Blog El descarnamiento del Arte

Saúl Martínez

Saúl Martínez

Saúl Martínez

 Saúl Martínez (Mexicali) Es comunicólogo, reportero y fotógrafo desde hace diez años. También es escritor y narrador de cuento corto. Fue mención honorífica de la Sociedad Interamericana de Prensa en el 2018 por cobertura de manifestaciones en el norte de México. Ha participado en encuentros literarios en el noroeste mexicano y publicado cuentos en revistas digitales como El Septentrión, Shandy, La Piranha MX , Bitácoras de Vuelo y Erizo. También ha sido antologado en el libro de novela negra Baja Noir (Editorial Artificios, 2018), Crónicas por el Derecho a la Ciudad (Ibero León, 2020) y Vacunas contra la Poesía, de la colección editorial La Rumorosa (ICBC, 2020)

 

Jueves, 01 Octubre 2020 01:39

El vicio de la angustia / Saúl Martínez /

 

El vicio de la angustia

Saúl Martínez

 

Fueron segundos, luego minutos. Una eternidad. Ella tenía su mirada fija en mi cara, yo la tenía en el camino. Sujetaba el volante como si fuéramos a caer por un despeñadero. Apretaba tanto la mandíbula que ya comenzaba a doler y mis uñas estaban clavadas en el forro de la rueda. Mi vista parecía un parabrisas mojado y las luces de la calle pasaban como centellas deformes.

— ¿Entonces? — sonrió

— ¿Entonces qué? — evité voltear para que el gesto de mi rostro no la insultara

— ¿Vamos por un masaje? — su risa estalló y fue tan inapropiada como flatulencia en un funeral cuando apuntó la sala de masajes mientras el semáforo estaba en rojo.

El regreso a su casa parecía interminable, incómodo, doloroso. Apenas en una lucidez intermitente pudo articular uno o dos mensajes, a veces preguntas completamente disparatadas. Los doctores dijeron que habían logrado sacar de su estómago la mayoría de las pastillas que había tragado, pero que era probable que estuviera desubicada, confundida y somnolienta durante las próximas horas. Por eso no me sorprendió mucho la pregunta, aunque una cosa era esperarla y otra tener que soportarlas. Esa noche, al final del procedimiento, percibí una simpatía tan personal e íntima con la recepcionista del hospital, quien no me pidió mayores datos sobre ella, sobre mí, tampoco algún cobro. La garganta se me estrujó como un periódico retorcido, incliné la cabeza, le di las gracias y ambos nos marchamos. En ese momento supe que todo lo nuestro estaba destinado a caer por una penosa y lacerante espiral. Solo me quedaba esperar el azote contra el fondo o darle fin a la situación.

            Ella siguió hablando, balbuceando, todo el camino de vuelta a su casa. Pensando que la ficción todo lo soporta, yo iba imaginando lo que no sería, lo que no viviríamos, el hogar que no formaríamos, los hijos que no nacerían, sentimientos que debía de sepultar, memorias que debía decantar para guardarlos en los cajones de la experiencia. Pensé en las semanas que empujé su silla de ruedas después del accidente, en la vez que su madre la abofeteó frente a mí, cuando le mentí y sucumbí al instinto básico en una piel ajena. Decir que solo uno tuvo la culpa de lo que había pasado hubiera sido la manera más maniquea de huir cobardemente. No era así. Ambos pensamos que sabíamos amar, que conocíamos todo del otro. Aprovechamos nuestras flaquezas para hacernos daño, nos disputamos el control del chantaje como si el victimismo fuera un mecanismo de defensa que no tiene consecuencias. La conjura que aprendimos el uno del otro terminó por desprender lo poco que nos unía.

            Frente a su casa, viendo pasar hombres delgados y sus sombras errantes por la calle, la rutina aprendida años atrás se repetía, aderezada ahora con una fuerte dosis de trazodona. A mí me resultaban innecesarias. Poco después del clímax del conflicto, mi cerebro se apagaba. No podía controlar los párpados, los bostezos. En el vicio cíclico de la angustia, encontraba al sueño como un refugio. La noche amplificaba todo lo que no quería escuchar, todo con lo que no quería lidiar. Hacer que ella bajara del auto no era fácil, y dormir en él comenzó a hacerse una costumbre, hasta que los primeros rayos del sol deparaban el inicio de un aciago día cuando pasaba lo más oscuro.

            Habíamos hecho un pacto con la desolación, pero también con la alegría. La química de nuestro cerebro solía trabajar de maneras misteriosas, pero en las últimas citas, sabíamos que ya no había vuelta atrás con el destino al que llegaba nuestro barco en medio de ese tempestuoso océano. Veíamos películas para fantasear otra realidad. Imaginábamos ser otros, tener otra vida, estar en otra parte o no estar. Viajábamos a otra parte al momento de cerrar los ojos.

            El camino de regreso a su casa me dio tiempo para pensar en todo. En reimaginar, repensar, arrepentirme, resignarme. Para entonces no habría sospechado que semanas después, con el corazón amartillándome el pecho y en medio de un ridículo baile escolar, le pediría que me dijera que no me amaba para poder alejarme de ella y no volver a molestarle. Siempre agradecí la honestidad por más dolorosa que fuera. Ahí llegó el azote, el fin de la espiral. Nunca caí más bajo que en esa ocasión. Mi cuerpo condujo de vuelta a casa, con memoria confiada, como cientos de veces recorrimos las rutas de nuestra piel en aquellas habitaciones que nos alejaban del mundo, de los demás.

            Uno piensa en sus errores, en lo que uno lamenta, puntualmente, antes de dormir, como un peso que aplasta el pecho. Solemos pensar en lo que sacrificamos en el camino, en las personas a las que les negamos la mano por no soltar la que sosteníamos, aunque en el despecho llegásemos a hacerlo para saciar el amor propio. En esas veces que caminamos kilómetros pensando que el cansancio o el dolor nos harían olvidar, o en aquella ocasión en la que le entregamos nuestro destino al alcohol y todo empeoró al amanecer, cuando este nos abandonó y nunca nos dio el valor de colisionar.

            No pude hacer que bajara del auto. Nunca tuve fuerzas para hacerlo. Aunque su intención siempre fuera la de hablar, ni una palabra salía de su boca. Una bruma cubrió el parabrisas del auto y los dos nos recostamos en los asientos como si estuviéramos en el vientre de nuestras madres, mirándonos de frente. Su mirada condescendiente me parecía un descaro, una grosería. El mismo día que afronté la decisión de no sobreproteger a nadie más, ella pensó que sería buena idea retar a su cuerpo a procesar decenas de antidepresivos y calmantes. Ese día no existía nadie más que yo para una última travesía, por los viejos tiempos. Un último salvavidas en las turbulentas aguas. Al final, el sueño volvió de nuevo para convertirse en guarida, en esa habitación, en el anhelo de regresar a casa.

            Las gotas condensadas de la neblina rodaron como lágrimas por el parabrisas y se limpiaron un camino serpenteante en la bruma del cristal, por donde se coló el sol de la mañana que la hizo despertar y le dio ánimos de entrar a su casa. Yo desperté y la despedí con la mirada, cabizbajo. No dijimos nada. Sabíamos lo que seguía y asumimos el rumbo hacia el puerto al que nos dirigíamos, pero nunca dijimos una palabra de ello. Esa mañana, y desde entonces, lo único que quise fue volver a casa.

Martes, 13 Agosto 2019 02:38

Muda de piel / Saúl Martínez /

 

 

Muda de piel

Saúl Martínez

 

Desperté agitado y mi primer reflejo fue buscar mi arma. Acostado y adolorido miré para todos lados y a los pocos segundos me di cuenta que estaba en un hospital. “Cálmese, señor, todo está bien, está en el Seguro de Tijuana”, me dijo una enfermera que sujetó los hombros empujándome contra la cama mientras las patas rechinaban en el piso de linóleo. Comencé a calmarme y con los jadeos disminuyendo pude observar una pequeña mesa que tenía al lado de la cama, en la que solo había una botella de alcohol para untar, torundas de algodón, un catéter y lo que parecía mi cartera y mis cigarros. Cabrón, sí estaba en un hospital. A uno de los compañeros de la enfermera que iba entrando a la habitación le dijo con un gesto que ya no era necesaria su ayuda. Unos segundos después, la mujer regordeta y chaparrita salió del cuarto.

Las punzadas en mi cabeza arreciaron cuando la recargue de vuelta en la almohada. Traté de entender cómo había llegado ahí, pero las palpitaciones solo me hicieron cerrar los ojos y llevarme las manos a la cara. El aroma a formol, medicinas o quién sabe qué químicos me atascaron la nariz. Solo pude pensar en lo que me dijo la enfermera. Pero, ¿Tijuana? ¿Cómo chingados llegué a Tijuana? Al menos sabía dónde estaba, solo me faltaba saber qué día era y por qué me sentía todo puteado. ¿Dónde está mi arma?”, le pregunté a la enfermera cuando regresó al cuarto con una jeringa lista para clavármela en el brazo. “Eso no lo sé, oiga, y ya cálmese, ahorita viene un doctor a hablar con usted”, me respondió la señora sin verme a los ojos. Enfundada en una filipina color pistache, la mujer le quitó la tapa a la jeringa y limpió mi antebrazo con una bolita de algodón alcoholizado. La luz del sol entraba con madres por la ventana, pero dentro de la sala de recuperación el aire seguía bien pinche helado y sobre todo, hediondo a químicos y medicinas. Siempre asocié esos aromas con la muerte.

Traté de recordar y me esforcé por comprender, pero el dolor de cabeza me lo impidió. Lo que sea que haya tenido esa jeringa me hizo sentirme amodorrado. Mi malestar general iba disminuyendo y me costaba mantener los ojos abiertos, los sentía cada vez más secos y más pesados. Antes de caer rendido, intenté reconstruir lo último que mi memoria me permitía.

Me habían mandado a cumplimentar una orden de arresto por un robo con violencia. Ajá. Luego subí a la unidad con Ramírez. Ok. Fuimos al rancho en Tecate donde se supone que encontraríamos a un asaltabancos prófugo de Mexicali. Bien. Me tocó manejar, agarramos carretera temprano y nos acercamos a la entrada de un rancho, donde un hombre flaco de barbas canosas limpiaba el pastizal con un rastrillo. Sí. ¿Y luego qué? ¿Qué más? ¿Qué? ¿Eso fueron disparos? Balazos. Sí, fue eso. Finalmente me rendí tras unos breves segundos de agitación. No pude hilar más pensamientos. Me rendí al sueño.

 

Este tal “Poblano”, el asaltabancos, ya le traíamos la huella. Lo investigamos por tres robos en los bancos que están dentro de las tiendas Coppel, unas pinches tiendas con nada de seguridad y por más que se los hemos dicho, nomás no entienden. Hasta parece que quieren que estos cabrones les roben con lo fácil que se las ponen. En fin, al comienzo de las investigaciones de los casos que se habían denunciado meses antes, nunca nos pasó por la mente que estuvieran ligados entre sí. Más menos, siempre eran unos veinticinco mil pesos el botín. En los tres asaltos pensamos que los sospechosos eran distintos. Una mujer pelirroja, un cholo y una viejita. El error del “Poblano” fue haber dejado la peluca canosa en uno de los autos en los que huyó y que encontramos en el canal Tulichek. Al cabrón se le quedó un pelo en esa madre y cuando lo mandamos con los peritos lo pudimos identificar. Cuando supimos que andaba de vestida, nos pusimos a revisar los videos de circuito cerrado de otros casos. En todos los asaltos usó la misma

arma, una Desert Eagle con unas cruces grabadas, muy raras para estos rumbos. Las piezas del rompecabezas fueron embonando solitas. El caminado, alguna postura, la manera de sostener de lado el arma, la forma del mentón. Al final, por ese pelo lo identificamos. Antes de eso estuvimos como pendejos buscando a tres personas distintas.

 

Comencé a recobrar poco a poco la consciencia y la lucidez. Ramírez subió al cuarto a verme. Traía un collarín y un cabestrillo que le ayudaba a sostener su brazo derecho. Quise recomponer el rostro para preguntarle qué había ocurrido, pero su cara trataba de contener una carcajada burlona. “¿De qué te ríes, cabrón?”, le pregunté. “No mames, pareja, te ves bien chistoso en esa bata sin calzones, cabrón”, me respondió con una risa burlona que luego se convirtió en quejidos por un dolor en las costillas. “Ándale cabrón, síguete riendo”, reviré. “¿Qué fue lo que pasó, eh?”, le pregunté. “Híjole, pareja ¿en serio no te acuerdas?”, me cuestionó antes de sentarse en una silla al lado de la cama, estirar los pies y acomodarse el cabestrillo luego de un breve gimoteo. “Si me acordará no te estuviera preguntando, cabrón”, le respondí enojado. Se le borró la sonrisa de la cara, tomó algo de aire y comenzó a hablar.

Su explicación, duró menos de cinco minutos. Cuando nos acercamos con el señor que rastrillaba el pastizal a la entrada del rancho para preguntarle por el “Poblano”, notamos que una serpiente de cascabel se había escabullido inexplicablemente al interior de la cabina de la camioneta. La fobia que les tengo me hizo pisotear los pedales de la patrulla en un intento de evitar una mordida. Luego pisé el acelerador a fondo. También saqué la pistola y le comencé a disparar al suelo buscando matar a la culera. En mi episodio de pánico, la camioneta enfiló en dirección desconocida a alta velocidad. Chocamos contra una enorme piedra que adornaba la orilla de la carretera y que marcaba la entrada a la finca. Yo no llevaba el cinturón de seguridad

por si tenía que bajarme a prisa de la camioneta, ya saben, en caso de tener que actuar en la inminente detención. Por eso me llevé la peor parte cuando la cabeza se me estrelló en el parabrisas, aunque la bolsa de aire igual me dejó adolorido el torso. Mi compañero sí traía puesto el cinturón de seguridad y solo resultó con algunos golpes, nada grave. Tendrá que usar collarín y el cabestrillo por unos días. El jefe ahora anda valorando si debo pagar los daños de la patrulla y los de Asuntos Internos me abrieron un expediente, por si hay responsabilidad qué deslindar. Pendejos. Lo peor de todo fue que la serpiente había salido ilesa y había logrado escapar, al igual que el asaltabancos que buscábamos, según lo que me dijo Ramírez. Malditos.