entregar a los lectores –en medio millar de poemas– algunos de los momentos más significativos de la poesía mexicana a lo largo de los dos últimos siglos”*, cierro cita. Hay dos cosas seguras que podemos sacar de estas palabras: la primera es que efectivamente hay un mal que todo antólogo sabe y que tiene como primer premisa atacar, al menos en apariencia o como labor principal de su objetividad y seriedad, y esto es el asunto que involucra a los grupos literarios, a las mafias y a las visiones académicas o de grupos de poder literario que dictan o que ayudan a construir lo que debe ser considerado como poesía y lo que no, y que se manifiesta o cobra presencia muchas veces en la antología misma –curioso, ¿no?–. Y dos: hay momentos brillantes en la historia de nuestras letras...

Lo significativo de esto es lo siguiente: sin importar la causa o razón, una antología siempre revelará más de lo que incluye en sus entrañas. Las ausencias serán estrellas negras en las páginas, universos inevitables que pronto aparecerán en la escena y reclamarán su lugar. Entonces, ¿habrá que agradecer al antólogo? ¿Su acto de concretar

un panorama o una muestra es, pues, una manera de sacrificio en pos de una revelación? Pienso esto mientras observo por la ventana, una de las muchas que hay en esta biblioteca –ya lo escribí–. Miro el reloj del ordenador y el tiempo transcurre de prisa y sin perdonar un segundo. Nadie llegó, al menos nadie que yo esperara. Un alacrán oscuro pelea con el viento del otro lado del cristal, del otro lado del espejo. Hace frío, infiero que el animal de oscura perla también lo siente, pese a que lucha contra el viento. Pienso en la noche fría de la muerte de Rogelio Treviño, pienso en los días, más de treinta, de la morgue, en su familia, en su amada. El panorama de las letras no es distinto, a veces salen cadáveres de la morgue a construir la página que faltaba en el libro de la historia o a veces hay una congeladora esperando a más de uno de ellos. Pienso en esto, en el viento, en las antologías, en los poetas muertos y en los que no dicen nada estando vivos, y espero sin ilusión un rostro que venga a iluminarme este día nublado. Hace frío, y mucho. Por eso miro por la ventana. Por eso a veces, muchas, lucho contra el viento, como aquel animal de oscura perla.

 

 

Gustavo Alatorre

Ciudad de México/2014

 

 

 

 

 

 

 

* Juan Domingo Argüelles en Dos siglos de poesía mexicana. Del XIX al fin del milenio: Una antología, Selección y prólogo de Juan Domingo Argüelles, México, Océano, 2001.

 

 

 

 

LA MEXICANIDAD

O CIERTA FORMA DE EXTRANJERÍA

Gustavo Alatorre

 

Hace ya tiempo, mientras discurrían mis años de licenciatura en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en una de esas tantas borracheras con el poeta Arturo Valdez Castro, un poema suyo alumbró una arista de mi alma, hasta ese entonces oculta: la mexicanidad. Algo de ese poema, cuyo título versaba “La muerte ser al chile chilanga”, hizo un eco de voces y emociones que hasta hoy, justo cuando tengo en mis manos el libro Residencia temporal: seis poetas chilenos en México (Aldus, 2016), vuelvo a sentir y a dejarme invadir por ellas.

     El poema, pese a ser de los primeros textos del autor, ya contaba con una fuerza implacable que lo mismo guiñaba un ojo con el infrarealismo en general que, específicamente, con el ritmo vertiginoso que suelen tener algunos textos de Mario Santiago Papasquiro: un golpe sonoro lleno de imágenes urbanas plagadas de una cultura general extensa, era entonces aquél poema.

     Si bien en México existe una muy buena influencia de la poesía chilena, desde Gabriela Mistral hasta Raúl Zurita, pasando por Pablo de Rokha, Neruda, Nicanor Parra, y hasta llegar a los puntos más álgidos que ofrecen Gonzalo Rojas y Vicente Huidobro; tener en mis manos un libro de poetas jóvenes chilenos que muestran un trabajo escrito en y sobre México, desde luego que se antojaba como toda una posibilidad de gozo y lectura.

      El libro se abre con Martín Cinzano (Guayaquil, Ecuador, 1977), quien curiosamente es el único de los seis poetas que no nacieron en Chile, dado al exilio de sus padres en ese país. Enfrentar la poesía de Cinzano no es fácil para un ojo tradicional. Esto lo digo porque en México la concepción que se tiene de lo que no es poesía dista bastante de lo que en otras tradiciones no contemplan como un problema: lo narrativo, el lenguaje directo, lo cotidiano, la ausencia o casi nula aparición de la imagen visual o la metáfora en sí, no representan una propuesta carente de “poesía”, sino lo contrario: se poetiza desde esas zonas y con esas herramientas; asunto que en México incluso en estos tiempos pareciera no caer del todo en gracia.

     La “casa” que construye Cinzano, el hábitat que le toca vivir –por decisión o arbitrariedad– es el terreno transitado por el  cuerpo de una mujer, la liviandad del mezcal, el cabello de lo cotidiano y la terrible verdad que inquieta el espíritu de quien se sabe extranjero: la soledad de una ciudad inmensa que sólo existe, terriblemente real, en el alma. Nada se queda en esa casa que ha decidido habitar el poeta. Ni él mismo, tal vez, termina por aceptar las paredes como una patria. El tedio, la desazón, el amor pasional y el sarcasmo, rigen las líneas del poeta quien da testigo de que en México –en esta “ciudad de vanguardia” – la soledad es la misma mierda que en cualquier parte del mundo:

 

Si tan sólo hubiera un cine

a donde ir a meterse ahora a las tres

de la mañana en el distrito

creo no pedir gran cosa

si tomamos en cuenta que algunos bromistas

la llaman la ciudad que nunca duerme

la ciudad de vanguardia

Como si fuera gracioso

no dormir

como si fuera vanguardista

no tener un cine a donde ir

 

Para Sebastián Figueroa (Yumbel, Chile, 1984) la observación es parte fundamental de su poesía, al menos la muestra que contiene este libro así lo hace notar. Él es el único poeta de este libro en quien noto una mirada lejana, poco arraigada a la tierra mexicana; y es precisamente esta liviandad, esta falta de apego a la ciudad, a la calle y la casa que lo contiene en esta “residencia”, lo que da valor a su poesía. Figueroa nos muestra una ciudad tal como es, sin el fastidio del sentimiento patriótico. Él sabe que la ciudad que habita es una sola donde quiera que se encuentre; en él vislumbramos con todo su poder la sentencia de Kavafis: “No hallarás otra tierra ni otro mar./ La ciudad irá en ti siempre”; y a su manera la hace suya y la muestra:

 

No hay ciudad más allá de estas piernas pegadas al polvo.

Hay calles, es cierto, pero yo no camino por ellas.

Hay casas, es cierto, pero yo no puedo entrar en ellas.

Hay hoteles, jardines, loncherías,

tiendas de abarrotes y quioscos,

pero yo soy un virus sin cápsula

controlado por las oficinas sanitarias

 

En los poemas de Figueroa todo intento de arraigo, de bienestar, parecen contener de ante mano un fracaso. Las ruinas de su ciudad interna lo persiguen. Aquí o allá parecen lo mismo, son lo mismo de ese mundo del cual, sin importar el sitio, se desprenden los recuerdos que nos forman, que nos condenan. Para fortuna o desgracia, el mundo y la vida en sí, parecen seguir siendo, para el poeta,  igual a todo “sólo que menos”.

     Con Antonio Rioseco (Los Ángeles, Chile, 1980) sucede algo extraño, cada instante que su poesía dibuja es tan particular que alcanza todo nivel de “contacto” universal. Su poesía es una bitácora de la espera, un tiempo que ha de nacer en la llegada de la mujer amada, quien redime lo cotidiano con un con un simple vestido verdeazul. Los muertos de los que habla el poeta, son también parte de un paisaje urbano que se respira en las calles de esta gran Tenochtitlán, en los andenes del metro donde convergen poetas, músicos, vendedores, el amor y la melancolía. Cada registro que el poeta versa, tiene marcado el tedio y la violencia. El amor es un asunto que ha de esperar en esta urbe o que ha de naufragar mientras se aguarda a la amada en las horas más congestionadas de las arterias de este ciudad: el subway…

 

Volvemos a la estación.

 

Vendedores ambulantes,

faquires, mancos y ciegos

abriéndose paso entre la gente.

 

Vestida de verdeazul

apareces tras media hora

entre los torniquetes,

fuera de lugar

reflejándote

en las barras

de alumino.

 

Insistes en tomarme de la mano

en confundir ese feble refugio

adolescente.

Un espacio aparecido

a la sombra del viento

 

 

Con Rioseco encontramos un rostro muy particular de la poesía que suele padecerse en las arterias de esta ciudad: la melancolía. Quien ha transitado el metro de México a ciertas horas del día, sabe del sentimiento que despiertan las estaciones amargas, los pasillos largos, la espera bajo el reloj descompuesto que nunca da la hora del día, que nunca corresponde con la noche.

     A Manuel Illanes (Santiago de Chile, 1979) lo conocí una noche de lluvia, su acento me reveló a un hombre nuevo en las alturas de la ciudad. Muy pronto, por intervención musical -Nacho Vegas- y por mi padre, cruzamos las primeras palabras. A diferencia de muchos extranjeros, y de entre ellos, muchos poetas y artistas, Illanes llegó a un barrio bravo de la ciudad. No fue para él el esnobismo de la Condesa o la Roma, colonias que cada día luchan por escapar de todo aquello que se nombre mexicano. El Campamento 2 de Octubre fue su refugio y su casa. En esta zona armó su “nueva relación de los hechos”.

     La poesía de Illanes recorre un camino que pocos poetas, incluso mexicanos, han querido surcar. Su poesía atestigua con elementos prehispánicos lo que ahora muestran los actuales habitantes de esta urbe. La violencia de todos los días, la compasión y la enajenación de un pueblo que sufre y acepta lo que sus gobernantes dictan, inundan las líneas que el poeta versa. Para hablar del infierno, hace falta vivir en éste. Illanes es quizá el poeta que más captura el devenir mexicano, la sensibilidad que rodea a la gente de esta tierra. Como un  fiel sirviente de la Historia, cada verso del poeta registra la historia confusa y menor del barrio y de la casa misma. Pero es su letra quien eleva cada insignificante acto a una altura donde el arte sublima las casas grises, los narco asesinatos, los niños difuntos, las personas  que caminan las calzadas de los nuevos tianguis en los domingos bíblicos de esta “ciudad entre lagos”:

 

Y sin que nadie las llame

esas mismas vecinas

ocuparán su lugar

de plañideras cuando

uno de los hijos de Cristina

muera súbitamente

y se vele el cadáver

del angelito en el patio

de la unidad. Fraternidades

que consagran el hastío

y el dolor. La asamblea

murmurará entonces

plegaria tras plegaria,

sus rostros iluminados

por los pabilos de largas

velas. Y el mismo sacerdote

que acude la mañana

de todos los domingos

a decir misa al Campamento

ha de bendecir al pequeño muñeco

depositado encima de la mesa

antes de pedir por enésima vez

comprensión para los designios

inescrutables del Creador

como si se confesara

por un crimen de sangre.

 

 

La poesía de Bernardo Colipán (Rahué- Osorno, Chile, 1967) muestra algo más que una simple residencia, una estadía. Hay en los versos de éste poeta un serio conocimiento de la cultura mexicana que se agradece bastante, como lector mexicano. De igual manera que los griegos al versificar sobre sus mitos, en Colipán notamos una manera tan especial de versificar, al grado de mitificar, parte de la cultura prehispánica mexicana que corresponde a la zona céntrica de México. Si bien he dicho en líneas arriba que pocos son los poetas que se animan a versar sobre las culturas prehispánicas, en Colipán no sólo tenemos un atrevimiento, sino una muestra de calidad y fuerza poética impresionantes. Pienso en el lector chileno, latinoamericano, o de cualquier parte del mundo, y sin duda encuentro en los versos de Colipán una magia mística y una expectativa irresistible sobre la tierra mexicana:

 

 

Amoxtli, joven de veintiocho años

La última guerra florida lo trajo hacia acá.

En Tlaxcala, Amoxtli, sólo quería

Aprender el comercio del incienso.

Ahora lo vemos junto a otros guerreros

Subiendo los peldaños del templo mayor.

Un sacerdote arroja su corazón

Humeante al rostro de Tláloc.

Su cuerpo cae

Rodando escaleras abajo.

Sus padres lejos del templo, como todas las tardes

Esperan a Amoxtli que regrese de la milpa.

 

Me es inevitable leer este poema y pensar en cada uno de los poetas de esta antología: ¿qué padres, hermanos, esposas o novias los esperan en su tierra natal? ¿Cuánta tristeza  abarcan sus corazones entregados ahora a esta urbe, a  otras mujeres, a otras calles, a otros alcoholes?

Cada día el “rostro humeante de Tláloc” les cobra un corazón nuevo, unos minutos menos de sus vidas, un pedazo de pan, como precio de haber pisado esta tierra, de vivir en ella, enamorarse y hastiarse en ella; son apenas seis hombres cautivos de esta gran “guerra florida”:

 

Yo vivo en la isla de México-Tenochtitlán

me rodean joyas y milagros, un metal caliente

sale de mi voz.

Soy Xipe Totec.

Hoy es un día muy caluroso.

Siempre es así

en el día de Huitzilopochtli.

Sucede en el Mázatl, día del venado.

La gente olvida muchas cosas.

Yo busco el pectoral sagrado de mis cautivos

se los abro

para que nunca me olviden.

 

Con Rodrigo Landaeta (Santiago de Chile, 1976) se cierra el libro, pero se abre la posibilidad de ver en fresco parte de la poesía chilena contemporánea con toda su energía, vitalidad y estilo muy propio; de genealogía directa con Raúl Zurita y el mago Huidobro. Con Landaeta tengo la impresión de estar ante una poesía chilena versando sobre sobre la tierra mexicana. Mediante una experiencia feroz, en el sentido de experiencias vitales por calles, barrios y avenidas “bravas” de esta urbe de hierro, el poeta nos muestra los detalles de este tierra que, para los que vivimos en ella, han pasado a ser parte de esa mancha gris que por acostumbrados no vemos. Las fiestas tradicionales decembrinas, los vagabundos de los parques o zonas como La Alameda y La Ciudadela, las fosas donde se entierran a los hombres inconformes en este país, son para él parte de este México que habita.

    Pero a Landaeta lo pervierte el recuerdo, es éste quizá el único respiro que puede darse al sentirse inmerso en esta urbe que todo lo devora. La huida a la playa, su tierra natal y los muelles de un pasado le devoran la memoria. Pero cuando el ensueño se ha ido, la realidad de esta ciudad lo despierta y muestra su lado más intenso y poético:

 

Jarlan

 

bien podría caerte una bala, como al padre Jarlan

en la Victoria

pero aquí en la Obrera, cuando el cielo se apaga

revuelto de nubes en blanco y negro

 

la bala atravesó la pared de la casa parroquial

e impactó en el cuello del sacerdote mientras leía la Biblia,

unos dicen que la frase “perdónalos señor porque no saben

lo que hacen”

otros que el salmo De profundis

 

¿oíste?

nadie desea la muerte, excepto los suicidas y algunos

rumanos

 

las palabras invocan, vaticinan, provienen de un vientre

sepultado

en centro de otra tierra, alojadas como esquirlas cuando

aullaste

en tu nacimiento”

 

 

Las palabras del poeta dan la sensación de encontrarse en todas partes y en ninguna, de igual manera que un viajero, al que el mundo lo ha hecho un peregrino, Landaeta da testimonio de esta tierra con una visión de quién ha sufrido aquí, intenta quedarse aquí, pero en el fondo desea irse, alejarse de toda ciudad que le recuerda que la soledad es una y el vacío del alma es grande como un desierto; a la vieja manera de Pessoa.

     Pero, entonces, y para cerrar estas palabras, ¿qué es la mexicanidad en este principio de siglo, en estos años? Es algo se respira y que se bebe;  a lo que se le hace el amor y también se asesina. Es un niño difundo, una fiesta de muertos, un narco asesinato y más de 43 desaparecidos; una espera muy larga en los jardines o en el subterráneo, es una “muerte chilanga”, un hastío de cines y de calles y de barrios y de urbes; o seis poetas subiendo las escaleras de un templo de una ciudad extraña en algún tiempo lejano, presos en esta guerra florida que es la ciudad de México, que es el gran devenir de este mundo, a la espera de despertar en otro cuerpo, como alguna vez lo soñó cierto de personaje de Cortazar.

 

 

G. A.

Septiembre 2016/ CDMX

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Eneas:

 

No debería de ser, pero a veces, también, los hijos son enterrados por los padres. Algo como demencia les abotona la espalda y los vuelve curvos y enfermos, piedras o anclas de un barco que se naufraga así mismo ahorcado sobre la calma o la tempestad.

 

La tristeza del tigre se vuelve arcilla del campo. Y las ciudades florecen porque las flores alcanzan pronto la edad del muerto y no debería de ser, pero a veces, también, alguna fauna previene aquella oscura tormenta: salen de su letargo orquídeas, fantasmas, anémonas impresionantes, débiles girasoles que han calcinado el sol entre sus hojas.

 

Pero lo triste, Eneas,  es la velocidad de la alondra, su manera de augurio en la ventana,

el grito, casi humano, a unos instantes, de chocar

y corromperlo todo.

 

 

 

29/12/2012

 

 

Eneas:

 

En tus pulmones crecen flores y ángeles terrenales bailan contigo la canción de los niños ciegos. Algunos de ellos padecen de algo que en mi mundo, Eneas, no tendría cura. El cáncer les otorgó el imperio de la noche para olvidar la luz de la química blanca; y el sueño, la flor amarga de los laboratorios, la pestilente forma de la palabra farmacia.

 

En este prado de lluvia reinas sobre la fauna. Vuelas desnudo y dulce como un tigre que caza y finge su muerte para otra resurrección, para otro camino abierto sobre noviembre y cinco treinta.

 

Te dieron el corazón más grande, Eneas, para espantar a la muerte,

para dormir con ella, para soñar un mundo quemado por las flores.

 

 

2/6/ 2013

 

 

Alejandra:

 

Platicas con tu hermano difunto y dejas abierto el día para que llueva. Tus ojos ven lo que nosotros no vemos:

un tigre hermoso que dora contigo la tarde y te hace de ángel

para las bestias del mundo, para los crueles remolinos del tiempo, para las cosas sencillas y desgraciadas.

 

Tus labios oyen

lo que ese tigre contesta.

 

Lo que se gruñe del otro lado del río, lo que la fronda y las mariposas ocultan a las orejas de los mortales, a las cinturas calizas de los barrancos, a los ojos cerrados y oscuros del que no mira nada.

 

Tu risa es, para el tigre, una pradera enorme.

Un invisible manto donde se duerme y te acompaña.

Donde te sigue por los caminos, donde te sirve de ángel – ya lo sabes –

para las bestias del mundo.

 

 

13/ 9/ 2013

 

 

 

 

 

 

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