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Sábado, 17 Diciembre 2016 04:30

EL ESPECIALISTA

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EL ESPECIALISTA

Por: César Rito Salinas

Soy el especialista en generar accidentes en la vida de éste, el hombre que escribe. He permanecido en la tierra desde el primer momento, antes que el escritor llegara. Esta edad del tiempo, que es tan antigua, hace que me revele a mi destino de olvido (en realidad son especialista en amoldarme a los cambios). Entonces el impulso que hace la escritura es el del olvidado, del oculto mientras pasa lo importante. La vida. Comer y cagar son valoradas como de mayor importancia. Comparada con mi presencia la conquista del territorio, el poder sobre los demás, el fervor religioso, soy menos que el borde de una uña separada del dedo (en el patio ladra el perro, en la azotea vecina un hombre con gorra surte el agua a los tinacos, el ladrido del perro, la figura del hombre simple, el agua, son más importantes en tiempo a mi presencia).

En la calle suena la bomba eléctrica que abastece el agua desde un camión cisterna, el perro ladra, incansable. Otros perros vecinos lo imitan, entre todos hacen un coro de los desesperados que saturan de electricidad la mañana. Nunca imaginé que viviera rodeado de feroces bestias, ladridos.  El silencio está cercado por muros de gritos, ladridos, ruidos que penetran en el silencio del hombre que escribe, éste.

Escribir discursos, una letra que me relacione de manera personal con mi nombre, resulta difícil para mí. Yo me dedico a cazar el tiempo de los accidentes, los momentos en que sale la otra voz. La literaria. Así puedo asegurar que escribo diariamente, pero no soy yo. Es la voz del ser que mora entre las cosas y las personas, el silencio y el ruido. Ahora mismo que escribí la oración anterior me siento ridículo, como chamán o visionario, un individuo que se comunica o hace de puente con la otredad. Y no hay tal cosa en mi persona. Soy bastante normal. No me sale un rayo de luz por las orejas. Por la tarde espero al carro del panadero en la puerta de mi casa, me gusta escuchar música que todos escuchan, mi casa está hecha con muros de concreto, como todas las casas del barrio. Voy al zócalo de la ciudad, bebo café, fumo cigarros de marcas comerciales, populares. Hago mi trabajo sobre una máquina envejecida. Tengo problemas para pagar las cuentas de mi consumo. En el terreno sentimental soy un periódico de ayer, no tengo noticias nuevas. Como todo ciudadano de su tiempo desconfío del gobierno, la policía. Tengo dificultad para aceptar las leyes, normas, reglamentos. Me va mejor con las personas de dudosa reputación. No aspiro a encabezar alguna organización política, no me significo ni dentro de la sociedad de padres de familia de la escuela donde estudian mis hijos. Como todo ciudadano soy pacífico, evito las aglomeraciones, el consumo sin medida, desconfío del gobierno y de su política. Lo oficial siempre me sabe a monedas de a centavo, a resaca de ayer. Hago la vida desde un sitio que se significa en la sociedad, la escritura, pero no por deseos de fama y popularidad, más bien porque es el trabajo que más se amolda al silencio.

Puede parecer extraño que un hombre que trabaja con las letras desee el silencio, pero los espacios sin expresión son precisos para generar el accidente que hace que surja, aparezca, el dueño de la escritura. Que no siempre es el mismo porque los hay quienes aparecen por la mañana, a primera hora del día; aquéllos que prefieren el calor de las cuatro de la tarde, los hay quienes gozan del tiempo de la luz que muere, la tarde, hay una satisfacción en existir junto a lo que se extingue. Y los que reclaman el silencio de las madrugadas, el frío que cala los huesos, el olvido. Todos me traen a mal dormir, auténticamente como calzón de puta, para arriba y para abajo, no por mi deseo sino porque me lo ordenan. (Todo esto ya lo dijeron otros, en mi mora una federación de almas hablantes, algunas desean jugar al producir su voz para que en la distancia se repita la voz, se produzca el eco. No digo que las almas que me habitan me son fieles, son viajeras, de tiempo y de la carne, habitan en todos lados y en todas partes expresan sus múltiples obsesiones. No me son fieles, pero dejo que hagan con mi persona lo que a ellas agrade, soy un perro en el patio que aúlla o mueve la cola, agacha la cabeza; hago todo lo que me indica hacer el silencio. Y aquí me tienen hablando como merolico, como muñeco de ventrílocuo.)

(El calzón de puta. Una imagen cargada de fuerza y deseo, un calzón con encajes, con el elástico resistente. Que lo puedas sostener en tu puño, meterlo a la bolsa de tus pantalones, llevarlo a todas partes sin que nadie lo note. Esconderlo en las páginas de un libro, la libreta, cargado de olores que traen recuerdos, que reviven el deseo. El calzón es la imagen por la que un hombre mata a una mujer, a otro hombre. El velo que encierra el deseo, que oculta el rostro de la divinidad. Todo lo animal de la conducta humana mora en el calzón de la puta. Sencillo, lejano, casa de todas las palabras. Silencioso. Evocador. ¿No te has encontrado hurgando entre los encajes del calzón para encontrar el hirsuto bello oscuro? El rulo, la curva donde se hace la vida. Uno habita entre vellos encrespados, lustrosos, hermosos semicírculos donde se oculta la caricia.)

No seré carne del diván del sicoanalista, pero le daré algo de comer. Tuve una infancia feliz, fui un niño amado por sus padres (me repito, o repito lo ya dicho por otros, pero esta es mi estrategia: tiendo la trampa para que el espíritu que mora en mi pecho salga y me contradiga. No, no es cierto, éste que escribe fue un niño despreciado por sus padres, huérfano, olvidado por todos. Planteo esto, explico mi juego, abro mis cartas: el que escribe, el dueño verdadero de esta voz surge con la oposición y el delirio, como delincuente que asola los caminos. Salteador de pasos reales, merodeador. Habla para contradecirme, delator. Como cuenta con un conocimiento de mi persona desde el tiempo que ya no recuerdo, desde la primera infancia, habla con autoridad sobre mi persona. Me traiciona.)

Proust dijo que un libro es producto de un Yo diferente. Un libro que nunca podrá ser obra del hombre que está pendiente a las siete de la tarde del panadero y su pregón. El que se alimenta de lo mismo cada tarde, a la misma hora, de la misma mano, en el mismo sitio. La imagen es esta: un hombre con un cesto para los panes a la puerta de una casa con su zaguán repleto de horas, abrigado con un gabán enorme, frágil, aterido por el frío que mora de su espalda a sus cabellos, los hombros. El hombre distinto de sus vecinos.

Por eso convoco el accidente, la contradicción, para que aparezca la voz que escribe y hace el libro. Un Yo diferente.

La cosa reside aquí, en el accidente. Poner la trampa para que salga a contradecirme la voz, otra voz, una voz distinta cada tarde, cada mañana, cada mediodía, cada madrugada. La voz que existe sobre el tiempo y que está ahí, pero que a veces se niega a salir. Algunos lo llamaron en otro tiempo inspiración, alma, destino, Dios, Diablo. Yo la nombro la voz contradictoria. Porque el que escribe, éste, es un hombre normal y muy conforme, nunca hace uso de sus saberes para contradecir al dirigente, al político, a los vecinos. Las leyes. El que escribe no protesta porque es un hombre simple cargado de compromisos.

A veces sale, a veces se oculta. Como un niño aparece con las palabras escritas, las historias, los fraseos memorables. Se arma del marca texto amarillo y raya los libros, los embarra de sus obsesiones. Escribe. Toma la pluma, le gusta escribir con lápiz en el margen vacío de los periódicos, las revistas, le gusta escribir sobre la foto de los famosos, para despreciarles, arrojarles su desdén, desfigurarlos. Arma su juego cargado de tijeras y cinta adhesiva. Luego se sienta y ordena que todo su desmadre guarde un orden. Cumple. Ordena. Y aquí me tienen, como calzón de puta. Dispuesto siempre dispuesto a ofrecer intimidad a extraños, complacerlos.

Se preguntarán desde cuándo aparecen en mi vida estas voces. Desde que murió de muerte por enfermedad mi hermano Mario Jesús, el niño. Cuando Mario Jesús muere yo canté una canción de moda, “ahora soy feliz”. Soy de mala entraña, debo aclarar (ahora sale el que me habita y escribe, “soy de mala entraña”, luego se esconde en un agujero profundo y oscuro). Mario Jesús me había destronado de mi sitio del benjamín, el hijo último. Y llegó para apoderarse de cuidados y cariños. No lo digo porque uno no debería andar por el mundo hablando de su persona (el que escribe ríe a carcajadas. Sólo distingo la oscuridad que reina en su morada y el sitio de su risa). Para decirlo claro, el desplazado del cariño materno desea la muerte del substituto. “Por fin, ahora soy feliz”, reía mientras bebía la mamila, cuando supe de la muerte repentina de mi hermano menor. Desde la tierna infancia relacioné la ingesta de líquidos con cierto placer secreto, inconfesable, como un vicio. Todo líquido en el que espera se vuelve carne, elemento nutricio. Ya era consciente de mis actos, no pasaba de los dos años, cruzaba la pierna recostado en la cama de mis padres y bebía, cantaba. “Ahora soy feliz”. (El que escribe sale de su escondrijo y no hace absolutamente nada, o hace una salida en falso, no provoca el error. No miente ni provoca, sólo me mira complacido. Entonces escribo para ganarle el espacio de mi palabra. Con la prisa por escribir tardo en comprender que he caído en su juego, el muy miserable me ha vuelto a engañar. Ahora esta escritura parece una declaración íntima de mi persona y no lo es, es desde un principio el objeto de su risa, su juego, su provocación que resulta efectiva en mis manos que no piensan ni alcanzan a comprender que la velocidad con la que escriben no proviene del cerebro que las conduce, sino de un interés ajeno, exterior a la persona que soy.)

Pasó un tiempo. Llegó la tarde. Ni el que escribe ni yo volteamos a vernos, pendientes del trasto de las palabras. Como en el juego de El Encantado, pendiente siempre de la base. Salir corriendo para gritar salvación, salvación para todos mis amigos. Yo, el civil, anodino le tiendo una trampa, escribo para los niños (aquí el asunto importa sólo para picarle los ojos, las costillas al dueño de la voz). Y el de la voz, el otro, me mira con desprecio, sabe que le he puesto una carnada fresca, apetitosa, un manjar para sus fauces antiguas. Carne de hebra, carne tierna, deliciosa. Desconfiado como es, recela. Aguarda, intuye, sabe que lo pondré a escribir de mis más oscuros propósitos, él será mi esclavo que me dará fama, dinero, fortuna. Mujeres, muchas mujeres. Popularidad. Y no escribe nada, sabe, tiene en su cabeza historias que encantarán el tiempo de los niños, que podré salir a venderla en los colegios, con el gobierno Con las instituciones repletas de gente que se preocupa por un futuro mejor para esta sociedad; y no escribe. No escribe el muy necio, terco descarado, sólo para llevar la contraria. Siempre adolescente, desconfiado y tenaz, perseverante en su desconfianza.

Ya llevo un mil seiscientas y feria de palabras, un mil y pico. Y la letra avanza en este juego, duelo de dos que se odian y se necesitan. El dueño de la palabra y quien esto escribe. El rebelde y el doméstico. Aquí vamos, el tiempo entre nosotros, la estrategia. Todos atentos.

Todo lo importante del individuo está en los libros (lo veo escribir, se comporta como dueño del balón, seguro). ¿Cuál es la patria del individuo? El libro, el sitio de su imaginación. (si, es bueno, el dueño de la voz. Doctoral, imparte cátedra. Si yo fuera joven diría, cuando crezca quiero ser con él. Pero ya no tengo oportunidad de decir eso. Ahora digo: me gusta ver cuando él se desempeña como él.)

Precedente y procedencia, el libro. (Ahora juega, sobreactúa, se arregla el moño de la corbata. Va desnudo del torso, sólo con una corbata de moño azul, de terciopelo, ceñida al cuello por una cinta elástica. El de la voz en un joven moreno, esbelto, cabellos ensortijados que gusta exhibir los músculos de su tórax. Creo reconocerlo, alguna vez llegué a verlo a la orilla de la carretera internacional Cristóbal Colón, pero sólo fue muy fugaz mente, yo iba en un camión de pasajeros).

El libro, el nuevo libro es la suma del tiempo real del hombre. El libro siempre está en construcción, todo el tiempo. No hay libro terminado, se está escribiendo, nunca se abandona. (ahora se baja del ladrillo rojo, pontificio. Se ajusta la corbata. El moño, según el ángulo desde donde se le mire, aparenta ser demasiado grande, o muy pequeño. La corbata azul tiene vida, unida a su cuello por una cinta elástica, como un sostén.) (El de la voz lleva los pantalones ajustados, como un esclavo de las plantaciones del Mississippi).

La escuela no aclara nada al educando. Está rodeada de profesores con gustos burgueses, que tienen al sindicato y a su familia como centro de la deidad. Y a la televisión, que resulta expresión de clase trabajadora. Ellos no traicionan a su clase social con pretensiones burguesas, como acudir a la ópera o al teatro, por ejemplo.  Los profesores sueñan con que un día toda la comunidad sea propiedad del sindicato, lo cual sucederá. La gente organizada tiene más probabilidades de éxito, sobrevivencia. Ante este panorama del futuro el libro cobra vigencia, transmite esperanza, rebeldía. (Ahora el de la voz alza la mirada y su cabeza repleta de cabello crespo, “mentirosito”, diría mi madre, alza los ojos y se queda observando a una avioneta que cruza el cielo. De la avioneta sólo observo la sombra cargada de un tronar de motores. Luego el vacío, el silencio de la tarde. El de la voz continúa con la cabeza vuelta al cielo. Parece político en campaña. Creo que le desagrada el tema del futuro, o no lo entiende. Menos el futuro comunitario. Por fin se enfada y se desvanece. Nada, nadie. Silencio. Ni siquiera su corbata de moño dejó como recuerdo. Luz del día. Silencio que es interrumpido por el sonar en el patio de la cacerola del perro.)

La vida con la familia, la abuela, la madre, no enseña nada. Los mayores transfieren sus miedos a sus hijos. Introducen al pensamiento comer como único propósito en la vida, comer como el único razonamiento que apoya la existencia. Comer. De esa enseñanza no se aprende nada, porque los mayores relacionan su comer con el trabajo abnegado, obediente. Servidumbre. (El dueño de la voz sale, bosteza, se despereza. Vuelva a desaparecer.)

Lo que recibimos del conocimiento escolar y familiar es estándar, nada que signifique a la persona. La educación de los domados, servidumbre. (Escribo la oración anterior y deseo ver los ojos del de la voz, pero no aparece por más trampas que le ponga para que se deje ver.)

Cientos y cientos de niños y su rebeldía perecieron bajo la educación amorosa de sus maestros y sus padres, la familia. Hace falta poesía en la vida de los niños.

Poseo una experiencia social limitada, de eso se vale el dueño de la voz para generar sus accidentes que hacen esta escritura. Si yo llevara una vida social activa, cargada de responsabilidades civiles y compromisos, otra cosa sería. No habría tiempo para dedicarle al dueño de la voz estas conversaciones, verdadero ataque de guerra de guerrilla urbana. Tendría horarios que cumplir, trabajo. Ahora sólo me dedico a rascarme la nariz y a esperar a que surja y arme su desmadre, el de la voz. O sea, me rasco la nariz y saco moco con mi dedo anular de la mano derecha, todo esto para poner algún atractivo a este tiempo silencioso que pasa mientras el de la voz no se asoma.

Este desperdicio del tiempo me vuelve escritor. Tengo oportunidad de leer, nadie me interrumpe. Converso con lo que no existe, o lo mínimo, pequeño, sin significancia. Porque estoy solo. Y puedo hacerlo. Si en la infancia me hubieran mostrado la importancia de relacionarme socialmente ahora sería un director del departamento de recursos humanos y estaría a punto de jubilarme con una pensión que me asegurara el resto de mis días.

(De dónde saca éste todas estas cosas, comodidad y dispendio, contemplación árida y estéril, el mundo del burgués que vive del trabajo ajeno, del asalariado, del sindicalista.)

Los modelos literarios son falsos aprendizajes, una serie de derrotas, de demostraciones de la imposibilidad de una expresión. Más valdría encomendarse a Dios o a Satanás o a  los dos juntos, unidos o por separado para dedicarse a escribir y obtener mayores resultados. (El otro, con voz apasionada: La escritura es una actividad simple, se trata de utilizar el tiempo ante el vacío, la ausencia. La escritura es una actividad. No se valora por los resultados, buena, mala, sino por la réplicas que hacen posible otro mundo y otro tiempo, con nuevos personajes. La escritura básicamente es una actividad infantil y en este mundo de tiempo real los niños no tienen la palabra –los niños no votan-, están obligados a silencio y obediencia, porque nada saben del mundo.)

Tiempo improductivo, la escritura. Tiempo de los niños. Los modelos literarios son falsas enseñanzas porque provienen de mundo diferentes, el mundo de las obligaciones contra el mundo de la ausencia. La voz mora en cada pecho humano, hecho de un tiempo que corre sobre un sitio, una atmósfera determinada, con propia altitud y longitud que le otorgan ubicación geográfica. Como las plantas, la voz es un ser vivo que crece en condiciones específicas, que puede llegar a cultivarse. Por eso el autor del libro será un falso maestro. La literatura y su imposibilidad de su enseñanza. A todos aquellos que pretenden escribir bien podría recomendársele cambiar de ciudad, de condiciones climáticas, para observar si en el nuevo entorno continúan con sus intenciones de hacer letras.)

Me había propuesta llegar a las diez cuartillas en esta jornada de escritura. No sé de dónde saco la cifra, la meta de mi trabajo. Será que vivo rodeado de libros y palabras impresas que siempre ando viendo panes en la tahona. Leños, lumbre, carga de harinas. Costales vacíos y cestas repletas de olorosos panes.

El de la voz es esquivo. Ahora resuena en la calle la trompeta del nevero. El de la voz detesta los ruidos, de eso me he dado cuenta a lo largo de estos años, de esta convivencia, de esta amistad enemistad valiente y cobarde.

Para trabajar el silencio de este momento corto el tiempo junto a la máquina, preparo café, veo el vuelo de las abejas sobre las flores, abandono mi sitio en la silla. Todo lo que del mundo se deja ver desde la ventana de la cocina. Suena la trompeta montada en el triciclo del nevero. Dejo, no lo molesto, no lo enfado al dueño de la voz. Ahora pasa el camión de las tortillas, anuncia “tortillas recién hechas y calientes, preparadas con el mayor esmero e higiénicamente”. Me detengo en “higiénicamente”. Salta a mi oído. Está fuera de toda lógica, ¿habrán tortillas hechas con suciedad?, el vocablo es horrible por su sonoridad, esdrújula cargada de la e como vocal alta,  pero pega. El golpe hace la belleza, el gusto. Se queda. La interrupción violenta, el vacío, el corte de un ritmo hace la memoria. No se olvida. Miren ustedes, ahora se coló a esta escritura y ahí se queda, el de la voz. La comunicación tiene valores de uso, deseo. Memoria. Toda comunicación humana aspira a la eternidad del instante. La trompeta del nevero, el pregón de las tortillas, el panadero. Deseo, comida. Hambre. Deseo y satisfacción. Comer y cagar. Y mientras la letra como si habitara en otro tiempo corre sobre las tres hileras del aparato alfabeto, danza, espera a su dueño, el de la voz que no se aparece. ¿O si? Esta ausencia presencia alerta los sentidos, me obliga a jurar obediencia a su presencia, este misterio.

Ya rondan las tres mil palabras por el archivo de esta escritura. El dueño de la voz se hace maje y no se aparece, refunfuña de este avance, lo niega con su ausencia. (Ahora, ustedes dirán, para qué insistir ante algo que se niega. La escritura. Qué objeto tiene insistir. Y ahí, con este cuestionamiento surge la razón de todo escrito, rebeldía. Que en este sitio quiere decir terquedad, constancia, obediencia, permanencia. Las palabras salen, disparadas por el vacío, tienen voluntad propia. Aparecen desaparecen, existen. Toda escritura tiene un ánimo de origen, contradecir el mundo del orden. La letra surge para desordenar el mundo. Y de ahí la importancia del libro, la suma del desorden. De un libro verdadero, del que te asalta la memoria y te violenta con palabras nuevas, nuevas relaciones de palabras, signos, significados, conductas nuevas. Visiones. Ya, ya, ya. Ahora todo se aclara, el libro, la palabra, el signo tienen por objeto alterar el significado terso de las palabras. Andar a salto de mata. Enmontarse. Remontarse. Montuno, cimarrón. La rebeldía como signo de la existencia, característica de la vida. Bien, ahora debo encontrar sobre el pico de los tres miles el final de esta historia. Aguarden.

El mundo es absurdo, por eso escribo. (Bien, el de la voz vuelve a aparecer y deja una perla, no lleva la corbata de moño, en la mano derecha porta un ramo de rosas rojas, como canción de amor que arde en el rincón de una cantina. Llegó borracho el borracho exigiendo cinco tequilas. Ay, José Alfredo.)      

Escribimos sobre monstruos y héroes porque eso es más rico que nombrar ejecuciones y fracasos sin mostrar nuestro desprecio. Visiones. Habrá que oponerse a la vida de servidumbre, el mundo es de todos. Escribimos porque merecemos otro tiempo, uno donde la vida exista en una manera rica y divertida. Para traer noticias, novedades, así sean de la irrealidad. (Lo busco y encuentro el vacío, el vacío mora en su pestilencia, como un demonio aguerrido, esforzado. La agarro de la cola y la azoto contra el piso, sólo para ver cómo se desmorona el Diablo. No me da miedo su olor, no aborrezco su presencia. Su cola larga y peluda me sirve para descargar un gran golpe contra el piso cargado de desechos, palabras que flotan como hojas viajeras del diario impreso ayer.)

 

   San Martín por la Secundaria, Oaxaca, noviembre 2016.

 

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