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Ramiro Padilla Atondo

Ramiro Padilla Atondo

Ramiro Padilla Atondo

escritor

 

 

Ideología o música, un extracto de interpretaciones alternativas, un libro que escribo.

Ramiro Padilla Atondo

 

 

 

Ver al mundo

 

Todos vemos al mundo de manera diferente. Lo he escrito en otros espacios. Somos fruto del contexto en el que crecemos, la educación que recibimos, incluso la genética. No sé qué tan condicionante sea eso. Un hombre negro nacido en una favela de Brasil tiene una forma de pensamiento que contrasta con un hombre blanco nacido digamos en Huntington Beach, cerca de la playa y cuyas prioridades serían  tocar en una banda de rock o dedicarse al surf.

 

Terminar un libro

 

Nunca sé exactamente cuando termino un libro. Puedo poner un punto final pero eso no significa que la historia haya terminado. Pienso en las alternativas, las posibilidades, pienso en los personajes principales y en noches de insomnio me pregunto si no me estarán mintiendo. Dejo respirar al libro. En muchas ocasiones me molesto porque me doy cuenta que si en realidad me dedicara de cuerpo entero a escribir las cosas me saldrían mejor. Pero escribir es una forma de escapar del mundo. Imagino de nuevo al tipo que ha crecido en una favela y que podría ser bien uno de los protagonistas de la película Ciudad de Dios. Pienso en el gringo de Huntington Beach y lo imagino siendo protagonista de un drama Hollywoodense.

 

Formas de Ideología

 

El mundo es narrado todo el tiempo. Ahora tenemos la certeza de quien lo narra. Hay conglomerados poderosos que quieren contar solo su parte de la historia y nosotros jugamos el papel de los personajes de la caverna de Platón, muchas veces de manera consciente.  La ideología es el aire que respiramos. El aire de la ciudad de México, un aire contaminado que al final nos matará. No tenemos alternativa. La ideología es una religión sin Dios, una manera en la que los otros juegan a los dados con nosotros. El tipo de la favela piensa que la venta de drogas es la única alternativa que tiene. El chico de Huntington Beach solo ve las drogas desde su recreativismo. No sabe que metérselas es una forma de prolongar el crimen.

 

Un barquito llamado derecha

 

En Brasil están dispuestos a todo para meter a la cárcel a Lula. Su mayor crimen es haber ascendido desde la miseria a decirle a los demás que se puede comer tres veces al día. Incluso al chico de la favela. Se abaten los índices de pobreza pero eso no lo aprueba la derecha. Hay un discurso claramente diferenciado. El chico de Huntington Beach no tiene idea de que es un privilegiado. Tener carro casa y un futuro brillante es solo un accidente. El mundo se ha fracturado merced a la capacidad económica y los pobres deben quedarse de su lado de la historia. Mire usted, se lo explico de nuevo, un pobre debe tener siempre mentalidad de pobre. La derecha acumula más poder y dinero. Tengo un amigo de un poco más de treinta. Es músico. Padece una crisis existencial. Es de Huntington beach y sus padres prefirieron meterlo a un internado que educarlo. Estaban muy ocupados “triunfando”.

 

El ejemplo más acabado de educación en la propaganda

 

El presidente del país más poderoso del mundo no lee. Se educa en la televisión. Aun no es consciente de que el aparato idiota miente. Ve en la televisión a sus locutores favoritos decirle que hay molinos de viento que hay que combatir. Los ve mientras come hamburguesas. Coge el teléfono para anunciar nuevas medidas punitivas a través de su canal alternativo. Su antecesor era un mulato carismático y brillante, campeón en matar civiles con drones, iniciar siete guerras y sin embargo, galardonado con el premio nobel de la paz. Otro presidente del mismo país mandó matar millón y medio de Iraquíes. Su castigo, una biblioteca con su nombre.

 

Todo lo malo viene de México

 

Los mexicanos envenenan a los norteamericanos. Los envenenan de muchas maneras. Escribí un cuento que nunca terminé donde a la llegada de Trump los mexicanos deciden hacer una huelga de comida mexicana. Los gringos exasperados dan un golpe de estado para preservar los tacos. De fondo toca Ramón Ayala, me parece una hermosa construcción poética. Sobre todo la palabra hoy:

Seis rosas amarillas llegaron hoy

Para Rosamaría llegaron hoy.

Escuche la canción. Sobre todo el segundo hoy. Es imperceptiblemente más prolongado que el primero.

Hay una leyenda urbana que dice que el orangután del peluquín dorado odia a México porque su ex esposa lo traicionó con un mexicano. Esa sería la solución al conflicto. Mandar una delegación de latin lovers mexicanos. Y darle tratamiento especial a Ann Coulter, nuestra más grande detractora.

 

 

Cancioneros no ideológicos

 

He pensado que cualquier libro de ensayos, novela o libro de cuentos debería tener un soundtrack. Hasta el Baldor. Al Baldor yo le pondría a Kraftwerk para empezar. El libro de Baldor necesita a Krafwerk para ser entendido. Tienen una íntima relación. No existiría Krafwerk sin las matemáticas de Baldor. Nunca lo supieron pero están emparentados. Al igual que la música clásica que sin anunciarse aparece en Cien años de soledad. O quizá habríamos de hacer un soundtrack por autor. Que por sus gustos musicales los calificáramos o descalificáramos. Si el autor nunca escuchó heavy metal o punk debe ser descalificado de inmediato.

 

Música de las favelas

 

¿Qué música podría escuchar un delincuente?  En México ya lo sabemos. En Estados Unidos Nixon fue un promotor incansable del hip hop. Es que no podía ser abiertamente racista. Mejor destruir a los afroamericanos. Esa expresión cultural y musical se hizo mainstream al igual que el blues, el jazz, el rock. No tenemos con qué pagarle a los negros lo que han hecho por el mundo. Sin los negros el mundo sería un paraje árido. Aun el country tan redneck es un homenaje a los negros del sur. Curioso que los “vencedores” toquen música de los vencidos. El hombre nacido en las favelas debe tener algún tipo de cultura musical, pero la lejanía me impide entenderla. Sé que el gringo debe tener música de surfos, por ejemplo japanese squeeze de Sashamon, o algo de Jack Johnson.

 

 

Epílogo a este minicapítulo

 

 

La música apacienta las fieras. Les dejo el soundtrack de este escrito.

La garota de ipanema Sergio Mendez

Japanese Squeeze Sashamon

Flake Jack Johnson

Death of auto tune Jay Z

Tres rosas amarillas Ramón Ayala

Kraftwerk Das model

Neme quitte pas Edith Piaf

 Bright lights  Gary Clark jr

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 "BARCOS"

Ramiro Padilla Atondo

Reflexiones sobre un cuento de Gabriela Torres Cuerva

 

 

Gabriela Torres Cuerva

Hombres Maltratados (Editorial L

 

 
 
 
 Hay descubrimientos fantásticos, descubrimientos que por su propia naturaleza quedan atados a la psique de manera irremediable. Eso pasa cuando se lee algún cuento memorable. Me ha pasado en algunas ocasiones, y lo ejemplifico por orden de aparición; En este pueblo no hay ladrones de García Márquez, La señorita Cora de Cortázar, Tlön Uqbar Orbis Terius de Borges y así muchos más. Es claro también que los gustos son particulares, lo que a mí me puede parecer maravilloso a otros no tanto. He leído a cuentistas que tienen cuentos sin publicar como Juan José Luna y su cuento Bicentenario, una verdadera obra maestra en hoja y media, o un cuento largo que parece novela como Predrag de Daniel Salinas Basave. El cuento al que me referiré en esta ocasión aparece en el volumen de Cuentos Hombres maltratados (Lectorum) de Gabriela Torres Cuerva. Sin tener elementos fantásticos, la personaje, que ve películas de arte, decide ir al cine sin ir preparada para los cambios climáticos. Pero la personaje, va cediendo protagonismo no solo a los elementos naturales sino a los contertulios, los trabajadores del cine, los espectadores que no terminan de ver la película porque una tormenta de a poco empieza a inundar la sala, y sobre todo por la tensión que de a poco aflora entre una pareja de ancianos. Sirve el cuento como una parábola de cierto tipo de convencionalismos, de que hay situaciones que se tienen que aceptar y están fuera de nuestro control, las relaciones de pareja que se viven aunque sea un infierno porque no cabe el divorcio y más a una edad tan avanzada, y la lluvia, personaje a su vez principal que permite que aflore la rebelión en el anciano, controlado en todo momento por su esposa. Se dice que un cuento vale más por lo que deja de decir que por lo que dice. Hay elementos curiosos que apelan a otro tipo de conciencia, cuando uno va al cine, da por descontado que hay cierto tipo de acústica que permite un mayor disfrute. En plena función se va la electricidad y en la oscuridad reinante, el golpeteo incesante de la lluvia es el único sonido, mientras los empleados luchan por contener la inundación hasta que se dan por vencidos. Don Joaquín, el anciano, necesita auxiliares auditivos y de su pecho cuelga un gafete para identificarlo en todo momento. La mujer controla sus movimientos de manera obsesiva y cuando la sala comienza a inundarse lo aísla. Pero el aislamiento dura poco, hay una fuerza que atrae a Don Joaquín hacia la lluvia por lo que las súplicas de la mujer valen poco. Toma un rollo de programas del cine y empieza a fabricar barquitos con ellos. Los barquitos se convierten en el elemento liberador, no solo para Don Joaquín sino para los demás asistentes que participan emocionados. Barcos es un cuento que vale leer la pena varias veces.

 

 

Barcos

Gabriela Torres Cuerva

Hombres Maltratados (Editorial L

 

Ir todos los domingos al cine ya es para mí una costumbre. Lo hago por las tardes, depreferencia, aunque las funciones de mediodía ofrecen la misma cartelera y el beneficio adicional de estar bastante despejadas. Cuando mis hermanos y yo éramos niños, mi madre siempre elegía el horario matutino y casi siempre nos quedábamos el doble de tiempo, pues había permanencia voluntaria. Jugábamos, ya en esa segunda vuelta, a anticipar las escenas que seguían, los diálogos e incluso a adivinar cómo irían vestidos los actores. Después,cuando mis hermanos ya no fueron, el juego se terminó, y mamá siguió con lo mismo deaprovechar la película doble; entonces me aburría mortalmente. Ella lo sabía, pero algo que nunca entendí la hacía aprovechar la posibilidad al máximo, incapaz de hacer caso omiso del derecho de permanencia. Alguien me dijo después que se podía pasar a otra sala y ver otra película o que en la misma sala pasaban filmes distintos; en mi caso nunca fue así. Tal vez por eso, por una asociación infantil, es que rara vez me inclino por el turno matutino, como ocurrió esa mañana de junio. Desperté sin intenciones de enfrentar mis labores domésticas pendientes. Trabajo toda la semana, de nueve de la mañana a siete de la tarde, y últimamente tengo la impresión de que los sábados y domingos tienen menos horas que los otros días: no alcanzan para nada.Me desperté, desayuné un par de huevos estrellados con algo de salsa de tomate de un día anterior, jugo de naranja y dos cafés muy cargados. Limpié la cocina y me acosté de nuevo. El día anterior, sábado, había tomado la precaución de hacer las compras de la semana. Así que bien podía haberme quedado allí toda la mañana. Me puse a leer el periódico y me adormilé de nuevo.Un mundo de agua, como el de la casa inundada de Felisberto Hernández, cubrió mi duermevela. Agua por todos lados: de las ranuras en la madera de las puertas, por las goteras del techo y algo tan extraño como que las paredes eran enormes pieles humanas de cuyos poros brotaban gotas y gotas y gotas. Desperté con una sensación incómoda, cubierta de sudor, intranquila. Pensé en cosas catastróficas, como si algo muy malo fuera a pasar ese día.Necesitaba salir de la casa, así que decidí darme una ducha con agua fría para despertar del todo, me pinté los labios, y me fui al cine sin siquiera ver la cartelera. Cuando iba llegando, las nubes estaban ligeramente ensombrecidas. Por si las dudas,me estacioné lo más cerca que pude, a unos metros del lugar y sin la necesidad de poner monedas al parquímetro por ser día de asueto. No me di cuenta entonces de lo inadecuado de mis huaraches para un temporal como ese; las tiras de cuero generalmente se arruinan con el agua. Había una fila de unas quince personas en la entrada. Cuando ocupé el último lugar, yaserían como veinte. Empezaron a caer algunas gotas, después una leve llovizna, fina pero consistente. Algunos sacaron sus paraguas. Yo me recriminé la falta de previsión. Un hombre muy corpulento subió el cuello de su chaqueta y se ajustó el sombrero. Hubo quienes vieron el reloj, para revisar tal vez por cuántos minutos tendrían que esperar a la intemperie o si su pronóstico del tiempo coincidía con la lluvia.El cine México es un lugar socorrido por un público perseverante. Las películas que se exhiben se inclinan más al arte que a lo comercial. Me gusta eso. Mientras los cines de las plazas comerciales están repletos todo el tiempo, el viejo cine acoge en cada función un máximo de treinta o cuarenta personas. Por extraño que parezca, no hay quien pierda la oportunidad de ocupar una butaca, como si todo estuviera perfectamente planeado y se hubiesen cotejado con anterioridad el cupo y los espectadores. Esa tarde el panorama se veía menos concurrido, pero para mí estaba bien. Aunque los que acudimos al cine siempre somos los mismos, no nos conocemos entre sí. Nadie tiene la intención de intimar. Eso también está bien para mí. Por otro lado, el público se compone de gente grande; proliferan bastones, andaderas, donas para sentarse, casi todos portan lentes bifocales, aparatos para escucha o ambos. Estaba segura de haber visto antes a la pareja formada delante de mí: la señora traía lentes y un collar del que pendía un pastillero de colores parecido a un caramelo. Don Joaquín portaba un gafete en su camisa, sujetado con un seguro metálico de los que se usaban para ajustar los pañales de tela de los niños; en él se podían ver escritos otros datos además de su nombre, así como una fotografía suya, visiblemente más joven. Traía al cuello unos lentes oscuros y enormes en un cordel delgado. Era notoria la presencia de auxiliares auditivos, pues batallaba con un control en la bolsa de su camisa para mediar el volumen.Era lo único que sabía de ellos: cosas así pueden observarse mientras una hace fila,sobre todo si el avance es lento, como sucede en el cine México. En cuanto el tomador de boletos tomó su sitio en la puerta principal, la señora apremió a don Joaquín con un empujón en la cadera para que avanzara. El boletero, sentado en un banco alto, recogió los cartones amarillos, los revisó como si alguien fuera a atreverse a falsificarlos, los regresó después de partirlos en dos con un movimiento frenético.Al igual que los espectadores hemos generado ya una tradición, los trabajadores del cine tienen muchos años trabajando allí. La taquillera es una mujer malhumorada que lleva cada domingo el mismo vestido color paja. Al ingresar a la antesala, seguimos en la fila: es cuando el boletero administra el fluir de todos hacia la sala, en perfecto orden.Me gusta mirar los carteles de las películas exhibidas recientemente, para ver cuál se me ha escapado. Esto, sin saber la razón, me hace sentir un poco de culpa, como si yo estuviera comprometida a verlas todas, sin faltar una. Me complació saber que la película de ese domingo fuera portuguesa, un filme basado en la novela de Camilo Castelo Branco,Misterios en Lisboa. Podría compararla con la novela; aunque no estaba tan segura de recordar el contenido al pie de la letra, siempre he tenido la idea de que el filme activa sensores de la memoria si ya se ha pasado por la historia en papel. El cartel anticipaba una buena fotografía y ciento noventa minutos de intrigas, identidades falsas, romance y violencia.Me salí de la fila y pedí a la señora el favor de guardar mi lugar. Asintió mientras miraba hacia la puerta de la sala, todavía cerrada. Interpreté su gesto y me apresuré a comprar unos chocolates y un refresco de manzana. Después de tantos años de hacer exactamente lo mismo, la dependienta había desarrollado una técnica eficiente para cortar la fruta, colocarla en vasos de plástico transparentes y agregarles una bolsita con chile y una rodaja de limón.Un método sistemático que conseguía porciones idénticas. Cuando terminó de llenar un vaso de tajadas de mango, me dio la mercancía, tomó las monedas y siguió con su tarea.Alcancé mi lugar en la fila justo a tiempo. Don Joaquín renegó cuando su bastón se atoró en la alfombra; la señora le ayudó a desatascarlo y comentó algo de la decrepitud del cine, de lo viejo que estaba todo, de que era el colmo que ya nada servía. Espoleó de nuevo a don Joaquín para que no perdiera el paso. Ya en la sala, los perdí de vista. En el intermedio, la sonoridad de la lluvia era evidente. Ignoro qué habrán pensado los demás, pero yo lamenté no traer zapatos adecuados y otra vez me reproché el no cargar con paraguas por si acaso. La gente se inquietó. Miraban hacia el techo como si con eso pudieran medir la densidad de la tormenta. Vi las mismas cabezas de siempre, sin identificar una sola. Algunos se tapaban los oídos; el hombre junto a mí se metió la cara entre las piernas hasta que recomenzó la transmisión del filme. El estruendo se estaba poniendo insoportable.El resto de la película pasó de un modo muy accidentado. Poco antes de que se revelara la identidad del personaje protagonista, se fue la electricidad y todo se quedó en la más profunda oscuridad. El ruido de la lluvia lo invadió todo, tanto, que hizo callar las quejas,los enojos, los gritos de frustración. El silencio absoluto en la sala contrastaba con la alharaca rabiosa del agua allá afuera. Por un momento pensé que al salir nos encontraríamos con un territorio desolado, como si la ciudad hubiese sido arrasada por una guerra o un terremoto.De súbito, entraron la dependienta y el boletero con trapeadores y cubetas. El agua había comenzado a filtrarse en la sala. Todos se pusieron de pie y en movimiento. Fue cuando vi a la señora y a don Joaquín. En una réplica de lo que había observado en la fila, ella lo urgía a salir, muy junto a él, cuerpo a cuerpo. El rictus de don Joaquín podía ser a causa del aparato de audición que sacaba, veía y guardaba de nuevo, por el acarreo del que era objeto o porque el final de la película había quedado inconcluso. Las alfombras estaban completamente mojadas. El salón de proyección se vació en pocos minutos.Había dejado de llover. Seguramente con la finalidad de impedir que el agua entrara a todos los rincones del cine, la puerta de cristal se había cerrado casi en su totalidad, lo que no consiguió detener el embate del agua. Era difícil medir la magnitud de la inundación en la calle: probablemente alcanzaba metro y medio de altura. Como antes en la pantalla, los ojos de todos estaban pegados a lo que ocurría afuera: ese imposible universo, inalcanzable.El boletero y la dependienta corrían de la sala al área donde nos encontrábamos todos,llenando y vaciando cubetas, dando explicaciones imposibles. El hecho es que nada podíamos hacer. Don Joaquín y la señora se ubicaron a una distancia prudente de todos, como si estuvieran a punto de levantar la voz y dar un discurso comunitario. Dado que todos iban en pares, me limité a descifrar las conversaciones. Se hicieron alusiones al clima fuera de control en los últimos tiempos, a que en la ciudad pocas veces se había visto un fenómeno así, al espectáculo que estaríamos dando tras un cristal y arremolinados, con caras de ser víctimas de un secuestro. A decir verdad, nadie podía vernos. La calle estaba desierta y el agua cubría todo el paisaje.Don Joaquín, que solo miraba con cierta pena lo que estaba sucediendo, se inquietó de pronto. Se recargó en la pared, levantó una pierna, se quitó un zapato; estaba por hacer lo mismo con la otra, cuando lo reprendió la señora:

 

-Qué haces, por el amor de Dios. Te vas a enfermar si se te mojan los calcetines.

 

Él no mostró reacción alguna a sus palabras. Ya sin zapatos, se agachó con parsimonia con la aparente intención de doblarse el pantalón para evitar que el agua lo alcanzara. Visto a distancia era una acción prudente y responsable, sin embargo, sus intenciones no eran tan claras. La señora lo reconvino otra vez:

 

-No, no, no. Deja eso, por favor, ¿qué haces? Ni se te ocurra. No, no vas a quedarte así. Ponte los zapatos. Basta, basta, Joaquín, entiende.

 

Don Joaquín se le quedó viendo unos segundos con una mirada suplicante. Parecía un niño pidiendo permiso, esperando aprobación para remangarse el pantalón. Un niño con unas ganas tremendas de meter los pies en el agua. Ella le dio unas palmadas en los muslos e intentó obligarlo a levantar el pie para ponerle un zapato, mientras le decía:

 

-Ya te mojaste. Se te mojaron los calcetines, Joaquín. ¿Y ahora qué vamos a hacer?

 

Te vas a enfermar, te vas a enfermar. Te dije, pero nunca entiendes. Me canso de decirte las cosas y tú nunca entiendes.La dependienta y el boletero habían abierto un poco la puerta de cristal; inútilmente,

barrían con escobas el agua hacia afuera, después trapeaban y apenas terminando comenzaban de nuevo. El agua en la calle era tanta que se metía por el espacio libre entre el suelo y el filo de las puertas. Por fin desistieron de tan vana tarea y se instalaron detrás del mostrador de la cafetería, como dos soldados. Muy poca mercancía quedaba a la vista: un paquete de chocolates, algunos tubos de pastillas de menta y dos o tres vasos de fruta. El pequeño refrigerador estaba desconectado, supongo que para evitar cortes eléctricos cuando volviera la luz. Don Joaquín, visiblemente afectado, muy nervioso, con los zapatos en la mano, se dirigió con pasos torpes hacia la silla alta del boletero, tomó un rollo de programas y se quedó allí, mirando a la calle, extasiado. La señora, jalándole el suéter, no dejaba de insistir en lo terrible de que anduviera sin zapatos por ahí, como si nada:

 

-Si tuvieras un poco de conciencia no harías esto. ¿Quién crees que te va a cuidar cuando te agarre la tos y la fiebre? A ver qué haces cuando no aguantes las piernas. Estás loco, Joaquín, de remate.

 

La señora, mientras caminaba junto a don Joaquín, atisbaba entre las cabezas, como si buscara alguna aprobación hacia sus actos. Puedo asegurar que todos estábamos concentrados en él, más que en lo que ella intentaba hacer para detenerlo. Él se dirigió al mostrador de la cafetería, donde el boletero y la dependienta observaban la quietud del agua en la calle, cuyo nivel no disminuía ni un milímetro. Por primera vez abrió la boca y dijo,con una voz cascada, aunque audible:

 

-No quiero, no quiero, ya no quiero.

 

La señora lo tironeó del suéter con desesperación y le dijo:

 

-Estoy enojada, Joaquín. ¿Qué no ves el ridículo que estás haciendo? ¿Las vergüenzas que me haces pasar?

Don Joaquín puso los programas en el cristal del mostrador; ante la mirada indiferente del boletero y la dependienta, repuso:

 

-No quiero, no quiero, ya no quiero.

 

No volvió a decir nada más. Se limitó a extender con las manos uno de los folletos sobre el cristal, a doblarlo en dos partes, después en cuatro, a plegar las esquinas hasta que,muy orgulloso, consiguió un barco de papel perfecto que puso a consideración de todos,levantándolo en alto para que pudiéramos verlo. Algunas exclamaciones surgieron de la pequeña pero consistente multitud. Yo estaba muy cerca, así que pude verlo con precisión: realmente era muy hermoso. Daban ganas de tocarlo, de pasar los dedos por su vela, de hacerlo que don Joaquín hizo después. Miró hacia abajo, tal vez a revisar qué tanto había logrado enrollar los pantalones aun con la insistencia de la señora. Tomó con delicadeza el barquito,caminó hacia las puertas de la calle, abiertas dos palmos apenas. Se acuclilló como si tuviera doce años y depositó el barco en las aguas mansas e imperturbables de la calle. Enderezó su cuerpo con lentitud y se quedó con la vista fija por unos segundos, y cuando estuvo seguro de que la embarcación era lo suficientemente fuerte para soportar la fuerza del agua, se puso de pie. Los aplausos brotaron de aquí y de allá, vivas y bravos surgieron de la masa comprimida en el salón. La señora se replegó en una esquina y no volvió a pronunciar palabra. Don Joaquín regresó al mostrador, repitió la operación y fabricó otro barco, y otro.Todos queríamos uno. Llegó un momento en que varios de ellos flotaban en el mar, muy erguidos, como si fueran de madera o de metal. Fascinados, los observamos tras el cristal,ondear en las aguas dóciles, hasta verlos desaparecer para siempre.

 

 

Miércoles, 29 Noviembre 2017 03:01

Predrag / Ramiro Padilla Atondo /

 

Predrag

Ramiro Padilla Atondo

 

En la vida hay que atreverse. Se dice que por lo general el escritor tiende a supeditarse a la experiencia propia, un streaptease invertido en el cual el autor empieza desnudo, para terminar cubriéndose de ropajes que lo hacen irreconocible. También hay aquellos a los que la historia les interesa. Dibujar una novela sobre un acontecimiento histórico, explicarse ese acontecimiento, reconfigurarlo por medio de la ficción.

Tal es el caso de el libro Predrag, Angel del exterminio del escritor regio-tijuanense Daniel Salinas Basave. Una novela netamente balcánica de un mexicano.

 Los humanos somos gregarios, requerimos sentido de la identidad. Escogemos amigos, colores, ropa, empezamos a fumar muchas veces por imitación, dependemos de un contexto histórico que nos moldea.  Y ese es el ejemplo de Predrag. Está allí, intentando darle sentido al mundo. Y este mundo empieza y termina en Belgrado. Su religión es el Estrella Roja. Es un tipo mediocre sin otro afán en la vida, un hombre masa, sin mucha inteligencia que recuerda un poco al Eichmann de Arednt. Eichmann es un burócrata, sella papeles que deciden la suerte de miles sin cargo de conciencia. Es un eslabón más en una cadena de violencia.

Predrag se convierte a  su vez en otro tipo de eslabón en un mundo en el que la falta de religión transmuta en los colores de un equipo de futbol, colores que se pueden defender hasta con la vida. Un hombre al que la marea de la historia lo ha dejado del lado equivocado del mar sin tener plena conciencia:

“El botellazo reventó sobre tu cabeza, entre la mollera y la nuca, cuando ya habías dejado fuera de combate al perro sepulturero”.

Más que un inicio de novela es una declaración de principios. La velocidad de la narrativa no se detendrá. El narrador, cercano, cercanísimo, le respira en la nuca al personaje principal. Estudia sus gestos, actitudes, lo acompaña como un camarógrafo que lo graba desde ángulos imposibles:

“Te llamas Predrag, Predrag Jerkovic, y al momento de comenzar esta historia tienes 18 años, vives en Belgrado y suponiendo que alguien preguntara por tu ocupación o proyecto de vida, la respuesta sería que eres seguidor del Estrella Roja”

Eichmann es pasivo en su maldad, Predrag activo.  La novela hace que me pregunte por los mecanismos de la violencia. ¿Hay algún tipo de proclividad a ella? ¿El ser humano es violento de manera inherente? Quizá. Philip Zimbardo lo explica en su libro el Efecto Lucifer en su apartado sobre el lado oscuro:

“Los niños no nacen malos, sino con plantillas mentales para hacer cosas tanto buenas como malas, dependiendo de la influencia del entorno, de los contextos de comportamiento en los que viven juegan y trabajan”

No podemos juzgar a Predrag. Está allí buscando ser parte de algo. El mundo avanza a su autodestrucción mientras otro tipo de batallas se dirimen en un campo de futbol. Batallas ideológicas, raciales, que prefiguran un baño de sangre entre antiguos vecinos y familiares que de repente se descubren enemigos en base a la religión o el lugar de nacimiento.

Predrag no es un caso aislado. Predrag está presente en el deep south norteamericano. Ha transmutado en alguien con la necesidad de odiar, por eso es tan actual.

Predrag es de editorial Artificios. Vale la pena comprarla.

 

 

Ayotzinapa y el dolor

Ramiro Padilla Atondo

 

En un país lleno de desaparecidos los duelos son largos. Quien no halla un familiar vive esa lenta agonía, la agonía de la incertidumbre. En los países sajones los funerales ocurren una semana después del fallecimiento. De manera pragmática, se prepara todo para que ese mismo funeral no interfiera con otras actividades. En nuestro país todo sucede en un parpadeo. Mueres hoy y mañana al medio día te entierran. Quien no te ha visto en una semana imaginará que estás en tus actividades normales si no se entera a tiempo.

¿Qué pasa por la mente de un familiar cuando ha recorrido cientos o miles de kilómetros buscando a alguien con la muy remota esperanza de encontrarlo? ¿Cuáles serían las etapas de ese duelo? La normalización de la desaparición en México tiene consecuencias a nivel social. Ya no sorprende que haya quienes justifiquen la desaparición de 43 estudiantes. Son parte de esa nueva vileza que ha adquirido carta de naturalización en nuestro país. Porque al final la violencia a todos los niveles, llámese violencia del narco, del ejército o de la policía, tiene como elemento común la objetivación del otro.

Tampoco sorprende la respuesta del gobierno, tardía y estúpida en todos sus niveles. La desaparición de los estudiantes fue el inicio de la tormenta perfecta para una camarilla expuesta hasta al cansancio en su corrupción. Políticos de palacios de mármol que han perdido toda conexión con la realidad.

Pregunto de nuevo ¿Habrá alguien que se preocupe por el dolor de los padres? Han sido ya treinta y seis meses de agonía y quizá falten muchos más. La corrupción en el país semeja una red neuronal, casi infinita en sus ramificaciones, hecha de apatía ciudadana y mentiras gubernamentales. El entramado político es tan elaborado que no se sabe a qué dosis de realidad podemos apelar.

Somos un país escindido por voluntad política. Una nación-tv que repite hasta la saciedad las mentiras gubernamentales y les da estatus de verdad. Columnistas que se juegan la credibilidad desde algún lugar en la condesa con tal de seguir ordeñando el presupuesto.

Ayotzinapa es una herida abierta. El ejemplo más acabado de la degradación de eso que llamamos mexicanidad. De nuestra apatía que solo se diluye ante la presencia de desastres naturales. La desnudez de los padres de los estudiantes es nuestra propia desnudez. Ocupemos su lugar por un momento. Pensemos en la impotencia que produce la pobreza, los oídos sordos, las amenazas anónimas para que dejen de buscar,  incluso el arreglo económico por parte del gobierno. ¿Cuánto cuesta en dinero la vida de tu hijo?

La dilación es un arma fortísima. Es una carrera maratónica. La dilación es el instrumento de los poderosos, que pueden sentarse a esperar por la eternidad. Usted si no trabaja hoy no come mañana ¿cierto? Su hijo era un revoltoso, se lo merece. Somos un país profundamente racista. Los estudiantes de la normal rural de Ayotzinapa no se parecen a los de la Ibero, menos a los de la Anáhuac. Los estudiantes de Ayotzinapa no son mirreyes.

Y mientras tanto nos debatimos entre la verdad histérica y el olvido. Porque la tragedia mexicana es un circo de varias pistas. El surgimiento de nuevos distractores (escándalos) abulta los expedientes sin resolver de un puño de burócratas que piensan en ascender, no en hacer bien su trabajo, porque de hacerlo bien no depende ese ascenso.

Y al último, rebasadas las instancias gubernamentales, expulsados los expertos extranjeros, solo queda la soledad que produce la pobreza. La solidaridad virtual que no conduce a nada. Queda esperar, porque en el esperar está escondida la esperanza. Esperar a que uno de los peores gobiernos de la historia se vaya y llegue un relevo capaz de desatar el nudo gordiano llamado Ayotzinapa. Un nudo gordiano creado ex profeso para nunca resolverse.

Ni perdón ni olvido.

 

 

DE ESCRITORES PENDECIEROS Y BOXEO

Ramiro Padilla Atondo

 

 

No creo que este asunto de la literatura esté necesariamente peleado con toda forma de violencia. Imagino que hay escritores que fueron todo menos entes pacífi cos que miraban al mundo de manera refl exiva. Si escribir es una forma de rebeldía, el agarrarse a madrazos puede ser divertido en algunas ocasiones. La percepción que tiene la mayoría de la gente de lo que debería ser un escritor puede que esté prejuiciada. Un tipo que es profesor universitario, que viste con corrección, habla de los más variados temas, usa gafas y nunca levanta la voz quizá sea el non plus ultra de las almas recatadas. Pero tampoco creo que todos encajemos en ese molde. Porque no hemos crecido en las mismas circunstancias. Se dice que la literatura se nutre del infortunio, que los escritores son buitres cazando la carroña y que la mejor ficción es aquella que se ha vivido. Nadie le puede negar el valor de verdad a Vargas Llosa y su exposición de la crudeza con la que se tratan los cadetes en el Leoncio Prado. O un André Malraux en prisión por andar robándose tesoros en el oriente. Ni que decir de los famosos rounds de boxeo del escritor de asuntos viriles por excelencia, Hemingway. En sus memorias, París era una fi esta, memorias de sus vivencias en el París de los años 20, el autor norteamericano hablaría de la imposibilidad de enseñarle a Ezra Pound a tirar el gancho izquierdo, o de guardar la derecha. Un caso imposible. Y eso descalifi caría al pobre poeta a los ojos del grandote. Cortázar narraría con maestría las desventuras de un boxeador en Torito, un peleador en declive. Hay quienes de entre los escritores les hubiese gustado dedicarse a alguna de estas actividades que en realidad no están tan lejos de nuestra realidad. Yo mucho tiempo soñé con ser boxeador o luchador. Uno de mis primeros intentos de escribir una historia fue sobre un luchador con cara de caballo y un caminado característico que es reconocido por dos niños saliendo de la arena sin máscara. O Norman Mailer que se convertiría en una especie de cronista de las peleas de Alí. Publica en la revista Life un artículo titulado el rey de la colina y describe con cierto placer los pormenores: “Para pelear, Alí se puso calzones de terciopelo rojo, y Frazier los llevaba verdes. Antes de que comenzara el combate, antes incluso de que el árbitro los convocara en el centro del cuadrilátero para impartirles las instrucciones, Alí recorrió bailando el perímetro y como deslizándose pasó ante Frazier, a quien dirigió una sonrisa de chiquillo, como diciéndole: Chico, vamos a jugar, y me parece que será divertido” Salvador Novo descubriría la pasión por el box en una invitación hecha por unos amigos. Aunque a él le parecía un fastidio este asunto de ver a dos hombres tundiéndose, encontró en el box el más grande de los espectáculos descubiertos. Escribiría después un ensayo llamado Algunas sugestiones sobre el boxeo donde diría que, “Todos nuestros músculos siguen el dinamismo de los contrincantes, nos sentimos capaces de aconsejarlos, de competir con ellos, y, ebrios de fuerza, retar al vencedor”. El box sería también un elemento de discordia entre dos escritores consagrados que terminaron teniéndose mala leche. En historia de un combate literario, (Letras Libres Octubre del 2003) Guillermo Niño de Guzmán relataría con pelos y señales los desencuentros de Hemingway y F.Scott Fitzgerald, donde el primero le tundiría hasta en sus novelas, gozando en humillarlo, lo cual tendría una explicación dada la competitividad del escritor de París era una fi esta: “Hemingway. Afi cionado al boxeo, acostumbraba practicar este deporte con sus colegas. Uno de sus contrincantes habituales era el escritor canadiense Morley Callaghan, a quien había conocido cuando trabajaba en Toronto. Ernest invitó a Scott al gimnasio para que controlara el tiempo, pero éste se olvidó de señalar el final de una vuelta y dejó que continuara la pelea más allá de los tres minutos estipulados. Su distracción permitió que, durante la prórroga “ilegal”, el diestro Callaghan lograra encajarle a su contendiente un fuerte golpe en la mandíbula que lo derribó con estrépito. El imbatible Hemingway montó en cólera y culpó a Scott de haber actuado con mala fe. Las cosas no terminaron allí. El chisme de la “derrota” de Hemingway circuló en los ambientes de expatriados norteamericanos de París y llegó hasta Estados Unidos”.

http://www.letraslibres.com/revista/convivio/historia-de-un-combate-literario

Imagino que todos los escritores por fuerza tendremos ese lado oscuro, los feudos con otros escritores como el de Vargas Llosa y García Márquez puñetazo noqueador incluido y del cual se han escrito innumerables teorías. O no necesariamente con otros escritores. Mi mujer me dice que tarde que temprano aparecerá quien me rompa el hocico (palabras mías) mientras me pregunto por mi suerte en las peleas. Los escritores no son necesariamente hermanas de la caridad. Bukowski pelearía con el público en sus presentaciones, mientras más borracho, más pendenciero. Y quizá este aspecto, sobre el que ya se ha escrito bastante, mucho tenga que ver con la prosa. Habrá escritores que tengan un estilo altamente sofi sticado (que quizá los proyecte de manera involuntaria por el tipo de temas que tratan) mientras otros se contentarán con contar una historia de manera plana. Los escritores del realismo sucio hacen de este juego verbal (reducido a su mínima expresión) el material de sus relatos, donde ni una palabra sobra, mientras los escritores más académicos disfrutan explorando las profundidades del lenguaje. El ser pendenciero y ser escritor sin duda mejora el sex appeal, un tipo que se gana la vida haciendo algo totalmente opuesto al ofi cio de escribir le puede ayudar a conquistar los favores de las féminas, una especie de rudo y cursi reloaded. Y por supuesto que la némesis de Hemingway sería Borges, un tipo recatado y dueño de una prosa sublime, sin contaminar por las veleidades de la testosterona. Aunque muchos de sus relatos hablaran de pleitos compadritos y puñales cuyo destino es matar. Y esta es la cuestión principal. La fuerza de una narración radica en su capacidad de hacernos creer que lo que nos está contando representa la realidad. Un escritor puede llegar a ser un gran afi cionado al box o las luchas, pero nunca se comparará a la mandíbula entumida por un buen madrazo, o la sangre seca que se le pega al forro de la almohada (que te tienes que quitar con agua caliente) después de una buena borrachera. Lo curioso del caso es que nosotros los mexicanos, (tan dados a exagerar nuestras proezas pugilísticas y sexuales), no tengamos una narrativa donde este tipo de lenguaje y personajes sea usado. La mayoría de los ejemplos usados provienen de los escritores norteamericanos aunque haya una tradición (no muy extensa en México) de historias que tienen que ver con el pugilismo. Ricardo Garibay y su historia sobre el Púas Olivares, escrita ya hace 35 años, o el Rayo Macoy de Rafael Ramírez Heredia por allá del 84. La nueva narrativa está enfocada en personajes cosmopolitas o norteños. Aun en su marginalidad, la nueva narrativa se pasa por alto el tipo del macho sin sentido endémica de nuestro México, y que pueda ser utilizado fuera del círculo de la violencia por las drogas. Quizá el punto más alto en este tipo de narrativa lo haya alcanzado Jack London y su Por un bistec, publicado en 1909. Un boxeador cuyos mejores años han pasado, decide una última pelea basado en la necesidad de comerse un buen fi lete. Da una gran exhibición y es noqueado en el último round. Termina sentado y llorando. La historia de un hombre, la historia de todos los hombres. Literatura y violencia, caminan de la mano pero esta misma violencia se transforma. Grandes corrientes literarias surgieron de las guerras. Algunos críticos dirán que esta falta de tragedia vuelve los textos asépticos. Que viene a ser igual que lo escrito con anterioridad. Un escritor llega a ser grande porque sus capacidades narrativas le inyectan sufi ciente realidad a lo escrito, o un escritor llega a ser lo sufi ciente grande por su capacidad de expresar sus experiencias con fi delidad en el papel. Que de allí viene el juego literario. 

En estos tiempos, una personalidad confl ictiva llega a convertirse en un vehículo de promoción. Los escritores se han convertido en una mezcla de promotores, predicadores y fi guras mediáticas cuyas personalidades están por encima del valor de su obra. Que viene a ser también una consecuencia más de la sociedad del espectáculo. La trivialización de los contenidos literarios. Habríamos de preguntarnos donde está el justo medio. O quizá haga falta que los escritores se conviertan de repente en protagonistas como los de las telenovelas para que una sociedad altamente mediatizada voltee a verlos. Aparte la fi gura del escritor comprometido se ha difuminado. El nuevo profeta del neoliberalismo y ganador del premio nobel, a pesar de haberlos admirado hoy los excomulga. Y aquellos que crecimos admirando sus obras hoy nos quedamos sin referentes. Hoy casi todos los escritores son niños bien. 

 

Los medios palestinos en Estados Unidos

Ramiro Padilla Atondo

Una realidad en nuestros tiempos puede ser enmascarada de manera sencilla. Solo basta tener los suficientes recursos para que esto suceda. La opinión pública puede ser dirigida de manera poco perceptible para los no enterados. De esta manipulación nacen las percepciones del mundo que nos rodea. Algo llamado asimetría de la información.

Noam Chomsky lo planteó de manera clara: “La manera más clara de mantener a la gente pasiva y obediente, es mantener de manera estricta el espectro de opiniones aceptables, pero alentar una discusión apasionada dentro de los límites de ese espectro, inclusive alentar las visiones más críticas y radicales.”

De manera lógica y siguiendo este planteamiento, es en extremo difícil que la gente no enterada pueda profundizar estos razonamientos. El mundo es explicado de una manera sencilla con sus héroes y bandidos, deshumanizados por el otro, dependiendo del lugar en el que se encuentren. Estados Unidos es la moderna Babilonia, el medio oriente una sucursal del medievo.

De allí nace la pregunta que da título a este ensayo ¿Cuántos medios pro palestinos existen en los Estados Unidos? Esta es sin embargo una pregunta de mera retórica. La respuesta se da por de fault. No los hay. Y no los hay porque hay un interés marcado por presentar un solo lado de la historia. ¿Qué pasaría si de repente, y en los principales medios se le diese la misma cobertura a palestinos e israelitas? De manera lógica la percepción del público consumidor de noticias cambiaría de manera drástica.

Aquí es donde el asunto se pone espinoso. Este limitado espectro de opiniones tiene la virtud de empujar a este consumidor cautivo hacia un lado u otro. No puede haber posiciones neutrales porque no se indoctrina al público para eso. De siempre hemos sido gregarios, tenemos una necesidad de pertenencia, ya sea por nacionalidad, barrio o tendencia política. Esta necesidad de identificación tiene sus códigos. Las opiniones derivan en conductas aceptables. No puedes ser fanático de los Yankees y los Dodgers al mismo tiempo. Es un contra natura artificial. Pero si los Yankees reciben el 99.9 de la promoción y los Dodgers son los eternos perdedores con el 0.1, esta lógica indica que los Yankees aunque pierdan serán los ganadores.

El detalle es que este asunto tan obvio pasa desapercibido. Hay pocas voces que cuestionan este tipo de elementos propagandísticos, porque se han hecho tan comunes, tan mainstream, que el ir contra ellos puede parecer poco educado.

Una de las estrategias más geniales es precisamente el que se dé un anclaje de conceptos, una asociación binaria porque de esa manera se simplifica el mundo. No hay espacio para el razonamiento profundo, porque se parte de la cosificación de los demás. Coetzee lo narraría de manera genial en su novela esperando los bárbaros. Partiendo del pensamiento de Chomsky se comprende de manera inmediata que la repetición hasta la saciedad de este falso conflicto ideológico, conservadores versus liberales en la más rancia tradición latinoamericana, solo ayuda a la uniformidad de las opiniones.

Solo en los últimos meses, y gracias a los nuevos instrumentos de opinión, el público estadounidense empieza a comprender la falsedad de estas divisiones. Pero de manera clara, el lenguaje dominante que categoriza todo, indica que hay una orewelliana división que aparece con nitidez, todos los humanos son iguales, pero algunos son más iguales que otros.

El moreno o musulmán siempre tenderá a ser visto como salvaje. Y la explicación más clara que he recibido del sufrimiento palestino vino de una mujer que regentea un restaurant en San Diego. Nosotros no tenemos problemas con los israelitas. Ellos no los tienen con nosotros. Una minoría radical palestina y otra Sionista determinan la suerte de todos. Perpetuar el conflicto. Pero su voz es insignificante ante la gigantesca oleada de opinión desfavorable que se ha construido en los medios.

Umberto Eco en su libro Cinco escritos morales lo explicaría. Hay una tendencia desproporcionada a la generalización de las conductas de un pueblo. Y si a este elemento se le agrega la distorsión generalizada de la información que llega al público norteamericano el círculo se cierra.

El temor es un elemento característico de las doctrinas de control social. Si hay una comunidad pacífica en Estados Unidos es la musulmana, que ha sabido adaptarse. Hay una explicación característica pero poco humana en este conflicto. Hubo guerras y las guerras determinaron las nuevas fronteras, lo cual es cierto. Pero también es cierto que la victoria en una guerra con un enemigo más débil no debería conllevar su total exterminio.

Una espiral de violencia no se detiene matando inocentes. La inmensa mayoría de los pueblos solo quieren vivir en paz de acuerdo a sus costumbres. Es ridículo condenar a todo un país por las acciones de unos pocos.

Si hubiese de verdad un deseo de construir la paz y reconocer el derecho a la autodeterminación de los palestinos, entonces los medios de comunicación en Estados Unidos deberían de incluirlos en su agenda. Las grandes cadenas informativas no son sino repetidoras de mentiras y distorsiones. Hay una realidad innegable, la mayoría de la violencia perpetrada en contra de los palestinos nace en los territorios ocupados. Los israelíes no tienen ningún derecho a estar allí, a mantenerlos en un gigantesco campo de concentración como si fuesen animales. Porque también entre los palestinos hay mucha gente valiosa que no tiene ninguna oportunidad. No hay un lugar en todo el occidente que les permita un espacio para conocerlos de verdad.

Al parecer, la vindicación de los derechos de los pueblos se ha hecho a punta de pistola. La historia de las conquistas siempre ha sido así. La capacidad de combate o armamento es la que determina como se cuenta la historia. Estas formas implícitas de violencia que se han institucionalizado. Se vende armamento con la mano en la cintura invocando el más noble de los sentimientos, el derecho a la defensa. Pero se obvia un detalle. No hay derecho a la legítima defensa cuando has invadido la casa del vecino. El asunto palestino es tan absurdo que se habla en todos los medios de la necesidad del invasor de matar al invadido en su propia casa si osa defenderse.

Y por supuesto el público lo acepta sin más. El fundamentalismo es generado por la violencia. Es hijo de ella. Un ejemplo ad hoc sería la fallida intervención militar de Estados Unidos en Irak, que ocasionó el surgimiento de muchísimos grupos terroristas.

En estados unidos es agradable para los oídos escuchar que todos los palestinos son terroristas y se lo merecen. Pero no los escuchan. El clamor del pueblo palestino es el mismo clamor de los débiles de todos los tiempos, mírenos, no somos diferentes a ustedes. La lógica de una guerra, se suscribe también a los efectos de esta. Un país que no ha sufrido sus efectos no entiende que vivir en el terror produce medidas desesperadas.

El cambio de paradigma entonces subyacería en la capacidad del pueblo palestino para articular un discurso. Pero es imposible si le quitan los micrófonos. Por eso me pregunto de nuevo, ¿cuántos medios palestinos hay en Estados Unidos?

 

 

 

 

 

La alegoría de The Truman Show

RAMIRO PADILLA ATONDO

 

 

 

A Gabriela Torres Cuerva, detonante de este escrito

 

 

Al escribir un ensayo, se invocan mecanismos más allá de la lectura y el análisis de lo leído. Hay de cierto, asuntos como la observación aguda, que, acompañada por las lecturas, permite prefigurar un panorama más amplio. En este caso, puede ser la continuidad de otra idea, o una simple deducción que detona la escritura.

He escrito de manera extensiva acerca de los mecanismos de toma de decisiones. Estos están circunscritos a ciertos factores, que tienen que ver con la cultura del individuo. De manera general en cuanto al sistema político en el que vive y de manera particular con la educación recibida en casa.

Es en extremo inocente pensar que no hay fuerzas determinantes en el desarrollo de esta toma de decisiones. The Truman show es una alegoría de este control total de la vida humana. Truman Burbank es un hombre que ha nacido para ser estrella de un reality show del cual no sabe que es parte. La película de 1998 prefigura la era del control total de los humanos.

En la película flotan los espíritus de George Orwell con su gran hermano y Aldous Houxley y su sociedad perfecta. Por supuesto que el leivmotiv es el monitoreo de un ser humano que por pequeños accidentes va notando la falsedad en la que vive. Igual en las sociedades contemporáneas, el tema del control ha venido convirtiéndose en un tópico importante. La información es una mercancía cuyo valor depende de su capacidad de influencia.

La realidad se distorsiona a medida con la finalidad de establecer ciertos parámetros de conducta considerados aceptables. Se necesita superficialidad para aceptar la sociedad cínica y enferma tal como es. En el caso de la película el telón de fondo es la sociedad conservadora que espera que cada instante de su vida sea previsible. Se acepta ser parte de un engranaje. No hay mucho espacio para alterar el curso pues millones de personas sintonizan día a día la vida de un hombre que no sabe que es famoso. Al igual que los whistleblowers contemporáneos, una mujer corre con Truman a la playa para decirle que todo lo que ha vivido no es más que un montaje, para luego ser arrojada del set por un actor que finge ser su padre alegando demencia.

En las sociedades modernas, aquellos que hablan de las sicopatías asociadas a las sociedades industriales son acusados de locos. El candidato demócrata a la presidencia basó su plataforma en varias medidas basadas en el sentido común. Pero fue insuficiente ante la maquinaria desplegada para elegir a una candidata cuyos discursos pagados por los bancos valen la friolera de doscientos mil dólares y cuyo contenido no ha sido publicado.

La cada vez más pasmosa insanidad de nuestras sociedades tiene que ver de manera precisa con el discurso sociópata (aquel discurso que promete de siempre cosas que no está dispuesto a cumplir)  y la normalización de la violencia. Y aquellos que viven una situación parecida a la de Truman Burbank solo imaginan que viven una vida normal, cuando la realidad es que los controles gubernamentales de manera lenta pero sostenida avanzan para definir  los comportamientos de la sociedad.

El candidato demócrata Bernie Sanders sostuvo que la dictadura de los bancos había destruido el sistema republicano de los Estados Unidos. Una mayoría idiotizada por los medios de comunicación lo acusó de lunático. Primero se le ignoró, luego se le ridiculizó, para terminar siendo arrollado por el status quo. Algo parecido sucede en México. Agustín Basave diagnosticaría al mexicano como un ser esquizofrénico o bifronte, Mexijano por su alusión a Jano, la diosa de dos cabezas.

En las sociedades desarrolladas el discurso tiende a ser de hipocresía limitada. En México se premia la mentira cada elección. Desilusionado de la política el mexicano tiende a comportarse con pesimismo festivo. Como el personaje de la película no ha entendido que tiene la capacidad para escapar de la gigantesca puesta en escena que significa el negocio del gobierno. Contempla la cámara que lo manipula a él con parsimonia y pocas ganas. Porque al final de cuentas le han vendido la idea desde la sociedad paternalista que aquellos que se roban su dinero saben lo que están haciendo.

The Truman Show predijo un futuro en el cual todos podríamos ser vigilados. Lo curioso de todo es que la aceptación de esta vigilancia ha pasado por nuestro tácito consentimiento.  Un teléfono inteligente es la manera más fácil de controlar los movimientos de una persona. Hay una huella electrónica sin necesidad de montar un costoso estudio que vigile nuestros movimientos. Giovani Sartori también lo dijo en su libro Homo videns. Del homo sapiens al homo videns hemos evolucionado sin darnos cuenta. Y es ahora que el homo videns parece mutar en el homo millenial, aquel sujeto totalmente dependiente de los artefactos tecnológicos.

Vivimos en sociedades cuyo sentido común comienza a parecer un asunto extravagante, perdidos en la cultura del consumo, que crea modelos aspiracionales y una distorsión de los comportamientos éticos, donde el mayor cínico es el rey. Al igual que otro filme, Wag The Dog, el mundo evoluciona hacia una gigantesca puesta en escena donde la realidad ya no es real, sino un constructo que necesariamente pasa por el tamiz del dinero. Por eso The Truman Show es una película de espantosa realidad.

 

The Truman Show Paramount pictures

Mexicanidad y esquizofrenia Agustín Basave

Homo Videns Giovani Sartori

Wag the dog New Line cinema

Un mundo feliz Aldous Houxley

1984 George Orwell

 

 

 

 

 

Meursault o la balada por un sicario

Ramiro Padilla Atondo


Meursault es el personaje central de Albert Camus en El Extranjero, una novela corta que termina justo en 1940 cuando el mundo se sumerge en una conflagración mundial.  Y este mundo refleja de manera concisa esa pérdida de valores, cuya espantosa actualidad retrata a un protagonista como un individuo incapaz de sentir emociones.

Meursault se convierte en nuestro sicario, se multiplica por miles, esa es la lección para nuestro país. Mata a un árabe con indiferencia. La vida de la víctima no es ni más ni menos importante.

Hay un paralelismo entre los jóvenes de la posguerra y los mexicanos que deciden incorporarse a las filas del crimen organizado. Este hilo conductivo es la frustración y desesperanza de un sistema alienatorio; el de la falta de oportunidades.

Otro elemento es el hartazgo. Argel puede ser  un pueblo perdido en la sierra de Sinaloa, donde no pasa mucho. Y lo poco que pasa se toma con indiferencia. Al protagonista del extranjero le da igual que lo manden a París por cuestiones de trabajo. Al sicario también. Puede ir a matar con toda la frialdad del mundo al otro extremo del país. Aunque ambos sin caer en simplificaciones son productos de las sociedades industriales, el mayor problema de nuestro tiempo. El sujeto que a fuerza de alienarse se convierte en hombre-máquina.

Al igual que el protagonista de la novela, los sicarios son parientes próximos de los personajes kafkianos, que viven en un mundo sin razón en el que solo existen en función de la explosión de violencia a la que han sido arrojados. Aunque el mismo Camus diera una contra lectura al decir que el personaje del extranjero se condena por no jugar el juego, por su incapacidad de mentir.Los efectos del personaje en la novela y el personaje real que mata por encargo son al final los mismos. La sociedad los rechaza al sentirse amenazada. No existe lo que se llamaría “normalidad social”.

Robert Champigny en el libro dedicado al extranjero Sur un héros paien (París Gallimard 1959) describe a la sociedad que juzga a Meursault como; « una sociedad teatral, es decir, no la sociedad en tanto que se halla compuesta de seres naturales sino en cuanto ella es hipocresía consagrada»  y de esta misma hipocresía nos alimentamos. Las sociedades abominan este tipo de personajes pero no dejan de producirlos. En el extranjero el personaje principal es la excepción. En México parece que se ha convertido en la regla.

¿Qué hemos hecho mal para que un personaje incapaz de sentir empatía se multiplique a una velocidad endemoniada? Esa es una de las grandes preguntas de la literatura. Camus lo predijo de manera certera y lo plasmó en pocas palabras. A Meursault se le condena no tanto por su crimen, sino por su actitud frente a la sociedad.

Si bien es cierto que las novelas al igual que los seres vivos, nacen envejecen y mueren, hay otras que tienen una larga vida pues su base se mantiene intacta. La novela fue escrita, en el marco de una sociedad europea en plena convulsión, tal como la padecemos hoy en México. Las sociedades pueden transformarse y muchas veces puede ser de la manera equivocada. No se equivoca Albert Camus al profetizar el tipo de hombre en el que nos hemos convertido en las sociedades modernas. El asesino que mata con indiferencia pues lo considera parte de su trabajo no es diferente de su personaje principal. No es un reduccionismo verlo a la luz de los acontecimientos actuales. Más bien es un llamado a la reflexión acerca de estas estructuras sociales que permiten la proliferación de tipos anti-empáticos. Por eso se debe de releer el extranjero para entender el contexto y entendernos.

Miércoles, 08 Febrero 2017 22:38

ESCRITORES QUE NO LEEN / Ramiro Padilla Atondo /

 

 

 

ESCRITORES QUE NO LEEN

Ramiro Padilla Atondo
 
 
 
Hay quienes sienten el deseo

de escribir de súbito, como si el acto de la escritura fuera automático. No se puede descartar al genio que sin leer libros pueda construir una obra, pero esto más bien sería algo absolutamente fuera de lo común, algo así como uno en un millón. Por lo regular cuando alguien que no me conoce se entera de que soy escritor me asalta de inmediato con dos afirmaciones. 
La primera, que yo debería de escribir un libro acerca de su vida, como si esa vida en particular estuviese tan llena de matices como para que valiera la pena una biografía novelada al estilo de André Malraux, y esperan que de inmediato me enganche preguntando acerca de los detalles de tan peculiar existencia.
La segunda afirmación es que ellos (una mayoría) también tienen planeado escribir un libro, por lo que de inmediato se imaginan que me convertiré en su asesor de manera inmediata. Para este tipo de afirmaciones tengo siempre una pregunta. ¿Qué estás leyendo en este momento? Este es el primer filtro para saber si alguien está tomando con seriedad el asunto que me acaba de plantear. La mayoría de las veces me dicen que no leen lo que los descalifica de manera automática. Aunque también hay aquellos que sí leen pero no leen nada de lo necesario para convertirse en escritor.
Y aquí la pregunta sería ¿Qué se necesita leer para ser escritor? No hay una fórmula mágica para decidir exactamente que contenidos alguien debería de leer para convertirse de manera exitosa en escritor, porque hay muchísimos factores a considerar. Por lo regular los que se me acercan intentan escribir libros de aforismos o autobiografías con una fuerte carga de superación personal. Mario Vargas Llosa hablaría de eso en cartas a un joven novelista diciendo que la fama es tan veleidosa que muchos escritores de probada calidad literaria viven olvidados mientras que otros que son una
verdadera pesadilla para el oficio obtienen jugosos contratos, llegando al grado de descalificar al Ulysses de Joyce desde una posición mercadológica como la de Coehlo.
Lo que realmente determina una verdadera vocación literaria puede ser ese deseo incontinente de recrear otros mundos después de haber leído bastantes libros. La analogía en este caso podría ser aquel tipo común que sin haber jugado beisbol ha decidido convertirse en pitcher. Cree que tiene un gran brazo pero nunca lo ha utilizado. Un jugador de beisbol hará de la práctica diaria su mejor arma para competir y la repetición de ciertos patrones de entrenamiento lo hará mejorar. Quizá no llegue a las grandes ligas pero al menos se convertirá en un jugador decente.
Igual le pasa a un escritor. Pensar que sin leer puede llegar  a ser un escritor decente no deja de ser una estupidez. No hay atajos para el oficio de la escritura. A escribir se aprende escribiendo y leyendo. Se leen los libros como se lee un manual de ficciones. Se aprende a de-construir un libro para entender sus elementos. Hay escritores que solo utilizan un mismo tipo de narrador y esta limitación en su técnica se ve aún antes de abrir el libro. Gabriel Zaid reflexionó acerca de esto al escribir Los Demasiados Libros. Hay un mercado grandísimo de personas que quieren publicar, pero este mercado es inversamente proporcional al de los lectores. Aquí habríamos de preguntarnos si la profecía escrita por Ray Bradbury en su Farenheit 451 puede llegar a ser cierta. Que los demasiados libros con contenidos malísimos nos obliguen a quemarlos por ley. Creo que sería sano. Aunque en la realidad haya una selección natural atroz. Si la obra de un escritor tiene calidad literaria o calidad comercial tarde o temprano conseguirá una editorial que le publique, aunque este camino sea largo y sinuoso.
Claro está que los escritores que no leen tienen menos posibilidades que los demás. Muchísimas menos. Si por alguna fortuita razón, un escritor de los clásicos de principios del siglo XX
se topara con un neo-escritor que no lee, entendería que la muerte de la literatura está cerca. Lo miraría como un bicho rarísimo de una historia de ciencia ficción.   Y se preguntaría que está pasando en el mundo que las cosas están al revés, cuando la escritura es el paso lógico desde la lectura. En tiempos pasados, más que la calidad literaria la publicación era el premio lógico a la terquedad. A trabajar publicando aquí y allá hasta lograr hacerse de un nombre y a la depuración estilística proveniente de las infinitas horas de lectura y escritura. Quizá sea demasiado pesimista. El problema es casi todas las semanas me topo con un escritor que no lee. Por eso escribí esta reflexión.

 

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