BlogRead the Latest News

 
Óscar Ángeles Reyes

Óscar Ángeles Reyes

Óscar Ángeles Reyes nació el 12 de abril de 1970, en la Ciudad de México. Hijo de padres hidalguenses, alternó los estudios de la primaria y secundaria entre la Ciudad de México y el estado de Hidalgo; cursó el bachillerato en el Colegio de Ciencias y Humanidades, y estudios superiores en la carrera de Biología en la Universidad Autónoma Metropolitana. Realizó estudios de postgrado en el Centro de Investigación Científica y Estudios Superiores de Ensenada, obteniendo el grado de Maestro en Ciencias en Ecología Marina.

 

            En el área artística, ha escrito 8 novelas: Furia en Abril (publicada por la Universidad Autónoma Metropolitana), Accesorios, La vida simple (ganadora del Premio Estatal de novela, 2012, publicada por el ICBC), La vida por los ojos, Los perros, El viaje, 18 ojos miraron y Notas del fin del mundo.

 

Ha colaborado en diversas obras teatrales y ha sido publicado en diferentes revistas en el país.

 

 

Jueves, 25 Enero 2018 03:44

Inquietud (Oscar Angeles Reyes)

 

 

 

Inquietud

(Oscar Angeles Reyes)

 

 

Dámaso Pérez Prado nació el 11 de diciembre de 1917, en Matanzas (Cuba), en la Ciudad de las casa de paredes color helado, que entonces serían blancas y refulgentes.

 Yo pienso en mi vecina, con su piel tan morena, casi como si fuera mulata. No es que sea algo importante, pero su presencia distante me inquieta. Ayer la miré en la mañana y me pareció que el interés es mutuo. ¿Qué significa eso? He entrado en serios conflictos morales, en una franca discusión personal que me lleva a pensar que estoy enamorado de ella, y que estoy mandando al traste mi joven matrimonio.

 Pérez Prado llegó a México en 1948, y comenzó a aparecer en películas con actrices como Lilia Prado o Ninón Sevilla; creo que él siempre se presentaba dirigiendo a su orquesta. Era bajo de estatura, pero no pasaba desapercibido; se movía mucho, demasiado para mi gusto, mas era de esperarse de un mambero.

 No sé el nombre de mi vecina, y probablemente no conozca el Mambo N. 5, ni la deliciosa versión del Manicero del matancero, pero su rostro, dejando atrás su equilibrio y su posible belleza, es sumamente atractivo: hay rasgos indígenas debajo de su sofisticación. Es pequeña, quizá del tamaño de Pérez Prado, y debajo de sus ropa de colores siempre oscuros se dibuja un cuerpo bien cuidado. ¿40 años?, probablemente. La única vez que estuve cerca de ella sostenidamente, entendí un cuidado excesivo de su piel, una manía insistente por la humectación, por la extracción de vellos incorrectos y por su dentadura impecable. Nadie es delincuente por pensar, por desear, pero, ¿qué pensaría mi esposa? Llevamos dos años juntos, y toda esa gracia, la distinción de la pureza, se desmorona al cruzar la calle y encontrarme de frente con una mujer que sólo me ha sonreído. Chingado, yo le besaría las tetas.

 Y, ella, ¿cómo se llama? Ojalá no sea la Patricia del cubano nacionalizado mexicano, melodía más bien boba, fuera del contexto de locura de su repertorio más movido.

 Pérez Prado, Cara de foca (dicen que le dijo por primera vez Beni Moré, El bárbaro del ritmo), murió en la Ciudad de México en 1989; sé que vivió un tiempo en la calle Luis Moya, pero desconozco su último domicilio. Toda una generación de exóticas, de músicos, actrices y actores, de personajes de la cultura nacional, se involucraron con él, pero hizo bailar a muchos más.

 Lo del cara de foca es claramente una distracción, lo cierto es que estoy tratando de aliviar mi alma, la puta inquietud que despierta esa mujercita (sin afán de ser despectivo) en mi, que me deja al borde del adulterio, de un Yo que creía superado, de lo más carnavalesco de mi ser. La infidelidad comienza así, perdiéndole el miedo a los perros, vistiendo de luces a la soledad; quizá con los ojos bien abiertos de Resortes, bailando el Que rico el mambo, mientras Joan Page, de pechos generosos, se mueve a su alrededor.

 

En fin, si algo va a ocurrir, que la vida se destruya como Dios manda, y que la miseria se nos eche encima, como debe de ser; y que Pérez Prado descanse en paz.

 

 

 

 

Morir para vivir

Oscar Ángeles Reyes

 

¿Cuánto hay que morir para vivir? Es una pregunta constante durante lectura de En el camino (On the road, Jack Kerouac). Y ¿por qué habría de sufrir para entender, por qué habría de tocar fondo, de medio agonizar de hambre, de reconocer la miseria? ¿Se trata de una expiación, de una purga existencial?

Debo reconocer, la novela es arrebatadora, las historias instantáneas son fuertes, como licuadoras de ideas; la relaciones entre las personas son entrañables, eternas.

Pero, ¿qué sucede en nosotros cuando sufrimos?, ¿la respuesta es por que “sentimos”? ¿Los sentimientos tienen diferente peso, pesa más sufrir que ser feliz? ¿O es la razón del sufrimiento y la felicidad la que nos da la diferencia? Es decir: ¿es lo mismo sufrir de amor que sufrir de hambre?, ¿causa el mismo efecto? Más aún: ¿hay un sufrimiento intelectual?, ¿somos tan presuntuosos?

Yo mismo, después de la lectura, parecí entender de otra manera mi vida. Esa hambre de vivencias, de correrías, esa ¿afición por el dolor? me pareció familiar. La incomodidad como un sillón para mirar los muertos pasar. Entonces, ¿la desdicha es el caldo de cultivo más sabroso para los escritores? Probablemente un escritor “feliz” escribiría de cómo lograr esa paz espiritual, pero, Kerouac nos deja un vacío demoledor, al mismo tiempo que una estampa perdurable de la decencia y la indecencia humana, y, que huevos, no deja de haber belleza en su texto.

Entonces aparece la gente. En el camino, Tim (alter ego de Kerouac), y el mismo Dean (su amigo inseparable, ángel y demonio), se entienden con la gente sencilla como si se tratara de la revelación de la vida. Los incontrolables, los que se perdieron en el camino, los descarriados tienen más que ofrecer, pues en ellos está la pasión. La pasión en contra de la inmovilidad, el ardor en contra de la muerte en vida, la exaltación como ambiente ideal, que es al mismo tiempo un camino a la posible muerte. Pero, ¿no nos vamos a morir todos?, es decir, parece que la propuesta es: hay formas decentes y formas indecentes de morir (¿cómo prefieres tú?).

Estilos de vida, pero para entender más, para observar con profundidad, para abarcar más realidad, ¿no es necesario tener un punto de vista diferente, menos transitado? ¿La miseria es la orilla opuesta, tan detestada, temida o evitada? Ahí se establece Kerouac, en ese punto opuesto de la gracia: la penuria, la marginación, porque ahí entonces está la novedad, la contracorriente, la abundancia en términos humanos.

¿La pobreza vende, o vende el abordaje de la realidad desde la pobreza? Nadie quiere ser pobre En el camino, pero el dinero se gasta en esos arrabales, y si se tiene que precisar, en esos caminos. El movimiento es otro motor, y es la dinámica de la existencia lo que nos da otra sensación, el vértigo y las multitudes que ancladas en un lugar son la comidilla de los ojos, de las almas y los apasionamientos del que pasa y se va para no regresar.

En el camino no es una novela de viajes, no al menos a la manera de Chatwin o Cees Nooteboom, pues se centra en las propias entrañas, se establece como un viaje a través de la gente y de la desesperanza; es más bien lo contrario a lo que diría Pamuk en Me llamo Rojo: él sugirió que habría que caminar 150 años para que el diablo no nos alcanzara… Aquí hablamos de caminar justamente con el mismo diablo, del que somos en grandes tramos su medio de transporte.

 

Texto con vista a una foto de la infancia

Óscar Ángeles Reyes

 

Jamás escribo de noche, jamás escribo en casa, pero mis costumbres se han pulverizado y parezco otra persona. Me miro constantemente en el espejo, y ciertamente parezco otro: mis rasgos son angulosos, mi cabello escasea y parece que una nueva versión de él se extiende en mi cráneo: mi cabello plateado, injustamente me parece, pues mi edad no lo amerita.

Jamás se me da escribir sin mirar un desfile de rostros, sin el aroma del café, sin el escándalo de la cafetería por la tarde. Me parecía impensable quedarme en casa, y estoy entre la respiración de Gabriel y la monotonía del ruido del refrigerador; inimaginable y decadente.

Aquí estoy, mirando de reojo la fotografía en donde estoy un parque de la Roma con mi hermano y Marcela (los tres unos niños), con el dibujo de Marisol frente a mi (aquel que me enviara desde Londres después de haberlo pagado mucho tiempo antes), y una lámpara de nube que pocas veces le he prendido a mi hijo. Un espacio extravagante para escribir, para romper con un bloqueo perro, con un extravío literario que comenzó al final de mi octava novela, hace ya seis meses, cuando recién conocí a Sol.

Se trata de la vida, me he dicho más de una vez, de vivir antes de escribir. Es muy atractivo estar cerca de ella, tomar sus manos suaves y fuertes y llevarlas a mi boca, o mejor aún: descalzarla y llévarme sus pies a los labios. Cuando lo hice la primera vez ella tuvo un ligero arranque de vergüenza, como si no hubiera razón para tantos arrumacos, o para tanta indecencia, porque ¿quién se detiene a entenderse con los pies habiendo tantas otras partes de su cuerpo? Pero yo me entendí primero que nada, primero que nadie, con ellos: son los pies de Sol, que suele decir quitada de la pena: “si alguien tiene los pies en la tierra, soy yo”. Y en mis manos, Sol, quisiera agregar, y entre tus dedos mi lengua, y en la planta de tus pies mis besos largos como serpentinas, mi aliento a tu piel, que es como decir aliento dérmico, o podal, o algo parecido.

Lo cierto es que escribir tiene su razón en la vida misma, pero cuando miro los pies de Sol no quiero escribir, quiero hacerle el amor en todas las posturas: desde mi postura más crítica hasta la más laxa, en donde me dejo a la fantasía con plenitud. Y me acomodo al revés en la cama, y le digo calladamente a sus dedos de uñas cortas y mal pintadas (lo que no les resta ni una migaja de belleza): “o míos o de nadie”, pero lo digo solo para nosotros 11, porque Sol no tolera impertinencias machistas. Y los vuelvo a besar hasta las cosquillas, y me siento feliz, tan feliz como un zapatero remendón o un lustrador de bajos mundos.

Tengo que admitirlo… Después camino por las piernas de Sol y termino en el polo opuesto, pero lo hago para no despertar sospechas… Que en el fondo siempre regreso al origen de las cosas: sus pies, que es como decir sus raíces. Y cuando finalmente la abrazo a toda ella, cuando me olvido de todo y de mi, cuando simplemente me acomodo en el hueco de sus costillas y su abdomen y me sorprende la belleza inabarcable de su rostro de ojos cerrados, cuando todo terminó y parece que comienza, y me detengo a balbucear de amores imposibles a su oído… recuerdo que todo comenzó por el final, y que entonces todo es como un eterno retorno, y que de paso se establece el dicho que dice: “lo que bien empieza, bien acaba”, lo que no deja de parecerme pretencioso aplicado al caso, pero lo mismo lo repito, y vuelvo a empezar, sintiéndome de nuevo otra persona.

 

 

 

 Arte Gráfico: Cesar Kostia              

                           La bestia de los pigmentos.    

 

De un personaje inesperado

 

A veces nos preguntamos cuánto vamos a vivir, hasta dónde, hasta qué tiempo nos aguantarán las fuerzas, cuándo sobrevendrá la enfermedad que nos consuma… Yo dejé de preguntarme eso hace algún tiempo, cuando me enamoré de Sol, y esa brutal andanada de ilusión y esperanzas me atropellaron (uno debería estar acostumbrado a esos eventos que ocurren algunas veces en nuestra vida, pero no es así, siempre hay algo más de belleza, y siempre más miseria).

 

La pregunta es otra, y es una cabronada, algo que no se mide en términos de los cuestionamientos humanos comunes, al menos eso calculo. Todo ocurre cuando un personaje inesperado aparece, cuando lo que no se creía ocurre: mi pene apareció, ese personaje callado y de costumbres solitarias, ese don de la desesperanza, ese caballero ciego de las oscuridades uterinas. Ese personaje siempre importante por su ausencia, o su papel secundario, ahora tiene un papel protagónico, al menos en ciertos momentos de mi existencia. No es trivial, ese hombrecito estúpido se ha adueñado de un puesto principal, me ha dado buen nombre y se ha comportado a la altura de la relación con una mujer que evidentemente amo (¿cuántas veces cuestioné esa ridícula tarea de enamorar y enamorarse, de envalentonarse y armarse de cursilería?).

 

No es simple, insisto, dependo demasiado de su infalibilidad; él, que prodigó momentos inolvidables en los que se quedaba pasmado ante la realidad femenina; él, que durmió en los momentos más inesperados, en los que guardó silencio cuando más se esperaba de su actuación… ¿Hasta cuándo seguirá así, cuándo va a perder esa rudeza que es tan necesaria en un miembro llamado viril? Lo alimento con una vagina cálida, lo dejo de lavar para que recuerde esos aromas al menos una noche entera, lo trato como a una verdadera pequeña bestia. No, no todo es natural, las pasillas azules han hecho una labor sustancial, y entonces me doy cuenta de que por él mismo, nada hubiera sido tan perfecto como hasta ahora.

 

Y sin embargo, se ha portado gallardo: la semana pasada, en una segunda ronda amorosa, se apagó como un foco, pero ni tardo ni perezoso a los minutos había recobrado el aliento, el orgullo, e hizo un trabajo que yo, con mis pobres recuerdos, llamaría prodigioso. Y fui feliz, debo admitirlo, feliz como un perro suelto.

 

Sol sonríe, sabe que a mi pene le alimento con químicos, pero descansa su seguridad en ese amor que le tengo, en ese gusto irrefrenable que le tengo a sus pequeños senos, en la atracción que ejercen sus muslos… Para ella es infalible el acto sexual, una jugada simple en el ejercicio amoroso. Y yo también sonrío, ¿por qué no habría de hacerlo? Pero en el silencio de la noche, cuando me masturbo con media erección a penas, no dejo de cuestionar mis tiempos, mi límite, el poder de mi autoridad sobre mis componentes anatómicos.

 

¿Hasta cuándo durará? ¿Con el descanso eterno de mi pene también me llega la muerte? ¿Un día será su último día perfecto, y sucumbirá al crecimiento del su estrella local, de su próstata, de su ego que se alimenta en éstos días? ¿Su caída será brutal, brillante y bestial? ¿Sol se irá también, entenderá el desamor en todo este juego sanguíneo? ¿La llama se apagará y las rosas se marchitarán? (tenía que poner una frase chocante, para no perder el estilo).  ¿Tendrá que llegar no una morena adorable, como mi Sol, sino una rubia estúpida y carnosa para hacer de nuevo el milagro? (¿por qué se me revuelve es estómago?). ¿Podré hacer a un lado el deseo de estar con Sol en términos de tiempos geológicos…?

 

Hubo un tiempo en el que me sumergía en la pornografía, ahora miro a Sol dormir mientras mis erecciones van y vienen; me detengo en su boca, en sus labios gruesos, e imagino que los desfloro con una erección vengadora, y me río para mis adentros escandalosamente (y para mis afueras en silencio), y me acomodo en el diván de los buenos tiempos; me relajo y con un poco de astucia evito su ropa interior y la abrazo apropiadamente mientras siento su húmeda calidez, y lloro sin que ella se de cuenta.

 

Óscar Ángeles Reyes

 

Acceso de Miembros

Buscar en el sitio

421569
Hoy
Ayer
Esta semana
Semana pasada
Este mes
Mes anterior
Todos los días
144
1012
2080
404615
36623
100767
421569
Your IP: 50.19.34.255
20-02-2018