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OCTAVIO PAZ

Cuarteto Mexicano

Roberto López Moreno

 

 

No vio nacer al mundo,

más se enciende su sangre cada noche…

 

 

No vio nacer al mundo

s se enciende su sangre cada noche;

desde ese palpitar otea el día,

lo descifra, traduce,

lo acomoda en todo lo que nombra.

El día aquí

es una herida por donde fluye

un motín de buganvilias.

 

Baja la fecha a nuestro somos,

recorre litorales de barro y nube.

Asombros.

 

Ometecuhtli —huitzillin amarillo—

(bujía de mis más rotundos desconciertos)

eleva

sobre nuestros destinos

la sed del fósforo

y nos convierte en la patria

de su penacho incandescente.

 

Cisne y nahual se ciñen a esta fecha

(este es un cisne que sí conoce

su peso en el paisaje,

nahual que sabe su embrujada brasa)

cucharada de azúcar,

cucharada de sal.

 

En la pupila azul de la memoria

se dibujan los perímetros del viento,

descienden hasta el cisne y el nahual

que laten en la sangre

-adentro del gran árbol de su sangre-.

 

A la menor provocación

salta la sangre a ver el mundo,

a encontrarse con los líquidos

de la tierra de la que fue hecha árbol.

 

En el profundo cielo se refleja el mar.

El mar es un tumulto de agua estancada

en el que apenas cabe el huracán de la palabra.

El reflejo brama.

 

En el centro del espejo

un relámpago verde, fluido verde, manantial

verde, verdad verde de alegría

y alegría de verde,

arquitectura de los siglos verdes,

verbo verde

con todos los caminos inventados

para vivir sus construcciones verdes.

La vida, tocada por su mano verde,

arriba y abajo, a los lados,

adentro del tigre curvo

rayonado de años luz. Verdes.

 

El ansia bracea a contra-río,

va asumiendo la pequeñez de su distancia.

Bracea.

Hay valles y planicies en el recorrido

que se habían encuclillado

en algunos rincones de sus células.

Bracea río arriba.

Redescubre paisajes despintados

por un tiempo a la inversa.

Reconstruye paisajes.

Bracea hasta ovillarse, diminuto,

en un principio de agua mansa y misteriosa,

laguna de sombra y de sustancia eléctrica.

 

El ansia regresa a conocer la fuente.

Volvió a su centro,

a empaparse de la primavera incógnita;

está ahí, ovillada,

segundos antes de que haga saltar

en mil novecientas noventa y cuatro astillas

el cristal que la contiene.

Ahora el ansia bracea río abajo,

asumida otra vez a la corriente.

Ahora es una fuerza más verde que nunca.

 

Ya creó de nuevo el día.

No vio nacer al mundo

pero lo está inventando

al encender su sangre cada noche,

al arder en la inmensa y silenciosa noche,

al alzar la noche

repozo de Dios,

oración del Diablo,

sacerdota y poetisa,

fruto derramado desde el cosmos,

oscura sabihonda,

cuna de la próxima ecuación verde.

 

(Abecedario Ave se diario Abecedario

A veces sedario

A veces sed … a río…)

 

Ya está aquí el día y su azul memoria. Verde.

Es un libro que no cesa,

Bracea. Prende.

Delata mis blasfemias.

 

 

INTERMEZZO

El mundo nace cuando dos besan

 

Octavio Paz

 

El mundo nace cuando dos se enlazan

en el sensual secreto de la danza,

beso de carne y tiempo se consuma.

Los ríos se hinchan,

la pelambre vegetal

humedece las crestas de su ola,

los suaves valles estremecen,

la playa gime el abrazo del espumo,

el volcán lanza su braza fragorosa.

El mundo nace vasija del secreto,

adentro de ese vientre rotatorio

se mezclan el sumo del licor sagrado

y la fiebre de la selva.

Corren los dedos de la música sobre del teclado.

Dos se besan.

El mundo nace, gira.

Dos se están besando.

 

 

ERAN LAS 3.5 ADOLFO CASTAÑÓN

 

Eran las 3.5 ascensiones de Richter;

vinieron a informar a la ciudadanía

que el poeta había muerto.

¿Cómo decírselo ahora a sus poemas?,

¿cómo decirle al aire en el que vuela?,

¿cómo al agua?,

tienes razón Adolfo, ¿cómo?

Tú me presentaste con él, ¿te acuerdas?,

Casa de los Azulejos: “el es Roberto López...”

y yo tendí mi mano hacia el centro en combustión

de mis blasfemias.

Una cosa es hablar de la llama

y otra hablarle a la llama.

“El es Roberto López...” y la calle Madero

fue colibrí nocturno de mi anfracto calendario.

Eran las 3.5 de Richter, Adolfo Castañón,

unas horas antes

la llama de Mixcoac se había elevado sobre el valle,

se había hecho aire de abril,

sur de domingo,

y nosotros pupila absorta frente a la transparencia.

Eran las 3.5

y era la eternidad que nos rozaba.

 

 

OCTAVIO PAZ

 

Hirviendo en el espacio la sal de toda era

las horas de Estocolmo en el curvado cierto—

reviven los minutos de algún horario yerto,

reloj sin manecillas, elevada venera.

 

Luminoso velamen que crece a su manera

con la esfera enluzada en el espacio abierto,

y baja hasta la rosa y crece hasta su huerto

en la verdad que asume su llama postrimera.

 

Metáfora de soles, estatura cumplida,

radiante broche en alto de su broche radiante,

colibrí de ultratumba que alumbra cada herida…

 

Y que en Paz no descanse si Paz es este andante

que en medio de su coro -aforo de la vida-

asume: un árbol bien plantado más danzante…

 

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Miércoles, 17 Marzo 2021 01:45

El tercer piso: dos poemas Aleqs Garrigóz

 

 

 

El tercer piso: dos poemas

Aleqs Garrigóz

 

 

 

EN UN DÍA DE ENERO

 

No basta un café cargado

sin azúcar.

A veces, incluso,

te repele tocar a las personas;

y es necesaria la dulzura.

Hay poco entusiasmo, sin embargo,

por encontrar cualquier paja en esos ojos,

una nueva migaja en sus manos.

Teoría

y práctica del desapego.

Es la división del pan

en cada esquina:

la comunión sólo en la carencia.

El ceño fruncido de tu rostro

que anhela enderezarse.

 

 

BIBLIOTECA

 

Aquí dejar

las primeras canas.

En este orbe de sueño y reposo

como vino que se escancia en pocos labios.

Y amar la tranquila

soledad de la palabra.

Y ofrecer una línea sinuosa al muerto caro,

escrita al margen,

como al azar.

 

No podremos alcanzar a leernos

nunca en suficientes libros.

Pero entre estas lápidas

viviremos mejor acaso

como un insecto

que teje su capullo en la sombra

para volar hacia la luz

del significado.

 

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Martes, 16 Marzo 2021 17:21

Lamento / Acapulqueando / Pablo Reyes

 

 

Lamento / Acapulqueando /

Pablo Reyes

 

Aquella tarde lo vi en tus ojos

no había retorno de esta miseria

en la que me dejarías hundido,

era tarde para hacer caso a las voces

que gritaban a mi paso

cuando te besé en la complicidad

de aquel cuarto.

 

.

 

El espejo es un cíclope

que me ataca con rayos de nostalgia

mientras me baño,  

como,  

cambio,  

me duermo,

te pienso,

te extraño.

 

 

 

En mis sueños soy un colibrí

que vuela y vuela

sin llegar a ningún sitio,

no quiero ir a ningún sitio,

no sé a dónde ir sin ti.

 

 

 

Recuerdo que te dije te amo desde mis entrañas

y volaste como quien descubre una verdad indecible  

una que no andas buscando y de pronto pisas

haciéndote volar como una mina.

 

 

 

La miseria que llevo desde entonces

me cubre de ojos a tobillos

deseo buscarte de pueblo en pueblo

de cama en cama

de tumba en tumba

pero mi nombre y mi cara aparecen solos,

mis huesos no saben de muerte

nunca les contaste de su existencia

ni en tus mentiras, silencios, indiferencias

les hablaste de ella.

 

 

 

Aquellas voces me lo advirtieron

yo caminé hacia ti, al precipicio,

espejismo dócil, luego voraz,

debí escuchar aquellas voces

que a mi paso gritaban ¡detente!

 

 

 

La última vez no hicimos el amor

fue menos que roce piel

ya no eras como yo

no besabas con los ojos cerrados.

 

 

 

Te fuiste una tarde de junio  

y el dolor me abrazó por dentro

pasaron días, meses, años,

y la cadena del silencio sigue gorda.

 

 

 

Buscabas, lo sé, pero, ¿qué buscabas?

rascaste el peligro y hallaste una verdad

una indecible conocida por todos

con mis entrañas te dije un te amo

luego huiste, te fuiste de mi pero no de ti,

supiste que yo siempre te había amado

te precipitaste y algo se rompió dentro de mí.

 

 

 

Sigo escribiendo poemas durante las noches

poemas que no se escucharán en ningún sitio,

es la voz de mis silencios que preguntan por ti

mis manos tiemblan mientras escribo

los huesos siguen atormentados

por el eco de tu nombre penetrando en ellos

no sé a dónde ir sin ti.

 

 

 

Como nunca antes llueve dentro de mí

la roca de mis muros va cediendo

tú tienes la llave de todas mis puertas

y nada de lo que se anida en mí es ajeno a ti.

 

 

Rescátame, mírame, hazme de ti, soy el mensaje a la deriva en botella,

llevo tu nombre al frente, no pertenezco al mar sino a tu mano, boca..

 

 

Cada vez que pienso que la vida es un simple poema

una voz dentro de mi pregunta

¿por qué sigues escribiendo entonces?

¿por qué sigues guardando aquella historia

bajo tu pañuelo azul y no la cuentas?

 

 

 

Algo me obliga a voltear al pasado

mis manos tiemblan,

el corazón tiembla,

mi presente tiembla,

tengo miedo,

¿de qué tengo miedo?

 

 

 

Suena una melodía, pero no recuerdo la letra

aun así, tarareo sus estrofas,  

viene a mi mente un rostro

y quiero decir su nombre

se me escapa, no logro precisar un nombre,

desde entonces busco huir

esconderme en el bosque de las sombras

temo encender una luz y encontrarte,  

saber tu nombre y no poder pronunciarlo.

 

.

 

Lamento / Pablo Reyes —

 

 

 

No sé si les ha pasado 

a veces despertamos en el cuerpo  

pero no en el alma 

luego poco a poco, con prisa, 

vamos adoptando varias formas 

para no sentirnos solos, vacíos, ajenos 

el decibel del silencio retumba en la calle 

nadie habla, no hay permiso, 

el ruido del plomo compacta, suprime, absorbe todo 

 

Las olas del mar en Acapulco 

tienen un vaivén curioso 

parecen querer devolvernos algo 

los peces se alimentan de carne hombre 

el mar los escupe en las playas 

El trabajo del miedo no descansa 

no hay tregua, ni domingos, vacaciones, 

el dolor se contagia aunque sea ajeno 

la indiferencia hace su parte, justifica 

 

¡Viva México! Pum, pum, pum 

¡Viva Acapulco! Pum, pum, pum

¡Viva el gober y la alcaldesa! Pum, pum, pum 

cuerpos esparcidos como baches,

rojo-azul, rojo azul, sirenas 

cordón amarillo, no pase,  

¿no oye?, no pase.

Sábana blanca, parafina para iluminar el camino 

llore, llore lo que pueda, esto puede tardar horas.

¿Qué pasó aquí?, nada, no recuerdo,

dice un vendedor y se pierde.

de fondo una canción entre los puestos: 

pero si le ponen la canción, le da una depresión…” 

Cartulina verde en un local pide dinero:

“deposite en Oxxo no estamos jugando

somos la mera v….

un municipal me empuja:

¡Tú no viste nada, órale, llégale!

Llegar a casa con los ojos cargados,

¿estás bien?, ¿cómo te fue hoy?, ¿vas a cenar? 

Tengo sueño, apagas la tele. Hasta mañana.

 

 

 

 

Acapulqueando / Pablo Reyes —

 

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Enfermedad y creación

Víctor Manuel Pazarín

 

 

A la memoria mi madre

 

 

Comencé a escribir por miedo.

Al inicio del confinamiento, en marzo del año pasado, debido a la amenaza de los contagios del Covid-19, mi mujer tuvo la necesidad de viajar a Sonora la tierra donde creció para ver a su madre que había enfermado.

Entonces empecé a trabajar desde casa y, como es claro, me quedé solo. Al principio estuve tranquilo, pero conforme pasaron los días tuve un inesperado ataque de pánico. Y entró en mí el miedo, el temor.

Emprendí muy a mi modo unaauto terapia”. Y volví a recordar algo muy importante: la escritura muchas veces me había salvado… y decidí hacerle caso a las “musas” de la poesía a las que había desoído durante mucho tiempo. Fue entonces quedecidí volver a la escritura de versos.

Sin hacer un plan de escritura comencé a sentarme todos los días a pergeñar textos sin ton ni son; pero con el tiempo esa tabla de salvación ante el miedo, tomó forma y se convirtió en una necesidad cotidiana. Y se abrieron los abanicos líricos, pero algo más: comencé a observarme y a observar: a mirar por la ventana el pequeño bosque que está en un costado del departamento, del edificio donde vivo en Tonalá.

Mi mujer tardó en regresar, ya que los vuelos aéreos se habían suspendido. Y lo que hice fue abandonarme a la poesía, a la escritura, para calmarme, para darle a mi  espíritu un poco sosiego.

Con el paso de los meses ya mi mujer había vuelto a casa los temas de cada poema decidieron ellos mismos ser una y varias unidades. De tal modo que todo, finalmente, terminó en la reunión de cinco poemarios muy distintos y diversos. Cada uno un reto el lenguaje y las formas; todos se conformaron en proyectos literarios que guardan sus exigencias y tal vez sus bondades…

Nunca, para decirlo con claridad, había escrito tantos “poemas” en un corto periodo de tiempo: mi libro Enredo que publiqué 2018 es en realidad una recopilación de treinta años de escritura: se fue haciendo en breves partes y las fui publicando hasta convertirse en mi primer libro de poemas.

Me recluí. Me encerré. Me cuidé. Escribí. Pero pese a todo de una manera inesperada me contagié de Covid-19 (también mi mujer, mi hija y mi yerno); y aunque ya salimos del riesgo total, yo fui un contagiado asintomático, sin graves malestares, no así mi mujer que aún padece de las secuelas...

Si bien es cierto que la poesía me ayudó a soportar y tolerar el miedo, la enfermedad llegó. Puedo decir ahora, después de haberme enfermado y encontrado el alivio, que hay una relación muy íntima en esos poemarios entre la vida y la muerte: son una metáfora entre enfermedad y creación. Y hacen una memoria de este tiempo aciago y mortal.

Me descubrí, pude ver mi entorno de manera visual y auditiva. Supe que tenía vecinos y seguí sus conversaciones y actitudes. Vi en el árbol los mil pájaros que vienen a comer de las flores y sus frutos. Vi. Sentí. Imaginé. Soñé. Soporté una enfermedad en ese estado de gracia que logra la escritura: el escribir poesía.

Yo no sé sobre la calidad de esos poemarios y su contenido; lo cierto: me ayudaron a tener la fuerza y la templanza para poder saber de la muerte de mi madre y no asistir a su funeral para no contagiar a nadie. Ella murió el último día del año pasado. La pude escuchar durante todo el año desde el hospital donde pasó algunos meses recuperándose de un accidente que tuvo: la atropelló un conductor de un vehículo Telmex en la ciudad de Colima. Luego meses y meses quedó postrada en su casa. Hasta que, me dijo mi hermana menor, murió de manera tranquila en su cama, de muerte “natural”.

El contagio de coronavirus, luego entonces, me llevó a concentrarme en mí mismo, en mi vida interior, espiritual. En mi caso puedo contar esto, pero todos los días sé de amigos y conocidos que han muerto por el contagio del virus que invade en todo el orbe: ni aldeas ni grandes ciudades, ni Guadalajara ni Tonalá han escapado al mal.

Es una fortuna la escritura. Es una salvación. Es la vida y es la muerte. Y es un canto a lo divino y a sus criaturas y creación.

Una mañana apareció un colibrí en el bosque que puedo ver desde mi ventana.

Lo observé. Y cuando partió fui a la computadora y escribí:

 

 

COLIBRÍ

 

Hay un colibrí

pequeño

—negro como un sol—

con su vuelo de insecto,

con sus alas

de invisible

y fugaz

aparición.

 

Vuela,

nada,

gravita

e incendia la tarde.

 

Se aferra

a las ramas del guamúchil,

su larga aguja

consume

el corazón

de la flor.

 

Trae la vida.

El milagro

de estar

en la vida,

respirando…

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Martes, 16 Marzo 2021 03:08

Libreta amarilla / César Rito salinas /

 

 

Libreta amarilla

César Rito salinas

 

Con sentimiento me he impuesto

de la comunicación de V. S. con fecha

9 del actual, relativa al robo de sal

Benito Juárez, MEMORIAS ADMINISTRATIVAS

DEL GOBERNADOR DEL ESTADO DE OAXACA

1848-1852

 

 

Tambores que suenan inician la narración, tres, cuatro notas.

Le siguen batacazos, tronar de timbales,

descarada presencia del bronce.

Redobles de swing

Sonny Rollins, Jazz pearls 

 

 

Bifurco.

Del artista como un genio, elijo:

            Tomo el camino corto.

-coger la breca será muestra de toda habilidad.

De la vereda digo: debo elegir el camino de la bestia,

la que se guía entre olores y abismos.

De la bestia y su vereda digo:

E

S

C

R

I

B

O

Bifurco.

En la vereda sigo la imagen de la manzana que inspiró a Newton Una novela no debe ser real sino verosímil (escucho narraciones de jazz). Quisiera mostrar la vereda de la vereda, pero eso no me fue dado. La imagen no puede tornarse ejemplo. Me pertenezco en el extravío -guiado por la imagen de la manzana. Llevo interacción con las potencias del camino, luz, olores, silencio, ellas me dan el vuelo. Sigo el camino de las abejas, descuelgo palabras, las hago a mi uso. Estar-permanecer imbuido de iridiscencia: oscuro.

Bifurco.

Me siento en el sofá, sábado a la noche, sobre el lado izquierdo de mi cara siento un peso, una tensión que viene de adentro. Doblo la pierna derecha sobre el pasamanos del mueble, entre parpadeos del ojo derecho. Formo un trazo que ni yo mismo alcanzo a leer. El ojo ajeno es mi limite, cuando parpadean mis párpados.

E

S

C

R

I

B

O

No requiero musa, hay un orden de apunte que rige la escritura, lo disperso que emerge y se pregunta por sí mismo. El poema.  Algo único, incomunicable con palabras. Este estar en el lenguaje, ser lenguaje. El poema. Escribo el apunte con pluma de cinco pesos, adquirido en el comercio chino, todo a cinco. Escribo en las últimas páginas de la libreta amarilla que fue mi apoyo en los días de la emergencia sanitaria. Avizoro el final. El poema. Tengo dos realidades: el final próximo de la libreta de las palabras de la emergencia; la emergencia que me obliga a escribir más palabras. El poema. Límite extremo del espacio de las palabras. El poema. Arquitectura que se mueve en el descenso. Voy que vuelo sobre renglones.

E

S

C

R

I

B

O

El mundo está lleno de poetas que no escriben. Escribo sobre el poeta que espera sobre el renglón de los poemas. El poema hace saltar los renglones, pero no emerge. Paso las horas en espera, con la libreta en la mano. Atento a las pocas páginas de la libreta que termina cargada de palabras.

E

S

C

R

I

B

O

Acelerada la respiración, atento a la exhalación (hoy por la tarde debía salir a ponerme la inyección con vitaminas, pero me da terror la gente). Esta noche prefiero ser el de las pocas fuerzas. Como azúcar, para mi mal. La vista se nubla, acelerado el puso.

E

S

C

R

I

B

O

Me hago el genio, podría escribir de la enfermedad y del avance del la sobre las muelas. En el camino elegido encuentro piedras con las que puedo levantar la obra. Seleccionar y levantar la casa, mi tumba. Soy un genio, en el camino encontré una labor.

Bill Evans al piano percudido de heroína, en toda aproximación a lo que no se deja nombrar hay rebeldía contra el destino. Puse la fecha sobre la hoja, equivoqué el mes, de febrero puse marzo, dios equívoco. Demiurgo contrariado, de II, III. La equivocación aporta el estilo, habito el futuro. Tengo dos veredas para sortear: el futuro, la fecha equivocada; dos, la segura muerte de la libreta amarilla. Silencio. Hay una conciencia dialéctica entre el hacerse y el hacer. desdoblo la pierna, un calambre me trae al presente. Por la tarde estuve falto de fuerzas, dormí la siesta. Deseoso de hacer la labor escucho música, busco fuerzas en los recuerdos del pasado, las mañanas de domingo en que mi madre sintonizaba la XEKZ. Sin fuerzas en el sillón, la batalla perdida. Escribo sobre el calambre, como quien borda con rayo de luz. Escribo, hago periodismo de la caída. Tengo en las manos una libreta desde donde reporto -las páginas no terminan.  Escribo sobre el chiché de la técnica,

aunque

palabra eje desde donde miro un antes. Quien aprende rápido, que viene de un maestro, de un ciclo de desarrollo, aunque no aportad nada al proceso. La técnica no mira el final, sal al camino contigo o sin mí, al trayecto. Bifurco, padre y madre de esta poesía (noche de sábado, en la colonia suenan los cohetes, llaman a velorio, el que imaginó que un estallido podía ser espacio de amparo fue un genio, puso un producto dispuesto para ser usado por todos).

E

S

C

R

I

B

O

La lengua común dice, cuando hablamos de literatura, de forma y fondo. Estos conocimientos bien pueden adquirirse en un conversatorio académico convocado por Twitter. Señoras y señores observen ustedes la función de las palabras: Esto es un poema (lo que se puede ver en ningún sentido, lenguaje al interior del lenguaje, Montalbetti). Suenan bongos para Sonny Rollings. Doblo la pierna, siento el corazón que palpita en mi sien. La poesía constituye la emoción con las palabras, dice Valery. Doblo la pierna derecha sobre el pasamanos del sillón.  Afuera la ciudad arde de comunicados en torno a la muerte. Con un marco de sentido escribo sobre el imposible.  En el instante que escribo escribo, afuera mi ciudad, etc.

Escribo, transcribo: Desde la proa/el puerto entra al poema/Haikú incompleto.

De lo inconcluso vengo,

E

S

C

R

I

B

O

 “lo que no se puede nombrar que ocurre en los sentidos”. Retomo el Informe del Administrador de Tehuantepec, citado en las MEMORIAS ADMINISTRATIVAS DEL GOBERNADOR DEL ESTDO DE OAXACA Benito Juárez (1848-1852). Poema. Pensamiento y emoción participan más allá del lenguaje. Monte Albán/Luz de la tarde, veloces abejas/ suaves líneas del último tigre. Los poemas no nacen, se componen. Los poemas más claros son de difícil composición, cuando la imagen se bifurca.  

 

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NOTAS SOBRE LA POÉTICA

DE HOMENIC FUENTES

Luis Alfaro Vega

 

En su libro Dialéctica de Job, el poeta alza la temperatura de su voz para referirse a ese tránsito de inquietudes atemporales: los seres humanos reclamándole a Dios por las vicisitudes que no discurren según su ansia y temperamento. Y para ello recupera la paradoja del emblemático personaje bíblico, el patriarca Job, justo y noble por antonomasia, y que, sin mediar motivo, fue vilipendiado y despojado de todo su peculio material, incluso de los patrimonios del ámbito sentimental: su propia familia.

El libro se decanta en una dirección de acciones convergentes en la historia: enfrentar con ímpetu el horror de un dolor que devasta, enconosa espina que zurea en lo más abierto de la herida, esponjándola, inoculándole el veneno que la pudra. Y todo ello, el castigo, el despojo, sin que medie justificación.

Homenic Fuentes plantea la punzante epopeya con versos descarnados, de hondo devenir amargo en la urdimbre de hilvanar conceptos de reprobación frente a lo recibido:

Soy el Job errante dentro de los abismos

que tus manos construyeron.

 

Homenic Fuentes, con sus versos de doloroso aliento, bosqueja intensidad en la ruptura, esbozando crudos y amargos planteamientos de humano devenir, imprimiéndole fuerza a la voz de su poética, colocado a ras de suelo, manoteando mientras se observa sangrante en el espejo, pregunta:

 

¿Quién soy en verdad bajo tu látigo?

Y en otro poema:

¿Debo pedir perdón por los horrores

/que has propiciado contra mí?

 

La intención del libro Dialéctica de Job propende a una vibración continuada, un adherirse a la ácida amargura expuesta por Job, aquel respetado hombre, ecuánime y manso del Viejo Testamento, que se atrevió, en atención a los acontecimientos que sufrió en carne propia, de desvalijamiento e indecible desconsuelo, a cuestionar el discurrir de su vida frente a Dios, dador e infalible esencia de lo creado.

Sin dar oportunidad a una recomposición anímica que restablezca una cierta normalidad entre el Creador y su criatura, haciendo gala de una postura de firme garbo, en tono desafiante, el poeta plantea:

Aquí me quedaré en la rapiña

que has traído a mi alrededor.

 

El ser humano está en el paraíso que Dios creó, y dándose cuenta de que tiene conciencia de su rol de individuo creado, y estando disconforme con las circunstancias en la que está inmerso, y más, no solamente disconforme, sino enojado por el ritmo y lógica de la naturaleza que lo envuelve, un ritmo de agónicos días que lo aprisionan, y una naturaleza que no corresponde a la norma implícita de recibir según lo actuado, lanza el grito de desacuerdo al cielo, son cuestionamientos que circunscriben, en su filosa trama, una gravísima respuesta, un vestigio de réplica, exposición de elementos tácitos que se pretende que se tomen en cuenta. Con incontrolada furia se desgarra las vestiduras y con encono se revuelca en el polvo, exponiendo no sólo desacuerdo, sino confusión:

 

Quizá vivo una realidad inversa

el dolor es mi Dios.

 

Y más:

Solo me arrastré como río de aguas negras

/fuera del Edén.

 

Altisonantes versos con los que el poeta chilla su dolor, contundente en su decir, portentoso en la descripción de una angustia fáctica que le crea un conflicto. Situado en el umbral de una exégesis recóndita, sin contemplaciones ni ambigüedades en su tendencia y formulación, pregunta:

 

¿Me condenas para justificarte?

 

Homenic Fuentes, en su turbado delirio de creador de imágenes referidas a la inasible relación entre Dios y los seres humanos, reconoce, haciendo referencia a símbolos de una trascendencia metafísica, y por encima de la barrera del sufrimiento físico, que:

La filosofía y la poética están lejos de mí.

Hágase la luz.

Y me cubrí de pus.

 

Y otro verso:

 

Las cenizas de mis huesos es tu divertimento.

 

Humanizando el sueño de una relación directa con el Omnipotente, el poeta, con versos de doméstico contenido, imágenes que incorporan una lucidez en hálito familiar, objetivando la referencia básica entre padre e hijo, expone, con resonante eco:

Fui huérfano en el seno de tu aliento

recibí látigo en vez de besos.

 

Es la de Homenic Fuentes una voz en absoluta soledad, un desgarrador pálpito en la región de la memoria, entrecortado decir sin posibilidad de reivindicación. El poeta intuye, y así lo plantea, que, por norma constitutiva de ocultamiento del Creador, sus inquietudes no arribarán al estrado divino, y por eso, condesolado y desesperado albur, lanza el conjuro:

¿Por qué la osadía de escribir tu nombre

con mi propio vómito?

 

Y también, en el mismo sentido de dirección:

…donde el único líquido es el mugir

de la carne desahuciada.

 

Y suma, asimismo, con el resuello más iracundo, referenciado de angustia y sobre todo de impotencia:

Solo puedo escuchar la risa de

tu adversario.

 

Frente a la impotencia de no encontrar salida a la proterva realidad que enfrenta, ni alivio a las reabiertas cicatrices que supuran, recurre el poeta a la intensidad que no permite reconciliación, grita, procurando poner en el desahogo todo el dolor de que es capaz, grito-chillido suplicando que se cierre ya la noche por completo, que caiga el último vestigio de la ruina, que se acabe de golpe la tórrida hora de la existencia:

Deseo el sepulcro y me lo niegas.

Y agrega:

Bebe mi maldad de un sorbo

y dame la tumba como rescate.

 

En el poemario es común, asimismo, colisionar con versos de auto inculpación, excitación sucesiva de juzgarse maldito, indigno de la nutricia luz que se despliega por fuera de sus razones, de su concepción del yo frente a la realidad:

Pésame en mi maldad

y sólo encontrarás

la integridad del mal

que habita en mí.

 

Y suma:

Huyo sin que me persigas

me oculto sin que tu mirada esté sobre mí.

 

A pesar de lo anterior, acontece a lo largo del poemario Dialéctica de Job, una altruista conexión de ímpetus, e incluso, tras la desastrosa experiencia, circulaun soplo propicio para la sobrevivencia, un expuesto júbilo, mínimo y endeble, pero sincero y esperanzador. Un genuino hilo que conduce al lector a degustar un fidedigno rejuvenecimiento, válido suspiro para recobrar fuerzas, ámbito de la resiliencia:

La ira y los terrores me han hecho fuerte.

Conjuntamente:

No contenderé más:

eres el misericordioso

el tres veces santo.

 

El libro de poesía Dialéctica de Job, del poeta mexicano Homenic Fuentes es una aportación sincera y valiosa que suma a la interminable carrera que emprendimos los seres humanos por encontrar respuestas, escenario de acción en el que, con la entraña expuesta, hacemos uso de la razón para intentar comprender qué situaciones trascendentes nos habitan, quién o qué está antes y/o después de nosotros mismos.

Es un libro inquietante, referido a una temática que no pierde vigencia, porque, aunque está escrito en referencia al patriarca Job del Antiguo Testamento,historia acontecida miles de años atrás, la trama que expone se ancla en la realidad del homo sapiens de todos los tiempos, alude a la íntima inquietud de saber quiénes somos.

Luis Alfaro Vega

Costarricense. Autor de los libros:

Poética de la muerte, poesía.

LIBO, poesía.

Luces y sombras de otro tiempo, relatos.

Los tristes pájaros del parque, novela.

El legado, novela.

El mundo es un instrumento musical, poesía.

 

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Caronte o una inútil encuesta

Daro Soberanes

 

En Mi Óbolo a Caronte (Evocación del general Bernardo Reyes) —edición inédita y extensa hecha por el INEHRM en 2007 de aquel manuscrito que en 1925 escribiera Alfonso Reyes y que Cuadernos Americanos pretendiera publicar en 1962 sin tener éxito— la narración líquida del lance histórico que envuelve al padre del regiomontano ilustre es silenciosa, colmada de un respeto devoto, objetiva a veces, subjetiva siempre en la medida que lo describe, parcial y lícita. Ahí, en ese óbolo, hay bastante dolor que pesa sobre el alma de don Alfonso.
Y queda el pasaje-evocación.

Pero esto que escribo no se referirá a la familia Reyes, a la parentalia Reyes, sino a un número de Letras Libres, el que corresponde a diciembre de 2004, número que, al buscar mi traspapelado Óbolo, asomó su portada vieja justo debajo de aquel maravilloso libro. No hay vínculo, a mi parecer, entre la revista y el escritor de Monterrey que valga la pena mencionar —sólo tal vez las páginas del Diario inédito (LL2)—, sin embargo, me gustan algunas características de la revista de Krauze. La edición final de aquel año llamó mi atención (o volvió a llamar mi atención ahora) por el tema central que se propuso tratar aquella vez: la poesía mexicana. No hay mucho que decir sobre los artículos escritos en ese número en torno a tan infinito tema, sólo una inusitada convocatoria que hace la revista merece esta mención, no por ser “osada”, ni por preguntar lo que pregunta, sino por lo insustancial que se puede ser en una encuesta redactada.

La invitación que nos hizo Letras Libres aquel diciembre (¡hace más de quince años! Eso la salva. Cosa vieja, cosa del pasado. O tal vez, no) fue para responder quiénes eran entonces los diez mejores poetas mexicanos vivos. Debo entender que se refería a los diez poetas más sobresalientes en aquellos días. Vaya pregunta, a la que debemos dimensionar dentro del marco de las publicaciones literarias de prestigio hoy exoficial. ¿Quiénes llegan a nuestra cabeza? ¿Qué nombres? ¿Cómo saberlo? El Cielo es como lo describan los apóstoles.

No condeno este acto, como lo menciona la revista: es un ejercicio. Lo que provoca extrañeza es la idea y el hecho de que sea la propia revista quien ofrezca un listado de nombres posibles a los cuales aludir, y en el extremo del caso, a los cuales socorrerse. Ya en el mayor de los atrevimientos —entendibles en Krauze, no necesariamente inteligentes— Letras Libres ofrece una lista base de doscientos poetas mexicanos vivos, “para que de ahí el lector elija a diez”. Al releer aquello puedo imaginarme a los señores editores en Tennyson 133, rodeados de amigos entrañables y con la carta Puyol en mano, también entrañable y también dispendiosa. Letras Libres y su número 72: cosa de chefs.

Peligrosa y sutil la consigna de considerar como público lo propio.

Para la poesía mexicana un listado de doscientos nombres propuestos por la revista es algo insustancial, ya que la enumeración es excluyente por regla (toda relación es así), y sólo denota los gustos de sus lectores y suscriptores y no el juicio de una hélice literaria. Ahora, pregunto: ¿por qué doscientos? ¿Sólo eran doscientos los contiguos a un inventado paradiso literario? ¿Por qué no quinientos? ¿O mil? ¿O diez?

Paz llamaba cortesano a todo aquél que se dejaba seducir por el patrimonialismo. Cortesano uno, patrimonio literario el otro. Pasa el tiempo y no pasa el tiempo: Otra vez la revista de Krauze yendo de la mano de una nada hastiada presunción cultural y de un supuesto parnaso literario que termina, como siempre, en un esnobismo orgánico. Otra vez fraternos.

No me agrada la lista. Siendo más claro: no me gusta que se enliste a poetas. La poesía, el acto de ejercerla y las personas que la ejercen no son productos (o no deberían serlo) que entren a competir o a jerarquizarse, no es ese su designio. Nada se reduce a una imaginaria circunferencia de nuestro albedrío. Pero está de más pretender que Letras Libres lo haya comprendido al principio de los días bautismales, como aquella vez, o que lo pueda comprender ahora.

 

 

 

 

 

 

 

Daro Soberanes

(Ecatepec de Morelos)

Poeta y ensayista.

Autor de Las Esfinges y La Soga, piezas teatrales; del Tratado sobre la Deslealtad (Burroughs Editorial, 2o17) y del ensayo de investigación A letra vista se sirva usted: los documentos históricos del Generalísimo. Preludios de una literatura mexicana (Burroughs Editorial, 2019). Además del libro de versos 1854.

En 2007 formó parte del Consejo de Redacción de la revista de Literatura y Filosofía “ARCA”, con apoyo de CONACULTA/FONCA. Este mismo año colaboró en la Mesa de Reseñas de Periódico de Poesía de la UNAM. En 2015 dicta la conferencia “Morelos y el cenotafio en San Cristóbal”, en el Centro Comunitario Casa de Morelos (INAH), en San Cristóbal Ecatepec, por motivo del bicentenario de la muerte del Generalísimo, acaecida en este recinto. En 2016 crea y coordina el «1er Poetry Slam de la Liga EJEKA», en el municipio de Ecatepec de Morelos. En 2017, funda junto con Ángel Corral, el círculo de estudio ante la poesía: El Ojo de Faetón.  coordina e imparte los talleres de literatura “Los Scriptoria”.

 

 

 

 

Publicado en El Ojo de Faetón
Viernes, 05 Febrero 2021 05:01

RU-WA (LLUVIA) / Ángel Carlos Sánchez /

RU-WA (LLUVIA)

Ángel Carlos Sánchez 

 

Niña de noche y agua, estrella sola,

voy con todos los hombres a la guerra;

¿recordarás mi nombre

si un águila me lleva o si me ahogo?

Si el señor Akuniya está conmigo,

¿qué podemos temer?

Voy a medirme el hueso para que no estés triste:

verás que nuestra patria es fuerte.

¿Soy llanto por defender mi tierra?

Mariposa tornasol, si muero algo florece.

Es diestro el enemigo, pero yo también soy sangre,

soy un cauce de fuego, soy un río de espinas.

Cuando vuelva traeré una piel de tigre;

pero si muero o si me llevan cautivo al sacrificio,

¿recordarás mi nombre en la tormenta,

o cuando en la montaña cruja el filo de la tarde?

 

 

 

Ya suena el atabal del atacante,

los aullidos de un coyote en medio de la niebla

me recuerdan el llanto de los niños.

¡Que no sean esclavos los fuertes tlapanecas!

Señor del fuego como tigre en la montaña,

no permitas que tus hijos se conviertan en sirvientes,

no se vuelvan meretrices tus princesas.

Mi brazo no se canse y sepa hallar mi mano

el camino hasta la piel del invasor.

Que sea mi corazón un dardo hecho de lumbre.

Pero si no es posible que venzamos,

si caemos en batalla,

tú, señor del manantial y de la sombra como flor,

toca al enemigo:

en su pensamiento pon frescura

para que no deshonre el corazón de las mujeres,

hazle sentir los niños como suyos, no los mate;

y ella, la dueña de mi carne hecha pedazos,

sepa reconocerme en cada nube.

 

 

••

 

Vi caer, atravesados por un rayo de frialdad,

a los hijos de estas tierras,

vi morir a mis amigos

como si el día se derrumbara hasta aplastarlos.

No he de negar que son valientes los aztecas

(son diestros manejando sus macanas,

sus dardos son filosos como el miedo),

pero sólo quien vio la guerra en tierra propia

puede saber el peso exacto de las manos.

¿De qué manera puedo hacerte comprender

que yo también quedé entre los cadáveres

y que ahora estoy como si fuera sólo mi corteza?

Allá, en la arruinada Tlapa, quedaron nuestros ojos,

nuestra sangre llenó de moscas las calzadas,

y la luz se ha vuelto más oscura que la noche.

¿Qué lluvia ha de borrar

el eco de las voces?

¿Dónde podré esconderme del silencio,

dónde hallaré mi sombra

para que el alma no se seque?

 

 

•••

 

Son cinco mil los casi muertos, los cautivos,

pero parecen

una sola sombra, una misma lágrima

bajando de los montes

para llegar casi seca al sacrificio.

Han de llevar amarrados los brazos del espíritu

a la espalda.

Hermanos de este sueño que se rompe,

¿qué podré hacer para no sentirme desgraciado

cuando en mis venas queda sangre todavía?

La de trenzas como estrellas amarradas,

me dice que la ayude,

que importa más salvar los niños y llevarlos al futuro.

Asegura que alguien debe hablar por siempre

nuestra lengua de sollozos.

Aunque voy hacia otras tierras,

hermanos, primos, tíos de mi nombre y de mi carne,

mi corazón va con ustedes

como un pájaro apedreado

que no sabe cómo rescatarlos de este día,

y sólo pía y llora y vuela

hasta que las plumas comienzan a caérsele.

 

 

 

Han pasado muchas lluvias

desde que en Tlapa murió nuestra grandeza;

un río de meses

arrastró poco a poco los colores de mi cuerpo.

Aquí, en estos montes fríos y lejanos,

es el horizonte el filo de un cuchillo

con que se corta el cuerpo de la tarde.

Pero tú, mujer de agua despierta,

parece que aún tuvieras esperanza

de no se sabe qué mundo distinto,

como si la leña de otro tiempo

continuara quemándose en tus noches.

Los niños han crecido y no recuerdan

la sangre derramada de sus padres.

¿Qué podemos decir

para que no sean en vano aquellas muertes?

Ayúdame:

sobre mi voz llueve tu risa

y, antes del sueño,

ponme tu canción como una almohada.

 

 

 .

 

¡Han sido derrotados los aztecas!

Que no se alegre nadie porque muera el enemigo,

que nadie injurie a los caídos en batalla.

Los más fieros capitanes

se defendieron hasta con los filos de sus sombras.

Los que de Tlapa fueron a ayudarlos

dicen que hombres, niños y mujeres

eran bravos guerreros, tigres acosados.

Señora, colibrí de alas soñadas,

¿qué será de los hijos y los nietos

ahora que murió de parto la crueldad

para que naciera su hija la perfidia?

 

..

 

Cuando vengan estaremos preparados

para darles batalla;

en el monte, en la cañada, en los sueños

estaremos armados de paciencia,

nuestro atabal de guerra sonará

hasta que se vayan o nos maten.

Ya lo sabes, si somos derrotados,

tomaremos a los niños para llevarlos a otro día.

Y cantaremos como lluvia nuestra historia

para que no se olviden de los nombres,

de los nuestros y los suyos,

que aunque sigan siendo los mismos serán nuevos.

Y si los esclavizan,

tampoco temas, ya sabemos que todo es pasajero;

algunos, señora de mis manos,

han de tener valor para romper la oscuridad

como a un espejo de obsidiana

y harán flechas para agujerar cualquier prisión.

Algunos también sabrán juntar las gentes

para que vayan de una vez por todas

a mandar a la injusticia a la chingada.

 

                                                                      De Caminar el miedo

(Casa vieja, 2001)

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Miércoles, 03 Febrero 2021 20:16

La revolución del no poder

La revolución del no poder 

Cristina Arribas González

 

Cuando era pequeña tenía visiones no de esas que percibes sonámbula o en un estado de extrema ensoñación, o las visiones a las que te lleva la locura, eran visiones de ficción. Tenía el no poder de cambiar las cosas, porque esas cosas solo cambiaban para mí; llegaba, alborotaba todo y me iba. Llegué a creer que este poder solo lo compartía yo. Que nadie más podía sentir esas cosas mágicas y terroríficas a la vez. Que compartía un poder único de ver más allá del lenguaje, más allá de los símbolos. Llegué a enfrentarme a ese poder, tratando de que desapareciera, quise de alguna forma desaparecer con él. Me oscurecían  las ideas que me llegaban, las sensaciones que no entendía. Tenía miedo. El miedo a no poder con el Amor. Esa luz que te invade, que te empuja, que te abriga. Esa luz amorosa que te revoluciona. Esa luz que eres tú.

 

Tengo ya una edad en la que esas visiones ya no me encuentran y debo descubrirlas en la inmediatez de los abismos y las despedidas. Es donde escribo. Escribo cuando la visión me descubre ‘asesinando’ lo creado. Jamás me gustó amortizar las visiones, porque la verdadera revolución solo se encuentra en el  no poder. Cuando nadie entiende el porqué, cuando nadie sabe por qué, sucede la visión. Sucede porque suceder no es entender.

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The Waste Land o el crepúsculo de los sentidos

Miguel Ángel Corral A.

 

Yo soy yo y mi circunstancia; y si no la salvo a ella, no me salvo yo.

José Ortega y Gasset

 

Son fragmentos de toda la cultura occidental y oriental. Son los trozos

de obras de arte que quedan después de la catástrofe. Pero es también

la eterna lucha del hombre de reconstruir lo devastado, de salvar lo

que se pueda del naufragio, de destruir y recrear.

Jaime Tello

 

 

La tierra desolada, La tierra baldía o La tierra estéril han sido los tres títulos más frecuentes que se han dado a las traducciones del ilustre poema The Waste Land, publicado en 1922 por el escritor americano y británico Thomas Stearns Eliot (Saint Louis, Missouri, 1888 - Londres, 1965). En la presente versión del inglés al español, se ha preferido la noción de esterilidad, en lugar de la desolación o el abandono, debido sobre todo a la imposibilidad de sembrar y cultivar los frutos de la humanidad, los cuales parecieran ser a veces nulos. Sin embargo, la sombra de la vida puede entreverse a lo lejos como otra forma de la esperanza.

A lo largo de este poema fragmentario, de un aliento tan extenso como polifónico, aparecen cinco episodios o apartados: 1) “El entierro de los muertos”; 2) “Una partida de ajedrez”; 3) “El sermón del fuego”; 4) “La muerte por agua”; y 5) “Lo que dijo el trueno”. En ellos puede apreciarse un mosaico habitado por personajes, figuras y símbolos de un interés remarcable. Y es precisamente dentro de los flujos simbólicos que dan vida a este poema, donde aparecen varias voces que nos muestran una tierra que es incapaz de engendrar vida. Entre ellos, deseo rescatar primordialmente dos aspectos: el primero es el resurgimiento de algunos caracteres de corte clásico-pagano ambientados en un contexto occidental moderno. Aunque también hallaremos ciertos influjos de realismo al vincular históricamente el texto al Periodo de entreguerras, y a los albores de la era siguiente. El segundo aspecto alude a una reconstrucción del significado a partir de apuntalar los escombros y remanentes de un “horror moderno”; tal vez, aquel mismo “horror” que Joseph Conrad vislumbró en El corazón de las tinieblas (1899).

 

¿Qué son las raíces que se arraigan, qué ramas crecen

De entre esos escombros pétreos? Hijo del hombre,

No puedes decir, ni imaginar, porque solo conoces

Un montón de imágenes rotas, donde el sol palpita,

Y el árbol muerto no abriga, el grillo no consuela,

Y en la piedra reseca no hay murmullos de agua.

Solamente

Hay sombra bajo esta roca roja

(Ven bajo la sombra de esta roca roja),

Y te mostraré algo diferente

De tu sombra que te sigue a zancadas por la mañana

O de tu sombra que en la tarde surge hacia tu

encuentro;

Te mostraré el terror en un puñado de polvo.

 

(Eliot, 21)

 

No hay raíz que pueda arraigarse, ni mucho menos hombre alguno, a manera de árbol, que pueda crecer sobre una pila de escombros que en realidad son imágenes rotas. Recordemos que uno de los aspectos cruciales de la filosofía aristotélica es la imagen sensorial que se forma a través de la mímesis (gr. mimeisthai; lat. mimesis: “imitación”), y que permite, a la vez, representar conceptos como una parte fundamental en el proceso del aprendizaje. No obstante, una imagen resquebrajada parecería no ser el espejo idóneo para reconstruir a un hombre que se busca más allá de lo ilusorio. Por ello, aparece como un “árbol muerto” que es incapaz de tener sombra propia, y, por ende, incapaz de dar abrigo y sombra a los demás. En este pasaje del “Entierro de los muertos”, sobresale la figura del árbol muerto, el grillo indiferente, la roca seca y roja, así como la ausencia del agua y de su murmullo; mientras que el Hijo del hombre se nos muestra como un ser incapaz de hablar o de imaginar, y, por ello, imposibilitado para poder crear. Delante de él yace un desierto y toda su soledad reducida a la imagen de un puñado de polvo (“a handful of dust”).

En “El entierro de los muertos”, Eliot habla acerca de un “horror” similar al que Joseph Conrad menciona en El corazón de las tinieblas: “Ciudad Irreal, / Bajo la parda niebla de una aurora de invierno, / Una multitud fluía sobre el Puente de Londres, / tantos, / que nunca hubiera creído que a tantos hubiera la Muerte deshecho”. Los soldados que alguna vez fueron abatidos en “el campo del honor”, ahora yacen muertos y putrefactos en el infierno de las trincheras. En adelante, jamás volverían a ser héroes, sino más bien una cifra anónima, o, en el mejor de los casos, un nombre grabado entre las millones de lápidas y tumbas dejadas por la barbarie y el horror tecnológico de la Gran Guerra (1914-1918). Esta evocación es uno de los mejores reflejos del horror como producto de la deshumanización. El locus amoenus, o “lugar idílico”, de ahora en adelante sólo existiría en la memoria y en las páginas de los hitos de la literatura.

En el apartado siguiente, “Una partida de ajedrez”, este signo sombrío se matiza con el tedium vitae (lat. “el tedio de la vida”) que nos sitúa en el hogar de un matrimonio moderno lleno de incomprensión y desencanto. Una escena donde el artesonado, el candelabro, las fragancias e, incluso, un Cupido de oro adornan la solitaria compañía y el lujo de fondo; asimismo, una estancia donde “las caricias no son reprobadas, pero tampoco deseadas”. En este hogar indiferente, a pesar del tiempo que llevan juntos, el marido se nos muestra como alguien incapaz de poder comunicarse con su esposa:

 

Bajo la luz del fuego, bajo el cepillo, su cabello

Se expandía en fieras puntas

Se iluminaba hasta hacerse palabras, y luego se

quedaba salvajemente quieto

Estoy mal de los nervios esta noche. Sí, muy mal.

No te vayas.

Háblame. Por qué nunca me hablas? Habla.

En qué piensas? Qué piensas? Qué?

Yo nunca sé en qué piensas. Piensa.

 

(Eliot, 33)

 

Esta imposibilidad entre los esposos de poder hablar uno con otra, y viceversa, refleja el vacío que todo lo abarca y neutraliza. Un amor entre fantasmales desconocidos que aunque duermen, despiertan y viven en la misma casa, nada tienen que compartir en realidad.

En el tercer apartado, “El sermón del fuego”, aparece el personaje principal de todo el poema: Tiresias, el profeta griego. Además de ser la voz del poeta en su propio discurso, es también la única figura que hace posible reunir la parte femenina con la masculina en un mismo carácter. Con respecto a ello, Gilbert Highet menciona en su célebre estudio sobre La tradición clásica que “el poeta es al mismo tiempo pájaro y profeta”: es decir que, por un lado, no podrá dejar de cantar afligidamente las notas que le dicta su pasión artística; y, por el otro lado, tendrá que pagar con la ceguera el don que le ha sido dado. Dicho de otra forma, su don de clarividencia será concedido al precio de perder la cordura junto al sentido común. De este modo, Eliot retoma dos personajes míticos que aparecen en las Metamorfosis de Ovidio: Filomela y Tiresias, o bien, el ruiseñor y el vidente (metamorfosis VI y III, respectivamente).

 

La metamorfosis de Filomela, por el bárbaro rey

Tan rudamente forzada; y sin embargo el ruiseñor

Llenaba todo el desierto de voces inviolables

Y continuaba cantando, y el mundo aún le persigue,

«Jug jug» a malévolos oídos.

 

(Eliot, 31)

 

El pasaje alude a aquella conocida fábula que nos cuenta el origen de la transformación de Filomela en ruiseñor. Pandión, antiguo rey de Atenas, dio su hija Procne al rey Tereo de Tracia como recompensa por los servicios que éste le había prestado. Luego de contraer nupcias, Tereo y Procne tuvieron como hijo al pequeño Hitys. Más tarde, impulsado por la lujuria y el deseo que sentía por su belleza, Tereo raptó y violó a la hermana de Procne, Filomela, y le cortó la lengua para que no le pudiera contar a nadie lo sucedido. Sin embargo, Filomela bordó la infame acción en una tela, por lo que le reveló a su hermana Procne la deshonra que su esposo había perpetrado en ella. Para vengarse y castigar a su marido, Procne mató al pequeño Hitys y se lo sirvió en un banquete durante la cena. Filomela y Procne huyeron de inmediato; enseguida, Tereo, enfurecido, salió a perseguirlas para darles muerte. Finalmente, y cuando ya estaba a punto de alcanzarlas, los dioses en un acto de compasión convirtieron a Filomela en ruiseñor, a Procne en golondrina y a Tereo en halcón. De este modo, aunque el ruiseñor debe ocultarse por las noches, durante el resto de los días canta su dolorosa pasión. El mito que nos cuenta el origen de la frágil ave canora es un preludio a la llegada del profeta Tiresias, quien como es sabido siempre aparece, inesperadamente, como la voz de una advertencia irrevocable:

 

Yo, Tiresias, aunque ciego, vibrando entre dos vidas,

Un anciano con arrugados senos de mujer, puedo ver

A la hora violeta, la hora del anochecer que nos

empuja

Hacia el hogar, y trae al marinero del mar a su casa,

A la mecanógrafa a su casa a la hora del té…

Yo, Tiresias, anciano de senos arrugados

Vi la escena, y predije el resto.

 

(Eliot, 47)

 

Tiresias ejemplifica tanto la desventura como la misericordia que los dioses conceden a los mortales. Recordemos que el profeta griego experimentó el amor en ambos sexos luego de ser convertido en mujer durante siete años; posterior y eventualmente, fue restituido a su estado de varón. Sin embargo, es curioso que esta doble conversión se origine de un pasaje en el que Tiresias al encontrar dos serpientes copulando, en el monte Citerone, decide herirlas con su báculo. Un simbolismo que nos hace recordar aquella vara dorada que Apolo dio a Hermes a cambio de su lira, para poner fin a una pugna entre los dos, a saber, el Caduceo. Éste es un instrumento con el que un Dios es capaz de equilibrar una lucha entre fuerzas cósmicas y antagónicas. No obstante, un simple mortal como Tiresias, sin ser privado de la vida, es convertido al sexo opuesto. Tiempo después, Júpiter hizo una apuesta con su esposa Juno para saber quién gozaba de mayor placer amoroso: si el hombre o la mujer. Tiresias fue elegido para ser el juez de dicha apuesta. Así, al afirmar que las mujeres eran quienes gozaban en realidad de un mayor placer, desfavoreció a Juno, y la diosa decidió castigarlo dejándolo ciego para siempre. No obstante, en un acto de misericordia, Júpiter al no poder deshacer el edicto de otro dios, le confirió el don para poder ver el futuro.

De acuerdo con lo expuesto por Gilbert Highet, la doble figuración del poeta, como pájaro y profeta, representa un motivo femenino marcado por la delicadeza y la vulnerabilidad. De hecho, el propio poeta (Eliot) se identifica con estas dos cualidades y las enfrenta, a su vez, contra un principio masculino basado en la brutalidad y la violencia. Ambas remarcan la crueldad y la indiferencia que han ensombrecido una parte de la historia, así como del avance tecnológico en el mundo moderno.

El penúltimo apartado, “La muerte por agua”, está asociado a la figura del dios ahogado que pertenece a los cultos de la fertilidad, a saber, Flebas. De acuerdo con la investigación de Jaime Tello, su nombre proviene del griego y significa “hinchado” (v. φλέω: “ahogar”, “inundar”), el cual suele asociarse a los poderes generativos de la fertilidad y de la naturaleza; mientras que otras derivaciones del vocablo lo asocian incluso con el dios Baco. El episodio en cuestión alude a un navegante fenicio de quien se desprende un aspecto interesante respecto a la mos, moris (lat. “costumbre”, “norma” o “moralidad”); de hecho, más que impartir una lección, sugiere un ejemplo abierto a la consideración del lector. Sin contar, además, que su brevedad y transparencia poética lo vuelven un pasaje excepcional.

 

Flebas el Fenicio, muerto hace quince días,

Olvidó el grito de las gaviotas, y el profundo oleaje

Y las ganancias y las pérdidas.

Una corriente submarina

Recogió sus huesos en susurros.

Mientras se elevaba y

se hundía

Pasó todas las etapas de su vejez y de su juventud

Entrando al remolino.

Gentil o judío

Oh tú que timoneas y a barlovento miras,

Piensa en Flebas, que fue una vez esbelto y bello

como tú.

 

(Eliot, 57)

 

El texto despliega un flujo de imágenes que giran en torno a un mismo eje temático: el tópico literario que puede apreciarse en el último verso, es decir, el memento mori, dicho de otra forma: “recuerda que has de morir”. Esta enseñanza no se reduce a la esfera de ninguna ortodoxia judía, más bien, se extiende a la esfera universal del género humano, desde luego, reflejado en la gentilidad pagana. El esbelto y bello Flebas solía entrar y salir de aquella vorágine donde la vida se diluía hacia la muerte. Como aquel célebre canto de Homero en el que Odiseo pierde al resto de su tripulación frente al remolino succionador de Caribdis.[1]

La última sección, “Lo que dijo el trueno”, como menciona Gilbert Highet acerca de Eliot y del poema, arroja una luz contundente y reveladora sobre la esterilidad como una de las condiciones de la época moderna. Apareció antes la figura del pájaro y del profeta: Filomela y Tiresias, unidos por el canto del poeta; la del joven navegante que entra y sale a su antojo por el vórtice de la vida y la muerte; y ahora aparecerá en el paisaje la voz del porvenir, revelada como una luz fulgurante que une al cielo con la tierra:

 

Después de la agonía en los lugares pétreos

Después del llanto y de la gritería

De la prisión y del palacio y de la reverberación

Después del trueno de la primavera sobre montañas

distantes

Aquel que estaba vivo está ahora muerto

Los que antes vivíamos estamos ahora muriendo

Con un poco de paciencia

Aquí no hay agua sino solo roca

Rocas y nada de agua, y el camino arenoso…

Aquí no puede uno pensarse de pie ni acostarse

ni sentarse

Ni siquiera hay silencio en las montañas

Sino el trueno seco y estéril sin lluvia.

 

(Eliot, 61)

 

En el canto final, el poeta vislumbra aquella luz del cielo, como los viejos arúspices de la antigua Etruria: sacerdotes que solían leer el destino de mujeres, hombres, y naciones a partir de la interpretación de los rayos. La ciencia celeste de los antiguos etruscos, mejor conocida como keraunoscopia, tomaba en cuenta el color de los rayos, la hora en que aparecían, el objeto fulminado y aun el daño que era causado por éstos. Incluso los objetos que, tras ser impactados, no eran calcinados en su totalidad, resultaban ser un signo que debía interpretarse. En su célebre Farsalia, el gran poeta Lucano da testimonio de este tipo de sabiduría.

 

Arruns dispersos fulminis ignes

Colligit et terrae maesto cum murmure condit

Datque locis numen.

 

(Bloch, 83)

 

“Arruns recoge los fuegos dispersos del rayo, los oculta bajo tierra murmurando sombrías fórmulas y pone esos lugares bajo protección divina”. A partir de esta versión, podríamos interpretar a Eliot como un arúspice de la modernidad. La figura del trueno fulgurante (lat. tonitrus, tonitrus) lo convierte en un vidente de su propio tiempo. Así, sólo quien comulga con el trueno y la naturaleza podrá ver, más allá de la estéril desolación del espíritu y el horizonte, el anuncio de la lluvia que habrá de volver al mundo:

 

En un relámpago. Luego un ventarrón húmedo

Trayendo lluvia

Ganga[2] estaba hundida y las blandas hojas

Aguardaban la lluvia, mientras las nubes negras

Se amontonaban a distancia, sobre Himavant.[3]

La manigua se agazapaba, encorvada en silencio.

Entonces habló el trueno…

 

(Eliot, 65)

 

La luz de la aletheia (gr. “desocultamiento”) ilumina tres senderos fundamentales que podrían restaurar la tierra ante la estéril desolación que la aqueja. Esta es la máxima revelación de todo el poema y el culmen que une a Occidente con Oriente a través de una gran metáfora. Así, el afluente metafísico del poema se trifurca en tres principios: Datta, Dayadhvam, Damyata (sánscr: “Dar”, “Compadecer”, y “Controlarse”, respectivamente). Sólo así podrá llegar a construirse la paz sobre los escombros de una Babel contemporánea.

 

Yo me senté en la playa

Pescando, con la árida llanura a mis espaldas

¿Pondré al menos mis tierras en orden?

London bridge is falling down falling down falling

down

Poi s´ascosse nel foco che gli affina

Quando fiam uti chelidon —oh golondrina

golondrina

Le Prince d`Aquitaine à la tour abolie

Estos fragmentos he apuntalado contra mis ruinas

Why then Ile fit you. Hieronymo´s mad againe

Datta. Dayadhvam. Damyata.

Shantih shantih shanthi.

 

(Eliot, 69)

 

El resurgimiento de estos motivos clásicos, ambientados ahora en un contexto deshumanizado, en un estado de orfandad espiritual, enajenación, guerra, genocidio, nuevas diásporas y fronteras, obedece a una fuga continua del significado. En esta parte del poema, el autor pareciera preguntar a su interlocutor, o sea nosotros como lectores: ¿cómo reanudar el significado y su posible reconstrucción sobre los escombros de una Babel contemporánea, inmersa en el horror moderno? Él mira hacia el Oriente para rescatar tres preceptos y vindicarlos dentro de una óptica propiamente occidental: darse a los otros, compadecerse y conquistar el dominio sobre uno mismo. Y aquí es donde Eliot, como el hombre en su tiempo, apuntala los fragmentos de una civilización deshecha para crear una nueva forma de concebir las cosas. Un significado multiforme y remozado, a manera de un mosaico, para poder enfrentar un porvenir ciertamente desconocido.

Finalmente, quisiera rescatar la enseñanza de aquel filósofo y teólogo hindú-catalán, Raimon Panikkar, quien hablaba sobre aspirar a un conocimiento más propio de la palabra latente, que al de la palabra encriptada en un libro. En la actualidad, enfrentamos una marea que día tras día arroja oleadas de cifras abrumadoras y desconcertantes. Por momentos, se confunde la excesiva información con el conocimiento: recordemos que los datos no son el objeto del saber; sino, más bien, los instrumentos epistemológicos que nos permiten aproximarnos a él, en tanto esbozo provisional de su naturaleza. En esta época, el lector tendría que considerar y elegir, con cierta precaución e interrelacionalidad, las palabras con las que decidirá abolir o construir nuevos significados. Como en su momento, Eliot decidió nombrar el horror y la esterilidad que le deparaba a la humanidad, a saber, un mundo desperdiciado.

Sin embargo, pese a la temática del poema, Eliot jamás encumbra el espíritu pesimista (como alguna vez pensó William Carlos Williams); por el contrario, él advierte a los lectores para que no se dejen envolver por las marismas de una realidad que resulta, muchas veces, tan seductora, como artificiosa y engañosa. Y como una voz que irrumpe con amainada gravedad nos advierte sobre un futuro posible, para salvarnos del naufragio, y poder construir una isla de significado en medio del desierto. Una isla construida con los fragmentos de las culturas del mundo: posiblemente, un arca simbólica. Y así tal vez volver a encontrar la justa pléyade que a cada quien le corresponde, como una ensombrecida coordenada que sangra con el tiempo, pero que jamás teme ni cede a su destino.

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

Bloch, Raymond. La adivinación en la Antigüedad; traducción de Víctor Manuel Suárez Molino. Segunda reimpresión, Fondo de Cultura Económica, 2014.

Diccionario Ilustrado: latino-español, español-latino. Vigésimo octava edición, LAROUSSE EDITORIAL, S.L. 2017.

Eliot, Thomas Stearns. La tierra estéril. Edición de Jaime Tello. 2.ª ed., VISOR LIBROS, octubre- 2016.

Highet, Gilbert. La tradición clásica: influencias griegas y romanas en la literatura occidental, II; traducción de Antonio Alatorre. Quinta reimpresión, Fondo de Cultura Económica, 2018.

Homero. La Odisea, Traducción: Felipe Ximénez de Sandoval. Editorial EDAF. Madrid, 1981.

Martínez Echeverri, Leonor; Hugo Martínez Echeverri. Diccionario de filosofía ilustrado. Sexta reimpresión, Panamericana Editorial Ltda., 2001.

 

[1] La Odisea, canto XII (“Las sirenas, Escila, Caribdis”).

[2] Ganga en el hinduismo es la diosa de la fertilidad y del río Ganges.

[3] Himavant. Alusión a las antiguas creencias aryanas sobre la fertilidad.

 

 

 

Miguel Ángel Corral A. (Ciudad de México, 1987).

Poeta y ensayista, autor del libro: Bajo la sombra del eclipse (Ediciones el viaje, Gdl. Jalisco, 2016), y de la plaquette: Réquiem a un ángel desleal (Varrio Xino, Gdl. Jalisco, 2016).

Para él la poesía conlleva una revelación estética del Ser donde los enunciados, sean en prosa o en verso, se convierten en testimonio de su presencia, y, paradójicamente, en un tipo de comunión silente que acontece entre el signo y la vida misma.

Actualmente, estudia la licenciatura en Lengua y Literaturas hispánicas por la UNAM; es miembro del Centro de Formación Humana Interdisciplinar; coordinador y cofundador del círculo de estudio ante la poesía: El Ojo de Faetón; y es bachiller en Ciencias Químico Biológicas por parte de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

Publicado en El Ojo de Faetón
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